18/8/16

Letra espina - Vilma Vargas Robles



La poeta, Vilma Vargas Robles, nos ofrece su poemario "Letra espina" recién salido del horno por Ediciones Arboleda y comparte con todos y todas esta probadita...


Letra espina

Sospecho de todo, muerte,
también de mí hecha pan y mujer.
Sospecho del acto de escribir,
la poesía es un río de lodo y piedras, una avalancha.
Conozco el delirio de mostrarnos
                                    como una nueva obra de arte.
Me alejo, me escondo en los cerros,
                                          Y encuentro la letra-espina.
En el esqueleto de los peces negros del petróleo lloro
                                                                            lo último.
Hecha de huesitos de pájaro me atraviesa
                                                         la cuchilla del viento.
Mientras un presentador dice, noticiemos,
en el salón de los habituales,
huele nuestra barbarie,
lo que no hacemos,
el poema que no grita.
Enrosco mi lectura en un nicho de barro y tiempo.
En Puerto Príncipe, Haití,
en las babas del cólera de cada haitiano muerto:
no queda otro arte en vida posible.


Convocados a la mesa

Y estábamos todos convocados a la mesa.
Era la noche menos clara del año.
Época ya de la desmemoria,
Sentados uno frente al otro,
pasaba y pasaba nuestra existencia
ante un gentío de sordo parloteo.
Eran los días del nadie escucha a nadie;
embobados por las pantallas
donde creíamos vivir nosotros los humanos.


Las ceibas o el eterno presente

Al paso del crujido de los horcones,
conmigo llevo la casa de mis abuelos.

El tronco de la ceiba manda
a mis piernas su clorofila.

Papá tiene hoy el rostro más claro
y una lágrima ante el chiste de la tarde.

El trabajo termina antes del sol
y el calor cae con el viento.

La mañana nos devuelve el aire
a trescientos años de frente
y le pregunto al abuelo:
¿cómo no se ha muerto?,
al paso del crujido de los horcones

y a ras de tierra, la muerte pierde su aguijón


Vilma Vargas Robles nace en San José de Costa Rica el 4 de febrero de 1961. Pasa su infancia en Turrubares. Tiene estudios de sociología, derecho y literatura por la Universidad de Costa Rica. Ha publicado los libros, El fuego y la siesta (1983), Premio Centroamericano Juan Ramón Molina del Ministerio de Cultura de Honduras, El ojo de la cerradura (1993), publicación de la Editorial de la Universidad de Costa Rica, prólogo de Jorge Boccanera, y Quizá el mañana, también de la Editorial de la Universidad de Costa Rica. El fuego y la siesta se publica en Costa Rica en el año 2004, por primera vez en dicho país. Su obra ha sido publicada en las siguientes antologías: Voces indómitas o las poetas en Costa Rica. Selección, prólogo y notas de Sonia Marta Mora y Flora Ovares. Editorial Mujeres, Costa Rica, 1994. Sostener la palabra. Antología de poesía costarricense contemporánea. Compilador Adriano Corrales Arias. Co-edición Instituto Tecnológico de Costa Rica y Editorial Arboleda, San José Costa Rica, 1977. Lunada poética. Poesía costarricense actual. Compilada por Armando Rodríguez Ballesteros. Ediciones Andrómeda. Costa Rica, 2006.  Su obra ha sido publicada por diferentes revistas y páginas literarias internacionales en Internet. Entre ellas: Artepoética, Editorial Costa Rica, Letras de Uruguay, entre otras. Fue cofundadora de Casa Poesía en el 2002. Ha participado en algunos festivales y congresos de literatura y en diferentes encuentros literarios dentro y fuera del país, entre ellos: El primer Festival de Poesía Internacional de Granada, Nicaragua, 2005; Congreso de Escritoras y Escritores de Centro América de la Universidad Tecnológica de Panamá, 2005. En abril del 2006 participa en el Centro Cultural de España en Costa Rica en Una más de mujeres o unas mujeres de más. ¿El límite de género? Curaduría a cargo de Clara Astiasarán e Isabel López. En marzo del 2009 participa en el VI Congreso de Escritores Latinoamericano organizado por el Instituto Tecnológico de Costa Rica. Ha sido invitada al III Festival Internacional de Poesía, 2009, en São Paulo, Secretaría de la Cultura de São Paulo y de la UNESCO.


