16/9/14

Verano Rojo - Daniel Quirós


Verano rojo es la primera novela del joven narrador Daniel Quirós, la misma compartió el premio nacional de novela 2011 con “El laberinto del verdugo” de Jorge Mendez Limbrick y ambas novelas fueron editadas por la Editorial Costa Rica inaugurando su colección “Novela negra”. Parece que ambas obras lo comparten todo.
 
Verano rojo, es efectivamente una novela de corte policiaco que se combina también con la ficción histórica[1]. Don Chepe, el protagonista, investiga la muerte de su amiga “La Argentina” quien ha muerto ejecutada, esto lo conducirá hasta el atentado de la Penca en 1984 y a una intensa casería  por la provincia de Guanacaste, escenario de la obra.
 
Aunque está aceptablemente escrita, y se esfuerza en crear una atmósfera de sofoco a lo largo de su desarrollo, y hasta logra interesarnos cuando especula alrededor de la reconstrucción de los hechos del atentado de la Penca, la trama está llena de incoherencias, fisuras e inexactitudes que le restan verismo y credibilidad.
 
Los problemas de veracidad en la trama comienzan desde las primeras páginas y serán un lastre a todo lo largo de la novela. El narrador, “don Chepe”, se entera del hallazgo de un cadáver en la playa cerca de Paraíso, la víctima es Iliana Echeverri, conocida como “la Argentina” quien era dueña de un Café cibernético que era cantina y alquiler de libros en Tamarindo y con quien don Chepe había construido una buena amistad. El problema es  cuando el cuerpo de Iliana es recogido por particulares y trasladado hacia Tamarindo en una buseta de turismo y velado esa misma noche y enterrada al día siguiente.
 
“apenas tuve tiempo de ver a unos hombres montar el cuerpo, envuelto en una sábana blanca, antes de que desapareciera la microbús, junto a una patrulla de la policía local, hacia Tamarindo entre una nube de tierra” (pág. 19)
 
“Esa primera noche la pasé en el café velando el cadáver. A la mañana siguiente, fue el entierro, al que asistió un buen número de personas” (pág. 23)
 
“Nadie sabe nada, puse la llamada para que vengan los del Departamento de Investigaciones Criminales del OIJ desde Liberia, pero usted sabe cómo es eso, dijeron que no tienen gente y que hay que esperar a que venga alguien de la capital, seguramente entre mañana o pasado” (Dicho por el cabo Hernández “el Gato” pág. 20)
 
Pese a lo dicho por el cabo Hernández “el Gato”, en Costa Rica, el cadáver encontrado en las circunstancias que narra la novela, no podría ser levantado a no ser en presencia de un juez y en coordinación con agentes judiciales, el cuerpo sería trasladado en un auto oficial hasta la Medicatura forense para su autopsia y por ningún motivo podría ser velado la noche del día de su hallazgo y menos sepultado al día siguiente[2]. Por cierto, vale aclarar también que el grado de “cabo” no existe en ninguno de los cuerpos policiales del país desde la promulgación de la Ley General de Policía de 1994, en que el grado de “cabo” pasó a llamarse “inspector”, tampoco es cierto que el “cabo Hernández” sea “Guardia rural”, la “Policía de asistencia rural” dejó de existir desde el año 2000, igual que la “guardia civil”, para llamarse genéricamente “Fuerza pública”; recordemos que la novela transcurre en el año 2009 y estas imprecisiones le restan verosimilitud al relato, falsean la realidad, e indirectamente debilitan la credibilidad especulativa del relato ficcional histórico que hay de fondo.
 
