27/3/15

Ricardo Marín - El miedo es un director de orquesta








Recién presentado este segundo poemario de Ricardo Marín, durante la pasada feria del libro 2014 bajo el sello de Ediciones Espiral, constataos su vena poética terrestre, lúdica y callejera, son poemas de calle, de peatón, de largas distancias recorridas en la vida, se le siente ese aroma a autenticidad, y el autor comparte con todas y todos los lectores esta breve selección de poemas de su libro, para que también se impregne y se anime a ir con todas por el poemario completo.

Germán Hernández


Lamento por Flor Vega

Lo último que escuché de vos
Flor Vega
fue sobre tu hígado del tamaño de una uña
de la vez en el hospital arrancándote las mangueras
y la morfina
en dosis más altas que el café

nadie entendió
para vos
las fechas siempre fueron de cuidados intensivos

¿fue necesario tanto exceso Flor?
¿fue necesario incendiar tu casa aquella madrugada?
¿ser la plana de los periódicos?

a punta de altas dosis de clonazepán
te soltaron un día la camisa de fuerza
y de alguna manera te tambaleabas por el barrio

nadie te dio una cerveza o un rosario
lo tuyo era a solas
porque el alcohol de fricciones no se comparte
porque el olor del pegamento
era superior a la caridad de las fisgonas
vendrán otras generaciones Flor Vega
vendrán otras generaciones con el pan bajo el brazo
ninguna de tu árbol genealógico

el útero se te convirtió en un silencio de crack
y nadie te defendió de las pedradas

estoy sentado en la banquita del parque donde
[solías asolearte
a ratos se acercan las palomas que te gustaba alimentar
con el estruendo de los carros
se alejan y se esconden en los pinos

a pesar de tu ausencia nadie las nota
nadie recuerda con aplauso tu voz de trompeta
ni la sonrisa que nos dabas
aunque te faltaran los dientes.


El Catalunia

Visto desde el bar Copas
es la última facultad
donde los universitarios se gradúan

abrazados bajo un paraguas roto
se ayudan a contar monedas
las pequeñas para el bus de regreso
las grandes para ser un solo hilo de carne

tras esos vidrios polarizados
aúllan por igual trotskas y futuras docentes del país
estudiantos de danza se arrancan la virginidad
y estudiantas de derecho el piercing
como si la sangre fuera un delito
o el último tango en San Pedro

las lenguas una encima de la otra
el fin del mundo se paraliza
en el intento de un orgasmo
y es en el jacuzzi donde sobresale
el mejor promedio

el sexo nunca es gratis
habrá que comparar precios
y estar atentos a que no vengan en la factura
las pulgas del colchón

bajo esta lluvia que limpia el año
como una lágrima en la axila de un muerto
los universitarios lo saben

por eso disfrutan de cada espasmo
aunque la crisis y el desempleo
tengan la última palabra.


Happy End

Recordá
al niño asmático de botines ortopédicos
sus pulmones y rodillas donde anotar en el basket
o correr tras el autobús fueron su ruina

recordá
la tendencia a despertar siempre en una mala hora
y  no tener a mano el Gravol
algún libro de Onetti
siquiera los ácaros que dejan las mujeres
cuando en verdad se marchan

recordá
el aviso del desahucio
como si un Testigo de Jehová
pasara la resurrección debajo de la puerta

recordá
el autogol de pesimismo
la fobia al sudoku y al dengue
el infarto que viene
la derrota como un bocadillo delicatessen

que no se te olvide
el hombre asmático de botines ortopédicos
que aspira llegar a los 40.


la culpa es de Mao Tse- Tung

                                    “hace mucho debí
                                      darme cuenta
                                      que tengo prohibido tanto
                                      la cocina oriental
                                      como dos días felices consecutivos”

