5/2/16

Gustavo Arroyo - Una colina que no es para niños



Con “La colina de los niños”, Germán Hernández nos ofrece un cuentario sólido, en tiempos que creemos flacos para el cuento nacional. Su logro se caracteriza por la habilidad narrativa, la sencillez del lenguaje y la inmediatez de las historias. Aquí tenemos desde amores frustrados por la falta de convicción para luchar por el afecto, pasando por la primera eyaculación de un fulano cualquiera en un ambiente oníricamente febril, para desembocar en piezas casi mínimas, intencionadamente dedicadas a seres queridos, bajo el pretexto de la amistad o, al menos, de la cercanía; afinidades electivas, como alguien más ya lo dijo con toda propiedad.

La frase honesta, llana, sentida, caracteriza la prosa de Hernández, quien bajo esa honestidad logra construcciones hermosas pero terribles, como aquella del agente de ventas que improvisa un affaire al recoger a una muchacha desequilibrada del borde de la carretera:

“Luego me alejé con la esperanza de que me odiaría al despertar”.

Un acierto más lo constituye el hecho de la jerga local, usada con tino y cuidado. ¿A qué me refiero? Pues al simple hecho de que Germán utiliza aquellas palabras que integran nuestro lenguaje cotidiano –ese que hablamos todos los días, al dejar de lado las apariencias– pero sin por ello caer en una apología de la pachucada, ni en un ánimo de ligereza. Es muy estimulante, leer las cuitas de personajes ticos, que hablan como ticos. A manera de ejemplo, el lector podrá referenciarse con el relato “Soledades”:

Gustavo Arroyo
“Pero mae, no se ponga a jetiar ni se quede mirando su dulce mirada ni el brillo sonámbulo de sus ojos bajo la luna, porque no vinimos por ella, vinimos por su carne, vea la jugada y después no se queje, yo le dije que viniera armado porque usté no sabe cómo son los maiceros de aquí, es como quitarles una hija, por eso la vara del taxi no nos funcionó la otra vez…”.

Y en una demostración de su oficio, el autor pasa de este manejo de la jerigonza, a relatos profundos y soberbiamente logrados, como el que cierra el cuentario, en el cual, el juego de corte íntimo y surrealista, nos lleva a un episodio manejado al mejor estilo de un Paul Auster; un cuento cuyo final deja al lector con el ácido de la pregunta en el cielo de la boca; que se termina bruscamente, pero destilando elegancia.

Desde el semen y la orina, a través de libros robados y vacas introducidas en microbuses de servicio escolar, Germán nos “condena para siempre a un lugar terrible, desconocido e incierto” y que, justo por eso, es un buen lugar.


Gustavo Arroyo, enero 2016.


17/1/16

Recuentos Metacríticos

Fotografía de José Díaz y Dominick Proestakis 


Yo, humilde ignorante, sin doctorados, ni galardones, ni  acólitos, tan solo un escritor y crítico diletante; desde mi experiencia (que es lo único que sé y que tengo) y deliberadamente lejos de todo intento o esfuerzo por ser objetivo (dado que dicho don es imposible para el ser humano) pretendo de la manera más honesta posible ( pues todo alcance es siempre limitado y parcial) referirme a seis notas, tres de ellas aparecidas en el suplemento Ancora de La Nación el pasado 20 de diciembre de 2015, y otras tres aparecidas en el blog El laberinto del verdugo del Escritor Jorge Méndez-Limbrick. Todas ellos giran alrededor de la valoración de la producción literaria en novela y en poesía durante este año que pasó.

La primera nota es: Áncora 2015: Arte, corte y construcción de Doriam Díaz quien introduce el suplemento dominical con el encabezado “Recuento del quehacer cultural” y que dice:

“Al filo del año, invitamos a 10 especialistas a confeccionar una revisión y balance de lo que pasó en teatro, danza, literatura, artes visuales, música y cine. Sus textos hilvanan hitos, transformaciones, flaquezas y vacíos.” (aquí y en adelante todos los subrayados son míos).

La segunda y tercera nota son: “Poesía en Costa Rica: Un 2015 conservador” de G.A. Chaves y “Literatura: Narrativa en Costa Rica este 2015: Mil y una historias” de Álvaro Rojas, ambos también del suplemento Ancora.

La cuarta, quinta y sexta nota, son las que aparecen en el Blog El laberinto del Verdugo del escritor Jorge Méndez-Limbrick que son: “Críticos de hoy con bolas de cristal”
de Guillermo Fernández y Jorge Méndez-Limbrick, la quinta es de  Paúl Benavides titulada: ENLATADO CRÍTICO DE NARRATIVA 2015 y la sexta es de Méndez-Limbrick NOVELAS COSTARRICENSES DEL AÑO 2015.

Comencemos con la nota de Fernández y de Méndez-Limbrick, que sentencia al inicio:

Es imprudente y riesgoso pretender erigirse en el censor de la producción de cualquier género literario del país en menos de mil palabras. Pero en Costa Rica suelen darse estas “iniciativas” que podrían adecuarse al folclor con el cual se mira el vasto universo de los sucesos. Se trata de una osadía poco realista. ¿Cómo referirse a tantos libros publicados en tan pocas líneas? ¿Qué clase de don es ese? Es algo que hemos visto en muchos medios periodísticos, blogs y páginas literarias de Facebook. A su vez, el hecho de forjar un rating tomando la opinión de buenos lectores tampoco es sobrio. No creemos que exista un solo lector que haya leído toda la narrativa o poesía y que pueda definir cuál es el mejor libro. En otros años, quizá cuando el folclor era menos visible, un solo hombre, desde una tribuna periodística, definía los mejores libros del año con una autoridad de piedra. Un solo hombre. Inmenso criterio.
El 20 de diciembre del año en curso, Áncora publicó dos comentarios sobre la producción literaria del país: “Narrativa en Costa Rica este 2015: Mil y una historias”, de Álvaro Rojas; y “Poesía en Costa Rica: Un 2015 conservador”, por Gustavo Adolfo Chaves. Ambos son presentados como “especialistas”, además de otros tantos en otros campos artísticos.
La nominación de “especialista” eleva un tribunal infranqueable y nos induce a que seamos, nosotros los lectores no especialistas del suplemento cultural, receptores pasivos y resignados de lo que los conocedores han logrado percibir como los mejores libros, o los peores, o los que no merecen ni siquiera una mención”

Tienen razón los autores de la nota respecto: ¿A quién puede determinar el mejor libro? Afortunadamente ninguno de los dos articulistas mencionados lo hace. Se les reprocha que los llamen “especialistas”, pero, ¿es que no lo son? En todo caso la responsabilidad es totalmente de la presentadora del suplemento, me refiero a Doriam Díaz, es ella quien denomina especialistas a los invitados, no son estos los que se autoproclaman como tales (aunque lo son). Por cierto, ¿de dónde habrán sacado Fernández y Méndez-Limbrick esa florida e hiperbólica definición de “especialista”?

