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26/1/18

Días de proletarización – Fabián Coto Chaves



Es difícil de precisar en qué momento, pasamos de ser “banana republics” a “call center republics”, cierto es que ya vamos descendiendo esta montaña rusa sin retorno y ya quedaron lejos “los poemas de la oficina”, aquellos que escribían los funcionarios en lugar de postear memes en redes sociales, y que incluso descorbatados y soñadores persiguieron hacer realidad sus sueños en trincheras utópicas. Aplastados los proyectos revolucionarios, finalmente fueron aplastados los sujetos históricos, el único proyecto hoy es la sobrevivencia, comer y comprar.

No creo que “Días de proletarización” de Fabián Coto Chaves explique a la Costa Rica del presente, es tan estándar como cualquier Mall de cualquier lugar del mundo, sino que más bien describe el intento de singularidad de un sujeto común, difuminado en la marea de normalidad. Describe el cinismo generacional de los que crecimos con sueños y consignas prestadas sin ser capaces de generar las propias.
 
Fabián Coto Chaves
En este raro libro, compuesto a la manera de un (digamos) diario, o mejor, al posteo de entradas en un muro de Facebook, (pues así fue gestado), la irreverencia del autor va narrando mediante fragmentos un mundo que parece siempre estar más allá de los ventanales de su oficina, una vida que se quedó prisionera, un Sísifo enjaulado. Pero sin patetismos, en el fondo un Sísifo dichoso.

Y más concretamente, este libro es un divertimento, sin mucha anécdota, apenas cuadros, que van recreando atmosféricamente el tedio y la resignación, el narrador autor personaje protagonista además es un gran comensal, medio libro ocurre al almuerzo, en sodas y food courts, buen provecho para él y para los lectores que disfruten leerse así mismos en esta sabrosa obra.


Germán Hernández.


24/2/17

Fabián Coto Chaves – El país de las certezas



Fabián Coto Chaves debuta literariamente en el 2015 con el libro “El país de las certezas”. Es un debut a medias, pues tampoco el autor es un desconocido, ya tiene un back round bien ganado en la notable revista en línea Paquidermo de la que es editor y colaborador, mientras que en la obra que nos ocupa en esta oportunidad, es sobresaliente la firmeza de su prosa contenida y sobria; es un libro ecléctico, la singularidad y variedad de tópicos que abarca también pone de manifiesto el amplio bagaje del autor que expresa su también amplio abanico de preocupaciones y obsesiones.

Tras la dedicatoria, los agradecimientos y un epígrafe, arranca el libro sin las coordenadas, divisiones y parafernalia usuales, directamente en cuarenta y seis textos donde lo que más resalta es el manejo de los espacios y atmósferas que emplea dentro de los marcos que delimita en cada uno.

Tal vez se pueda intuir arbitrariamente cierta organización (a veces sí, otras no) por tema y tratamiento en el orden de los textos, por ejemplo, en los ocho primeros, (y luego otros dispersos en el libro) que cuentan anécdotas de una Costa Rica rural y meseteña ya ida, como recuperadas de la oralidad, como una especie de memoria patrimonial que quiere salvarse, en cuanto al tratamiento, se siente el sabor y la mesura del realismo agrario de Fabián Dobles, de Marco Retana de Francisco Zúñiga Díaz y Adolfo Herrera García, no algo en particular de estos autores, sino más bien ese modo distintivo de narrar el mundo rural. Pues si nos refiriéramos a obras y autores de primera entrada “El mar” con que abre la colección me evoca instantáneamente en su primera línea “Tenía poco más de 20 años y nunca había visto el mar” a un cuento de Salarrué sobre dos campesinos que no conocían el mar (tristemente he tratado de encontrar ese texto, sé que lo leí hace más de veinte años, pero ahora es imposible recordar dónde, si el libro era mío o me lo robaron, quien sabe, pero aún resuena en la memoria). Pero el contexto es totalmente distinto, el relato de Coto Chaves también nos sirve de modelo, en él está bien planteada la estructura y tratamiento de casi la totalidad de sus relatos.

En “El mar” el protagonista Joaquín (ficcional o ficcionado) se monta sobre un marco realista e histórico, en este caso la guerra civil del 48 en Costa Rica (el autor conoce, ha investigado, hace referencia a hechos, fechas y pormenores) pero “a él solo le interesaba conocer el mar” y cuando este acontecimiento llega al fin, descubre que “Solo es un montón de agua con otro montón de agua encima” El relato queda abierto, su protagonista pasa de largo por la guerra y los acontecimientos que no le importaban, pasa de largo por el asombro de ver el mar, pero recuerda la textura de la arena adherida al rostro y el olor a pólvora quemada, ¿será el relato de un muerto o un sobreviviente?