Don Chepe, protagonista y narrador de la novela, es un ex agente del Instituto Nacional de Seguros (pág.14) quien hereda un terreno cerca del mar, a dos kilómetros de Paraíso (pág. 14) donde construyó una casita con sus ahorros (pág.14). Tiene un pasado como guerrillero durante la Revolución sandinista (pág.21). Lo que no queda muy claro es la actividad económica de don Chepe, que parece más bien un matón a sueldo y no un detective aficionado:
 
“Todo comenzó un día en el bar de doña Eulalia. Era domingo y yo me tomaba las cervezas de todos los días. Un finquero local, al que siempre le daba la borrachera vaquera, le había faltado el respeto a doña Eulalia y después se rehusaba a salir del lugar. Cuando el Gato llegó, al hombre le pareció una buena idea tratar de partirlo a machetazos. Yo lo había convencido de que soltara el machete después de quebrarle un par de costillas. Antes de trabajar para el INS, yo había pasado varios años en Nicaragua, luchando en la Revolución, donde había aprendido a hacerme entender. En Paraíso no caía de mal alguien con ese tipo de experiencia. A partir de ese día, terminé echando mano en varios casos: robos, drogas, asesinatos, ese tipo de cosas. Todo extraoficialmente, por supuesto. Después también me empezaron a buscar personas del pueblo y del área que necesitaban ayuda con algún asunto personal. Los trabajos no daban mucho, pero aunque se mataban el aburrimiento y ayudaban a pagar los pocos gastos que tenía”. (págs. 20-21)
 
Es difícil creer que un “finquero” ande armado con un machete, algo más propio del “peón”, a un finquero le va mejor un revolver (si estuviera armado). Si nos atenemos a la cantidad de whiskys y cervezas que se toma el protagonista y las mordidas que paga durante la investigación (págs. 55), y los gastos de reparación de su vehículo, y la compra de un localizador GPS, dudamos mucho de su austeridad. También son cuestionables su insomnio (pasa días sin dormir) y desde luego su sobriedad.
 
Al comenzar la investigación del crimen, el relato se pierde en sus propias contradicciones y en más de una ocasión termina negando lo que acaba de afirmar, veamos este ejemplo cuando don Chepe y el Gato van a la escena en que encontraron el cuerpo de la Argentina:
 
“La arena es el mejor cómplice, borra todo tipo de huellas y desaparece cualquier evidencia. En verdad no había mucho que ver” (pág.21)
 
Pero casi inmediatamente dice:
 
“Primero, notamos unas huellas de llanta entradas en la arena” (pág.21)
 
Luego:
 
“la marea estaba completamente baja, y había, en el lugar donde Faustino había encontrado el cadáver, dos hoyos en la arena, a la altura de las piernas, más profundos que el resto de la silueta del cuerpo. Para el Gato, eso significaba que la Argentina había sido puesta de rodillas y luego asesinada a quemarropa, con uno dos tiros en la cabeza” (pág.21)
 
¿No era que la arena lo borraba todo?[3]
 
Siguiendo con el problema de verosimilitud, el mismo día del entierro de la Argentina, aparece un abogado (Eduardo Gómez) quien se acerca a Don Chepe, para indicarle que la víctima lo ha incluido en su testamento (pág. 25) ese mismo día Don Chepe finiquita el asunto y recibe unos libros, una carta enmarcada, documentos y una llave (pág. 26) y va hasta la Cafetería de la Argentina donde se entrevista con doña Rosa, antigua empleada de esta y heredera de la cafetería cantina y alquiler de libros (¿Acaso no resulta inverosímil que en menos de un día hubiera crimen, velorio, entierro, y proceso sucesorio?) y entre pláticas surge la sospecha sobre un par de maleantes de la zona. Por ahí seguirá la investigación: con los papeles heredados, y el seguimiento de esos dos maleantes.
 
De los dos maleantes, basta decir que don Chepe y el Gato los acechan, los intimidan y vapulean,  no obtienen mucho de ellos, salvo quizá que a uno de ellos un misterioso hombre le había encargado vigilar las entradas y salidas de la Argentina a cambio de una recompensa que el maleante recoge en unas tales Cabinas Río Celeste (Cap. IV), a donde se dirige después don Chepe para indagar  (Cap. V). Esa misma noche recibe un sorpresivo ataque en la calle, despierta al día siguiente en el hospital de Santa Cruz, aparentemente fue agredido por los dos maleantes que antes él había vapuleado, quienes también se ensañaron contra su auto, destruyendo vidrios y llantas de este, mientras lo manda a reparar y mientras Don Chepe también se recupera, se demora unos días en Tamarindo y se dirige hacia Puerto Soley (Cap. VI)
 
