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10/2/15

Karla Sterloff - La Mordiente







Karla Sterloff, debuta con el pie derecho con su primer cuentario “La mordiente” el cual fue reconocido con el premio nacional de cuento Aquileo Echeverría 2014. Apenas un preámbulo para una obra en marcha y que esperamos continúe por la prometedora que lleva hasta ahora. Y para los lectores y lectoras un delicioso entremés  que la autora ha querido compartir con El Signo Roto, los cuentos: Campo de algodones y La Barby,  para que se animen a descubrir todo lo que “La mordiente”  ofrece.


Campo  de  algodones

Las mujeres que tienen vida nocturna, salen a altas horas de la noche
 y entran en contacto con bebedores, están en riesgo. Es difícil salir a la calle y no mojarse.

Arturo González Rascón
Ex procurador de Justicia del Estado,  febrero de 1999.
En “El Diario de Juárez”, 24 de febrero de 1999.

Ya no puedo esperar más. Ahora solo resta la descomposición de mi cuerpo, la masa bizarra y uniforme de mis carnes camino a ser un líquido viscoso y mal oliente. El aire se envicia con el paso de los días. La cabeza sigue dando vueltas buscando la forma de  dejar entrar un soplo de oxígeno por alguno de los bordes de la nariz, por algún poro.
La vez que pasé por la esquina donde los carros estacionados con las puertas abiertas me llamaban, les dije mi nombre, coqueteé un poco con ellos. Pero luego no lloré,  no abrí las piernas. No acudí, ¿habré caminado junto a ellos?  Los recuerdos plagados de miedo son recuerdos exacerbados e inexactos, así que  tal vez acepté una cerveza.
─¡Bonita tu blusa, mujer! ─sonrisa.
─¡Guapa! ─otra vez sonrisa.
Volví la cabeza para sonreír también.
Me inquietaban aquellos hombres, tenía curiosidad, ganas, ese revoloteo en el cuerpo que me hace juntar las piernas y apretarlas con tironcitos pequeños.
“Guapa”, es una linda palabra, un imán para darme vuelta y fingir timidez cuando me aparto el pelo. Voltear esta trama errada parece sarcástico. No, más sarcástico que la cabeza siga el remolino de las horas y de los días que pasan como un coletazo de reptil hasta convertirme en esta osamenta en medio del polvo.
Terminaba el turno de las dos y caminé a la próxima parada del autobús. El calor a esta hora es un puñado de piedras en la espalda: seco, árido, grave. Suena.
Todo se escucha  con eco, el calor cayendo en diminutos granos de arena sobre el camino, la música de la camioneta saliendo estrepitosamente por la puerta abierta como una bofetada, los hombres con sombrero y los haces de luz de las botellas de cerveza en las manos.
Veo la hebilla plateada. La figura metálica con las fauces abiertas en la cintura, los ojos incrustados como piedras rojas y la correa gruesa y negra al borde del pantalón. Escucho las risas y luego los gimoteos. No es cierto que la muerte sea el final. Lo lamento por todo lo que nos enseñaron, por la vida vivida, por la tía Sara que dejó de buscar al vecino cuando volvió de la iglesia arrastrando aquel sermón  y por mi madre.  Me río de la falda en el colegio, una cuarta más abajo de la rodilla y del miedo al mar, a la noche, a los espantos y al fuego. No hay una luz en este espacio, ni un río, no hay ángeles que te encaminen a dios o al infierno. No hay santos, ni están los conejos que criaba mi madre, como pensé.
Los conejos. Mamá pasó toda la vida criando a estos animales, que pronto yo adoptaba como mascotas para después llorarlos, uno a uno, con la misma devoción con que mamá lavaba los zapatos ensangrentados. Imploro la vida de este conejo delante de mamá, esa es mamá que encoge los hombros con la mirada vacía y me da la espalda mientras se curten las pieles al sol y yo construyo la idea de un cielo blanco plagado de conejos.
Oiga usted el chillido del animal amplificado, vea su nariz rosada palidecer, los ojillos rojos dilatándose hasta la inmovilidad del resoplo. Vuelve el chillido del animal encerrado en mi pecho. Mi diafragma es pequeño pero me he vuelto sonora, asmática, acústica, acústica, acústica...
