10/6/11

David Díaz Arias - Carrera Presidencial



Carrera presidencial


 - Sí señora, recuerdo bien ese día en que Joaquín se transformó y visualizó lo que pasará mañana. Y no es cuento eso que le ha dicho al respecto; efectivamente él, al perder por un momento la cabeza, vio el futuro. ¡Qué si lo recuerdo doña María! Mire, yo puedo contarle lo que sucedió con Joaquín y su transformación y lo voy a hacer para que se dé cuenta que él no exagera cuando, al preguntarle, le dice que esa vez al quedarse sin cabeza encontró el camino. Y ya que usted ha insistido en que le narre, y ya que su esposo no llega todavía y que el café está muy caliente y siempre he sido lengua de gato, déjeme acomodarme un momento y le cuento.

- ¡Ay las corbatas! Sabe señora que nunca me he acostumbrado a estos nudos en la garganta.

- Teníamos como veinte años entonces. Joaquín se creía un revolucionario y había gastado ya dos años de su carrera en “la U” pegando propaganda y vendiendo un pasquín de un ultra desconocido partido obrero universitario. ¡Había que ver a Joaquín dando discursos en las peñas que organizaban sus camaradas en la 24 de abril! Yo intuí allí la capacidad política de su esposo. Y ni qué decir de su colección de música de aquel tiempo; sus discos reunían, junto a los grandes del rock, a ese montón de trovadores comunistas del sur y el Caribe. Aunque no todo eso fue pérdida, usted lo sabe bien. En esta campaña que culmina mañana, Joaquín ha sabido explotar ese lenguaje de antaño para mostrar su cara de progre entre los grupos críticos y hasta ha usado su antigua militancia como una prueba de que su pensamiento no puede encasillarse a la derecha y que más bien representa el mismo ideal de los fundadores de esta república y será la solución que salvará al país del abismo en que lo dejaron los políticos más corruptos de nuestro país.

- Ese día empezamos a tomar cerveza desde las once de la mañana. Era sábado y todavía no terminábamos de hacer una pared de la casa de Manuel Rojas, pero el calor que hacía ameritó dedicarse a la bebida y dejar la faena para cuando volvieran las fuerzas; quizás el lunes o el martes. Usted probablemente habrá conocido esa casa de don Manuel cuando visitó a su suegra alguna vez. Ahí está todavía, en la esquina de la entrada al viejo barrio y es lo suficientemente grande y pintoresca como para no notarla; la encontré hace unos meses cuando visitamos el lugar durante la campaña. Ya debe tener unos setenta años de construida, aunque toda la vida le han hecho remiendos, como esa pared de entonces. En ese tiempo, durante el verano nosotros solíamos trabajar con Brocha en construcción, para hacer un dinero extra para ir a la U cuando acababan las vacaciones y para invitar a las muchachas los fines de semana. Y el trabajo en la construcción con Brocha era bien duro, pero ¡pucha, pagaba bien! Y nos ha pagado todavía mejor en esta campaña porque resultó verdaderamente un acierto presentar ese pasado de Joaquín y hablar de él como un obrero que sabe del trabajo duro y que proviene del pueblo. ¿Recuerda cómo nos ganó adeptos esa imagen después del debate nacional en televisión en que Joaquín enseñó las manos y dijo que eran las de un trabajador? ¿Recuerda cómo dejó boquiabierto al contrincante con ese gesto? Lo dicho entonces fue dinamita electoral: “con Joaquín tendremos un presidente trabajador como nosotros”. Desde ese momento, se pronostica que el abstencionismo bajará muchísimo en las elecciones de mañana.

- A eso de la una, cuando oficialmente terminábamos la jornada del sábado, ya estábamos picados. Salimos de la construcción y nos encaminamos hacia la casa de Joaquín en la Calle Los Gamboa y quiso la suerte que nos topáramos a Marcial Rodríguez en las mismas que nosotros. Marcial estaba con Ramoncillo Jiménez en la entrada del portón de su casa con su famosa grabadora; no sé si usted alguna vez oyó de ella. Era un instrumento como del tamaño de una cocina y con unos parlantes que hacían retumbar las ventanas de todo el vecindario. Marcial la había comprado en la frontera y siempre fue su orgullo, además de las orquídeas que tenía en el patio de su casa. Ponerla a sonar a todo volumen era su pasatiempo de fin de semana. Ese huevón de Marcial nos contagió con las ganas de seguir la fiesta allí mientras oíamos un casete de los Creedence que le había copiado Popeye esa misma mañana. ¡Qué bueno que era ese casete! Lástima que Marcial lo perdiera en un viaje en bicicleta que se pegó con Martín Vargas a Acosta y que terminó en una gran borrachera, en un ojo morado y en una visita de la mamá de Martín a la de Marcial para recalcarle que su santo hijo iba a ser cura y que por eso le prohibía toda junta con Marcial. Un día de estos me acordé de esa música y bajé el álbum de Internet y estuve todo el día interpretando encuestas con Fogerty. Pero, no sé, esas cintas de casete tenían algo especial. O seguramente era el ambiente que creaban. Ahora uno escucha música solo en el carro, en el apartamento o en la oficina, pero siempre solo. Antes éramos cinco o más alrededor de una grabadora y con la música que decidía el dueño del aparato. Por eso, para esta campaña yo me puse enfático en la necesidad de volver a las plazas públicas estridentes, con bailes y música y, alentados por las cantinas de los barrios, con borracheras. Ese fue otro gran acierto.

