27/6/16

Cirus Sh. Piedra – El diminuto corazón de la iguana



“El diminuto corazón de la iguana” es la primera novela impresa de este joven y talentoso narrador, la cual ganó el premio de novela de la Editorial Costa Rica y al año siguiente fue galardonada con el premio Aquileo en esa rama, ¡doble reconocimiento!

El narrador protagonista de la novela ha sido herido en su brazo, y por eso ha sido internado en el hospital, y aparentemente desde ahí, en medio del delirio, o más bien desdoblamiento, en un largo monólogo interior divagará en medio de sueños, recuerdos y ensoñaciones; a través de su voz se escucharán otras voces, otros lugares, distantes e inmediatos, pasados y presentes, como si en un estado alterado de conciencia, asomado a un Aleph, contemplara la totalidad sin límites espacio-temporales.

Hay que conceder a regañadientes una licencia al autor sobre el escenario inmediato de los acontecimientos que es el Hospital Calderón Guardia, donde curiosamente los pacientes están todos revueltos sin importar el padecimiento, sexo o edad, al menos para quien conoce al Hospital Calderón Guardia de la realidad, sabe que eso no es así, y que no hay coincidencia con el hospital ficcional de la novela, ese encontronazo se hubiera evitado fácilmente omitiendo el nombre del nosocomio, que no hace falta y más bien limita.

Hablamos de una novela en cascada, en caída libre, torrentosa, hábilmente tejida, las perícopas: del hospital, del seco, niquita, pamela, zeidy y antonio, macho cruz, erika, miguel, alberto reyes y manuel mora, entre otras, se intercalan, se difuminan, el artificio funciona continuamente mediante el uso de la primera persona y la segunda persona singular, menos afortunado es el uso de la conjugación de los tiempos verbales. Con ello el autor logra un efecto de simultaneidad, como si todo fuera ahí y ahora. El narrador desdoblado, sublimado, como en un viaje astral traspasa el hospital en que está, se mueve en el tiempo y en el espacio, habita la vos de los personajes que evoca, los revive.

Son estas perícopas las que salvan la novela, pues el recargado y ripioso monólogo del narrador termina a veces en una rebuscada forma de decir cosas muy sencillas de la manera más confusa posible:

“Cuando era más joven, faltaba al colegio, recién ingresado, salía de casa y viraba la esquina. Me quitaba la camisa del colegio, sacaba alguna otra camisa de dentro del bulto, y la otra la guardaba de consecuencias.” (pág. 74)

De ahí, que me interesa cuestionar algunas proposiciones sobre la excepcionalidad y experimentalidad de “El diminuto corazón de la Iguana”.

Dice nuestra apreciada novelista Ana Cristina Rossi que: “esta es una novela excepcional por varias razones, pero hay tres muy llamativas. La primera es su innegable calidad, que no tiene altibajos. La segunda es que se trata de una novela de lenguaje. En efecto, hay numerosos personajes: hombres, mujeres, niños; pero el más importante es la voz autor/narrador que se despliega desde el principio y estira, encoge, pliega, despliega y moldea a su gusto la lengua; y, de paso, da enorme gusto y sorpresas al lector.
La tercera razón es que el autor/narrador habla desde los bajos fondos de Costa Rica –se puede decir–, inmigración nicaragüense incluida.”

Vamos a ver, la novela es excepcional porque tiene “calidad”, extraño juicio, la calidad no es algo excepcional en la narrativa actual costarricense, obras formalmente emparentadas con la que reseñamos aquí como “Canción por la muerte de los niños” de Alexander Obando, “Soy el Enano de la mano Larga-larga”, de Jorge Jiménez, “La paciencia de los insectos” de José Solórzano, “Diluvio Universal” de Guillermo Barquero, por citar las primeras que se me vienen a la mente son ejemplos de que calidad hay, y que eso no es una excepción.

La novela es excepcional porque se trata de una “novela de lenguaje”, bueno, esto es como llover sobre mojado, donde Rossi lo que quiere destacar es el protagonismo de la voz autor/narrador, eso tampoco nos parece que tenga nada excepcional en la narrativa costarricense, más bien se abusa de ello.

La novela es excepcional porque “el autor/narrador habla desde los bajos fondos”, eso tampoco es excepcional, la marginalidad y la exclusión social son tópicos usuales de la narrativa costarricense. En realidad, ni por estos motivos, ni por los varios que Rossi no dice, “El diminuto corazón de la iguana es excepcional. Pero, ¿Es experimental?

En el fallo del jurado del premio de la Editorial Costa Rica se dice: “es un texto experimental que posee una marcada pluralidad de voces” Anacristina Rossi, Rafael Ángel Herra, Ruth Cubillo.

Toda novela es un experimento de resultados inciertos y erráticos. Pero más o menos se ha generalizado que la novela “experimental” o “estructural” (como también se le llama), despliega desde los años sesenta del siglo pasado, como una ruptura al realismo, en particular al realismo social, en el caso de “El diminuto corazón de la iguana” se mueve entre las dos aguas, algo característico de la última narrativa costarricense, no logramos todavía ese desgarramiento entre la obra de autor y la funcionalidad  testimonial y social.

Creo que Alfonso Chase acierta en parte refiriéndose a esta novela de Piedra cuando afirma que:  "El diminuto corazón de la iguana" tiene un aire de los antiguos escritos de los creadores y narradores beatniks y si fuera escrito en primera persona, con un personaje central, doble del autor, con aires de Henry Miller, Raymond Quenau o de José Revueltas”

Cirus Sh. Piedra - Fotografía de Mariella del Risco
Digo que, en parte, pues la novela sí está escrita en primera persona y el personaje central sí es doble del autor, y que el cambio de personaje en primera o segunda persona singular no es más que la impostación del único autor/narrador que es Cirus Sh Piedra. Más el acierto es esa ubicación temporal en el estilo. Efectivamente la novela de Piedra coincide con muchas de las proposiciones de lo denominado novela experimental, caracterizada por la elaboración de personajes en conflicto con sus existencias, en una búsqueda constante de sentido y de sí mismos, donde el antes, la evocación, el recuerdo, la causalidad ha marcado sus vidas, y la narración gira entorno a los protagonistas y su reflexión sobre sí mismos; donde se prescinde del argumento y la narración plantea una trama mínima como sustrato para el desarrollo de múltiples planos, lo que complica el relato y se vuelve exigente al lector dado que su estructura se vuelve compleja: se eliminan los capítulos, los encabezados, los puentes, el relato recurre al punto de vista múltiple (aunque no en este caso), es decir que sobre un hecho se exponen las diversas perspectivas de los personajes (el narrador está tan presente en esta novela que impide el verdadero despliegue del resto los personajes, solo existe un punto de vista) y avanza mediante el contrapunto de las perícopas, el cruce de caminos entre historias más o menos paralelas, más o menos convergentes y finalmente la ruptura lineal del tiempo, el empleo de la analépsis, y la simultaneidad, una técnica que siento adoptada hoy día del “video-clip” y el “trailer cinematográfico” géneros emergentes y de enorme influencia en las “mass media” y en la narrativa actual.

Respecto al manejo del lenguaje rompe con lo formal, emplea el neologismo, el extranjerismo, el cultismo, y el coloquialismo de manera arbitraria, sin distinción, interpolados; se juega con la puntuación, con la ortografía, se alargan las oraciones y los párrafos, para compactar el relato, para mostrarlo como un todo indisoluble.

Ciertamente, “El diminuto corazón de la iguana” aplica la mayoría de estos viejos recursos, por eso no se comprende el fallo del jurado de los premios nacionales del 2014 cuando afirman: "Posee un novedoso uso del lenguaje, como si fuera inventado, más bien irreverente como el motor de la creación de un mundo surrealista u onírico.”

