2/2/17

Pregunta estúpida 002 - ¿Qué entiende la Junta Directiva de la CCSS por solidaridad?



Según el último estudio actuarial de la UCR, el régimen de Invalidez Vejes y Muerte de la Caja Costarricense de Seguro Social se encuentra grave y las expectativas de los asegurados de disfrutar algún día de una jubilación digna en entredicho. El exsuperintedente de pensiones Edgar Robles en un artículo publicado por el Semanario Universidad nos hace un guiño: ¡Yo se los dije! (ver nota de prensa). Y lo cierto es que no queda más remedio que meter mano y aplicar medidas sí o sí.

Pues bien, la Junta Directiva de la CCSS, se ha tomado el asunto muy enserio, y como primera medida, sin consultar a nadie, como si de una junta militar se tratara, decidió aumentar en un 1% la cotización de más de un millón y medio de asegurados, gravando así sus ingresos, no para mejorar sus futuras pensiones, sino apenas para refrescar el fondo.

Lo curioso de todo esto es que el fondo de pensiones no se financia únicamente por las cuotas de los trabajadores y trabajadoras, sino también mediante las cuotas de los patronos que resultaron ganadores pues no les aumentaron ni un cinco de cotización, el aporte del Estado que a veces paga y a poquitos y, el 15% de las utilidades de las empresas públicas, las cuales por cierto jamás han honrado su deuda que la ley les obliga como si de repúblicas independientes se tratara.

¿Pero, por qué únicamente se aumentó la cuota a los trabajadores? ¿A dónde fue a parar el principio de solidaridad, uno de los pilares de nuestro modelo de seguridad social?

Hace unos días, el señor Albino Vargas Barrantes Secretario General de la Asociación de Empleados Públicos manifestó lo injusto de las medidas impuestas por la CCSS, y se preguntaba también por qué solo a los trabajadores y trabajadoras se les castiga sus ingresos y a los patronos no.

Por su parte, el señor Enrique Eglof, presidente de la Unión de Cámaras de Industrias, que es un sindicato de patronos, despotrica contra don Albino (ver nota de prensa) y lo acusa de:

“Del análisis del documento, concluimos que su objetivo es que no pase nada, que siga la fiesta, que quiebre Costa Rica, que se deteriore la CCSS, que muera el Régimen de Invalidez, Vejez y Muerte y que se sigan beneficiando unos pocos.”

Lo que el sindicalista de patronos don Enrique Eglof nunca ha dicho es: ¿cuál es el compromiso de los patronos para contribuir al Régimen de Invalidez, Vejez y Muerte, ni cuanto están dispuestos a aumentar su contribución?, cosa que no creo que estén dispuestos.

Así las cosas, duele ver que no hay reacción ciudadana, más de un millón de hogares costarricenses verán disminuidos sus ingresos, mientras los empresarios, y las empresas del Estado son alegremente eximidas de contribuir con las medidas necesarias para salvar el fondo de pensiones.


Germán Hernández


1/2/17

Ruido sereno de fondo – Andrés Soto Muñoz



Andrés Soto Muñoz comparte en el Signo roto cuatro textos de su debut literario “Ruido sereno de fondo” aquí esta probadita para los que quieran más…


Multiversos


Ojalá mañana me ría de esto

Es más… ojalá haya un mañana.
No es que crea que el tiempo
es un microondas analógico,
o un coffee maker de lento aspecto;
pero necesito algo
sobre qué aferrar estas agujas
que se clavan en mis números
y no me dejan terminar el día.
Ojalá mañana sea un glacial
de esos tristones
que andan ansiando garúa.
Porque no hay nada peor
que sobrevivir a una noche
para luego darse en la sien
con una mañana soleada.


Fábula de los salvajes

Los perros callan
porque dudan con las orejas,
con el rabo exigen alegrías
y con los colmillos gritan amenazas.
En cambio nosotros
que somos tan civilizados
tenemos desgastada la garganta:
dedos que ladran,
cuellos que gruñen…
¿Qué dirían los perros
si nos pudiesen hablar?
¿Qué callaría el hombre
si los pudiese entender?


Los arcanos

¿Sabías que el viento
ha renunciado a volar?
Lo verás recorrer celajes,
bordear rascacielos.
Será tormenta si grita,
soplo si habla.
Pero es cautivo de cualquier rama
y cual presa finge caer
para pender ahí eternamente.
Llueve luz en lo alto,
tras los escalones
se avista la fachada del Cielo.
Sin embargo,
la brisa se queda para arquear la copa,
merodear el tronco
y habitar en la corteza.

***

¿No ves que yo,
al igual que el viento,
abandoné mi cielo
para sentarme en una rama?