Respecto de los documentos, se da un verdadero artificio narrativo, una especie de laberinto trazado por la víctima donde todo ocurre convenientemente de una manera siempre muy casual[4] que comienza con una carta encriptada y una llave (págs. 33-34), que llevará a don Chepe hasta un recibo oculto en un cuadro (pág.35) con que retirará una encomienda (pág. 36), donde encontrará otros documentos, que por su contenido inducen al improvisado detective a sospechar que su amiga había pertenecido a una agrupación guerrillera durante la dictadura militar en Argentina (págs. 36-40) le llama particularmente la atención una foto de una playa que no reconoce, más tarde muy casual y convenientemente cuando está con doña Rosa, la foto se le cae y la mujer inmediatamente la reconoce, es Puerto Soley, lugar que ella y la Argentina habían visitado antes y donde casualmente y muy convenientemente doña Rosa tiene una hermana, don Chepe quiere contactarla para averiguar si la Argentina le ha dejado algo, y sorpresa, así es, una pequeña maleta (pág. 60)[5]. Cuando finalmente recoge la maleta, encuentra en ella un recorte de periódico que hace referencia a un tal periodista sueco Peter Olsson, que había llegado al país para “testificar” sobre el atentado de la Penca en 1984, el periodista es un sobreviviente del atentado, y pretende aclarar muchas cosas sobre los hechos y confirmar la identidad del responsable. Junto con el recorte de periódico un papel con el nombre de un hotel y un número de teléfono (págs. 69-73) Ahora todo lo conduce hacia Liberia, al hotel la Estancia, pero no encuentra al periodista sueco ahí, sino muy casual y convenientemente en un bar, ahí se entrevistan, el periodista le cuenta que la Argentina lo había buscado quince días antes, también le cuenta a don Chepe su versión sobre el atentado de la Penca, su remordimiento y temor a que lo relacionen como colaborador del verdadero asesino (Cap. VII). Al día siguiente, don Chepe busca a la fiscal que tomó la declaración, la cual, casual y muy convenientemente es  Alejandra Leardo[6], una sobrina de una excompañera de trabajo de don Chepe cuya hermana él había ayudado en el pasado, por lo tanto la fiscal, muy colaboradora con don Chepe se toma la tarde libre para hablar en un lugar más “discreto” que resulta ser el bar de un hotel, la opinión de la fiscal sobre el testimonio de Olsson es sencillamente que no tiene la menor relevancia, ni aporta nada a la ya conocida identidad del perpetrador, un tal Gandini, guerrillero argentino, amante de la Argentina en su juventud, maestro del disfraz que nunca ha sido atrapado y que ya nadie sabe si vive o muere, y el único que puede explicar quién  y por qué se ordenó el atentado de La Penca (Cap. VIII) don Chepe sospecha que está vivo y que anda cerca y va alertar a Olsson. Por variar, el improvisado detective llega tarde, el periodista sueco aparece muerto de un disparo en su habitación[7], el aparente suicidio no despista a don Chepe, sabe que Gandini anda cerca, por pura intuición sospecha que las llaves que le heredó la Argentina le indicarán el paradero del guerrillero (Cap. IX). Pero antes, pasa por donde su amigo el Gato, que le cuenta oportuna, casual y convenientemente un caso resiente de unos matones que buscaba la policía, y cómo el último de los matones había sido recién aprendido pues había chocado con un turista cerca de la entrada a Tamarindo (don Chepe recuerda haber visto esos autos hacía dos horas) el Gato le cuenta que el turista a pesar de las lesiones parecía como si nada le hubiese pasado y fumaba, don Chepe lo interrumpe y pregunta por la marca del cigarrillo y el Gato le da a entender que era Camel[8] inmediatamente don Chepe lo relaciona con Gandini le muestra la foto y el Gato lo reconoce. A toda prisa salen juntos hasta el Hospital de Santa Cruz donde había sido llevado Gandini, ahí se entrevistan con la enfermera que lo había atendido[9], el tipo se había fugado del hospital antes de terminar con él, don Chepe y el Gato intentan buscarlo en Santa Cruz, van a la policía en busca de pistas[10], descubren que había estado en una farmacia, pero que ya se ido de la ciudad (Cap. X). Don Chepe decide averiguar qué es lo que abre la llave que le heredó la Argentina, sospecha que eso lo conducirá hasta Gandini. Regresa hasta la soda donde doña Rosa, y cuando piensa que no podrá descifrar el enigma de la llave, muy casual y convenientemente aparece Carmen la hija de doña Rosa quien le revela que esa llave es de un apartado de una empresa llamada Correos Mercurio a donde llega don Chepe y encuentra en el apartado[11] un sobre con cinco palabras, cuyo mensaje lo llevaría hasta la mansión de un narcotraficante apodado el Ángel, quien casual y convenientemente le debía un favor a la Argentina y ahora para honrarlo le facilitaría la información que don Chepe necesitaba para encontrar a Gandini (Cap. XI). Don Chepe recibe de uno de los testaferros del narcotraficante unas coordenadas y un GPS, luego él se compra otro GPS[12] y le deja a doña Rosa un sobre para el Gato y parte al encuentro del asesino de la Argentina (Cap XII). 
 
