23/10/17

En la oscurana – Rodrigo Soto



Impresa y editada por Ediciones Lanzallamas en el 2012. En la oscurana de Rodrigo Soto supone la sexta novela del autor hasta ese momento y una interesante y parcial incursión en el género negro, o como prefiero llamarlo: en la ficción criminal. Digo parcial, pues se trata de una novela de autor que recurre a las formas y recursos del género; esto no es nuevo, y en el caso de la narrativa costarricense autores como Guillermo Fernández, Warren Ulloa, Jorge Méndez Limbrick, Daniel Quirós entre otros, han recurrido a la ficción criminal como andamiaje para obras que, reitero: son en última instancia obras de autor y no de género. Todavía no se ha escrito novela negra en Costa Rica.

Se impone en esta novela el peso y la voz de un veterano narrador, su estilo naturalista para los detalles y entornos de sus personajes casi hiperrealista queda patente en el caso de la protagonista Sylvia Morán, de ella lo sabremos todo hasta sus últimos detalles, desde lo que hace al levantarse en la mañana hasta acostarse en la noche, incluso lo que sueña (el ya relamido recurso onírico), su ropa interior, sus recuerdos, su presente y su pasado, sus gustos, su visión de mundo y estilo de vida pequeño burgués, no, no estamos leyendo una novela policiaca, estamos leyendo la novela sobre Sylvia Morán.

Se imponen también en esta novela la crítica social y la poco novedosa sanción de la “excepcionalidad costarricense” al derribar los íconos de una Costa Rica idealizada:

“De unos años para acá Sylvia vive con una sensación permanente de vértigo y fragilidad. Tras el asesinato a manos de sicarios de varios colegas y el destape de fabulosos escándalos de corrupción que involucraron a los caciques de los viejos partidos políticos, era imposible sostener el cuento de la Suiza centroamericana, el país de la eterna primavera y la paz perpetua. Era como si poco a poco salieran de un espejismo, rompieran la ilusión compartida, placentera y adormecedora en la que habían vivido.” (págs. 42-43)

Esa intención desmitificadora viene siendo una constante en nuestra narrativa, pero lo es igual en todas las narrativas de cualquier país. Por eso también la protagonista confronta el modelo desarrollo económico basado en los servicios turísticos:

“Lo que no muestran los anuarios, protesta Sylvia perspicaz, en silencioso diálogo con Tomás López y con Daniel Forester, es que las provincias con mayor inversión y desarrollo turístico continúan siendo las más relegadas y pobres del país. El espejismo se concentra en la franja costera que en algo más de dos décadas pasó casi por completo a manos de extranjeros. Ellos son ya los dueños de todo. Los ricos y poderosos del país compraron a los propietarios locales a precios de ocasión y luego revendieron a los extranjeros por sumas millonarias. Era público que algunos políticos involucrados en los escándalos de corrupción participaron del festín, pero eso no era delito. Sylvia había conocido a campesinos y pequeños propietarios que, en su desesperación, intentaban lanzarse a la corriente: vendían parte de sus fincas para emprender pequeños desarrollos turísticos, pero lo hacían sin criterio ni asesoría y fracasaban casi siempre. A nadie en el Ministerio de Turismo se la había ocurrido ayudar a esa gente, todos sus empeños se concentraban en atraer inversiones extranjeras. Se renunció por anticipado al desarrollo de base local. Era la miopía absoluta, peor aún, una traición. Era evidente que la clase política no imagina otro horizonte para los campesinos y la gente del campo que convertirlos en jardineros, botones y mucamas.” (págs. 213-214).

Pese a todo, para la protagonista sigue existiendo la ventaja de entrar y salir cuando quiera de la Costa Rica mítica en donde vive, o de la otra Costa Rica que descubre con horror.

Hay dos momentos interesantes que ayudan a contrastar, como si esos políticos corruptos e inversionistas supieran aprovechar el embrutecimiento de la población, uno es al comienzo de la novela con las festividades de independencia (aquí el autor se da la licencia de poner el desfile de faroles el 15 de setiembre y no el 14 como es usual) y el otro hacia el cierre, con la clasificación de la selección nacional de futbol a un mundial.

Pero esta novela tampoco es sobre el desarrollo turístico o la corrupción de los políticos, es sobre Sylvia Morán y su vida íntima y cotidiana quien de paso investiga el extraño caso de un grupo cesionista en Guanacaste que deviene en grupo terrorista auspiciado no por el anhelo de independencia del pueblo guanacasteco sino por… (claro que no lo voy a decir) dicha investigación debe ser interrumpida para indagar sobre el sector turístico, y el impacto que el desafortunado crimen de una turista holandesa a manos de unos muchachos tiene en esta actividad. Todo esto llevará a la protagonista a tejer una maraña de suposiciones que implicarán al papá de su jefe, a su jefe, al nieto del papá del jefe, terroristas pedófilos y más, y digo suposiciones pues no tenemos más remedio que confiar en lo que Sylvia Morán cree saber, dado que nunca en la novela nos consta nada de ello. La trama criminal se debilita, Sylvia parece tropezar siempre con las pistas y los sospechosos como si Costa Rica fuera tan pequeña como una habitación, lo cual es muy conveniente para el desarrollo de la trama aunque sea poco veraz, especialmente la entrevista entre Sylvia y una psicóloga que atendió a Miguel (uno de los sospechosos del homicidio de la holandesa), esta antes de comenzar le advierte a Sylvia que “hay cosas que no podré decirle por razones de ética profesional” (pág. 93) y luego le chorrea que el sospechoso fue prostituido durante su infancia por su propia madre; si le contó eso, quién sabe qué será lo que la ética le habrá impedido contar.

Rodrigo Soto

Con todo, hay dos momentos en la novela que me parecen destacables por su intensidad y escarnio de los personajes, uno de ellos es la primera entrevista entre Sylvia y Miguel (sospechoso del homicidio de la holandesa) el otro es cuando tachan el carro de Sylvia en Cañas. Pero en general es una novela que por no ajustarse al corsé formal que exige el género de la ficción criminal y por esmerarse en el examen exhaustivo de la personalidad y cotidianidad de la protagonista lo primero queda fuera de foco. Eso, una novela desenfocada.


Germán Hernández.


11/10/17

Bernardo Montes de Oca - La Reina Vishpla




Primicia, una muestra de lo que podrán leer en el cuentario La Reina Vishpla de Bernardo Montes de Oca, un grato debut literario.


