20/2/18

Don Mclean – Vincent

La noche estrellada - Vincent Van Gogh. 1889.


En 1971, tras una exaltada lectura de la biografía de Vincent Van Gogh, el cantante y compositor Don McLean, conmovido por la obra y la trágica vida y desenlace del pintor holandés, escribe una de sus más bellas composiciones directamente en una bolsa de papel mientras contemplaba una reproducción de “La noche estrellada”.

Así surgen aquellas primeras líneas “Starry, starry night” que delicadamente van insinuando el mundo pictórico del creador de “Los girasoles” y “Campo de trigo con cuervos”, los autorretratos sombríos y los harapos, y así va tejiendo un dulce homenaje que invierte la locura del artista en la incomprensión del mundo, hasta redimirlo, hasta transformar la enfermedad y el suicidio en la trágica belleza de un hombre:

Now, I understand,
what you tried to say to me
And how you suffered for your sanity
And how you tried to set them free
They would not listen
they did not know how”

“For they could not love you
But still your love was true
And when no hope was left inside
On that starry, starry night
You took your life as lovers often do”

But I could have told you, Vincent
This world was never meant for one
As beautiful as you”

Vale la pena escucharla una y otra vez, pensando que verdaderamente, este mundo no fue hecho para alguien tan bello como vos.


Germán Hernández






18/2/18

¿Dónde se esconden los cuentos? – Byron Espinoza



Recién hasta ahora estoy intuyendo el proyecto literario de Byron Espinoza, su extraña atracción por la literatura para niños, inspirada por ellos y devuelta a ellos. "¿Donde se esconden los cuentos?" no es un relato sobre el paraíso perdido, sino el que nunca fue. Es como si nos contarán la niñez que quisimos, cuando todavía no éramos tan dogmáticos, cuando éramos maleables como el oro, pero los orfebres eran este mundo.

Es también un “ars poética” declaración de principios, unas páginas que desde la espontaneidad intentan discretamente un quehacer, no un sistema, sino la experiencia de escribir.

Estos cuentos, novelados sutilmente como Las mil y una noches, los Cuentos de Cantherbury o el Decamerón, rompen la perspectiva lineal del narrador, hay narradores, los personajes se vuelven narradores y tejen historias, son niños contados por un adulto, que a través de ellos quiere contar como un niño.

Siempre me embelesan los textos de Espinoza, sus mentiras son hermosas, yo también quisiera creer que la infancia fue así. Yo también hubiera querido escribir textos como: “El cuento del que me habló Saul”, “El cuento de Saul”, “Lo que no entiendo”, “Otra triste historia de amor”, y ni que decir de “La otra gran pasión de papá” y “De la buena pluma del esqueleto”. Cierra esta novela-cuentario con la imagen más hermosa, pero no se las voy a decir, solo que es circular, como el círculo que Giotto dibujó en su currículo.
 
Byron Espinoza
Por cierto, esta es la primera incursión en narrativa de Espinoza, así que es también un debut.  Papás y Mamás, si tienen que comprar este texto porque venía en la lista de útiles de sus enanos, es mejor que lo lean, a lo mejor y no iba dirigido a ellos, sino a ustedes.


Germán Hernández.


16/2/18

Archosaurio - Bernabé Berrocal



Mi primer encuentro con Juansantamaría fue a los seis años cuando estaba en el Kínder, me disfrazaron de héroe nacional, mi mamá hizo una bella antorcha con papel celofán, recuerdo que utilizó como mango para la tea vengadora mi Chipote Chillón del Chapulín Colorado (Ese sí era un verdadero héroe para mí). Cuando llegué al Kínder para la celebración patria, descubrí que todos mis compañeritos eran Juansantamarías también, me sentí decepcionado de no ser el único. Mi mamá para la ocasión me había contado una versión de la gesta heroica que  nunca jamás he vuelto a escuchar: El erizo valientemente se ofreció a quemar el Mesón desde donde los filibusteros resguardados masacraban a nuestros soldados, salió sosteniendo la antorcha, los francotiradores hirieron su brazo, la levantó de nuevo con el otro brazo, continuó su carrera, apunto estaba de arrojarla a los enemigos, y lo hirieron nuevamente en el otro, y con la boca recogió el arma letal, la agitó y la lanzó hasta los invasores y calló muerto y eterno. Mi mamá hubiera sido una gran escritora de sagas fantásticas, no hay duda.

Antes de mi segundo encuentro fueron más bien desencuentros entre la realidad histórica y el mito, hoy día para mí la realidad mítica es más poderosa que la histórica por lo que no me hago rollos con eso. Digo, mi segundo encuentro fue en el 2009, para el primer concierto de Iron Maiden en Costa Rica, recuerdo que mi amado amigo Manuel García me invitó para esa ocasión, me regaló una entrada VIP, pero fue imposible, ya la agorafobia estaba comenzando a envenenarme y la sola idea del gentío me daba vértigo. Pero sí que disfruté la traviesa imagen que algún ingenioso fanático editó en esos días, en la cual, desde el monumento de Juansantamaría, se veía a éste transfigurado en la persona del emblemático Eddie, la mascota de Iron Maiden, lo sentí más épico y exquisito que en The Tropper. Y es la imagen que todavía me taladra cuando leí Archosaurio.

Y mi tercer encuentro con Juansantamaría, precisamente es esa. Ha sido recién en estos meses, con la novela de Bernabé Berrocal, Archosaurio, como un delicado bicho mitológico, entre lo onírico y lo existencial que me volvieron esas imágenes. Perturbadora y descarnada, la he leído con angustia y dolor, con un Juansantamaría y un William Walker tan tristes y sobrevivientes de sus pesares, que justamente cuando estaban a punto de alcanzar el perdón lo ven naufragar en la inmundicia del Río Tárcoles.

Bernabé Berrocal


La novela experimental no tiene que ser una roca impenetrable, también puede ser un despliegue de ternura, un proceso de desmitologización, y restauración, tal como lo hace Berrocal, un fino y delicado narrador que tiene respeto por los materiales de trabajo y los usa con destreza, Archosaurio es la novela que Bretón y sus secuaces anhelaban escribir y no pudieron, yo recomiendo su lectura en las noches, para los que perdieron sus sueños, o el único sueño, a lo mejor aquí lo encuentran. Yo encantado de no tener que buscar más. Ahora los héroes nacionales, sean estos actrices porno, galleros, exiliados, burdos peatones reventados por las deudas, monosoñadores o estatuas desmoronándose, todos están más cercanos y sanguíneos que nunca.

Germán Hernández




13/2/18

Cuatro años de derrota



En 1934, en Costa Rica apenas y existía un minúsculo desarrollo normativo en materia laboral, para la mayoría de la sociedad pasaba casi inadvertido que los trabajadores y trabajadoras tuvieran derechos más allá de los que su empleador paternalmente les concediera; fueron algunos factores internos (y varios otros externos) como la acción del emergente Partido Comunista (recién fundado en 1932), de los primeros sindicatos artesanos, y las cruentas huelgas bananeras en el Atlántico las que contribuyeron a que aquellos que aceptaban el mandato de “ganarás tu pan con el sudor de tu frente” advirtieran por fin que tenían derecho a un salario decente, a una jornada de trabajo decente, a una seguridad social, a un régimen de jubilación, a un subsidio de incapacidad, a un día de descanso y vacaciones pagadas, a organizarse por mejores ventajas económicas y laborales, esa toma de consciencia, y la lucha de miles hoy anónimos, fue la que cristalizó las primeras reformas sociales en 1942 y las que le siguieron en 1949 y las que se desarrollaron en las décadas siguientes hasta 1982. No fue la voluntad o la acción de unos caudillos (Manuel Mora, Víctor Manuel Sanabria, Rafael Ángel Calderón o un José Figueres) concediendo derechos, pues los derechos no se conceden, no son dádivas. Al menos sí es de reconocerles, que leyeron bien su tiempo, y tuvieron la insólita capacidad de construir el primer pacto social de este país, un ejemplo de que se puede convivir en la diversidad.