Andrés Soto Nuñez

Andrés Soto Muñoz. Nace en San Isidro de El General el 7 de junio de 1987. En el 2004 ingresa a Filología Española en la Universidad de Costa Rica (UCR). Durante su estadía en la UCR, la Revista de Lenguas Modernas publica Versos arcanos (2009). En el 2011 concluye el Bachillerato en Filología Española. En 2012 finaliza los cursos de Licenciatura y es parte del Comité Asesor del II Encuentro Nacional de Escritores. En el año 2017 publica su primer poemario: Ruido sereno de fondo (Atabal).


27/1/17

Flavio Güell Casalvolone – Accesos



Accesos es el debut del joven narrador Flavio Güell Casalvolone (1986). Editado por Veredasoleada, está compuesto por 23 narraciones breves y un prólogo.

Al comenzar leyendo el prólogo del autor en esta colección de textos, temimos lo que luego constataríamos, que se trata de una obra demasiado íntima y personal, el autor está demasiado comprometido afectivamente en estos textos, viñetas, estampas, anécdotas, más no cuentos propiamente dichos.

Como está ocurriendo mayoritariamente con la última narrativa breve publicada en Costa Rica, sus textos son planos y homogéneos, siempre la misma vos narrativa en primera o tercera persona, la misma manera de narrar, la misma perspectiva y punto de vista.

En particular, la prosa de Güell está recargada de un preciosismo kitch y rimbombante, no por haber un enjambre de imágenes (ahora los llaman tropos, que son la misma cosa) es prosa poética, ni esta contribuye con el desarrollo de la trama en sus relatos.

Flavio Güell Casalvolone. Fotografía de Melissa Fernández.
Hay chispazos, eso sí, en particular vale destacar tres textos que logran salirse de los límites que el propio autor se impone, “Vivo/muerto” paranoico y extraño, el cual logra hacernos de principio a fin cómplices de una situación que nos lleva a los límites de lo absurdo y la soledad. “Encuentro lejano” que sabe dejar abiertas algunas puertas y ventanas para especular, y finalmente “Inmanencia” probablemente el mejor relato, cargado de una extraña atmósfera de perversidad que estremece.

Lo demás se lo traga la evidente falta de retroalimentación y de un editor riguroso. Cansa la prosa ripiosa y las narraciones llenas de epifanías e iluminaciones metafísicas. Mal debut, pero con lectura y garrote me parece a mí que hay aquí un muy buen narrador en ciernes.


Germán Hernández


25/1/17

Pregunta estúpida 001 - ¿El Ministerio Público en Costa Rica exculpa a los criminales?



El Ministerio Público anunció orgulloso el pasado 17 de enero (Ver nota de prensa), que, tras cinco años de extenuantes investigaciones, logró reducir de 48 a 26 los sospechosos del descarado robo por el famoso asunto de La Trocha Juan Mora Porras y reducir el daño a la Hacienda Pública de más de 20.000.000.000 (veinte mil millones) a tan solo mil y pico de milloncillos. Una tarea sin ninguna duda difícil.

Lo cierto es que de los más de veinte mil millones de colones despilfarrados mediante el Decreto Ejecutivo suscrito por la presidenta Laura Chinchilla y el Ministro de Transportes Francisco Jiménez no queda nada, y de La Trocha menos, tan solo el  nombre embarrialado de nuestro libertador Juan Mora Porras en lo poco de lodazal que queda.

Y qué pasó con el artículo 11 de la Constitución Política que en su segundo párrafo que dice:

“La Administración Pública en sentido amplio, estará sometida a un procedimiento de evaluación de resultados y rendición de cuentas, CON LA CONSECUENTE RESPONSABILIDAD PERSONAL PARA LOS FUNCIONARIOS en el cumplimiento de sus deberes. La ley señalará los medios para que este control de resultados y rendición de cuentas opere como un sistema que cubra todas las instituciones públicas.”
 
La presidenta y sus colaboradores inaugurando en el 2011 su obra estrella.
¿Cómo fue que el Poder Judicial logró exculpar de responsabilidad a la presidenta y al ministro de transportes? ¿No firmaron ellos el decreto de emergencia? ¿No ordenaron ellos la construcción de la trocha? ¿No dispusieron ellos de fondos públicos? ¿Acaso no son ellos entonces quienes deben rendir cuentas sobre los resultados de la obra que emprendieron?

Germán Hernández



20/1/17

Consejos a un joven poeta – Los epígrafes



Querido poeta, (lo digo en sentido amplio, no importa si eres narrador, dramaturgo, poeta o ensayista) dedico a vos estos consejos para que no te pase lo que a un amigo, que no vale la pena mentar aquí, tal vez algo de provecho encuentres en ellos.


¿Qué son los epígrafes?

Seguro que lo sabes, y seguro que los has usado. Pues bien, los epígrafes son paratextos, en este caso citas breves de otros autores entre el título y tu poema, ensayo, novela o capítulo de tu novela. La cita puede ser falsa, lo cual es muy divertido, ¿te acuerdas de aquella archifamosa?:

“ladran Sancho, señal de que cabalgamos”

Pues nunca la dijo el Quijote ni la escribió Cervantes, algunos dicen que es una broma de Borges, pero no hay duda que ha sido empleado hasta el cansancio.

