23/12/10

Para que no llueva sobre mojado: El Diluvio Universal de Guillermo Barquero

Hace un año que fue publicada la primera novela de Guillermo Barquero, El Diluvio Universal, por la Editorial Perro Azul.

Desafortunadamente pienso, se han dicho cosas equivocadas sobre ella: "difícil", "hermética", "postmoderna", blablabla. Digo desafortunadamente, pues siento que es el tipo de cosas que se dicen cuando no se tiene nada que decir. Y estamos seguros que hay mucho que decir sobre esta primera novela de Barquero y especialmente que nos sirve también como contrapunto para plantearnos diversas cuestiones sobre la producción narrativa actual costarricense.

Como siempre, las primeras impresiones que siempre hacemos de una lectura es la de relacionarlas con otras lecturas, para mi es inevitable comparar al protagonista de El Diluvio Universal el Dr. Martínez con el viejo e impasible Coronel de "El Coronel no tiene quién le escriba" de Márquez, su obstinada y dogmática travesía postal y cotidiana de esperar lo imposible, o bien con el Larsen de "El Astillero" de Onetti, que sabe representar su propia farsa con toda la dignidad y seriedad del mundo. El Dr. Martínez en este caso, no es extraño sin patria, pertenece a esa vieja tradición literaria de anti-héroes cosechados en Latinoamérica, son héroes que sin esperanza sólo viven por una dignidad y unos códigos personales que viven y mueren con ellos.

Pero volviendo a los relamidos argumentos sobre lo "difícil y hermética" que resulta leer El Diluvio Universal, pienso que se trata más bien de un viejo mal entendido que me recuerda un chiste sobre un tipo que le dan a leer la guía telefónica diciéndole que es una obra de teatro, cuando termina de leer y le preguntan por su opinión responde: muchos personajes y poca acción. Y suele pasar, si no sabes en qué clave vas a tocar, seguramente toda la orquesta sonará mal, el lector de alguna manera debería saber a que va, y con decirle que El Diluvio Universal es "difícil, hermético, postmoderno" la verdad que no le están diciendo nada, ni invitan o desafían al lector y mucho menos le hacen justicia a la obra y su autor.

Digamos que El Diluvio Universal está escrito en su propia clave, es como esos ríos de la vertiente atlántica, densos, hondos y caudalosos, que cuando los contemplamos en su superficie parecen pétreos e inmóviles, pero que fluyen, oscuros y colmados arrastrando sedimentos, cuando el lector no está preparado para navegarlo podría tener la rara impresión de que "no pasa nada", "este tipo no hace nada" y eso está bien si es un lector habituado a leer novelas donde un niño huérfano criado por sus malvados tíos es iniciado en el mundo de la hechicería... o quizás novelas sobre un crimen enigmático, unas reliquias perdidas, una organización secreta y un sabueso sabelotodo que puede desentrañar los móviles y desenmascarar a los culpables; quien lea de esta manera El Diluvio Universal quedará defraudado, pues esta novela pertenece a otro modo y otra tradición.

Cuando se leen los títulos de los capítulos en El Diluvio Universal encontramos la primera clave, se trata de pequeñas síntesis que nos dicen todo lo que va a ocurrir, muy a la manera de las viejas novelas de caballería y que la literatura del siglo de oro español encabezada por El Quijote utilizan, no hay sorpresas ni cartas bajo la mesa, todo está dicho en el título; entonces ¿A qué vamos sobre el texto? pues a una dilatada representación, pero esta vez no a los hechos, ni a las situaciones, no hay ninguna anécdota que narrar, pues El Diluvio Universal es también un ejercicio narrativo que pone su énfasis en las cavidades anímicas del instante, fija la acción, la petrifica por completo para contemplar el instante, chupar de él como de un hueso la sustancia afectiva y existencial, igual que aquellos maestros del cuento, Efrén Hernández en México ó FilisbertoHernández en Uruguay (Ninguno desafortunadamente es familia mía) donde la fijación de la acción permitía examinar la situación como quien contempla un cuadro, una fotografía, y  de eso se trata precisamente El Diluvio Universal, de cuadros y escenarios, de no mirar al vuelo ni de reojo, sino de explorar hasta sus últimas consecuencias el diminuto instante que contiene todos los siglos y toda la vida.