Pero no todo son rosas, hoy, cuatro de cada diez personas que trabajan formalmente se les viola al menos un derecho laboral, miles y miles trabajan y no disfrutan de los mínimos laborales que rigen desde 1943 con la promulgación del Código de Trabajo. El imperio de la ley no es más que una ilusión y los derechos humanos también.

Antes de 1953, las mujeres jamás habían electo a nadie, ni habían sido electas, ese derecho pasaba también inadvertido tanto para ellos, como para ellas. Aunque no para todas, más de treinta años de lucha de la Liga Feminista por el derecho al sufragio (y más) se alcanzaron al fin en la constituyente de 1949. (No fue un regalo, ni la insinuación de Henrietta Boggs al oído de don Pepe como pretenden ciertas apologías vergonzantes). Pero hoy, las mujeres son el número uno en desempleo, en informalidad, ganan menos que los que tienen PENE, y apenas acceden a un tercio del crédito y son el rostro de la pobreza de este país. El imperio de la ley no es más que una ilusión y los derechos humanos también.

Hoy, surgen otros, se vuelven visibles en el momento que advierten que tienen derechos, un mundo de derechos es un mundo que exige más que leyes e imposiciones, exige una sensibilidad, un reconocimiento del otro que deja aparte cualquier amenaza, ese trabajo no se ha hecho, hemos firmado cartas, decretos, leyes y no hemos hecho el trabajo que falta: seducir, persuadir, convencer.

Cuando Leonardo Garnier promovió las guías de sexualidad y afectividad no tuvo que convencerme de nada. Como yo, muchos vimos oportunidades y necesidades satisfechas. Pero, ¿hizo algo más el señor Garnier por hacer viable, por convencer, por explicar a los otros?, ¿fuimos a los que “nada entendían” a los “fanáticos”, a los “fundamentalistas”, a los “conservadores” y expusimos con respeto nuestra “verdad” tan inapelable como las “leyes de la física”?, si es que lo intentamos lo hicimos muy mal, porque ahora vivimos en un país fracturado, cada quien “sentado en la galleta” de su buen entender, de sus dogmas, de su verdad, aceptando unas reglas inútiles donde el ganador cree que se lo lleva todo.

En las pasadas elecciones, voté con miedo, y sin esperanza, el pronóstico que hice a algunas personas cercanas se cumplió plenamente: Segunda ronda entre Fabricio Alvarado y Carlos Alvarado. Pero no vi venir la elección de diputados, La solides de la fracción de Liberación con 17, el repunte del PUSC con 9, y la inusual fracción de PRN con 14. Si ganara Carlos Alvarado en segunda ronda yo siendo él no querría ser presidente. Los próximos cuatro años serán de estancamiento, mangoneado por Ottón Solis “el inmaculado”, que no ha construido nada, ningún consenso, ningún liderazgo más que su imagen impoluta, y qué hará con esa fracción si se ve venir el liderazgo un Welmer Ramos que de antemano anunció su oposición con muchos puntos de la agenda de Carlos; con amigos así y la peor Asamblea Legislativa posible…

Los próximos años serán de estancamiento, nada espero de Fabricio, si llegara a ganar, mangoneado por unos revividos hermanos Arias. Todas las decisiones dolorosas que tenemos pendientes (Pensiones, reforma fiscal, infraestructura, seguridad, emprendedurismo, empleo, derechos humanos) no se tomarán, serán cuatro años perdidos, gane quien gane.

¿En medio de la profunda polarización y fractura como sociedad en que estamos todavía se puede sostener que basta con creer tener la razón e imponerla?

Que nuestra soberbia en nombre de la verdad no nos impida la posibilidad de construir puentes, lo que nuestros tecnócratas (Sí, usted, Leonardo Garnier y de puntilla Sonia Mora) nunca supieron conciliar, que ojalá podamos hacerlo posible, en nombre de la concordia, y la posibilidad de un mundo donde todos y todas quepamos. Algo habrá que aprender de los siguientes cuatro años de derrota.


Germán Hernández


12/2/18

Their Satanic Majesties Recuest – The Rolling Stones



El disco maldito, el que en su momento desconcertó a la crítica y a los seguidores, su primera y última irrupción en la psicodelia. Su lanzamiento no pudo ser en el peor momento, 1967, tendría que abrirse paso bajo la sombra del “Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band”, y a la saga de los emergentes Pink Floyd con “The Piper at the Gate of Down”. Pongámosle también que eran malos días para los chicos de la banda, el sexo, las drogas y el rock & roll pasan factura y se la pasaban entre la onírica inspiración y los tribunales, por lo que apenas y se juntó alguna vez la banda en las sesiones de grabación para el disco, el cual es una proeza de corte y confección para los productores y técnicos de sonido que lo tuvieron que armar.

Y con todo, por mucho es el disco que más quiero y disfruto de sus majestades satánicas. Inolvidable siempre su "She's a Raimbow".




Germán Hernández.


9/2/18

Tania Hernandez – Cuentos adultos fantásticos



Como instantáneas, raros momentos Kodak, como quien no quiere la cosa, restos de realidad que uno capta de oídas, así es como se muestran estos cuadros minimalistas y sobrios que recoge Tania Hernandez en sus “Cuentos adultos fantásticos”. Entre tanto dolor, hay espacio para lo fantástico, no como transgresión de la realidad, sino como consuelo, para soportar lo ordinario.

Compuesto en tres secciones estos cuentos, prosas poéticas (whatever) sobresalen los exquisitos textos de la primera sección con su “Aprendiz de astronauta místico” y en la segunda sección, “Don Rogelio” cuyo perfil queda completo sin que Hernández nos diga todo, o apenas todo en las delicadas sutilezas de un personaje que se empieza a añorar después de leído.

Tania Hernández


Aquí les paso una mínima muestra, para evocar la dulce amargura de los que sueñan:


Al otro lado

El aprendiz de astronauta místico volvía de su primer viaje mental al otro lado del universo.
- ¿Y qué hay al otro lado? Le preguntó el maestro. - Nada - ¿Nada? Y, entonces, ¿qué estuviste haciendo allá todo este tiempo? - Navegar - Pero, es imposible navegar en la nada.
El aprendiz medita un poco y con una sonrisa responde - Tiene razón, maestro. Entonces me corrijo. Al otro lado del universo está lo imposible.