- Joaquín y yo no nos hicimos rogar; nos quedamos en el portón de la casa de Marcial, pero Brocha sí siguió derecho por la cuesta diciendo que iba a guardar la herramienta y que volvería en una hora, después de que se bañara. Mejor no hubiera vuelto Brocha. ¿O mejor sí? A decir verdad, Brocha fue quien creó la situación que permitió la transformación de Joaquín aquel día. Habría que agradecerle eso. Cuando volvió ya habíamos arrasado tres six packs y le habíamos dado una vuelta al casete de los Creedence. Se nos había unido al grupo Lobo, no sé si su esposo alguna vez se lo mencionó, creo todavía vive por ahí por el viejo barrio.

-  ¡Está bueno este cafecito! ¿De cuál marca es? Yo con el café siempre he sido delicado. Me acuerdo que mi mamá solía decir que uno tenía que tener gusto por el café y por usar los zapatos limpios. En la finca que tenía mi tata allá arriba por Tarbaca siempre cultivó café y aunque el viejillo trataba de venderlo todo, mi mamá, sin que él se enterara, procuraba guardar el mejor grano para consumirlo en la casa. Ya hace tiempo que al faltar los viejos vendimos ese terreno; el café se volvió cemento en toda esa región. Sabe que ahora por ahí arriba hay gringos que venden casas hasta en medio millón de dólares.

- Dije que mejor no hubiera vuelto ese cabrón de Brocha. Bueno, mejor que sí volvió. Qué personaje era ese Brocha. La mayoría del tiempo era buena gente, pero ya entrado con las birras le daba por el polvo blanco. Ese huevón nos quiso meter en ese vicio, pero nunca pudo conmigo. Yo era bien portado y aparte de las águilas ni siquiera fumaba cigarros y eso que cuando era carajillo mi tata siempre me mandaba a prenderle los suyos a la cocina de leña de la casa de mi abuela. Pero Joaquín era diferente; en su rebeldía, Joaquín quería probar de todo. A eso contribuía la labia de Brocha que en aquel tiempo podía convencer a cualquiera incluso de comprarle una perra que decía que daba leche de vaca. Y para ese momento Joaquín ya tenía semanas de meter la nariz en esa basura por culpa de Brocha. Vale que para la campaña todo eso se manejó muy bien y hasta nos dio puntos. Por eso, aparte del escándalo que desató la oposición por la mentira esa que lo vinculó con el narco, Joaquín supo contestar perfectamente a las preguntas embarazosas sobre su consumo de drogas cuando era veinteañero. Claro, él se la jugó bien presentándose como un luchador que había vencido hasta los vicios más fuertes, como un hijo del pueblo que probó erróneamente antes de encontrar su misión y, justo por eso, como un hombre honesto que podía guiar el país con dignidad.

- Mejor no hubiera vuelto Brocha ese día. Joaquín ya estaba picado y Brocha lo encontró por eso débil. Así, en una media hora, lo convenció de que la experiencia con el polvo blanco era para carajillos bien y que lo que de verdad era de hombres consistía en subir a la finca de Guelo y buscar unos hongos grises con grandes cabezas rojas que se encontraban fácilmente entre las piedras. A Brocha le chispeaban los ojos al hablar de aquellos hongos. Nos contó que él y Policarpo Porras se habían elevado un día hasta Saturno con unos de esos.

- La verdad Brocha ni siquiera tuvo que insistirle mucho a Joaquín. Es más señora, su esposo ya iba empujado como por el aire, cuesta arriba rumbo a la finca de Guelo. Esa decisión me impulsó a mí a ir a ver qué era la cosa y a dejar a Marcial y a Lobo terminarse el cuarto sexteto de la verdadera ave nacional. Por cierto, viera que tengo la idea de presentar ese proyecto a la Asamblea: cambiar el yigüirro por el águila.

- Nos brincamos la cerca y buscamos un rato los hongos entre las piedras del potrero. Ahí estaban esperándonos. Brocha dijo que uno los mordía un poquito y tenía que tragárselos porque el sabor era un poco feo, pero que actuarían rápido. Yo tengo que ser sincero, no tuve la menor idea de intentar ponerme uno de esos en la boca. Pero ese huevón de Joaquín, precisado como era, se metió como tres. Cinco minutos después, se le cayó la cabeza.