Por ello, no se trata de un ejercicio retórico, ni de una circularidad ingenua por parte del autor, al contrario, El Diluvio Universal es una de las novelas más pretenciosas y más arriesgadas de la última década en nuestra narrativa. Es pretenciosa  y arriesgada porque de antemano sabe a lo que se enfrenta, no es complaciente con el lector, al contrario exige de este una complicidad total, es decir, aceptar unas reglas a priori, que ésta novela es un ejercicio de contemplación y fijación de la totalidad, donde el tiempo es una arbitrariedad y que una vez aceptadas estas reglas, es dentro de estas que debe ser valorada y no con otras.

Sabemos que Barquero sabe de antemano que su novela no será un "best-sellers", no por el ascetismo de su protagonista (el existencialismo francés está plagado de alimañas peores) o por ese ejercicio obstinado y arduo de construir una historia no desde una estructura y un andamiaje reconocible, sino desde sus vísceras y átomos, y esto exige una lucidez por parte del autor desde la primera página hasta la última y que en este sentido es perfectamente constatable por parte de Barquero.

Poniéndonos en su lugar, podemos imaginar las tentaciones que el autor tuvo que superar, los guiños, las anécdotas, los juegos que debió sacrificar para lograr una novela fiel y homogénea con su propósito, esta novela que acude fríamente a la absoluta mediocridad de la felicidad pequeñoburguesa mientras cae la lluvia.

Ya los lectores están advertidos, y deberán invertir tanto como el autor invirtió en escribirlo, de lo contrario Harry Potter y El Código DaVinci están en cualquier caja de cualquier supermercado.

Otras reseñas sobre la novela de Guillermo Barquero:

Guillermo Barquero y el Diluvio Universal de Danny Brenes
El Diluvio Universal de Guillermo Barquero por Rodrigo Soto


Germán Hernández

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15/12/10

Y Viceversa

Para Byron Espinoza.