12/8/16

Javier Payeras - Próstata

José Luis Cuevas - Tinta china y acuarela sobre papel. 1980.

Javier Payeras, el destacado poeta y narrador guatemalteco nos visita por segunda vez en el Signo roto y nos regala un adelanto de su cuentario (de próxima publicación) "Frio":  una botana para ir saboreando el denso y delicado sabor de su obra. Provecho.


Próstata

Sabes poco de las mujeres porque nunca fuiste amado. Tu madre era obesa y se dedicaba a regañarte por tu delgadez. Te atiborraba de comida, ella cocinaba tan bien, pero eso no fue suficiente para retener a tu padre.

Tu padre era alcohólico como vos. Pero se largó a tiempo. Se hizo de otra familia y murió de infelicidad: Hepatitis C. Por alguna parte de tu álbum sale su cara de gusano amarillo. Una camisa blanca y una corbata. Nunca supiste a ciencia cierta si lo querías. Tu mamá de inmediato ponía una chuleta de puerco con zanahorias y un aderezo dulce.

Vacío, te sentís vacío. Un puerco cincuentón frente a una muchacha de diecinueve años que te mira. Es tu alumna, tu mejor alumna.  Te las das de interesante. Los jeans, la playera de cuello alto y ese saco de corduroy que para nada disimulan las babas sabias que escupís sobre el refresco de tamarindo.  Cuando tu alumna -pongamos que se llama Cecilia- dice que quiere leer tu novela, le decís que ya no tenés libros en disposición, que podés darle una fotocopia. Pensás firmársela, eyacularsela, lamersela. Cecilia abre sus hermosos ojos brillantes y se toma su copa de vino.

Hoy rechazás el vino. En el fondo te sentís como un cobarde que no puede con las resacas. Esas gomas malditas que te hacen llorar todo el día viendo History Channel. No te gusta Jaime Sabines porque su poesía es la puerca pocilga del pensamiento religioso hecho sentimiento amoroso, pero siempre lo leés y llorás. Chillás por tus exmujeres: “Todas esas putas que sólo querían pisto”. Ellas tampoco leyeron tu libro ni siquiera cuando acababa de salir ni asistieron a tus charlas acerca de periodismo literario. Se llevaron a tus hijos bien chiquitos porque vos publicitabas que eras un alcohólico, un perdido… sin embargo siempre tuviste un trabajo estable en la universidad. No te queda bien hablar de Bukowski o de Tom Waits o de Malcom Lowry… siempre viviste en colonias residenciales y tus mujeres te dejaron, nunca te atreviste a mandarlas al carajo, sepa Judas por qué.

Bonito carro tiene Cecilia. Un Mazda del año, vos andás a pie. Lo lindo de tu alumna es que te está viendo y siente muchísima admiración. Vos nada más encontrás un rastro de alma que ya no tiene eco en tu fracaso. Soledad de profesor y corrector de estilo. De lector de novedades editoriales. Cincuentaycincoaños. No lugar. El acto se terminó. La niña dijo Jodorowsky y se te puso tieso algo entre las piernas. El Topo-Santa Sangre-Fando y Liz. “Usted es tan culto”. Maldito borracho -pensás- tu consuelo son las botellas de vino en los cocteles y las niñas traviesas extremadamente cultas que te escuchan dar clases de periodismo y literatura. Puerca rehabilitación.

No hay nada en el cine. Tampoco querés irte a tomar un café a la librería, donde uno de esos muchachos arrogantes va a presentar el nuevo poemario de un ishto de 22 años. Ellos te robaron la juventud. Esos escritores ahora cuarentones que secuestraron la admiración de tus alumnas y que en tu cara te dijeron que Norman Mailer les pelaba absolutamente la verga. Hipócritas: en diez años serán igual de pusilánimes que vos, siempre y cuando no exista un Thomas Mann o un Soljenitsin entre ellos. De suceder tal fenómeno no leerías ni un párrafo de sus libros y no asistirás a sus lecturas. Quizá para ellos no sea gran cosa tu opinión (no tenés cuenta en Twitter), pero tu desprecio renacentista te hará sentir liberado de la chusma que comparte el oxígeno con vos.