También el autor puede ser falso, eso también es divertido, o atribuir falsamente una cita a otro autor, por ejemplo:

“has el bien sin mirar a quien”
Joaquín García Monge

Pero bueno, el propósito de los epígrafes no es divertir, sino, y como indican los que saben, los epígrafes tienen una función enunciativa-discursiva, veamos:

Genette ([1987] 2001), indica entre la funcionalidad directa de los epígrafes: esclarecer el título de la obra y comentar el texto en vistas de precisar su significación. Entre las funciones indirectas u oblicuas, se distingue la de otorgar, a través de su autor, una cierta garantía al relato que introducen. Para Authier (1984), los epígrafes rompen la unicidad aparente del hilo del discurso para presentar una voz otra, que también constituye al discurso desde fuera. Los epígrafes pueden entenderse como espacios discursivos que permiten la comunicación con un exterior, que resulta crucial para la constitución del discurso en vías de desarrollo. Estos elementos pueden entenderse como formas de la autonimia simple (Authier-Revuz 1984, 1995); las formas de autonimia simple señalan un fragmento como extraño al discurso y conllevan la ruptura del orden sintáctico. En el caso del empleo de un epígrafe en obras literarias, se registra una cita directa sin presencia del marco citante, cuyo locutor -el autor de la cita- no coincide con el locutor responsable de la enunciación del texto, el narrador. Así, la inclusión de un epígrafe implica la evocación de dos puntos de vista.

Yo personalmente debo disentir respecto de los autores anteriores y confesar que para mí el epígrafe no tiene más que dos funciones: una decorativa, y la otra es curricular.

Los libros deberían venir con menos accesorios, los lectores a veces no sabemos (y no tenemos por qué saberlo) para qué son todas esas citas que encabezan los poemas y otros textos, cuya funcionalidad y sentido es dudoso y extraño, aunque corresponda a alguna críptica circunstancia personal del autor que solo a él le puede importar.

Y es que hay libros, pero especialmente poemarios, donde abundan los epígrafes, si los extrajéramos todos de un solo poemario, tendríamos verdaderas antologías, summas poéticas y sapiensales de enorme belleza, lindas lentejuelas y bisutería. (también se ha puesto de moda utilizar todo tipo de artefactos como cumbias, slogans, frases hechas, como para estar entonado (o borracho más bien) con el “espíritu posmoderno”.

Esas bellas hilachas descontextualizadas llamadas epígrafes advierten al lector de eso que la crítica literaria forense llama intertextualidad, es decir, las influencias, lecturas y gustos del autor (son la misma cosa).

¿Pero acaso, esa exhibición del amplio y diverso número de autores y obras asimilados por el autor, que abarcan centurias y continentes, multitudes de otros autores y autoras con las cuales el poeta se iguala al citar, no es también una especie de alarde, de presentación de credenciales?

Quien sabe, lo cierto es que también algunos hasta ponen epígrafes en otras lenguas, en especial en inglés y francés.

Como puede verse, los epígrafes fuera de su pura función decorativa y curricular, no hacen mayor cosa en el texto.

Inclusive, se corre el riesgo, y eso ocurre prácticamente siempre, que el epígrafe que encabeza un texto, es mejor que este. Incluso, le pasó a una amiga poeta lo que sigue: resulta que se encuentra con un lector entusiasta y despistado de su obra, platican un poco de su último poemario y el lector dice -¿Sabes cuál fue el poema que más me gustó? -No, ¿cuál?- Responde la poeta con el pecho henchido, -Uno pequeñito, de dos líneas que estaba en letra chiquita y abajo con el nombre de un señor, al puro comienzo de otro más largo.

Sí, así es, siempre ocurre, por eso mi joven poeta, mis consejos son:

1. Procura que el epígrafe no sea mejor que el poema que encabeza, recuerda que solo es para decorar.
2. Por más que pretendas trazar un puente imaginario entre el epígrafe y tu texto, un sentido implícito y trascendente en esa otra voz que citas y la tuya, no olvides que eso al lector no le importa.
3. Pero si lo que quieres es impresionar a tus lectores por tu amplio bagaje, olvídalo, a nadie le impresiona tu vocación de ratón de biblioteca.

Teniendo todo esto en cuenta, usa todos los epígrafes que quieras, a lo mejor el lector merece también leer en tus libros algo merezca la pena.


Germán Hernández


13/1/17

Gustavo Arroyo – Los amores imaginarios



Gustavo Arroyo otra vez en el Signo Roto, nos comparte una breve muestra de su delicado trabajo poético, ahora con esta pequeña muestra de su último poemario “Los amores imaginarios”, esperamos que este pequeño bocado lo tiente a hacerlos realidad.



Resistencia del instinto


Mi perra gime desde sus vértebras.
Es sabido que no se trata
de una perra de Alejandría,
y sin embargo,
también camina bajo el sol,
sobre una arena verdosa, de distinta textura;
arena, a fin de cuentas,
si se defiende como tal.