La Luna

El aprendiz de astronauta místico le había ofrecido a su amada alcanzarle la luna. Para ello se había encerrado días enteros en su estudio, calculando la distancia exacta entre el planeta y su satélite. El resultado fue que entre el cielo terrenal y la luna hay exactamente cuatro poemas, cinco oraciones en sánscrito y doce ave marías, concebidas en una noche de siete pecados capitales. A pesar de la exactitud de sus cálculos, intuía que se le había perdido un parámetro entre el baño y la cocina, y que eso le impediría llegar al regalo prometido. Un día en que el aprendiz había salido a ver si el universo lo inspiraba, llegó el sobrino del maestro a visitarlo. El niño entró a jugar al estudio del aprendiz, tomó la libreta y con un crayón celeste dibujó encima de los cálculos una oveja alada. Cuando el aprendiz volvió, en lugar de reprenderlo, abrazó al niño con emoción. Entendió de inmediato que era eso lo que le faltaba: las alas de la imaginación.


Los Sueños

El día en que su amada le dio un no rotundo, el aprendiz de astronauta místico se encerró de nuevo en su estudio tratando de olvidarla y dedicándose por completo a su hobby favorito: armar y desarmar sueños. Desde hacía mucho tiempo la gente le llevaba sus sueños para que los despojara de pesadillas. Los primeros dos meses de soledad fueron un fracaso. El maestro recibía a diario las quejas de los vecinos. Si bien el aprendiz les devolvía los sueños reparados, al usarlos se les caían los recuerdos y entonces eran incapaces de hacerlos volar.


Don Rogelio y el Baile

Don Rogelio no aprendió a bailar. Le gustaba la música, pero no podía evitar que se le quedara prendida en el medio de su corazón. Él se movía, se sacudía, pero no había modo. Tan querida se sentía la música en su centro que no le apetecía para nada bajar hasta sus pies.
Don Rogelio, bailaba, por eso, solo con la mirada.


Don Rogelio y la Magia

A Don Rogelio no se le daba muy bien lo de la magia. Un día intentó sacar conejos de un sombrero viejo y lo que salieron fueron puras palomillas. Para no decepcionarse mucho las llamó “mis pequeñas conejitas voladoras”. Sin embargo, por más que le rogó, Lucrecia no le permitió quedárselas como mascotas.


Felices


Doña Marta y su amiga no cabían de la alegría. Ni en el baño del café, ni en el elevador del trabajo, y casi que ni podían entrar por la puerta de sus casas. Habían aumentado diez kilos de la pura felicidad de tener de visita a sus nietos y poderles cocinar los mejores postres que eran capaces de hacer. En la calle un sinvergüenza les sugirió que fueran al gimnasio. - ¿Para qué? - le contestaron - si es bien sabido que “lo comido y lo vivido nadie nos lo podrá quitar”. -



2/2/18

Rodrigo Soto – Aquí las noches se hacen largas



Recuerdo cuando estuve internado en el hospital San Juan de Dios, tenía 18 años. Vi a la Pelona pasar de cerca burlándose de mi fragilidad cuando una peritonitis casi me lleva con ella. De verdad que las noches son largas en los salones de un hospital, el tiempo se hace tristemente infinito, lo interrumpe apenas algún gemido vecino, doloroso y agonizante. Si al menos hubiera tenido algo que platicar con alguien en esas horas miserables. Esta breve novela de Rodrigo Soto hubiera sido buena compañera para esas horas.

En este coloquio entre cuatro sujetos tan distintos y comprometidos por el azar, sin saberlo encuentran su instante de redención, se cuentan y nos cuentan. Qué gran habilidad tiene Soto para manejar el dialogo, es su mayor fortaleza como narrador (la tensión y delicadeza del apartado 4 de la segunda noche es sencillamente estremecedora).

Confieso que tuve que contactar al autor para preguntarle si esta breve novela no era más bien una obra para teatro, me dijo que había nacido como novela, que se adaptó a teatro y que ahora volvió otra vez como novela en en la renovada colección Nueva y vieja narrativa de la EUNED. Aunque para mí su esencia, intuyo, está para ser representada en las tablas.
Rodrigo Soto

Curioso que el editor no advirtiera en esta edición la necesidad de haber actualizado o bien omitido el irrelevante detalle sobre el trabajo de la madre de Diego, (uno de los protagonistas) pues decir que trabaja en una compañía de radiolocalizadores, hace el anacronismo inevitable, mereció al menos una nota al pie de página en consideración a la generación que nos precede.

La lectura atenta de esta novela, creo yo, seguro que le hará la noche entretenida, emotiva y corta.


Germán Hernández


26/1/18

Días de proletarización – Fabián Coto Chaves



Es difícil de precisar en qué momento, pasamos de ser “banana republics” a “call center republics”, cierto es que ya vamos descendiendo esta montaña rusa sin retorno y ya quedaron lejos “los poemas de la oficina”, aquellos que escribían los funcionarios en lugar de postear memes en redes sociales, y que incluso descorbatados y soñadores persiguieron hacer realidad sus sueños en trincheras utópicas. Aplastados los proyectos revolucionarios, finalmente fueron aplastados los sujetos históricos, el único proyecto hoy es la sobrevivencia, comer y comprar.

No creo que “Días de proletarización” de Fabián Coto Chaves explique a la Costa Rica del presente, es tan estándar como cualquier Mall de cualquier lugar del mundo, sino que más bien describe el intento de singularidad de un sujeto común, difuminado en la marea de normalidad. Describe el cinismo generacional de los que crecimos con sueños y consignas prestadas sin ser capaces de generar las propias.
 
Fabián Coto Chaves
En este raro libro, compuesto a la manera de un (digamos) diario, o mejor, al posteo de entradas en un muro de Facebook, (pues así fue gestado), la irreverencia del autor va narrando mediante fragmentos un mundo que parece siempre estar más allá de los ventanales de su oficina, una vida que se quedó prisionera, un Sísifo enjaulado. Pero sin patetismos, en el fondo un Sísifo dichoso.

Y más concretamente, este libro es un divertimento, sin mucha anécdota, apenas cuadros, que van recreando atmosféricamente el tedio y la resignación, el narrador autor personaje protagonista además es un gran comensal, medio libro ocurre al almuerzo, en sodas y food courts, buen provecho para él y para los lectores que disfruten leerse así mismos en esta sabrosa obra.


Germán Hernández.


24/1/18

Cruz de olvido – Carlos Cortés



Cruz de olvido es una novela significativa en la narrativa costarricense. Aglutina todas las obsesiones y las aspiraciones de su autor que desarrollará en los refritos de sus novelas posteriores, y especialmente el plan de hacer una novela total donde se reúnan los gestos y modos anteriores, el estado de ánimo de una ciudad y de una nación, lo intemporal y universal.

También supone el inicio a un ininterrumpido proceso de desmitificación de la idealizada Costa Rica, jardín de las Américas, remanso de paz y Suiza centroamericana, y de ahí, todos sus derivados, está de moda en nuestra literatura basurearnos. La borrachera postmoderna nos hace sexys. A la manera de un Horacio Castellanos con su obra “El Asco” en el caso salvadoreño. Intuyo que es en Costa Rica donde mejor que en cualquier otra nación de Centroamérica reside ese sentimiento.

Y es que puede ser que esa supuesta excepcionalidad, en la que siempre hemos creído, nos ha aislado y hasta protegido, qué doloroso es cuando todas las fachadas se derrumban, cuando el deseo, los ideales, las instituciones arden hasta las cenizas y se contempla el vacío, sin ningún horizonte a donde mirar. Cruz de olvido se vuelve relevante hoy, no porque anticipe la corroída decepción de contemplar nuestro reverso y  las idealizaciones de la patria, (porque la porquería siempre estuvo allí), sino por que sigue igual o peor.