¿De dónde sacaron Fernández y Méndez-Limbrick que los autores de los artículos pretenden “erigirse” “censores” de la producción literaria?, (¿Por qué el malintencionado uso del verbo pronominal?) ¿Qué es lo que censuran? Tan solo hacen un recuento y un balance de la producción del año, exponen aquello que mejor expresa sus afinidades, sus gustos, sus valoraciones, es parte de la crítica literaria donde nunca puede darse por agotada ninguna lectura. ¿Por qué Fernández y Méndez-Limbrick se victimizan y denominan “receptores pasivos y resignados”, acaso no replican (por qué pueden y lo hacen) por otros medios su inconformidad? Eso es un sinsentido. Me parece que Fernández y Méndez-Limbrick sobrevaloran y acusan a un suplemento dominical de un medio de prensa y a los colaboradores que en ellos escriben de algo que no son ni pretenden ser. De verdad hay que ser ingenuo para darle tanta pelota a Ancora y erigirla de censora y tribunal infranqueable como lo hacen Fernández y Méndez-Limbrick.

También es verdad que no puede decirse todo de la producción literaria del año en menos de mil palabras, (¿Cuántas se requieren mis ociosos cuenta palabras?) cosa que tampoco observo que intenten Chaves o Rojas, pero sí que logran ambos abrir con sus textos un portal hacia la discusión, el debate, la polémica, a convergencias y divergencias, lo opuesto sería el silencio, la indiferencia de esos lectores “receptores pasivos y resignados”, pero no hay nada de eso, hay muchas personas interviniendo, refutando, avalando o reflexionando, pero nuevamente no creo que haya nadie tan ingenuo como para creerse que en los artículos mencionados sus autores pretendieran decir con “autoridad de piedra” la última palabra. Eso en crítica literaria no existe.

Es evidente que en el espacio dominical de la Nación tampoco cabe mucho, y menos cuando lo que se quiere destacar son las fotografías que ilustran las secciones (en este caso las fotos de las tijeras de José Díaz y Dominick Proestakis que por cierto me encantaron, son filosas, cortantes, agudas, sugestivas).

Tampoco son tan graves las omisiones, y no porque  “no merecen ni siquiera una mención”, por ejemplo Álvaro Rojas cuyo artículo era sobre narrativa no mencionó nada sobre la narrativa breve, tal vez porque el año pasado apenas se publicaron cuatro nuevos libros de cuentos “El país de las certezas” de Fabián Coto Chaves, "Reparticiones" de Diego van der Laat, "Manual para perderse en la penumbra" de Andrey Sequeira, “La Colina de los niños” del hijo de mi mamá y una antología; incluso, G.A. Chaves que se esfuerza por incluir una lista de 44 poemarios publicados (aparece en la versión digital no en la impresa) omitió "Pleamar de Vejez " de Jorge Marín Guzmán (y quién sabe cuántos más), pero bueno, nadie va hacer pataletas por eso, al menos yo no.

Méndez-Limbrick sí hace pataletas en su otro artículo NOVELAS COSTARRICENSES DEL AÑO 2015 (Refiriéndose al de Álvaro Rojas) donde afirma:

“Además, también observamos el ninguneo como es frecuente en Costa Rica no solo por los comentarios de este señor – que la verdad no poseen juicio de autoridad como crítica literaria – sino lo que es más grave, que ni señala la obra de nuestro colaborador y amigo Guillermo Fernández con su novela “Te busco en las tinieblas” publicada este año por Uruk editores.”

Ojo, véase que lo “más grave” para Méndez-Limbrick en el artículo de Rojas es que éste “ni señala la obra de nuestro colaborador y amigo Guillermo Fernández”. Pero eso no es ninguneo, se me ocurren dos razones para no mencionar la novela de Fernández, una es que quizá Álvaro Rojas no tuvo oportunidad de leerla y no quiso mencionarla sin fundamento, o bien, que sí la leyó y no encontró nada relevante que decir de ella. Ninguneo sería que esa novela de Fernández fuera todo un suceso editorial en ventas, multipremiada y alabada de forma unánime y con todo no se le mencione. (Vamos Méndez-Limbrick, ilumínanos y escribe la gran reseña sobre la novela de tu amigo para que la humanidad comprenda su valor y lo que es la crítica literaria normal y verdadera, no esperes a que otro lo haga).

Continúan Fernández y Méndez-Limbrick:

“Algunos que han suspirado por una crítica literaria en el país, siempre a favor del crítico y en contra de los escritores narcisistas y delicados, pueden sentirse satisfechos. Ahora sí hay quienes definan lo correcto, ahora sí se hieren susceptibilidades y que aguanten los que no merecen consideración de los respetables investigadores.
Sin embargo, nada más lejano que esa presunción. Leyendo sin más compromiso que el exigido por la objetividad, nos topamos con que los comentarios de los críticos están, lamentablemente, poblados de herméticas afirmaciones, si no personalísimos puntos de vista que no soportan una ligera discusión.”

La crítica literaria es sobre textos, no sobre autores. Que hay algunos que se lo toman como un asunto personal y quieren cortarse las venas o contratar un sicario cuando alguien expresa que no le gustó un libro suyo es otro asunto. Tienen razón Fernández y Méndez-Limbrick, nadie suspira por esa crítica literaria que según ellos definen. Eso sí, empleando sus propias palabras, me parece “imprudente”, “riesgoso”, “osado” hablar en nombre de la “objetividad” ¿Cuál? ¿Podrían explicar cuál es ese método suyo, imparcial, infalible, exacto, medible, estadístico, científico, independiente de juicios personales que hacen que sus sentencias sobre los críticos (Chaves y Rojas) sean objetivas?, “¿qué clase de don es ese?” ¿Hablar en nombre de la objetividad no te hace “censor” y “tribunal infranqueable”? ¿No será más bien una “osadía poco realista”?

