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11/3/18

Anatomía comparada – Guillermo Barquero




Esta compilación de algunos relatos de los tres cuentarios anteriores de Guillermo Barquero, (“La Corona de espinas, Metales pesados y Muestrario de familias ejemplares) y otros tantos inéditos, fueron distinguidos con el premio Aquileo Echeverría 2017 en la rama de cuento. En hora buena, creo que se lo debían a la singular narrativa de Barquero, a su estilo denso y asfixiante, a esa marca de autor tan inequívoca.

Sirve esta edición también, para hacer una lectura “comparada”, de este recorrido narrativo, por el relato breve de este autor. Donde textos como “La cronología del alba”, “Imperio de escupefuegos”, “Ultima era glacial”, “Enterrar los dientes blancos” y “Espeleología”, todos ellos relatos de sus libros anteriores, sirven para constatar la vigorosa originalidad de su autor.
 
Guillermo Barquero
La última sección del libro, “Relatos inéditos” la cual abarca las novedades, deja eso sí, una extraña sensación de deja-vu, de cosa leída antes. Ciertamente, uno comienza a sentir una homogeneidad tal en la narrativa de Barquero, un insistir en las mismas situaciones y obsesiones de un único narrador y una única perspectiva. Sin querer menospreciar al autor, ya quisiéramos leerlo rompiendo y asimilando otras posibilidades narrativas, otros recursos retóricos y otras estructuras en la composición de sus tramas. Y no solamente lo que ya sabemos que le sale tan bien, pero que termina siendo lo mismo de siempre.

En hora buena el reconocimiento de la obra de Barquero por lo que ha sido, pero no por lo que ahora nos ofrece.

Germán Hernández.





25/10/11

Esqueleto de Oruga – Guillermo Barquero




Publicada en el 2010 por Ediciones Germinal. La segunda novela de Guillermo Barquero, es a mi modo de ver, la consagración de un estilo y una identidad narrativa. Con una frondosa obra narrativa publicada en menos de 10 años, Guillermo Barquero es el más maduro y acabado narrador de su generación.

Como una especie de modelo para armar, Esqueleto de Oruga va transcurriendo sin prisa, ofreciendo claves y referencias como herramientas perdidas u objetos olvidados deliberadamente, que como catalizadores, promueven una lectura asertiva y creadora, realmente no importa lo que sabemos sobre su protagonista Calero o aquello que creemos saber, tampoco importa lo que le ocurre, realmente sentimos que su autor nos invita a que seamos parte del proceso de invención y podamos inventarnos algo que llene el vacío.

Rocío y Calero, será el reverso de las grandes parejas latinoamericanas (Juan Pablo Castell y María Iribarne; Martín Santomé y Laura Avellaneda, Horacio Oliveira y la Maga) se dilata hacia la extrañeza como recurso narrativo, es decir, todo en Calero resulta extrañeza, desapego, la más fría y brutal racionalidad mecanicista, este personaje imposible, monstruoso precisamente por ser el más puro portador de los valores más apreciados de la modernidad, genera extrañeza, ni el manual de tapas rojas, ni el cuerpo de Rocío pueden generar la menor inspiración y sentido, cursan como objetos espaciales y oscuros que divagan por un universo sin propósito, incluso, la supuesta promiscuidad de Rocío nos arrasa por un sendero exasperante, nos hace preguntarnos ¿y tiene que ser realmente así, no es posible un instante de afectividad?.

Y esto en el lector tiene que generar angustia, debería apelar por el contenido que llena de finalidad sus propios actos, sus pequeñas hazañas cotidianas y sus anhelos colectivos, es decir, desayunar, pensar en comprar una casa, terminar la maestría… pero si realmente carecen de sentido, si todo se derrumba y se acaba y continúa entre la animalidad y el devenir… entonces Calero somos todos, pero sin los pretextos y los convencionalismos morales, ya lo dijimos, perfectamente racional, objetivo como un animal que examinamos en un vaso con formol, eso hemos sido.

Nota: Esta entrada fue editada y rectificada, pues erróneamente habíamos indicado que "Esqueleto de la Oruga" había sido galardonada en 2011 con el Premio Áncora en la rama de Novela. En efecto, el autor Guillermo Barquero fue galardonado y por partida doble, pero la novela reconocida fue Diluvio Universal. Pido disculpas al autor y a los tres lectores de este blog.