El verdadero llanto
no es exclusivo de especie alguna:
consiste en la negación primera.
Todas las especies son proclives a negar,
lo cual les viene
–cómo no–
del principio universal de conservación.

Así,
llorar es la forma más rudimentaria
de decir que no.
Inaugurada por el Adán que nunca existió
cuando el Caín que nunca existió
le partió la cabeza al Abel
cuya existencia ni siquiera importa.

Mi perra se resiste a llorar.
Gime bajo el sol,
como una iguana de la planicie,
pero no llora.
Mediante esa resistencia
niega la negación:
afirma un dolor sin comprenderlo.

Su existencia sí que me importa.

Más allá del caso puntual,
la pregunta en el aire:
de qué sirve comprender un dolor
aquí o en Alejandría.

De qué sirve,
si todo acaba un segundo antes
de que empiece el olvido.



Expansión conceptual


Es muy probable que de todas las inmigraciones, la más triste sea la que sucede con éxito. Hasta ahora nos hemos dedicado, con la ruin expectativa de los topos, a las inmigraciones entre países. Ignoramos, bajo la odiosa lupa, el desplazamiento definitivo que realizan ciertos hombres y mujeres, de una ciudad a otra. Se subraya la referencia a contingentes humanos, pues aunque somos proclives al amor para con las aves migratorias –que nos parecen más decentes e incluso más universales que la representación de propia especie–, en este caso el referente es preciso: una gota en el embudo. La inmigración que se enmarca entre fronteras regionales, trae también consigo su cuota necesaria de tristeza, su dolor en las rodillas, la ruptura inesperada de una extremidad que nunca nos sirvió para volar. ¿Quién estableció que no se puede ser inmigrante en el país de origen? Pienso en esto, mientras viajamos en vagones distintos del mismo transporte y ojeo aquel libro de Ayn Rand, con decepción reiterada. Sé que salimos de Kazán a las nueve de la noche, con destino a Rostov: yo, por orden judicial, y vos, para instalarte en una ciudad donde podás visitarme cada diez días. De nuestros hijos, nada sé.
 


Carrusel


No podría ser del todo malo
un instante de oscuridad
bajo la luz invasiva.
La invasión así se quiso,
así se permitió
entre sugerencias y elecciones.
Elijo con frecuencia
mis posturas,
mis ropas,
las necedades que a diario me abordan.
El abordaje no tiene un arte definido,
como el que define a la guerra
y del que ahora dudo,
entre lo terrestre y lo aéreo.
El aire, aunque pervierte la quietud,
se acelera con rencor
al amparo de los giros.
Gira la vida,
giran los ojos,
giran los malditos ventiladores.
Ventilo pensamientos.
Pienso en Simone de Beauvoir,
en su nombre musical,
en el círculo pequeño
que hay que formar con los labios
para la pronunciación afrancesada.
Francia y Napoleón,
clítoris y angustia,
Grecia y Heráclito, tal vez.

Qué función más extraña
la de un teatro del absurdo.
Qué ironía, qué bajeza,
qué moral más conveniente.
Es ineludible entender
que los virus que lleva el aire
también pueden verse acelerados.

Vida,
ojos,
ventiladores.

Qué función más extraña,
qué rotundo fracaso.
Justo cuando se intuía
un mínimo jaspe de oscuridad
reina la luz,
y la sentencia de mi abuela
se ve confirmada
por un examen de laboratorio.

Todo está dicho.

Adiós, Simone.
¡Hasta siempre!



Gustavo Arroyo
Gustavo Arroyo (San Ramón, Alajuela, 1977). Escritor, abogado litigante, notario público y consultor jurídico. Cofundador del Conversatorio Poético Ceniza Huetar (fundado en el año 2012, con sede en San Ramón, Alajuela), agrupación que se dedica al estudio de poesía contemporánea nacional e internacional. Participó en el II Encuentro Nacional de Escritores Costarricenses (Pérez Zeledón, 2012). En el año 2013, fue parte del Taller-Laboratorio Tráfico de Influencias, promovido por el Ministerio de Cultura y Juventud de Costa Rica. En el año 2015, integró el jurado del Certamen de Poesía Lisímaco Chavarría Palma, certamen de convocatoria nacional, organizado por el Centro Cultural e Histórico José Figueres Ferrer, con sede en San Ramón, Alajuela. Es titular del blog de reseñas literarias La medalla es amuleto. Ha publicado tres poemarios: Dialéctica de las aspas (EUNED, 2014), Círculo de diámetro variable (Uruk Editores, 2016) y Los amores imaginarios (EUNED, 2016).


26/12/16

Santiago Porras – La sombra decapitada



Muchas cosas se dicen sobre la narrativa breve local, que es floja, que es escasa, y nada de ello me parece cierto, solo faltan lectores para disfrutar de un género exigente, tanto para el autor en construirla como para el lector en destruirla.

