17/7/19

Notas VI




Sobre una inmensa estepa desierta, apenas se advierte levantando una estela de polvo que cubre sus huellas, la cámara se va aproximando y se distingue el bólido a toda marcha en dirección a una cordillera nevada y sobre ella un horizonte infinito que sangra celajes bajo un sol crepuscular; la cámara se acerca aún más, y sos vos quien va en la cabina del auto reclinado en sus asientos de piel, con tu diestra controlás el volante, con la barbilla en alto y la vista fija en tu destino, y en tu pierna la mano blanca de una rubia platinada que no despega la mirada de vos. Nada te detiene, ahora tu auto escala las montañas salvajes, atraviesa ríos y llega hasta la cumbre, tu gesto lo dice todo, has vencido; pero no vas a detenerte todavía, la libertad y el poder de ir siempre hacia adelante sobre tu heraldo de plástico y hierro.
Más o menos, así es como nos presentan los fabricantes de autos sus modelos en la publicidad: como una promesa de libertad, de éxito y poder, una promesa que algunos solo pueden soñar, que otros están arañando sin alcanzar, y que vos seguramente creés que alcanzaste, hasta que te detiene la hora pico en las carreteras arterioescleróticas.
Te han arrebatado un derecho, alguien te ha robado el éxito, el poder, la libertad, porque realmente te creíste la promesa de los fabricantes de autos, no podés creer en el engaño, a vos no pueden engañarte y pensás que la culpa es de otro, del gobierno que no gestiona carreteras para tu libertad, de los resentidos que las bloquean protestando contra tu éxito, mirás hacia el frente la horizontalidad espinal de los otros autos, su torpe andar, su estoico avance, y los culpás por no tener la voluntad de ejercer el poder al que no renunciaste todavía, aunque no sintás en tu pierna la araña lasciva que se ha evaporado en el asiento del acompañante, o más bien, nunca estuvo.
Te creíste una mentira, una realidad imaginada, un éxito, un poder, y una libertad que nunca existieron.

Germán Hernández.


19/6/19

Notas V

La muerte de Sócrates. De Jacques-Louis David


Una nación pierde la decencia cuando todos sus miembros creen que la tienen.

Germán Hernández.


12/6/19

Notas IV




Imposible. La idea de “dios” no resiste las categorías de género y número.
Ni uno ni muchos dioses, sino todos, manifestándose con todos los nombres, con todos los rostros, en todas la formas a hombres y mujeres de todas partes, de todos los tiempos.
Ni un dios hembra, ni un dios macho, sino todos los matices y formas en que es posible amar y manifestarse en todos los cuerpos, diverso, infinito.

Germán Hernández


 

3/6/19

Cristian Alfredo Solera – Semblanza

Cristian Alfredo Solera


1

Me lo pienso mucho para comenzar a escribir. La primera línea de algo debería ser impactante, debería atrapar la atención del lector si es que texto y lector se llegan a cruzar. Como no se me ocurre nada impactante, ni nada que llame la atención, entonces divago, a lo mejor en la marcha tropiezo con algo interesante que escribir. Por ahora, solo me queda optar por unos prolegómenos más o menos pedagógicos, apenas para contextualizar, digamos entonces que estoy escribiendo sobre Cristian Alfredo Solera, un educador y poeta costarricense apenas un año menor que yo, así que compañero generacional y coterráneo. Empiezo hablando de él, pero poco a poco me iré apartando del autor para concentrarme en su obra, y luego me iré apartando más y más de su obra, para referirme a mi lectura de ella. Tal véz así se volverá un poco más fluida esta caminata que ha comenzado con estos pasos y zigzagueos torpes.

2

Cristian Alfredo Solera es un poeta, ya lo dijimos, y un educador, eso también. Lo conocí en el 2014, en ocasión de la presentación de su libro Epitafios inútiles, y solo he vuelto a compartir con él una segunda vez en el 2018, nuevamente por uno de sus libros, esta fue por Canciones de amor contra la infamia. En ambas ocasiones me los obsequió. Tengo tres de ellos, los que mencioné y uno más, Criaturas alucinadas y otros poemas que mienten, me reprocho que todo lo que he leído de este autor es por su generoso desprendimiento, salvo Poemas para no leer en tu funeral el único que he comprado, ellos son todo cuanto conozco de su obra, aunque vale decir que esta comenzó hace ya casi veinte años en 1999 con Traficante de auroras, un año después en el 2000 Itinerario nocturno de tu vos y más tarde en el 2004 Tú no sabes nada de la ausencia y al siguiente año 2005 Ceniza, tres años más tarde La piel imaginada 2008, y tres años más tarde Criaturas alucinadas y otros poemas que mienten, luego Poemas para no leer en tu funeral 2013, y al siguiente año Epitafios inútiles 2014, hasta Impostergablemente la lluvia 2016, y finalmente, por el momento, Canciones de amor contra la infamia 2018. Solera tiene obra y, como es obra en proceso, seguro nos esperan muchas más.

3



Empecemos por sus Criaturas alucinadas y otros poemas que mienten. Casi nunca me detengo en los títulos de los libros, y menos si son de poemas. Pero esta vez me gustaría reflexionar sobre ello. Los poemas son criaturas, y son alucinaciones, pero, especialmente: mentiras. De buenas a primeras ese es el salvoconducto del autor para no tener que explicarse y menos justificarse. Estos poemas son alucinaciones y por lo tanto mentiras, es cosa de cada uno creer en ellas o no. Aunque nada es más hermoso que creer en una mentira sabiendo que lo es.

4

Criaturas alucinadas y otros poemas que mienten fue publicado por la Editorial de la UCR en el 2011. La portada es horrible, pero es lo de menos. Incluye una presentación siempre innecesaria del autor y el poemario propiamente dicho dividido en dos partes: Viejos amores y otros fantasmas y Quitarse la máscara.