Pero bueno, todo el preámbulo anterior que hacen Fernández y Méndez-Limbrick no tiene otra intención que la de preparar su ataque hacia Gustavo Adolfo Chaves, se olvidan de Álvaro Rojas (quien ha recibido su indulgencia y magnanimidad “objetiva”) el verdadero propósito es desautorizar al crítico como persona, no su crítica.

Sigamos a Fernández y Méndez-Limbrick y recuerden que, según ellos, todo lo que escriben no son opiniones personales ni juicios de valor, sino sentencias iluminadas por la “objetividad”:

“Gustavo Adolfo en su artículo nos indica que este ha sido un año conservador en poesía. Sin embargo, nunca define para él qué significa que sea “conservador”. ¿Es un término negativo? ¿Cómo debe ser una poesía no conservadora? ¿Una que no se apoye en la tradición? ¿Y cuál es esa tradición? ¿La de los nuevos poetas que ya no son tan nuevos? –algunos de estos también publicaron–.”

En un sentido general, conservador es exactamente eso, algo que se apoya en la tradición, que figurativamente viene a ser: “lo mismo de siempre” y eso es lo que yo interpreto que G. A. Chaves nos dice en su artículo: que la poesía costarricense en 2015, fue como la del 2014, y 2013, y de ahí para atrás… ¿Positivo o negativo, bueno o malo?, eso depende de la perspectiva de cada quien, hay gente para todo.

“ Puede decir, mondo y lirondo, que hay poemas de amor que en él despiertan su “indiferencia” y poemas de sexo que le provocan “castidad”, otros que “incitan a bailar salsa” y otros que son “imitaciones ad infinitum del estilo que ha ganado premios y becas”. Ergo, el año en poesía ha sido conservador. Es decir, de lo anterior se deduce que sea un año conservador. Y con esas apreciaciones. Pero tampoco establecemos por ningún lado cómo logra establecer la deducción.”

Efectivamente, G. A. Chaves es lapidario, a mi modo de entender dice que la poesía en 2015 no es más que un “déjà-vu”, un lugar común, lo mismo de siempre. ¿Cómo no entender las reacciones encendidas de algunos y algunas que se sienten aludidos? Pero innegablemente, eso nos obliga a salir de la confortable autocomplacencia. La poesía costarricense no ha producido nada memorable en décadas, ni un solo poemario que yo quisiera llevarme a una isla desierta. (Incluidos mis amigos poetas). Ya sé que suena grosero, concho, que hiere, que no es diplomático, pero eso no es requisito tampoco.

¿Qué de dónde lo deduce Chaves? Se preguntan Fernández y Méndez-Limbrick, pues muchachos, el señor G.A. Chaves lee, escribe y publica desde hace años, si eso no le basta a él y a cualquiera para formarse un criterio y sacar sus propias conclusiones de algo, entonces no sé qué se necesitará. (¿O se estarán refiriendo al método deductivo de Sherlock Holmes? Por favor, es un artículo de un suplemento dominical no una tesis de doctorado, eso cualquier lector lo tiene claro, no pretendan confundirlo).

“De acuerdo con su amplia lectura de los libros de poesía del año –según parece–, para el crítico que es Gustavo nadie ha roto los moldes. Pero, ¿cuáles moldes, de qué corriente literaria, con respecto a la moral o al estilo? ¿De qué habla? ¿Contra qué paradigma se dirige? No entendemos.”

Yo les explico, y me extraña que siendo tan “literarios” se vuelvan tan “literales” que ya no entienden que “romper moldes” es una imagen en sentido figurado, algo que más o menos significa “romper con lo normal, con la tradición, con lo consensuado…”, y que reitera lo que según yo es el mensaje central del artículo de G.A. Chaves y que resumo así: La poesía costarricense en el 2015 fue el mismo lugar común de siempre. No se trata de moral, ni estilos, ni paradigmas, y menos de corrientes literarias, o modas (a estas alturas hablar de vanguardias o ismos es un anacronismo). Creo que a un texto no se le puede obligar a decir algo que no intenta, ni criticarlo por lo que no es.

“…algo está ocurriendo, el análisis cuidadoso está siendo reemplazado por el aforismo iluminado, por la inspiración del hierofante, algo que les ocurría a los que leían mucho a Nietzsche y terminaban en trabalenguas.”

“… El problema es que no expone, no argumenta ni discute. ¿Cómo se puede discutir con alguien que se expresa con burlas? Es lamentable que no haya sido eficaz teniendo el espacio para serlo.”

¿Por qué le reprochan y exigen a G.A. Chaves en un breve artículo de opinión algo que no es la intención de este, y tampoco el espacio? ¿Cómo va haber espacio para lo que pretenden en algo como Ancora? A ver, ¿dónde están los extensos y doctos estudios sobre literatura costarricense de Fernández y Méndez-Limbrick? (Visite el blog del segundo para qué pueda constatar cuántas entradas dedica a la literatura costarricense).

Si el sentido del humor de G.A. Chaves les resulta chocante, pues no se reían, pero tampoco se lamenten, la burla es hilarante para los espectadores, salvo cuando son objeto de ella. O es que todavía hoy tenemos que repetir los ya lejanos versos de Nicanor Parra:

“Durante medio siglo la poesía fue
el paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
y me instalé con mi montaña rusa.
Suban, si les parece.
Claro que yo no respondo si bajan
echando sangre por boca y narices.”

O aquellos de Pablo Neruda:

“Yo me río,

me sonrío

de los viejos poetas,
….
siempre dicen’ yo’ “
a cada paso
les sucede algo,
es siempre “yo”,
por las calles
sólo ellos andan
o la, dulce que aman,
nadie más,
no pasan pescadores,
ni libreros,
no pasan albañiles,
nadie se cae
de un andamio,
nadie sufre,
nadie ama,
sólo mi pobre hermano,
el poeta,
a él le pasan
todas las cosas”

Ya es hora que bajen de su torre de marfil.

Creo que la intención de G.A. Chaves en su artículo es sencillamente mortificar, provocar, darnos un socollón a todos para que nos dejemos de juicios de valor indulgentes, un bofetón, sí, para los poetas, “para que no nos atrasen”.

Pero Fernández y Méndez-Limbrick son muy solemnes, no les gusta la mofa, (aunque a ratos se pongan “mofosos” también, que no tiene nada de malo y es más divertido) sin embargo:

“Pues la mofa en sí misma no es una forma de convencimiento, sino la señal de una actitud donde prevalece la ostentación, la petulancia o, peor aún, la prepotencia. En una barra de bar uno podría indicar que la fruta es un referente anodino para un poema erótico, pero en un suplemento cultural, la exigencia sería que el crítico rompa el molde de ese escenario y nos lleve por los caminos de su mente diáfana, no de la chota cantinesca.”