Un coyote ulula detrás de la montaña. Cuando calla, me percato de que no nací aquí. Esta tierra que me contiene, no es mi tierra. Tengo la vaga imagen de un tiquete de autobús y una fila interminable de personas con maletas y bolsas de fibra plástica.  Pongamos que fue un catorce, el día catorce que hui de casa alentada por un programa de radio. Era un programa infantil donde narraban una leyenda del sur. Radio Musicalito, efe eme, paratantantantán. “Bríncate el círculo de baba”, Lorena, me decía la caja aun estando apagada. Yo era la serpiente que murió de hambre y sed al creerse atrapada en la circunferencia de baba que el sapo había trazado. Él se llamaba Francisco. El primer año juntos fue bueno, luego vino el otro y los demás, y el círculo era cada vez más estrecho. Me sentía asfixiada. Sí, esa soy yo escuchando la radio. Asustada y de parchones, con interferencia y  efecto moiré. Lo planeé seis meses, el dinero, los papeles, salir sin dejar dirección ni contactos. Dicen que al norte hay trabajo.
Subo al autobús esquivando la bolsa de la mujer gorda con várices en sus piernas.  Ahora todo es vaporoso, la nube hacia la escalinata que lleva a la puerta parece estrecharse a su paso. Recuerdo a la  mujer gorda  porque la enagua de flores rosa que viste, parece terminar en las várices que se extienden hasta los tobillos, como los tallos de las flores sembradas en el jardín de casa. A cierta edad las piernas acaban siendo dos vástagos de superficie irregular. Así hubieran sido las mías en treinta años más.
El hecho es que la bolsa de plástico luce pesada, casi tan pesada como ella y cada vez que la mueve para avanzar en la fila, termina por rozar de alguna manera conmigo. Ahora ambas somos pasajeras.
La experiencia desde la ventanilla resulta alucinante. Adentro tengo una sensación que ahora podría describir como visceral. Se me seca la boca y las náuseas son un gancho prensado en el estómago. Fui saliendo de un hormiguero de gentes y automóviles y del silbido frío de la madrugada hacia paisajes donde el autobús se convierte en el único acompañante de su sombra. Son doce horas de maldito desierto. Maldito calor y frío extenuante que llevan hasta la frontera. Si alguna vez hubo camino, hoy lo cubrió el viento con su frazada de polvo y nubes y lejos de admirar el paisaje, cierro los ojos para que el sol no los queme. Treinta grados y el dolor en la nuca y el codazo inconsciente en el vidrio para despertar y caer en cuenta de lo oscuro que pueden ser los autobuses al filo de la nada.
La mujer de las várices duerme plácidamente reclinada sobre el asiento detrás del chofer. A cada tanto, el autobús da algún tumbo y la mujer cambia el brazo con que se apoya sobre el asiento. En unos minutos me preguntará:
─¿Va para el otro lado?
Le sonrío y asiento con la cabeza.
Ella se estira las medias, se acomoda en el asiento y vuelve a dormir.
Durante horas, no puedo dejar de pensar en sus venas deformadas. Una piedra debajo de la llanta, un animal solitario en medio de la ruta, una espina, la temperatura inflamada del sol, cualquier cosa provocaría el estallido de los tallos de sus piernas y a consecuencia, yo que estoy ciega por esta ventana, tendría que observar cómo se le tiñe de rojo la media de nylon hasta llegar al zapato, observarla sacar el pañito de la bolsa, limpiar el piso con la misma prolijidad con que se pule el piso propio cada mañana. Cierro los ojos con asco.
De paso, me río al sorprenderme pensando en el color de su sangre.
Esta vez debería ser sin lugar a dudas, verde. Sangre verde que liberaría a la vena de la presión que la ha deformado por años. Verde, como la de todas nosotras que irrigaremos los campos al lado de la Panamericana. No hay nombres ni lápidas en este lugar olvidado que vomitó el desierto, solo quedan las ramas leñosas donde los copos de algodón parecen conejos.