5

“No es fácil escribir acerca de mis propios poemas, cuando lo que deseo es que me olviden” Dice el autor en la presentación del libro. Extraña declaración del autor, a quién nadie le pidió que hable de sí mismo o de sus poemas, y menos cuando su voluntad es ser olvidado, si es que alguien lo recuerda. ¿Pose? A lo mejor. De todas maneras, hace pública su obra, (¿disonancia cognitiva?).
¿Por qué nos debería importar la obra de un autor que de buenas a primeras reniega de ella? Bueno, al menos para mí, que ya sé que el poeta es un mentiroso, quizá no quiera olvidarlo, que a lo mejor en sus cuitas hay algo que me interpela y me pertenece sin que él lo sospeche, sin importar el apego afectivo o no que tenga por su trabajo.

6

No le contés a nadie que no he sido feliz,
que en este irreversible y terrorífico momento de amor
escribo poemas para zambullirme
una vez más en el recuerdo.
(En ¿Un poema romántico? Pág.3)

Así abre el poeta, parece que se habla así mismo, y se refiere a alguien más, sin reproche y sin despecho, es lo que hace dulce la poesía de Solera, su amargura es íntima y sin odio, resignada; es un bicho acostumbrado a sus derrotas, y sus pequeñas y efímeras victorias, las obvias, un cuerpo que se dejó amar…

En esta hora
en que no recuerdo de vos nada
y todo es una espada
una pupila
una noche criminal e imperfecta
por la victoria que logré acariciar
haciéndome caer entre tus piernas.

En esa hora
- solo en esta –
Yo pude en tus senos
Encender por última vez la luz.
(En 2 de la mañana. Pág. 4)

Nada queda, nada se retiene, el poeta parece admitir que lo único que permanece son los recuerdos de esos instantes que se vuelven eternos y hacen soportable el devenir cotidiano, recuerdos que solo pueden ser petrificados y conservados en el tiempo por sus palabras.

En ella te recuerdo que estoy solo,
que las estrellas se me caen
una a una de borrachas
y que yo, enceguecido por el licor y también por
las horas,
desde aquí te dirijo mis sinceras palabras,
mis estúpidas palabras,
Mis hirientes y tontas,
al fin y al cabo mis palabras…
(En Posdata. Pág. 5)

7

Hacen ruido los símiles, “De caminar como un androide” (Ser o no ser. Pág. 6) que oscurecen en lugar de alumbrar. Se nos pierde el poeta en su noche oscura, hasta llegar al bar, un tópico recurrente:

En este poema
los bares que conozco se hunden
al exponerse la mirada.
(En Fanfarrón. Pág. 21)[1]

Una y otra vez la imposibilidad de alcanzar lo amado, de palabras que no logran desenredar los malentendidos, y pese a todo ello, el poeta no parece renegar, estoico, acepta su desgracia, sin celebraciones, con resignación ante la derrota.

Yo no te di la catedral
Ni un golpe bajo y mucho menos
el anillo imperfecto de los sueños.
Lo mío fue esa parte secreta, insignificante,
que aun no aprendo a reconocer del olvido.
(En Breve conversación absurda. Pág. 22)

Llevás el alma muy alto,
mejor dicho, te la pusieron arriba
muy lejos de mi o del paisaje,
de estas cosas inicuas que nos cobra el placer.
(En Altura. Pág. 26)

Yo me llevé los recuerdos.
ella
nada y lo demás.
(En Partes por igual. Pág. 29)

8

Quitarse la máscara, es decir, mostrarse tal cual. Ese es el título de la segunda parte del poemario, pero a un poeta mentiroso no se lo vamos a creer, aunque nos tienta lo que quiera mostrar. Lo que sea:

Todo lo que hice fue por despropósito
(En “Caín ante los jueces”. Pág. 33)

Y se sabe o se quiso, o incluso, se desea maldito:

En días como hoy no encuentro palabras,
no disfrazo llamadas,
solo salgo a tiempo a recobrar mi escondite:
este bar de dioses iracundos
en el que purgo feliz mi condena.
(En Por haber mentido una vez. Pág. 34)

Y el poeta insiste en sus derrotas:

Aquí estoy,
aceptando que los años se me fueron
por una alcantarilla,
que otra vez he querido morir sin que lo sepa la noche,
que soy un simple ilusionista
forjador de calvarios y condenas,
por decirlo así
descarado culpable de mi errada conciencia.

Estoy en la punta de los acantilados
que no debieron nombrarme.
Bajo el mas crudo invierno y esta fatídica canción:
este rock viejo que me trae todo
el color de una fantástica rockola
que aún canta de memoria
la perversa letra de mi angustia.
(En Not about us. Pág. 38)

Todo es derrota. Sin réplica. El poeta expone sus ausencias y desengaños, así nos lo dice en Miedo, lo ubica en un lugar específico, el país de sus sueños, lo identifica con las mujeres que podrían tener en el fondo algo muy especial: un día de alivio, de algo que las alivie por fin, tan solo ese día, en la ciudad imaginada del poeta. Posiblemente Miedo sea el mejor poema del poemario:

No conozco Buenos Aries, Beirut,
tampoco Nueva York.
No sé qué sucede cuanto menciono
el país de los sueños,
lo arruinado que está.
No sé de estas calles, de estas mujeres que tal vez
puedan tener en el fondo algo muy especial:
una tregua, un día blanco,
sin besos ni palabras,
un sexo a destiempo,
una manera extraña de llamarme enemigo.