                                                                                AlfredoTrejos


Nos gustaba la comida china para llevar
a ella un poco menos que a mi
ella comía con palillos robados del King-Jo
y aprovechaba la vajilla heredada de su madre
a mí me gustaba comer frente a ella
con la bandejita plástica y la cuchara sopera

comíamos en silencio
entre Paul Auster
Cavafis
y libros de colorear
con los que mi ahijada se entretiene
otras veces
entre periódicos careados por polillas
o sobre la foto de alguna asesina en serie
que bien podría ser la madre del vecino

los jueves generalmente
pedíamos chop suey en salsa
y dos huevos de tortuga
los domingos
wan tan relleno de camarón

el resto de la cena
lo refrigerábamos para 
el día siguiente
siempre y cuando
el pescado con bambú
oliera bien

meses atrás
ella se marchó en pijama
y arrancó el carro
como quién dice:
“no es por vos ni por la comida
pero las cosas  están declinando”

días después
los chinos se llevaron
el restaurante a la capital
y solo a mí me dolió

ahora
frente a casa
donde antes se escuchaba el wok
como el rugido de un tigre
pusieron una venta de pollo asado
y los pollos sudan arriba de las brasas
como clientes fracasados de un gimnasio
desde mi ventana los miro
hasta marearme

he bajado de peso
he puesto boca abajo los porta retratos
y con los palillos del King- Jo
que ella en su prisa
dejó olvidados
intento atrapar la soledad
como si fuera esa mosca
que se mece en la cortina.


Galindo el mesero

Nunca dije que era un oficio fácil
entre poner gagos de limón con cloro en los orinales
explicar lo mejor del menú
y el orden de las cuentas se me va la noche

atiendo mujeres que piden cervezas micheladas
aunque sus amantes las golpeen
a mujeres que piden tequila después de la oficina
y abandonan sus tacones y las buenas costumbres
a jugadores de dardos que visten como Julio Iglesias
y beben al mejor estilo de Chavela Vargas

ninguna compañera me toma en serio
y solo mis consejos se llevan después de la jornada
como si la experiencia fuera mi mejor servicio

mis días de camisa abierta y tango no volverán
la risa de Milagros no volverá  
los clientes de la mesa cuatro tampoco
envejecí sin poseer una canción
o una foto de familia que me explique 
mi bigote es la herencia del alquitrán
y  de las malas propinas

por eso hazte karateca o bombero
siempre habrá pendejos que patear
o prótesis dentales bajo las llamas
si vas a servir un trago procura hacerlo gratis
como el anfitrión que estrena felpudo en el portal de su casa
y sobre todo evitá las morenas que a primera entrada
te dicen que escuchan a Piazzola y esconden la milonga
entre sus piernas 

no sigan mi ejemplo

hice de mi vida un bandoneón que nadie toca
y cada vez que surge el viejo verde que me habita
lo afina un amor que no existe.


los poetas (se) aburren
                                                   a  F.G

La última vez que enrolamos
Bily Idol y Bob Dylan
tenían muy mala acústica

quise llorar
cuando te hablé de la abuela de Gomez Jattin
pero me contuve al escucharte
que Henry Miller la pasó peor
esperando un plato de sopa
en la habitación más indecente
de Villa Borghese

y con la tranquilidad de los huérfanos
tomamos la cerveza de los demás
como si voláramos cometas
en el patio de un orfanato

para entonces
la tarde era una anciana ovulando
en una pupila dilatada

recitaste de memoria el poema
que nunca sirvió para acostarse
con las universitarias 
mucho menos de himno 
para el club de yonkis que tanto anhelaste
y por  el mismo hipo de aquellos versos
nos ahogaron la cara a golpes
aquellos compañeros de facultad
que le robaban la cocaína a sus padres

te recuerdo hincado
buscando el libro de  Antunes entre el confeti
mientras mis nudillos mancillaban
las piedras del asfalto

no hay mucho por decir
salvo que tus Converse All Star
cuelgan ahora de un mercurio
y brillan casi igual que tus poemas

de mi parte
no he vuelto escuchar a Dylan ni a Idol
porque de nada sirve la poesía
si no te puedo traer de vuelta
sobre el filo de una tocola.



Ricardo Marín (Coronado, San José, Costa Rica, 1977). Varios de sus poemas han sido publicados en varias revistas y periódicos nacionales e internacionales como en la revista Malacrianza del Semanario Universidad y la revista electrónica Ping Pong. Fue incluido en la antología Lunadas Poéticas (Editorial Andrómeda 2006). Fue miembro del taller literario de la Casa Cultural del Instituto Tecnológico de Costa Rica. Su primer poemario, Para no pensar, fue publicado por la Editorial Arboleda en el 2008.
 