La sobreviviente del el Cuá

Nuestra madre nos pidió que nos subiéramos al automóvil a eso de las siete de la mañana. Todos subimos despacio, como con pereza. No queríamos ir, aunque nos insistiera:
– ¡Apúrese, apúrese!
Cuando está nerviosa no le gusta manejar. Entonces me puso al volante. Yo hubiera querido desayunar en una cocina ordenada, pero todo estaba sucio. Así había sido la última semana. No sé mis hermanos, pero a mí me daba miedo entrar a la cocina. No quería encontrarme nada, o a nadie. Era la excusa perfecta, aunque los platos se apilaran y comenzaran a visitarlos las moscas más gordas, esas que zumban con fuerza al volar. Ya nuestra madre estaba tomando medidas al respecto, pero no era tan fácil.
Doña Julia me hubiera regañado, del mismo modo en que yo la regañé por aquel caminado extraño que había adoptado últimamente. El pie izquierdo le pesaba cada vez más. De vez en cuando, sin darse cuenta, hacía muecas de dolor. Cada día duraba un poco más haciendo sus labores, pero no nos dijo nada.
Como luego me di cuenta, ya al final le confesó a nuestra madre que estaba yendo a la consulta en la clínica y que hacía tiempo no se estaba sintiendo bien. Hay gente que pasa toda su vida sin sentirse bien.
Íbamos de camino. Nuestra madre hablaba por teléfono, pues quería organizar una cena con los familiares que supuestamente era para dentro de un mes. Un mes. Creo que se fijaba en el futuro para no atender lo que teníamos que enfrentar. Yo hacía lo mismo. Una parte mía quería que un cuarto de hora después del mediodía el almuerzo estuviera listo, no por la comida, sino por verificar que todo estuviera en orden.
No quería ser yo el que manejara, lo acepto. Hubiera querido sentarme en el asiento de atrás para escribir aquellas historias que me había contado. No quería que se me escapara ninguna. Aunque doña Julia siempre las comenzaba de la misma manera, conforme fui investigando me di cuenta de que existían entre ellas ciertas diferencias.
De acuerdo con el diario de uno de los oficiales de la Guardia Nacional, eran pasadas las tres de una soleada tarde de marzo –aunque doña Julia siempre afirmó que ya había caído la noche, tal vez para justificarse– cuando varias decenas de guardias nacionales atacaron Jinotega en el mismo momento en que casi todos los sandinistas realizaban operativos muy lejos del pueblo.
Cuando los guardias irrumpieron desgarrando el silencio con el martilleo de los fusiles de asalto, Julia reaccionó rápidamente y metió a su familia en el cuarto más grande. Tapó la entrada con sillas, hizo caso omiso de los alaridos desesperados de su madre, y esperó el ataque. Sólo tenía la determinación inmadura de una adolescente y en la mano un cuchillo de treinta centímetros de longitud con el que cortaba los plátanos del patio.
La puerta voló. Julia tensó los músculos y agarró el fierro con más fuerza. Fue inútil. Dos de los seis militares la inmovilizaron. Entre los gritos suyos, de su familia y de las vecinas, aquellos bestiales soldados la violaron. Cayó al suelo con sangre en la entrepierna. Desaparecieron sus hermanas, sus sobrinos y su tía.
No recordaba cuánto tiempo después había recuperado el conocimiento. Despertó con el rígido cadáver de su madre a su lado. Salió tambaleándose. Habían incendiado las casas y las llamas se elevaban más allá. Uno que otro vecino del pueblo caminaba sin rumbo.
Los guardias nacionales regresarían para buscar a los sobrevivientes y matarlos. Llorando, confundida y con frío, Julia tomó dos camisas, se las amarró como un calzón, y se catapultó descalza hacia la oscuridad del bosque. De milagro siguió una ruta de a través de la maleza.
La raspaba la sangre seca que se le había coagulado entre los muslos. En los pies se le clavaban ramas pequeñas. Se resbalaba en las piedras húmedas. Las uñas de los pies se le habían astillado. Le dolía el tobillo izquierdo. Pero escuchaba el río, su mejor refugio, y llegó allí en la madrugada. Allí se encontró con otra sobreviviente que trabajaba con el FSLN, Amanda Pineda.
Amanda le enseñaría las claves para estar a salvo: la clandestinidad, el anonimato con un nombre de guerra y el constante desplazamiento. Logró llevar a Julia a León, un pueblo joven que buscaba alimentar la lucha sandinista. Ahí Julia consiguió un trabajo después de mentir diciendo que era mayor de edad, en el que atendía un puesto de comida concurrido por jóvenes cerca de la Plaza Central. Nunca había ido al colegio, por lo que estudiar en la universidad era imposible. Sin embargo, por consejo de Amanda, frecuentaba los pasillos y las aulas universitarias en búsqueda de contactos.
Un sábado se acercó a un grupo de estudiantes y conoció a Ana Laura Morales, quien la llevó a una fiesta revolucionaria. Entre el humo de los cigarrillos y las botellas de ron barato escuchó las promesas de un futuro mejor. Prefirió callar sobre su pasado, sobre la pesadilla del aliento fétido de aquellos soldados que le habían susurrado obscenidades al oído mientras ella gritaba.
Cuando entró Mónica Baltodano, de piel clara y pelo rizado, con un aire de seguridad que nunca le había vis¬to a nadie, ni siquiera a Ana Laura ni a Amanda, Julia sintió amor, nada de pasión ni lujuria, sino un amor maternal. Mónica Baltodano había perfeccionado un ojo infalible para reclutar a las guerrilleras. Ella le daría a Julia una causa por la cual luchar.
El enojo que Julia había embotellado muy dentro de sí ahora tendría un propósito. Las palabras de Mónica Baltodano, como las de Carlos Fonseca Amador y otras que escuchó, la hicieron entender que los hombres de Somoza no sólo eran violadores, sino también estaban destruyendo al país.
Julia comenzó a acompañar a Mónica en varios viajes, para ayudarla con los asuntos de campaña. Pero algo le faltaba; sentía que pegar volantes en las paredes y reclutar a los partidarios no era suficiente. Todavía le resonaba en la cabeza el martilleo de los fusiles de asalto de los guardias, los gritos que no habían podido impedir que la agarraran de los brazos y de las piernas y que la estiraran. Cerraba los puños, arrepintiéndose de que se le hubiera caído el cuchillo. Nunca aceptó lo poco que había hecho, pero con apuñalar a uno, al menos uno... Entonces le rogó a Mónica que le enseñara a disparar, a lanzar granadas y a plantar bombas sin morir en el intento.