- Sí, se le cayó la cabeza y lo gritaba a los cuatro vientos: “¡Auxilio maes, se me cayó la cabeza, se me cayó, ayúdenme a encontrarla, tiene que estar por aquí por donde suena mi voz!”. Medio borracho como estaba yo, no puedo precisar bien lo que pasó, pero sí vi el cuerpo tumbándose de allá para acá y puedo jurar que no divisé la cabeza y que la voz procedía de un montazal. Según su esposo, después de comerse los hongos sintió que le subió de rayo un impulso eléctrico desde los pies hasta los hombros. Como reacción al rayo, Joaquín asegura que caminó un par de metros y entonces sintió que algo se le desconectó entre el cuello y las orejas y fue cuando sintió que se le cayó la cabeza. Yo di con la cabeza en el zacate y se la traté de colocar en su sitio, pero algo no encajaba y la cabeza se volvía a caer al suelo. Yo le aseguro que yo no probé los benditos hongos y es honesto todo esto que le digo. Y si no me puede creer a mí, créaselo a su esposo porque si hay algo que tiene Joaquín es su sinceridad. Acuérdese que ese fue su lema de campaña: “Joaquín, sincero, como usted”.   

- Sí, recuerdo bien ese día. Yo le grité a Brocha que me ayudara a pegarle la cabeza a Joaquín, pero ese cabrón solo se revolcaba en el monte dando brincos y arañando la tierra. Unos días después nos contó Brocha que al comer los hongos entró en un trance en el que se le reveló que era el último descendiente de una familia de cazadores indígenas que debían escalar una montaña gigante y luchar con dos monstruos a los que debía vencer para poder tener derecho a una descendencia.  

- Lo cierto era que la cabeza de Joaquín no se sostenía y por la desesperación por ponérsela se me fue de entre las manos y rodó hasta una boñiga. Y allí, en la mierda de vaca fue cuando Joaquín dice que tuvo una visión que le reveló su futuro promisorio de empresario y político. Creo que esta parte usted sí la conoce bien. Joaquín nos contó que con la cabeza entre el mierdero se dio cuenta lo que debía hacer para volverse rico y presidente. Sí, él dice que en la boñiga tuvo la visión de que sería presidente de este país. La cabeza seguramente permaneció en el suelo unos segundos y cuando por fin la levanté y la incrusté en el cuerpo de Joaquín, esta vez sí sonó como algo que se encajó.

- Yo he recordado ese día varias veces en esta campaña. No entiendo bien qué fue lo que pasó. Pero esa vez algo cambió en Joaquín. Poco a poco dejó las ideas revolucionarias, los planes de transformación social, las utopías y se concentró en convertirse en el exitoso empresario que divisó en la boñiga. Desde entonces su vida fue para hacer plata y para volverse presidente. En un dejo del lenguaje del pasado, Joaquín solía decir que en la boñiga se despertó su cabeza capitalista.

- No sabe lo que me alegró luego saber del éxito arrollador de su esposo. Yo me alejé de él porque me concentré en sacar la carrera de Ciencias Políticas y en escalar dentro del partido. Pero yo siempre le seguía la pista, especialmente cuando su esposo comenzó a aparecer en las revistas de los domingos posando para las fotos de las fiestas faranduleras. Recuerdo bien cuando alguien me contó que se había metido a vender plantas medicinales y la manera en que se conectó con esa empresa internacional de venta de comidas para la vida. Y luego la estupenda jugada que hizo acercándose al fútbol. Él me ha hablado del buen trato que desde el principio le dieron esos empresarios deportivos. ¡Claro, hay que tomar en cuenta que Joaquín les metió el hombro en la compra de jugadores y nombres de equipos! ¡Y no sabe lo feliz que estuve cuando finalmente se metió en política! Ahí fue donde nos volvimos a ver en la vida. Cuando llegó Joaquín con ese apoyo monetario para la campaña pasada, yo, desde el directorio, pude dar mi criterio de que él siempre había sido alguien en quien confiar, que su familia siempre fue del partido y que sería un acierto incorporarlo activamente en nuestras filas y aceptar de buena fe su donación al partido. Y cuando se ideó la fórmula perfecta para estas elecciones, yo sabía que Joaquín iba a estar metido en ella como su cabeza. ¡Imagínese, mañana su esposo se convertirá en el presidente electo de este país!

- ¿Qué si perdió otra cosa su marido en la transformación además de sus revolucionarios sueños solidarios? Entiendo que le interese el tema ya que usted no lo conoció con la cabeza de antes de caer en la boñiga. Pero créame que no soy yo quien debería contestarle esa pregunta. Es cierto que después de aquella experiencia, nunca se pudo asegurar que por efecto de ella, Joaquín también tuvo algún problema de salud, especialmente del corazón, pero la operación a la que se sometió, hasta dónde sé, lo dejó como nuevo.

