30/4/09

El seminario vergonzante - Sergio Golwartz




El Seminario Vergonzante

Por un inexplicable prejuicio colectivo, creemos que la cultura sólo se adquiere en las bibliotecas, en las escuelas, en las universidades. Aunque en parte sea cierto, el verdadero templo de la sabiduría es otro lugar mucho más íntimo, más recogido, más solitario; al que entramos con disimulo, sin exhibicionismos, sin alardes inútiles; en el que nos solazamos con nuestro libro favorito, o donde garabateamos a puerta cerrada nuestras más preciadas ideas; recinto en el que nos concentramos mejor que en ningún otro, gracias a la soledad que impera en él. En ese templo del saber -donde todo esfuerzo es fructífero-, el que lee, el que se instruye, el que escribe, no admite compañía alguna para entregarse en cuerpo y alma a elevar el espíritu. Allí, todo el que puede, obra en pro de la cultura, obra bien y con arte. El que no puede, por lo menos hace el esfuerzo, decidido a triunfar, aunque pierda la vida en la empresa, como suele suceder.

No sé si el hombre es ingrato, disimulado, distraído o tonto, pero parece no haber reparado en esa cámara cultural que tantos servicios le presta, que tantas satisfacciones le brinda. Sin embargo, una vez en ese deleitoso templo de la cultura -extraña contradicción-, nos regimos por respetuoso ceremonial; una vez allí, sólo leemos o escribimos sentados en un trono, (1) y ni los más fuertes ruidos logran distraernos de nuestra tarea (el ritual, al que nos prestamos con gusto, exige que nos despojemos de parte de la vestidura, lo que nos imposibilita la salida, convirtiéndonos en ufanos presos voluntarios). Pero a pesar de ello, infamamos al Seminario, evitando la mención de su nombre, que disimulamos de inhábil, de torpe manera, con los apodos más vagos e inexpresivos, y rodeamos el acto de leer o de escribir en él, de grande misterio y sigilo, como si se tratara de hechos vergonzosos o deshonestos.

Los antiguos, más sabios, sentían veneración por el Recinto: sabemos que en Grecia, esos lugares se emplazaban junto a los templos, lo que prueba bien a las claras el carácter sagrado que se les atribuía; y en Roma no sólo no se avergonzaban de ellos, sino que hasta estaban adornados con estatuas de gladiadores, que el envidioso Nerón mandó quitar. (2)

Glorificamos las bibliotecas, las universidades, las escuelas, y olvidamos ese laboratorio sagrado donde adquirimos la mayor parte de nuestros conocimientos, donde escribimos la obra que ha de consagrarnos. ¡Cuántos grandes poetas han compuesto allí sus mejores odas! ¡Cuántas creaciones del ingenio humano -las más sorprendentes, las más perdurables, las más felices-, se deben a los gratos momentos pasados en ese gabinete de concentración, estudio y trabajo, donde el hombre puja por superarse y superar a los demás! Muchos han escrito allí sus obras completas, y otros allí deberían haberlas escrito: es inconcebible que lo hayan hecho en distinto lugar.

Aunque la cárcel ha inspirado buen número de obras maestras, y sólo ella podría competir con el Lugar Olvidado, no vacilo en asegurar que éste es el auténtico templo del saber y del ingenio, porque una vez allí, el afán de leer o de escribir es insaciable, y prolongamos nuestra estada en el Seminario Vergonzante, olvidados por completo del mundo exterior, mientras buscamos la satisfacción exhaustiva. Los escritores son allí más sinceros; renuncian al afán de parecer eruditos, a los conocimientos de segunda mano, por la incomodidad física de usar más de un solo libro: nadie se atrevería a trasladar hasta allí una Enciclopedia Británica u otros gruesos volúmenes de consultas.