*
*   *

En el departamento de Cecilia funciona tu psicoterapia. Llevás una hora lamiendo su clítoris y sentís el sabor ácido de la piel irritada. El condón se te cayó de nuevo. El Sildenafil no hace efecto inmediato y ves esa piel limpia, firme, hermosa, de pechos maravillosos y ese rostro que quisieras hacer gemir. Pero el miembro, el pene, la verga… no se te para.

Ella te hace sexo oral, te acaricia, pero de inmediato pasa la imagen de tu mamá entregándote sus chuletas ahumadas y la foto de tu padre –gerente de una importadora de bicicletas- y se te va al carajo la erección. Lloras adentro. Lloras en la vulva de Cecilia. Lloras porque ni tu destreza para hablar de Ingmar Bergman ni tu conocimiento acerca de los Beats o de la literatura de la Onda pueden hacer que la brillante periodista en ciernes se vuelva loca de placer.

La borrachera del sábado. Allí buscaste acostarte con la esposa de tu mejor amigo, que cuando estás en tus cinco te parece una aburrida y añosa feminazi. Entonces sí estabas hold. Hoy desnudo no tenés trucos. Te ves en el espejo: calvo, flaco de piernas, redondo de panza, sin nalgas, con un archipiélago de pelos que llamás barba trostkista… sólo querés morirte viendo a Cecilia –lo más hermoso que te ha pasado en años- y querés morir viendo su hermoso rostro. Tan brillante. Tan complaciente fingiendo orgasmos. Vos, el cunnilingüista doctorado y condescendiente.

Viene el arrullo de las olas. Los grandes sonidos de las olas en los tsunamis. Las fotografías que dejaron tus tontas mujeres materialistas y hoy radicales militantes de Sex & The City. Vos, crucificado entre la universidad y la novela que alguna vez publicaste. Vos, esperando que entre alguna joven promesa literaria y te pegue un balazo.  Un plomazo justo en medio de las cejas y te deje su obra maestra y se lleve a tu Cecilia, tu hermosa Cecilia faro de tu soledad. Conclusión de tus novelas fallidas y de tu erudición poco apreciada. Tu libro sin erratas. La deliciosa estrella de tus noches de porno en la Internet. Pero el olor de la comida que nunca devoraste y de la orina café de tu papá moribundo es lo único que te surge adentro.

La resaca de vivir. La culpa de no haber vivido. De no haber bebido lo suficiente.  De no haber escrito lo suficiente. De no haber sido nada. Como narrador de esta historia me gustaría que te suicidaras lanzándote al puente del Incienso un par de días después de haber estado con Cecilia, pero la verdad me da pereza imaginarlo. Digamos que seguiste yendo a la Universidad hasta que te echaron y luego moriste interno en un asilo de ancianos. Pero no: el Cáncer de Próstata llegó a los sesenta recién cumplidos.


12 – V – 2015  Ciudad de Guatemala.


Javier Payeras
Javier Payeras. Narrador, poeta y ensayista. Ha publicado: Fondo para Disco de John Zorn (Diarios, 2013), Imágenes para un View-Master (antología de narrativa, 2013), Déjate Caer (poesía, 2012), Limbo (novela, 2011), La Resignación y la Asfixia (poesía, 2011), Post-its de luz sucia (poesía, 2009), Días Amarillos (novela, 2009), Lecturas Menores (ensayo, 2007), Afuera (novela, 2006, 2013), Ruido de Fondo (novela 2003, 2007), Soledad brother (2003, 2011, 2012, adaptación al teatro a cargo de Luis Carlos Pineda y Josué Sotomayor, 2013), (...) y otros relatos breves (2000,2012), Raktas (2000,2013). Es antologador de Microfé: Poesía Guatemalteca Contemporánea (2012). Su trabajo ha sido incluido en revistas y antologías en Latinoamérica, Europa y Estados Unidos. Escribe en el blog el intruso y en la columna de opinión «El Intruso» en el diario Siglo 21 en Guatemala.