- Para ser sincero, la primera vez que entró aquí tuve ganas de sacarlo, sabía a lo que venía, pero no sabía cómo era posible que con esa pinta lo hubieran dejado entrar a una librería y menos cómo hizo para esconderse el primer tomo de la trilogía Milenium y salir sin que lo pescaran.
- Diay, hay gente para todo.
- Y eso no es nada, antes un roco me había encargado todos los libros de Vargas Llosa, pero eso sí, que todos tuvieran en la portada la etiqueta que dijera: “Premio Nobel de Literatura 2010”, para que vea...
- ¿Está loco?
- Espérese, le expliqué que eso era imposible, que todavía no se habían reimpreso todas las novelas de ese mae, que apenas había pasado una semana de lo del premio, que para que llegaran a la compra venta tenía que esperarse como un año.
- Que varas de mae, pero no terminaste de contar lo del piedrero.
- Sí, sí, el mae entra con esa pinta que usted ya se imagina y me pone el libro sobre el mostrador y me pregunta -  ¿Cuánto me hecha? – viera mae, el libro venía nuevo, en el forro plástico, ni el precio le había quitado, y usted me conoce, no me gusta darme color, y le dije cortante: Aquí no compramos libros robados.
- ¿Así nada más?
- Sí, dio media vuelta y salió con el libro bajo el brazo sin decir nada.
- Mae, ¿Pero cuántos libros robados nuevos no vienen a parar aquí? No hay que ser así, el mae lo que andaba buscando era una ayudita para el vicio.
- ¡Claro!, ¿Y luego cómo me lo saco de aquí viniendo todos los días con un libro nuevo?
- Diay, no sé…
- Porque a los tres días volvió.
- ¿Sí?
- Claro, con el mismo libro.
- ¿No le creo?
- Para que vea, pero algo había cambiado, el libro venía sin el plástico, sin el precio… y con el lomo abierto, algunas puntas dobladas, y esa huella sucia de los pulgares en el corte delantero de las páginas y me dice otra vez - ¿Cuánto me hecha?
- ¿Pero cómo? – Le pregunto
- Diay, ya no está nuevo, ya me lo leí.
- Sí mae, viera que cagada de risa, y el mae todo serio viéndome, entonces para sacármelo de encima le digo: dos rojos es lo que le puedo dar
- Está bien – me dice, se los di y jaló.
- Según el mae lo había leído.
- Yo pienso que sí
- ¿Cómo?
- Cuándo me llegó a la semana siguiente con el segundo tomo de la trilogía.
- ¿Volvío?
- Claro, y vino diciéndome que el segundo no le había gustado tanto como el primero, que en la segunda Mikael Blomkvist no lo convencía tanto, que habían muchas cosas inverosímiles en la novela...
- Jueputa!, hasta crítico literario te salió el piedrero.
- Sí mae, y lo más curioso, el libro venía igual que el primero, y esa mancha de los pulgares sucios, como tiznado, yo creo que sí lo había leído, tenía que ser…
- Y en qué paró la cosa…
- Me pregunta - ¿Dos rojos verdad? – Y se los dí.
- Por lo menos la piedra le estaba dejando algo bueno…
- Sí, ¿Quién dice que la literatura no cambia el mundo?
- Y qué, volvió con el tercer tomo?
- ¿Usted que cree?
- Diay… que sí
- Claro, la semana siguiente, entró con el libro abrazado, como hacen las colegialas con sus cuadernos, lo viera, tenía los ojos llenos de lágrimas, me puso el libro en el mostrador y me dijo – Este es el mejor de los tres, me lo leería otra vez, pero usté sabe… - Saqué los dos rojos y en eso se me ocurre.
- ¿Qué cosa?
- Lo de Vargas Llosa
- ¿Y qué?
- Lo del roco que me los había encargado, y le pregunto al mae si ha leído a Vargas Llosa
- ¿Y qué?
- Se me ataca a llorar.
- No joda mae
- Sí, y se pone a contarme, que había leído la Tía Julia y el Escribidor, que había sido hacía años, cuando no andaba en vicios ni en la calle
- ¿Entonces?
- Le dije que recordar es volver a vivir como dicen en la radio y que me los consiguiera pero eso sí, con la etiqueta de premio nobel de literatura
- ¿Y te los consiguió?
- En un mes ya se los había leído todos.
- Mae no se lo puedo creer…
- Créalo, hasta dos libros de ensayos
- Increíble mae.
- Diay, si tragaba piedra podía tragar cualquier cosa.
- ¿Como qué?
- Diay, seguí con los encargos, ese máe se leyó a Foucauld, Emanuel Freeman, Eco, Raymundo Chávez…
- Ya no lo dejabas ni respirar.