En 1976, después de que Julia hubo recibido largos entrenamientos con soldados experimentados, Mónica la delegó a Matagalpa, cerca de Jinotega, bajo las órdenes de Sadie Rivas, una chinita de baja estatura, cuerpo robusto y valor inaudito.
Julia siempre la describió con orgullo. Sonreía al recordar cómo los hombres que estaban bajo las órdenes de Rivas se quedaban pasmados por la determinación que mostraba la pequeña guerrillera en sus famosos ataques nocturnos, casi suicidas. Cuando a Sadie se le encendían los bellos ojos negros, Julia la seguía.
Sadie y el resto de los sandinistas podían tener valor a raudales. Pero los hombres de Somoza tenían algo que a ellos les faltaba: recursos. La Guardia Nacional estaba bien alimentada, tenía armas más modernas y medicamentos a su disposición.
Con varios de sus compañeros, Julia cayó presa. Pasaron seis meses en la cárcel. La separaron de Sadie, por¬que juntas representaban un peligro y podían reclutar a las mujeres guardias.
En la oscuridad de la noche los carceleros las colgaban desnudas y las golpeaban con penes de toro. Las pesadillas de Julia volvían a ser realidad: se abría la puerta y entraban de dos en dos, uno la sostenía de los brazos mientras el otro la ultrajaba.
–Pendejos que eran. ¡No entraban solos! – recordó una vez.
Un día como cualquier otro, se les absolvió de culpa en un confuso juicio que Julia nunca comprendió ni cuestionó. Se separó de Sadie por su seguridad, y logró reunirse con Mónica Baltodano. Ella y sus seguidoras, Martha Granshaw y Rosa Argentina, la convencieron de que la venganza iba a requerir tiempo. La clandestinidad era la solución.
De nuevo clandestinas, llegaron a Managua donde se había logrado un progreso considerable, al comparar a la capital con las otras regiones del país. Julia se dedicó a reclutar simpatizantes en los barrios durante todo el año de 1978. Era un trabajo de hormigas pacientes, furtivo y un poco más seguro. Pero todavía quería pelear.
Llegó entonces 1979. La Guardia Nacional, desesperada, atacaba indiscriminadamente y no daba cuartel. Los sobrevuelos de sus aviones proyectaban la amenaza de los bombardeos.
El primero de junio comenzó la insurrección general. El día 13, la Guardia Nacional asesinó a los niños y adolescentes de la Colina 110.
El 15 de junio, Julia tenía que encontrarse con la hermana de Mónica, la heroína Zulema Baltodano. Luego de perder territorio en las batallas de los barrios Monseñor Lezcano, La Ceibita, Santa Ana y la Colo¬nia Morazán, varios jóvenes, incluida Zulema, se replegaron hacia el Barrio San Judas donde llegaría Julia, quien se había atrasado obteniendo información de los superiores. Desinflados, los casi doscientos jóvenes se reunieron en lo que parecía ser un lugar seguro, recuperaron algo de energía y disponían dirigirse cerca de la embajada de los EUA. Julia corría con su fusil, dos sacos de suministros y mucha información, a más no poder, por las calles de la capital.
Los sandinistas caminaban por una plaza deportiva sin saber que las miras de los fusiles de asalto de la Guardia Nacional les apuntaban con una única orden: sin sobrevivientes.
Mientras, Julia respiraba agitadamente, luchando por mantener el ritmo de la marcha y llegar cuanto antes. Los balazos de la Guardia Nacional marcaron el inicio de la matanza: arrasaron con los jóvenes. Algunos inútilmente trataron de tomar sus armas y contraatacar. Los de la retaguardia huyeron para salvar la vida.
Al escuchar las ráfagas, Julia cayó de rodillas en el asfalto. Se le rasparon las palmas de las manos. El rifle y los sacos le impidieron levantarse.
Los ojos le ardieron de lágrimas y furia: era demasiado tarde. Volvía a recordar. De nuevo sangraba, de nuevo lloraba, de nuevo como en El Cuá. Al fin pudo levantarse y desapareció entre los callejones.
Su pasaporte falso le salvaría la vida. Escapó tan sólo semanas antes de que cayera Somoza. ¡Qué ironía! No pudo celebrar. Cruzó la frontera con la ayuda de unos centros de apoyo a los exiliados ubicados en Guanacaste y con los contactos que tenía con la Juventud Revolucionaria Nicaragüense. Atrás dejó al pueblo delirante de felicidad y los gritos de una revolución.
Nunca detalló cómo llegó aquí. Sé, por conversaciones que tuvimos, que un capataz la trajo a San José. Fue cocinera, barrendera, y trabajó para una fábrica de papas fritas en Cartago. Llegó a nuestra casa cuando nuestra madre puso un anuncio en el periódico.
Cocinaba, barría, y lavaba ropa. Durante 14 años hizo lo mismo, y en el último año cada vez con más lentitud. Fue por miedo a perder el trabajo que nunca nos dijo nada. En el hospital, mientras veíamos una mancha blanca y sólida en las radiografías, y el doctor del servicio de oncología nos explicaba cómo el tumor estaba infiltrándose en otros órganos, traté de encontrar una explica¬ción a su forma de actuar. ¿Cómo hacía para trabajar con aquel dolor en la espalda cada vez que levantaba la ropa y la cargaba en la lavadora? Tenía apenas cincuenta y cinco años, pero muchos hubieran dicho que fueron suficientes.
La noche en que se rindió fue larga.
No supe nunca exactamente cómo fueron los demonios que la sitiaban, desde el aliento fétido de los guardias nacionales hasta el tableteo de las ametralladoras. Trataba de imaginármelos y de imaginarme a Julia cuando sostenía un arma en vez de un cucharón, y cuando los adolescentes que atendía eran valientes guerrilleros como ella.
Salimos temprano del hospital. El trámite de la muerte es rápido. Son los recuerdos los que perduran.
Llegamos como a las once. Nuestra madre se fue al cuarto, mis hermanos cada uno al suyo. Cada duelo es siempre diferente. Yo me senté en el comedor a mirar el reloj y a esperar a que fueran las doce y cuarto.