El texto es torrencial, denso, hiperbólico hasta lo caricaturesco, compuesto por veintidós capítulos que pueden ser leídos aleatoriamente, pues su mínima trama lo permite y no es más que sustrato para sostener el discurso diluviar que construye Cortés de manera intersticial, abarrotando cada ángulo, como si intentara no dejar nada por decir. Y lo consigue, al punto de llegar a aburrirnos, ciertamente hay momentos en que el relato no hace más que redundar y machacar sobre sí mismo.

Es a partir del capítulo VI “40 años no es nada” que la novela por fin arranca y da inicio a una secuencia alucinante hasta el capítulo X, ese es el núcleo y el alma de la novela, se complementará magistralmente con el “XIX. La segunda aparición de la Virgen de los Ángeles o una loca noche de copas”
 
Carlos Cortés
Hay otros capítulos que no logran ser orgánicos con la novela, que no suman ni restan: el “XIII. Marzo se me hace tan largo” pieza que con un tono más cercano al realismo mágico anticipa obras posteriores del autor como el relato “Retrato de mujer con los instrumentos de la pasión” y su posterior prolongación en la novela “Larga noche hacia mi madre”. Tampoco engarzan ya en el transcurso de la novela largos raccontos como “XVI. Cinco días de oscuridad” y la ripiosa repetición de lo “costarrisible” (como decía la mal amada Eunice Odio), pero que a estas alturas del relato se inserta forzadamente, o bien el precioso capítulo “XVII. La comandante Laura” que tampoco se integra, ya el personaje Martín Amador pasó hace mucho en el libro de ser un protagonista a ser tan solo un narrador.

Logra la novela por fin alcanzar la circularidad con su leit motiv “En Costa Rica no pasa nada desde el Big Bang”, hacia un final que ya no importa mucho, realmente la trama de la novela es tan poco importante. Martín termina tan patético como comienza, y reúne toda la desesperanza de una generación traicionada en su encuentro con Jaime. Pero ya no importa, una novela que por la falta de contención y discernimiento de su autor, derrama páginas y páginas, recalcitrantres párrafos sobreedificados donde su genio se empacha.


Germán Hernández




17/1/18

La Reina Vihspla – Bernardo Montes de Oca



Bernardo Montes de Oca es un encantador gigante de dos metros, multifacético, incansable y andariego, escribir es apenas una de sus vocaciones, hay gente así, buena para más de una cosa, como él. “La reina Vishpla” es su primera obra impresa, once cuentos, bien compuestos, sobrios y sólidos, la muy bien montada edición impresa tiene la particularidad de no traer índice (¡ojo editor!).

El bicho urbano es el narrador y los y las protagonistas de este libro, llevados a situaciones límite logran algo inusual en la narrativa actual: la expiación y redención. No estamos diciendo que sean cuentos con final feliz, sino que su autor ha sabido preservar la humanidad y dignidad sus personajes cuando estos han llegado al extremo. Tal es caso de Sharon transformada en reina guerrera en el texto homónimo del libro, o de Adriana emergiendo de su propia prisión en “El encierro”; el homenaje a Julia en “La sobreviviente del Cuá” y la generosa “ultima oportunidad” para Lito en “Eso que dijo Albert Pike”; la determinación de Gerardo en el “Toro del miedo” para domar todas las bestias de su cautiverio y la chica de “Existir en la red” que pudo al fin perdonarse a sí misma.

Bernardo Montes de Oca


Es un viaje hacia la entropía, a la restauración de los cristales rotos que vuelven a su lugar, esa es la hermosa alegoría que en su conjunto narran los textos de este libro.

Vale también destacar un texto algo solitario y divergente, el cierre estupendo del libro con el relato “El estadístico” lleno a aciertos, sutiles joyas, lúdico e inquietante, al mejor estilo de un Martín Levrero y la picardía desde luego del autor.

Qué buen debut literario para Bernardo Montes de Oca, un buen narrador que, por su magnanimidad, pone su marca en los relatos, y nos regocija. A mi me devolvió la esperanza.

Germán Hernández


14/11/17

Sebastián Arce - Variantes de una herida



Sebastián Arce nos regala una primicia de su poemario "Variantes de una herida" hágala sangrar con su lectura...

El silencio puede engañarnos

El recuerdo
comienza a ordenarse
sobre una repisa.
Hoy es un día cualquiera
y ya en tus manos
amontonás figuritas de colección.

Los años, a pesar tuyo,
se endurecen como colores
en un pincel.

Volvés de todas partes
para terminar en vos misma.
Tenés esa curiosa manera
de ponerme nervioso.

A veces sospechás
de la sombra
debajo de tus zapatos.

Bien sabés
que el silencio puede engañarnos:
en alguna escena
me buscás como un señuelo.
Yo te busco
y el primer salón que vislumbro
son tus ojos entreabiertos.

Cuelgo carteles de demolición,
y tus pechos son la carnada
que pescan mis labios.


Variantes de una herida

Todo acabó
insípido como un noticiario
Así que dejé un graffiti en su castillo:

Es verdad
frecuentabas estas mansiones
y dormías complacida en salones y orinales
de qué sirvió esa inmersión
a qué abrir las escotillas del pecho
si son otros ojos
los que te miran desde una letrina
si es otra mano y no la tuya
la que toma su tierno fruto y te dice:
he aquí el amor
Devoralo.


Metamorfosis: Diario de un roedor

La hermosa máscara ha cambiado.
J. L. B.

Me acostumbré a la vida
de un hámster en su rueda.

Sin alterar el eje
escapaba al sentir que me aplastaban los muros.

Era eso:
un roedor que gemía,
una mascota mínima,
esa que cuidan los niños
cuando no les permiten
un gato o un perro.

Era un saco de nervios
que huía sin moverse.

¿Podés entenderlo así, amor?
¿Podés si me muestro/si me he muerto así:
boca abajo
colgante
como un ratón

al que levantan de la cola?

Sebastián Arce
Sebastián Arce. (1986) Poeta, narrador, ensayista, crítico literario, profesor universitario y gestor cultural. Observador de lo que debe y lo que no. Lo verás transitando de aquí para allá, sin importar el motivo o la frontera. Se dice que ha asistido a talleres literarios, a Festivales Internacionales de Poesía, que le gusta la crema de chocolate y la lluvia. Tiene publicado el poemario Emigrar hacia la Nada (2010). Aparece en la antología de poesía centroamericana Deudas de sangre (2015). Escribe en los blogs de poesía y de narrativa: hechosydeshechos.blogspot.com; borradordememoria.blogspot.com.



12/11/17

Parábola del inmaculado



El Inmaculado subía a su tribuna y exclamaba:

- Pero qué detestable es quien devora sus uñas secretamente, el que por su compulsión animal sede a su ansiedad y las mordisquea hasta su base, y goza secretamente del dolor y la sangre que brota de sus dedos convertidos en muñones palpitantes.

Luego descendía para que la muchedumbre avergonzada pudiera besar su anillo, compungirse con su rostro iluminado por la autoridad.