5/8/16

Diego Van Der Laat - Reparticiones





Diego Van Der Laat, comparte una muestra de su cuentario "Reparticiones" premio nacional Aquileo Echeverría en la rama de cuento 2015. El cual en palabras de Luis Chaves “Los textos de Reparticiones se parecen mucho a lo que un lector quiere leer, pasan las páginas, se va corriendo del eje y el lector se da cuenta de que la idea de van der Laat era otra, y era mejor¨(….) Y por si fuera poco, amalgama la colección con unos textos intermedios que, sin temor a exagerar, son los que le meten radioactividad al libro. Lo que sería una muestra notable de relatos se convierte, gracias a ese gesto original e irrepetible, en un libro para releer.” Y complementa Carla Pravisani “Los cuentos de Diego van der Laat se respiran en una atmósfera en la que escasea el oxígeno. Apelan al instinto de supervivencia, a la maldad de la desidia, a las pesadillas de infancia. Difícil no palpar estas historias conectadas por vestigios. Difícil no proyectarse como un protagonista sofocado en el día más caluroso del año. Cada tanto las peores angustias se disfrazan de rutina." Queda ahora en el lector asumir el desafío.



Domingo 11:15 p.m.  Sobre la ceniza y escrito con un dedo hay dos letras: una te de tumba y una ce de cobre, el resto no lo supimos deletrear.
En la cubierta, vestido de blanco, el sargento de la viga está sentado sobre los clavadores, tiene el cárcamo hundido y los pómulos rotos, el pobre.
Pusimos rejas y púas, tendimos la trampa y la ropa. Entre los calzoncillos y las medias estaba el anzuelo, la carnada. No seamos idiotas, de qué servía tanto picaporte y tanta aldaba si al lobo ya lo teníamos viviendo adentro.


Reparticiones

Se estacionan afuera del almacén, en uno de esos parqueos descomunales, una gran extensión de asfalto que, a las once de la mañana, vibra bajo el sol. Después, ya separados, escucharán la inútil estadística de que ese ha sido el día más caliente de los últimos diez años.
Cuando se bajan del automóvil ella continúa gritando. Él se aleja del carro rápidamente, como queriendo escapar de la pelea; pero ella, decidida a decirle las cosas que piensa, lo sigue.
 —¿Me va a escuchar o ni siquiera, grandísimo aculón?
Esto se repite varias veces mientras atraviesan las hileras de carros parqueados y las filas rotas de carritos del supermercado. Al fondo, detrás de la malla del estacionamiento, los árboles sofocados y quietos, inmóviles.
Pasan el umbral de la tienda y ella siente la cortina de aire acondicionado golpearla suavemente de frente. Se deja envolver por el frío y esto le calma un poco los ánimos. Se siente mejor.
—Aquí no, más tarde —le dice él y empuja el carrito de las compras.
—Siempre más tarde —dice ella mientras mete de golpe bolsas y paquetes.
—Yo no quiero que el niño crezca viéndonos pelear todo el tiempo —dice él.
Ella va y viene tirando latas de sopa y de atún. Cabizbajo él empuja hacia el frente, intenta no hacer una escena ahí, en público.
—Sos un gallina —le dice ella—. No quiero que mi hijo crezca viéndote y que termine pareciéndose a un gallina. Sos tan poco hombre, tan poca cosa.
Él la toma del brazo y la aprieta con toda su fuerza y, hablando entre dientes, se le acerca al oído.
—Esto se acabó, me oíste, hacé silencio.
Ella tira con todo su peso hacia atrás.
—Entonces, maricón… ¿me va a pegar? —grita y luego se ríe—Sí, claro —termina diciendo—. Nos separamos y vos te largás, yo me quedo con la casa, vos te largás, ¿oíste?
 —Si me voy, me llevo al niño —dice él.
—Solo vos sabés, pendejo, solo vos sabés. El niño se queda conmigo, en la casa y vos te largás, ¿me oíste?
Ella mete más cosas en el carrito, lo hace mecánicamente, de mala gana. Se miran con odio mientras atraviesan y se devuelven por los pasillos en un zig-zag de insultos y malas caras. Al llegar a la caja él coloca todo sobre la banda y paga la cuenta. Y como queriendo demostrar que es más fuerte que ella, toma todas las bolsas y al hacerlo la golpea con una.
—¡Tené cuidado, hijo de puta! —le grita ella.
El cajero los mira incómodo. Ambos salen al sol aplastante del medio día.
—¿Y el niño? —pregunta ella.
Entonces se miran. Él suelta las bolsas y corre hacia el automóvil. Ella lo sigue por la inmensa llanura del parqueo sintiendo cómo se le derriten las suelas de los zapatos. Detrás de la malla del estacionamiento permanecen los árboles sofocados y quietos, al fondo un cielo azul cada vez más oscuro. Él ve el automóvil y el espejismo del vapor sobre las latas, sobre el asfalto. Al abrir la puerta, un vaho hirviendo le golpea la cara.