- Mire, ya llega el carro de su marido con la comitiva. La dejo señora, ha sido un gusto platicar con usted. Aliste ese vestido para celebrar el triunfo en veinticuatro horas. Según las encuestas, esto está ganado. Deberíamos refundar esta república para concederle algún crédito a aquellos hongos. Aunque no sé si el milagro lo hizo realmente la boñiga. Sabe, una vez leí en alguna parte que algunos dictadores latinoamericanos solían comer raciones específicas de mierda de vaca y caballo una vez al mes y con eso aseguraban su poder de mando. Lo que sí es un hecho señora, es que a la par del cambio del yigüirro vamos plantear la creación de un monumento en aquel potrero en donde a Joaquín se le cayó la cabeza y surgió su carrera presidencial. No será difícil costearlo. Ya verá que cuando su esposo profundice la reforma del Estado que heredamos, nos sobrará el apoyo financiero para edificarlo. ¡Qué genial idea! Pero no vayamos a encargarle la creación de la obra a alguno de esos artistas críticos que conocemos. No vaya a ser que algún chistoso plantee montar en aquel matorral una gran cabeza consumida en una inmundicia verde y divisando en el horizonte el mapa de Costa Rica. 


David Díaz Arias. Historiador costarricense. Tiene un Ph.D. en Historia por Indiana University (Estados Unidos) y trabaja como profesor en la Escuela de Historia y como investigador en el Centro de Investigaciones Históricas de América Central de la Universidad de Costa Rica.

Ha publicado numerosos libros y trabajos sobre historia política, identidad nacional, memoria, Estado y fiestas cívicas en Costa Rica en los siglos XIX y XX. Tiene varios cuentos sin publicar y ha publicado el cuento de ciencia ficción “La tropa” en el libro Posibles Futuros. Cuentos de Ciencia Ficción (San José, Costa Rica: UNED, 2010) y el cuento “Confesiones” en la revista cultural Chiricú (Indiana University), 2009. Sus correos electrónicos son: david.diaz@ucr.ac.cr y ddiazari@umail.iu.edu
 
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7/6/11

Conspiraciones sobre una Ficción - Líneas Apócrifas...

El pasado 25 de mayo, durante la presentación de "Variaciones para una Ficción" destacó la lectura que hiciera el narrador Santiago Porras sobre mi libro. Al siguiente domingo, en la sección Ancora de la La Nación S.A. salía publicado un extracto de la lectura hecha por el vate Porras.

Algunos teóricos de la conspiración no pudieron evitar comentarios suspicases, sobre todo inspirados en Marcuse y sus tesis sobre la neutralización de la obra de arte a través de su vanalización mediática, a pesar de ello, pues dicha neutralización sólo es digna de aquellas obras "peligrosas" o que produzcan sospechas entre los miembros del Santo Oficio, supuso una inesperada sorpresa y una maligna alegría... - esto debe ser un error, La Nación S.A. no debería darse el lujo promover tan gratuitamente la obra de alguien que les adversa y desprecia públicamente, ¿cómo pudo ocurrir este error? - Sin importar cómo, el texto de Porras, no fue publicado íntegramente, "por motivos de espacio" justificaron unos... lo cierto, y en esto algunos analistas con extrañeza y tomando en cuenta la teoría cuántica, observaron que La Nación, al igual que la materia, están compuestas por partículas de materia ínfimas, cuya masa es prácticamente nada, por lo que se puede afirmar que el periódico y el universo están llenos de vacío.

En todo caso, profundamente agradecido con el amigo y colega Santiago Porras, transcribimos íntegramente su texto dedicado a mis Variaciones.



Entre el Deseo Profundo y el Talento


Como lo señala Cees Nooteboom con respecto a la pintura, la obra de arte debe despertar o colocarnos en la posición de voyeur que todo espectador–lector es. En ese afán el escritor debe apelar a toda su sapiencia y hasta a una dosis de candidez para lograrlo. Germán Hernández no es este último caso, ha esperado más de quince años para publicar su primera obra con la pretensión de que en ella no haya nada fortuito, pareciera que en su libro de cuentos “Variaciones para una ficción” lo ha logrado.

En el cuento “Introducción para los adoradores del sentido” expone la ingeniosidad, digna de mejor causa, con que un maleante birla dinero a un fariseo moderno, convencido de que pertenece a los elegidos y quien abúlicamente da una limosna como quien paga un impuesto a los pobres. Eso lo convierte en doblemente imbécil, pero práctico. Práctico, porque de manera fácil adormece su consciencia y doblemente imbécil porque no solo se lleva su dinero un bribón sino porque tampoco cumple con el objetivo de apaciguar las carencias de los desposeídos. Sensación que no dista mucho de lo que sentimos cuando pagamos impuestos. 

El desconcertante “Psychedelic breaksfast” es la noticia que a veces escuchamos y donde damos por descontado que la irracionalidad es lo normal, sin ahondar en ella; no obstante, creo en Vargas Llosa cuando dice que la ficción es una mentira que encubre una profunda verdad. El (¿kafkiano?) relato “Abrir los ojos y ver” es una buena idea, bien ejecutada, salvo por algunos símiles redundantes. Hay allí  expresiones eficaces como: “acurrucado y autista”, “unos ojillos grises agradecen enfermos”, y, sin duda, ese final: “lo mira con gozo y mansedumbre, comprometidamente, como un ideal” es de lo mejor.