De manera semejante “Un recuerdo improbable de la guerra del 48” el protagonista, un testigo pasa también de largo por aquella guerra, no cuestiona lo que cuentan sobre ella, sino que contrasta su propia experiencia de ella, “para mí la guerra y la infancia fueron, más o menos, un paseo a la finca de mi abuelo.”

Los siguientes dos textos son anécdotas de caza, “Una cacería de tigre”, “Un cerrojo tipo máuser”, hay también a lo largo del libro textos de “perfiles” de “personaje singulares” pequeños retratos si se quiere, “Fígaro” (el amante de las aves que el día de su entierro no cantaron) y “Chico Caiteles” (donde se aborda el escenario de las bananeras), “Ramiro” (a quien “las crecidas del Ebro apenas y llegaban a inundar el dominio de su nostalgia”) hay también un cuento de espantos “Luces de muerto” bien logrado por cierto, el autor traza  una parábola ingeniosa para burlarse del positivismo lógico mediante la ingenuidad campesina, además es el primer relato que rompe con la monotonía al insertar el diálogo y la intersubjetividad de los personajes en sus propias voces. Y cierra este bloque con “La casa de los bisabuelos”, una viñeta que sintetiza la evocación nostálgica de estos primeros ocho textos. Más adelante en el libro aparece otro texto semejante “María Luisa” donde la protagonista espera la visita de su hermana, y digo semejante, pues se siente esa obsesión del autor por la memoria, tan frágil, tan dispuesta al olvido, que es capaz de no dejar rastro siquiera para quienes la buscan como en el relato “La memoria de las montañas”; muy al contrario de “El hijo pródigo” donde el personaje piensa que “las cosas nuevas son, apenas, accidentes de la forma y que, en el fondo, la totalidad del paisaje permanece inmóvil”.

Se va comprendiendo que, la nostalgia, la evocación, la memoria traspasan cada texto del libro, como lo expone el texto homónimo “siento algo que podría compararse a la felicidad o, a lo mejor, al germen de todo ejercicio de nostalgia.”

Coto Chaves combina en los siguientes textos con la misma evocación nostálgica, pero ya fuera del espacio agrario, los primeros, pese a las coordenadas historiográficas de algunos, son intemporales; los siguientes sí son fáciles de fijar, corresponden a la contemporaneidad, aquí autor y lector también son testigos de las circunstancias y hechos narrados o bien los tienen muy cercanos. Me refiero a textos como “Una fotografía de Aldrin, Armstrong y Collings” donde “(esos gringos) pese a todo, eran en verdad unos arrechos” y precede “Challenger” como reverso, y contrapunto.

En seguida, aparece un texto que nos ha gustado mucho, “El A.C. Milán de Arrigo Sacchi” (pese al mal empleo del gerundio, ¡cuidado con las oraciones subordinadas!) Aquí hay chispa y encanto, pero el texto se queda a medio camino, como la mayoría, cuadros, viñetas, preámbulos de un cuento, constantemente queda esa sensación de: ¿Y qué sigue? y, ¿Qué pasó? Algo semejante ocurre con otros textos como “Una luna como una tortilla de queso” donde el juego con las redundancias resulta obvio; “El principio de los aguaceros”, “Panspermia”, “Un viento frío que se filtra por el paso de La Palma”, y entonces, el autor rompe con la brevedad exhibida a lo largo del libro (constituido casi totalmente de microficciones) en “Una mujer con la mirada color azul eléctrico (incluso encabeza el texto con un epígrafe) pero mantiene la misma estructura, solo es una versión extendida, el personaje recuerda lo inmediato (la mañana con Sofía) y lo distante (Casablanca) todo el libro es (insisto) una apologética de la nostalgia y la memoria.

Como un cuento visagra, como una especie de frontera sutil entre lo leído y lo que sigue, o mejor: a mitad del libro aparece el texto el “Catalejo roto” que de alguna manera nos indica de qué va el resto del libro, no sé si fue intencional o inadvertido por el autor, pero a partir de aquí, “nuestro catalejo permitía detectar privaciones de realidad en la que podía ocurrir cualquier cosa”.