- La piedra es lo que no lo dejaba, entre más era la adicción más leía, llegaba tempranito en las mañanas apenas abriendo y me preguntaba que si había algún encargo, un día le dije que no
- Seguro se puso que se lo llevaba puta
- Viera que no mae, era un mae tranquilo, sumiso, miraba el suelo, salía calladito y al día siguiente me llegaba con algo nuevo, que ni le había encargado, y uno de esos días me llega con la poesía completa de César Vallejo y me le quedo viendo y le digo, vea mae, la poesía no se vende – y se me pone en guardia –
- ¿Cómo que la poesía no se vende, y por qué estaban vendiendo a este mae en la Universal?
- Bueno, sí, pero es una pega, a casi nadie le gusta comprar poesía…
- Pero ese mae es arrechísimo.
- Yo sé, yo sé, pero diay
- Mae, no sea así, écheme algo.
- Pero no gano nada.
- Porfa mae, aunque sea para una piedra.
- Con una condición.
- ¿Cuál?
- No me traiga más poesía.
- Juega el gallo – Y salió con las cinco tejillas que le di en menudo para una piedra.
- O sea, que el mae se te estaba volviendo una pega.
- Que va, apenas estaba comenzando, viera después con las varas que me llegaba…
- Puros güesos
- A veces me traía varas que se podían vender, pero ya al final me traía clásicos
- ¿En serio?
- Me va llegando un día con la Ilíada.
- No.
- ¿Mae pero estas varas no se venden, no ve que tengo como cinco pudriéndose allá en el librero del fondo?
- Pero usted no sabe lo que me costó leerme este.
- Pero esas varas no sirven.
- Hasta me robé un diccionario de mitología para poder terminarlo.
- ¿Qué?
- Si, véalo.
- Le recibí los dos por el precio de una piedra.
- Que varas las suyas mae, ya te estabas aflojando con el grifo.
- Es que no me caía mal, pero es cierto, y la verdad que en cualquier momento lo cogían y bueno, no sé, un día le dije, ¿Diay mae, con todo lo que usted ha leído y no va a dejar esa vara?
- ¿Y qué te dijo?
- Diay, si dejo la piedra, no vuelvo a leer, ¿para qué?
- Muy ceñido.
- Ceñido aquel roco de las novelas de Vargas Llosa
- ¿Por qué?
- Me cae un día con que resulta que quiere las obras completas de Edgar Allan Poe pero que digan Edición del Bicentenario del Nacimiento.
- ¿A por derecho?
- A por derecho.
- Y mi piedrero que no aparece esa semana y yo sin saber qué decirle al roco
- ¿Ve?, cuando más se necesitan…
- No, pero a la semana siguiente volvió
- Que salvada
- Nada que ver, no sé que le había pasado pero venía cambiado, le solté los dos rojos de siempre por un mamotreto nuevo de Dan Brown y le dije lo del nuevo encargo
- ¿El de Poe?
- Sí, ¿Y sábe con qué me salió?
- ¿Con que?
- Yo ya conozco a ese mae, un grifo bravo…
- Sí, algo así
- Ya tengo visto el libro que usté quiere
- ¿Cuando me lo trae?
- Mmmm – se puso a pensar viendo para el techo y me vuelve a ver…
- Se lo tengo aquí pasado mañana.
- Excelente.
- Pero eso sí, le va a costar cuatro rojitos
- ¿Con que matoncito el piedrero?
- Imaginate, se me estaba poniendo exigente el malparido.
- ¿Y qué hiciste?
- Le dije, haga lo que quiera, no dijo nada y jaló.
- Ni modo mae, la vara no podía durar para siempre.
- Suave, ahí no termina la vaina.
- ¿Volvió?
- Para que vea… a los dos días.
- La que es puta vuelve.
- Espere, llega el mae con el libro, como todos los otros, devorado, bien leído de tapa a tapa…
- ¿Me va a echar los cuatro rojitos?
- Vea mae, usted se me está poniendo muy matoncito y debería agradecer.
- ¿No se los diste verdad?
- ¿Los cuatro rojos?
- ¿Si?
- Diay mae, qué iba hacer, ya le había dicho al otro roco que le tenía el libro, y había quedado de pasar por la tarde.
- Te fregó el otro carepicha.
- Pues sí, pero entonces cuando saqué la harina y se la puse sobre el mostrador el otro me responde:
- Y sí, le agradezco mucho, el otro día estaba pensando en lo que me dijo.
- ¿Y qué le dije?
- Esa vara sobre leer y fumar piedra.
- ¿Y…?
- Que usté tiene razón, sabe para qué son estos cuatro rojos? - Me preguntó mientras los hacía un puño metiéndoselos en la bolsa del pantalón – Son para comprarme el Quijote de la Mancha, eso sí, nada de piedra, esa vara me está cocinando el cerebro, ¿ya la vio?