Fotografía de Margarita Durán.


La  barbi

El día que la antipática de Guiselle había traído todas las barbis a la escuela, Catalina conoció la envidia. Se había dedicado a observar cómo las cuatro elegidas por la arpía, se dirigían de la mano buscando un espacio en el suelo para vaciar el contenido del bolsito rosado.
─Aquí las tenés ─la oyó decirles a las otras niñas mientras las muñecas, vestidos y zapatos rodaban sobre el mosaico de colores. Una montaña de ropa diminuta y accesorios rosados fue colocada frente a sus ojos.
De espalda sobre la pared del pasillo, Catalina pudo escuchar cómo las niñas suspiraban mientras deshacían los nudos de las largas cabelleras y le probaban a las muñecas los vestidos de chifón que se les atoraban en las tetas.
Semanas antes, ella había traído sus muñecas regordetas sin ningún éxito, de esas que su familia solía regalarle en todos los cumpleaños, y que cada año, le gustaban un poco menos.
A su prima Adriana también le habían comprado barbis. Se las habían traído del norte y desde el momento en que Catalina las tuvo en sus manos, supo que lo que deseaba más en la vida, era tener una de las muñecas rubias, de cintura de avispa y delantera espectacular.
Su prima dejaba que jugara con ellas cuando Catalina la visitaba por las tardes. Tenía dos, una vestida de hada y la otra de hawaiana. Catalina se acercó a su madre con la barbi en traje de baño y anteojos de sol. Las piernas torneadas larguísimas de la muñeca terminaban en una perfecta punta. Una diminuta sandalia rosa cayó sobre la mesa del comedor donde tomaban café su madre y su tía.
─Mami, yo quiero una.
─Esas muñecas no son para niñas. ─dijo su madre ocupada en las imágenes que saltaban a latigazos del televisor de la cocina─. Luego le puso mantequilla a la galleta, sorbió un trago de café y continuó conversando con la tía Fresia sobre la telenovela.
El suspiro de Catalina no lo escuchó nadie.
 Parece que no había más posibilidad que conformarse con las bebitas gordas que tenía, hasta que Adriana, aburrida de jugar con las barbis, le heredara alguna. Claro que para esa fecha, ya estaría un tanto ajada y posiblemente con la melena mocha.
─¡No se hable más del asunto! ─Y así fue─. En casa no se hablaba de muchas cosas y los adultos determinaban la importancia y el orden de los eventos que marcaban las vidas.
Una tarde el sol se puso anaranjado y la chiquillada desbordó las aceras. La tribu de niños correteaba con ardor y todas las puertas lucían abiertas. El barrio era un bloque de casas siamesas que se enfilaban sobre cincuenta metros de cuadra.
Catalina sintió ganas de orinar. Así que pidió una tregua a los demás niños, se quitó los patines para no rayar el piso como había ordenado su mamá, y con ellos debajo del brazo y en puntillas, entró corriendo a su casa en busca del baño. Sintió como un hilito tibio empezó a humedecerle los calzones y apresuró el paso. El teléfono comenzó a timbrar desde la sala.
─Cata, ¿sos vos?, ¡Contestá, puede ser tu papá! ─gritó su madre desde la pila con los vasos y platos nadando en jabón.
Era bastante tarde y ahora irremediablemente tendría que cambiarse el calzón. Así que pegando brincos, dejó los patines a un lado y contestó la llamada con una de las manos entre las piernas.
─¿Aló?
 ─Aló, repitió Catalina frente al silencio que se escondía del otro lado.
Entre cada palabra un pitillo robótico marcaba las segundos. Cuando estaba a punto de colgar,  una voz de mujer preguntó:
─¡Hola, Cata! ¿Sos vos?
─Sí, contestó Catalina tratando de reconocer aquella voz tan fuera de su repertorio familiar.
─Marvin me ha hablado mucho de vos. Vos no me conocés, soy la Macha, una amiga de tu papá. ¿Cuántos años tenés ya? ¿Nueve, diez?
─Ocho, voy para nueve ─respondió apresuradamente Catalina sintiendo reventar la vejiga.
─Yo vivo en Estados Unidos, ¿sabés? Cuando vaya allá te voy a llevar un regalo y le pido a Marvin que nos presente.
Catalina optó por sentarse en el piso y arrugar la cara lo más fuerte que pudo. Luego siguió apretar las piernas, jalar más duro con la mano, pensar en que no se orinaba ya. Contener, contener…
─¿Te gustan las muñecas?, preguntó la mujer en medio del pitillo que marcaba la llamada de larga distancia.
─Ya estoy grande para eso, dijo Catalina pensando en sus bebés gordas.
─De seguro que te gustan las barbis. Aquí son las muñecas de moda, todas las chicas las quieren. La próxima vez que vaya, te voy a llevar una. Sentenció la mujer del teléfono antes de preguntar: ¿Y Marvin?
─No está.
─Gracias, mi reina. Guardame el secreto de que lo llamé. Yo llego por allá en marzo, vas a ver que barbi tan linda te llevo.
La tarde pasaba lenta. Los hijos de los vecinos todavía jugaban al fut y patinaban por la acera. El Chevy rojo de Marvin se estacionó sobre la entrada tumbando un árbol recién germinado de pitanga. Catalina recuerda que sobre el piso quedó una manchita de 
orines, que su madre lavaba platos vuelta de espaldas y que esa tarde no sacó más los patines. A la semana siguiente, Marvin empacó sus cosas en tres maletas que puso dentro del Chevy rojo. Había llegado marzo, con las flores de todos sus árboles explotando en el paisaje.