13/3/15

Cristian Alfredo Solera - Epitafios inútiles




El poeta Cristian Alfredo Solera presentó su último poemario Epitafios inútiles, con la Editorial de la Universidad de Costa Rica acompañado de un prólogo del también poeta Cristian Marcelo. Estos poemas por íntimos no dejan de interpelar al lector en la hondura emocional y afectiva de su memoria, y quizá ahí residan sus mayores aciertos, pero para muestra un botón, y el autor comparte esta breve selección para que se anime a enfrentar el libro completo

Germán Hernández  

Oración de la mañana



Hoy no puedo contemplar los ojos de mi padre.
Me duele su extraña impureza,
su maldita imprudencia,
su aliento corrupto y su mirada cobarde,
su instinto asesino
con deseos de vencerme.
Sería mejor si faltara,
si no viniera a sentarse a esta mesa,
si no doblegara mis entrañas
con un poco de ternura
y un cálido olvido,
devoto desde siempre
de lo incorrecto y necesario.
Sería mejor, lo sé,
atravesar en lujoso tren el purgatorio,
tomar de nuevo vacaciones siniestras
para no volver a este desquicio,
no temerle a esa oscuridad que me ofrecen
todas sus carencias mayores;
darle un buenas noches hipócrita a mi madre
que hoy no vuelve a casa,
que hoy visita otras praderas
y que hoy me quiere desbordar
con la imagen de este hermano que me inquieta
y que me sangra.
Sería mejor no reconocerlo en el espejo
con este semblante que agoniza
ni dejarlo acariciar
por última vez a mi hijo
con la violencia de las sombras. 
Mejor no acabar este poema
por el que deberías mensualmente
pagarme tributo,
después de todo papá
aún llevas tu ataúd a cuestas,
tu suerte de hombre dormido,
taciturno y condenado.





Oración por el padre que nunca regresa



Jamás podría perdonarlo,
si en este instante me siento perdido
como un niño que no encuentra
una manera de herirlo con palabras.
Fui su hijo equivocado
entre las cosas que somos,
entre odios vencidos que se paseaban por la casa,
entre discos de Serrat y la Duquesa
y un par de tazas de horrible café
que jamás corresponde.
Aún así, miles de templos construí
con la palma de sus manos,
espejos para quinientas ceremonias
donde negaba mi sonrisa,
hogares lanzados de un golpe al vacío
y en los que todo cambia.
Ahora estoy seguro de eso,
en algún momento llegará a consolarme,
a tomarse veinticinco tragos de tequila
en esta cantina enardecida,
nebulosa y transitoria,
a decirme que no encuentra la manera
de entender cómo es que un puño de su ira
amenaza con besarme
cuando su mirada consternada
intenta llevarse mi encefálica inocencia.
Pero no. No me iré de vuelta,
quiero que lo sepa,
aquí me quedaré esperando
a un lado de este parque y de mi sombra,
el mismo autobús de colores
donde su muerte a veces viaja.





Carta póstuma a mi madre



Tantas culpas me caben hoy en la cabeza
por no atreverme a soñar.
Ya me aprieta esta desidia del alcohol,
esta furia ponzoñosa que quizá me dictamina,
esta venganza siempre dulce
en la piel del enemigo.
Por eso regreso a los retratos de Dios
y comienzo a murmurar con los brazos incorrectos
esta calamidad contagiosa
de soñar con mujeres dormidas
que desangran mis caderas.
Estas culpas,
contenidas en mi fe como una llaga.
Entretanto yo, en compañía de mis huesos,
de mi odio y de mi tren
y de aquel desayuno caóticamente irremediable
en el que todo te hizo falta.
En compañía del gato que aún no reconoce
su derrota y su consigna,
y de esta vaga memoria
que rebusca en todos mis recuerdos
una respuesta absurda,
una mujer simple y amorosa
que, víctima insistente de su propia destrucción,
quizá por esta vez
sí se levante entre los muertos
y sea como lo espero:
la golfa aventurera
que me bese y que me salve.