¿Quién podría probar que Homero no escribió allí la "Odisea", que Virgilio, Lucrecio, Tácito y Juvenal (3) no usaron el sellae Palmoclanae de que habla Marcial (4) para legarnos lo mejor de su genio? De Rabelais podemos decir con absoluta certeza que para escribir desdeñó todo otro lugar. Quevedo, que escribió en la cárcel gran parte de sus obras filosóficas y ascéticas, no cabe duda que usó el Sacro Recinto para las festivas y las satírico-morales. También sospechamos con fundamento que Lope no lo despreció, ya que su frase: "Sabio es el lector de un solo libro", es, evidentemente, fruto de la experiencia adquirida en el Instituto.

Aunque estamos seguros de que al lector tanto le interesaría obtener la información como a nosotros proporcionársela, de Cervantes nada podemos asegurar en concreto. Sufrió, el infeliz, tantas cárceles, que sería muy aventurado suponer que para escribir se impusiera una por su gusto. Nuestro escepticismo se debe, también, a que sus obras tienen más del perfume de la campiña, que de la fresca humedad del Seminario. En cambio, Shakespeare no está en entredicho. Cinco de sus obras teatrales fueron sin duda alguna escritas en el Recinto. Ellas son: "Mucho ruido y pocas nueces", "A buen fin no hay mal principio", "A vuestro gusto", "Lo que queráis", "La tempestad"; así como sus "Sonetos para diferentes aires de música". Moliére no podía ser menos. Allí urdió: "El avaro", "El misántropo", "El médico a la fuerza" y "El amor del pintor".

Es simbólico que en ese nido fecundo de obras maestras, en este tálamo de la idea, siempre se busque la proximidad del papel, cuya calidad tan preocupado tuvo a Azorín5 y que nunca resulta lo bastante refinado.

Aunque no falte quien profane el Recinto leyendo en él periódicos o revistas, y aunque existan gentes más irrespetuosas aún, que lo utilizan para resolver fáciles problemas de palabras cruzadas -su única fuente de información-; aunque muchos seres viles pierdan en ese encierro, en esa prisión voluntaria, parte de su vida, entregados exclusivamente a prosaicas ocupaciones, casi todos, por lo menos nos dedicamos a meditar con beatitud: es muy difícil librarse del peso de muchos siglos de tradición y del ejemplo de tantos grandes hombres, cuya vida intelectual ha transcurrido en el Sagrado Seminario. Sin embargo, nuestro desagradecimiento llega hasta el extremo de que una vez leída en la Cámara nuestra obra favorita, nos apresuramos a retirarla de allí como si nos avergonzáramos de haberlo hecho.
Cuando pienso que todos tenemos en nuestro hogar un Santuario, y que en vez de usarlo para colocar amorosamente en él nuestros libros en adecuada estantería, por presumir los ponemos a la vista en ínfimas bibliotecas, me indignan la ingratitud, la vanidad y la pequeñez humanas.



(1) Ese trono, en la antigua Pompeya, hasta tenía dos piedras labradas para apoyar en ellas cómodamente los pies. El recinto, adornado con una hermosa lámpara colocada en una hornacina, estaba ventilado por una ventana al través de la que se mezclaban los efluvios de ese templete, con los no menos aromáticos del jardín. Nosotros a fuer de modernos innovadores, preconizamos la instalación de un pupitre.
(2) Son famosos los Seminarios del palacio de Augusto, en el Palatino, de los que existe un dibujo del abate Guattani.
(3) Desde uno de esos lugares, Luciano insultó a Nerón, aterrorizando con su imprecación a quienes lo oyeron. Otros, menos valientes, se conforman con llenar las paredes de epigramas y sátiras en verso y en prosa.
(4) Séneca habla hasta de las escobillas que se usaban para conservarlo limpio.
(5) Intuyo en él a un fanático frecuentador del Recinto; todos sus libros despiden el hálito inconfundible.