Puede ser que Fernandez y Méndez-Limbrick tengan razón, lo malo aquí es que ya no se están refiriendo al texto, se meten hacer crítica de la actitud y personalidad del crítico, lo llaman ostentoso, petulante, prepotente. Insisto, lo que menos me interesa saber de un buen o mal texto es si el autor también lo es, reitero, cuando hacemos crítica literaria nos interesan los textos, no si sus autores van a misa o les gusta el futbol, si son simpáticos o pedantes.

Yo por ejemplo puedo decir muchas cosas sobre la personalidad de Guillermo Fernández, de Jorge Méndez-Limbrick y de G.A Chaves.

De Guillermo puedo decir que es un hombre generoso, me consta su beligerancia de muchos años en la promoción de nuevos poetas. Recuerdo que al inicio de nuestra locura que es todavía la “Convocatoria permanente de narrativa”, él fue de los primeros en colaborar y no con un cuento, sino con una antología de sus textos breves, algo que publicamos con regocijo, y que encantado invito a visitar en: En el zoológico – Guillermo Fernández.  La única oportunidad en que he podido platicar frente a frente con él fue durante la presentación de su novela “Ojos de muertos”, en que casi me trapeó por haberla comprado, y de buenas a primeras me dijo: “yo te la hubiera regalado”, incluso, hasta me pidió que le contactara para asuntos laborales y hasta me recomendó cierto remedio para mi convalecencia de una recaída de salud que recién había pasado, todo en un breve intercambio, algo que recuerdo con aprecio.

De Jorge Méndez-Limbrick, igual, una única vez nos vimos personalmente, de él puedo decir que es un hombre encantador, un maravilloso conversador, vehemente y apasionado; nos dimos una cafeteada inolvidable en los altos de Periféricos de la Gran Vía al lado de otra encantadora persona y valioso artista: Faustino Desinach.

Y de G.A. Chaves, pues un amigo entrañable, cómo no agradecer toda su gentileza en prestarnos tanto tiempo una salita en Libros Dulouz para el taller de narrativa 309, o su agudeza e inestimable lectura de mis textos, de la que tanto he aprendido y tanto ha enriquecido mi trabajo, mi deuda con él es enorme.

En fin, que sobre los autores de los artículos aludidos solo cosas buenas tengo que decir, como cualquier ser humano tendrán sus lunares, pero bueno, en mi caso nada tengo que reprochar; por otro lado, para efectos de lo que venimos escribiendo, y de lo que interesa al lector, esto no es relevante, y nada tiene que ver con que nos hagamos pedazos en disputas literarias y la clase de personas (buenas o malas) que seamos. Eso no se vale para descalificar una crítica.

Aunque para G.A. Chaves, el saldo anual es conservador, no omite decir “con todo, siempre hay recompensas” y a partir de ahí destaca algunas como: Ser un tercero, de Esteban Alonso Ramírez (EUNED), Detener la historia (Espiral) de Alejandra Solórzano, Sentimos una cosa en un momento de Juan Hernández (edición del autor), Ganamos el partido, de Mario Zúñiga (Germinal) El señor Pound, de Juan Carlos Olivas (EUNED). Bartender, de Paola Valverde (Perro Azul), la poesía reunida de Carlos Cortés, de Mauricio Molina y de Alfredo Trejos quien además publicó Crooner (EUNED) y la obra póstuma de Felipe Granados. Diez obras de cuarenta y pico, nada mal diría yo; en esas obras que G.A. Chaves subraya, es que concluye:

“En definitiva, están pasando cosas. Lo que faltó este año es lo que ha faltado siempre", pero ya finalmente se vislumbra.”

Una conclusión con la que podemos coincidir o no, que podemos refutar o ampliar, aunque no logro asociar esto con ninguna “bola de cristal”, creo que lo que G.A. Chaves vislumbra surge precisamente de las obras y autores que menciona. Desafortunadamente, Fernández y Limbrick, prefieren despotricar contra todo juicio de G.A. Chaves, pues evidentemente no les gusta su estilo laudatorio o lo opuesto. Su tarea consiste en desautorizar sin más a G.A. Chaves. Por ejemplo dicen:

“Advierte Gustavo Adolfo, finalmente (porque ya nos salió la crítica de la crítica más larga que esta misma), nos reserva una mención “curiosa” sobre el libro “Crooner” del autor Alfredo Trejos. Su mención es la siguiente: “Trejos no es que sea predecible, es que es confiable. Uno va a él como quien va a la cantina del barrio: por ʻlo de siempreʼ.” Como si no bastaran los juegos de palabras que encontramos ya arbitrarios para definir lo que se publicó en poesía en 2015, ahora nos exige Gustavo que nos imaginemos que se va al libro del poeta como se va a la cantina del barrio a pedir el mismo trago. Una comparación que bien pudo haberse quedado –de nuevo insistimos– en dicha cantina. Pues no todos los chistes de cantina sirven para hacer crítica literaria, salvo que la chistosidad haya logrado ser hoy día otra cosa.”

Ni modo, si no te gusta la chistosidad, no te gusta. A mí lo que no me gustan son los símiles, pero creo que el lector queda advertido respecto de la poesía de Alfredo Trejos en opinión de G.A. Chaves, habrá que comprobarlo o no leyendo a Trejos, pero para llegar ahí, habría que hacer referencia al objeto de la crítica, cosa que Fernández y Méndez-Limbrick no hacen. Dadas así las cosas, me muero por saber de ellos: ¿Qué vislumbran en la poesía costarricense, cuál es su balance en el año que recién pasó, qué destacan, qué tendencias o innovaciones señalan, a qué obras o autores sugieren que pongamos atención, pues hasta ahora, quienes alzan su voz bajo la luz de la objetividad nos lo han quedado debiendo. ¡Muéstrennos cómo es una crítica literaria normal y verdadera escribiendo una!

A manera de coda.

En el mismo blog de Méndez-Limbrick aparece otro artículo firmado por Paúl Benavides en referencia al de Álvaro Rojas, es un artículo cortado con la misma tijera que el de Méndez-Limbrick y Fernández: Hay que desautorizar al crítico. Dice:

“Es importante discutir sus aseveraciones por cuanto intenta presentarse su comentario como un grupo de criterios de autoridad.
Un solo comentador seleccionado por Áncora se enfrenta a todas las novelas publicadas en el 2015, que no fueron pocas, y elige la “mejor”, en tan solo mil doscientas veintidós palabras.”