Pero mi ciudad es bonita,
Yo diría contagiosa.
A diario la imagino contra mi pecho,
Es decir
Contra mí mismo,

Sin milagros ni poetas.
(Miedo. Pág. 39)

El poeta entristecido se pregunta por el sentido de lo cotidiano:

Ahora me pregunto
para qué lastimarse de pronto
con este ánimo oscuro y dulce,
levantarse con las sandalias mal puestas a
preparara el desayuno
para luego caer y romperse de asombro
y no llevarse prácticamente nada.
(En Dicen los diarios. Pág. 40)

Todo va en caída libre, hasta el patetismo:

No tengo días de victoria.
paulatinamente mi voz, las ciudades y la niebla
y el filo de esta muerte imaginaria.
También un cuchillo y su unicornio,
una casa impronunciable y el recuerdo
de un monstruo -polizonte o pasajero-
que siempre regresa.
(En Cotidiano retrato de la infancia o poema de la triste victoria. Pág. 41)

Por ser un poemario de un poeta triste y resignado a las derrotas, cierra el poemario con otra derrota dentro de la derrota:

“Me miro con ojos de muñeca y reparto el sudor,
dando gritos y saltos desahogo mis penas:
tampoco es buen día para rendirse”
(En Héroe de sombras. Pág. 46)

9

Canciones alucinadas y otros poemas que mienten, es un poemario que narra las confesiones de un perdedor, de un poeta que bebe y sufre sin recriminaciones en una atmósfera de recuerdos que son lo único que puede rescatar, la textura es gris y pesimista.

10



Poemas para no leer en tu funeral apareció publicado en el año 2013 por la Editorial Costa Rica. Dividido en tres secciones: Poemas para no leer en tu funeral, Cartas a un ángel terrible y, Álbum de familia. En un funeral se dedican elegías, ¿será que estos poemas se refieren a otro tipo de muerte, no la física, sino a otras muertes, sobre todo aquellas que eran como puentes, vínculos que una vez derrumbados son imposibles de restaurar? Vamos a nuestra lectura.

Odio ser el muchacho torpe
que ya no existe en tu memoria.
No adivinar qué piensas
y no fluir en tus entrañas sin dejar en tu sangre
este confín de bestias ancestrales.
(En Confesión de parte. Pág. 11)

No hay funeral para un amor roto, para quienes ya ni pueden advertirse, mutuamente muertos el uno para el otro, es lo que parece decirnos este primer poema del libro, situación que se va a ir reiterando, como en el siguiente poema:

Llamé por tu nombre y no respondiste a mi encierro.
Por eso te dejé esperando,
sentada a la vuelta de la esquina
como una cualquiera,
en compañía de mis huesos,
de tu odio y de tu tren
y de aquel desayuno caóticamente irremediable
en el que todo te hizo falta
(En Mujer que se aleja. Pág. 13)

No solo es el amor el que se ha muerto, con él se ha muerto también la constitución de esas cosas que no pueden erigirse en la soledad

El hogar. El hogar abrió la puerta y se fue.
Y con él este cobarde ladrón del desaliento
que ronda sigiloso por ahí,
escondiendo bajo el brazo
las mismas ingeniosas y macabras soledades,
a punto de escapar.
(En Abismo. Pág. 14)

Y pese a que la poesía de Solera está marcada por el pesimismo y la derrota estoica, de repente encontramos briznas de esperanza

Estoy feliz, te lo juro,
aun cuando acudo a ti muy frágilmente
con este desconsuelo de las horas injustas,
con este derecho a no rendirme
atribulado por tu desprecio y tu agonía.
(…)
Me vengo creyendo desde hace mucho
que las heridas sí se cierran.
que los puertos crecen con la tormenta
y que tu voz devora los relojes
que cada cuanto nos definen.
Que tienes los paseos diminutos,
los hijos sorprendidos,
las promesas monstruosas que no podremos
cada instante cumplir.

Eres el principio y el final
de esta historia legendaria.
El poema que me sucede y que me pasa,
Que da vida este amor escogido por mí,
Abanderado por mí,
Temerario y transhumante.
(En Estrategia. Págs. 15 y 16)

Con lo leído, ya nos hemos hecho una idea general de la poesía de Solera, es la poesía del “yo”, esa que hacía sonreír a Neruda en su poema “El hombre invisible”, poesía siempre confesional, circunstancial e intimista, agujero negro que se lo traga todo y no deja nada. Gesto que se reitera una y otra vez.

No tengo excusas,
de pronto desperté y soy esta herida que te roza,
el último celaje, la paupérrima célula,
la sangrienta inequidad de mis recuerdos
que no tienen sentido:
soy esta rara emoción de cantarte en mis sueños
perdido y olvidado.
(En No way out. Pág. 18)


Algo que fue tan mío me dice adiós.
Una espada asesina y tu nombre,
escritos como siempre
en la llaga interminable de un poema.
(En Impostergablemente la lluvia. Pág. 19)


Cómo he luchado
años y años contra esta ciudad
de transparencia y murmullo interminables,
y ya no me queda un paisaje, una caricia,
un simpático niño reincidente y extraviado
aproximándose a tus pies
antes de aproximarse al regreso
(En Lunes. Pág. 26)


Hay un poema que nos llama la atención por su título, Adán ante los jueces, en el anterior poemario encontramos un poema que se titula Caín ante los jueces, y en su siguiente poemario Epitafios inútiles encontramos otro poema con casi igual título Respuesta de Adán ante los jueces aunque no se trata del mismo poema. En el que nos ocupa ahora se reiteran siempre las derrotas, la imposibilidad de redención. ¿A qué responden estas evocaciones a los hombres primigenios del Antiguo Testamento?

Tiene en su mirada violenta
Un tierno vacío en el que a veces me hundo
Como un mercenario.
Esta frustración de no aceptar ni entender
que ya otra vez,
con o sin ella,
el cielo perdí para siempre.
(En Adán ante los jueces. Pág. 22)

11

Me pierden las imágenes encriptadas, quién sabe en qué rincón de la consciencia del poeta irrumpen de repente y, me desconciertan, no me dicen nada:

Algo que ahora te llevas fue tan mío.
No solo la duda,
el rifle,
la ausencia,
también una a una
la extravagante imperfección de los tejados
contenidos para siempre
en el revés de mi garganta.
(En Impostergablemente la lluvia. Pág. 19)
 
12

A pesar de estos herrumbrosos poemas de fatiga amatoria, ruptura y despecho, destaca el poema Este adiós que no termina bellamente logrado, y claro, eje de la obstinada perseverancia del poeta que insiste en sus tópicos. Un poema que sintetiza bien el espíritu de la primera sección del poemario.