Karla Sterloff. Nació en San José, Costa Rica en 1975. Estudió Psicología y Ciencias de la Educación recién obtuvo el Premio Nacional Aquileo Echeverría de Cuento con “La mordiente” (URUK, 2014). Ha publicado también dos poemarios: “Especies menores” (EUCR. 2011) el cual fue galardonado con el primer premio en el Concurso de Poesía 2011 convocado por la EUCR,  y “La respiración de las cosas” (The Rolling Book)






14/3/11

Posibles Futuros - Cuentos de Ciencia Ficción

Preguntarse qué hace o qué define a la Ciencia Ficción, siempre ha sido una cuestión difícil de responder. La respuesta más ingenua sería aquella que se basa en sus tópicos: extraterrestres, viajes interplanetarios, androides inteligentes, etc.; ciertamente todos esos tópicos están presentes en la literatura de ciencia ficción, pero no estoy seguro que la definan.

Recuerdo la aguda observación que me hiciera al respecto el querido amigo y narrador William Flores en su momento respecto a una antología latinoamericana de ciencia ficción publicada en los ochentas por Orbis y recopilada por  Bernard Goorden y Alfred e. Van Vogt, al respecto me decía: Es una antología hecha por anglosajones, y mucho de lo que ellos consideran ciencia ficción para nosotros es realismo mágico”.

Quizás, lo que define a la ciencia ficción en buena medida sea lo que refleja el título de la notable antología publicada en 2009 por EUNED: Posibles Futuros, en otras palabras, un futuro donde se vuelve cotidiano lo que hoy técnicamente no es posible: esos androides inteligentes, los viajes en el tiempo y el espacio, o el sombrío amanecer post-cataclismo, etc.

Pero finalmente lo que me importa, es valorar la dignidad literaria de un texto al margen de sus etiquetas, claro, esas etiquetas también tienen su propia dignidad.

La Antología que reseñamos, tiene un defecto que lamentamos: no se nos dice por ninguna parte quién la ha reseñado ni por qué. Pero dicho defecto queda en segundo lugar muy pronto, gracias a la calidad y valía de la selección.