Esta acusación es tendenciosa, no veo por ninguna parte que esa sea la intención de Álvaro Rojas, la misma fórmula de Fernández y Méndez-Limbrick: afirmar algo sobre alguien y luego acusarle sobre esa afirmación, vaya formulita truculenta.

¿Y qué es esa majadería de contar palabras? (Lo mismo hacen Fernández y Méndez-Limbrick)

Pero Benavides no se detiene en despotricar y desautorizar todo cuando Rojas diga, le pide respuestas que su artículo tampoco pretende responder (ya estoy entendiendo lo de receptor pasivo y resignado, ¿El que espera que le expliquen todo?) Y para muestra un botón, leamos los juicios de Benavides:

Una nota de párrafos que parecen hilados a la fuerza es lo que nos ha parecido este comentario de Álvaro Rojas”

La falta de información de la que hace gala, las generalizaciones burdas sin estadísticas a mano, las reprimendas que lanza contra el mundillo literario y el ambiente pueblerino, y el recuento colegial de las obras seleccionadas, sin más análisis”

“Las notas enlatadas en este caso revelan que el comentario falló en la lectura de las obras publicadas en el 2015. Que no hizo más que un resumen de algunas novelas.”

“Cualquiera puede confirmar aquí un alto grado de dubitación del crítico, de temblor por firmar una nota que no le cuajó y que ha aceptado escribir de manera torpe y despreocupada.”

Álvaro Rojas solo nos confunde y nos extravía en sus deliberaciones. Es tan vacilante que no puede dejar nada claro, salvo que ahora ya él no es el crítico, pues todo lo deja al tiempo.”

Lo que sabemos es que Álvaro Rojas debió haberse abstenido de analizar el panorama narrativo del año (por lo menos en novelas, porque en cuento no hace ninguna alusión), porque obviamente no estaba a la altura de dicha tarea.”

Pero claro, el único confundido y extraviado es Paúl Benavides, igual de Fernández y Méndez-Limbrick se equivocan de función, piensan que van a una defensa de Tesis Doctoral y olvidan que están leyendo un suplemento dominical (bastante venido a menos como Áncora) por eso sus reproches son tan gratuitos y malintencionados.

El primero de Octubre de 2015, Paúl Benavides comentó en el muro de Facebook de Alfonso Chase (en alusión no explícita a mis comentarios en Facebook) donde define más o menos los atestados que según él deben tener los críticos para hacer crítica literaria:

“Uno espera que escriban reseñas o comentarios sobre textos poéticos o novelísticos, críticos literarios especializados - con cinco o ocho años de literatura o de filología.- con publicaciones en revistas especializadas universitarias, dentro y fuera del país, con libros sobre crítica, con ponencias, con referencias de otros autores o especialistas, con investigaciones científicas. Es preciso salir del comentario impresionista, con palabras como "inquietante", "provocador", o "farandulismo", "chimazón" "joyita" etc. Este tipo de expresiones que las hace quien oficia de "crítico literario" no revela más que el nivel que deberá superar la literatura nacional para transitar hacia esfuerzos más serios, sistemáticos, científicos de análisis de los textos literarios.”

En otras palabras: Ante esa arrogante pretensión científica positivista seamos todos “lectores pasivos y resignados”, no se atreva a sentir, ni opinar, la crítica del arte y la literatura es ciencia, usted no tiene los atestados ni para hacerlo en Facebook. “¡Mirala!” dice el poeta Aquileo Echeverría.

Tal parece que dicho criterio es compartido por Méndez-Limbrick quien por su cuenta en su blog despotrica contra Álvaro Rojas pero advirtiéndonos antes que:

“Una mala crítica es aquella que revela un canto o un panegírico a amigos o conocidos y súmele también aquello del ninguneo. Además, de la forma frívola que se desprende del texto debemos de investigar quién es el autor . Lo anterior es importante porque es una forma de delimitar un juicio de autoridad. Si la persona no posee los atestados literarios, ni académicos para realizar afirmaciones tajantes me parece entonces, que sus comentarios debemos de leerlos con cierta reserva.”

¿Acaso estos autores que deploran a todo crítico y le exigen tales credenciales no deberían exhibirlas también? ¿Acaso estos autores que deploran las publicaciones en línea, no las emplean también? ¿Por qué no mejor reconocemos la horizontalidad de la crítica, que todo lector o lectora puede exponer con igual valor y dignidad sus criterios sobre la literatura en general o un texto en particular, para bien o para mal, nos guste o no nos guste, pero eso sí, sin la censura y la condena, sino con el contrargumento o la convergencia?

Pero nada de eso, Méndez-Limbrick, igual que Benavides no hacen nada más que descalificar al crítico, (y hasta sus fuentes) de manera que cualquier cosa que el crítico quiera decir quedará anulada, (otro recurso truculento):

“Un comentario que se inicia señalando las publicaciones en “grandes” editoriales (no por ello buenas o de buen control de calidad literaria) ya denota lo “amateur” y bisoño de quien escribe. ¿Por qué razón de lo anterior? Porque, da por un hecho, como una verdad meridiana que publicar en una “gran” editorial es sinónimo de calidad, algo que está muy lejos de la verdad. Basta ver solo los títulos de algunas “grandes” editoriales como Planeta: basura. E igual su poco profesionalismo se denota en señalar premios de autores para “justificar” la presunta calidad de una obra literaria. Es decir, ya desde un principio se está confundiendo: publicación con editoriales y premios.
De si existe material para hacer estudios por la gran cantidad de obras publicadas es otro comentario poco feliz porque, no todo lo publicable debe de ser aceptado para una buena crítica literaria. Peor aún, señalar al “estilo” de x o z profesor universitario como modelo de crítico denota cierto compadrazgo.
Pero, desde luego que la persona está en su derecho de hacer tales afirmaciones a ultranza. Pero, yo también tengo la obligación de señalar que este señor o autor de referencia fue un profesor de marcada orientación política con una visión de gran sesgo literariamente hablando por lo que no me convence lo dicho por el comentarista de Ancora.
Pero, aún van más allá los temerarios comentarios en Ancora y se señala la “inteligencia” de este profesor universitario. Es evidente que lo amateur no se le puede quitar de la cabeza – a este señor - cada vez que tecleó e hizo la reseña literaria para el suplemento de Ancora.
Mi abuela, tenía un refrán que supongo lo decía de sus mayores, y que yo siempre me recuerdo: el papel aguanta TODO lo que le pongan o le escriban. Hoy sería el papel y la Internet aguantan todo lo que le pongan.
Cualquier persona puede escribir lo que le venga en gana pero, existe un peligro: esa “democratización” nos ha llevado que cualquiera, pero cualquier persona puede escribir lo que le venga en gana con ribetes de autoridad, una autoridad asolapada, una autoridad larvada: en este caso escribir en Ancora un artículo de alguna manera, la persona forma “criterio”.
Una persona que no posee ninguna carrera ni como escritor, ni como académico, ni como crítico es un peligro para la comunidad literaria costarricense. Pero, acá hay que exculpar a la persona de los comentarios porque al final, es el periódico el responsable de contratarlo.”