Santiago Porras regresa después de su bella novela Avancari al género que lo dio a conocer y donde nos tiene acostumbrados: el cuento. Microrrelatos, estampas, anecdotarios, cuentos propiamente dichos, constituyen su nuevo conjunto “La sombra decapitada” curioso título de connotaciones posrománticas, pero no es el único, otros títulos de sus relatos tienen las mismas reminiscencias, como “La catedral de Rouen”,  “La sombra flotante”, “El hijo de la muerte”, “El cartabón para el fracaso”, “El secreto de la eternidad”, “El abrazo mortal”, solo cito títulos, independientemente de su contenido, por curiosidad y sorpresa, ¿Qué se traen estos y otros relatos?

Ya lo dijimos, desde microrrelatos, de apenas un párrafo, sentenciosos, como “La catedral de Rouen” con que abre el libro o “Esclavizadores” con que lo cierra. O bien, estampas que abren una ventana hacia un mundo que palpita entre lo mágico, y recuperan la oralidad popular en textos como “La sombra flotate”, “El secreto de la inmortalidad”, “El secreto perdido”, “Visita al nigromante” o “Abrazo Mortal”

Pero acostumbrados como estamos a la prosa diáfana, y reflexiva de Porras, vuelve con ella en cuentos cuyo propósito es hablarnos detrás del texto, para el que se compromete a leer entre líneas como las del cuento homónimo cuando dice: “Ahora entiendo por qué las hormigas cargan varias veces su propio peso, el suyo es un cuerpo sin el fardo de la memoria”. Sí, son cuentos con mucha glosa, de reflexión filosófica, pero para el que no quiera penetrar en ellas, tendrá una gustosa lectura sobre cosas que “dicen” que pasan.

Y también pasan cosas que se leen, que se dialogan con otros autores y se actualizan, ¿y cómo no encontrarse con otros maestros del relato breve?, como es el caso de “Autoinmolación” que le hace guiños a Alvaro Menen Desleal o a un Pamuk en “El hijo de la muerte”.

Santiago Porras
Encontramos también en este volumen otros textos, cuentos en toda regla, cuentos morales si se quiere, donde la vos del narrador casi parece sonrojar ante lo que cuenta, que se esquinea, dribla, busca entre palabras la imposibilidad de narrar lo indigno, lo vulgar, lo sucio de la manera más limpia, más elegante, más dignamente posible, tal es caso de textos como “El cartabón para el fracaso”, “Cuarteto de cuerdas y loco” o bien el dostoievskano “Por amor al arte”, narraciones absurdas, donde todo sentido común desaparece para dar lugar a situaciones excéntricas y enfermas, pero con un candor y una naturalidad exquisitas.

Esta última entrega de Porras reitera su ya singular y acertada forma de narrar, hermana de un Efrén y un Filisberto Hernández, de un Sergio Golwarts y de un Menen Desleal así como de Monterroso, prosa ligera, elegante, casi inocente, casi ingenua, suficiente para pasar una tarde creyéndonos más listos que el autor, casi…

En suma, un cuentario sabroso, digno de un narrador que sabe entretener y deleitar, e incomodarnos.


Germán Hernández


22/12/16

G.A. Chaves - Wallau



Wallau, de G.A. Chaves, segundo poemario, bellamente editado en México, así que sospecho que no tendremos muchos ejemplares impresos en Costa Rica (hasta que un editor nacional lo reimprima desde luego, lo cual esperamos que ocurra pronto) Pero al menos contamos con la infinita generosidad del autor, quien nos regaló una versión electrónica íntegra, y también su autorización para publicar aquí en el Signo roto una breve selección. Tarea dichosa, por un lado, e ingratísima por otro, dado que el autor me ha depositado la obligación de seleccionar la muestra a continuación; qué difícil alcanzar una síntesis que refleje apenas una arista de la riqueza de este bello poemario. Así que toda la culpa para este mal antologador, y el gozo para los lectores, eso espero.



Petricor

1.
Ahí donde ya no hay río, vengo yo a imaginar el río.
Ahí donde nunca hay nombres,
que alguien silbe el rumor de lo invisible.

2.
Antes de las fincas de café fueron los ríos.
Luego vinieron los tractores y residenciales.
Y con ellos llegaron los muros
y los muros se comieron las aceras,
y la electrificación y el asfalto
dispersaron los fantasmas antiguos.
Con cada movimiento de tierra nos derrumbamos un poco,
y el futuro se va vistiendo tras los andamios.
La sismología nos advierte que
istmo somos, y en cisma nos convertiremos.

3.
Cada vez cuesta más hallar palabras
para hablar de estas tapias
llenas de púas y de gris mohoso.
Y no es raro porque, a pesar de todo, Heredia
no obedece a la ruina hablada en Castilla, esa ortopedia
de idioma que nació de un silencio arenoso,
igual de provinciano.
La esperanza no es verde: pregúntenle a un centroamericano.
La penumbra caribe, las campanas de helechos,
el desborde sexual de algunos aguaceros,
el musgo en Navidad, Sibö y sus diablos solteros:
nada de esto fue nunca del color del afrecho.
Y ahora todo el verde se ha manchado
con las oxidaciones del asfalto. Se ha ahogado
de tos por tanto humo que atraganta.
Sobre estas líneas parcas y analíticas
el jíbaro desborde del viento de antes se torna calma artrítica:
Villa Cubujuquí, la ladera que hoy es una gris elefanta.