Seis cuentos y seis autores, con una breve introducción de Juan Toledano, quien expone y trata de contextualizar la ciencia ficción en Latinoamérica y en Costa Rica para introducirnos en el terreno propio de la muestra, me sorprende que omitiera en su comentario a Alfredo Cardona Peña como antecedente, en vista de que su obra narrativa es especialmente valiosa en ese sentido y precursora del género fantástico y de ciencia ficción en la narrativa costarricense y centroamericana  (Para muestra un botón: “La Niña de Cambridge”).

Abre la muestra con “Los Túneles de la Memoria” de Laura Casasa, quien valiéndose de la especulación escatológica (tópico bien resaltado por Toledano) nos lleva a un futuro donde la humanidad habrá devenido en una raza subterránea, y vívidamente nostálgica; un cuento bellamente elaborado que hábilmente interpela al presente y su escaza capacidad de aprensión.

Le sigue uno de los cuentos más hermosos de la selección, “La onceava generación” de Antonio Chamu el cual está elaborado con una técnica impecable, ofreciendo claves y premoniciones desde la primera línea sin precipitar o explicar el desenlace, manteniendo una tensión y atmósfera de suspenso que solo es posible resolver hasta la última línea; irónico, poético, un texto que por su capacidad sugestiva merece ser releído.

“Frente Frío”, de la notable narradora Jessika Clark, nos sumerge en un futuro caótico, gélido, donde en medio de la conspiración, el más humano despecho sirve de motivo para renovar las fuerzas más íntimas de la tierra como fuerza renovadora ante el esfuerzo humano por no quedar al margen.

En una clave distinta, “La Tropa” de David Díaz, más distante, menos especulativo, menos futurista, elaborando un registro de candorosa ingenuidad en la fantasía crédula de la infancia, a la larga un  rodeo para llegar hasta la inocencia perdida, perdida para siempre en cada uno de sus protagonistas.

“Sputnik”, de Iván Molina Jiménez, es un relato ágil, fresco, imaginativo, pero el menos logrado de todos cuando el autor, sin sutileza alguna, nos revela toda su intención hacia el final del relato, malogrando uno de los mejores argumentos de toda la selección.

“Flor de crepúsculo” de Laura Quijano, nos regresa a ese atardecer de la humanidad, a ese futuro post cataclismo mediante el juego onírico y los torbellinos de arena, que finalmente se llevarán todo rastro.

Proponemos una lectura sin prejuicios ni parcialidades, simplemente literatura de la buena para quien quiera aproximarse a la nueva narrativa costarricense y a su vena más atrevida, la ciencia ficción.

Germán Hernández. 

18/2/11

Pedro - David Eduarte



Pedro

 
Muuuuuy buenas tardes damas y caballeros. Primero quiero pedirles disculpas por interrumpir cualquier cosa que estén haciendo y por robarles un momento su atención… Mi nombre es Pedro, como pueden ver no llevo ningún distintivo ni ningún documento que certifique o justifique el porque estoy acá pidiéndoles una colaboración. No estoy vendiendo postales, ni llaveros, ni bolígrafos. No vengo departe de ningún centro de restauración, no vengo a hablarles de cómo el señor Jesucristo me salvó del demonio de las drogas. Tampoco estoy aquí para contarles cómo fue que me dejaron sin trabajo y como estoy demasiado viejo para volver a ser contratado, ni a decirles que necesito de su colaboración para comprarles comida a mis hijos, ya es demasiado tarde para eso

 Vengo a pedirles una colaboración simbólica, lo que tengan, cualquier monedita, veinte, cinco, diez colones, eso no importa, lo que su corazón y su bolsillo puedan disponer para una noble causa. Quiero pedirles una colaboración para poder así comprar un arma, así es damas y caballeros, un arma y una bala

 No se asusten con esto que acabo de decir, no soy un criminal, nunca le he hecho un daño a ninguno de mis vecinos y hermanos, y ciertamente no lo haré ahora que estoy ya en los últimos años de vida. Cómo les dije anteriormente, no vengo a pedirles dinero para poder vivir mientras consigo otro empleo, ya que no pienso conseguirlo, desde joven he trabajado duro y dignamente pero ya a mis edades sé que nadie me va a contratar, además estoy ya muy cansado; no vengo a pedirles dinero para comprar la lechita para mis hijos ya que no están más conmigo. Un arma y una bala, damas y caballeros, es para lo que estoy pidiendo su colaboración. Un arma y una bala que pienso usar para matar al presidente.
 Ahora voy a pasar por cada uno de sus asientos recogiendo cualquier colaboración que quieran dar. Muchas gracias, y recuerden, manos que no dan… nunca estarán limpias.

