10/11/09

Diez Consideraciones para Rechazar los Premios Nacionales

Pensándolo bien, podríamos como escritores renegados, quemar las naves, caer en un estado de anarquía, equivocarnos para siempre, renunciar a la petrificación y a los museos de cera. Leer feo, y nunca de memoria, asomar los tentáculos de vez en cuanto por la blogosfera, posponer la deforestación y salvar árboles como se salvan vidas de un incendio.


Todo esto con la dignidad que tiene el oficio de escribir, de lanzar como un náufrago botellas al mar para que lleguen hasta otra isla desierta, o hasta otro náufrago. Perder el miedo al vacío, a los ritos, a los ilusorios instantes de retribución oficial, a los espejismos donde mueren los caminantes agotados de pernoctar.


Viéndolo de esta manera podría pensarse en un acto sacrificial, pero no tomará más de una generación y luego se podría abordar el futuro con serena inocencia, con gusto y ternura. ¿Acaso no sería hermoso producir arte con la alegre esperanza de intoxicar todos los ámbitos, con la complicidad de quien reconoce un oficio noble, con ropa sucia y aroma a un sudor antiguo?


¿Por qué rechazar definitivamente y ad portas los Premios Nacionales?


1. Rara vez, un premio nacional en cualquier género que sea, ha contribuido con la divulgación, promoción o distribución de una obra después de ser publicada.


2. Odiosamente, se premia usualmente a obras que no han llegado siguiera a los estantes de las librerías, y mucho menos a los lectores en general, eso puede y ocurre con un certamen de poesía, cuento, novela, etc., cuando un editor apuesta a reconocer una obra sometida a examen de este, y arriesga y se aventura a someter al público su juicio y preferencia por una obra desconocida.


3. Siendo así, ¿Cómo es posible que el tribunal de sabios que decide premiar a una obra cada año, no cuente con ninguna retroalimentación y juicio externo, y se baste así mismo con una soberbia profética y clarividente para juzgar lo que es o no destacable?


4. Pero un premio nacional debería funcionar a la inversa, debería responder al reconocimiento, más o menos evidente, más o menos verificable de los diversos actores que concurren en la producción y actividad literaria: tomando en cuenta: a. El juicio de autores y autoras, b. La recomendación de editores y editoriales, inclusive de libreros y distribuidores, c. ¡A los lectores!, ellos finalmente es a quienes están dirigidas las obras, y son quienes finalmente consumen los textos, pero todos estos actores son obviados.


5. En su lugar, un minúsculo, invisible y dudoso tribunal de sabios, decide en nombre de “La Nación” (porque luego no serían premios nacionales) cual es el poemario, la novela, etc., que ese año, entrará en el canon de las bellas artes, y servirá como catalejo y referente de todo lo que en adelante debe ser considerado como obra de arte.


6. Un premio así que se otorga puntualmente cada año, debería considerar criterios temporales que no se limiten al calendario en términos de entradas y salidas, un tribunal decente, donde concurran todos los actores mencionados en el punto 4, debería juzgar al menos bajo unos criterios mínimos; las obras examinadas deberían tener, al menos un año (12 meses) de publicada y no más de 14 meses. Es preferible premiar una obra publicada en el mes de diciembre del año anterior, que ya ha tenido un recorrido real por las librerías y los lectores, y no el último adefesio de la vaca sagrada, chorreando tinta fresca todavía una semana antes de la fecha de corte. Como sea, este criterio exige que la obra que será premiada, ya tenga un contacto previo con la crítica, con el público, con el estante y la vitrina, por lo menos una existencia más real y concreta, y no cuando ya no hay nada que hacer.


7. Los Premios Nacionales, son un premio oficial, que corresponde a la administración y al gobierno de turno representados en el Ministerio de Cultura, por lo tanto, recibir un Magón, un Premio Nacional de Poesía, por ejemplo en el año 2009, es recibirlos de parte del Gobierno de Costa y sus representantes de turno: Los Hermanos Arias. Esto no se puede ignorar, y no entiendo cómo un escritor o escritora que adversó la entrada en vigencia del “Dr.Cafta”, o las políticas neoliberales, los proyectos de ley para flexibilizar los contratos de trabajo y las prestaciones de los trabajadores y trabajadoras, puede sin ningún escrúpulo recibir un premiecillo de estos, bajo el pretexto de decir tautológicamente que “una cosa es una cosa y otra cosa otra cosa”, no se puede acudir a la libertad y la autonomías con poses tan “cortesanas”, o se corta de tajo o se parasita.


8. Casi nunca, un premio nacional tiene un juicio favorable de la crítica en general, sea académica, culta, proscrita, de la calle, de la cantina, etc. Traza, eso sí una frontera de lo correcto y deseable, contra lo indeseable y desechable de manera apriorística. Parece que los Premios Nacionales no tienen una correspondencia entre lo que se supone que significan y lo que realmente significan para el público, las editoriales, los libreros y los otros artistas.


9. Por la “trascendencia” real o no, y el peso de la mayoría de las obras que sí han sido Premio Nacional, hubiera preferido que se premiaran algunos de los recetarios de la Tía Florita, algunos poemarios de Cuatacho o Camilo, incluso el Memorándum de Casas y Sánchez.


10. Lo más sincero y deseable en un escritor que se valore, y sienta que su obra debe someterse a un examen más riguroso para considerarse valiosa y perdurable, debería empezar con rechazar el Premio Nacional.