***

Domingo 11:33 p.m. Reciclamos en casa. Sí. Separamos las latas, el vidrio, los plásticos. Las cosas orgánicas las enterramos al lado de varias generaciones de perros muertos.
Lavamos todo y lo metemos en bolsas que tienen distintos colores: blancas para esto, azules para lo otro, yo ni sé.
Luego lo transportamos kilómetros hasta un pueblo más sofisticado, lugar en el que (supongo-espero) lo reciclan o lo mezclan de nuevo en sus camiones, quién sabe.
Tengo que confesar, sin miedo pero con algo de vergüenza, que a veces ciertas malas noches, me produce un extraño y oscuro placer tirar una buena lata de leche condensada (ojalá bien untada) en el basurero regular, sí, ese que huele a bolsa plástica verde-limón y escondo la evidencia detrás de dos o tres cosas para que M. no la vea.
Luego en piyamas sonrío de lado. Malévolo y de nuevo adolescente camino hacia el cuarto a dormir, tranquilo y en paz, porque por un segundo me saco de encima esa inútil sensación de que podemos salvar a un planeta que se jodió mucho antes de la invención del aluminio o el tetrabrik.


Gingers

Diego Van Der Laat
La luz del supermercado es alta y blanca, de los parlantes sale la voz de Connie Francis, Linda muchachita, tu estás pensando siempre en su cariño, y eso le gusta tanto como a un niño, jugar en un jardín. La canción avanza por los pasillos, como si saliera de un ascensor en 1968.
La niña le dice algo al oído a su mamá pero ella responde que no, que en casa no se van a comer esas cochinadas. Y le deja claro que ya hablamos de esto. La niña pelirroja mira a su madre. Caminan con una canasta por los pasillos del supermercado. Al lado de la canasta avanza un hombre que es su padre y que también es pelirrojo. No se sabe exactamente el porcentaje de pelirrojos en el mundo, pero él una vez leyó que era sin duda menor al 1% de la población. Él acaba de salir del trabajo, es analista de riesgo. Lleva un pantalón caqui, una camisa blanca y de su cuello cuelga un gafete y una llave maya. Se ve cansado, se le nota que arrastra el día encima. La niña tiene nueve años y es pelirroja como él. Ese es el regalo de su padre. Eso y la horrible estadística de tener diez veces más probabilidad de sufrir cáncer de piel.
Van por la mitad del pasillo tres cuando, justo al fondo, cerca de la pescadería, otra mujer cruza transversalmente las filas de góndolas y detrás suyo le sigue un niño de unos cuatro años que estira su mano y con el dedo señala al hombre, le sonríe.
 —¡Papá! —le dice ondeando al aire sus colochos anaranjados.
La frase cruza el silencio como la voz de Connie Francis.
La madre que ya ha salido del encuadre que le hacen los dos pasillos, se devuelve dos pasos, mira al hombre, la mira a ella, mira a la niña y, tomando al pelirrojo pequeño de un brazo lo jala con fuerza, sacándolo de escena.
Suena el ducto del aire acondicionado inflarse bajo la cubierta del galerón. Ni la luz fluorescente parpadea. La música se escucha un poco más lejos que antes. Linda muchachita… pide la luna, pide las estrellas.
Las latas de atún a la derecha, a la izquierda los productos plásticos, al fondo la pescadería.
La mujer mira a su marido. El hombre siente que le falta el aire, tiene las manos dormidas y el corazón en la boca. Escucha desde adentro de un vaso lleno de agua. Las rodillas podrían fallarle, empalidece. Le gustaría devolver el tiempo, o adelantarlo, y que esa sensación pase. Piensa que se ha multiplicado el impacto por la probabilidad, eso es todo, entonces tendrá como resultado el valor del riesgo. Ha hecho esto en su trabajo tantas veces, pero ahora no hay nada que hacer más que ser profesional y administrar las consecuencias.
—¿Quién era esa mujer, Marcos? —pregunta ella—. Te dije, Marcos, ¿quiénes eran ellos?
—¿Quiénes eran quiénes?  —pregunta Marcos como si acabara de despertarse.
—Ellos —señala el encuadre ahora vacío. ¿Quiénes eran?