Es en este uso del lenguaje donde quiero observar, que es precisamente en este afán experimental donde fácilmente se confunde el acierto con la pifia, dado que el marco de referencia no existe como tal, las coordenadas en este tipo de novela surgen de sí misma, por lo que el juicio del lector es determinante.

Por ejemplo, el uso de minúsculas para los nombres propios de manera arbitraria, y en ocasiones muy contadas en mayúsculas no es más que un capricho irreverente del autor sin consecuencias que nada suman.

La recargada y ripiosa retórica del autor/narrador, a veces de gran belleza plástica, como si de pequeños poemas en prosa insertos se trataran, pero eso, insertos, no integrados, donde una especie de visión cósmica, integradora y trascendentalista rayando en la metafísica permite esa omnivisión del narrador en el mejor de los casos, por citar uno de muchos:

“Lo veo abriendo ampliamente su mirada, y sentir escalofrío. Le veo el pelaje moviéndose angustioso y nervioso, ese de mares y moldeado de olas. Lo veo asombrado y temeroso, horrorizado y sin poder llamar a la lluvia ni a los truenos por su nombre, simplemente jugando con su memoria de días anteriores, de horror y miedo, de fuego en las copas de los árboles, estruendos, colores oscuros…” (pág.98)

En los malos, que los hay, una sobreadjetivación rimbombante:

“Soy como un abrazo gigante, espacial, cósmico, utracosmológico, universal, icosaédrico, desplazante, nómada, estelar, vacío, palpitante, atómico, nuclear, infinito, imposible de calcular.” (pág.103)

Y en los peores, que también los hay, el autor/narrador intrusivo, haciendo glosas y moralina:

“¿Es esto? ¿Escoger frugalmente en el supermercado? ¿Dosificar? ¿Racionar? ¿Teñirse de nombres que pronto habrá de olvidar la memoria? ¿Inventar romances con fantasmas que nunca nunca tocarán a la puerta? ¿Calzar a la fuerza emociones para gente que pronto habrá de morir? ¿Sumar varios números que resultarán a cero? ¿Abrir puertas de habitaciones que siempre estarán vacías? ¿Transcribir visceral y esporádicamente pensamientos, ideas? ¿De dónde nace este método de pensamiento? ¿De qué ha nacido esta estructura consciente, que comanda la neuronal? ¿Por dónde va, a dónde planea llegar? ¿Es todo esto fortuito, etéreo, romántico, el acto sin ligue de mover las pestañas? ¿Iluminar el cuarto y topar con un reflejo en el espejo, a media luz , sin poder enamorarme de esa imagen? Están las maletas ahí, la ropa está ahí, desperdigada. El pan en la cocina, el café. La cama destendida está ahí, los libros, la hornilla de gas, ahí. El baño, papel higiénico, las robustas columnas de esta habitación, sí, todo ahí, ¿Y? ¿De qué todo esto? ¿Habría que pensar en más que esto? ¿Vale todo esto más que un balde de pichas?” (pág.122)

En realidad como lector quisiera que el texto me llevara a mí mismo a hacerme estas preguntas sin la ayuda del autor/narrador/protagonista.

Vamos terminando, entre las “historias entrelazadas” o que he preferido llamar perícopas, hay una que siento que mejor alude a uno de los juicios de los jurados que le otorgaron el premio Nacional Aquileo Echeverría: “Por ser una novela que fluye y fluye, como un torrente verbal, donde los recuerdos se confunden con los sueños, las pesadillas y las alucinaciones y porque es una cornucopia de personajes desgarrados, marginales, que  a pesar de todo logran encontrar un hálito de esperanza en breves chispazos de ternura” Ternura, sí, más bien sentí benevolencia y benignidad de parte del narrador con sus personajes, y el acierto de no juzgarlos y más bien exponerlos auténticos y tal como son y sienten, me refiero a la de “alberto reyes y manuel mora”. Me sorprende por segunda vez lo interesante que resulta como personaje de ficción el fundador del Partido Comunista Costarricense, la primera vez fue en el cuentario “La última aventura de Batman” de Carlos Cortes donde aparece en un cuento magnífico “La breve guerra civil del camarada Mora” y ahora en la novela de Piedra. Sería perfecto este pasaje salvo por la reiterada expresión “otro mundo es posible” en boca de Manuel Mora, lamentable anacronismo, dado que dicha expresión surge del foro social mundial en Porto Alegre Brasil en el 2001; dudo que alguna vez Manuel Mora la hubiera usado y menos con la carga panfletaria con que se emplea en la novela de Piedra, pero salvo ese lunar, es una de las perícopas que más hemos disfrutado.

“El diminuto corazón de la iguana” es un texto pretencioso, en hora buena, pero le faltó contención, el autor, lleno de recursos, escribió desbordadamente, como todo experimento a veces acierta, otras no, y otras incluso no se sabe. Pero eso no es importante. Mi recomendación sería que lograra abstraerse un poco más de su obra y evitar ese protagonismo como autor/narrador, tenernos en consideración como lectores. Para este autor ya reconocido y en auge, pienso que eso lo tiene muy claro:

"No se le tiene que ir a uno a la cabeza, hay que seguir escribiendo. Igual yo tengo mi oficio". Cirus Sh. Piedra (En Página cero)

“El diminuto corazón de la iguana” es una novela que emplea los viejos recursos de la novela experimental, no es una novela inusual o excepcional, pero sí una muestra de un autor que va bien en el proceso de escribir una obra valiosa y perdurable.


Germán Hernández.


19/6/16

El tiempo no se sucede – Charpan



Revolcando los bloques pétreos de esos libros que solo ocupan espacio en las estanterías de las compra-ventas, de vez en cuando nos encontramos alguno que despierta nuestra curiosidad, le desempolvamos el olvido y conforme lo espabilamos va cobrando aliento al leerlo…

Eso me ocurrió hace unas semanas cuando me encontré este poemario, “Breves eternas permanencias” de un tal Charpan, de quien no tengo idea quien sea, ni qué fue de él o su obra posterior, la mínima y rutilante autobiografía en la contraportada tampoco aclara mucho:

“Charpan nace de Alberto y Betty del planeta tierra en el Sistema Solar. El 6 de marzo de 1947. Quepos junto a la mar y sol en piscis.
Estudia en la escuela en el liceo en la universidad.
Escribe en poesía la verdad del alma.
Estas breves eternas permanencias constituyen su primer poemario. Hace publicaciones en periódicos y revistas y recitales.
En el año 1966 asiste al primer Congreso de Escritores Centroamericanos en Guatemala.
Actualmente trabaja en la creación de otro libro de poesía.”

¿Habrá visto la luz ese otro libro de poesía? No lo sé, no he querido indagar, más bien me gusta, me inquieta lo que ignoro de este autor y su obra; seguro que las noticias fluirán revueltas y claras después que publique esto, pero hasta ahora solo sé lo que tengo en mis manos: un poemario juvenil, que fue publicado hace 47 años en 1969 por la Editorial Costa Rica, pero que igual pudo haber sido publicado hace unas semanas dado que la factura de los poemas que encontré en él no varían en casi nada de los que hoy se suele publicar.

En la contraportada también viene un comentario de nuestra gran escritora Carmen Naranjo, que con una generosidad y condescendencia enormes dice:

Charpan
“Creo sinceramente que se trata de un libro extraordinario, escrito por un adolescente que descubre con un lenguaje depurado las sensaciones de su crecimiento en un mundo cerrado, inhóspito, solitario, plagado de imágenes encendidas en juegos de palabras, para cerrar el lenguaje en una comunicación íntima, esencialmente poética y trascendente para todos los que aspiran al encuentro de mensajes con la belleza fugaz de designaciones audaces, productos de sinceros arrebatos de angustia.