Méndez-Limbrick resume:

“Un artículo como el anterior publicado en Ancora, es un artículo poco profesional, con un error de sesgo y que es evidente privilegia en comentarios a algunas obras y margina a otras sin explicar el por qué.
Es lamentable que se hagan este tipo de artículos, la verdad que cuando una persona se sienta ante su computadora para “hacer” crítica literaria si va a ningunear a algunos y van a proliferar los calificativos positivos a otros sin justificarlos con seriedad y profundidad mejor que no haga el artículo.”

No tengo nada que comentar, creo que las notas de Méndez-Limbrick hablan por sí solas de sus intenciones y sus dogmas; en palabras de Méndez-Limbrick: “los comentarios de los críticos están, lamentablemente, poblados de herméticas afirmaciones, si no personalísimos puntos de vista que no soportan una ligera discusión.”

Entonces, ¿quiénes son los que se erigen de censores y tribunal infranqueable?

Con todos los recursos disponibles hoy y con todas las facilidades de interactuar mediante las nuevas tecnologías de comunicación las posibilidades de hacer crítica literaria se vuelven infinitas de una manera colectiva y dialógica, eso sin duda es algo transformador, y no hay que temer por sus resultados, todos y todas podemos concurrir en ese desafío. Por lo contrario, qué horror me produce imaginar una crítica literaria sólo para científicos, consensuada y normal.

Prefiero pensar como Tito Monterroso: “en literatura no hay nada escrito”. El territorio de la página en blanco está servido para todos y todas.


Germán Hernández


30/11/15

Guirnaldas (bajo tierra) – Rodolfo Arias Formoso



Leer es un ritual hermoso, edonista y marginal. Leer es tiempo que robo a las horas pico cuando viajo en autobús. Leer es tiempo que robo al sueño en las madrugadas. Leer es siempre tiempo robado. Así leímos  "Guirnaldas (bajo tierra)", (sobre todo en los autobuses), en compañía de mi heterogénea playlist de Google Play, absorto para el mundo encapsulado en la mole colectiva, y así,  esa lectura de "Guirnaldas (bajo tierra)" y luego magnolias me hizo soltar muchas veces una carcajada o una lágrima, para perplejidad de mis compañeros y compañeras de viaje.

"Guirnaldas (bajo tierra)" ha sido una de las lecturas más gratas en mucho tiempo, un culmen y una summa del estilo narrativo y compositivo de Rodolfo Arias y un texto que definitivamente entierra la omnipresencia de aquella primera novela  “El emperador Tertuliano y la Legión de los superlimpios” cuyo campo magnético amenazaba con tragarse todo el mérito y todo el valor del resto su obra (la maldición del primer libro).

Para quienes ya conocen la obra previa del autor, reconocerán en estas “Magnolias (bajo tierra)” su inconfundible voz, su aparente levedad, su inagotable caudal de referencias, su voluntad de aproximarse y hablarnos con familiaridad y que nos hace exclamar en cada uno de sus personajes “yo conozco a ese tipo o a esa tipa”, porque en eso consiste la “trama de la vida” en que todos, por infinitas variables que no podemos controlar ni conocer estamos unidos con todo, y todas las relaciones que se producen nos afectan a todos y todas. Porque además sus personajes son entrañables, capaces de lo peor y lo mejor, Pumilla, Karla, Pitoché, Manuel y todos los tipos y sustratos posibles hasta Eva, donde todo es retorno a la semilla.

Sobre ese territorio conocido, con el ritmo de esa voz familiar, ilarante y conmovedora de Arias Formoso, el lector atravesará no un mundo por descubrir, sino un cosmos por comprender, y  todo ello ha sido posible gracias a un infame mecanismo de cábalas, un mapa sincrónico y diacrónico consistentemente ejecutado que hace converger todos los caminos. En este sentido Sergio Arroyo, es quien mejor ha descifrado esa red en su reseña Líneas y conexiones.

Tanto el tramado, que une capítulo por capítulo, episodio por episodio, como la composición de cada uno ponen en evidencia el dominio técnico y plástico del autor; destaco en especial esa habilidad con el racconto y la analepsis y la belleza parabólica con que está elaborado cada uno.

Rodolfo Arias Formoso
“Guirnaldas (bajo tierra)” junto al “Más violento paraíso” de Alexander Obando y “El enano de la mano larga larga” de Jorge Jiménez, componen lo que para mí constituye el tríptico que derriba el flujo de la novela normal e irrumpen (cada una a su manera y por sus propios medios) como lo más importante de la narrativa costarricense en lo que va del siglo.

No me queda más que agradecer a Arias Formoso, por restablecer y restaurar durante mi lectura, aquella  vieja costumbre de sentir y conmover, y por el exquisito botín literario que le robé al tiempo.


Germán Hernández


23/11/15

El pretexto de la novela negra en Costa Rica



"Yo nunca he dicho que mis novelas sean novelas policiacas, ni novelas góticas, ni novelas negras. [....] YO PIENSO QUE SÍ SON NOVELAS NEGRAS. [....] 2. NO PORQUE DÉ LECHE ES UNA VACA. Hacer un razonamiento como el anterior y comentar que mis novelas son policiacas porque, tienen como protagonista un ex detective y existen asesinatos SIN RESOLVER, es un razonamiento torpe y simplón." Jorge Méndez-Limbrick


Que en la trama de una novela cualquiera aparezca una nave extraterrestre u ocurra en el futuro, no lo convierte en ficción científica, como tampoco en un relato que tenga un detective o un crimen por resolver  lo convierte automáticamente en una novela negra o policíaca.