Más tarde, el Inmaculado en la soledad de su recámara devoraba sus uñas, las mordisqueaba hasta su base, y lamía la sangre ferrosa de sus dedos palpitantes como muñones…

- Al menos – pensaba – nadie dirá que no he hecho bien mi trabajo.


Germán Hernández


29/10/17

Ronald Hernández - La colina de los niños




La colina de los niños de Germán Hernández: análisis de algunas minificciones.

En este ensayo se llevará a cabo una lectura de dos minificciones, La condena y La misión, del volumen de cuentos La colina de los niños de Germán Hernández, publicado en 2015. El cuentario está compuesto en su mayoría por relatos breves. Destacan por su calidad estos dos textos y por la forma en que el autor configura en ellos relaciones intertextuales de manera irónica.

En primer lugar, se analizará el texto La condena. Se evidencia en esta minificción una reelaboración intertextual del capítulo del Génesis de Moisés (capítulo 3, versículos 14 – 24) en el que Adán y Eva son expulsados del Jardín del Edén. El texto judeocristiano muestra al dios de los hebreos enfadado porque el hombre y la mujer comieron del fruto del árbol de la ciencia: Adán incitado por Eva, esta última tentada por la serpiente (que de acuerdo con la iconografía judía representa al espíritu maligno, la contraparte del dios de este pueblo). Dios, al darse cuenta de lo ocurrido, condena a la serpiente a arrastrarse por el suelo, a la mujer a sufrir en sus partos y al hombre a padecer del dolor de tener que trabajar para comer.


En La condena ocurre también una inversión paródica de los valores del intertexto: nunca se menciona la figura de un dios, sino la de un juez, quien dicta la sentencia: “Por su desobediencia, los condeno para siempre a un lugar terrible, desconocido e incierto. Y los expulsó”. La relación intertextual surge porque los acusados están desnudos y son expulsados, no encarcelados, por el juez. Posteriormente, el narrador menciona que la serpiente se arrastra hacia el juez para preguntarle hacia dónde envió a los condenados, a lo que este responde “- Al futuro”.


Aquí el sustantivo futuro es tomado por el juez del relato como un lugar (el cual es terrible, incierto y desconocido). El futuro, como una expresión de tiempo, es desconocido e incierto. Bajo estas premisas, el intertexto bíblico es parodiado debido a que el dios judeocristiano – representado por el juez en esta minificción – expulsa a los acusados a vivir sin saber qué les deparará la fortuna, lo cual difiere del Génesis: el dios judío traza su sentencia para cada actor (serpiente, mujer y hombre) por la desobediencia a la prohibición de no comer del fruto del árbol de la ciencia.

En el texto de Hernández pareciera darse a entender que la serpiente tiene un estatus distinto al de los condenados, cosa que tampoco se da a entender en el texto bíblico “original”, ya que en este la serpiente es sentenciada por haber tentado a Eva. Mientras que en La condena, parece no haber sido repudiada por el juez, o condenada igual que los acusados, porque al final le pregunta a dicho personaje por el destino de los condenados y el juez responde el diálogo.

En segundo lugar, se encuentra el texto La misión. En este texto, el narrador cuenta que Max Brod, al haber quemado los papeles de su amigo, se siente culpable; por lo tanto, “… no tuvo reparos en tomar su propio trabajo, sus cartas, sus borradores, sus cuentos y novelas a medio escribir y tal como estaban los publicó bajo el nombre de su amigo muerto”. El texto hace referencia a la petición de Franz Kafka a su amigo y editor Max Brod, para que quemara sus escritos una vez que muriera por causa de la tuberculosis que padecía. La minificción de Hernández plantea de manera irónica la posibilidad de que Max Brod en realidad haya quemado todos los textos de Kafka, tal cual se lo había encomendado. El narrador comenta que la misión encomendada a Brod lo atormenta, por lo que decide publicar sus propios textos en nombre de su amigo, por remordimiento. La manera en que se desarrolla la minificción se conoce como ucronía, la cual es una reconstrucción histórica basada en hechos posibles, pero que no sucedieron en realidad. No sabemos.

Se ha podido observar en este ensayo cómo Germán Hernández (de)construye, de manera interesante, irónica y novedosa, algunos discursos a través de sus minificciones.

Ronald Hernández.
Tomado de El Semanario Universidad
edición digital 4 de Octubre de 2017 Sección de Opinión









25/10/17

Vejaciones – Sergio Arroyo



Antes de empezar a referirme a la obra Vejaciones de Sergio Arroyo, quiero decir que me resulta grato que un autor costarricense se anime a publicar su obra en formato digital. Aclaro que adoro los libros, son objetos hermosos, para los que somos lectores empedernidos es inevitable admitir nuestro culto y fetichismo por estos hermosos ladrillos de celulosa. Confieso también que el paso que di al leer libros electrónicos por primera vez fue receloso, luego me fui acostumbrando, al final descubrí mil ventajas en ello, como conseguir a un costo decente obras o muy costosas o muy difíciles de conseguir. Hoy día paso de mis libros impresos a mis libros electrónicos sin problema, tengo lo mejor de dos mundos.

Vejaciones de Sergio Arroyo es un breve libro electrónico compuesto por 40 microtextos editado por Ediciones la Canícula recién en el 2016, el cual es fácil de adquirir en Amazon.

Vejar es humillar, incomodar de una manera sutil y psíquica. No es poco el desafío autoimpuesto por el autor en estos textos, brevísimos, donde no quiere hacerse el gracioso, sino dárselas de canalla: con sus personajes, sus situaciones y con los lectores. Pero será de provecho, pues estos límites que el autor adopta los respeta limpiamente y con acierto. Es como si el Ramón Gómez de la Serna con sus greguerías o un Ramón del Valle Inclán con sus esperpentos reencarnaran en el vate Arroyo para donarnos un género más: sus vejaciones.

Todas las vejaciones son premeditadamente redactadas en tercera persona singular para interpelarte, para ponerte en el lugar del personaje y someterte a las diversas situaciones que va mostrando. Hay en todas ellas una prosa donde no sobra nada, y un humor (tan escaso en nuestra literatura) tan bien contenido y acertado que por eso quiero compartir esta breve muestra:


2

Ahí estás tú, de niño, mirando el horizonte. Y allá van los barcos, dejando a su paso una lenta columna de humo parecida al rastro de un caracol. Tus tíos y tus primos te han dicho tantas veces que no tiene sentido seguir esperando que tu padre vuelva, que ya va siendo tiempo de que aceptes que no va a volver. (Nunca les dirías la verdad, que tú tampoco esperas que vuelva, porque no esperas la llegada de los barcos sino su partida, su desaparición en el horizonte. Con envidia y rencor, añoras que los padres de los demás niños de la bahía también se vayan para siempre.)


4

Eres policía. En una escena de crimen encuentras una lista de personas por asesinar. Sabes que no debes alterar la escena de ninguna forma –es una de las primeras cosas que te enseñan en la academia– pero lo haces: tomas la lista de nombres, la escondes y la asumes como propia. Todavía no lo sabes, pero algo dentro de ti ya resolvió matarlos a todos.