Bernardo Montes de Oca


Bernardo Montes de Oca (San José, 1985) es escritor, periodista e ingeniero. Buscó escapar de la adolescencia a través de la escritura. Algunas producciones suyas han sido publicadas en antologías. La reina Vishpla es su primer libro de relatos. Como periodista ha ganado premios nacionales e internacionales, además de publicar en medios costarricenses y españoles. 














27/9/17

Sexualidades humanas: el abrazo diverso – Helio Gallardo y Camilo Retana



La sostenibilidad de la vida, nuestra factibilidad como sociedad, tiene mucho que ver con los modelos de desarrollo económico, político, social y ambiental, sus interdependencias y los senderos que elijamos. La convivencia humana, la posibilidad de construir un “mundo vivible” donde “todas y todos quepan” dependerá también de nuestras elecciones.

La discusión sobre la diversidad sexual no es moda, hoy como nunca lo invisible se hace visible, y todas nuestras instituciones tiemblan y se desboronan desde sus cimientos. La esperanza occidental de un mundo homogéneo, regido por la razón, la ciencia, el orden y el progreso naufragan ante una realidad caótica, ante hechos y enigmas que solo pueden ser conocidas desde otras sensibilidades y modos de conocer.

Helio Gallardo

Ante la realidad, todo cuanto nuestra sociedad considera refugio, certeza, norma, hoy parece que acabará aplastada. Por eso es necesario textos como el que reseñamos aquí, tan heterodoxos en su contenido y forma, constituido por dos proposiciones generadoras una del reconocido latinoamericanista Helio Gallardo y el emergente filósofo Camilo Retana que abren a su vez la discusión y dialogan con sus receptores, reúnen textos de otras fuentes antes impensables por su origen sospechosamente poco académico, y por eso, necesarias.

Camilo Retana

Tenemos entonces un texto que propone y discute, que deja abierta la posibilidad de replantearnos todo lo que creíamos saber y entender sobre la diversidad sexual, pero que más bien pone entredicho la comodidad de la heteronormalidad desde la que nos asomamos. Y a propósito de todo esto, nos facilita la oportunidad de participar en la construcción de nuestra propia identidad, ahora que ya no hay referencias, que todos los argumentos biológicos, teológicos, sociológicos, éticos no nos sirven más en esta aventura de construir y deconstruir lo humano.

Un texto oportuno, honesto y que “abre la puerta del closet” para que al menos nos asomemos, a ver si nos animamos a salir de nuestra madriguera.


Germán Hernández.


20/9/17

Corriente Subterránea - Cristián Marcelo



Impreso en el 2012 por Ediciones 77 dentro de su colección Vintage, Corriente Subterránea supone el cuarto poemario de Cristián Marcelo hasta ese momento. Dividido en dos secciones, la primera “Cámara nocturna (2004)” está compuesta por cuarenta y cinco poemas y la segunda “Corriente subterránea (2006)” con 47 poemas[1]. Se puede presumir que el año indicado en cada sección corresponde probablemente al año de composición o bien al año en que el autor recopiló y dio término a esa colección en particular, por lo que es posible decir que nos encontramos con dos poemarios, siameses por voluntad del autor publicados así bajo el título del segundo.

Lo que sorprende en la poética de Cristian Marcelo es su virtuosismo, su capacidad de construir imágenes de una belleza plástica indiscutible, y un ritmo y una cadencia musical meritoria; pero a veces sentimos que toda esa hipertrofiada capacidad plástica va en sacrificio del sentido, y muchos poemas se ahogan blindados en sus encriptadas circunstancias e imágenes, en conjunto, el autor apenas nos impregna de una atmósfera general de patetismo y despecho.

El exceso de talento no comunica mucho, la sobre edificación de los textos termina muchas veces por repetir fórmulas o caer en lo puramente accesorio, el poemario está repleto de enumeraciones, listados, imágenes superrealistas, casi siempre en triadas arbitrarias y aleatorias, incluso algo que es marca de autor pero que por el uso y abuso deja de brillar: la sustitución del “y” por el “o”.
 
Cristián Marcelo
Como sea, el autor parece consciente de los excesos y sus consecuencias, su propuesta ilimitada y sin concesiones se impone, sacrificando casi siempre la cortesía de dialogar con el lector.

Dejo tres ejemplos de los poemas que más me gustaron, todos de la primera sección del libro, el primero de ellos: “La fragilidad del cuchillo de cocina”:


La fragilidad del cuchillo de cocina

Reciente es la herida de mujer que llevo
A los sitios más remotos de la casa.
Apenas sangra se la muestro a las visitas,
A la gata que me lame la aspereza.

Voy por el mundo con mi llaga,
A pecho abierto llego a las casas,
Al regazo de los parques.
Tiene un gusto a mar en calma,
A uno que dice nunca, quizás, quién sabe.
Está amarilla como un girasol,
Amarillo que agoniza.

Con un bozal y una cuerda,
La saco a pasear en Navidad,
En Pascua le enciendo una vela blanca
Y una vela azul,
Y otra que no es blanca ni violeta.

Es una herida nueva,
Tiene la fragilidad de un cuchillo de cocina.
La tierna expresión de una coartada.

Salgo con ella los domingos.
Tiene que lucir su sangre verde,
Su magnitud de pus,
Mostrar sus modales en la mesa,
Sonreírle a mí y a mis amigos.

Es reciente la herida que llevo
A los rincones de la casa.
Qué bien domesticada -dicen unos-
Que perfectas maneras,
Y qué graciosa.


Claro que el título nos descoloca, el poema es sobre la herida que lleva el narrante, no sobre un cuchillo y menos sobre la fragilidad, pero seguramente es de los mejores poemas del libro, otro es “Doncella en desastre urbano”, bello poema en prosa y muy representativo dado el insistente recurso de la prosopopeya a lo largo del libro.


Doncella en desastre urbano

El día se mueve lentamente por la casa. La luz se filtra entre algas y arrecifes. La cortina respira polvo, y en el taller mecánico los empleados miran Penthouse. El día se apresura a pasar por enfrente del taller, agarra sus libros y los estruja contra el pecho. Está hermoso, a pesar de la espuma del relleno y las cejas depiladas con destreza de cirujano. Se ve que hoy será su día, pues, lleva una miniseta ajustada y un jeans que modela el viento. Su figura nos recuerda otras marisquerías, otros restaurantes de fast food, otras sodas y otros cafetines. Nuestro día se topa con los top models del taller mecánico, quienes tienen las lenguas más pulcras de la ciudad, las mejor lavadas a presión y al vapor. Hoy, sin duda, será su día. Se lo dice el horóscopo, la radio a full, los pericos regresando del verano. El día está lindo de pies a cabeza, aromático y de axilas rasuradas. Limpio, como el primer día del mundo.