4.
Petricorosos, resbaladizos,
nos dejamos llevar por los nombres de las cosas.
El olor de la tierra, la geosmina,
crece en el barniz que recubre las piedras.
Nadie la ve. Sólo el agua y el aire
la sintetizan. Sólo la humedad relativa
la preña. Sólo la tocan las semillas.
Este es el primer licor que olimos
destilado en abriles y no en odres.
Esto es el petricor: el primer cigarro de la memoria,
el incienso secular de los sentidos,
la más sentimental biología
que se permite el trópico cuando se empolva.



Wallau : una elegía

1.
Salgo a darle de beber al orégano brujo.
Le ha crecido bambú alrededor
y el sol de enero insiste en marchitarlo.
También se marchitan los helechos
que van quedando atrapados entre telarañas.
Las garúas de la madrugada ya no son suficientes
para sostener el verde que cada día es más amarillo,
oro del viento, fósforo de los pastos.
Con Wallau hace unos años descendíamos
a Salinas.
La floración estival era el único tema
que nunca acongojaba. De alguna forma
la muerte de las hojas por escasez de humedad
en las raíces
no lograba decirnos nada sobre nosotros.
“El brillo agobia”, es lo que parecen decir los cañafístulas,
caídos de brazos por el peso de tanto rizo amarillo,
oro del viento, consuelo de almas úricas.
Nos deteníamos junto a cañales en verolís
para que Wallau liberara sus riñones diabéticos.
Comprábamos semillas de marañón y cajetas rellenas.
El tueste de la piel del pescado que almorzábamos
era siempre del mismo ámbar que el de las cervezas.

Paléabamos toda la mañana alrededor de un guanacaste verde
y mirábamos la puesta del sol sin decir nada.
Espartano en Esparza, él se sabe padre y ya;
soy yo el que cree que algo falta para ser su hijo.
Algo debe ser tallado por el cuchillo fino de los años—
hasta que la simetría minuciosa de los actos de mi padre
(esa de la corvina y la cebolla de sus ceviches)
me cueza en el limón del trabajo sin queja—
No la aterciopelada amargura del orégano brujo,
su funerario aroma
entre sudor e incienso,
humedad del tiempo, fuego de los vivos.

8.
Después de las lluvias de octubre
han vuelto las lombrices buscando el sol.
Ellas que te han visto, Wallau,
¿sabrán quién soy yo?
Las babosas emergen de abajo del piso.
La lluvia las inundó.
Yo cubro con sal cada resquicio.
No quiero gusanos alrededor.
La sal absorbe la humedad de la casa;
se vuelve dura y huele a alcohol.
La sal amanece convertida en hielo.
Y yo… Yo ya no amanezco. Ya no.
Yo ya sé que voy para abajo
a secarme como una lombriz en el corredor;
como una babosa en la sal herrumbrada
me iré encogiendo en el dolor.
Yo ya sé a lo que vienen ellas:
vienen a arrancarme la voz.
Wallau: vos que estás allá abajo,
pediles que se queden con vos.


9.
Por meses Wallau me contó sobre ese sueño
en el que veía cartas de arena que se desintegraban.
Eran cartas mías, la mayor parte. Siempre algo urgente
que nunca podía recordar por la mañana.
Se despertaba cansado. Me llamaba a larga distancia.
Me preguntaba si todo estaba bien y si tenía comida.
Mientras me hablaba, un agua verde y quemante
me hacía ver un oasis en la alfombra.
Aquellas pocas veces en que fuimos a pescar
a la laguna de Arenal, Wallau parecía aburrido.
Casi tanto como en tantas otras noches
en que me acompañaba al ajedrez que no entendía.
Más fuerte que el aburrimiento era el deseo
de acompañar a su hijo, verlo crecer, verlo frustrarse.
Ni un solo guapote picó el anzuelo en la laguna.
El ajedrez se disipó como un vicio sin placer.
Wallau siguió en vilo…
Quedó la posibilidad de desayunar con él,
escribir las columnas de su periódico,
que me leyera, me increpara, me dijera…
Llegarle al viejo entre el café y las tortillas.
Escribirle cartas periodísticas por las mañanas
que previnieran aquella vez en que Wallau le preguntó
a una de mis amigas, en mi ausencia,
que cómo era yo, porque él no me conocía.
Le quedé debiendo un cuento sobre el Volvo B10
que condujo al otro lado del Tempisque,
algún homenaje a Glenn Miller, otro viaje a España
y las mil revelaciones de El país de las certezas.
Al final le escribí una carta, para contarle de la pesca
y darle las gracias. Para que durmiera mejor y dejara de soñar
con letras de arena. Para contarle que en esas horas mudas
en las que yo calculaba variantes o lanzaba cuerda,
él, por el simple hecho de estar, me había dado confianza.
Ahora que ya no está es que no me reconozco.
¿Abrir con 1. c4? ¿Usar lombrices como carnada?
Las más mínimas verdades son un diario Serengueti.
¿En qué piensa el césped cuando lo ahoga la nieve?
¿Cómo come una sardina huérfana en Semana Santa?
¿A quién se le ocurre que unas letras
pueden sustituir a la presencia de lo que nunca habla?