Germán Hernández

29/4/11

Nunca conocerás Rhodesia - Guillermo Barquero



Nunca Conocerás Rhodesia


Las fotos de herramientas de Mau eran las mejores. Desde la preparación de las luces del estudio (el cuartito al final del pasillo, pintado de blanco y negro, inexpugnable y de un silencio atronador), hasta las tomas en ángulos inusitados, la escogencia de lentes muy largos y de película de alta sensibilidad pero de grano fino; para mí eran las mejores. Aunque, desde otro punto de vista, las de muñecas tenían uno de esos no se qué que invita a la contemplación sin palabras, a la búsqueda de la forma original en aquello que es forma alterada, ángulo raro. El botón que sostiene el vestidito de la muñeca de trapo, que visto desde muy cerca semeja una boca abriéndose al hueco negro de la noche blanca; el brazo inanimado de una muñeca que parece una modelo de miss mundo en miniatura, que visto en tres difíciles cuartos, tiene la forma de una garra que parece buscar una tela a la que colgar; las pestañas como lanzas; el cabello como parches de terciopelo puestos al azar en un escenario sin vida.

A Mau siempre la han gustado los puntos de vista extraños, el posicionamiento de la cámara como para comerse trozos de sombras que de otra manera permanecerían inadvertidos. No hay duda de que cuando se pone su armadura, su panoplia de 35 mm, Mau es otro. Mau se transforma, con el aparato de cuerpo negro y lentes casi siempre largos –cómo le gustan los teleobjetivos de cierta longitud; cómo le gusta acercarse maniáticamente a los objetos, explorarlos y explotarlos hasta que sus posibilidades se reduzcan a un mínimo-; Mau, agarrando sus ópticas y sus baterías, sus correas y sus rollos se maniatiza, se concentra de una manera que no acepta interrupciones. Ya sabés lo que es interrumpir a Mau cuando está tomando las fotos a sus objetos.

La última adquisición fueron unos botones que salieron de no sé qué tienda de ropa vieja o de no sé qué sastrería de alguien que se murió, en el centro de San José. Lo llamaron porque sabían que a Mau le gustan los objetos que casi siempre terminan engrosando las filas de la basura municipal, o que en una casa solo cumplirían el papel secundario de los recuerdos que estorban y que con el tiempo se hacen imposibles de botar a la basura, pesados por el encierro y los años. Mau me dijo que había que explotar las posibilidades de los botones, que había que armar con ellos estructuras complejas, ciudades de botones que semejasen grandes campos extraterrestres donde civilizaciones enteras estuvieran fundado sus ciudades y enlazándose con otros universos. Es decir, en el estudio crearía algo jamás visto en la historia de la fotografía de naturalezas muertas. Así me lo dijo, “algo jamás visto”. Tenías que ver el brillo maniático de sus ojos, el rectángulo de sus lentes dejando que esas superficies mojadas y brillantes saltaran y abarcaran toda la cara, se le coagularan en algo que ahora veo como una expresión: un puño cerrado en esa cara angulosa, podría decirte que emocionada, pero no, no es emoción sino algo que lo poseía, algo como de loco. Eran las imágenes de los botones antes de haberlos ido a recoger.

Para las fotos de los botones, me dijo que me necesitaba como su asistente: sostener cosas, acomodar luces, dirigir haces, poner difusores y toda clase de modificadores de la iluminación; soportar el calor de las lámparas de 500 watts, las indicaciones monótonas y la recompensa que no era pagada ni lírica ni metafórica, sino la de los ojos brillantes, la concentración de un exceso que se parecía a un agujero negro todoabsorbente en el estudio del cuarto del fondo.

El cuarto, al que se accedía después de quitar un candado que pretendía imitar la forma de un trípode en miniatura, era antes el tuyo; ¿te acordás? El cuarto de las muñecas, las sábanas verderrosadas y las reproducciones de un oscuro pintor flamenco. Ahora era el estudio de Mau, fabricado de un orden que imitaba sin reparos el de las composiciones de Mau: objetos concentrados en una esquina, recubiertos con aquello a lo que debemos llamar “pátina” a falta de mejores palabras para describirte la especie de abandono cuidadoso, la suerte de derrota armada con una deliberación paciente. La suma de contradicciones de las fotos de Mau, de las palabras de Mau, era el material del estudio. Todo había que desvelarlo en el estudio de Mau; tu cuarto, la forma diáfana y el espacio blanco que siempre había al entrar, ahora hay que destaparlo, transformándolo en otra cosa, en alambres y focos y cortinas que hacen de la luz un instrumento manipulable. No sé si me entendés, pero es la única forma en que yo puedo decírtelo. Tu cuarto ya no es aquello pacífico, tu cuarto es el pequeño infierno de los químicos, la madera pintada de negro y los trípodes puestos como enormes arañas en el centro, en el territorio agreste de Mau.