Y finalmente los finos y delicados Haikús, tres piezas minimalistas y exquisitas:

Haikú I

En estos tiempos, contratiempos,
apenas logras escuchas
el reloj de pared.

Haikú II

Tranquila, la calle,
más tranquila, la ciudad,
algo debe suceder a lo lejos,
algo…

Haikú III

Tan difícil es el día,
tan largo,
que por solo tenerte
lo cortaría en pedazos…


Lo demás, será una lectura tórrida, huracanada, sin casi ningún refugio donde mascullar las palabras ni su sentido.

Germán Hernández



[1] No contamos los versos ni las palabras del poemario en vista de que nuestras modestas capacidades como crítico no llegan a la de los grandes maestros de la crítica literaria de este país.



16/9/17

Elefantes de grafito – Warren Ulloa




“Es fácil abusar del estilo realista: por prisa, por falta de conciencia, por incapacidad para franquear el abismo que se abre entre lo que a un escritor le gustaría poder decir y lo que en verdad sabe decir. Es fácil falsificarlo; la brutalidad no es fuerza, la ligereza no es ingenio, y esa manera de escribir nerviosa, al-borde-de-la-silla, puede resultar tan aburrida como la manera vulgar; los enredos con las rubias promiscuas pueden ser muy fatigosos cuando los describe un joven gotoso que no tiene en la cabeza otro objetivo que describir un enredo con rubias promiscuas.”
Raymond Chandler



Esta segunda novela de Warren Ulloa impresa en el 2015 por Uruk, y escrita como un thriller policiaco y político, calza muy bien con el estilo lineal y plano de Ulloa, por lo que resulta eficaz y entretenida al narrar homicidios, balaceras, terrorismo, complots, confabulaciones, sexo, idilios, en fin, una obra que por su tratamiento esquemático y superficial se sazona más bien por el tratamiento morboso y efectista de la literatura folletinesca y “pulp”, tanto que por momentos me sentí que estaba leyendo una novelita de James Hadley Chase.

La trama, muy frágil, (que no molestará al lector permisivo que busca entretenerse): Artur Sullivan, agregado cultural de la Embajada de los Estados Unidos es encontrado muerto en un motel, hay una sospechosa, quien es retratada por Mauro Pacheco dibujante suplente del OIJ, una especie de “hijo de papá” que se obsesiona por el retrato hablado que hace de esa mujer. Javier Brenes, el agente encargado de la investigación del homicidio recluta al dibujante que se convertirá en una especie de “gigoló por accidente” (nunca entendimos bien por qué). En la novela se abren varias subtramas, las dos principales son la del dibujante quien en su irracional manía por la mujer de su retrato, contacta a una periodista del diario “El Reflector”: Jackeline Aguilar, que también investiga el caso y acuerdan intercambiar información del caso lo que dará pie a una relación sentimental entre ambos; la segunda es la relación entre Javier Brenes y Camila, una joven colombiana que está envuelta en medio de una disputa sentimental entre dos tipos más.

El misterio se resuelve muy pronto, por lo que una vez que conocemos quién es la asesina y sus motivos, la novela pierde nuestro interés y al autor le toma más de cien páginas cerrar las subtramas que dejó abiertas.

Warren Ulloa

En algún momento el autor manifestó que esta obra es como el Informe Estado de la Nación novelado, tal pretensión nos parece excesiva, no creo que esta novela sea una radiografía de la realidad costarricense en toda su complejidad, hay muchas cosas ausentes, muchos aspectos del enfoque de desarrollo sostenible que no se vislumbran, muchas realidades y cotidianidades que no se advierten, la novela es apenas un esbozo ficcional de los titulares sangrientos de la prensa amarillista,  reitero eso sí: eficaz y entretenido, donde el autor se repite en sus tópicos y tipos, por lo que más parece una versión extendida y recargada de su primera novela “Bajo la lluvia Dios no existe”.

Germán Hernández


3/9/17

Nada de todo aquello – Carlos Francisco Monge



Un poemario más en la amplia obra del veterano poeta Carlos Francisco Monge. Lo edita esta vez la EUNED con una de las portadas y ediciones más horribles que he visto, pero bueno, ya se sabe, nunca se debe juzgar un libro por su portada (ni por su contraportada, edición y ningún otro paratexto).

Mejor refirámonos a lo que importa: al poemario, a sus 53 poemas. Con limpieza y oficio, su autor sabe lo que quiere decir y cómo decirlo. Con versos y frases breves, algunas enumeraciones sin ser extenuantes, una adjetivación precisa, sin abusos. Economía y claridad; su tono es moderado sin ser iconoclasta, ni vernáculo o antisolemne. Este poemario se lee de un tirón y sin dificultades, la voz que enuncia se da a entender, vuelve sobre sus pasos, juega, hace paráfrasis de autores y poemas reconocibles, y tiene hermosos aciertos.

Sin embargo, pese a aquellos poemas que tanto me gustaron, que me hicieron guiños y me interpelaron, me pregunto si realmente estos poemas le pueden importar al lector común y ocasional, si de verdad apelan a su experiencia y subjetividad o más bien se plantan ajenos a este, como bandera, como faro a otro tipo de lector, muy específico, concreto: a los poetas.

Gran parte del poemario se dirige a ellos, los expone, los desenmascara, probablemente el más bello poema del libro y uno de los que mejor describe lo anterior sea “Los egoemas”:

“Lo malo del poema es cuando se empieza a hablar del yo;
a hablar en yo,
a inmortalizar las páginas en blanco
con una tinta de insomnios
y de misteriosas navegaciones
por intricadas galaxias, parar hablar en yo.
Es cuando todo desaparece: la historia, las marismas,
la levitación del honor,
las acrobacias
de quien sostiene las dudas y envejece con ellas.
Los poemas del yo nacen como alimañas,
se quejan, se consumen,
solo ven por doquier los cuartos solitarios,
el humo del pitillo, los fantasmas,
las luces minusválidas, la carroña del otro,
la inmundicia de quienes no te ven, no te contemplan,
la decepción de que no te hacen caso
con tus versos dramáticos, inertes,
que escribes para ti,
que solo existes solo,
sin demás, sin demases.”

