15/4/16

La vuelta al mundo en ochenta días - Julio Verne



No siempre, pero algo hermoso ocurre cuando releemos un texto después de mucho tiempo, después de décadas, de cuando éramos otros, en este caso un niño de doce años que apenas estaba agarrando el gusto al hábito de leer. Fue “La vuelta al mundo en ochenta días” de Julio Verne, fue una lectura sesgada, traspasada por la resonante presencia de la película homónima que había visto poco antes, monumental, por cierto, y que definitivamente marcaría entonces y ahora el rostro de Phileas Fogg con el de David Niven y de Jean Passepartout con el de Mario Moreno “Cantinflas” (quien arrebató el globo de oro a nada más y nada menos que a Marlon Brandon). Pues así fue nuestra primera lectura, ingenua y fascinado por un libro exótico, que hablaba de mundos que me parecían fantásticos e irreales.

De la película homónima de 1957, Mario Moreno "Cantinflas" interpretando a Jean Passepartout, Shyrley MacLeine interpretando a la princesa Aouda y David Niven interpretando a Phileas Fogg. 
Regresar ahora sobre esta novela fue simple azar, hace un par de años en una Feria del Libro, una multitud de muchachos y muchachas contratadas por una librería repartían con fines promocionales obsequios y a mí me tocó el susodicho libro, una sencilla edición de bolsillo. Así volvió a mis manos esta novelita encantadora que al llegar a casa la puse en la cola de libros por leer hasta que le llegó su turno.

¿Qué más puedo agregar? El texto inmóvil como un ladrillo en la pared de mi biblioteca cobra vida otra vez, el argumento es el mismo, el flemático, solitario y excéntrico Phileas Fogg, señor de sus rutinas, de su obsesiva puntualidad acaba de contratar a su nuevo sirviente Jean Passepartout quien lo acompañará ese mismo día cuando su amo se comprometa con sus colegas del Reform Club en una onerosa apuesta que consiste en dar la vuelta al mundo en sólo ochenta días.  Ocurre que el mismo día de su partida ha ocurrido un robo de cincuenta y cinco mil libras en el Banco de Londres, todas las sospechas caen sobre Fogg, y sin saberlo lo seguirá en su trayecto el detective Fix. Todo lo demás y su exquisito desenlace será obligación del lector desentrañarlo.

En mi caso, ya que hablo de una novela de la que ya sé de qué va, la delicia de la relectura consiste en encontrar todo aquello que antes no podía y no vi.

Afiche de la Película La vuelta al mundo en ochenta días de 1957
Me resulta irresistible en esta segunda lectura señalar algo que se me hizo más que evidente, y seguramente muchos lectores más lo habrán notado, me refiero al paralelismo que existe entre Phileas Fogg y el Quijote y de Jean Passepartout y Sancho… Por un lado la locura, la apuesta fuera de todo sentido común, la extravagancia de tomarla de un pronto a otro por parte de Fogg, es semejante a la locura del Quijote, y cómo no, nuestro protagonista encuentra su Dulcinea, incluso hasta es capáz de rescatarla de la muerte, la princesa Aouda (y desde luego para mí será por siempre el rostro de Shirley MacLeine), pero seguramente el momento más hermoso es la transformación que experimenta Passepartout, su “sanchificación”, ese sujeto itinerante que por fin cree encontrar la tranquilidad que solo proporciona la rutina, súbitamente es llevado a recorrer el mundo… escéptico al principio, no deja de ser conmovedor el momento en que asume su propio compromiso con su amo:

“Me parece oportuno dar a conocer algunos pensamientos que ocupaban el ánimo de Passepartout. Hasta su llegada a Bombay había creído, y podido creer, que las cosas pararían allí. Pero ahora, desde que avanzaba a todo vapor a través de la India, un cambio se había operado en su espíritu. Su temperamento reapareció con presteza. Volvía a encontrar las ideas fantásticas de su juventud, tomaba en serio los proyectos de su amo, creía en la realidad de la apuesta y, por consiguiente, en aquella vuelta al mundo y en aquel plazo de tiempo que no podía sobrepasarse. Incluso se inquietaba ya por los posibles retrasos y por los accidentes que pudieran sobrevenir en ruta. Se sentía interesado en la apuesta, y temblaba ante la sola idea de que había podido comprometer el éxito de la empresa el día anterior con su imperdonable estupidez. Por otra parte, menos flemático que Phileas Fogg, estaba mucho más inquieto. Contaba y recontaba los días transcurridos, maldecía las paradas del tren, lo acusaba de lentitud y censuraba in petto a míster Fogg por no haber ofrecido una prima al maquinista. No sabía el pobre muchacho de lo que era posible en un buque de vapor no lo era en un tren, cuya velocidad estaba reglamentada.”

Julio Verne
¡Y cómo no! ¿Acaso no resulta imposible comparar al detective Fix (más bonachón y menos siniestro) con el Inspector Javert de Los miserables de Victor Hugo? ¿Acaso su obstinación y ética kantiana no los lleva a ambos hasta las últimas consecuencias, desafortunadas en ambos casos?

Imposible leer esta novela ingenuamente, pertenece a una época y a una visión de mundo en que el colonialismo británico es visto con toda naturalidad, incluso habrá pasajes que nos resultarán chocantes sobre la manera en que los occidentales juzgan al resto de mortales. Pero estando advertido de ello, nada impide disfrutar de esta sabrosa aventura. En particular, me fascina ese momento en que el autor, con sencilla sutileza introduce el asunto de la “guerra del opio” en China, y que nos lleva a constatar en el presente que el llamado narcotráfico tuvo su semilla justamente en la Corona británica y que sus capos de entonces eran considerados respetables hombres de negocios. Leamos:

“Fix y Passepartout comprendieron que habían entrado en un fumadero frecuentado por esos miserables estúpidos, degenerados idiotas a quienes la mercantil Inglaterra vende anualmente más de diez millones de libras esterlinas de esta funesta droga llamada opio. ¡Tristes millones, los conseguidos a costa de uno d los vicios más funestos de la naturaleza humana!

El gobierno chino ha procurado remediar este abuso mediante severas leyes, pero su esfuerzo ha resultado vano. De la clase rica, a la cual estaba reservado el consumo del opio al principio, el vicio ha descendido a las clases inferiores, y sus estragos no han podido ser contenidos. Se fuma opio en todas partes y a todas horas en el imperio chino. Hombres y mujeres se entregan a esta pasión deplorable; cuando se han acostumbrado a las inhalaciones, ya no pueden prescindir de ellas, porque experimentan horribles contracciones en el estómago. Un buen fumador puede consumir hasta ocho pipas diarias, pero muere en cinco años.”

Germán Hernández


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