No sé, estoy reinterpreteando todo ahora, creo, después de las fotos de Rhodesia. Tal vez sea eso, que después de lo de las fotos todo es un infierno que nació desde el corazón de los trópicos palúdicos y desde algo que no es fealdad pero para lo cual tampoco hay palabras. Las fotos de Rhodesia comenzaron a aparecer entre los registros de Mau, entre los trabajos que almacenaba después de concentrarse en uno de sus objetos. No sé, de verdad no te puedo explicar cómo comencé a tener acceso a los archivos de Mau, a todas sus fotos, a todas las imágenes que nadie podía ver, porque vos sabés (no lo sabés, te lo digo yo, te impongo la imagen de un Mau adusto, de un Mau de lentes de pasta gruesa y negra, de un Mau obsesionado por los pequeños detalles que hacen que una fotografía sea más que gelatina de plata y papel y se convierta en lo otro, lo liminar, lo denso) que Mau es celoso con los resultados finales, o no conoce los límites de un desgano que ahora te podría describir como desidia. Mau revela, seca las fotos y almacena; en el estudio, prepara las cosas a las que va a fotografiar, enciende, presiona el botón de su cámara y nada más: un hueco negro abierto al misterio, o algo así.

Mau me comenzó a pedir ayuda para todo; me dio la llave del estudio y del cuarto oscuro (que estaba en un anexo de la casa, en aquel cuarto de herramientas, ¿te acordás? El de abuelito); estaba fotografiando herramientas, piedras con formas curiosas y trozos de madera que semejaban alguna parte del cuerpo. Un proyecto después del otro, muchos negativos tomados, viajes constantes entre cada una de las estancias. Esta casa es grande, te debés acordar, y con todos los muertos menos, ahora es más grande, ahora se ha convertido en el gran taller de Mau, en su gran laboratorio.
El primer cuadrado, con los límites que Mau había impuesto en el papel de foto, estaba dentro de unas imágenes de monedas extranjeras. Era un hombre o parecía un hombre, o era un ser tocado por una suerte de naturaleza humana, en la cual apenas se distinguía algunos rasgos que lo diferenciaban de una piedra, o de un alga, o de una enorme mole inanimada. La imagen estaba traspapelada dentro de un grupo de fotos de libros; lomos en distintos ángulos, formas que apenas se distinguían como lo que realmente eran, ángulos inusitados con los que Mau creaba abstracciones a partir de un objeto al que le tenía tanto aprecio como a los tocadiscos o los controles remotos de televisores de los ochenta: su valor utilitario no importaba, ni la carga afectiva de los objetos; solamente se erguía, en las fotos, el valor de una representación que en sí misma era el objeto, su forma y contenido. Repasé todas las fotos de libros; traté de ordenarlas a como las había encontrado. Vos sabés que Mau distingue cualquier cambio en el orden de sus cosas, vos perfectamente lo sabés. De nuevo apareció la foto cuadrada (¿cómo habrá hecho esta foto cuadrada Mau? Me lo pregunté varias veces esa tarde, sentada en la sala, allá, donde jugábamos con el tablero de abue) entre los claroscuros de lomos, de nuevo aquello que parecía un hombre o el hombre que parecía otra cosa o la forma fija en el papel que se transformaba en algo más: copia, impostura. No sé cómo contártelo.

Mau, dos días después, me preguntó por el cartón corrugado, el grueso, el del hueco en el centro. Le dije que no había visto nada parecido en el estudio. Sí, el del hueco, el que deja que pase solo un pedazo de luz, dijo, moviendo la mano como si se tratara de un túnel siendo atravesado. Le repetí que no había visto ningún cartón corrugado en el estudio. Mau se me acercó, dijo algo que hasta hoy no sé qué pudo haber sido, y me estripó la mano. La tomó y la estripó, sin mostrar nada en la cara; fuerte, casi te diría que abusivo. Me dio miedo Mau. Yo sé que me entendés lo que es el miedo a Mau.