No es poesía por la belleza en sí misma, aun cuando la belleza está presente en el ritmo, en el sentido, en la musicalidad, en las imágenes y en la unidad de los poemas. No es poesía de estridencias y clamores, es la voz espesa y deslumbrada del que siente y se ve obligado a confiar sus sensaciones. No es tampoco poesía de “ismos” o de fácil clasificación entre los movimientos literarios, es ante todo necesidad de comunicarse, de descubrir, de encontrarse, de hallar palabras que hagan definibles sentimientos y estados emocionales. Es poesía íntima, subjetiva, con un vocabulario que refleja realidades elementales de la ciudad, de las reuniones, de los encuentros, de los pequeños círculos, de la trivialidad diaria, iluminados estos elementos cotidianos por la belleza de imágenes simples, casi infantiles, sin perder la plenitud de la luz poética.”

Me detengo en el objeto en sí, y me asombra la belleza de esas viejas ediciones, la calidad del papel y la cartulina de las tapas, la impresión, el encuadernado, ya no se imprimen libros así, ni tampoco se hacen tirajes de 2375 ejemplares para una ópera prima.

Al leerlo nada me inquieta en estos poemas, no me interpelan, no es la distancia temporal lo que me separa de ellos; a lo mejor es su voluntad críptica, la ingenuidad irreverente en estos poemas tan jóvenes, pero más viejos que yo lo que nos distancia.

Pese a ello, hay un poema que se separó del conjunto, algo me gustó en él, no sé decir qué, tiene un ritmo, unos aciertos, algo que no me queda claro pero que me arrulló y me deleitó mientras lo leía, ahora solo quiero compartirlo, tal vez alguien más de repente se sienta atraído como yo por esta marea de versos que divagan sobre las cosas conforme se indefinen y se derriten como candelas en la oscuridad. Provecho entonces. ¡Salud Charpan!

Germán Hernández

El tiempo no se sucede

Quizá era un pájaro ya herido
o una sombra o el sol más redondo
y más maduro ya de viejo o un insecto
cansado por el peso de sus alas
que de pronto hizo un agujero sobre el aire
y cayó encima de mi cuerpo
no había hora y todos trabajaban y
dormían
no había claridad que hiciera pensar
que era de día y cada persona
hablaba del sol y de las nubes
tan brillantes y los ríos y las fuentes
saltando encima de su cuerpo

¿Cómo conocer lo que vivía
En esta hora
Tan temprana y ya tan tarde?
Ayer
-¿cómo saber si fue ayer o hace siglos?-
conversaba con alguien:
recuerdo haber hablado mucho
o quizá callé hasta agotarme
antes lo hubiera afirmado con certeza
pero ahora
¿cómo saber si fue ayer
o el día de hoy o el de mañana?
Sólo sé que lo recuerdo y es probable
Que no dijera nada o lo esté hablando
ya muy tarde o muy temprano
mi cuerpo me dijo del cansancio
y me acosté en su mismo sitio
cayeron de pronto los objetos
y todas las cosas fueron una sola
sílaba repleta de siluetas
(muy arriba se había formado un círculo
cada vez más visible y más brillante
como una gran pupila que hubiera
empezado a sollozar)
la ventana estaba abierta
y la luna saltó dentro del cuarto
y se quedó en la cama mirándome
muy fijo
entonces se hizo cada vez más grande
y tuvo que volver afuera

no había pasado ni futuro ni presente
que hiciera pensar en estar vivo
todo era un instante y el instante
una mirada
un retroceso al yonosotros
detenido en cada gota de mi cuerpo

(Desprendida de las nubes la noche
se encerró dentro del cuarto
que fue entonces la longitud
de una calle tan grande como el viento)

a lo lejos todo era principio:
había luna y muchos círculos de luz
contemplaban un estanque
todo era estanque y era luna
y era un contemplarse y ser mirado
y recorrerse todo el cuerpo
sin apenas respirar

los ojos
el rostro
las paredes casi sostenidas
lo hecho ya vivido y sin morir
las calles
los autos detenidos sobre el día
las ciudades erigidas en un vidrio
el aire metido entre la carne
en explosión de ser sólo un apoyo
recordado tras la muerte
los hoteles y los huéspedes perdidos
en la longitud de cuartos diminutos
la ciudad derritiéndose en la sombra
en un despedirse de los cuerpos y el vacío
la gran selva que agoniza sus simientes
rompiéndose en la roca
el árbol siempre verde el río la sed
en la garganta  las montañas más altas
semejantes en cualquier lugar del mundo
los pájaros tallados frente al día
que ya son una sombra o un canto
siempre vivo y ya muerto en el cansancio

todo era mi cuerpo y otro cuerpo
cada objeto y cada ser ahora desnudo
era yo mismo sin ropajes buceando
en la memoria del presente sin ser nada
no había ciudad ni universo tan palpable
como el viento conversando con el viento
una sola dimensión existente en los tres tiempos
todo era un recuerdo quizá nunca vivido
y era un todo y una música repleta de siluetas
un estanque donde la luz es el reflejo
mi cuerpo y los objetos y la noche
miraban el universo edificado por mí mismo
con un vago sentir de que en el fondo
el cuerpo y la mirada no existían
y el recuerdo y todo lo sentido
era el presente aún sin transcurrir
y el ayer: el hoy sin ojos para siempre
a solas con el tiempo y con los hechos


Charpan


22/5/16

El caso de la esposa bígama - Erle Stanley Gardner



En el género policiaco, detectivesco o también llamado negro (con toda su generosa amplitud) la delimitación siempre termina siendo estrecha cada vez que surge algún autor innovador que logra ampliar el espectro las posibilidades de la investigación criminal, tan solo con mencionar un título como “El plazo expira al amanecer” de William Irish, nos damos cuenta por donde va el asunto.

Quizás la nominación del género más apropiada entonces es la de los norteamericanos quienes la llaman “crime fiction” tan amplia para que todo lo criminal quepa en ella, y sin toda la subtrama sociológica que se le quiere achacar por comodín o por criollismo.

Uno de esos autores capaces de reinventar el género contando lo mismo una y otra vez es Erle Stanley Gardner y su mítico personaje Perry Mason, ¿detective, policía? No, abogado criminalista. Su fórmula es sencilla, un sujeto cualquiera es víctima de las circunstancias y es inculpado de un crimen siendo inocente, Perry Mason toma el caso y no solo logra su absolución en el estrado, sino también encuentra y desenmascara al verdadero culpable. Simple, sin embargo, en su momento causó furor, vendió más de cien millones de ejemplares solo en USA, fue traducido a más de dieciséis idiomas, dictaba a sus cinco secretarias hasta dos novelas simultáneamente para un saldo de más de ochenta entregas solo de Perry Mason.

Erle Stanley Gardner
Por si todo esto fuera poco, su personaje inspiró 25 largometrajes para televisión y dos series televisivas, la primera de 1957 a 1966 y la segunda de 1973 a 1974; dando un rostro inconfundible al abogado con la interpretación del actor canadiense Raymond Burr y a sus colaboradores, la más que secretaria Della Street interpretada por Barbara Hale y del investigador Paul Drake interpretado por William Hopper. Con todo, su estilo es lineal, sexista (Gardner está obsesionado con las piernas de sus personajes femeninos) y estereotipado, pero intenso, entretiene al máximo.

En el caso de la esposa bígama (The case of the bigamous spouse) impreso en 1961, el bígamo realmente es su esposo, el autor logra mantenernos hasta la última página en vilo, y cuando parece que el infalible abogado lleva todas las de perder (esto también es parte de la magia de la saga) desentraña al culpable.

Quien rescate del olvido y el tiempo al implacable abogado, Stanley Gardner, debe saber que éste en su momento constituyó el “Tribunal de último recurso” un equipo de expertos en medicina forense, psicología y criminalística cuyo afán era defender a personas injustamente condenadas; o bien, al otro abogado, Perry Mason, paradigma de todos los dramas del cine, la televisión y la literatura sobre abogados.