“Si la Argentina quería hacerme entender lo que la había llevado a su muerte, no me lo estaba haciendo nada fácil”. (pág. 40)
 
“Podría ser que la Argentina no tuvo tiempo de nombrar quién o qué la acechaba, puede ser que nunca lo supo con certeza, que lo único que pudo hacer fue tomar algunas precauciones, dejar algunas boronas de pan detrás de sus pasos” (pág. 41)
 
Tiempo fue lo que más tuvo la víctima y comprobaremos también que la Argentina con una clarividencia excepcional parecía saberlo todo de antemano, incluso, cada cosa que hereda a don Chepe fue elaboradamente dispuesto por ella para que este arme un elaborado rompecabezas que lo lleve sin equívocos hasta su asesino. Lástima que la Argentina no empleó mejor su tiempo en resguardarse y acudir a la persona correcta, el narcotraficante por ejemplo, bastaba que le pidiera no solo que encontrara Gandini, sino también que lo eliminara y listo. ¿Para qué tantas complicaciones?
 
“Por un instante, pensé en preguntarle por la Argentina, por Olsson, por el atentado en La Cruz años atrás, tal vez podría averiguar quién lo había enviado o por qué había vuelto. Pensé que quizás había una razón detrás de tanta muerte, una explicación que iba atar todos los cabos sueltos. Pero en esos ojos no había respuestas.” (Pág. 154)
 


Daniel Quirós
Efectivamente ese es el gran problema de esta malograda novela policiaca, deja demasiadas fisuras, error imperdonable en el género. ¿Qué motivo tiene Gandini para matar a la Argentina y a Peter Olsson? Realmente ninguno. Por más de dos décadas nadie sabe nada de él, no saben si vive o muere, el testimonio del periodista sueco no aporta nada a lo que ya se sabe, nadie lo persigue, Gandini podría darse el lujo de morir de viejo sin la menor preocupación. ¿Por qué se toma la molestia? ¿De dónde saca los medios, cómo se financia para irse a matar a Guanacaste? ¿Tiene alguna relevancia saber hoy si fue la CIA o el FSLN quienes ordenaron el atentado en contra del mercenario Pastora? En todo caso, responsables o no, ambos tienen suficiente sangre en las manos para considerarse inocentes de algo. Lo lamentable, es que la novela no se aventura a especular y responder las propias interrogantes que se plantea.
 