(Con permiso. Tengo que declarar que si este no es el primero y el mejor microcuento policíaco jamás escrito, tiene que estar entre los cinco primeros)


9

Durante años mantienes a raya a una diminuta caries que aparece de la nada. Te  las arreglas para vivir con ella sin mayores contratiempos porque qué otra cosa podrías hacer y, aparte, no se nota. (Y no solo eso, en cierta forma esa caries es una compañera fiel, quizás la más fiel de todas.) Las cosas cambian cuando la caries empieza a crecer sin control. Sabes que debes ir con el dentista, pero postergas la visita sin ninguna razón aparente. Lo tuyo no es tanto vivir como dejarte llevar por la vida. Así pasan los años. Cuando por fin vas a ver al dentista, el dictamen no podía ser otro: hay que extraer todo el diente. Durante la breve intervención, el dentista observa, al lado del diente extraído, en un diente que parecía sano, una caries diminuta.


13

La sangre del hombre que violó a tu madre corre por tus venas. No lo odias. Desear que nunca hubiera existido significaría la incapacidad de desear.


20

Tú y tu pareja invitan a sus mejores amigos a una hermosa velada en casa. Se desviven por atenderlos como la familia que son. Los cuatro comen, ven películas, beben y, llegada la hora, se despiden, se abrazan y se besan, con las sonrisas nerviosas, los actos fallidos y la inseguridad con que suele venir acompañada la tensión sexual.


28

En este momento tu hijo hace el amor con alguien que en unos pocos meses habrá olvidado por completo.


30

Y como pago por tus aportes a la nación, el Estado le pondrá tu nombre a una exangüe escuela rural, donde los niños no serán capaces de pronunciar tu nombre sin cometer errores ni burlarse. De cualquier manera, ya a esas alturas tampoco será tu nombre sino el de la escuela.


33

Tu perro y un perro callejero se olfatean en el parque por un momento. “¡Ya vente, Burbuja!”, lo llamas. Entonces uno de los perros abandona al otro y corre hasta ti para que le coloques su cadena. El cachorro que se queda en el parque te observa detenidamente hasta que te alejas y te pierdes de vista.


40

Te despides al salir de casa, porque sabes que no hay nada que asegure tu regreso.


Sergio Arroyo

Con todo, el autor nos advierte que este es un libro dinámico, maleable, inacabado, un proyecto que de continuar alcanzará las 840 vejaciones que Eric Satie recomendó para su propia obra homónima, por lo tanto, la de Arroyo está incompleta, por ahora, tal vez, (sea que continúe o no con ella), aunque desde ya es como los Cuentos de Canterbury de Chaucer, o las Ciento veinte jornadas de Sodoma y Gomorra de Sade a las que ya no les falta nada más.


Germán Hernández.


23/10/17

En la oscurana – Rodrigo Soto



Impresa y editada por Ediciones Lanzallamas en el 2012. En la oscurana de Rodrigo Soto supone la sexta novela del autor hasta ese momento y una interesante y parcial incursión en el género negro, o como prefiero llamarlo: en la ficción criminal. Digo parcial, pues se trata de una novela de autor que recurre a las formas y recursos del género; esto no es nuevo, y en el caso de la narrativa costarricense autores como Guillermo Fernández, Warren Ulloa, Jorge Méndez Limbrick, Daniel Quirós entre otros, han recurrido a la ficción criminal como andamiaje para obras que, reitero: son en última instancia obras de autor y no de género. Todavía no se ha escrito novela negra en Costa Rica.

Se impone en esta novela el peso y la voz de un veterano narrador, su estilo naturalista para los detalles y entornos de sus personajes casi hiperrealista queda patente en el caso de la protagonista Sylvia Morán, de ella lo sabremos todo hasta sus últimos detalles, desde lo que hace al levantarse en la mañana hasta acostarse en la noche, incluso lo que sueña (el ya relamido recurso onírico), su ropa interior, sus recuerdos, su presente y su pasado, sus gustos, su visión de mundo y estilo de vida pequeño burgués, no, no estamos leyendo una novela policiaca, estamos leyendo la novela sobre Sylvia Morán.

Se imponen también en esta novela la crítica social y la poco novedosa sanción de la “excepcionalidad costarricense” al derribar los íconos de una Costa Rica idealizada:

“De unos años para acá Sylvia vive con una sensación permanente de vértigo y fragilidad. Tras el asesinato a manos de sicarios de varios colegas y el destape de fabulosos escándalos de corrupción que involucraron a los caciques de los viejos partidos políticos, era imposible sostener el cuento de la Suiza centroamericana, el país de la eterna primavera y la paz perpetua. Era como si poco a poco salieran de un espejismo, rompieran la ilusión compartida, placentera y adormecedora en la que habían vivido.” (págs. 42-43)

Esa intención desmitificadora viene siendo una constante en nuestra narrativa, pero lo es igual en todas las narrativas de cualquier país. Por eso también la protagonista confronta el modelo desarrollo económico basado en los servicios turísticos:

“Lo que no muestran los anuarios, protesta Sylvia perspicaz, en silencioso diálogo con Tomás López y con Daniel Forester, es que las provincias con mayor inversión y desarrollo turístico continúan siendo las más relegadas y pobres del país. El espejismo se concentra en la franja costera que en algo más de dos décadas pasó casi por completo a manos de extranjeros. Ellos son ya los dueños de todo. Los ricos y poderosos del país compraron a los propietarios locales a precios de ocasión y luego revendieron a los extranjeros por sumas millonarias. Era público que algunos políticos involucrados en los escándalos de corrupción participaron del festín, pero eso no era delito. Sylvia había conocido a campesinos y pequeños propietarios que, en su desesperación, intentaban lanzarse a la corriente: vendían parte de sus fincas para emprender pequeños desarrollos turísticos, pero lo hacían sin criterio ni asesoría y fracasaban casi siempre. A nadie en el Ministerio de Turismo se la había ocurrido ayudar a esa gente, todos sus empeños se concentraban en atraer inversiones extranjeras. Se renunció por anticipado al desarrollo de base local. Era la miopía absoluta, peor aún, una traición. Era evidente que la clase política no imagina otro horizonte para los campesinos y la gente del campo que convertirlos en jardineros, botones y mucamas.” (págs. 213-214).

Pese a todo, para la protagonista sigue existiendo la ventaja de entrar y salir cuando quiera de la Costa Rica mítica en donde vive, o de la otra Costa Rica que descubre con horror.

Hay dos momentos interesantes que ayudan a contrastar, como si esos políticos corruptos e inversionistas supieran aprovechar el embrutecimiento de la población, uno es al comienzo de la novela con las festividades de independencia (aquí el autor se da la licencia de poner el desfile de faroles el 15 de setiembre y no el 14 como es usual) y el otro hacia el cierre, con la clasificación de la selección nacional de futbol a un mundial.