Germán Hernández






3/5/16

Agatha Cristie – Ocho casos de Poirot



En realidad se trata de nueve casos, sutil extravagancia editorial o de la autora, una buena muestra de su estilo narrativo, y una oportunidad para quien quiera sumergirse en las aventuras del infalible, bigotudo, vanidoso y genial Hércules Poirot, el detective belga, héroe de una saga de 33 novelas y 50 cuentos y así poder conocer los métodos mediante los cuales resuelve sus casos.

Hay que recordar que después de Shakespeare y la Biblia, la obra de Cristie es la más traducida y la más vendida de la historia, por ahí se dice que sus novelas han vendido más de dos mil millones de ejemplares, al punto que en algún momento sus novelas fueron consideradas como el “mayor producto de exportación inglés”. Tal es la devoción por la autora y sus personajes, (y el dinero que genera) que en 2014 los herederos de esta autorizaron el retorno del detective Poirot, con la entrega  “Los crímenes del monograma” escrita por Sophie Hannah (como que ahora el oficio de ghostwriter ha dejado de ser oculto y estigmatizado negativamente, sino pregúntenle a los herederos de Stieg Larson y a las editoriales con respecto a la cuarta entrega de Millenium)   

La joven Agatha Cristie.
La autora fue miembro del selecto “London Detection Club” la famosa “escuela inglesa” la de la novela enigma, a esos casos que solo la mente y “las células grises” del detective puede desentrañar cuando todos los caminos fallan, la fórmula es eficaz y se repite siempre, las pistas sutiles y a la vista del lector y del inseparable Arthur Hastings (ayudante de Poirot, aunque tan discreto y con una presencia tan etérea que casi se puede pensar que es en realidad un amigo imaginario del detective) pero al final, solo el detective es capaz de verlas y resolver el crimen.

En cada novela o cuento, los ambientes burgueses, de aristócratas matando aristócratas con el exótico refinamiento inglés nos atrapa, pero tampoco nos embelesa; los móviles (herencias, maldiciones, venganzas) y los medios (el envenenamiento es el preferido de la autora) son clisés del género, aunque entretienen, que es a fin de cuentas el único fin de esta hábil escritora, que sin ser mi favorita, la venero por sus inapelables méritos.

Germán Hernández.


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24/4/16

J.M. Coetzee – En medio de ninguna parte y la Edad de hierro

J.M. Coetzee


John Maxwell Coetzee, nació en Sudáfrica en 1940, su vida ha sido itinerante e inquieta, por lo que ha sido un largo recorrido por el mundo sajón, desde Estados Unidos, Inglaterra, hasta Australia, donde adoptó su residencia y nacionalidad. Polifacético, también ha sido y es traductor, programador informático, lingüista, crítico literario, académico, narrador, y por supuesto, en este último campo, premio Nobel de literatura en el 2003 a la tierna edad de 63 años.

Con todo, su obra se inserta en la realidad del complejo mundo del Apartheid, y en el caso de las dos novelas que reseñamos aquí, cabe decir que su obra es mayormente alegórica, sus personajes representan más el entrañable espíritu de su grupo, de su etnia, que así mismos. Particularmente en In the Heart of the Country (1977) mal traducido su título en español como “En medio de ninguna parte” y en Age of Iron (1990) “La edad del hierro” dos novelas publicadas con 13 años de distancia entre sí, pero que comparten varias cosas, sus protagonistas y narradoras son mujeres blancas, la narración transcurre en primera persona, la primera escribe una especie de diario, la segunda una larga carta a su hija, así que ambas novelas pretenden discurrir desde una visión de mujer. En la Edad del hierro, la señora Curren está muriendo de cáncer, y escribe una larga carta a su hija que ha migrado hacia Estados Unidos, inútilmente, pues no tiene certeza de que sus notas lleguen a ella, pues ha confiado como mensajero de su misiva al señor Vercueil, un indigente alcohólico que recién ha encontrado junto a su casa y que se inmiscuirá desapegado y distante en su vida. Por otro lado, En medio de ninguna parte, Magda en su diario, se refiere a su mortificante vacío existencial, a su falta de propósito en todo hasta que hace la prueba con el medroso Hendrick. Asfixiantes ambos textos, tediosos, la confesionalidad de ambos nos amarga, bien entendidos, estos son los méritos de ambos; dadas las circunstancias en que se desarrollan y la coyuntura de su Sudáfrica fracturada en el momento en que se escriben, la lectura se vuelve complicada hoy, es poco lo que se puede rescatar de ambas desde un punto de vista testimonial, por lo tanto, lo que queda es el sustrato humano.

En medio de ninguna parte, somnífera hasta la segunda parte, se expone a Magda su protagonista desde su virginidad, su infertilidad, y su incapacidad para dar o recibir afecto hasta el total aislamiento del mundo, y la incomunicación. Habrá que tender una licencia al autor, pues Magda se expresa más como un Doctor en Filología y Filosofía que como la campesina ignorante que pretende ser.

En paralelo, la señora Curren está muriendo, al menos su relato es más creíble, ella sí es Catedrática en Filosofía, pero igual coincide con “En medio de ninguna parte” en su incapacidad de comunicación, de transformar su entorno, el abandono está presente, como en la imagen de la conejera en que los animales murieron de hambre y descuido, análoga también con la de los corderos que murieron de igual forma en la otra novela. Será que estas mujeres solas, moribundas e infértiles representan la Sudáfrica blanca del Aparheit, incapaz de construir una nación, de parir un mundo nuevo, en fin, una interpretación fácil y clisé, poca cosa que decir, para unos personajes que por su derrumbamiento tampoco logran la empatía y el apego de este lector.


Germán Hernández.

Descarga aquí "En medio de ninguna parte" en formato epub.
Descarga aquí "La edad del hierro" en formato epub.


15/4/16

La vuelta al mundo en ochenta días - Julio Verne



No siempre, pero algo hermoso ocurre cuando releemos un texto después de mucho tiempo, después de décadas, de cuando éramos otros, en este caso un niño de doce años que apenas estaba agarrando el gusto al hábito de leer. Fue “La vuelta al mundo en ochenta días” de Julio Verne, fue una lectura sesgada, traspasada por la resonante presencia de la película homónima que había visto poco antes, monumental, por cierto, y que definitivamente marcaría entonces y ahora el rostro de Phileas Fogg con el de David Niven y de Jean Passepartout con el de Mario Moreno “Cantinflas” (quien arrebató el globo de oro a nada más y nada menos que a Marlon Brandon). Pues así fue nuestra primera lectura, ingenua y fascinado por un libro exótico, que hablaba de mundos que me parecían fantásticos e irreales.

De la película homónima de 1957, Mario Moreno "Cantinflas" interpretando a Jean Passepartout, Shyrley MacLeine interpretando a la princesa Aouda y David Niven interpretando a Phileas Fogg. 
Regresar ahora sobre esta novela fue simple azar, hace un par de años en una Feria del Libro, una multitud de muchachos y muchachas contratadas por una librería repartían con fines promocionales obsequios y a mí me tocó el susodicho libro, una sencilla edición de bolsillo. Así volvió a mis manos esta novelita encantadora que al llegar a casa la puse en la cola de libros por leer hasta que le llegó su turno.

¿Qué más puedo agregar? El texto inmóvil como un ladrillo en la pared de mi biblioteca cobra vida otra vez, el argumento es el mismo, el flemático, solitario y excéntrico Phileas Fogg, señor de sus rutinas, de su obsesiva puntualidad acaba de contratar a su nuevo sirviente Jean Passepartout quien lo acompañará ese mismo día cuando su amo se comprometa con sus colegas del Reform Club en una onerosa apuesta que consiste en dar la vuelta al mundo en sólo ochenta días.  Ocurre que el mismo día de su partida ha ocurrido un robo de cincuenta y cinco mil libras en el Banco de Londres, todas las sospechas caen sobre Fogg, y sin saberlo lo seguirá en su trayecto el detective Fix. Todo lo demás y su exquisito desenlace será obligación del lector desentrañarlo.