No sé si puedes oírme,
si todavía crees que mis palabras
te engañan y te lastiman
descendiendo neutras y vacías desde tu vientre
como un débil artificio.

No sé si llevo los parientes,
sin saber de su extravío,
los gatos que colapsan en mitad de otra esquina
y que nunca duermen si yo vengo y los nombro
con la injusta lentitud de tus ojos.

¿Quién entonces despertará a este niño
con su cicatriz a cuestas?[2]
¿Quién limpiará la casa que nunca habitamos
y que algunas veces se oye cuando pasó?
Dime, cuántos besos en la mejilla
serán testigos de mi espantoso asombro,
o cómo haré para no esconderme eternamente
sin que deba decirlo
porque fuiste la amiga que intentó salvarme
de la misma tragedia
cuando cierta vez escapé
del amor escalofriante y de sus dones.

No. No sé si me escuchas,
Si de alguna manera cuento contigo
en perfecta exactitud.
O si del todo no te agrada
la música de este poema que hoy también
te conjuro
como un simple fanatismo, Olga,
¿acaso no puedes sentirlo?
Una indignante pero hermosa casualidad.
(Este adiós que no termina. Págs. 23-24)

13

Si en la primera sección del poemario predomina la interpelación a la amada, en la segunda sección Cartas a un ángel terrible la interpelación es ahora al hijo, con la misma tonalidad gris que caracteriza al poeta, aquí la amargura se toma con pequeñas cucharadas de miel y de auto recriminación.

Hoy me dijiste que habías llorado todo el día
como un niño loco,
que entre una y otra excusa
quedaron impunes tus abrazos,
tus elefantes de cristal que transitan hacia al alba
y que tantas veces ignoré.
(…)
Hoy me hiciste creer
que la medida exacta del universo
se registra en la palma de tu mano,
en el ángulo inservible de un espejo.
Que en medio de tu desilusión
también respetas la palabra
de este padre amedrentado (quizá inmerecido)
que a pesar de su terror, su whisky y su silencio,
sabes que te ama y pertenece.
(En La medida exacta del universo. Págs. 33 y 34)


Ya no tendremos nunca
Una tercera o cuarta parte de la noche
Para venir a despedirnos.
Eres el niño que se divierte a mis espaldas
A pesar de que fui un tonto.,
Un generoso pero imbécil ignorante
En medio de esta refrescante,
Acordonada algarabía,
Que hoy apaga paulatinamente nuestras voces.
(En Mascaradas. Págs. 35 y 36)


Pienso en ti cuando jugamos a la nostalgia,
esperando ya ves
una señal en la mirada de los otros
que comienzan a jugar como tontos
a la lucha libre y al sudor.
Pienso en ti en esta casa tan grande y tan vacía
en la que quepo apenas.
Te pienso con la sensual naturaleza de mi sangre
que atrapas en tus labios.
(En Travesuras. Pág. 37)


Quiero explicarte por qué miento.
Miento porque voy donde están los amigos,
pero completamente sobrio
aunque no me lo creas.
Soy el titiritero que regresa de la infancia,
- para qué repetirlo si tú ya lo sabes -.
El idiota que anticipadamente lleva, hijo,
más que roto y sin remedio
Su evidente y anunciado fracaso.
(En Malos hábitos. Págs. 38 y 39)


He tenido que decirle que no hay
hormiguitas de papel caminando en mis arterias.
Por los vasos y mesas me ha preguntado
y yo le hablo con mi corazón de ciego,
le he dicho que no hay un bar,
un semáforo, una esquina,
un lugar o una lámpara pequeña,
una ventana que se desarme en la tormenta
para cumplir con mi castigo.
(En Preguntas necias. Pág. 40)


Juguetes, dónde están los juguetes,
tu caballito prehistórico
con derecho al vuelo,
en dónde los planetas con Ulises y Teseos,
en dónde el guerrero mentiroso que finsigó mutilaciones
en medio de la jerga del mundo.
En dónde ese país remoto de la ausencia
en el que una vez más,
sin pensarlo y sin saberlo,
escuchamos tanto olor irremplazable
que a los dos nos permanece de la infancia.
(En El jardín de los dragones. Págs. 41-42)

Casi todos los poemas de esta sección del poemario son tan homogéneos entre sí, que podrían obviarse los títulos y simplemente leerse como uno solo, aunque vale la pena distinguir uno de ellos que destaca particularmente, se trata de Big Party:

Nos quedan tres días
para que podamos imaginarnos juntos
y comprendas que por ti,
por ti todo o he cantado
en esta mañana esplendorosa.

Tres días para jugar a las espadas de sangre,
a los fantasmas y encierros,
a los peregrinos violentos que perfuman el miedo
con un beso exagerado y primitivo.

Tres días para condenarte a la ceguera.
a este perdón irremediable
que te juro y te prometo.
(Big Party. Pág. 43)

Por más que la segunda sección se llame Cartas a un ángel terrible, la composición no guarda ninguna semejanza con el formato epistolar, aceptemos que se trata de poemas como cartas, y que parecen no ser respondidas nunca hasta que llegamos por fin al poema Carta de un padre que ha vencido, donde tenemos un atisbo de réplica, eso sí, siempre unívoco desde la voz del poeta:

Por el color de este poema
te juro que no reclamo ni te condeno
y que no te acuso de cada estación de tren
donde nunca jugaste conmigo
a la tumba y cumpleaños.
(En Carta de un padre que ha vencido. Pág. 44)

Y casi como respondiendo, poemas más adelante, encontramos en el poema Instrucciones para ahuyentar a los ángeles:

Hijo,
que no te sea insuficiente apretar mi mano
o quedarte durmiendo a un costado
D
de lentas manecillas del reloj.
Desde hoy las horas vuelan
y ya pronto se habrán ido los trenes
que poco o nada tenían que decir.
(En Instrucciones para ahuyentar a los ángeles. Pág. 47)

Y casi serrando esta sección del poemario, irrumpe la imagen de la madre, una referencia que no queda ajena a cierto desdén y reproche, como si el poeta al abrazar al hijo quisiera reparar una separación real y forzada.