Germán Hernández

10/12/10

No me mueve, mi Dios para quererte


No me mueve, mi Dios para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tu me mueves, Señor, múeveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido:
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muévesme al tu amor en tal manera
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
que, aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.


Este es quizás el soneto de carácter místico-religioso más conocido de la literatura en español y el periodo renacentista. Curiosamente es anónimo (aunque no tanto) y se le ha atribuido a diversos autores: Santa Teresa, San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola, aunque sospecho que no es de ninguno de ellos, el contenido teológico del poema va a contrapelo del rígido orden religioso eclesiástico del siglo XV; siento en su lugar que dicho poema tiene un contenido más laico y reflexivo, más acorde con el espíritu reformista que ya se comenzaba a manifestar en Europa, comenzando con Erasmo (aunque fallido) y culminando con Lutero.


Pero examinemos el soneto. Perfectamente construido con versos endecasílabos (11 versos) y rima perfecta (abab-abab-cdc-cdc) escaso en adjetivación y muy rítmico gracias a la reiteración de mueve.


Ese moverse es núcleo de sentido en el poema, y establece una serie de oposiciones. El poema comienza por decir lo que no mueve:


No me mueve, mi Dios para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

No le mueve el cielo ni el infierno, la economía tradicional de la salvación no es suficiente para el autor, ni la promesa eterna del cielo, ni el temible castigo del infierno son disuasivos. Esa economía de la salvación se encontraba en una situación muy especial durante el siglo XV, la Iglesia de Roma imponía una tremenda carga para la gente, la gratuidad de la salvación estaba ausente, el perdón de los pecados debía comprarse mediante indulgencias, quienes tenían los medios económicos podían comprar miles de años de indulgencias para salir más pronto del Purgatorio; quienes no contaban con esos medios económicos, podían luchar en las guerras y cruzadas que la Santa Iglesia libraba contra los infieles. En todo caso, el perdón, la salvación y el tiempo dentro y fuera del purgatorio, eran mercancías que se transaban y negociaban con capital o trabajo como cualquier otra, con el objetivo de alcanzar el Cielo prometido, no ir al Infierno temido y permanecer el menor tiempo posible en el Purgatorio. A nuestro autor no le interesan las promesas y amenazas.

Tu me mueves, Señor, múeveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido:
muévenme tus afrentas y tu muerte.

 En el segundo cuarteto el autor nos muestra su intención y motivación para moverse: Jesucristo. Parecería obvio y axiomático decir que el centro del Cristianismo es Jesucristo, pero cuando la motivación está precedida por el control y sostenida por el miedo y la recompensa dicho centro podría perderse. De esta manera el autor parece afirmarse en lo más esencial de su fe que es Jesucristo y restituye lo más esencial de esta.


Y pone el acento en la Cruz, la afrenta y la muerte, el acto sacrificial de Jesucristo que otorga la gracia, el perdón de los pecados y una nueva relación con Dios. 

Muévesme al tu amor en tal manera
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.


No me tienes que dar porque te quiera;
que, aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

En los tercetos queda claro hacia dónde es movido el autor, se mueve hacia el amor quedando de lado el miedo y la recompenza, la compra del perdón y la sumisa obediencia. El amor y el temor sin cielo y sin infierno se resignifican, el amor no será una motivación interesada, sino una actitud, un seguimiento; por su lado el temor no será el sumiso sometimiento a unas autoridades e instituciones, sino una actitud ante lo incomprensible e inefable.


Este bello soneto, es pues una desafiante declaración ante las instituciones religiosas de su época, y una vuelta hacia la teología más esencial del Cristianismo cuya base está en la gratuidad salvífica y no en las relaciones de compra y venta, de control y recompenza. Y con esto, sin duda también salen muy mal paradas muchas teologías cristianas contemporáneas que ponen su énfasis en la retribución material e interesada de Dios como constatación de su bendición, me refiero a esas teologías de la abundancia, donde un Dios vanidoso concede beneficios económicos y materiales a quienes le adoran con ofrendas económicas.

Germán Hernández