En mi caso, ya que hablo de una novela de la que ya sé de qué va, la delicia de la relectura consiste en encontrar todo aquello que antes no podía y no vi.

Afiche de la Película La vuelta al mundo en ochenta días de 1957
Me resulta irresistible en esta segunda lectura señalar algo que se me hizo más que evidente, y seguramente muchos lectores más lo habrán notado, me refiero al paralelismo que existe entre Phileas Fogg y el Quijote y de Jean Passepartout y Sancho… Por un lado la locura, la apuesta fuera de todo sentido común, la extravagancia de tomarla de un pronto a otro por parte de Fogg, es semejante a la locura del Quijote, y cómo no, nuestro protagonista encuentra su Dulcinea, incluso hasta es capáz de rescatarla de la muerte, la princesa Aouda (y desde luego para mí será por siempre el rostro de Shirley MacLeine), pero seguramente el momento más hermoso es la transformación que experimenta Passepartout, su “sanchificación”, ese sujeto itinerante que por fin cree encontrar la tranquilidad que solo proporciona la rutina, súbitamente es llevado a recorrer el mundo… escéptico al principio, no deja de ser conmovedor el momento en que asume su propio compromiso con su amo:

“Me parece oportuno dar a conocer algunos pensamientos que ocupaban el ánimo de Passepartout. Hasta su llegada a Bombay había creído, y podido creer, que las cosas pararían allí. Pero ahora, desde que avanzaba a todo vapor a través de la India, un cambio se había operado en su espíritu. Su temperamento reapareció con presteza. Volvía a encontrar las ideas fantásticas de su juventud, tomaba en serio los proyectos de su amo, creía en la realidad de la apuesta y, por consiguiente, en aquella vuelta al mundo y en aquel plazo de tiempo que no podía sobrepasarse. Incluso se inquietaba ya por los posibles retrasos y por los accidentes que pudieran sobrevenir en ruta. Se sentía interesado en la apuesta, y temblaba ante la sola idea de que había podido comprometer el éxito de la empresa el día anterior con su imperdonable estupidez. Por otra parte, menos flemático que Phileas Fogg, estaba mucho más inquieto. Contaba y recontaba los días transcurridos, maldecía las paradas del tren, lo acusaba de lentitud y censuraba in petto a míster Fogg por no haber ofrecido una prima al maquinista. No sabía el pobre muchacho de lo que era posible en un buque de vapor no lo era en un tren, cuya velocidad estaba reglamentada.”

Julio Verne
¡Y cómo no! ¿Acaso no resulta imposible comparar al detective Fix (más bonachón y menos siniestro) con el Inspector Javert de Los miserables de Victor Hugo? ¿Acaso su obstinación y ética kantiana no los lleva a ambos hasta las últimas consecuencias, desafortunadas en ambos casos?

Imposible leer esta novela ingenuamente, pertenece a una época y a una visión de mundo en que el colonialismo británico es visto con toda naturalidad, incluso habrá pasajes que nos resultarán chocantes sobre la manera en que los occidentales juzgan al resto de mortales. Pero estando advertido de ello, nada impide disfrutar de esta sabrosa aventura. En particular, me fascina ese momento en que el autor, con sencilla sutileza introduce el asunto de la “guerra del opio” en China, y que nos lleva a constatar en el presente que el llamado narcotráfico tuvo su semilla justamente en la Corona británica y que sus capos de entonces eran considerados respetables hombres de negocios. Leamos:

“Fix y Passepartout comprendieron que habían entrado en un fumadero frecuentado por esos miserables estúpidos, degenerados idiotas a quienes la mercantil Inglaterra vende anualmente más de diez millones de libras esterlinas de esta funesta droga llamada opio. ¡Tristes millones, los conseguidos a costa de uno d los vicios más funestos de la naturaleza humana!

El gobierno chino ha procurado remediar este abuso mediante severas leyes, pero su esfuerzo ha resultado vano. De la clase rica, a la cual estaba reservado el consumo del opio al principio, el vicio ha descendido a las clases inferiores, y sus estragos no han podido ser contenidos. Se fuma opio en todas partes y a todas horas en el imperio chino. Hombres y mujeres se entregan a esta pasión deplorable; cuando se han acostumbrado a las inhalaciones, ya no pueden prescindir de ellas, porque experimentan horribles contracciones en el estómago. Un buen fumador puede consumir hasta ocho pipas diarias, pero muere en cinco años.”

Germán Hernández


Descarga la novela en formato epub en el siguiente enlace: La vuelta al mundo en ochentadías


3/4/16

Ottón Solís, y su ridícula defensa de las especies en peligro de extinción

Diputado Ottón Solís Fallas


"El gallo de pelea es genéticamente hecho; lo hizo Dios, o la evolución, o Darwin o la naturaleza para pelear.” Diputado Ottón Solís Fallas (En La Nación).

“El proyecto de ley tal como está, prohíbe la crianza, hibridación y otras, y eso significa exterminar los gallos de pelea, porque estos animales son hechos para pelear. Es único entre los animales, los perros son creados genéticamente, por eso detesto las peleas de perros. Hay perros o toros que pelean, pero lo hacen por sexo o por hambre. El gallo de pelea sí lo hace naturalmente, los pollitos a los tres meses ya pelean. Yo he visto decenas o miles de peleas de gallos. Eso sí me opongo a las peleas de gallos donde existen apuestas” Diputado Ottón Solís Fallas (En Diario Extra).

Relativo al debate en el plenario Legislativo del proyecto de “Ley de Bienestar Animal” que penaliza la crueldad hacia los animales, el pasado jueves 31 de abril, el diputado Ottón Solís Fallas (El del partido del cambio y paladín de la ética), manifestó que el no votará a favor de dicha ley, pues prohíbe y penaliza la crianza y las peleas de gallos y que por ello estarían en peligro de extinción.

El diputado argumenta que estos animales están genética y naturalmente dispuestos a pelear, es su destino, es la voluntad de Dios o de Darwin (supongo que lo dice así para que sin importar la confesionalidad de cada quien, quedar bien con todos).

Además, nos advierte que estas criaturas desde que son pollitos pelean, es su predisposición. Por eso, según Ottón Solís Fallas, (Como si fuera un doctor en teología tomista considera que) prohibir la crianza y las peleas de estos animales va contra natura, y es condenarlos a la extinción, de verdad que nos conmueve la cínica sensibilidad ambiental del diputado.

Y afirma, como argumento de autoridad y juicio de experto que él ha visto miles de peleas de gallos, y con moralina barata señala que él a lo único que se opone es a que en dichas peleas se realicen apuestas.

Hay cosas que el diputado no dice, por ejemplo, que estos animales son cuidadosamente seleccionados por sus criadores, reciben cuidados muy especiales y hasta los entrenan, el principal incentivo de esto es lucrar al venderlos o ganar en las apuestas y el mórbido placer que les produce al ver a estos animales matarse entre sí, los gallos no nacieron con navajas en sus espolones, estas navajas se las ponen los galleros para que los animales “natural y genéticamente” se apuñalen y se destrocen hasta la muerte.
 
Espuelas para que los gallos se apuñalen y se maten entre sí
teológica y darwinianamente según el diputado Ottón Solís Fallas.
Pero claro, seguramente yo digo estas cosas por ser un tonto citadino que no entiende nada sobre la vida rural y campesina, y tampoco entiendo nada sobre el "valor artístico", y el "patrimonio cultural" y la "identidad de los pueblos" que disfrutan y lucran con estos inofensivos y lúdicos espectáculos como son poner a dos animales a pelear a muerte y hacerse pedazos. Y seguramente tampoco entiendo nada sobre lo que la acción humana le hace a la biodiversidad en la tierra y cómo la amenaza. Pregunta estúpida: ¿No es cierto que los gallos de pelea son aves domesticadas? ¿Se pelearían a muerte si fueran aves silvestres?