Travesuras



Para este momento quizá ya no te importe
cada poema concebido,
cada medalla recibida,
cada galaxia conquistada por mí hermosamente
con este puñado de pólvora
que traigo entre las manos.
Para este momento
los celos de mi madre me habrán condenado
a sucumbir por la casa,
a dejar mi ponzoña
como una herida que se cumple
delante del vacío,
a envolver mis palabras siniestras
antes de que estalle en sus pupilas,
antes de hundirme frente al mar.
Las horas regresarán para que todo cambie
y yo empiece por odiar
esta rara obstinación de ser otro,
estos cadáveres de mujeres que me llaman
en el punto final de este poema.
Mi visión del paraíso es
lo que sangra en mis rodillas,
otra vez los ojos empedernidos
y furiosos de mi madre
que sube las escaleras para venir a reclamarme
todos los cementerios que ahora le nombran,
y que creo
también le hacen falta.





Cadáver



Hoy pensé en suicidarme,
era tarde de lluvia
y no tenía más que castigarme con palabras
no sin antes declararme un alegato,
un nuevo guiño ante la niebla.
Creí que te había olvidado para siempre
después de tus besos,
después de tus manos,
después de esta cruz que voy cargando a cuestas
como un idiota
por lugares y reinos sin sentido.
No era suficiente un trago de whisky
ni el humo de un café ni un cigarrillo
para tener la frente en alto.
Tampoco una escalinata muy antigua
para subir hasta esa luna
de pronto reventada en las ranuras de mi cuello.
Había para entonces
un torbellino de sal en mi cabeza
dando vueltas como un trompo
en todas direcciones.
Y es que en algunos lugares
no quisieron recordarme adherido a la nostalgia,
asimilar que mis penas mayores
se salían de mis párpados
con el ceño fruncido y esta pútrida verdad.
Pensé seriamente en suicidarme,
pero no pude, y lo siento,
corrí ciegamente hacia el invierno
con ganas de decirte algo:
una culpa desde entonces,
una moneda entre mis labios
para salir victorioso de este patíbulo,
de esta noche ligera y tranquila
en la que habito impertinente
la mitad de otro sueño.





Noticias de casa



Ya no me quedaré dormido,
consintiendo que vuelvas una vez más
para de nuevo perderte.
No buscaré, lo prometo,
los mismos abejones en las heridas de tu madre,
es tanta mi impureza
que aún vuelo desorientado
con toda la vergüenza del olvido
y pidiéndole perdón entre las sombras.



Te traeré la canción que escribí para vencerte,
los jardines del tedio donde repasas tu esperanza,
los retratos de ella
si es que te atreves a mirarlos.
Tienes tanto dolor
que aún no has delegado tu ternura,
tu fatídico delirio,
solo volteas la página
en la que encuentras otro necio que te habla
de tu causa perdida,
de tu ingenua juventud.
No me quedaré dormido
cada vez que escriba un pecado capital
en cada uno de mis poemas.
Solo entiendo que Dios ya no sobra ni me alcanza
en esta casa y este sueño
donde siempre, por beber y fumar a menudo
voy siguiendo, ya ves,
los mismos inalcanzables pasos.





Cristian Alfredo Solera, 1975 ( San José, Costa Rica ). Profesor de literatura. Representante de Costa Rica en el XIX festival de poesía del Caribe, celebrado en Santiago de Cuba en el año 1999 y participante del Congreso Mundial de Poesía celebrado también en la ciudad de Santiago de Cuba en al año 2000. Miembro activo de la Asociación de Autores de Obras Literarias, Científicas y Artísticas de Costa Rica y directivo de esta misma asociación entre los años 1999 y 2001. Ha publicado Traficante de auroras, 1999, Fundación Intercultural de comunicación; Itinerario nocturno de tu voz, 2000, Editorial Líneas grises; Tú no sabes nada de la ausencia, 2004, Láser de Centroamérica.  Ceniza, 2005, Láser de Centroamérica; La piel imaginada, 2008, Editorial Costa Rica; Criaturas alucinadas y otros poemas que mienten, 2011, Editorial de la Universidad de Costa Rica,  Impostergablemente la lluvia, 2011, (Poemario ganador del primer lugar en el  Certamen Lisímaco Chavarría, del Centro Cultural José Figueres Ferrer, San Ramón de Alajuela); Poemas para no leer en tu funeral, 2013, Editorial Costa Rica; Epitafios inútiles, 2014, Editorial de la Universidad de Costa Rica.