Germán Hernández


NOTAS


[1] Usualmente se emplea la expresión “novela histórica” la cual me parece, llama a equívocos, y podría pensarse que por ser “histórica” es también “verdad”. Pero en todo caso, novela, y por lo tanto “ficción”. Yo prefiero llamarla así, “ficción histórica” porque sin importar el pretexto o la referencia a unos hechos históricamente verificables, toda novela es siempre “ficción”. El rigor histórico no es un requisito imponderable para la novela histórica.
[2] El autor insiste en justificar esta anomalía y la supuesta apatía de las autoridades judiciales para investigarlo en la página 42.
[3] Otros ejemplos de lo anterior de esa manía de negar lo que acaba de afirmar son estos:
 
“Había estacionado frente al cuarto número seis, y al abrir la puerta del carro, por alguna razón miré hacia el suelo de cemento, donde la luz de los fluorescentes que alumbraban el área recayó sobre una colilla de cigarrillo descartada. El cigarrillo había sido extinguido a medio fumar y aún era distinguible la marca. No le hubiera dado la menor importancia, sino fuera porque era un Camel, una marca que no se vende en el país. Aún se podía verla silueta del camello sobre la colilla amarillenta. Pero la verdad que con tanto turista no era demasiado extraño.” (pág. 57)
 
“Al principio pensé que podríamos dar con Gandini porque teníamos la ventaja de saber quién era y qué hacía en el país, mientras que él no sabía que alguien lo estaba persiguiendo. Yo pensaba que a lo mejor Gandini no se preocuparía mucho, que alquilaría un carro, que se alojaría en algún hotel, hasta tal vez aún bajo el nombre de Van der Roy. Pero eso era no saber con quién estaba lidiando. Un profesional no comete ese tipo de errores. Da por seguro que alguien siempre lo está buscando.” (pág. 124)
 
“Otra razón por la que pensaba que Gandini se dirigía a un lugar ya establecido, era por lo que traía consigo en el carro cuando lo del accidente. Solo llevaba una mochila pequeña, la que había descrito Mónica, la enfermera. El Gato también verificó eso, dijo que en el carro del supuesto holandés no se había encontrado nada más que la mochila, que por cierto la policía nunca inspeccionó (Pág. 127) ¿Pero si la mochila se encontró en el carro, cómo es posible que la llevara Gandini en el Hospital? ¿Y para qué habría la policía de inspeccionar la mochila de una víctima de un accidente de tránsito? En todo caso el Gato también era policía. ¿O no?
 