El coqueteo con la stigmatizada literatura de género (de cualquier género)  en nuestra actual narrativa es hoy un fenómeno de desmitificación y renovación; en hora buena, yo lo celebro, por fin los escritores de verdad se dieron cuenta que la otra literatura, la de género (el que sea) tiene igual valor y dignidad, y a veces más que su aburrida obra seria.

Con todo, considero que falta escuela, tradición literaria en la literatura de género, en especial la policíaca en nuestra literatura (todo es novela agraria y realismo testimonial) pese a que hay  antecedentes aislados, pero no una tradición. Por lo tanto podemos decir que el actual “boom policíaco” es una irrupción, una ruptura, en otras palabras “estamos abriendo trocha”.

En el artículo “La hora negra de la literatura costarricense” aparecido este lunes 23 de noviembre de 2015, me llama la atención la lista de obras y autores destacados en la nota: Verano Rojo de Daniel Quirós, Cruz de olvido de Carlos Cortes, El laberinto del verdugo de Jorge Méndez  Limbrick, Ojos de Muerto de Guillermo Fernández,  El año del laberinto de Tatiana Lobo y En clave de luna de Oscar Nuñez. Desde mi anormal opinión, ninguna de estas obras la ubicaría dentro de la novela negra, salvo la de Quirós; diría más bien que dichas obras y autores  se valen, se aprovechan de los recursos narrativos de la novela negra (como recurso metaliterario), pero su intencionalidad es otra (muchos de estos autores lo han confesado más o menos así, como para no darse el “color” de que son escritores de género (el que sea) y siguen siendo serios. En eso son mucho más consecuentes los autores de ficción científica.

Tampoco es que queremos caer en el purismo. Desde los inicios del género se han escrito “reglas” para enmarcar los requisitos de lo que una novela negra o policiaca “es o no”, son célebres las reglas impuestas  como el decálogo del padre Ronald Knox, inglés, y miembro del  "Detection Club"  (que incluía a Agatha Christie, Dorothy Sayers y Chesterton) o bien las veinte reglas del norteamericano.  S.S. Van Dine; reglas que nadie ha cumplido nunca desde luego. Si fuera así cómo imaginarse entonces autores tan singulares como Manuel Vázquez Montalbán o el difuso John Connolly (que se mueve entre lo más pulp hasta lo más gótico) pero siempre dentro del género, es decir, que lo testimonial, lo histórico, la denuncia, lo social, inclusive lo experimental es sustrato, lateralidad, y lo central siempre es lo policíaco, a la inversa de nuestro incipiente género.

Creo que no se debe ser tan generoso de llamar novela policíaca cualquier obra con un policía o un crimen por resolver, así más bien la onda expansiva sobre el estanque literario será tan grande que se disolverá en la indefinición. Por cierto, en el artículo citado de La Nación: ¿de dónde sacó Uriel Quesada que Castigo Divino de Sergio Ramírez  (novela exquisita y relevante) es la “gran disparadora del género en Centroamérica”?

Personalmente, creo que todavía quedan obras y autores por delante para hablar de una novela negra costarricense con toda propiedad y no como pretexto.

Germán Hernández.




31/10/15

Rodrigo Soto se refiere a "La colina de los niños"



Bajo el acecho de lo inesperado

“Hay otros mundos pero están en éste”, sentenciaba el poeta Paul Eluard. De eso, precisamente, tratan los cuentos de este, el segundo libro de cuentos del narrador costarricense Germán Hernández (San José, 1974). Por la ocurrencia de lo inesperado, la vida ordinaria nos devuelve su carácter misterioso y profundo. Una de las muchas formas legítimas de entender la poesía, es precisamente esa: la revelación de lo insondable que acecha en lo cotidiano y más humilde.

En estos cuentos, personajes perfectamente reconocibles de nuestro entorno social se confrontan con lo inesperado  y, de ese modo, se transportan –y a los lectores con ellos–, a una dimensión de la existencia que, por su intensidad, solo podemos llamar “poética”.  Pero, atención: lo inesperado, en estos cuentos, no tiene relación con lo fantástico, es decir, con otra dimensión que trastoque o subvierta lo que habitualmente consideramos “real”. Lo inesperado ocurre por lo fortuito, aunque también puede incorporar lo onírico. ¿Acaso alguien negará que soñamos, o que los sueños hacen parte de nuestra existencia?

Rodrigo Soto
Es cierto que, como en la mayoría de los libros de relatos, los que aquí reúne el autor tienen características diversas y difícilmente pueden valorarse de la misma forma. Los mejores –los que ponen el listón más alto—son precisamente los que reúnen las características que venimos de reseñar. Otros resultan más bien estudios de personajes, retratos en donde predomina el análisis sociológico (o social), mientras que en algunos más asoma la ironía o la deformación caricaturesca, pero en cualquier caso, prevalece un deslumbrado asombro por la condición humana y sus rarezas. Por último, en otros relatos se impone el afán lúdico, a veces por la apropiación irreverente de referencias, personajes o hechos de la tradición literaria.

Pero en todos los cuentos del volumen se advierte un esmerado cuidado de lo formal, tanto en el dibujo de los personajes, como en el manejo de las estructuras narrativas y, sobre todo, en el trabajo de las palabras, el ritmo y el fraseo. Otro rasgo común a todos los relatos es la deliberada omisión de los nombres  propios de los personajes. Este “anonimato”, sin embargo, dista de restarle singuaridad y precisión al dibujo de los personajes, al que ya hicimos referencia.

Germán Hernández confirma con este volumen que hace parte del nutrido contingente de voces  que, desde hace algunos años, renueva y enriquece la literatura centroamericana de inicios del siglo XXI.

Rodrigo Soto.





  

16/10/15

Santiago Porras se refiere a "La colina de los niños"

 

Cuentos de azares

En los inicios de los noventa fui por primera vez al legendario taller literario que regentaba Francisco “Chico” Zúñiga en la vieja casona del INS. Allí encontré una boyante pléyade de jóvenes que soñaban con ser escritores (a la postre varios lo concretaron). Con uno de ellos hice migas rápido. Cultivaba el cuento y sin él saberlo se convirtió en uno de mis referentes en el grupo. Se notaba que sabía sobre el cuento y las lecturas que me recomendaba fueron fundamentales para encausar mis esfuerzos hacia la narrativa. Sus textos eran interesantes y muy sugerentes. De esos días recuerdo “El afán de los ciclos” con el que percibí que Germán Hernández, de él escribo, tenía un gran potencial como cuentista y hoy con la publicación de su libro: “La colina de los niños” lo confirma.