En este poema lo repito,
siempre me alegré por tu madre
que regresaba de los huesos,
aún si no tuvo la urgencia, la irreparable urgencia,
de reencontrarse con tu cruz para siempre,
de comer de tu costado
y de permanecer en ti como un tormento
que de todas formas te lastima y te delata.
(En Instantánea. Pág. 50)


Los dos devoramos las ventanas,

los buses,
los horarios.
Rompemos las paredes porque a tu madre
yo la declaro en desacato
por tantas veces que quiso salirse con la suya.

Que tan solos nos hemos ido quedando,
y que solitaria es esta muerte
que hoy se atropella en nuestros ojos.
Estas pocas monedas que conservo
para salir otra vez
a prepararte con los huevos de Dios
el amanecer y el desayuno
(En Confesión al llegar el día. Pág. 52)

14

En esta sección, como en toda la poesía de Solera, no faltan (sí y llegan a sobrar) las referencias al bar, al licor, tan repetitivas siempre.

Tantas derrotas que sin saberlo
El licor esta noche me improvisa.
(En Fugacidad. Pág. 49)[3]

15

Cierra este poemario con la breve sección Álbum de Familia compuesto por cuatro poemas, que más que un recorrido por el apego y los vínculos y remembranzas de parientes se concentra y se dirige a uno solo de ellos: la madre, en sus transfiguraciones, primer amor y animal para el sacrificio, son poemas sentidos y dolorosos de un tiempo que no está absolutamente perdido ni recuperado y donde sobresale con una contundencia y belleza contenida el poema final Umbral.

Hoy regreso a esta casa.
Esta casa que al final de las manos me dejaste.
Esta casa que es un suplicio,
Una promesa solemne
Antes de que intente caminar.

A ella regreso arrepentido,
Cargando a mis espaldas
Esta ternura desigual e incontenible,
Este mentón extravagante y rutinario.

Regreso al amor que te llevaste,
A la deslumbrante perversidad que tienen tus ojos.

Regreso triunfante a esta casa.
Esta casa y este olvido
Del que pocas veces se regresa.
(En Umbral. Pág. 61)

16

 


Epitafios inútiles, es el tercer poemario al que nos vamos a referir. Publicado por la Editorial de la UCR, esta vez en 2014. Viene con un prólogo del poeta Cristian Marcelo y se divide en dos secciones Epitafios la primera y Caer la segunda. Qué paradójico es un epitafio, se dedican, se dirigen a los muertos que no los escuchan, pero los leen los vivos.
Este poemario abre demoledoramente con Oración de la mañana, algo así como esas palabras para comenzar el día, pero no se le dicen a un dios, o sí, al patriarca, a esa figura inseminadora y de autoridad irrefutable, a la que se interpela sin concesiones, y se le reprocha esa presencia más allá de la muerte, figura dolorosa, un poema de factura impecable y avasallador.

Hoy no puedo contemplar los ojos de mi padre.
me duele su extraña impureza,
su maldita imprudencia,
su aliento corrupto y su mirada cobarde,
su instinto asesino
con deseos de vencerme.
Sería mejor si faltara,
sino viniera a sentarse a esta mesa,
sino doblegara mis entrañas
son un poco de ternura
y un cálido olvido,
devoto desde siempre
de lo incorrecto y necesario.
Sería mejor, lo sé,
atravesar en lujoso tren el purgatorio,
tomar de nuevo vacaciones siniestras
para no volver a este desquicio,
no temerle a esa oscuridad que me ofrecen
todas sus carencias mayores:
darle un buenas noches hipócrita a mi madre
que hoy no vuelve a casa,
que hoy visita otras praderas
y que hoy me quiere desbordar
con la imagen de este hermano que me inquieta
y que me sangra.
Sería mejor no reconocerlo en el espejo
con este semblante que agoniza
ni dejarlo acariciar
por última vez a mi hijo
con la violencia de las sombras.
Mejor no acabar este poema
por el que deberías mensualmente
pagarme tributo,
después de todo papá
aún llevas tu ataúd a cuestas,
tu suerte de hombre dormido,
taciturno y condenado.
(Oración de la mañana. Pág. 3-4)

Y no hemos acabado de reponernos de este poderoso poema cuando leemos “Hastío” otro logro. La vos del poeta por fin reniega. ¿Estamos ante el fracaso de la madre y el padre como instituciones?, Hemos construido templos alrededor de la paternidad y la maternidad que de repente se hacen pedazos contra el muro de la realidad, ¿tendremos que reconstruir estas instituciones o abandonarlas?
Independientemente que se traten de madre o padre como sujetos concretos, venidos de una experiencia particular, no dejan de interpelar y golpearnos, ya sea en el lugar de hijo o hija, ya sea en el lugar de padre o de madre, incluso ambos.

Esta noche reniego de mis labios
Porque ya se fueron todos mis fantasmas
Y estoy obligado
A odiarte como nunca.

Reniego por los rosarios que me obligaste cada noche,
por los zapatos apretadamente heridos
que solo a ti me llevan,
por esa madre que todavía observo
clavada en tus ojos
mientras sus pies recorren temidos cementerios
estancados en el alma.
Al mismo tiempo, lo sabes,
reniego porque tu olor ya no está
en todas mis cosas
y entonces no puedo cobrarle la ausencia
ni amarrarte a mis huesos
con el valor de la nada.