El subrayado es mío.
[4] Al respecto, y como bien afirma Juan Murillo sobre esta novela: La trama avanza siempre gracias a la coincidencia y no a la lógica causal. Las pistas y los actores del misterio se presentan como por arte de magia cuando se necesitan, lo cual quizá haya sido permisible en Crimen y castigo, de Dostoievski, pero se considera un defecto de forma en el género de novela negra actual. La novela negra, orientada como está hacia la ambientación y el estudio psicológico del protagonista, víctima o criminal, sigue siendo una relato de misterio que debe cumplir con el requerimiento de verosimilitud. Si las pistas y descubrimientos parecen sembrados por el autor, mucho se ha perdido”.
[5] ¿Cómo es posible que la víctima previera que de algún modo esa foto, conectaría a don Chepe con la hermana de doña Rosa y esa maleta?
[6] A estas alturas el relato ya perdió cualquier sentido y coherencia. Si esta joven fiscal tiene tanta identificación con don Chepe, ¿Por qué no aprovechó para pedirle a ella que ordenara una investigación sobre lo ocurrido a su amiga la Argentina que es en el fondo lo que investiga?
[7] Resulta de lo más cómico enterarse de que al momento en que don Chepe llega al Hotel la Estancia en busca de Peter Olsson descubre: “El hombre del cuarto número nueve se pegó un tiro en la madrugada. Después de eso nadie quiso quedarse. La policía estuvo aquí toda la mañana. Juntaron el cadáver, limpiaron el cuarto y después se fueron. Me dijeron que se podía alquilar la habitación después de mañana, que dejara que se ventaran un poco los químicos con los que habían limpiado” (Pág. 108) ¡Resulta que la policía tan apática con el homicidio de la Argentina, ahora es tremendamente diligente en recoger los cadáveres y hasta de prestar servicio de limpieza!
[8] Las casualidades rayan lo absurdo, ahora el Gato vio hasta el paquete de cigarrillos del tipo. Recuérdese que antes el mismo narrador había dicho que eso no tenía nada de extraño con tanto turista (pág. 57) Resulta que ese detalle le basta ahora para relacionarlo con Gandini, ¿Cómo es posible relacionar una chinga de cigarro tirada en un hotel con Gandini?
[9] Es curioso cómo se enfatiza sobre la constitución física de Gandini en el episodio del choque y del hospital, su resistencia al dolor; teniendo en cuenta cómo había sobrevivido al atentado que él mismo perpetró, tal parece un “Terminator” hasta fumaba inmutable -¡Dentro del hospital mientras lo atendían!- (pág.124). 
[10] Es curioso que se dirigieran a la “Comisaría” (Ya no existen con ese nombre) de Santa Cruz en busca de indicios como si fuera una oficina de información, y que los ignoraran incluso siendo el Gato policía también y que luego en el capítulo XI don Chepe se niega a contactar la policía pues teme que eso haga escapara a Gandini. ¡Cuando precisamente vienen de la policía! Y a pesar de todo, El Gato va a la “Comisaría” para hablar con gente de su confianza. ¡Pongámonos de acuerdo por favor!
[11] No entendemos por qué el autor se enreda en sus mismos mecates. En Costa Rica siempre ha existido un eficiente sistema de correos y apartados postales, no hay la menor novedad en esa empresa de Correos Mercurio, la cual debe operar ilegalmente, pues esos servicios son monopolio estatal. Más preocupantes son las excusas con que don Chepe logra convencer a los funcionarios del Correo Mercurio para que le den el número del apartado, una empresa de este tipo exigiría por lo menos una autorización escrita del dueño del apartado para entregar alguna correspondencia a un tercero, pero ¿Darle el número de apartado? Eso es algo que no imagino.
[12] Muy extraño que teniendo un GPS se compre otro. ¿Sería para dejarle uno al Gato para que lo encontrara? Tal vez, pero no se dice ni queda claro.

9/9/14

Alexánder Obando se refiere a Apología de los parques






Esta novela se despliega en dos registros fundamentales: uno que es panorámico y podríamos asociar a la pintura impresionista del s. XIX, o bien otra íntima y oscura con fuertes sobretonos hiperrealistas. Así "Apología de los parques" va pintando un mundo josefino harto conocido por todos nosotros, pero rara vez visto con tanta lucidez interior. Es el San José que sabemos pero nunca exploramos; el de los rincones sucios, los hogares convertidos en vitrinas del tedio, y los sitios de trabajo anodinos y silenciosos. Es pues, el lugar donde las almas se trenzan como una grave marejada de agonía que, pese a su movimiento constante, no avanza hacia ningún lado. Germán Hernández vuelve con esta su segunda entrega narrativa a las obsesiones que marcaron su libro de cuentos: la soledad, el consumismo, la demencia, la miseria extrema, la violencia y la pulsión de muerte como un "zeitgeist" evidentemente colectivo, pues no hay esperanza donde nunca la hubo antes.



Alexánder Obando


2/9/14

Adictivos - Alonso Matablanco

Ocurre que lo vulgar, lo cotidiano, lo abrumadoramente cíclico como la ruta del autobús, o de los automóviles en las rotondas, el recall de los celulares, los ritos nupciales y las búsquedas incansables que vuelven al punto de partida se han vuelto esquivas y renuentes en la literatura. Contra el hastío, es mejor la evasión fantástica, épica o histórica en función de la búsqueda de sentido ante una existencia que aplasta. Un sentido trascendente, es decir, externo, que por más secular que se pretenda, no escapa a la especulación mística, que busca ese sentido afuera.