Notable, y según yo con toda la factura de un cuento, “Derrumbe” no todos se quedan anclados a la nostalgia y la memoria, así parece hacerlo Isabel, una de sus protagonistas “porque quería destruir cualquier posibilidad de recuerdo y porque estaba convencida de que yo regresaría ahí, como nadie regresa a los lugares que más amado.” Mientras que el cuento que le sigue “Réquiem” igualmente notable, es opuesto al anterior “Qué ganas de no irse nunca de Limón ni de 1942” en una especie de delirio superrealista. Y vuelve por sus fueros, pues “La Habana” el texto siguiente es una coda de “Derrumbe” pero un malogrado texto de cabanga. Aquí debo agregar a título personal mi repugnancia por esa necedad de los escritores suramericanos de destacar que un personaje o personajes son negros, como si se tratara de una singularidad determinante, o mejor, de trazar una frontera entre los negros y los no negros, como si fuera necesario de parte de los no negros estar aclarando que se sienten blancos, en fin, pose siempre pedante, y muy mal emulada aquí.

Fabián Coto Chaves
Y persiste la nostalgia, ese deseo de fijar las cosas, y la certeza de su imposibilidad en “Diario de los gatos muertos de Buenos Aires” pues “cuando le ponemos nombre a algo, o cuando sabemos el nombre algo, de inmediato lo empezamos a perder”. A partir de aquí el libro da un giro cosmopolita, los escenarios se vuelven más exóticos, tanto en tiempo como en lugar, pero eso sí, conservan la familiaridad de lo vulgarmente humano universal en todos ellos, evocaciones siempre como en “Colonia de Sacramento” donde por fin comprendemos la insistencia de mencionar las aves en uno y otro texto, acaso, las aves como recuerdos, unas se quedan otras vuelan, las que sí y las que no se lo llevan todo o dejan algo. ¿Y por qué no? ¿Acaso no son eso los siguientes textos que en bloque cierran el libro? Textos de lugares remotos, de contextos ajenos a la inmediatez, rescatados de la afinidad libresca, reinventados y falseados y vueltos a construir como “Los pájaros de Gerd von Rundstedt”, “Los misiles R-12”, “Un minotauro en Nueva España”, “Zappin en Berlín del Este”, “Payola”, “Los mangos dorados del general MacArthur”, “Samizdat”, “La banda sonora invisible de las Malvinas”, “La sed en los gulags del Ártico”, “Derrelictos y planetas sin sol”, “Noticias enviadas desde la parte alta del río Amur”, “El gargaleote”, “Las monstruosidades de Boris Zhutovsky”, “El almirante en el primer viaje”, “Los límites del escepticismo”,  “Mayo del 68”, “El silencio de Komitás”, “Navidad de 1914”, viñetas históricas que rescatan a los posibles anónimos que las vivieron.

Pese a la eficiente y notable prosa de Coto, la regularidad, la homogeneidad de los textos, la unitonalidad narrativa del hablante impide cristalizar y narrar desde otros puntos de vista, los personajes siempre son referencias, todo lo que hagan, digan o piensen será dicho por el narrador desde su punto de vista, y con sus palabras. En consecuencia, por tramos del libro, ya uno sabe de qué va el asunto, se intuye y adivina el formato.

Resalta la obstinación por recuperar del olvido, de fijar en el tiempo, de rescatar lo vivido a toda costa como si se guardara en el texto el espíritu, la vitalidad, el contenido existencial del recuerdo que trasciende el hecho. Es un libro que indirectamente nos plantea problemas gnoseológicos sutiles: ¿Cómo recordamos? ¿Eso que recordamos sepulta la verdad versionada en la fijeza textual o la restaura? No lo sabemos.


Germán Hernández


21/7/16

Fabian Coto Chaves - El país de las certezas




Dos mil quince, año en que debuta Fabián Coto Chaves con su cuentario "El país de las certezas" Aquí compartimos una pequeña muestra de lo que el autor nos ofrece y que en palabras de Fernando Durán Ayanegui se trata de: "Relatos sorprendentemente bien escritos, en los que el autor hace un extraordinario despliegue de originalidad y variedad temática." y para muestra un botón:


El mar

Tenía poco más de 20 años y nunca había visto el mar. Es cierto que la preocupación por ver el mar es relativamente reciente en la historia; sin embargo en 1948 un muchacho jactancioso y faruscas como lo era él necesariamente debía conocer el mar. Por eso se enlistó con los rebeldes. Su decisión no entrañaba la más mínima convicción política. Poco le importaba el asunto del sufragio. Poco le importaban los comunistas, los linieros y los matones de Paco Calderón. A él solo le interesaba conocer el mar. Así fue como se sumó a los muchachos de Chico Orlich que volaron luego en el avión de Macho Núñez. Cabe decir que su frustración fue enorme cuando le indicaron que debía permanecer en San Isidro y que solo los más experimentados actuarían en la Operación Clavel, código que designaba la toma de Limón por parte del Ejército de Liberación Nacional. Pero sus obcecados ruegos al fin lograron persuadir al capitán Núñez y a los otros oficiales y, de este modo, un 11 de abril de 1948, Joaquín Chaves Cortés volaba en un DC 3 desde Altamira hasta Limón. Integró una de las columnas que viajó por la playa hasta el puente de Cieneguita y participó en la toma de la Loma de Garrón. Y en medio del sonido de las ametralladoras Neuhausen, los gritos, los vivas a Otilio Ulate y las detonaciones de Máuser 98 Joaquín pensaba que, después de todo, el mar no era gran cosa. “Solo es un montón de agua con otro montón de agua encima”, solía decir mientras recordaba la textura de la arena adherida al rostro, las aguas abultadas del Caribe y el olor a pólvora quemada.

Un recuerdo improbable de la guerra del 48

Tengo pocos recuerdos de la infancia. Recuerdo, por ejemplo, que papá tenía una radio en su taller de ebanistería y que ahí se reunían otros hombres a escuchar cosas de las que no supe mayores detalles. Por aquel entonces mi padre solo era un hombre grave que se ponía saco y salía en las noches y que regresaba, a veces agitado, a veces nervioso, contando cosas incomprensibles. Recuerdo a mi mamá, hecha un nudo de rosarios, sobresaltos e hilos de coser. Mi hermana Marta lloraba y sufría ataques de nervios y mi otra hermana, Leda, permanecía impávida, escuchando radionovelas.
Puedo transportarme a esa tarde de abril del 48, cuando llegó mi abuelo Carlos a decirle a mamá que debíamos irnos, que Figueres entraría a Cartago y que si el Gobierno oponía resistencia aquello iba a ser una matazón. Mi madre cogió los chuicas, ciertos víveres y algunos enseres y nos montamos en un carro que nos llevó a la finca de mi abuelo, en Aguacaliente. Marta lloró durante todo el camino mientras Leda se entretuvo mirando los árboles y preguntándole a Mamá cómo se llaman los pájaros amarillos que cantan en las ramas secas de los porós.
Mucho tiempo después, Marta me contó que ese recorrido fue especialmente peligroso. Según ella, cuando íbamos bajando la cuesta de Cerrillos, un avión Douglas de la Legión Caribe pasó volando metralla de manera indiscriminada. Pero yo de eso no recuerdo nada. Solo veo ráfagas ecológicas, potreros inmensos, vacas paciendo, cabras y lecherías ruinosas. Y veo a papá, en el corredor de la casa, agitando una mano, apoyándose con la otra en el Máuser 98 que le entregaron los figueristas, con un sombrero y un chaquetón a cuadros, y con su perro mayoral al lado. Según supe luego, papá se quedó en la casa porque temía a los saqueos y estaba decidido a repeler con plomo cualquier intento de revanchismo por parte de los caldero-comunistas.
La memoria de mi estancia en la finca del abuelo dista mucho de ser escrupulosa. Se me viene a la mente una escena, que bien puede ser falsa, en la que aparece Marta, con un vestido claro y con el pelo recogido, recolectando agua del río con una olla negra de hierro colado. Luego veo a mi abuelo Carlos tratando de sintonizar una radio con una antena hechiza que nunca pudo transmitirnos noticias ni canciones de Agustín Lara. Hay, además, un recuerdo improbable de unos soldados que llegan en la noche pidiendo café, ateridos, con pantalones army hechos girones y unos sarapes sucios que les cubrían la espalda. Tiempo después le pregunté a Marta si recordaba aquella escena y me dijo que no, que nunca llegaron soldados oficialistas a pedirnos nada, y que si hubieran, llegado posiblemente papá Carlos los hubiera agarrado a tiros.
La guerra duró poco y podría decir que, en definitiva, mis recuerdos de la infancia se reducen a los recuerdos de la guerra. El mundo exterior de mi niñez era la guerra civil y sé que en ella había matones y toques de queda y aserraderos incendiados y aviones que volaban bajo lanzando tanques de oxígeno con dinamita y titulares de periódico y esquelas de muertos. Sin embargo, no soy capaz de asirme a nada de eso como suele hacerlo la gente con respecto a su historia íntima. Yo me he visto en la necesidad de llenar mi historia con noticias sórdidas y dudosas acerca de una guerra en la que no tuve mayor involucramiento.
Ninguno de mis tíos recibió siquiera una trompada y tras los acuerdos de paz mi tata devolvió el máuser 98 con la caja de municiones intacta. Es decir, para mí la guerra y la infancia fueron, más o menos, un paseo a la finca de mi abuelo. En el barrio, algunos vecinos decían que Figueres había mandado matar a un negro que era comunista y que venía de la Línea. Decían que lo habían matado detrás del cuartel y que lo habían enterrado ahí. Pero bueno, yo de eso tampoco recuerdo nada. Y de todos modos, hasta donde sé, en Cartago nunca hubo negros.