“Principio de realidad” es una muestra de la extraña comunicación que hay entre las parejas. Evidencia el desconcierto de quien ha esperado una acción y cuando la enfrenta se percata de que no estaba preparado para recibirla o para actuar en consecuencia, optando por refugiarse en el silencio. De “La consigna era mantener el fuego encendido” solo destaco la muda del narrador en víctima. En “la broma” hay un buen manejo de dos aconteceres que se superponen más en las mentes del narrador y del narrador–protagonista que en la realidad. La muda de la voz narradora está casi imperceptiblemente lograda, lo que supone un acierto. El sentimiento de soledad se percibe en la imprudente actitud del protagonista, incitada más por su desesperación que por algún indicio de la mujer.

En “Anestesia” un asunto baladí da lugar a una historia angustiante, que termina por resolverse, si así puede decirse, con un ahondamiento de la causa de la angustia, porque la otra historia, la del amor, prevalece sobre esa angustia, pese a que el protagonista se cuestiona que la vida se le manche con actos absurdos. “Intuición” lleva al lector desde la perspectiva de un desesperado viajero en un vehículo hasta convertirse en un desamparado peatón. Es el relato que mejor conduce a la reflexión, seguro porque a menudo solemos representar y trocar esos papeles. De “Los invisibles” qué se puede decir, si yo tampoco los vi y esta vez las cosas estuvieron bien a no ser dos gazapos que hay en el libro.

“Variaciones de un tema de Maigret” son las historias que construyen “una” historia desde varias perspectivas, a veces empleando una expresión más literaria que real en los pensamientos y palabras de los personajes. En ese ejercicio describe lo peor de la ciudad y desnuda la inhumanidad de los medios de comunicación manejados e interpretados por personas con suficiente universidad, menos inteligencia y mucha frivolidad, que buscan convertirse en el objeto de la noticia, más que en el medio para conocerla (como debería ser). Y a juzgar por la popularidad que buscan y alcanzan esos personajes, les está yendo bien, en un país donde buena parte de la gente es alérgica o hasta siente repulsión por la cultura profunda. ¿Qué socavones existen en las mentes de los telespectadores ticos para que “disfruten” las desgracias de los pobres y las frivolidades de los ricos? Aquí se materializó el eslogan de los franquistas: “Muerte a la inteligencia”.

Aunque sea poco perceptible Germán denota alguna empatía con los personajes marginales de sus relatos, algo que los jóvenes escritores actuales parecen mirar con recelo y evitan. A San José de Costa Rica él la enfatiza como el teatro de sus cuentos, pero también pudieron haber tenido lugar en cualquier otra ciudad.

Todos nos debatimos entre la incertidumbre de Coleridge de si al escribir obedecía a un deseo profundo o al talento, de seguro Germán no se habrá librado de esa duda, no obstante, por lo que le conozco lo suyo es el talento. Desde mi perspectiva o prejuicio, más historia, menos autocensura y la misma cultivada prosa le van a hacer bien a sus futuros relatos. 

Esta literatura de Germán Hernández se enmarca dentro del hastío existencial con que escriben (y a lo mejor hasta viven) muchos escritores contemporáneos; no hay esperanza para sus personajes y, ¿por qué no? tampoco para el autor ni para la humanidad. No creo que, por ejemplo, los aficionados a las frivolidades estén interesados en leer escritos como los de Germán Hernández, ¡qué pena por ellos, se pierden a un autor que los desnuda!

Santiago Porras

3/6/11

JuanPablo Morales - ...produce monstruos / Sacar del clóset, echar en la gaveta

…produce monstruos


En el gravado más famoso de Goya aparece un tipo dormido rodeado de criaturas nocturnas. Abajo, una inscripción: El sueño de la razón produce monstruos.

Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente.

Julio Cortázar, El Río.

Comenzó a soñar con ella cuando todavía estaba con K. Reprimía las sensaciones porque, hasta en sueños, sentía la urgencia de la fidelidad. Creía firmemente que con K. sería “hasta que la muerte nos separe”. Por eso, ni en sueños aceptaba otro cuerpo.  Y es que si de algo estaba seguro era de que ese bulto que se apretaba contra él en la cama, aunque era definitivamente humano, definitivamente femenino, definitivamente no era K.

Nunca hubo imágenes. Comenzaba con una sensación mientras dormía. Un bulto le crecía  en el costado izquierdo, contra las costillas. No llegaba a ser molesto, solo aplicaba una ligera presión, como para hacerse notar. El bulto crecía, se revelaba poco a poco, independizándose, hasta convertirse en la certeza de que un cuerpo extraño se acercaba todo lo posible. Hasta entonces la conciencia no lo había recuperado del todo, pero la noción de que no estaba solo en la cama terminó por despabilarlo. Alguien se había acurrucado sobre su pecho y su propio brazo izquierdo rodeaba la espalda ajena. Sentía un leve olor a morado, a violeta, tal vez (nunca he olido una violeta, creo que él tampoco, pero el olor parecía morado). La primera vez se asustó y abrió los ojos de inmediato. A su izquierda no había nada más que la cobija hecha arrugas. Entonces lo había soñado. Había soñado una presencia tangible, pero lo que más lo impresionó fue la claridad con que sintió el olor.  Pensó que tal vez el olor de K. se habría quedado amarrado a la almohada. Consumió la cara entre la funda y en efecto el olor de K. estaba ahí, pero no era morado. Era verde muy claro, como los ojos de K. Se pasó la mano por la cara y miró a su alrededor. La luna dializaba a través de la ventana. El cuarto, como siempre, muy tele y ropero pero más biblioteca y computadora, discos, zapatos estacionados y la guitarra muda bien cerca de la cama, como para dormir acompañado. Nada anormal.