“Me sorprende a veces comprobar que existen todavía gentes que escriben en serio; y me sorprende, porque ya casi nadie lee en serio” 

Sergio Golwars 

Sergio Golwars, casi olvidado hoy, fue un hombre polifacético: escritor, inventor, músico, trotamundos. Como escritor abarcó el cuento, la novela, el teatro, el aforismo y la crítica de arte, su obra impresa de importancia comienza como en muchos grandes escritores, (Whitman, Saramago) después de los cincuenta años, El sombrero del hombre feliz (cuentos y aforismos, 1956), Entrada prohibida (novela, 1959), Una comedia para maridos(teatro, 1959), La máscara de la risa (ensayo, 1963), Cuentos para idiotas (1967) e Infundios ejemplares (cuento corto, 1969). 126 ensayos de bolsillo y 126 gotas tóxicas (1961), en el que vincula el ensayo y el aforismo. Como músico destacó en la ejecución del violín  y llegó a gravar varios LP’s para disqueras como  Musart, Orfeón y Columbia, en su catálogo hay títulos como: Un violín con alma, Violín gitano, Recital, Bailando Csardas, Recordando Viena o Puro gitano. Como inventor, fue un estudioso de la acústica y realizó importantes innovaciones en el uso de micrófonos para la realización de presentaciones y audiciones de grandes bandas y conjuntos musicales. Trotamundos, nació en Ginebra en 1906, pasó su infancia y juventud en Argentina, viajó por todo el mundo hasta establecerse en México, donde ejerció el periodismo, la creación literaria y la interpretación musical.

Sergio Golwartz
En su obra literaria, sobresale por su consumada vena humorística, maestro del sarcasmo, la ironía y el chiste; siempre anti solemne, escribió incluso diatribas contra la erudición y el intelectualismo llegando a mofarse de la obra de Borges y Cortázar en su novela Controversia. Testimonio de una discusión. Pero por otro lado alabó la obra de Torri, Arreola y Monterroso y su posterior búsqueda de la síntesis como summa literaria. 

“El valor del relato, ya sea novela o cuento, no reside en la descripción o en la retórica —casi siempre una triste sofística—, sino en el ingenio puro y la fantasía. La única dimensión literaria válida es la artística, y si el escritor tiene la valentía de sacrificar el ropaje de su obra —su propia vanidad—, toda narración podrá ser siempre reducida a su auténtico tamaño”. (En Infundios ejemplares 1969). 

El seminario vergonzante, pertenece a su libro Cuentos para idiotas de 1967, y representa una muestra de su irreverente humor e ingenio, ejecutado con maestría y virtuosismo, no estaría mal leerlo cómodamente sentado en el lugar que corresponde, quienes lo hagan no serán tan idiotas.



Germán Hernández






27/4/09

Un Poema sobre lo Sagrado




Sobre lo sagrado

Sagrados son tus pasos
la tierra que nutre el desayuno
y humedeces con tu orina

Sagradas son tus huellas
la majestad de tu cuerpo
amenazado y moribundo al nacer

Sagrada es tu vagina
como el puerto de donde partimos
tu vientre donde el semen sueña con un destino

Sagrado es el enigma de tu alma
- ese invento griego para despreciar
los sagrados huesos que sostienen la sagrada carne que amo-

Sagradas son tus lágrimas
como la sal que gimen tus axilas
tus pecados y todo lo hermoso que germina de ellos

Sagradas son las puertas que abres
y el el plato sucio que suspira
abandonado cuando sales a tu trabajo

Sagrada es tu mierda y todo lo que fertiliza
tu furia contra los que mienten
sagrado es el color de tu menstruación
y su aroma que estremece a los transeúntes
y turba a los niños cuando van a la escuela.

Sagrado es el humo del autobús
la luz que ilumina tu regreso a casa
y son sagrados los zapatos mohosos que no volverán
a caminar hacia ti como los animales que mueven el rabo para darte la bienvenida.


Germán Hernández


1/4/09

Las dos mitades de un solo corazón





No me gusta escribir sobre mí, me parece pedante, pretencioso. Pero no culpo a quienes lo hacen, porque en mi caso se trata de un asunto de inútiles escrúpulos que habrá que disipar con el tiempo. Pero esta vez tendré que hablar de mí mismo, para dar testimonio de algo que hasta ahora se ha ignorado de una manera sospechosa, y que me afecta y a miles, más de los que se podría imaginar.