¡Pero sorpresa! Desde 1922 en Costa Rica las peleas de gallos están prohibidas, la ley persigue estas actividades y las sanciona, por ello toda instalación y actividad relativa a las peleas de gallos es clandestina e ilegal, y resulta que Ottón Solís Fallas ahora paladín y defensor de las especies en peligro de extinción amenazadas según él por proyectos de ley como “Ley de Bienestar Animal” ha participado en decenas, en miles de estos espectáculos ilegales, y al no denunciarlos encubre a los perpetradores de estas actividades ilícitas, por lo que se ha hecho cómplice de ellos que si bien no son “delitos” sí son contravenciones, me pregunto estúpidamente: ¿Qué será lo que dice el código de ética de su par-tido, caballito de batalla del diputado Ottón Solís sobre su confeso accionar? Supongo que tal vez haría bien en hacer lo propio como indica su iniciativa de ley estrella: C.E.R.R.A.R. (la boquita), y renunciar.


Germán Hernández

Y aquí la obra de Dios o de Darwin al final de una divertida y lucrativa jornada.


31/3/16

Descender de la Torre de Marfil - La poética de Gustavo Solórzano-Alfaro (Cuarta Parte)

Gustavo Solórzano-Alfaro (Fotografía de César Castillo Castro)


Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo mineral de esta montaña llena de oscuridad forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.

Albert Camus
El mito de Sísifo

Después de contemplar el cosmos, de refugiarse en sí mismo en la comodidad de una torre de marfil, que como un “Aleph” revela simultáneamente la totalidad; la roca que el poeta empuja, oscila y desciende; el poeta debe seguirla, volver hacia ella, su obra es una piedra retornando al punto de partida una vez más, donde todo lo que estuvo claro, vuelve a ser difuso, la certeza de ayer se disuelve y no deja rastro como en aquel “Libro de arena”.

Inventarios mínimos es el cuarto poemario de Gustavo Solórzano-Alfaro, paradójicamente el más orgánico, y el más heterogéneo. Lo primero, por su atmósfera pesimista, por el aplastamiento de todo, de donde se confirma la fragilidad de la vida, y donde siempre, la imposibilidad de fijar la memoria, deja, ante su espectador un recuerdo imposible al cual regresar, pero, ante todo, el tedio del presente que mira hacia atrás a unas imágenes del pasado para siempre perdidas, distorsionadas y que quizá nunca existieron. Lo segundo, por la forma, por el registro y tratamiento en cada poema, es reconocible esa peculiar voz de Solórzano-Alfaro, pero ahora en prosa, o en poemas brevísimos, o en formas como el tanka y el hai kiu, o en el más llano objetivismo.

La primera sección de “Inventarios mínimos”, “Portones viejos”, abre con un poema de cuatro líneas (inusual en un autor cuyos poemas se derraman como ondas expansivas) Poema aglutinador si se quiere y que resume toda esta primera sección:

Infancia

La infancia es un patio de mentiras
un jardín cerrado con portones viejos
una niña que se mece en una hamaca
y un niño tonto que la mira y no le habla.

Por infancia aquí habrá que apelar al recuerdo de ella, lo que guardamos entrañablemente en la memoria, pero esa memoria, difusa, no es más que un patio de mentiras, es lo que elegimos, lo que quisimos guardar, y cómo quisimos recordarlo. La verdadera infancia es un jardín que está cerrado por los portones viejos del presente, de lo que somos, del cúmulo de vileza que somos y que no alcanza para llegar a la niña que se mese en una hamaca y nos hace ver como un niño tonto, que por más que quisiéramos, ya no podemos, ajenos para siempre, volver a ella, dialogar con ella.

Hay un reproche, la infancia que se quiere y la que se recuerda, por más acomodos, por más deseos de que calce en lo que la memoria quisiera registrar como verdadero. Pero nada es más vano que la memoria, esa sustancia es solo posible vivirla en el ahora, nos mira como a desconocidos, y por eso en los poemas “Retratos” y “Potreros”, la bipolaridad de dos destinos, o lo que humilla un buen recuerdo quema como una herida abierta, el hablante reniega y agradece, el hablante no se atreve pero quisiera que sus recuerdos fueran otros, los corrige, se miente y rectifica, los arregla, lo sabe, y al final su reproche:

Potreros

Fui un niño que corrió descalzo.
(Mentira: siempre tuvo zapatos.)
Rectificación:
Fue un niño que corrió por potreros
verdes y mojados.
Fue un niño con zapatos, con camisa,
con frijoles y cuadernos.
Nada de eso les reprocha a sus padres.
Solamente los potreros.
Solamente los potreros.

Y también los pone en contraste, los separa y los junta, casi envidioso, pero sincero, como en el poema “Retratos (De dos artistas adolescentes)”

Juntos aprendimos el dolor
de la primera mujer
del primer hijo
del primer trabajo
                y su nombre y su recuerdo
son preguntas que no obtienen respuesta.

….

Hoy escribo estas letras
después de haber perdido
tanto tiempo.

Merece ser destacado también “Petición (de un hombre muerto)” el cual propone de manera muy sutil el silencio y el olvido ante la muerte, su personaje no desea nada, aunque todos piensen que sí, ni siquiera sus recuerdos, tan solo las tardes en las tardes, una capa dentro de otra, penetrar en un espacio donde nada lo alcance:

Hoy a muerto un hombre.
“Era un hombre bueno”

A diario le preguntaban
a ese hombre
Qué quería.
“Nada
o casi nada”
solía responder,
aunque todos sabían que buscaba las tardes
en las tardes.

Y ante todo lo sentido y vivido, ante todo lo evocado, queda en evidencia que nada resistirá a la muerte, y reitera nuevamente su propósito: que al menos la muerte le sirva para irse sin dejar rastro.

Pero en realidad,
es muy posible que solo fuese miedo de morir.
A lo mejor no quería ser un muerto bendecido por todos.

….

Simplemente no quería que dijeran nada
que hablaran
que tuvieran tiempo de regocijarse o de llorar.

Quizá tan solo quería la tarde

En la segunda sección “Calles y puentes”, se combinan poemas en verso y otros en prosa, en algunos de ellos se suprime toda forma de puntuación, aunque puede ser arbitrario el uso de estos recursos, estamos eso sí, con la poesía más terrestre y llana del poeta, su yo lírico se convierte naturalmente en un personaje más que transcurre entre las bochornosas mareas de autos, y las calles; tal vez, y solo para enfatizar el tedio, los poemas indican horas, que más que representar un desarrollo sucesivo o cronológico de eventos, más bien suponen la inútil fijeza de las cosas que siempre se repetirá puntual cada día. De esta manera, en lugar de recorrer los estadios de lo onírico y la conciencia, nuestro poeta ahora transcurre en las calles, los supermercados, los puentes, las aceras y los parques...

“la niña sin pensarlo camina por el parque donde su madre la ha llevado a pesar de las últimas advertencias de un señor muy serio en la televisión que acusó a todos los habitantes de ser corruptos y tratar de atacar niñas pequeñas que hayan ido al parque llevadas por sus madres” en Parques (o resumen de noticias, 6:30 a.m. / 7:30 p.m.)

Pero para romper con la repetición de todo, porque así pareciera insinuarlo el autor, todo ha cambiado, en realidad lo mismo de ayer no es lo mismo, así lo constatan las últimas líneas del mismo poema en este delicioso juego plástico:

“los tiempos han cambiado pero solamente para los pobres
miserables
tiempos
idos” en Parques (o resumen de noticias, 6:30 a.m. / 7:30 p.m.)