—¿Va a matar al presidente?

—Eso dicen las denuncias –nunca había estado en el despacho del ministro, acariciaba el cono de cartón que había agarrado del sifón de agua. Mientras esperaba admiraba los anaqueles repletos de libros sobre derecho penal que estaba seguro ningún ministro había tocado.

—¿Quién las hizo?

—Pues la gran mayoría son anónimas, pero unas cuatro o cinco si dieron los datos.

—¿Y ya los interrogaron?

—Sí, lo describen como un hombre de unos cincuenta o sesenta años, pero muy avejentado, calvo y de barba larga y desordenada. Algunas lo describen como un indigente y otras no, pero supongo que eso depende de quién es la persona que hacía la denuncia. Sobre cómo anda vestido, pues nadie da la misma descripción, siempre tiene ropa diferente, algunas veces usa un abrigo, otras una camiseta, pantalones cortos, chancletas, botas, siempre es diferente.

—Pero ¿Qué tal si no es más que un loco que se sube a los buses?

—Usted sabe que no nos podemos dar esos lujos señor ministro.

—Bueno, que giren la orden de captura entonces.

—Señor ministro –dijo tomando de nuevo la carpeta con las denuncias–. ¿Cómo espera que gire una orden de captura a un tipo que sólo se identifican como Pedro y que cabe en la descripción de la mitad de los indigentes de la ciudad?

—Bueno, ponga oficiales en los buses.

—¿En todas las rutas a todas horas? –se levantó para botar el conito de cartón–. Señor, lo han visto en casi todas las rutas, se mueve por todo el país, no sólo en la capital.

—Como usted ya lo dijo, no podemos darnos estos lujos. Vea a ver como lo detiene para averiguar si es solamente un loco o ya estamos hablando de algo más serio.

 El ministro le hizo la indicación de que ya podía retirarse. Mientras caminaba por los pasillos crema del ministerio, siempre tan húmedos, como una cripta de playwood y pintura de plomo. Era un edificio viejo, y esa vejez llegaba a notarse en los que ahí trabajaban. Cualquier que tuviera más de dos semanas de trabajar ahí se convertía fácilmente en una pieza de inmobiliario más, como esos sillones de los años sesenta que todavía tienen cerca de los elevadores, todo parecía haber estado ahí toda su vida y no podría estar en otro lado. Intentaba no pensar mucho en eso.

 Dos días después ocurrió el primer atentado. No tuvo éxito, era un hombre que se identificaba como Pedro. Sin identificación, sin registro alguno, sin cotizaciones al seguro social, nada, absolutamente nada, no existía simplemente.

—¿Cómo se atreve a decir que no existo si estoy hablando con usted en este preciso momento? Si cuando entro acá arrugó la ñata, como si nunca hubiera olido a alguien que vive en la calle.

—Miré, Pedro, no me refería a eso –siguió, midiendo sus palabras–. No se haga el que no sabe lo que estoy diciendo cuando le digo que usted no existe. Ahora ya dígame ¿Qué pretendía con toda esta mierda de subirse a los buses a pedir plata y luego dispararle al presidente?

—Bueno, di… matar al presidente

—Claro, claro, pero me refería a sus motivos hombre.

—Pues véalo como un ajusticiamiento, ustedes tienen un pichazo de casos así ¿no?

—El presidente de la republica no es un criminal.
—Bueno, esa es una opinión.

 El segundo atentado ocurrió dos semanas después. Después de todos los protocolos funerarios tenía a dos hombres, llamados Pedro, dos fantasmas barbados sacados de la calle.