Se volvió a dormir. Unas noches después, todavía era novio de K., otra vez el bulto en el costado. Se dio cuenta desde el principio, cuando era solo una presión ingenua en las costillas. Curioso, la dejó terminar de gestarse. Se sintió como un feto gemelo en un útero de oscuridad (o en la oscuridad de un útero) que esperara a que su hermana se concretara. Percibió el olor morado, ahora tan fuerte que lo gustó también con la lengua. Quiso que se condensara, que se convirtiera en un algodón de azúcar morado para arrancarlo de un mordisco y sentirlo deshacerse en la lengua. Pero inhalaba y tenía que exhalar el aire indefectiblemente. Se le escapaba de la lengua por la nariz, convertido en esa respiración regular que le aseguraba que seguía dormido. Ya era otra vez ella entera, la de la otra noche, la nada corpórea que se le metía entre el pecho y el brazo. Apretó con la mano y sintió como ella se estrujaba más contra él. Hundió un poco los dedos en su piel desnuda. Vio en un recuerdo los ojos de K. y abrió los propios. Por un momento creyó sentir el olor morado, pero para cuando lo pensó ya se lo había ventilado la vigilia. Se sentó. K. no había ido ese día, por lo que ni siquiera se preocupó por resquicios fragantes en la ropa de cama. Se miró la mano izquierda y pensó con miedo que esa era la que la había tocado. Se levantó, no sin cierta culpabilidad exagerada por el enamoramiento, y fue al baño a lavarse la cara. Se acostó. Tocó con el dedo el Mi de la guitarra y se dejó caer en las ondas concéntricas que abría el sonido en la noche.

La tercera vez fue pura mala suerte. Estaba decidido a pasar la noche en vela, llorando por K., que ya no le dejaría el olor en la almohada ni le grabaría el recuerdo de sus ojos con miradas cinceladas. Pero las lágrimas le inundaron el cráneo y la oscuridad del cuarto le cayó encima. Entonces otra vez presión en el costado, gestación asexuada y conciencia absoluta de un cuerpo a la par. No la deseó. El olor lo tentaba como una manzana morada pero la rabia y el despecho no daban cabida a sustituir a K. Todavía no. No estrechó el abrazo, pero se quedó ahí, con ella, sintiéndola existir, dejando que el brazo, la nariz y la lengua le fecundaran el cerebro. Pero el oído se unió a la emisión y fue mucho para él. No tuvo muy claro qué fue. Tal vez el roce de la piel sobre la cobija o el soplo caliente de un suspiro. No supo, pero oyó algo que ni él ni todo el traquear nocturno de su cuarto habían producido. Abrió los ojos. Movió el brazo, que permanecía arqueado, con la forma de ella, y solo abrazó la cobija. Se sentó y estuvo por asustarse de verdad, pero el vacío le volvió a crecer en el estómago cuando se acordó de K. Se dejó caer y terminó de desvelarse.

Pasaron los meses. Se fue olvidando de K. Nunca por completo, porque siempre le quedó en el cielo de la boca la sensación de que pudo ser de otra manera. Pero así había sido y ya solo quedaba hacerse el tonto, seguir como si hubiera una razón para hacerlo, porque a la larga tal vez la razón aparecía, pero ojalá no fuera ni una K. ni una P. ni mucho menos una H. intercalada. Ojalá fueran alegrías que no necesitaran letras para ser, alegrías sin nombre, de esas que solo uno mismo ve frente a sí, que solo uno siente, porque son de Uno. De Uno, y no de dos.

Una noche se acostó temprano. No tenía nada qué hacer en la mañana, pero había que reponer el sueño invertido en la semana. Otra vez, como la primera vez, sintió el bulto en el costado, pero no se percató de lo que pasaba hasta que volvió a ser una hermana de oscuridad ocupando el espacio a su lado, en la cama. Consciente, pero sin abrir los ojos, recordó con nostalgia que la había conocido cuando aún estaba con K., pero no se dejó recaer en un dolor reciclado. K. ya no era nadie, era otro cadáver de los que se pudren en el poema de Dámaso Alonso y que no sabía ni cómo estaba él ni qué había hecho últimamente. No sabía que por fin había tocado el Sueño en la floresta de Mangoré en el jardín norte de la UES, frente a la Facultad de Música y que habían sido él y su guitarra, nada más, sin ninguna K. viendo ni oyendo, sin ninguna K. pareciendo y no siendo.