Esta segunda sección “Calles y puentes” se constituye en un recorrido diario, en un relato de un día cualquiera, el poeta habla de sus horas muertas e inútiles al volante, lo que piensa cuando pasa bajo los puentes

“… al cruzar el puente sobre el río Virilla, ha fantaseado con que esa vieja construcción está a punto de ceder [….] se da cuenta que la edad de las edificaciones no guarda relación alguna con su posible caída, pues al pasar debajo de uno de los puentes nuevos de la otra rotonda de San Sebastián, tiene la sensación de que uno de ellos caerá cualquier día sobre él y aplastará sin remedio toda posibilidad de humanidad”  en Epifanía (en un puente, 7:00 a.m.)

La doble ironía, los puentes con toda su carga simbólica de unir y aproximar lugares, conceptos, vidas, ha pasado de maravilla moderna, de portentosa ingeniería a convertirse en amenaza, pero de pronto, no serán los puentes los que aplasten la humanidad, tal vez ni haga falta en medio de la fatalidad de estos poemas cuando el poeta:

“al sentarse en su escritorio
cuando intenta escribir
debe aceptar
que no son esos viejos puentes
los que están por derrumbarse” en Epifanía (en un puente, 7:00 a.m.)

Y ese derrumbamiento se confirma de ida y de vuelta, en lo que empieza a medio día, y avanza en el atardecer hasta la primera oscuridad, ese transcurrir por las calles, con todo es fijeza también:

Nada puede contra la brutal
detención de las calles
Observa ahora
-detenida a su lado-
una absurda hilera de vehículos rojos
sordos
torpes e infinitos
y se da cuenta
de que está encerrado en el tedio
….
Ya ha oscurecido
y la sensación del regreso
no es más que una broma macabra.

Estamos detenidos
absortos en las calles:
diminutos suicidad
que llaman a eso sustento.

Es fácil
-mientras esperamos nuestro turno-
darnos cuenta de que somos

miseria tras miseria

disparados contra el suelo.” en Calles (12 m. / 6:00 p.m.)

Otros eventos se dan cita en este itinerario, coros, siestas, suicidios, hasta cumplir con el ciclo semanal, hasta llegar al descanso dominical y las visitas necesarias de los recuerdos que ya no pesan, porque habitan conformes la memoria del que los evoca, domados y silentes…

“Sabe que su padre le reprocharía haber abandonado los estudios. Sin embargo, también imagina que está orgulloso de que su hijo sea un poetastro empedernido. Su madre, por otro lado, es una mujer hermosa, bendecida por la gracia de las lluvias, envuelta en tornasoles rojos e imposibles.

Hoy toca a la puerta de su casa. Nadie abre son fantasmas venidos a menos quienes habitan esas ruinas, perfectas e invisibles, donde cada tanto se detiene a descansar.

Son fantasmas –no lo saben- y se han olvidado de asustar.” en Visita (Dominical, otro día)


Fantasmas o sombras, son tópicos recurrentes en la poesía de Solórzano-Alfaro, mismos que se funden siempre con la memoria y su imposibilidad de fijar las cosas; de esta manera se ha ido formando este corpus. Llegando a la tercera sección del libro “El tiempo en los objetos” nos encontramos con los poemas menos orgánicos y más heterogéneos del conjunto, y pese a ello conservan su hilo, aunque la trama que los une sea casi invisible, y otra vez está ahí la sombra, como en el poema “Declaración” (a mi modo de ver un anticipo de lo que será el magnífico poema que cierra el libro “Posludio”) en que el poeta se ve a sí mismo como:

“pero tan solo una sombra más
entre las sombras.”

Y en el poema “Cosas” complementa:

“Ahora solo aspiro a reconocer
el tiempo en los objetos.
Saber que no son míos
y que yo mismo soy su sombra”

Y sigue también ahí el poeta oracular, impasible, insoportable y arrogante que declama como si contuviera en sus versos el cosmos:

“Cualquier reflexión
sobre el tamaño del mundo
es teoría vana.
El mundo no me alcanza.” (Música)

Pero parece que ocurre un descenso…

“He visto el paraíso.
Sentado en lo alto de la torre más alta
contemplé a los mendigos contra los ventanales,
me hundí con ellos en el polvo.” (Paraíso)

Ha caído, no desde cualquier torre, sino desde la más alta, se ha convertido en polvo, sus palabras ya no son cantos, sino burocráticos informes, vernáculos giros, coloquiales y sucias palabras que tiene que compartir con nosotros, tal como lo hace en el “Metafísica (de Autopistas del Sol)” las interrogantes y respuestas que se hace el autor son inquietantes:

“¿Eso quiere decir que los poemas no son materiales ni concretos, sino esencias metafísicas, trascendentales e ideales? ¿Y que los poemas no afectan a nadie? Yo pensaba que los poemas también eran materiales, y que debían estar bien hechos, y que afectaban a la gente.”

Y más íntimo, y uno de nuestros poemas favoritos de todo el libro “Arboles” y cómo no, y tal vez por la directa referencia (no sé si consiente o no por Solórzano-Alfaro) de Cream y la preciosa “Worl of Pain”:

“Desde esta ventana que vos no sabés que existe puedo ver los árboles en el jardín. Ellos sí saben cómo enfrentar el día, la lluvia, con sus ramas hechas polvo de tanto batirse contra el viento.
Uno se siente abatido cuando el sol atraviesa las hojas y cae como plomo en el zacate, donde los gusanos de seda tejen su camino desde una mitología que nosotros tampoco –no habría forma de que así fuera– sabemos que existe.”

Cinco poemas componen la cuarta sección del poemario “Si pudiera reirme del dolor”, aquí se amplifica la referencialidad, la metaliteratura, el cine, la animación, tal vez el menos logrado “Llorar” reúne todo eso, donde el autor en lugar de la familiaridad del texto aludido, “Cinema Paradiso”, prefiere la mención erudita, prescindible de Tornatore, luego a Dudok de Wit y a Fawzi Mellah, subordinando la experiencia del texto a la mención de su autor. Problemático quizá, hasta que llegamos a “Palimpsesto (A partir de Cavafis)” y es que para quien conozca a Cavafis, bien, reconocerá sobre los pergaminos la atrevida sobreescritura, pero no indispensable para un poema, que se basta así mismo.

En la quinta sección “Pájaros que inventan” tenemos tres “tankas” (mensajes secretos para los amantes en la poesía tradicional japonesa compuestos en estrofas de cinco versos de 5-7-5-7-7 sílabas) y veintisiete “haikus” (los tres versos contemplativos y yuxtapuestos cuya métrica es 5-7-5 sílabas) ¿Será que estas formas tradicionales de una lengua tan distante como el japonés operan de igual manera en español? Habría que realizar el experimento a la inversa y verificar que estas tankas y hikus al traducirse en japonés continúen siendo las milenarias formas que se pretenden; sea a sí o no, y que más bien rosen otras formas latinas sin pretenderlo, queda el gozo de la imagen en casos como:

3
El sol mañana
cubrirá la tristeza.
La luz suprema.
Fingirás ser el hombre
que calla en la distancia.

Ó

3
Cuando el silencio
encuentra tu mirada
detiene el mundo.

18
Un árbol viejo
Refleja sus raíces
En las ventanas.

27
He visto pájaros
que en su vuelo inventan
La eternidad.

¿Capricho entonces? ¿Puro goce, desorden, heterogeneidad? Así de huérfanas y orgánicas son estas pequeñas piezas, golosinas donde se atreve a saborear y compartir el autor de lo terrestre y de las presas matutinas.

En la sexta sección del poemario “Casa vacía” nos encontramos un conjunto de poemas que podríamos llamar “objetivistas”, ausentes de la tensión psicológica del yo lírico, son escenas, fotografías. Incluso fragmentos de ellas, como el caso de “Presagio” curioso poema que más bien parece el collage de varios poemas brevísimos, divergentes, aleatorios, abiertos, incluso hasta las arbitrarias cursivas del autor apuestan a esta especie de poema que costaría creer que fue compuesto como uno solo.