Nací en Costa Rica y me crié en Costa Rica, un pequeño país en el istmo centroamericano, que respecto al resto de sus vecinos, recorrió la segunda mitad del siglo XX con una inusual estabilidad sociopolítica, casi al margen de los conflictos armados y sociales que desangraron cada país de la región. Mi madre, costarricense, es una mujer humilde, con una educación media y cinco hijos, yo soy el mayor de ellos. Mi padre, nicaragüense, un hombre itinerante y muy trabajador, igual que mi madre, con una educación media, no fui el primero de sus hijos, pero sí, su primer varón.


Por esta condición de ser hijo de una costarricense y un nicaragüense, siempre me he identificado como “tico-nica”, o “ticaragüense”, en todo caso, siempre me he atrevido a sentir en mis latidos la sangre de dos pueblos, ni más ni menos, independiente de mi status ciudadano.


A Costa Rica la he tenido siempre, como Cardoza y Aragón tuvo su Guatemala en las líneas de su mano, pero Nicaragua me llegó en la remembranza, en una misteriosa nostalgia infantil, con los relatos e historias de mi padre. Entonces Nicaragua en los recuerdos de mi niñez, era una tierra cubierta de lagos infinitos llenos de voraces tiburones… y el campo, casitas de campo, llenas de gallinas y árboles frutales, así fue mi primer recuerdo de Nicaragua, contado por mi padre, la Nicaragua de mi infancia, la viví a través de la infancia de mi padre.


Mi padre era de Diriamba, pero vivió su infancia en el gran lago, en el archipiélago de Solentiname, exactamente en las Ínsulas Extrañas de Cardenal y que he amado sin conocer durante toda mi vida, son exactamente para mí como lo sería para el Islam la Meca, o para los cristianos Jerusalén, ese punto de llegada donde se besan las piedras sagradas. Recuerdo que mi padre me contaba sobre el cielo lleno de estrellas en la noche, y el viento que soplaba alegrando los techos de las casitas, y me contó también cuando quemaban pólvora para la Purísima y otras fiestas, el cielo se llenaba de esa lluvia de luces, mientras el lago en calma, como espejo del cielo, reflejaba ese doble espectáculo, y mi mente divagaba, imaginando aquella guerra de luces, entre las dos bóvedas del cosmos.


Y por supuesto, cuando bebí de la poesía, muy pronto bebí de la poesía orgánica y animada de Nicaragua, de Darío, de Ernesto Gordillo, de Pablo Antonio Cuadra, de Joaquín Pasos, de Carlos Martinez Rivas, de Ernesto Cardenal, de Salomón de la Selva, de Gioconda Belli, de Leonel Rugama y tantos y tantos poetas nicaragüenses, que las listas se volvieron infinitas, y el deseo devorador de esa sustancia densa como el agua que se vertía en el suave registro de las letras.


También había una Nicaragua sombría, turbia… donde se narraban los crímenes de un dictador temible, de una dinastía dueña de la tierra, de los lagos, del aire y de la gente; y también estaba fresca la tragedia de un terremoto que destruyó la capital dejando muerte y escombros que nadie se atrevía a recoger para no olvidar que aquella tierra bramaba enfurecida cuando quería.

Por aquellos años de mi infancia, en Nicaragua se libraba una tercera guerra fundamental, según yo, la primera fue contra los filibusteros en la década de 1850, la segunda fue en las Segovias, librada por aquel masón de mirada océanica, y nombre de emperador romano, y cuyo apellido resuena desde entonces en miles de tonos y claves según quien lo escuche, Sandino, el nombre que se ha usado para todo, para alabar y escupir, para traicionar y para inmolar, para el amor y el odio, caleidoscopio luminoso, como los juegos artificiales vertidos sobre la atmósfera del gran lago. Pero esta tercera guerra, volvía a enfrentar al verdugo con su víctima, era otro Somoza, y otros Sandinos, y era la guerra.