Esperó el olor morado, y llegó el olor morado. Esperó el sabor morado y llegó el sabor morado. Esperó el sonido negro de la cobija o de lo que fuera y llegó el sonido negro de la cobija o de lo que fuera. Movió el brazo y sintió su espalda, tan suave, tan desnuda, tan de mujer y se acordó de las veces anteriores en que había dormido con ella. Nunca la había tocado más, no sabía cómo eran sus pechos (era una mujer, estaba seguro) o si tenía el pelo largo, primero porque K. y luego porque K. ya no, pero ahora K. ni sí ni no. Recordó que se había despertado siempre al abrir los ojos. Era un sueño al fin y al cabo. Deseaba a su hermana, pero ¿qué importa un incesto de oscuridad, si es un incesto soñado? Se acordó del grabado más famoso de Goya, pero no se pudo acordar de la inscripción que acompaña el dibujo.

Levantó el brazo y le metió la mano entre el pelo. Sintió las hebras como hilos de nube y notó que el olor morado se intensificaba. Le salía del pelo. Pensó que de seguro lo tenía morado y quiso creer que al tocarle el resto del cuerpo deduciría también el color de su piel. Se estiró para prepararse y con la uña del dedo índice rozó las dos cuerdas más graves de la guitarra. La disonancia se le metió entre el cuero cabelludo y le desinfló el sueño como si hubiera estallado una bomba. Abrió los ojos de súbito y notó que, como la primera vez, había luna. Pero no se atrevió a quitar la mirada del techo porque en el costado sentía la misma presión, en la nariz y la lengua el mismo olor morado y en los oídos el mismo rumor del roce de la cobija de hacía unos segundos y porque de golpe se había acordado de la inscripción del grabado de Goya y aquello solo podía ser un monstruo que se había venido del sueño con él.

a K.P.V.A.

Pavas, enero 2010



Sacar del clóset, echar en la gaveta



 No había razón para seguirlo soñando. Tenía que pasar, ya, de una vez. Demasiados años masturbatorios recordando los encuentros furtivos, amparados por la adolescencia y la frecuente falta de supervisión adulta, tan abundantes en besos, chupetazos y toqueteos, pero hasta ahí porque entre primos no Carlos, debe ser malo, y ahora simplemente se aparecía , Ileana, tan prima, tan ella, tan caderas anchas y pecas, debajo de un aguacero, con dos maletas y una cara larguísima. Se había ido de la casa buscando libertad, pero era demasiado libre para las amigas con las que se estableció. La echaron y ahí estaba, en el único lugar donde sería bienvenida. Un abrazo y ¿me puedo quedar aquí?

El sofá cama había sido una buena idea, después de todo. No quiso dormir con ella para no ser tan evidente. Pero la verdad, ¿qué importaba? Se le iba a tirar encima tarde o temprano, disimular era echarle arena al reloj. Pero bueno, ya qué. Será mañana, de fijo. Vuelvo del brete y ahora sí, ¿dónde nos quedamos? ¿Te acordás? Antes nos daba miedo pero ahora lo vamos a hacer, ya fue mucho imaginármelo, Ileana… y a ver qué pasa. Ella también quiere, estoy seguro, no puede ser que se le hayan olvidado las ganas con que quedaba cuando alguien llegaba y teníamos que dejarlo ahí.

Llegó de trabajar. Se había atrasado por pasar a la farmacia a comprar condones. El apartamento ni respiraba. Revisó todo (la cocina, el baño y el cuarto de estudio) siguiendo la sensación de que algo había cambiado en su ausencia. El aire se sentía diferente. No era el olor, sino más bien la densidad. Volvió al baño. Se miró en el espejo y se arregló el pelo. Respiró hondo y caminó.

Al final del pasillo pudo ver que la puerta del cuarto estaba abierta. Las rendijas de luz crepuscular que se colaban por la persiana dejaban ver los pies de Ileana en la cama. El pasillo no era tan largo, pero no fue hasta que llegó a la puerta cuando notó que había dos pies más de los que esperaba. Al entrar, la escena le pareció salida de alguna película erótica barata.

El calor frustraba y el olor a humo y a sexo era sofocante. Por un momento pensó en gritar y despertarlas, reclamarle a Ileana aquel cuadro y ¡En mi propio cuarto!, pero poco a poco cayó en la cuenta de que si reaccionaba así, lo haría siguiendo un patrón de conducta que le era impropio. No se sentía molesto, para nada. Pero tampoco estaba tranquilo.

Puso el paquete de condones en la cómoda y se puso a verlas. Recordaba el cuerpo de su prima, los muslos anchos, los hombros caídos, los pechos pequeños y redondeados. El abdomen se le había abultado un poco, seguro por las borracheras. Se acercó y le vio la manchita a la izquierda del ombligo. Se acordó de lo que le gustaba besársela y se preguntó si tendría igual la cicatriz del apéndice al lado derecho, pero el abrazo de la otra le impedía vérsela. La otra. Por primera vez le puso atención. Era más atractiva. Tenía un cuerpo de modelo, el pelo aplanchado, uñas arregladas, aretes del color de la sombra de ojos. Una chamaca de revista. Evidentemente era más joven que Ileana.