Obsérvese el texto tal cual:

“No acostumbro
desnudarme frente a otros.
Solamente cuando el rigor
Y la disciplina lo imponen
sé que puedo ser sadomasoquista.
Frente a vos,
mi niña de luto,
mi naranjo roto
y mi espejo intermitente,
beso el espacio
que tus piernas han dejado,
me sueño poeta
y caigo adolorido.
Y apenas el musgo sube por mi espalda
sé que es momento de regresar.
Las llagas,
los minutos,
las señales de la tarde,
los enigmas y sus muertes
son máscaras pequeñas
que habitan mi pasado.

Hoy sabé por fin si has muerto”

Léanse independientemente según mi división como poemas autónomos:

“No acostumbro
desnudarme frente a otros.

***

Solamente cuando el rigor
Y la disciplina lo imponen
sé que puedo ser sadomasoquista.

***

Frente a vos,
mi niña de luto,
mi naranjo roto
y mi espejo intermitente,
beso el espacio
que tus piernas han dejado,
me sueño poeta
y caigo adolorido.

***

Y apenas el musgo sube por mi espalda
sé que es momento de regresar.

***

Las llagas,
los minutos,
las señales de la tarde,
los enigmas y sus muertes
son máscaras pequeñas
que habitan mi pasado.

***

Hoy sabré por fin si has muerto.”

Cada componente por sí solo constituye un poema en sí mismo. Una escena, siguen dos poemas que son reflejos de sí mismo, “Mandarina” y “Poema”, básicamente son exactamente el mismo, donde además se lleva a cabo una interesante “inversión de sentido” relativo al fruto prohibido, pero concentrémonos en el primero de los dos, “Mandarina”:

“Corté una mandarina para vos, como quien compra frutas en la plaza. Corté una mandarina para vos, para ver tus ojos sin permiso, para oler tu cuerpo en la mañana. Estiré mi mano y la alcancé sin prisa. En una rama había un nido. Los pájaros picoteaban las hojas. Un trillo de zacate algo seco se abría paso. El árbol al lado mi casa. Un vecino que lo cuida. Los pájaros encuentran su descanso en ese árbol.

Corté una mandarina
para vos
cuando vos
ya no estabas.”

Es claro que la inversión de sentido respecto al “fruto prohibido” es que quién la ofrece es “él” y no “ella” como en el relato bíblico, hay una segunda inversión de sentido, ella está ausente. En “Poema” se plantea la misma situación:

“Extender los brazos / por la mañana
hasta alcanzarte
es un gesto digno / después de todo.”

Esta segunda versión del poema “Mandarina” (según yo) elimina los decorados y queda la interrogante en el segundo verso: “hasta alcanzarte” ¿A ella? ¿A la mandarina? Los siguientes poemas de dicha sección son “Escena” y “Mudanza” que vienen a reafirmar ese carácter escénico, que se limita a exponer nada más, queda en manos del lector hacer sus propias conexiones y tender los puentes.

La sétima y última sección “Lecturas pendientes” compuesta por un preludio, seis artes poéticas y un posludio, es seguramente la más unitaria y lograda del poemario, la que culmina este descenso desde la atalaya de la torre de marfil hacia el ras del suelo, hasta la definitiva confesión de propósitos y la reconciliación del poeta con su condición de hombre, no el que sublima los elementos, o los recompone trascendidos, sino la alquimia pobre de quien los experimenta.

El “Preludio (a modo de introducción)” es pues la ubicación, se escribe “contra el tiempo”, “en el silencio”, con la intención de que ese acto sea apenas “una transfiguración, un intento por borrar de la arena nuestros cuerpos”, “homenajes vacíos del amor”. El poeta escribe para reivindicarse a penas, ya no cree que sus palabras redimen o en su propia redención a través de ellas.

¿Pues de qué escribe el poeta? “de la única materia que poseo”, “como decir un ave en pleno vuelo” que es decir cualquier otra cosa, o esto o lo otro, parece no existir más espacio que para lo fáctico y lo evidente, no hay trasfondo ni trascendencia, pero sí vuelo, o sea, movimiento, parece decir el poeta en su “Arte (poética II)”.

Cuando el poeta se pregunta sobre qué es el poema, se responde que el poema es lo cotidiano “como si fuese un anuncio en las noticias vespertinas”, pues en el fondo, ahora que lo sabe “nada en el mundo merece la pena”, ahora reniega del antes, pues “a lo mejor, sin quererlo o con todo fervor, nos detuvimos a cantar sobre labios ajenos y olvidamos en el camino la piedra, los aviones y la tarde” no se trata de falso vanguardismo, sencillamente de lo terrestre y de lo inmediato, porque “un poema no es capaz de distinguir lo importante de lo superfluo. Sabe de ritos, de musas y de esperas, pero también debe saber de cuentas, recibos y filas en los bancos.” Estamos ante un manifiesto, el arte (poética) se vuelve catálogo de intenciones, arrebato, punto y aparte, y vuelve ahora sobre lo bizantino e inútil: “Hoy el periódico anuncia una baja en los combustibles y nos damos de golpes contra una rima asonante o una métrica imperfecta” todo lleva al desengaño: “Un poeta, lastimosamente, no reviste importancia alguna” y siendo así, “Entonces ¿qué podemos esperar de un poeta? ¿Qué podemos pedirle a los poemas?” (En este momento Sísifo está contemplando cómo su empeño rueda cuesta abajo). Pero este “Arte (poética III)” un poema estupendo, deja abierto todo, porque tal vez algo queda, algo se fija, en la poesía.

Y viene esta joya, “Arte (poética IV)” -¿Epigrama?- una apelación dulce, hiperbólica y como denunciando que también los escritores tienen su autoayuda, y su basurita generacional cuando Solórzano-Alfaro dice:

Tengo treinta y siete años
Y aún no he leído
Ni a Bukowski ni a Bolaño.
Apenas voy por Catulo y Villón.

Pero si de declaraciones y manifiestos se trata, “Arte (poética V)” es probablemente la más explícita, y que inevitablemente dialoga con una especie de “creacionismo” reconceptualizado:

“La palabra “suavidad”
Como una forma o una idea.
Más que decirla escribirla
sin necesidad de juntar sus letras
Pero que esté ahí y pueda sentirse.
Escribir como si un árbol diera frutos.
Sin más razones que las necesarias”

Y abruptamente, el poeta que camina como un peatón comprende, se cura en salud, se inmuniza contra toda pretensión, algo tiene claro cuando afirma en su “Arte (poética VI)”:

“No tengo ningún círculo.
No pertenezco a ningún grupo.
La posteridad me olvidará
como ha olvidado casi a todos
igual que ha olvidado este lugar común.”

Con todo claro, en el “Posludio (El poeta, a modo de conclusión, pide disculpas)” y ya hermanado con el mundo, firme e íntegro, pide disculpas por ser un burgués, por tener un trabajo estable, casa propia, carro, pide disculpas por haber tenido una buena infancia, una buena familia, una buena vida, en general “Mi vida no representa nada digno de ser contado” por eso,

“Pido disculpas
Entonces
Por pretender a veces
Que mis poemas
No se parezcan a la vida

El descenso está completo, vivir y escribir nunca volverán a ser lo mismo, lo primero es lo que es, lo segundo es el afán, la rebeldía, aunque se sepa el destino, no importa, nuestro Sísifo levanta la vista hacia la cumbre  de la montaña, y retoma su obra, cuesta arriba, digno y dichoso.


Germán Hernández

Aquí puede leer la primera parte: Descender de la torre de marfil (Primera parte) 
Aquí puede leer la segunda parte: 
Descender de la torre de marfil (Segunda parte)
Aquí puede leer la tercera parte: Descenderde la torre de marfil (Tercera parte)