Marcos, inmutado por lo inevitable, por lo que ha soñado tantas veces que podía pasar y pasó, no responde. Ella espera alguna reacción que él no tiene, ni tendrá.
Entonces ella comienza a caminar a mayor velocidad hacia la pescadería al final del pasillo, Linda muchachita ve que te espera a la luz del día, para que hablen, juntos de tu vida y tu luna de miel. Termina corriendo. Para él, la música se hace grave, lenta. Lon do mo cho chotooo vo quo to osporo.
Cuando da la vuelta por los productos plásticos ella descubre que la otra mujer y el niño ya han atravesado la tienda hasta las cajas y se acercan a la salida. El niño no logra mantener el ritmo que su madre le obliga a llevar. Arrastra los pies de cuando en cuando, su pelo arremete contra el aire, le hace daño. Cerca de las puertas la mujer mira hacia atrás y abandona su canasta en el piso cuando ve que vienen tras ella.
—¡Espere! —le gritan desde el pasillo— Por favor, espere…
 Una señora mayor, vestida de fieltro verde los mira pasar y le molesta la manera con la que tiran del niño.
Madre e hijo huyen del supermercado. La mujer los persigue.
Cuando logra alcanzarlos, la otra ya ha encendido el motor y echa marcha atrás sobre el asfalto. A cierta distancia se miran a los ojos, las dos los tienen rojos.
—¿Usted quién es?  —grita la mujer desde la acera. —¿Ustedes quiénes son? Ese niño… ¡Ese niño!
El niño la mira desde la ventana, está rojo, parece un monstruo. Hace calor, mucho calor. La mujer desde el carro, al salir a la calle, saca la mano por la ventana y levanta hacia el cielo el dedo del medio, con fuerza. El auto chilla al golpear la calle y está cerca de golpear otro carro que se aproxima.
La mujer se hinca bruscamente, se lleva las manos a la cara y comienza a llorar. ¿Quiénes son? —dice más bajito. ¿Quiénes son? Y conforme más lo repite se pierde la pregunta y sobrevive un quiénes son, quiénes son, plano y sin fuerza. Arquea el pecho sin poder controlarlo, su espalda vibra y le brota sangre de las rodillas por el golpe contra la acera. Una pareja que entra en el supermercado la mira por un momento y luego sigue sin prestarle atención.
Cada vez que las puertas eléctricas se abren, de tanto en tanto, dejan salir en espasmos el aire frío y se escucha la voz radiante de Connie Francis, Linda muchachita, tu estás pensando siempre en su cariño, y eso le gusta tanto como a un niño, jugar en un jardín.


***

Lunes 3:53 a.m. Un haz de luz ilumina los pliegues del piso de tierra y por las hendijas, entre la madera, el viento deja entrar el olor de los caballos quemándose vivos. Los animales relinchan detrás del humo de un establo que se enciende en mitad de la noche. Al asomarme por la ventana de la casa veo grandes lenguas de fuego subir por el techo y me maravillo viendo como estas se despuntan en chispas que circulan el cielo en grandes espirales. Bajo varios niveles y al salir corro a través de un pastizal que está cubierto de nieve. El blanco se extiende por el valle en dirección al río que en esta época está congelado. Lleno mis pulmones de aire frío. A esa hora (está por amanecer) el paisaje me parece muy bonito. Avanzo hacia la nave en llamas y con mucho esfuerzo logro quitar la barra de madera que entraba las puertas del galpón. Una a una abro las cuadras y veo la multitud de caballos salir espantados prendidos en fuego, van quemándose vivos y dejan a su paso una estela de luz que al alejarse se convierte en humo negro.  Algunos animales, con su crines encendidas logran subir la ladera y se pierden detrás del monte, otros caen al suelo ahí mismo y tardan un rato encendidos, apagándose y retorciéndose, con la carne viva y roja como una brasa.  Humean mientras manchan la nieve, derritiéndose. Más que el olor, lo que queda es el siseo continuo e inarticulado de lo que se apaga de a poco y lentamente. Todo vibra con la luz amarillenta de los caballos de fuego que salen de la inmensa pira funeraria y se pierden en el blanco del paisaje.