Ahora sé, y comprendo mejor lo que ocurría en aquellos años en Costa Rica, porque nunca hubo un amor más hermoso y una hermandad tan firme como aquella vez entre Costa Rica y Nicaragua, se escuchaba aquel slogan: “desde algún lugar de Nicaragua, Radio Sandino” pero en Costa Rica todos sabían que operaba ahí, que muchas casas eran pequeñas clínicas clandestinas para recuperar a los guerrilleros heroicos, que muchos hombres y mujeres costarricenses y hasta muchachos de secundaria, trasegaron armas para llevarlas al frente desde la neutral y pacífica Costa Rica, que muchos ticos y ticas amaron tanto esa revolución que pelearon en ella, y murieron en ella, y su sangre no se derramó en vano en Nicaragua que fue una madre amorosa para recogerla.

La revolución triunfó y el dictador se fue, y así como miles lloraron y celebraron en Nicaragua, en Costa Rica también hubo banderas rojinegras celebrando en los parques. Hubo luego muchachos y muchachas voluntarios que se fueron al norte a alfabetizar, a construir casas, a enamorarse y embriagarse en esa pequeña esperanza que estaba pariendo Nicaragua.

Luego vinieron muchas cosas, el servicio militar obligatorio, la contra, el boicot, los errores, las piñatas… nadie sabía cómo se hacía una revolución, en esos momentos todo es demasiado nuevo, que no vale la pena seguir apuntando en la oscuridad buscando culpables.

A mi escuela comenzaron a llegar mis primeros compañeros nicaragüenses, el gobierno ya no apoyaba la revolución, por que los gringos llenaban de billetes los bolsillos y las conciencias de la clase política costarricense, Costa Rica era ahora según la propaganda: el último rincón de la democracia ante la amenaza comunista, y esos niños y niñas que no sabían de qué estaban huyendo, eran recibidos como una especie de héroes, el espectáculo era bochornoso.

Recuerdo a un compañero de segundo grado; Ariel, por qué se refugiaron sus padres en Costa Rica durante la revolución lo ignoro, y no me interesa tampoco suponerlo, solo me importa Ariel, era un niño igual que yo, pero lloraba, y en los recreos lloraba, y en los exámenes lloraba, se aislaba y ocultaba su rostro en un rincón, tenía su corazón destrozado, había un dolor terrible en él y a nosotros nos decían que era por la guerra…

La guerra era un fantasma que nos asustaba, recuerdo que en esos días, se rezaba por la paz.

La democracia llegó tan ingenua como mi adolescencia. Pero igual que me llegaron las tribulaciones y las estrecheces de esos años, la más sombría pobreza en mi corazón y en mi vida, así quedó Nicaragua, llena de discursos y promesas que no se cumplieron nunca, porque la inversión extranjera prometida nunca llegó, y los campesinos nicaragüenses no podían llenar sus estómagos hambrientos con sufragios y se vinieron por oleadas hasta Costa Rica, pero esta vez no eran héroes que huían del comunismo, ahora eran borrachos, violadores, criminales, eran el chivo expiatorio para una Costa Rica que también se ahogaba en una marea triunfalista y mediocre de reformas estructurales, así, toda la frustración se volvió contra el “otro”, tristemente, el país donde me crié, para reafirmarse en sus mitos y la imagen de sí mismo, vertía todos sus miedos, odios y fantasías sobre aquellos hombres y mujeres nicaragüenses que buscaban cómo sobrevivir.

Manos nicaragüenses construyeron los hoteles de lujo, manos nicaragüenses recogen las cosechas del café, el “grano de oro” costarricense, manos nicaragüenses limpian las casas, lavan la ropa y cuidan los hijos de la burguesía y de la pequeña burguesía costarricense, ojos nicaragüenses vigilan sus casas, y cuidan sus autos a la salida de los bares y los salones de fiesta; silenciosamente este pueblo es el andamiaje sobre el que se construye otro país.
Y para inflamar todavía más el resentimiento entre dos pueblos, la clase política de ambos países finge encendidos discursos sobre la soberanía y el derecho internacional, para que un río en vez de fluir, se petrifique y se levante como esos muros de vergüenza que levanta Israel entre su pueblo y Palestina, y como las bardas asesinas que levanta USA para contener a los mexicanos, y que no quiere caer, como cayó en Alemania.