Pero esta novela tampoco es sobre el desarrollo turístico o la corrupción de los políticos, es sobre Sylvia Morán y su vida íntima y cotidiana quien de paso investiga el extraño caso de un grupo cesionista en Guanacaste que deviene en grupo terrorista auspiciado no por el anhelo de independencia del pueblo guanacasteco sino por… (claro que no lo voy a decir) dicha investigación debe ser interrumpida para indagar sobre el sector turístico, y el impacto que el desafortunado crimen de una turista holandesa a manos de unos muchachos tiene en esta actividad. Todo esto llevará a la protagonista a tejer una maraña de suposiciones que implicarán al papá de su jefe, a su jefe, al nieto del papá del jefe, terroristas pedófilos y más, y digo suposiciones pues no tenemos más remedio que confiar en lo que Sylvia Morán cree saber, dado que nunca en la novela nos consta nada de ello. La trama criminal se debilita, Sylvia parece tropezar siempre con las pistas y los sospechosos como si Costa Rica fuera tan pequeña como una habitación, lo cual es muy conveniente para el desarrollo de la trama aunque sea poco veraz, especialmente la entrevista entre Sylvia y una psicóloga que atendió a Miguel (uno de los sospechosos del homicidio de la holandesa), esta antes de comenzar le advierte a Sylvia que “hay cosas que no podré decirle por razones de ética profesional” (pág. 93) y luego le chorrea que el sospechoso fue prostituido durante su infancia por su propia madre; si le contó eso, quién sabe qué será lo que la ética le habrá impedido contar.

Rodrigo Soto

Con todo, hay dos momentos en la novela que me parecen destacables por su intensidad y escarnio de los personajes, uno de ellos es la primera entrevista entre Sylvia y Miguel (sospechoso del homicidio de la holandesa) el otro es cuando tachan el carro de Sylvia en Cañas. Pero en general es una novela que por no ajustarse al corsé formal que exige el género de la ficción criminal y por esmerarse en el examen exhaustivo de la personalidad y cotidianidad de la protagonista lo primero queda fuera de foco. Eso, una novela desenfocada.


Germán Hernández.


11/10/17

Bernardo Montes de Oca - La Reina Vishpla




Primicia, una muestra de lo que podrán leer en el cuentario La Reina Vishpla de Bernardo Montes de Oca, un grato debut literario.