Me despierta el himno, luego el fin de la transmisión: las hormigas.




28/7/16

Sergio Arroyo - Plancton

Sergio Arroyo nos regala un bocado de lo que contiene su cuentario Plancton. Y que sirva de invitación al resto del banquete, "Un libro añejado a punta de aguaceros, un homenaje a los incendios que coponen la memoria, a las personas y lugares que sobreviven contra todo pronóstico, a esas nobles costumbres para contradecir la muerte" Laura Flores.



Recursos humanos

No sabía si actuaba por odio o por venganza. Quizás todo se debía a la soledad de la jubilación o, simplemente, a la belleza del acto. Tenía la mitad de la ciudad rotulada con pancartas o simples hojas impresas con ofertas de empleo. Todas eran falsas. A veces pasaban dos días enteros sin recibir ninguna llamada, a veces cinco, pero todas las semanas al menos una persona lo llamaba para preguntar por un puesto de cocinera o una plaza de albañil. Él abandonaba cualquier cosa que estuviera haciendo y se entregaba a la conversación, extendiéndola tanto como fuera posible. Al final siempre desestimaba a los solicitantes diciéndoles que recién habían dado el puesto a una cocinera de mucha experiencia, o que acababan de contratar a un joven albañil. Luego les prometía considerarlos para la próxima plaza vacante y se despedía con calurosos agradecimientos, que eran las únicas palabras sinceras de su farsa. Luego de colgar, se descubría con el corazón acelerado y las mejillas tibias. Lo emocionaban mucho los breves momentos que compartía con personas necesitadas. En muy poco tiempo se había vuelto adicto al hambre de los demás.



El uniforme

Para A.

Los lunes usábamos uniformes morados; los martes, amarillos; los miércoles, azules; los jueves, verdes, y los viernes, blancos. Lo hacíamos con la misma naturalidad con la que cambian las estaciones y el día a la noche. (Con eso quiero decir que no parecía algo que hubiéramos decidido un día durante el almuerzo.) Fue un acuerdo verbal, por llamarlo de algún modo, porque entre nosotros no hacía falta que pusiéramos nada por escrito. Éramos distintos. O eso pensábamos.
Un día uno introdujo una variante en el orden: era lunes y llegó al trabajo vestido de blanco. Todos nos quedamos pasmados, como a la vista de un fantasma. Pero a pesar de la sorpresa, nadie se atrevió a decir nada. Sería por culpa de un imprevisto: se le regaría el café al desayunar, simplemente se le habría olvidado o nos estaría haciendo a los demás una broma pasajera. Después, volvimos a nuestras actividades de siempre y pretendimos que no había pasado nada.
Sin embargo, conforme pasaron los días, en vez de abandonar lo que ya no podía ser un hecho aislado, el que vino de blanco aquel lunes contagió a dos más y estos a otros tantos, hasta que yo fui el único en la oficina que se mantuvo irreductible con el código de colores.
(A estas alturas ya debe ser evidente que el que vino de blanco aquel lunes fui yo. Yo me conozco mejor de lo que la mayoría piensa. No lo hice ni por equivocación, ni por jugar una broma ni mucho menos por el deseo de ser diferente de los demás. Cuando me iba a vestir, la mano evitó el uniforme morado y buscó el blanco, como la cosa más natural del mundo. Se puede decir que me puse el uniforme blanco a sabiendas de lo que hacía. Pero saber algo no significa entenderlo. No sé por qué lo hice, y si yo mismo no lo sé, cómo puedo esperar que los demás lo hagan.)