Reniego
por esta larga culpa que me oprime,
trivialidades como el amor
y otras
quizá más pequeñas.
(Hastío. Pág. 5)

La herida y el resentimiento continúan, estos poemas duelen mucho, En “Oración por el padre que no regresa, vuelve a obligarnos el poeta a una catarsis, a un mirar hacia atrás.

Estos poemas son los que me hacen pensar en cuanto hijo, y en cuanto a padre, hoy lidiamos con desafíos mayores, con las viejas reglas de los patriarcas del antiguo testamento que ya no nos sirven de nada, aquellas en que los hijos que denuncian a sus padres reciben la maldición de estos.

Jamás podría perdonarlo,
Si en este instante me siento perdido
Como un niño que no encuentra
una manera de herirlo con palabras.
(En Oración por el padre que nunca regresa. Pág. 9)

Los siguientes poemas se volverán tan circunstanciales y seguramente diáfanos para el autor, pero densos, tanto que para mí lector se vuelven difíciles de comprender, en medio de una espesa neblina de imágenes, parecen entreverse las interpelaciones a la madre, a la muerte, quizás a las expectativas insatisfechas de los progenitores:

Tantas culpas me caben hoy en la cabeza
por no atreverme a soñar.
Ya me aprieta esta desidia del alcohol,
esta furia ponzoñosa que quizá me dictamina,
esta venganza siempre dulce
en la piel del enemigo.
(En Carta póstuma a mi madre. Pág. 11)

….

Mi visión del paraíso es
Lo que sangra en mis rodillas,
otra vez los empedernidos
y furiosos ojos de mi madre
que sube las escaleras para venir a reclamarme
todos los cementerios que ahora la nombran,
y que creo
también la hacen falta.
(En Travesuras. Pág. 13)


Mi madre nunca supo
que habías venido desde antes,
que ya traías una señal
de luna herida entre los ojos.

No estaba segura,
Pero siempre me preguntaba
Por qué la noche es como un niño
Que llora desconsolado cada uno de sus huesos.
(En Réquiem final. Pág. 15)

Detengámonos un momento en este fragmento inicial de “Réquiem final”, en los primeros cuatro versos se hace una referencia a una tercera persona, ¿el padre?, y en los siguientes nos surge una duda, ¿quién pregunta, el que narra, la madre? Eso tendrá implicaciones según como se interprete, quién sabe si esta redacción tan ambigua es intencional o no, pero hace más que difícil la lectura de estos versos. Cuando nos referíamos con anterioridad a lo circunstancial de estos poemas, queremos decir que estos apelan a situaciones, recuerdos, sentimientos que solo el poeta conoce, ¿por qué la noche es como un niño que llora? Los textos se van blindando de imágenes impenetrables, por donde a veces se cuelan pequeñas fogatas de sentido. Aquí me siento más próximo a los poemas de Canciones alucinadas, grises, pesimistas, evocando el vacío y la derrota, el hastío por lo cotidiano, la muerte, el alcohol[4], esa soledad casi voluntaria para sufrir “a gusto”.

Quiero decirlo todo,
pero en este poema que llevo conmigo
la muerte me acecha,
(En Ebriedad. Pág. 25)

….

Hoy tal vez sobreviva
si es que no salgo de casa,
si doy media vuelta
y por Dios que no intento adivinar
el hambre ciega y fulminante
que me acecha a esta hora.
(En Fin de semana. Pág. 27)


Van cerrando esta primera sección dos poemas enigmáticos, el primero por su título: “14 de julio” ¿La toma de la Bastilla o una fecha muy personal para el autor? Y “Libros” con una dedicatoria que es un pequeño poema: “Para aquellas que hablan de mí, que me hieren, que me habitan” ¿Las palabras? Leamos unos fragmentos, que mantienen como los anteriores ese permanente estado de ánimo gris y derrotado.

Fueron las calles de algún barrio
que se desangra en la tormenta,
las señales que te envié en algún momento
y que no me permitieron
levantar mi bandera,
quizá las derrotas que inventé para adorarte,
los hermanos ilustres que perpetro en la lluvia
y este dolor asesino que a veces
se me hace innecesario,
porque va subido en la montaña rusa
gritando a más no poder
esta soledad del amante que llora
              -que llora inmensamente-
el final de su tragedia.
(En 14 de julio. Pág. 29)


En esta soledad conservo
Todos los libros que olvidé,
(…)
En ellos sigo construyendo
los bares de mala muerte que me han quedado
en la parte de atrás de la mirada,
(…)
Son libros que jamás escribí
y que están estancados en la orilla
de una biblioteca solitaria y vacía
donde a solas quizá me reprimo
-pequeño dios de lo inefable y lo posible-
sin ocultarlo jamás.
(En Libros. Págs. 31-32)

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La segunda sección, Caer, aunque dentro de las evocaciones, con la misma tonalidad resignada y estoica, sus poemas interpelan directamente a alguien:

De pronto yo,
de rodillas y al amparo del miedo,
Llorando como un niño en el umbral de tu puerta,
proclamándome Dios,
como tiene que ser.
(En Que suenen los tambores. Pág. 35)

Y más directamente, como Lillith, la misteriosa primera mujer de la que habla el Talmud, o más bien transfiguración y diálogo interior del poeta ante un espejo:

Pero no. Solo soy el que padece
de todas tus miserias,
las marcas de este dios arrepentido
que también cabalga solitario
al otro lado del espejo.
(En Lillith. Pág. 37)

Es notable esa redondez y esa insistencia a la infancia y la voluntad deificada en el poeta al mismo tiempo que admite la imposibilidad, y la soledad como destino:

En este poema
leerte lo que tanto anhelo es lo correcto,
decirte un homenaje
hasta salir de mis zapatos,
Acompañarte es la señal de un paraíso
al que no estoy acostumbrado.
Soy el niño de migajas y de juegos
al que tu le arruinas las palabras,
el hombre que se arriesga y apuesta
en otra ronda de la suerte
la mitad de sus heridas.
Pero no más canciones ceremoniales
ni multitudes que sangren
a través del rocío,
no más callejones que no debo explicarte.
hoy me retiro para siempre
para que puedas cantar.
(Hermosa fotografía. Págs., 39-40)

