Si como dice el filósofo Herra “Las artes pueden dar un estatuto de
ficción a lo horrendo, a lo insoportable, a lo feo y monstruoso... Transformados en ficciones artísticas, esos
momentos desagradables se estructuran emocionalmente como algo lejano y que no
me alcanza en el goce puramente estético más que como fantasía e irrealidad... Lo bello artístico es un artificio destinado
a crear artefactos sustitutivos frente a parcelas angustiosas del mundo. Esta
sustitución es perentoria y fracasa, puesto que frente a las fantasías
ficcionales el mundo se impone en definitiva”[1]
¿Será por eso que amamos el sagrado
y pequeñoburgués desayuno dominical leyendo La Nación S.A., creyendo que todo
ocurre muy lejos, o ni eso, sólo ocurre sobre esas páginas del diario, o mejor,
ni siquiera ocurre?
¿Será porque amamos esa realidad domada de los medios, la misma que se
toma o se deja, a la que se le da un “like” o un “delete”?
Pues todo texto es ficción, un arreglo, un acomodo, ¿Acaso hay un
criterio para discriminar entre los titulares y las vallas publicitarias, los noticieros,
best sellers, conciertos de cámara, misas, plazas públicas? Todos son textos
que hacen posible entrar y contemplar la realidad tan temida, sonreírle y
regresar a salvo.
Quizá por eso nos sentamos en las butacas del cine sorbiendo gaseosas y
rumeando palomitas, sinceramente agradecidos de que un héroe pueda resolverlo
todo a balazos, y pueda destruir finalmente al temido monstruo que habita en
nosotros antes que salga de la pantalla
y comience a disparar...
Germán Hernández