Pese a ello, todavía hay autores que se decantan por lo imposible, el minimalismo irresistible de lo corriente, de lo común, de los seres absolutamente semejantes a nosotros, a los rostros difusos de la multitud. Alonso Matablanco es uno de esos autores, y lo demuestra en su libro de relatos “Adictivos”. Sus materias primas están ahí a la mano, en lo que nos ocurre a diario, en las existencias mediocres, en la gente cuya única singularidad es su pequeña parcela de aire y encierro.

¿Qué puede haber de relevante en los encuentros y desencuentros de los enamorados, en los vicios sutiles, en las mejengas, en los grafitis, en los vagones de un tren? Quizá nada, pero así son nuestras vidas, así devienen, y es a partir de esas vidas que Alonso Matablanco elabora sus relatos. Comienzan con una llamada, o con una puerta que se abre al final del día, en un semáforo, y de repente usted está ahí, viéndose a sí mismo, en sus actos de cada día, en su falta de sustancia, y súbitamente, virtuosamente, el autor de estos relatos sabe dar un giro que los resignifica, que restauran el valor y conciencia del sujeto viviente, que siente.

Así son estos cuentos, restauran el sentido, porque nos hacen sentir.

Entre las técnicas a la que recurre el autor está la de construir espejos a los que podemos asomarnos confiada y divertidamente al comienzo, hasta que finalmente viene el giro, la inversión de sentido, y nos encontramos ante un reflejo que no habíamos reconocido, descubrimos al otro en nuestro reflejo.

Lúdico, como un niño que ha tomado la decisión de construir una autopista en la arena de la playa, (con toda la seriedad que eso conlleva), vamos reconociendo estas ficciones, en que la prosa limpia, exacta del autor, nos narra con la contención y la sutileza que exige el cuento, en pasajes que vale destacar y que van desde lo mínimo, como “Estaciones” en que el empleo de la prosopopeya nos devuelve una “fábula moderna” y sin moralina, lo mismo ocurre en “Cíclicos”, “Amor líquido” “El Saludo” o el exquisito texto “Pérdida de tiempo”.

Y están los cuentos de mayor formato, donde los personajes son nuestros vecinos y sus idilios, en que el autor avanza por la cuerda floja, al borde de caer en el vacío de lo cursi, de lo vano, pero recuperando siempre la dignidad de sus personajes como en “La furia”, o “Una patria sin fútbol” y “Calentura”, donde aflora el buen humor, que sabe jugar y aprovecharse de los viejos clisés, textos provocadores que exigen una lectura crítica.
 
O los testimonios de las cosas perdidas y a la deriva por las demandas reales o no de la vida, donde hasta el último segundo se agradece como una recompensa que lo justifica todo como en el caso de “Espejismo en Circunvalación” y su secuela, “El despertador”, “Consulta médica” o por el contrario, ese mismo segundo puede amargarlo todo en el caso de “Pronta y cumplida”, “Protocolos”, “La Bóveda”, “Superación personal” y quizá el más amargo de todos, “Guardián”.
 
Hay una parte oscura en estos textos, y cómo no, las adicciones sutiles, inconscientes, no declaradas por las víctimas: como en “Conversación entre madre e hijo”, “Adicción” y “Semáforos” en donde por fin se revela que el objeto de esta adicciones no existe, son fantasmas, y se les llama memoria.
 
Hay más, pero no es nuestra intención anticiparnos a la lectura que usted hará de estos textos; si los sabe interrogar, posiblemente le ayuden a reconciliarse consigo mismo, y divagar con ellos hasta encontrar el sentido profundo de nuestras minúsculas y comunitarias singularidades, algo que Alonso Matablanco, ha descubierto y quiere revelar en este cuarto de espejos que parecen pintados por un René Magritte, pero esta vez sin que nuestro reflejo nos dé la espalda, cuando nos reconozcamos en ellos.
 
Una afortunada apuesta de Uruk Editores, y para muestra un botón, disfrute como primicia el relato "Una patria sin futbol" que publicamos aquí en el Signo roto en la sección de Convocatoria Permanente de Narrativa.
 
Germán Hernández