Con las inevitables reminiscencias a Parra y Neruda, este poema denuncia que los poetas que escriben en “yo” son unos cretinos. Y el asunto se vuelve nuclear, hay otros poemas similares, siempre señalando la vanidad, las ínfulas, la inutilidad del poeta y de sus cantos,  “Lunadas”, “Aplausos”,  “Las cosas que alguien ama”, “Pequeña crónica de un poeta viajero”, “Nicotina”, “Celebridades”, “Cuerpos”, “Conversaciones sobre la poesía”, “Tras bambalinas”,  “Carta a un poeta amigo”,  “Acta de intervención de un poeta mayor”, “Tareas del poeta en una tierra de lobos”.

Carlos Francisco Monge

Extraña eso sí el distanciamiento, la voz que nos habla a través de estos poemas es desde luego la de un poeta, pero cuando desnuda a los otros ya no parece serlo, parece suponer que él no es así, solo hacia el final del poemario se decanta por ser un poeta más como todos cuando declara: “Dame una palabra, que moveré al mundo”.


Germán Hernández


27/8/17

Carla Pravisani – Las hienas del miedo





No sé por qué, pero me parece que ha pasado un tanto desapercibido este cuentario de Carla Pravisani “Las hienas del miedo” que a mi modo de ver es por mucho, el mejor de los que aparecieron publicados durante el 2016.

Y es que, en resumidas cuentas, Pravisani hace un despliegue de dominio técnico, de soltura narrativa, de picardía e ingenio. Su manejo del diálogo es exquisito, logrando que los personajes se muestren y se presenten así mismos; sus descripciones son puntuales, sabe cómo montar todo el cuadro de sus cuentos en pocas líneas y no cae en la tentación divergente de irse por las ramas. Verdaderamente en las “Las hienas del miedo” encontramos verdaderos “modelos” de lo que el exigente género del cuento debe ser. Tal vez mi único reproche en cuanto a estilo sea el incontinente uso del símil.

Con el subtítulo “antología anticipada” la autora nos advierte que se trata de un recopilatorio de obra ya publicada y otra inédita. Anticipada, sí, porque la autora sigue en plena producción y, por lo tanto, esta selección no es definitiva y por ahora está compuesta de tres secciones muy orgánicas y bien amalgamadas: “Las hienas del miedo”, “Sol de invierno” y “La piel no miente”.

En la primera sección que da título al libro tenemos cuatro textos exquisitos, comunes entre sí, una extraña fusión de pensamiento positivo, autoayuda y la frustrante culpa de los personajes víctimas de los arquetipos más hilarantes, tal es el caso de “¿Quién se robó mi queso?” donde Don Elton Blanco del Castillo, el maestro del marketing, como en una especie de “Casa tomada” no solo arrebata el negocio a sus tristes dueños, sino también sus voluntades. Y en “Iluminaciones” igual de enajenados que miembros de una secta evangélica, los seguidores de una especie de “Maestro” de lo “new age” y el más recalcitrante sincretismo, se desdoblan, se trascienden, se elevan hasta que “Voy muy lejos, casi a la altura de los postes. Abajo me grita la materia del pobre ser, creo que dice algo como “vieja carepicha”, pero casi ni lo oigo” y, ¿cómo van a oír a los que somos de tierra y de sudor? Como de tierra y sudor son los desocupados, los que pellizcan y recogen boronas y comisiones en las ventas y casi acarician las promesas y sueños cumplidos que promete el Campeón en ventas en “Los sorprendentes resultados del pensamiento tenaz”. Completa esta sección un cuento que fue recogido en la “Antología del nuevo cuento de Centroamérica y República Dominicana, Un espejo roto” se trata de “Locaciones” una especie de crónica bellamente narrada sobre el cinismo de los políticos, y es que de eso se trata esta sección: de cinismo en su más pura esencia, así es la risa de las hienas.

La segunda sección “Sol de invierno” tiene una rara atmósfera, todo es ruinas, hasta la memoria. La voz de la narradora se confunde, se disfraza de nombres, nos lleva a un recorrido por lo que antes fue suyo y es tan ajeno ahora. Por un momento me sentí como un testigo mudo conducido de la mano por un Doctor Díaz Grey en la Santa María de Onetti, pero, esta vez fue una niña quien me llevaba de la mano: Rocío, en “La promesa” (Texto que pertenece a la colección “Y el último apagó la luz”), en algún lugar indeterminado, en un tiempo borroso que le pertenece a la pubertad, donde se va cimentando el carácter, cuando ya no hay excusas para no distinguir entre el bien y el mal y se controla el impulso, es la caída, la infancia perdida, y Rocío con amargura cumplirá sus promesas. Luego es de la mano de Tania contemplando a su padre en un ascenso hasta la “La casa de la cima” que es un descenso para él hacia su paraíso perdido. Luego será la mano de Jime, en el cuento que titula la sección (el cual apareció en la edición impresa de Buen Salvaje), me lleva cuesta abajo hacia el río, hacia todo lo que la asfixia, hacia la insinuación y los actos fallidos de una niña que comienza a hundirse. Un poco aparte, tal vez porque lo siento más afín a la primera sección del libro, tomo la mano de Ulla que me lleva hasta su propia perplejidad cuando ve llorar a su madre. No me extrañan los elementos presentes en estos textos, la lluvia, el río, la orina, el llanto, en todos algo fluye, en todos ellos las niñas que me conducen me muestran a su parentela como pesados fardos de los que no pueden escapar, se siente la sofocación, el escalofrío.