Y luego una pequeña joya, Aquel beso poema redondo y encantador, que sabe a búsqueda y revancha, a comienzo de semana y entusiasmo contenido, vale destacarlo:

Amanezco con los zapatos atorados
Después de tanto vuelo.
Me cambio de ropa y de piel,
de camisa y de noche y d incendio
para finalmente arrebatarte
este lenguaje cotidiano a la agonía.
Es domingo,
un domingo para salir a la calle
y olvidarme de esta ciudad
en su enjambre de luces desorientadas y tristes.
Para mirarme alocadamente guerrillero
y después de todo eso
salir a vengarme del enemigo
en cada una de sus puertas.
Un domingo para descubrir también
ese parque prohibido
que muy,
muy en el fondo de la noche,
nadie todavía te perdona.
(Aquel beso. Pág., 41)

Con todo, sentimos que a estas alturas el poemario está a la deriva de una corriente oscura que se ha quedado estancada en sus propios escombros. Parece que el autor está escribiendo siempre el mismo poema una y otra vez, el poema de su soledad, de su resignación, de su contemplación entre sombras, ausencias y su triste figura. El poema homónimo de la segunda sección no es más que una reiteración de lo que nos viene desgranando anteriormente y así hasta el final del poemario.

Qué difícil
aceptar todas las consecuencias
Que arrastra el olvido.
negarme por un segundo a la plenitud de tus ojos,
a la música vencida y quizá estrafalaria
que nos hará descubrir
que hoy no pretendo tinieblas.
(En Caer. Pág. 43)


Cartas que había escrito,
pensando en la forma que tuviste de mirarme
a través de los ojos
de una cerradura indecisa.
Las he enviado
con esa tranquilidad que tiene un condenado
cuando la vida apenas comienza.
Deberás leerlas
con esa disposición que tienes de convocarme a la ausencia
Y reclamármelo todo.
Son cartas. Malditas cartas sin destinatario
que como tú,
Yo sé.
No llegarán nunca.
(En Cartas. Pág. 45)


Podías quererme, aunque fui solamente
el niño que perdió su entusiasmo
en esta calle repetida
donde alguna vez te reclamé
mi escarnio de los días ya vencidos,
ese malentendido doloroso
de besarte muchas veces
con esta demoníaca epifanía de la noche
que hoy me devuelve inexplicablemente
hacia la nada,
peor que un pobre diablo
abandonado a su suerte en la orilla del mundo,
sin coartada y sin tregua.
(En Llegar tarde a casa. Pág. 47)


Me queda la duda de no saber
Exactamente lo que fuimos,
Aunque yo conozco bien mi soledad,
Este mor que algún día, sin pensarlo,
Me dejarás custodiando
Con paciencia de artesano entre las sombras.
(En Recuentos. Págs. 49-50)

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El poemario que nos ocupa ahora es Canciones de amor contra la infamia, bajo el sello Bohemia ediciones, último trabajo impreso (por ahora) de Solera en el 2018, el cual viene acompañado de una presentación suscrita por Guillermo Fernández, en la cual reafirma esos tópicos que ya hemos recorrido en los poemarios anteriores y que son marca de autor y hasta cierto punto distintivos y diferenciadores de su obra, dice: “Su poesía es desolada y con pocos portillos hacia un solar, incluso la desolación misma es e clima  de todo su universo poético”. Dividido en tres secciones “Sé que soy humo”, “Hoteles de paso” y “Manual de las causas perdidas”. Vamos a los textos.

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En la primera sección Sé que soy humo, título que da a entender la levedad de un sujeto que se disipa hasta desaparecer. Ciertamente son poemas apretados entre sí y torrenciales de imágenes una tras otra, en que se todo es áspero y gris, más que narrarnos o conducirnos, crea una atmósfera anímica de fatalidad y resignación. No sé si inadvertida o conscientemente, el autor quiso hacer como en el título uno de los poemas: un Autorretrato infame, ante todo son poemas en que el poeta se interpela así mismo, yo soy, repite insistentemente, en lo que es o no es, en la auto recriminación y en la derrota.

Soy el paria, el inútil,
el padre que elegiste cuando no me conocías.
El asesino d tus ojos
cuando llegaron los bailes y las bestias.

Un condenado que se sienta a olvidar
las cosas que de vos todavía recuerdo.
(En La canción de los bailes y las bestias. Pág. 14

 

Fui el padre amenazante.
El payaso espantapájaros.
El soldado con espada en la mano,
(En Hoja de vuelo. Pág. 16)


Vengo a jurarte que soy infeliz.
(En Mala praxis. Pág. 19)


A estas alturas de la vida no soy nada,
solo este maniquí insoportable que sonríe solo.
Solo estas ganas de extender los brazos
y dejarme ir
para ver cómo me revuelcan,
ya sin vos,
los aires más tristes y espeluznantes de la noche.
(En Saltar al vacío. Pág. 22)

En los poemas finales de esta primera sección se hace más patente la interpelación, por demás ambigua del poeta al padre, y desde el padre hacia el poeta, se transmutan.

Mi padre, víctima insistente de sí mismo.
Inquisidor de estrellas verdes y rabiosas.
Un tipo que no pronuncia mi nombre roto.
Que, en fin, como yo, ya no podría salvarse.
(En Caer. Pág. 28)


No quiero tus recuerdos,
dijo el poeta en silencio.
Te lo pide este Cristo que te observa de reojo.
Este cadáver que viene,
sin pasado ni memoria,
a reclamar tu corazón.
(En Habitar el país de las bestias. Pág. 31-32)
 
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En la segunda sección, Hoteles de paso, queda resonando la levedad de lo pasajero e inercial de lo que no llegó ni amor de una noche, pequeñas reminiscencias de mujeres que no se pudo retener ni amar. Incluso, hasta pequeños destellos del autor por desprenderse un poco de la comodidad con la que suele componer sus poemas, tal es el caso de “Pirotecnia” y “Retrato erótico de una mujer a quien no amé”.