17. Canción de los muertos
Existimos. Tenemos nombres.
Ocupamos un espacio en la tierra.
Otros son cenizas en el agua.
Alguno es una mancha de dolor en un recuerdo.
No podemos ver a los vivos,
ni hablarles o interceder por ellos.
Somos perfectos. No nos equivocamos.
Finalmente comprendemos en silencio.
Ya no tenemos hambre ni sueño.
Somos la salomónica hierba
y los errantes pájaros marinos.
Nada nos perturba. Somos incontables.
En la película diaria de los vivos
somos los créditos finales, y la música al inicio.



Una vez un invierno

La luz es lo que anida
entre las sombras.
Nada tiene cuerpo.
En invierno los colores descansan
conmigo, en este hotel de otra parte
donde abrir la boca ya me hace extranjero.



Primavera nevada en Amherst, Massachusetts

¡Quién fuera Rafael Alberti
y cantara: “Otra vez la nieve;
otra vez el murmullo blanco,
las terrazas deshabitadas;
de nuevo el invierno absoluto,
el frío que está en las cobijas
de la tierra, y el agotado
sol deshaciéndose en su caspa”!
Quién fuera el poeta anhelante
que viera en el clima su paso
por el lento mar arbitrario
de lo ido — nunca lejano...
¡Quién fuera Rafael Alberti
—qué mierda—!
¡Quién pudiera ser él y decir algo!



Idaho, 1997

(A Olga Ruiz)

Olguita me envió un pétalo en su carta y me pidió que revisara si hay flores donde vivo o si el cielo es parecido al que está sobre su casa pero aquí sólo veo nieve y de noche el cielo es el mismo con sus estrellas y su negrura es más ancho que nunca pues la luna se me pierde a veces aunque yo no me entristezco porque el pétalo no se marchita y releo la carta en la que Olguita escribió que la vida a nuestra edad se ve bonita mientras espero salir de esta casa para regresar a la mía y ver la flor entera sembrada bajo el cielo mismo angosto y a Olguita linda imaginándolo todo y escribiéndome cartas.