Aunque ya Germán había publicado el libro de cuentos “Variaciones para una ficción” y la novela “Apología de los parques”, no pareciera aventurado afirmar que en esta nueva obra se le percibe menos contenido que en esas obras, la autocensura que a veces lo limitaba ha sido superada con creces y eso le ha permitido una prosa bien tallada con la que escribe y cuenta historias interesantes.
El cuento que da nombre al libro es de una factura impecable. La minuciosidad de detalles y los giros de las acciones y de los personajes le concede un realismo tan creíble que aquí no cabe la interrupción pasajera de la incredulidad que pedía Coleridge, porque lo narrado tiene todos esos visos que tiene la vida; en este caso la vida de un agente de ventas. El narrador, como es de esperar, se interesa y hasta parece conmovido por las vicisitudes de la protagonista, luego sucede lo que suele suceder cuando uno de los personajes está en condición de vulnerabilidad. El final de relato, previsible para algunos lectores, no desencanta.

En “Los adioses”, la atmósfera confusa con que se desarrolla recuerda un entierro muy conocido en el teatro de esa historia. La conducta del narrador que juega, atinadamente, con el dato escondido de que hablaba Hemingway, urde un final de antología; bueno, el cuento es de antología, por el tema que aborda, por la forma en que se desarrollan las acciones u omisiones y por la manera en que está escrito. Un cuento redondo, mejor dicho, esférico, compacto y que, como en toda esfera, arropa la mayor densidad de datos pertinentes en la superficie menor posible. Hasta una fugaz digresión ideológica contra un periódico está magníficamente inserta. Es el cuento más sugerente del libro.

“De por qué matamos a nuestras mujeres” es el abordaje machista de los asesinatos de las mujeres a manos de sus esposos o parejas. Se decanta, el asesino, por una explicación dominada por la pasión, nunca por el sentimiento de propiedad exacerbada que suele señalárseles a esos homicidas. No se trata siquiera de atenuar la atrocidad del asesinato de las mujeres, lo suyo es una sinrazón absoluta, pero lo que arguye un asesino para explicar lo que hace, es una realidad sin sentido pero realidad al fin que cualquier análisis sobre la violencia doméstica no debe soslayar; no siempre las leyes y la protección a las víctimas están dando el resultado deseado. Texto para reflexionar.

“Los duelos” es un cuento un tanto enigmático. Narrado desde la perspectiva de una mujer lesionada, su visión de mundo y su óptica de vida es extraña, a veces inexplicable si no fuera porque se está ante una persona que es disfuncional para lo que se llama normalidad (una simple convención con base en la estadística). No creo haberlo apreciado en su totalidad, quizá otras lecturas me ayuden, pero también creo que encontrará lectores más perspicaces que yo. 

“La primera vez” relata el descubrimiento de un adolescente de la sexualidad y de manera especial del placer solitario, motivado o incitado por el más antinatural de los objetos sexuales; cada uno se acordará del suyo y aunque no se parezcan al de este personaje en su naturaleza si podrá parecerse en su sinrazón, que podrá acentuar o ridiculizar el recuerdo del sentimiento de culpabilidad que pudo habérsele imbuido en la niñez a algunos lectores. 

Santiago Porras
“Soledades” es el único cuento que no releeré. Me resulta extraño en esta colección. No sucederá lo mismo con “Y viceversa”, retrata de manera elíptica los alcances de la lectura en circunstancias inimaginables. La lectura también, de distintas maneras, puede ser un bálsamo, con la ventaja de que la poción balsámica que tiene un libro se puede compartir sin que se gaste, el libro estará completo para cada necesitado de él. Es un relato cercano a los buenos lectores. 

Luego hay siete cuentos breves de factura notable. Con ellos Germán echa por la tierra los infundios de los que buscan demeritar al micro cuento. Cada uno maneja en su brevedad un universo suficiente como para satisfacer las exigencias del cuento y de su lector. Aunque esa brevedad plantea una limitación importante en el desarrollo de una historia, en este caso, tanto por la elección del tema como por la forma en que se le escribe, esa limitación no se percibe. Desafortunado el título de uno de esos cuentos breves que anticipa, innecesariamente, su final.

En el último cuento “El secreto” Germán Hernández se sumerge (y sumerge al lector) en el mundo de sus lecturas. No podía faltar su autor recurrente y de seguro preferido: Simenon. Este cuento es una manera ingeniosa y nada presumida de mostrar sus filias y fobias literarias.

Santiago Porras


18/9/15

Santiago Gil se refiere a "La colina de los niños"


Un largo y venturoso viaje

No es casual que Germán Hernández haya comenzado su libro de relatos citando a Julio Cortázar. El escritor argentino decía siempre que en la novelas la victoria podía ser por puntos, pero que en los relatos siempre había que ganar por ko. No hay concesión posible cuando alguien quiere contar en pocos renglones lo que podría narrar en miles de páginas. Germán consigue noquearnos en casi todos sus relatos, y lo bueno es que recurre a distintas técnicas, a virajes inesperados, a juegos de palabras y a una constante intención de rozar algunas de nuestras emociones.

Este es un libro que se va leyendo sin que casi seamos conscientes de que andamos persiguiendo las letras del abecedario. Es hipnótico y sorprendente, valiente en algunos de los temas que aborda y al mismo tiempo es un gran tablero que propone todos los juegos literarios que queramos emprender más allá de lo que tenemos delante.

Santiago Gil. Fotografía de Angel Medina.
Me gustan sus principios y me levanto de mi asiento ante sus finales. Si tiene que ser duro es duro y si quiere ser sensual sabe moverse por los márgenes del erotismo, para dejarnos libre todo el camino que conduzca a nuestros propios sueños. Se acerca a los adioses y a las muertes, y en sus ficciones casi todos los personajes quieren escapar hacia alguna parte. Encontrarán humor y soledad, metaliteratura con sugerentes guiños inesperados y unos personajes que saben contarse y que jamás confunden sus voces, como tampoco nos confunde la voz del autor cada vez que aparece para contarlos. Destaco, sobre todo, el buen oído de Germán para llevar al papel las voces de la calle.

La lectura no deja de ser más que un largo viaje. Los invito a que se adentren en La colina de los niños sin más equipaje que las propias ganas de seguir viajando a través de las palabras. El destino es siempre un misterio, un final abierto que jamás acaba. Por eso leemos. Para que la vida sea siempre un poco más larga.

Santiago Gil