—Mire hijodeputa, si en este país existiera la pena de muerte ya estaría amarrado a una camilla con una aguja en el brazo. Pero ahora sólo nos va a quedar meterlo en la cárcel de por vida.

—Usted puede hacer lo que le dé la gana conmigo. Yo no soy nadie, usted me lo ha dicho varias veces, y tiene razón, yo ya cumplí. Y los que siguen en la calle, recolectando plata en los buses, en las paradas, una monedita por acá, otra por allá, pues yo tampoco sé quiénes son. Solamente vi a uno de esos Pedros, uno igualito a mí, hablando en una parada y empecé a hacer lo mismo. Mire, llevo diez años viviendo en la calle y me pareció que era una buena idea, como que tenía sentido, en esos diez años nunca pude ponerle nombre a esta vara hasta que oí a ese mae. Pensé que yo era solamente un miado, pero lo que dijo Pedro tenía tanto sentido. Yo ya jugué, me entiende, pero hay otros que apenas  la están empezando y otros que quizás nunca tengan que hacerlo.

—No me venga con esas mierdas. Dígame algo que nos sirva antes de que me olvide de ofrecerle algún beneficio si nos da información.

—Bueno oficial, lo lógico es que siga el vicepresidente.

David Eduarte


David Eduarte.1985. Graduado en Ciencias Políticas en la UCR. Cuenta con diversas publicaciones en medios independientes, además de haber sido incluido en la Antología del Nuevo cuento Costarricense, Historias de Nunca Acabar, Barquero y Murillo Editorial Costa Rica 2008.
   

Ha publicado:
 
Cuentos circunstanciales, Editorial de la Universidad de Costa Rica. 2008
Alejandría, Editorial de la Universidad de Costa Rica. (2010)



12/2/11

Ficción que sí tuvo lugar en el jardín - Rafael Angel Herra



Ficción que sí tuvo lugar en el jardín

 
- Hola.
- Te quiero contar algo.
- Decime.
- Te dará curiosidad.
- Ya estoy oyéndote.
- Voy camino a mi estudio, el jardinero trabaja a toda máquina cortando hierbas, hay hojas por todas partes...
- Mmmm.
- Me llaman la atención tres o cuatro zanates, muy interesados observando lo que hacía un congénere tan feo y tan listo como ellos.
- ¿Y?
- Ya casi te cuento.
- O me contás ya o me voy.
- Es la segunda vez que sorprendo a uno de esas aves haciendo de las suyas. Un día fue en pleno vuelo. Todavía lo veo atenazando a un colibrí con el pico...
- Grrrrrrr
- Hoy vi, fascinado, el combate entre el pájaro y una serpiente.
- ¿En tu jardín?
- Sí. La serpiente tenía unos 25 ó 30 cm de largo. Estaba junto a una azalea. Era color pardo, no sé sin con algún tipo de dibujo borroso en el lomo. Tampoco supe si era venenosa.
- Uy.
- Se movía erguida, dispuesta a morder, con cierta cadencia, el pájaro saltaba a un lado y a otro, tal vez para despistarla.
- Nooo.
- De pronto saltó y le prensó la cabeza con el pico, alzó vuelo, dio un giro por el jardín mientras la serpiente sin fuerzas se le enroscaba en el cuello y voló hasta la cumbrera de la casa, a donde llegaron los otros zanates, seguro con envidia, aunque no se le acercaron mucho. Más no vi.


Rafael Ángel Herra


Rafael Ángel Herra. Cuando era pequeño, un toro se metió en la casa de sus abuelos, pasó por la cocina, salió por la puerta del frente y aún hoy sigue huyendo de los perseguidores que querían llevarlo al matadero... Este recuerdo reaparece en Viaje al reino de los deseos.
Doctor en Filosofía (Maguncia), autor de una docena de libros de ficción, ensayo, poesía lírica, un radioteatro, excatedrático y por muchos años Director de la Revista de Filosofía de la UCR, profesor huésped en las Universidades de Bamberg y Giessen, Ex embajador en Alemania y en la Unesco, miembro de número de la Academia Costarricense de la Lengua. 
 









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