Los medios de prensa de un lado y otro, comparten sus cables y corresponsales para cubrir los hechos de sangre, y teñirlos todavía más de mórbidos motivos y conspiraciones aberrantes. Gacetilleros, seudointelectuales, y onanistas maliciosos, nos han llenado de un humor lleno de asco y amargura, se ríe sobre el llanto del débil, se ríe sobre el desamparo de una madre sin hijos, se ríe sobre la orfandad de muchachos analfabetos y solos.

Por eso, cuando en las calles de Managua he visto un auto de lujo y un niño limpiando su parabrisas, o los resort que pueblan las costas del pacífico en Costa Rica, comprendo que alguien de este lado y del otro se ha enriquecido con todo ese odio, que alguien le ha sacado provecho a todo este dolor.

Pero no, todavía no han derrotado al amor.

Tuvieron que pasar treinta años para que yo por fin pudiera estar en Nicaragua, treinta años por donde pasé muchas cosas, mucha vida, hasta que al fin pude sentir la furiosa transparencia del aire de Nicaragua, su horizonte circular e infinito, y mi alegría fue tan grande, que sentí que regresaba a donde nunca estuve, a volver sobre mis propias huellas.
Apenas tenía 14 años cuando mis padres, por razones que no importan ya, se separaron, mi hogar se había fracturado para siempre, intenté ser padre de mis hermanos menores, y fui mal padre, y peor hermano, un fracaso más… ¿Era posible entonces que esta unión sea verdadera?, es verdad o una mentira tibia y fragante que me inventé?

¿Es falsa acaso toda esta indignación y todos mis besos y abrazos para mis nicas en Costa Rica, idealizados por mí, llorando por doña Odilia, que cuidó a dos niñas costarricenses hasta su adolescencia para poder mandar las remesas para que otra criara a sus hijas, o a Oscar, un experto en acabados, que dejó impecables las paredes y pintura de mi casa, para poder levantar su casita gris, sin divisiones y de ladrillos desnudos en Chinandega?.

Volver a Nicaragua, y sentirla mía, poseerla y llenarme de mi amada tierra distante, sentir tu dulce aroma a piel que ha sudado bajo el sol, y que amanece fresca, llena de la tibia certidumbre de que siempre volveré, llenarme de tu música que suena a sonrisas, llenarme de la sutil soberbia de los que caen y se levantan con un estoicismo que embruja y se siente en el pecho, habitar por un segundo las mesas rencas, los caminos polvorientos, los senderos por donde el vértigo y la sangre me nublan, para abrazar a mi gente amada, que sabe vivir con sus cruces y su esperanza de bolsillo.

No le nieguen a este corazón que no puede latir sin sus dos costados, cuya sangre no coagula en ninguna dirección, que es hermano de otros como yo, de las nuevas generaciones de ticos-nicas, que como esa raza imposible que soñaba Vasconcelos, habita mejor en los territorios del aire que es libre y puede deslizarse sobre la tierra, porque eso soy, uno entre los miles que han nacido de un padre nica y una madre tica ó de un padre tico y una madre nica, soy de los que no distinguimos la diferencia en las pupilas negras, y que contaminamos la pureza ancestral del aislamiento.

Déjame regresar a ti, mi tierra amada, no me rechaces, la mitad de todo lo que soy germinó en tu vientre, no pongas marcas en mi frente. A la Costa Rica donde nací y mi crié, sólo le pido recibir la otra mitad de mi vida, todo lo que he hecho y todo lo que he construido lo he hecho con amor en los vórtices de su vertical geografía, pero no me pidan que elija entre las dos, porque dejarían de latir las dos mitades de este corazón.


Germán Hernández.