Habían revuelto todas las sábanas. Carlos casi soltó la risa al pensar que así amanecía siempre su cama, pero no porque acostumbrara pegarse gustos  como el de ellas, sino por el único y solitario hecho de que tenía muy mal dormir. Se asomó entre las persianas y vio a dos chiquitas jugando en las hamacas del parque, al otro lado de la calle. Una se cayó y se raspó la rodilla. La otra se tiró de la hamaca y se fue a ver qué había pasado con su amiga. Se untó saliva en los dedos y se la pasó por el raspón. La ayudó a levantarse, se la apoyó en el hombro y se fueron. Miró otra vez a la pareja en la cama. Estaban entrepiernadas. Se imaginó las lenguas yendo y viniendo por aquellos dos pares de piernas sin que mediaran raspones. Comenzaba a disfrutar de la idea  cuando la visión real de dos ojos fijos en los suyos le produjo un escalofrío. Ileana lo miraba con el seño fruncido. Levantó la cabeza y despertó a la otra.

- Laura… este…

Pero Laura no oyó razones. Los gritos que Carlos se había ahorrado los derrochó ella. Se tiró de la cama y trató de taparse con las manos. Recordó la ropa y la recogió atropelladamente: el vestido sobre la lámpara, los zapatos en el suelo, el hilo a los pies de Carlos. Se echó todo encima como pudo y salió disparada. Después del portazo, el apartamento quedó otra vez sin respiración. Ileana se puso de pie y se miró. Comprobó que estaba desnuda como por trámite, porque no intentó cubrirse.

- Carlos… mirá fue algo imprevisto, no se me hubiera ocurrido…
- Tranquila, no tenés que explicarme nada.

El semblante le cambió a la muchacha. El alivió le llevó un brillo malicioso a las pecas y le entrecerró los ojos. Con naturalidad, se puso las manos en la cintura y le lució su desesperante desnudez  a su primo.

- Bueno pues… no se me hubiera ocurrido una manera más particular de decirte que soy lesbiana.

Se rieron los dos. Disimuladamente, Carlos echó el paquete de condones en la gaveta de la cómoda.



JuanPablo Morales Trigueros. Narrador, músico. Estudia literatura y es integrante como bajista de la banda de Heavy Metal costarricense Argos, su obra narrativa se mantiene inédita. 

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31/5/11

Variaciones Para una Ficción - En Club de Libros

Queridos amigos y amigas, este pasado miércoles 25 de mayo fue la presentación de mi primer libro "Variaciones para una Ficción" en el Instituto de México, quiero aprovechar para agradecer a todas las personas que asistieron a este pequeño evento. 

Quiero hacer un agradecimiento muy especial a Evelyn Ugalde por darle seguimiento a la actividad y enviar una periodista de Club de Libros para entrevistarme y hacer una breve crónica del evento. 

A Continuación la nota publicada por Club de Libros




"Variaciones para una Ficción" se presentó con gran éxito
 

En una noche oscura, la cual avisaba que pronto vendría la lluvia, Germán Hernández presentó su primer libro “Variaciones para una ficción”, publicado por la Editorial UNED, un libro con varios cuentos que según afirma su escritor puede ser leído por cualquier tipo de público. El Instituto de México, ubicado en los Yoses fue el escenario en el que se pudo presenciar este nuevo nacimiento.

Germán Hernández comenta que la creación de su libro tardó aproximadamente diez años con lo que logró un proceso de maduración que aunque fue largo valió la pena. Su inspiración para escribir viene de una necesidad, él lo compara con el acto de respirar, para el cada cuento es como un “pequeño exorcismo” con el que puede expresarse.

Este escritor costarricense ha escrito varios textos los cuales aún no se publican, entre ellos una novela cuyo título no deseó revelar y que espera que pronto sea publicada. También ha escrito algunos otros cuentos y un poemario el cual no cree será mostrado al público.

“Son textos viejos, fueron escritos de diez a quince años atrás, fue una etapa muy juvenil. Me gustó añejarlos. Cuando los rescaté, ya no me sentía vinculado sentimentalmente con ellos y eso aventajó la publicación”, comentó Hernández. A sus 37 años dice que este libro no es suyo sino de la gente, desea que el público se apropie del libro.

Durante la presentación, Warren Ulloa escritor costarricense, quien fue uno de los  acompañantes de Germán en la mesa principal, afirmó que el lanzamiento de este libro es algo heroico ya que el género cuento es muy complejo y “Variaciones para una ficción” logró el objetivo.

Para el escritor, la sola presentación de su libro era difícil, por su personalidad pero sus amigos y familiares lo convencieron de dar este gran paso. También confiesa que a pesar que lo apasiona la lectura y escribir, titular para él es complicado. El titulo surgió con ayuda de la editorial quienes vieron que éste se acercaba mucho al contenido.

"Los invisibles" y "La Broma" son parte de los cuentos que podrá encontrar en “Variaciones de una Ficción” el cual ya está disponible en todas las librerías UNED  a un precio sumamente accesible. ¡Apoyemos la literatura costarricense!!!!

Tomado de: Club de Libros