Cala Pravisani. Fotografía de Daniel Mordsinsky

La última sección, “La piel no miente” es una selección de textos de la obra del mismo nombre con la que Pravisani en el 2012 fue reconocida con el premio nacional Aquileo Echeverría 2012. Textos que logran una atmósfera intemporal, se siente en ellos un sabor a herrumbre y al mismo tiempo de cosa recién ocurrida, en ambientes donde parece que la naturaleza no ha sido domada completamente y la gente lucha contra algo salvaje allá afuera y con algo salvaje que brota de si misma, estos cuentos están construidos esféricamente, la vileza de los personajes, y sus inerciales ganas de vivir en medio de sus tragedias domésticas le dan ese aire universal y eterno, no necesitan ahondar en nada más que en sí mismos. Para muestra, la autora ha seleccionado cinco textos, el primero es “El colmillo del venado muerto”, soberbio, el abalorio, el inútil canino del herbívoro igual que una pieza totémica, transfiere al portador su “poder” o a la inversa, al menos los dos Kleimberg tuvieron su momento de lucidez y dignidad, no así García. Algo semejante ocurre con el siguiente, “Dientes” (curioso énfasis) pero estos son humanos, llevan igual carga, igual connotación, para Freidell (la protagonista) son su orgullo restaurado, recuperarlos es el doméstico intento de seguir con su vida. Sigue el texto “Niños del sol”, un guiño que nos remuerde, y nos muestra lo peor de esas bucólicas comunidades rurales y las gentes que las habitan. “Palabras del alcalde” es otro de esos textos maravillosos donde Pravisani con esa contención y ese dominio técnico logra un cuento cuya circularidad y manejo de la trama construye un arquetipo del político provincial (y de cualquier político). Cierra el conjunto con el cuento homónimo de esta sección, por alguna razón que no sé decir, me recordó mi cuento favorito de Borges: “La intrusa”, desde luego que son relatos muy distintos, pero a lo mejor fue por ese efecto de “eco”, esa resonancia que deja después, y mucho tiempo después de su primera lectura, y nos acompaña en las rutinas cotidianas.

Nos avisa el texto de contraportada: “Otro gran libro se añade a la historia de las letras contemporáneas” tal afirmación no podría ser más acertada.


Germán Hernández


7/8/17

Viaje de Negocios - Germán Hernández



Publicar, por el medio que sea, es deshacerse de lo que no me animé a mandar a la papelera de reciclaje. Y creo que está bien. Para mí es desprenderme de cosas que comienzan a pesar y que son difíciles de cargar cuando hay otros proyectos en ciernes.

Publicar es también piedra de toque, una marca que se deja en el camino para que otros y otras hagan de ella lo que estimen prudente: pasar de largo o levantarle altares, pero ya eso nada tiene que ver conmigo.

Publicar, en esta oportunidad, dejar este rastro pensando en la gente querida y en la que me odia también, es una hoguera que amanecerá extinguida al amanecer. Yo me distancio.

Queda agradecer a los amigos y amigas de Pizote solo editores su necedad de publicar este libro digital con el “rejuntado” de mi poesía. Es para quien quiera, ya me siento más liviano.

Germán Hernández


Podés descargar el libro completo y gratis en formato epub aquí: Viaje de negocios


6/8/17

Nadie que esté feliz escribe - Gustavo Solórzano-Alfaro



Gustavo Solórzano-Alfaro estrena poemario, y nos comparte una primicia de lo que encontraremos en él, y aunque no sea feliz quien lo escribe, seremos muy felices leyéndolo.


Variaciones sobre el tema de Fausto

“Nadie que esté feliz escribe”.
Si esta sentencia se probara verdadera,
te pediría, Margarita, que
me abandonaras.
No hace falta nada escandaloso.
Solamente unos breves días.
Para recobrar fuerzas.
Para saberme solo y vulnerable.
Para sentir frío hasta en los huesos
cuyo nombre no conozco.
Si un poco de tristeza bastara
para componer dos o tres versos memorables
a lo mejor podrías hacerme esa concesión.
Una sola.
Sería una obra de caridad
y tené por seguro que jamás te la reprocharía.
Una temporada. Apenas eso.
Una herida calculada.
Nada permanente.
Ningún daño irreparable.
Con apagar el teléfono bastaría.
Saberme lejos, sin vos,
sin respuestas y sin rastros.
Un día. Es todo lo que pido.
Un día de ausencia
y estoy seguro de conseguir
esos dos o tres versos
que darían sentido al mundo.
Un día.
Triste quiero estar
porque feliz no puedo.
Triste, solo triste.

*

Si valiera la pena
un pacto con el diablo
sería esta tortura
inversa de perderte
a cambïo de toda
la ciencia conocida.
Tendría la esperanza
de que al final de todo
igual me salvarías.


Enseñanza de la muerte como un segundo idioma

El dolor depende del idioma.
No es indiferente si uno muere en francés o en alemán.
Hay sílabas pesadas, que se arrastran como bolsas con
cuerpos calcinados.
Hay una gramática bastarda y una pulcra. Una ortografía
que impone su sello de alacrán sin esperanza.
No es fácil morir en italiano sin escuchar de fondo la
popular tonada napolitana de alguna película
filmada en California.
Pero tampoco es placentero morir en español:
una cruz de cenizas te roe el cuerpo eternamente.
Quizá en portugués pueda ser más llevadero: una
muerte como un fado en el altar de las luciérnagas.
Pero ¿a quién engañamos? En mandarín o en árabe ha
de ser mejor.
Lenguas tan lejanas como la punta del sol en el invierno.
Registros antiguos que no tienen principio ni final.
Aunque pensándolo bien, ¿cómo será morir en una
lengua muerta?
¿Sería posible aún el dolor en el griego de Safo?
¿Cómo declinar la muerte en latín?
A lo mejor sea necesario quemar las naves y huir por una
senda de hierro hacia las montañas de las viudas.
Morir es recorrer la Biblia en sentido inverso:
hoy, aquí / Babel / Paraíso.


La poesía como experiencia concreta

A G.A. Chaves

No sé muy bien de dónde vino la idea. Rondaba en mi cabeza desde hacía varias semanas. Tenía que ver con la idea de “lo físico”, de la poesía como algo concreto. Y justo en esos días Elsa emprendió una serie de tareas de remodelación en la casa. Yo, por supuesto, me puse a ayudar. El primer sábado, empecé por taladrar una tabla para colgar unas plantas, y mientras tanto pensaba en esto:

Cada vez me convenzo más de que la poesía no guarda relación alguna con el “espíritu” o el “alma”. Al contrario, se trata de un asunto mental por un lado (en sentido neurológico: inteligencia) y de una experiencia física por otro. Al igual que en la música, en la escultura o en la danza, el cuerpo es el que experimenta, es el cuerpo el que se arroja al mundo, el que entra en contacto con eso que llamamos “realidad”. Se trata de una manifestación concreta. Por ello, ciertas labores manuales pueden ser tan gratificantes y necesarias como la lectura. La poesía busca una conexión íntima y fundamental con los elementos primarios.

Al domingo siguiente, pasamos todo el día pintando un juego de sillas de jardín: verde, amarillo, naranja, turquesa, y recordaba lo que había pensado la tarde anterior. Me reí solo y me dije:

La verdad, la verdad, el asunto se resume así: por más existenciales que nos queramos poner, al final, la poesía no es otra cosa que una lucha contra la corrosión del comején.