La sobreviviente del el Cuá

Nuestra madre nos pidió que nos subiéramos al automóvil a eso de las siete de la mañana. Todos subimos despacio, como con pereza. No queríamos ir, aunque nos insistiera:
– ¡Apúrese, apúrese!
Cuando está nerviosa no le gusta manejar. Entonces me puso al volante. Yo hubiera querido desayunar en una cocina ordenada, pero todo estaba sucio. Así había sido la última semana. No sé mis hermanos, pero a mí me daba miedo entrar a la cocina. No quería encontrarme nada, o a nadie. Era la excusa perfecta, aunque los platos se apilaran y comenzaran a visitarlos las moscas más gordas, esas que zumban con fuerza al volar. Ya nuestra madre estaba tomando medidas al respecto, pero no era tan fácil.
Doña Julia me hubiera regañado, del mismo modo en que yo la regañé por aquel caminado extraño que había adoptado últimamente. El pie izquierdo le pesaba cada vez más. De vez en cuando, sin darse cuenta, hacía muecas de dolor. Cada día duraba un poco más haciendo sus labores, pero no nos dijo nada.
Como luego me di cuenta, ya al final le confesó a nuestra madre que estaba yendo a la consulta en la clínica y que hacía tiempo no se estaba sintiendo bien. Hay gente que pasa toda su vida sin sentirse bien.
Íbamos de camino. Nuestra madre hablaba por teléfono, pues quería organizar una cena con los familiares que supuestamente era para dentro de un mes. Un mes. Creo que se fijaba en el futuro para no atender lo que teníamos que enfrentar. Yo hacía lo mismo. Una parte mía quería que un cuarto de hora después del mediodía el almuerzo estuviera listo, no por la comida, sino por verificar que todo estuviera en orden.
No quería ser yo el que manejara, lo acepto. Hubiera querido sentarme en el asiento de atrás para escribir aquellas historias que me había contado. No quería que se me escapara ninguna. Aunque doña Julia siempre las comenzaba de la misma manera, conforme fui investigando me di cuenta de que existían entre ellas ciertas diferencias.
De acuerdo con el diario de uno de los oficiales de la Guardia Nacional, eran pasadas las tres de una soleada tarde de marzo –aunque doña Julia siempre afirmó que ya había caído la noche, tal vez para justificarse– cuando varias decenas de guardias nacionales atacaron Jinotega en el mismo momento en que casi todos los sandinistas realizaban operativos muy lejos del pueblo.
Cuando los guardias irrumpieron desgarrando el silencio con el martilleo de los fusiles de asalto, Julia reaccionó rápidamente y metió a su familia en el cuarto más grande. Tapó la entrada con sillas, hizo caso omiso de los alaridos desesperados de su madre, y esperó el ataque. Sólo tenía la determinación inmadura de una adolescente y en la mano un cuchillo de treinta centímetros de longitud con el que cortaba los plátanos del patio.
La puerta voló. Julia tensó los músculos y agarró el fierro con más fuerza. Fue inútil. Dos de los seis militares la inmovilizaron. Entre los gritos suyos, de su familia y de las vecinas, aquellos bestiales soldados la violaron. Cayó al suelo con sangre en la entrepierna. Desaparecieron sus hermanas, sus sobrinos y su tía.
No recordaba cuánto tiempo después había recuperado el conocimiento. Despertó con el rígido cadáver de su madre a su lado. Salió tambaleándose. Habían incendiado las casas y las llamas se elevaban más allá. Uno que otro vecino del pueblo caminaba sin rumbo.
Los guardias nacionales regresarían para buscar a los sobrevivientes y matarlos. Llorando, confundida y con frío, Julia tomó dos camisas, se las amarró como un calzón, y se catapultó descalza hacia la oscuridad del bosque. De milagro siguió una ruta de a través de la maleza.
La raspaba la sangre seca que se le había coagulado entre los muslos. En los pies se le clavaban ramas pequeñas. Se resbalaba en las piedras húmedas. Las uñas de los pies se le habían astillado. Le dolía el tobillo izquierdo. Pero escuchaba el río, su mejor refugio, y llegó allí en la madrugada. Allí se encontró con otra sobreviviente que trabajaba con el FSLN, Amanda Pineda.
Amanda le enseñaría las claves para estar a salvo: la clandestinidad, el anonimato con un nombre de guerra y el constante desplazamiento. Logró llevar a Julia a León, un pueblo joven que buscaba alimentar la lucha sandinista. Ahí Julia consiguió un trabajo después de mentir diciendo que era mayor de edad, en el que atendía un puesto de comida concurrido por jóvenes cerca de la Plaza Central. Nunca había ido al colegio, por lo que estudiar en la universidad era imposible. Sin embargo, por consejo de Amanda, frecuentaba los pasillos y las aulas universitarias en búsqueda de contactos.
Un sábado se acercó a un grupo de estudiantes y conoció a Ana Laura Morales, quien la llevó a una fiesta revolucionaria. Entre el humo de los cigarrillos y las botellas de ron barato escuchó las promesas de un futuro mejor. Prefirió callar sobre su pasado, sobre la pesadilla del aliento fétido de aquellos soldados que le habían susurrado obscenidades al oído mientras ella gritaba.
Cuando entró Mónica Baltodano, de piel clara y pelo rizado, con un aire de seguridad que nunca le había vis¬to a nadie, ni siquiera a Ana Laura ni a Amanda, Julia sintió amor, nada de pasión ni lujuria, sino un amor maternal. Mónica Baltodano había perfeccionado un ojo infalible para reclutar a las guerrilleras. Ella le daría a Julia una causa por la cual luchar.
El enojo que Julia había embotellado muy dentro de sí ahora tendría un propósito. Las palabras de Mónica Baltodano, como las de Carlos Fonseca Amador y otras que escuchó, la hicieron entender que los hombres de Somoza no sólo eran violadores, sino también estaban destruyendo al país.
Julia comenzó a acompañar a Mónica en varios viajes, para ayudarla con los asuntos de campaña. Pero algo le faltaba; sentía que pegar volantes en las paredes y reclutar a los partidarios no era suficiente. Todavía le resonaba en la cabeza el martilleo de los fusiles de asalto de los guardias, los gritos que no habían podido impedir que la agarraran de los brazos y de las piernas y que la estiraran. Cerraba los puños, arrepintiéndose de que se le hubiera caído el cuchillo. Nunca aceptó lo poco que había hecho, pero con apuñalar a uno, al menos uno... Entonces le rogó a Mónica que le enseñara a disparar, a lanzar granadas y a plantar bombas sin morir en el intento.
En 1976, después de que Julia hubo recibido largos entrenamientos con soldados experimentados, Mónica la delegó a Matagalpa, cerca de Jinotega, bajo las órdenes de Sadie Rivas, una chinita de baja estatura, cuerpo robusto y valor inaudito.
Julia siempre la describió con orgullo. Sonreía al recordar cómo los hombres que estaban bajo las órdenes de Rivas se quedaban pasmados por la determinación que mostraba la pequeña guerrillera en sus famosos ataques nocturnos, casi suicidas. Cuando a Sadie se le encendían los bellos ojos negros, Julia la seguía.
Sadie y el resto de los sandinistas podían tener valor a raudales. Pero los hombres de Somoza tenían algo que a ellos les faltaba: recursos. La Guardia Nacional estaba bien alimentada, tenía armas más modernas y medicamentos a su disposición.
Con varios de sus compañeros, Julia cayó presa. Pasaron seis meses en la cárcel. La separaron de Sadie, por¬que juntas representaban un peligro y podían reclutar a las mujeres guardias.
En la oscuridad de la noche los carceleros las colgaban desnudas y las golpeaban con penes de toro. Las pesadillas de Julia volvían a ser realidad: se abría la puerta y entraban de dos en dos, uno la sostenía de los brazos mientras el otro la ultrajaba.
–Pendejos que eran. ¡No entraban solos! – recordó una vez.
Un día como cualquier otro, se les absolvió de culpa en un confuso juicio que Julia nunca comprendió ni cuestionó. Se separó de Sadie por su seguridad, y logró reunirse con Mónica Baltodano. Ella y sus seguidoras, Martha Granshaw y Rosa Argentina, la convencieron de que la venganza iba a requerir tiempo. La clandestinidad era la solución.
De nuevo clandestinas, llegaron a Managua donde se había logrado un progreso considerable, al comparar a la capital con las otras regiones del país. Julia se dedicó a reclutar simpatizantes en los barrios durante todo el año de 1978. Era un trabajo de hormigas pacientes, furtivo y un poco más seguro. Pero todavía quería pelear.
Llegó entonces 1979. La Guardia Nacional, desesperada, atacaba indiscriminadamente y no daba cuartel. Los sobrevuelos de sus aviones proyectaban la amenaza de los bombardeos.
El primero de junio comenzó la insurrección general. El día 13, la Guardia Nacional asesinó a los niños y adolescentes de la Colina 110.
El 15 de junio, Julia tenía que encontrarse con la hermana de Mónica, la heroína Zulema Baltodano. Luego de perder territorio en las batallas de los barrios Monseñor Lezcano, La Ceibita, Santa Ana y la Colo¬nia Morazán, varios jóvenes, incluida Zulema, se replegaron hacia el Barrio San Judas donde llegaría Julia, quien se había atrasado obteniendo información de los superiores. Desinflados, los casi doscientos jóvenes se reunieron en lo que parecía ser un lugar seguro, recuperaron algo de energía y disponían dirigirse cerca de la embajada de los EUA. Julia corría con su fusil, dos sacos de suministros y mucha información, a más no poder, por las calles de la capital.
Los sandinistas caminaban por una plaza deportiva sin saber que las miras de los fusiles de asalto de la Guardia Nacional les apuntaban con una única orden: sin sobrevivientes.
Mientras, Julia respiraba agitadamente, luchando por mantener el ritmo de la marcha y llegar cuanto antes. Los balazos de la Guardia Nacional marcaron el inicio de la matanza: arrasaron con los jóvenes. Algunos inútilmente trataron de tomar sus armas y contraatacar. Los de la retaguardia huyeron para salvar la vida.
Al escuchar las ráfagas, Julia cayó de rodillas en el asfalto. Se le rasparon las palmas de las manos. El rifle y los sacos le impidieron levantarse.
Los ojos le ardieron de lágrimas y furia: era demasiado tarde. Volvía a recordar. De nuevo sangraba, de nuevo lloraba, de nuevo como en El Cuá. Al fin pudo levantarse y desapareció entre los callejones.
Su pasaporte falso le salvaría la vida. Escapó tan sólo semanas antes de que cayera Somoza. ¡Qué ironía! No pudo celebrar. Cruzó la frontera con la ayuda de unos centros de apoyo a los exiliados ubicados en Guanacaste y con los contactos que tenía con la Juventud Revolucionaria Nicaragüense. Atrás dejó al pueblo delirante de felicidad y los gritos de una revolución.
Nunca detalló cómo llegó aquí. Sé, por conversaciones que tuvimos, que un capataz la trajo a San José. Fue cocinera, barrendera, y trabajó para una fábrica de papas fritas en Cartago. Llegó a nuestra casa cuando nuestra madre puso un anuncio en el periódico.
Cocinaba, barría, y lavaba ropa. Durante 14 años hizo lo mismo, y en el último año cada vez con más lentitud. Fue por miedo a perder el trabajo que nunca nos dijo nada. En el hospital, mientras veíamos una mancha blanca y sólida en las radiografías, y el doctor del servicio de oncología nos explicaba cómo el tumor estaba infiltrándose en otros órganos, traté de encontrar una explica¬ción a su forma de actuar. ¿Cómo hacía para trabajar con aquel dolor en la espalda cada vez que levantaba la ropa y la cargaba en la lavadora? Tenía apenas cincuenta y cinco años, pero muchos hubieran dicho que fueron suficientes.
La noche en que se rindió fue larga.
No supe nunca exactamente cómo fueron los demonios que la sitiaban, desde el aliento fétido de los guardias nacionales hasta el tableteo de las ametralladoras. Trataba de imaginármelos y de imaginarme a Julia cuando sostenía un arma en vez de un cucharón, y cuando los adolescentes que atendía eran valientes guerrilleros como ella.
Salimos temprano del hospital. El trámite de la muerte es rápido. Son los recuerdos los que perduran.
Llegamos como a las once. Nuestra madre se fue al cuarto, mis hermanos cada uno al suyo. Cada duelo es siempre diferente. Yo me senté en el comedor a mirar el reloj y a esperar a que fueran las doce y cuarto.

Bernardo Montes de Oca


Bernardo Montes de Oca (San José, 1985) es escritor, periodista e ingeniero. Buscó escapar de la adolescencia a través de la escritura. Algunas producciones suyas han sido publicadas en antologías. La reina Vishpla es su primer libro de relatos. Como periodista ha ganado premios nacionales e internacionales, además de publicar en medios costarricenses y españoles.