Por el río sinuoso

Hoy como ayer, es difícil escribir
un poema simple. Eso dijo Mei Yao Ch’en.
Llevo horas leyéndolo a él y a Tu Fu, y he notado
que casi todos sus poemas están escritos en presente:
alguien canta una canción del Sur;
es primavera en las montañas; un halcón está
suspendido en el aire. El pretérito aparece
cuando se habla de la muerte: Tu Fu reporta que
un árbol del desierto perdió sus pocas hojas.
Mei Yao Ch’en, en un poema llamado Pena, declara:
“El cielo se llevó a mi esposa”. Pobre de él.
Al final de ese poema ya no ve ni a una sombra
en el espejo. La soledad es así; nos borra.
Una vez me perdí en un gentío — creo que fue
un 15 de septiembre; estábamos de paso en Alajuela
y era la primera vez que yo iba. Por una hora, más o menos,
me sentí tan solo que a veces me cuestiono
si realmente estuve ahí; y si lo estuve,
¿por qué no recuerdo a nadie? Si acaso me quedé
sentado al pie de un muro. Cuando mi hermano me encontró
fue como haber despertado de un sueño ajeno.
Pero volviendo a los versos,
los otros que encontré fueron estos:
“Es lo mismo con esta bella vida
que me era tan querida,” dichos por Mei Yao Ch’en
en Sobre la muerte de un recién nacido,
un poema que termina con una madre vertiendo
lágrimas de sangre, mientras sus pechos aún se llenan
con leche. Sólo que aquí no se usa el pretérito
sino el imperfecto, y algo suena a suspiro.
El pretérito es a la pérdida lo que el imperfecto
a la melancolía. No es lo mismo anhelar lo que se va
que llorar por lo perdido.
(Sobre la calle
una luna sin nubes
anuncia el viento.)
Tengo entendido que en chino no hay tiempos verbales;
las cosas se dicen en presente
con un aspecto adverbial que especifica su tiempo.
Ayer yo amo, por ejemplo, es la forma de decir amé.
Pero eso no explica por qué
los poemas de Tu Fu y Mei Yao Ch’en están en presente.
Estos de seguro fueron hombres normales, con deudas
y horarios; con rutinas, nostalgias y deseos;
de seguro escribían de manera regular sobre
las mismas cosas. Pero llevo horas leyéndolos a ambos
y es como si ninguno tuviera memoria
o como si nada les resultara evidente.
(El subjuntivo, por cierto, no es un tiempo verbal,
sino un estado de ánimo: Tal vez me vaya — me dijo ella,
desalentada; Como querás —le respondí yo, indiferente.
El subjuntivo sabe que la voluntad avanza a merced
del clima.)
A mi alrededor quizá hay más cosas concretas
de las que puedo percibir. Constato lo mismo
todas las mañanas: los mismos árboles innombrables,
pájaros precavidos y ardillas estresadas
royendo una bellota cuyas cúpulas al secarse
se despegan y parecen boinas de fieltro. (Ella me regaló
una bellota con cúpula; un amuleto para cuando
me sentara a escribir. Parece una pequeña cabecita
con boina. Yo la llamo Pío Baroja,
con mucho cariño). Pero el punto es que
cada mañana veo lo mismo. Se requiere un corazón
muy amplio para escribir siempre en presente. Cada día
un nuevo día; el río es, pero no como era; las cosas son ellas
y no serán símiles. Tal vez escribiendo en presente
llegaría a componer un único poema
sobre las estaciones climáticas. Y no sería poco:
hay tanto que aprender de la luz y sus migraciones.
Hace unos días casi me congelo
tras quedar absorto viendo un junípero en otoño:
me dio la noche y descendió la temperatura;
estuve jalando mocos un buen rato. Entré a la casa
y preparé una sopa de algas: un amigo me las trajo
y yo no sabía qué más hacer con ellas. Aprendí que
las algas no se pueden morder: se pegan como sanguijuelas
en las paredes de la boca. Hay algo inquietante en las algas,
algo invasivo; me hacen sentir cubierto de escamas.
Ella también me besaba de esa forma invasiva, buscando
los pliegues de mi boca. El sexo nos limpiaba la piel.
Era como un cuchillo que nos quitaba las escamas.
(Hablando de sexo, hay una broma muy conocida
que se hace con las galletas de la suerte que dan
en los restaurantes chinos. El chiste es agregar “en la cama”
a lo que sea que diga la suerte. La última vez
yo saqué: “La filosofía de un siglo es el sentido común
del siguiente... en la cama,” lo cual es bastante estúpido;
pero a alguien más le salió ésta: “Acepta la siguiente
proposición que escuches... en la cama,”
lo cual sí tiene algo de malicia.)
Una vez le ofrecí a ella
que me pidiera cualquiera cosa... en la cama.
Ella no sabía qué decir. Lo digo en imperfecto
porque hoy anhelo su disposición de esa noche.
Todo pudo haber sido mejor. Es un arte sutil aprender
a ofrecerse. También la excesiva intimidad
nos borra un poco, como la soledad. Después de todo
es bueno tener escamas; saber hasta dónde llegamos nosotros
y dónde empieza la corriente que encaramos. Y es bueno
deshacerse de esas escamas como una bellota
se deshace de su cúpula; es bueno rodar y perderse
entre las hojas caídas de un árbol desconocido.
Es necesario perder para aprender a nombrar.
Si yo fuera Mei Yao Ch’en escribiría
que a plena luz del día sueño que estoy con ella,
y que de noche sueño que aún sigue conmigo. Si fuera
Tu Fu escribiría sólo en presente
y me sorprendería ante una canasta de frutas, no ante
los tiempos verbales de mi idioma, sus aspectos emotivos.
Escribiría poemas simples que al cabo de un rato olvidaría.
Y por eso quizá es que después de varias horas los poemas
de estos hombres resbalan en mi mente como niebla. De ellos
sólo me queda una breve ilusión de fijeza.
Algo está allá, en el pasado irrecuperable, tenso
en el recuerdo, sostenido por los nombres. Mientras tanto,
Tu Fu y Mei Yao Ch’en navegan por la bruma del tiempo
como dos botes sobre un río sinuoso. Y por encima de todo
la luna brilla.


G.A. Chaves
G.A. Chaves (Heredia, Costa Rica, 1979) ha publicado Cuentos etcétera (relatos, EUNED 2004), Vida ajena (poemas, EUNED 2010) y Diario de Finisterre (novela, Uruk 2014). Ha editado, seleccionado y prologado En esta rara noche: Poesía selecta 1970-2008 de Carlos de la Ossa (EUNED 2009), y ha traducido Fin del continente: Antología mínima de Robinson Jeffers (Editorial Germinal, 2010). Estudió ciencias políticas en la Universidad de Costa Rica en San José. Tiene una maestría en literatura por la Universidad de Massachusetts-Amherst y estudios de doctorado por la Universidad de Maryland. Fue finalista del Segundo Premio de Literatura Joven Latinoamericana ST Dupont – MEET en 1999. Ha sido incluido en Historias de nunca acabar: Antología del nuevo cuento costarricense (Editorial Costa Rica, 2009).