2/5/19

Notas II





II

39.

Descreemos de los poetas
que se conforman
con cervezas tibias,
falsas amantes;
productoras, filólogas
o secretarias
que los mantienen;
libros de Bukowsky,
pastelitos y helado
de los ministerios;
vino rancio
de los premios.

Delfín Dorado, en Ajuste de cuentas. 2017.


Parábola de la eficiencia administrativa





Como editor, sabía que cualquier cosa podía llegar hasta su escritorio, a veces eran esos textos que lo inspiraban y le confirmaban por qué había luchado por llegar donde estaba, y otras veces eran sencillamente textos que lo hacían volver la mirada hacia una ventana, hacia el mundo exterior, hacia la salida.
Pero aquella vez le pusieron un texto que al ver en su portada el nombre del autor lo hizo sentir arcadas. ¿Por qué a mí?
No había visto siquiera el contenido, no podía, sabía que cada línea que trabajara estaría traspasada por esa animadversión que sentía hacia el autor, ese tipejo intragable, académico encopetado, laureado, reconocido, encumbrado. Lo odiaba y lo envidiaba por igual.
Pero también sabía que ese autor había sido denunciado por acoso sexual, y también se le abrió un proceso, y fue sancionado durante ese proceso, nada más que una nalgadita en comparación con el escarnio que otros han recibido, sí, no hay atenuantes para esto, pero para ese todo siguió igual, o mejor. Cómo odiaba esa hipocresía.
Era un asunto de conciencia, sencillamente no podía trabajar en ese texto que lo hacía odiar lo que amaba, le escribiría al director de la editorial un correo explicando sus razones, esa necesidad de recusarse, no iba pasar de ahí. Pero también sabía que ese desaire se lo cobrarían de otras maneras, imaginables unas, otras, las peores, no podía imaginarlas aún.
Entonces sacudió la cabeza, pero, ¿qué me pasa?, ¿acaso no soy un profesional? Y comenzó a hacer su trabajo

Germán Hernández.

 

27/4/19

Notas I





I

El chofer del autobús que me lleva y me trae a San José los martes y los jueves, no tiene nombre, sí tiene, pero puede ser cualquier nombre, que es lo mismo. Me puedo inventar la historia de su vida que no sería menos falsa, ni menos verdadera que la que le ha tocado vivir, o para los que todavía creen en la dignidad y el sentido de la existencia, la que él eligió vivir.

¿Pero para qué vive mi chofer de bus? Lo que le retribuyen económicamente por su trabajo apenas le alcanza para mal vivir agradecido con su dios, a quien le dedica solemnes y ritualizados ademanes cuando pasa frente a las iglesias, y se contiene prudentemente de no cuestionarle su voluntad más de lo necesario o blasfemar. Con ese salario apenas se sostiene, no alcanza para realizar sueños, mi chofer de bus no tiene sueños, o sí los tiene, pero prestados, para los cuales su realización es ajena a su voluntad, no dependen para nada de lo que haga o deje de hacer, sueños tales como ganar la lotería, o que la selección de fútbol pase a segunda ronda en el mundial. Son tan pequeñas y escasas sus alegrías y realizaciones, es una bestia bien entrenada para llevar su yugo resignadamente y casi feliz.

El trabajo es tan solo un medio para obtener dinero. El dinero es tan solo un medio para comprar cosas: arroz, frijoles, café, manteca y otros abarrotes, pero todo eso no es más que un medio para proveer de las 2000 calorías necesarias a él y su prole, también le sirven para pagar la casa, las cuentas, las tarjetas, los servicios, pero no son más que medios para garantizar que todos los días, en especial los martes y los jueves, estará ahí para llevarme y traerme desde San José.

Mi chofer de bus tiene un buen celular, y tiene un buen plan de cable, tuvo que sacar cuentas con los dedos de las manos y “estriar” para darse esos gustos que el está convencido de merecer. Los pequeño burgueses nunca han entendido por qué los pobres tienen buenos celulares, buenas pantallas de televisión o por qué se gastan media quincena en las cantinas, les asquea, les parece que es una transgresión que los pobres quieran acariciar los privilegios que la clase media considera distintivos.

A los ricos no les importa en qué se gaste el salario mi chofer de bus, lo único que les importa es que lo gaste, mientras tenga “poder de compra” será persona. El día que mi chofer de bus no pueda manejar más y no pueda llevarme y traerme de San José los martes y los jueves, el día que no reciba un salario que gastar, ese día en que ya no pueda consumir, según las reglas del mercado, dejará de ser persona.

Germán Hernández