Challenger

Dio la casualidad que ese mismo día recibió como regalo unos binoculares. Desde su habitación no podría contemplar los fragmentos del Challenger pero sí los imaginaba suspendidos en el aire, debido, tal vez, a un capricho óptico de la lejanía. Él y su mamá habían visto la transmisión de Canal 7 con el conteo dramático y el ascenso, y luego habían visto el inmenso chorro de fuego, humo y trozos de metal que acabó con todo. En un principio, ambos se sintieron aliviados al recordar que Franklin Chang no viajaba en esa misión. Pero, más allá de eso, en el Challenger viajaban los astronautas a los que él había escrito cartas y enviado postales con imágenes del Volcán Irazú y del Valle de Orosi.
Casi inmediatamente después de la explosión, subió las escaleras y tomó los binoculares y fue hasta la ventana de su cuarto para mirar al cielo. Por un momento pensó que las manchitas de pintura que figuraban en el cristal correspondían a los fragmentos del cohete. Sin embargo no había nada, solo la unanimidad celeste de una tarde de enero, salpicada de nubes y de pájaros. Para él la muerte era algo que solo podía pertenecer a la tierra, a lo telúrico. No podía imaginar una muerte en gravedad cero, una muerte en la que los cadáveres quedaran suspendidos en el aire. Y tampoco podía concebir que los restos de los astronautas a quienes él escribió cartas y envió postales seguirían cayendo por siempre sobre el océano y sobre los campos donde había vacas y ciudades.
En una vana tentativa por aliviarle la angustia, su mamá le dijo que no se preocupara, que total los astronautas habían muerto instantáneamente, que no habían sentido dolor alguno, que habían dado la vida por una causa noble y que morir así es más bonito que morir en un hospital lleno de tubos y mangueras. Pero él siguió acongojado durante semanas y meses e incluso, cuando Franklin Chang pasó en un jeep descapotado frente a su casa, no pudo olvidar la perturbadora geometría de ese chorro de fuego, humo y metal.
Después vendrían más viajes al espacio y vendría la tragedia del Columbia y vendría la cancelación del programa espacial, y Franklin Chang regresaría a Costa Rica. Al día de hoy, cada vez que mira a través de unos binoculares, siente esa misma sensación de vértigo que sintió aquella tarde de enero de 1986 cuando el cielo y la distancia se resistieron a mostrarle los fragmentos del cohete y los primeros indicios de la muerte.