Madre De dios Y Madre Nuestra

Sé cuando está soñando porque habla dormida. Pero por más empeño que pongo, nunca logro entender con claridad lo que dice. El tono es inconfundible: parece prometerle a alguien dinero o favores a cambio de algo, talvez guardar un secreto o no hacerle daño. Sin embargo, las promesas no parecen llevarla a ninguna parte porque el patrón se repite casi todas las noches sin ningún cambio: comienza a llorar –siempre en el sueño– y luego se queja con una terrible desesperación que me llena de culpa y me obliga a despertarla para que no sufra más. Su cama está al lado de la mía, por lo que solo debo llamarla en voz alta para que se despierte. Cuando esto no es suficiente, saco una pierna de las cobijas y la muevo un poco; por lo general, basta con tocarla con la punta del pie. Cuando ella me pregunta qué pasó, yo solo le digo que tenía una pesadilla. No entro en detalles. No me gusta mentirle.
A veces no la despierto. A veces la escucho gritar con una desesperación terrible, como si la violara un tropel de hombres hasta dejarla moribunda, o talvez una jauría de perros en celo, que se saciaran con su cuerpo amarrado a una piedra. Podrían ser tantas cosas... Pero lo importante es que lo que dice en sueños no basta para compadecerme y rescatarla de sus pesadillas.
Cuando logra despertarse por sus propios medios, lo primero que hace es tratar de incorporarse, en medio de jadeos. Voltea a verme, como para asegurarse de que yo estoy allí para cuidarla o de que aquel es nuestro cuarto o que la pesadilla ha terminado. Al comprobar que estoy allí, se siente segura. Lo sé porque su respiración se estabiliza y pronto se vuelve a quedar dormida. Yo la veo con los ojos entreabiertos. Se ha de imaginar que todo el tiempo he estado dormida.
No creo que sea una mala madre por no despertarla. En esta vida todos tienen que aprender a sufrir.



El ocelote


Sergio Arryo
La afición de doña Luisa por los gatos parecía infinita. Su soledad y los años la habían ayudado a amasar una fortuna de más de sesenta animales de todos los tamaños y colores. Vivían desparramados por toda su casa: en la cocina, la sala, el jardín, el comedor y, sobre todo, en su cuarto, tan vacío desde la muerte de su esposo. Casi no recibía visitas de sus familiares porque estos sabían muy bien que su casa se había convertido en un volcán de caca de gato.
Una de sus pocas salidas mensuales era al banco, para cobrar el dinero de su pensión, que destinaba casi por completo a comprar alimento para sus animales. Estaba segura de que en el barrio la tenían por loca o poco menos que loca, pero para ella la única opinión que contaba era la que se podían formar de ella sus queridos gatos.
Un día sucedió algo que trastocó el orden de las cosas: se apareció en la casa un gato diferente: de cuello largo, ojos pequeños y penetrantes, manchado de las orejas al rabo, un poco más grande y esbelto que los demás, y naturalmente engreído. Doña Luisa nunca había visto a un gato con aquel porte y lo adoptó emocionada. Desde el primer día, el recién llegado desplazó a sus dos o tres gatos favoritos.
Poco después apareció mutilado el cuerpo de una gata parturienta, sin rastro de los nonatos. Luisa se espantó y no atinó a formarse ninguna explicación. Buscó por toda la casa, hasta descubrir al gato manchado, solo, en un cuarto. No podía dejar de relamerse la sangre del hocico y las garras.
Pobrecito, dijo la mujer, tenías hambre, ¿verdad?
Desde ese día, doña Luisa procuró alimentar al nuevo gato antes que a todos los demás. Sin embargo, a pesar de todos sus cuidados, de vez en cuando aparecían en la casa señales de nuevas masacres, algunas más terribles que otras, todas sangrientas. Y el número de gatos que doña Luisa cuidaba en su casa se empezó reducir apenas sensiblemente.



El himen de María

Joaquín presenció el alumbramiento de su esposa. La partera le entregó a la niña en sus manos y él la sostuvo en alto. Al ver su frágil cuerpo desnudo y al sentir su peso delicado, el hombre pensó: “Todo el honor de mi familia depende del himen de mi hija recién nacida”.
Tras esto, el himen de la niña se contrajo y se rompió. Joaquín, que no podía darse cuenta de esto, le devolvió la niña a su mujer.
Justo cuando su padre dejó de tocarla, la recién nacida se iluminó.


Sergio Arroyo (San José, 1976). Escritor y editor. Estudió filología española en la Universidad de Costa Rica. Formó parte del desaparecido Taller-Estudio Poiesis. Esta selección forma parte de Plancton (EUNED, 2016), su primer libro de narrativa.