Ya no te amo.

Ya no te miraré a los ojos,
esperando aquí, entre misterio y pesadumbre,
la destrucción que nos deja un huracán estupendo.

Ya no pensaré más que en quererte,
en apartarme de tu cintura
para reclamarte escupitajos y celajes,
lo que se gritan cuando muerden los poetas
y no reconocen nada de nosotros mismos.

En esta ciudad bulliciosa
no habrá otros naufragios,
sueños,
mundos,
lapiceros esquivos.

Esta noche mi vida se partirá en rodajas,
y por cuarta o quinta vez
será lo mismo de siempre.

Una celebración en mitad de la nada
un la que no aprendo nunca a cantar.
(Pirotecnia. Pág. 40)


Más allá de todo
lo que te queda es olvidar
esta oscura habitación
que nos ignora, que nos contamina,
que nos vuelve espíritus retorcidos
en un jardín cerrado.

Afrontar que el semen
es algo así como un pequeño dios
sempiterno, orgulloso y clandestino.

Que se debe tener cuidado con él.
Porque fluye.
Golpea.
Saca su martillo y su hacha.

Porque hace figuras larguísimas
en tu garganta
cada vez que resbala hacia ella
en medio de las sombras.
(Retrato erótico de una mujer a quien no amé. Pág. 43)


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En este poemario, como en todos los anteriores a los que me referido, estarán las insistentes imágenes al niño: “en los ojos mutilados de un niño” (En Espíritus. Pág. 25), “un niño que cantaba sin cuerdas vocales” (En Variaciones sobre una apuesta de cantina. Pág. 30) y también las imágenes alcohólicas: “A corroborar que los monstruos se esconden entre vestíbulos, entre bares, y escritorios que semejan paraísos (En Mala praxis. Pág. 19), “Conoció de borracheras” (En Caer. Pág. 29), “Pero estaba cansado de defraudarme, de consolarme a mí mismo, de que unos tragos de whisky no me deformaran el alma.” (En Variaciones sobre una apuesta de cantina. Pág. 30), “La cerveza era droga que mordía y que sangraba.” (En Retratos en el parque. Pág. 35), “Te lo confieso en esta cantina” (En Conjeturas y espejismos. Pág. 45). Para citar algunas.

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En la tercera parte del poemario, Manual de las causas perdidas que no es manual, sino más bien un conjunto de poemas sueltos que los une el persistente y conocido estado de ánimo del poeta, la derrota, el gris, el gris, ¡el gris! Declina, nada dice que no leyéramos en anteriores poemas, ahí está la infancia, la ciudad, la cantina, y todos esos persistentes elementos, reiterados, tratados desde esa cerrada subjetividad que solo el autor sabrá, y que en general pocas veces platica o interpela al lector, tan introspectiva es la poesía de Solera que ignoramos si alguna vez el lector fue tomado en cuenta.
No encontramos el desgarramiento existencial, al contrario, nuestro poeta no se revela, se emborracha estoicamente con su derrota, suya solamente, no la comparte con nadie más.
Como un músico solista de jazz que sobre un tema, apenas un riff de unos cuantos acordes, el poeta ha venido haciendo variaciones y variaciones, a tal grado que olvidó a su audiencia, la banda que toca a su lado, las luces que lo enfocan, tan obstinado está en lo suyo.
Grato sería, un giro, no en cuanto al fondo, sino al tratamiento de sus gastados materiales, lo que nos ofrezca en el futuro el poeta será: o más de lo mismo, o un desafío.

Germán Hernández.



Notas:

[1] Es insistente el autor en este sentido: “A veces voy de botella en botella” (Criaturas alucinadas. Pág. 44), “Regreso del silencio con esta cerveza que me ofrece levitar en la calzada.” (Fastidio. Pág. 45) “Entro al bar y saludo entre ruidos extraños y artefactos que huelen y saben a eterna descomposición” (Héroe de sombras. Pág. 46)
[2] Es reiterativo en la poesía de Solera, y especialmente en este poemario la referencia a un niño, niño de sí mismo a veces, niño proyectado y trascendido de sí, o simple reminiscencia: “colgando de manera muy estúpida en tu pecho todavía como un niño” (En Confesión de parte. Pág. 12), “Aquí estoy contemplando como un niño el polvo insolente de las cosas” (En Canción en tres partes para aliviar la espera. Pág. 20), “¿Quién entonces despertará a este niño con su cicatriz a cuestas?” (En Este adiós que no termina. Pág. 23), “un simpático niño reincidente y extraviado aproximándose a tus pies” (Lunes. Pág. 26).
[3] Las imágenes alcohólicas aparecen también en los poemas Preguntas necias, La medida exacta del universo, y si nos referimos a la primera sección del poemario encontramos varias más: “Odio no tenerte rencor, no mirarte fijamente cuando tiemblas o te embriagas en exceso” (En Confesión de parte. Págs. 11-12), “Esa vez me quedé como un ton a expensas de la música y el vino”, (En Hotel Canadá. Pág. 25), “Pero ya no importa esta certeza de del alcohol que te convierte en incendiaria” (En Las cosas simples. Pág. 27).
[4] Ciertamente en este poemario vuelven a reiterarse las imágenes alcohólicas, “No era suficiente un trago de whisky” (Cadáver. Pág. 17), “A esta hora tantas cervezas a medias, tantas sonrisas falsas aún quedan en mi” (Playground. Pág. 19), “Solo entiendo que Dios ya no sobra ni me alcanza en esta casa y este sueño donde siempre, por beber y fumar a menudo voy siguiendo, ya ves, los mismos inalcanzables pasos.” (Noticias de casa. Pág. 22) Es un tópico constante en la poesía de Solera, y que refuerza una sensación de soledad y aislamiento.