Un viaje al país de las certezas

Nos situamos en los alrededores de la Plaza de la Cultura, más o menos, en el año 1989. Mi papá está en la Armería Polini preguntando por un magazine para el .22 Ceska Zbrojovka semiautomático que compró en Limón. Yo me escapo y voy a Bubis, una tienda josefina de productos importados en la que solían comprarme esos chocolates y chicles que saben a Disney World. Al cabo de unos minutos nos encontramos: mi papá no halló el cargador que buscaba y yo solo compré unos chicles Wrigley’s. Él me reprende por alejarme sin su autorización. Yo pido perdón.
Caminamos hasta la Billy Boy y nos sentamos donde siempre. Salitas, un mesero de bigote minuciosamente recortado saluda y pregunta por mi mamá y mis hermanos. Mi papá hace una broma y ambos ríen. Ordeno hamburguesa con aros de cebolla y pepsi mediana. Él pide un sánguche de frijol con papas a la francesa y café negro. Luego me cuenta algo acerca de la primera vez que fue a San José en el Plymouth 51 de mi tío abuelo Carlos Francisco. Según dice, las curvas del viaje, aunado a su ya de por sí reconocido padecimiento de claustrofobia, le provocaron unas náuseas tremendas.
Terminamos de comer. Pagamos. Mi papá se escarba la dentadura con un palillo de dientes y luego salimos a la Avenida Central con rumbo a la Librería Lehmann. Después de una rápida observación de los estantes escogemos mis útiles para la escuela. Él se resiste a creer que este año voy a necesitar un compás y un portaminas Staedtler 0.7. Al final cede. En definitiva la negociación es breve y a la vez favorable a mis intereses: un compás y un portaminas Staedtler 0.7 a cambio de que el portafolio no tenga cierre de velcro ni estampado. Acordamos que la selección del bulto puede esperar a febrero. Sospecho que él tratará de persuadirme para que use el bulto que mi hermano no quiso. Decido pensar en otra cosa.
Salimos y en seguida mi papá propone ir al Parque Bolívar.
El tigre de Bengala, metido en una jaula diminuta, parece un incidente de fuego que entristece a todos los guerreros de la historia. Al lado nuestro hay un carajillo estúpido, uno de esos mocosos irritantes que se resisten a asumir su edad. Se dirige a su acompañante, al que presumo su padre, y pregunta si los tigres pican. Yo siento desprecio por él, por sus medias y por su obesidad.
Los leones no me impresionan mucho. A decir verdad nunca me han impresionado. Su forma de rugir me resulta vulgar, semejante a un pujido. Luego caminamos y vemos un oso y un puma que huele muy mal. Mi papá me cuenta que hace unas semanas un señor de Aguacaliente cazó un puma, en las montañas del sur de Cartago, muy cerca del sitio donde él, mi abuelo y yo, acostumbrábamos ir de cacería. Pienso si, quizás, yo no sería capaz de disparar a un puma.
El viento de la tarde es frío. Me abrigo, y mientras caminamos hacia el parqueo del Hotel Presidente valoro la posibilidad de pedir a mi papá que nos detengamos en la Pops de Curridabat para comer una nieve de limón. Luego viene el viaje de regreso y hay un país de nubes y un cerro oscuro y después la entrada a Cartago. Vamos llegando a casa, y mientras contemplo el portaminas Staedtler 0.7 y la cartuchera siento algo que bien podría compararse a la felicidad o, a lo mejor, al germen de todo ejercicio de nostalgia.
Cuando llegamos a la casa, el ruido de los transformadores eléctricos se mezcla con las bombillas de los postes, creando un zumbido que yo imagino semejante al sonido que emiten las ánimas del santo purgatorio. Pienso que, en caso de que este año muera otro de mis tíos abuelos, al menos podré llevar mi portaminas Staedtler 0.7 al rezo y podré hacer dibujos mientras la rezadora les lanza plegarias a las ánimas, como señales o advertencias de otro mundo.

Los pájaros de Gerd von Rundstedt

Fabián Coto Chaves
La Wehrmacht lanzó su ofensiva para delimitar un pedazo de Bélgica y convertirlo en el lugar más triste de la Tierra. Según relatan los cronistas, un 17 de diciembre cerca de Baugnez, algunos elementos del Batallón de Observación de Artillería de Campo estadounidense se enfrentaron con un Kampfgruppe destacado en la región. Tras una breve batalla, los estadounidenses cayeron rendidos ante los alemanes y fueron hechos prisioneros. Minutos después una división SS se presentó al lugar y abrió fuego contra los prisioneros desarmados, lo que desató el pánico de unos y el asombro de otros. Luego, los SS continuaron su marcha, se internaron en los bosques y se confundieron con la nieve y los árboles. Nunca se supo cuáles razones motivaron la ejecución de los prisioneros ni tampoco se supo qué suerte corrió dicho grupo de oficiales. Sin embargo, cierto médico y filántropo sueco escribió un libro, aún inédito, en el que recoge el testimonio de algunos habitantes de Valonia, los cuales coinciden en que, durante toda la década de los 50 y principios de los 60, hubo avistamientos de soldados SS que vagaban por los bosques asesinando pájaros.

Fabian Coto Chaves (Cartago, 1981) Escritor. Columnista de la revista Paquidermo. Cursó estudios de historia en la Universidad de Costa Rica (UCR) y de edición literaria en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Vive en San José desde 2009.