Después de Saussure

No hay duda de que palabras
como “Toscana”, “Maguncia”,
“parmesano” o “Granada”
evocan más que “Tárcoles” o “chayote”.
No es culpa de las palabras
ni culpa nuestra.
Es el sedimento de los tiempos,
de las conquistas,
de las guerras, de los siglos.
No es envidia ni mentalidad colonial,
es reconocer que es imposible
borrar todos los sentidos
que se acumulan en una letra tras otra.
Habremos de reconocer entonces
el aroma de todas esas flores;
y si así lo decidimos,
responsables seremos también
de cargar un jocote
con la dinamita pura
capaz de volar
los cimientos del futuro.


La muerte jamás tendrá tus ojos

Para César, hijo

César nació a los seis años.
Antes había vivido
muy adentro de su madre.
Le puse Pavese de cariño.

Me miraba con curiosidad
y siempre supo que mentía
cuando le contaba que sí,
que yo era fan de Dragon Ball Z.
La verdad no tenía
ni idea de qué hacer
o qué decir.

Un día lo llevé a recorrer
la Avenida Central.
Creo que eso fue más importante
que todo lo demás.

Hoy charanguea la guitarra,
igual que yo;
lee a Gorki y a Fanon,
se dice socialista,
trolea en las redes sociales,
reconoce su estirpe de Praga y de Roma
y se la pasa todo el día con su novia.
No hay nada como la ilusión adolescente
o la ilusión paternal.

Pavese una vez se fue de casa
pero nunca dejó de regresar.
Empezó a practicar jiu-jitsu
y antes de cumplir los 18
fue mesero
y supo lo que era el proletariado
o algo que se le parece.

Una vez me preguntó para qué lo ponía
a limpiar las canoas de la casa.
Creo que hoy ya sabe la respuesta.

Yo solo espero
que el mundo se le abra
como una naranja dulce.


Porno: memorial de Belladonna

He intentado por todos los medios
convencer al público
de que la intención no cuenta,
de que no es el poeta
quien habla en un poema,
de que esa voz que escuchamos en un cuento
no pertenece a la mano que firma
y que con suerte cobra.

He intentado convencerme
de esa muerte anunciada por Barthes.
Quizá porque así podría decir
“Me acosté con prostitutas y salí ileso”.
Quizá porque entonces nadie en mi familia
me miraría de forma extraña.
Quizá porque es más fácil cuando una confesión
es sincera y verdadera.

Podría decir que veo porno desde muy pequeño
y aún lo veo, y mis manos lo atestiguan:
primero la derecha y luego la izquierda.

Soy ambidiestro,
y aunque en ambos brazos tengo fuerza,
escribo con la izquierda y lanzo con la derecha.
Quizá por eso toco tan mal la guitarra:
nací sordo y desde la primera vez
tomé el instrumento con la mano equivocada.
No sé si naturalmente o por una broma.
Si lo hubiera tomado con la izquierda
tal vez hoy no estaría escribiendo esto
–quién sabe–
y sería feliz.

Podría asegurar que el porno extremo me fascina
en todo el sentido del término,
pero sobre todo en el sentido más carnal.
Y conozco tanto de porno como de libros
o de música o de cine, es decir, muy poco.
Pero hay una devoción que me redime.

Si ustedes me creyeran
y aceptaran que lo que aquí se dice es ficción
y no los apuntes verídicos
de una persona cualquiera
podría sentirme más tranquilo
de aceptar lo que acepto,
de confesar lo que confieso,
de decir lo que digo,
de sufrir lo que sufro,
de llorar lo que lloro,
de vivir lo que he vivido.

No soy yo quien esto firma
ni yo quien esto escribe.
Y aun así no es posible evitar
el asombro en los ojos de mi madre
o la decepción en los de mi hermana.
Pero yo no soy yo
ni la imagen de Belladonna
es la imagen de la Belladonna
que nació en Mississippi
y que en sus películas nos hizo creer
en otras cosas.

Todos somos fantasmas
que rondan las páginas de poemas irresueltos,
al igual que rondamos las páginas porno
a altas horas de la noche
como un remedio para la vida.


¿Quién no añora la tercera guerra mundial?

¿Quién no añora la tercera guerra mundial?

¿Quién en su fuero interno no se emociona con la
adrenalina de imaginar un conflicto armado de
gran escala?

Nuestras vidas son tan simples. Nuestros sueños tan
escasos. En cambio “la guerra es un infierno, pero bello”.

Añoramos ser uno con el universo, ¿y qué mejor manera
de lograrlo que a través de una guerra enorme,
que nos libre de todo, que nos subyugue, que nos
haga sus víctimas mortales, que nos abandone
a nuestros instintos, que nos permita la pura y
absoluta libertad de la muerte?

Al borde de una guerra que nunca llega. Otra promesa
rota. Una posibilidad en los medios, en las redes
sociales, en la tele, en el cine, y nada más.

Queremos ser historia para salir de ella. Queremos
saber lo que se siente ser parte de algo más grande
que nosotros mismos.

¿Quién no añora una guerra? Cualquiera.
Cualquier guerra.


Claridad

A Yolanda, madre completa;
a Elizabeth, hermana absoluta

La única realidad que comprendo
es el abrazo perdido de mi hermana,
la pálida ternura de mi madre.
Cuando todo se ha perdido,
cuando todo se ha acabado
solo quedan sus ojos,
sus plegarias.

Se cae el mundo a pedazos
y qué puedo hacer.
No es desidia, quizás impotencia.
Tal vez apenas la certeza
de lo pequeño y lo grande.

La culpa de no comprenderte, madre bella mía,
madre de todas las cosas.
La inquietud de no haber correspondido
tus noches en vela, hermana bella mía,
hermana de todas las luces.

Solo me queda
la claridad
de que ambas reposarán
en lo más profundo de un paraíso
que ningún dios

podrá negarles.


2/6/17

Esas diminutas estrellas



Esas diminutas estrellas
que te miran en la noche
ya estaban ahí antes que nacieras
y mucho antes que la primera criatura
que las contempló.

Están vivas, palpitan y conversan
entre sí como las ballenas en el océano
aunque no podamos escucharlas
ni comprenderlas
porque no hemos evolucionado
- ni lo haremos -
tanto como ellas.
Antes,
ellas nos verán morir.

Sus vidas son tan largas…
Nuestro tiempo es tan distinto al suyo
- apenas un instante -
que para ellas quizá
nunca existimos o ya estamos muertos.

Germán Hernández