Trabajamos casi seis días seguidos, después de eso. Mau gastaba muchos rollos; en el pequeño ciclorama (no te había contado, pero el ciclorama lo construyó con los materiales que dejaste debajo de la cama, con aquellas varillas y el cedazo; solo tuvo que comprar una lámina de poliestireno o poliprolipeno, Mau, para hacer el ciclorama), hacía montajes cada vez más alejados de un verdadero significado para mí; comenzó a fotografiar aros quebrados de lentes sin uso, fajas partidas en pedazos, zapatos viejos, prendas de cuero llenas de huecos, olorosas a viejo. Me decía que tal luz debía ir así, que la otra asá, que tenía que poner un difusor en uno de los reflectores, los calientes de luz amarilla, para crear un cierto efecto que, pensándolo ahora, se me escapaba completamente. Mau se paseaba con su cámara alrededor del pequeño escenario, ensayando todos los ángulos posibles. Me pedía que modificara la luz, y yo lo hacía. Mau no hablaba, simplemente se acomodaba los anteojos, se asomaba por el visor, se acomodaba de nuevo los anteojos, miraba de nuevo y presionaba el botón. El sonido, el clic, emitía un eco de silencio profundo (así lo hubiera descrito Mau, la contradicción de Mau). Ese sonido, esa percusión, me daban miedo; o me dan miedo ahora, cuando ya todo no es más que papeles quemados y tu cuarto erguido en el recuerdo, tu hermoso cuarto que dejó de serlo cuando a Mau se le ocurrió lo del estudio.

Mau, fuera del estudio y del cuarto oscuro, era un reverso del propio Mau; era como tener dos versiones del mismo tipo de los aros gruesos de pasta, solo que una de ellas tocada por una especie de... no sé... alma demoníaca. Eso lo digo ahora. Cuando vi la segunda y la tercera fotos, no lo pensé en esos términos, sino como una náusea, o un asco que no se me quitaba, algo que venía desde las fotos, desde el corazón de las imágenes. No sé si Mau lo hizo al propio, pero en la caja de las películas, junto a unas fotos reveladas –los zapatos viejos se miraban como horrendas bocas barbadas; las fajas rotas no parecían fajas sino dedos arrancados, secos y puestos a exhibir en un escenario de pesadillas–, estaban cuidadosamente puestas las otras fotos de Rhodesia. El mismo Mau me había pedido que ordenara los grupos de fotos, las de la caja; no sé si te acordás de aquella caja de herramientas de abue, la azul; en ella comenzó a guardar sus cosas Mau, algunas fotos de las sesiones, algunos frasquitos vacíos de rollos, algunos objetos pequeños que nunca he sabido para qué sirven o para qué le servían a Mau. Las dos fotos cuadradas casi brillaron en al penumbra; te debe de sonar a película de misterio (a mí me sonaría a invento, te soy sincera), pero sentí que las fotos brillaban en la penumbra, las fotos cuadradas, con su margen blanco que hacía que las imágenes se distinguieran todavía más. Había dos hombres en una y una mujer en otra. O animales que parecían dos hombres y una mujer, pedazos de carne que no se sabía si eran otras cosas o si otras cosas se proyectaban, a través de juegos de luces y sombras. Te diría que eran monstruos, horribles monstruos que habían salido de las cavernas del infierno, pero no, les brillaban los ojos, sus miradas tenían el pequeño punto de brillo en el centro que solo tienen los… no sé… los desgraciados. Solo así puedo decírtelo: los desgraciados. O no, el brillo de los ojos es solo de los vivos, no de los muertos.

Vos sabés lo que es pedirle explicaciones a Mau. A Mau no se le piden explicaciones, se le aproximan las cosas, se lo rodea, se le tienden trampas en las que no cae o en las que cae de una manera insectaria, arácnida, devolviendo un veneno que uno cree haberle inyectado, pero después queda embarrado en la tela, en el entramado pegajoso. En el suelo negro del estudio; dentro de los silencios del café; en los cambios de rollos y lentes: las trampas del silencio de Mau. Le pregunté por las fotos. Lo miré directo a los ojos. Uno sabe cuando alguien miente, porque la fijeza en la mirada es extraterrestre, antinatural. La mirada de Mau no era ni extraterrestre ni terrícola, no extraña ni fingida ni corriente. ¿Te acordás de la mirada de Mau? Esa gelatina negra metida en los aros de los lentes; la falta de rasgos de mentira o de verdad; la neutralidad. No preguntó de qué fotos estaba hablando, sino que movió un dedo para dibujar una figura en el aire. Le pregunté de nuevo. ¿Fotos?, preguntó. Me dijo que todo allí eran fotos, que toda la vida eran fotos, que no sabía qué cosas no eran fotos. Las que dejaste allí, en la caja, las cuadradas, le dije. Son fotos de Rhodesia, me dijo. Se volteó, sacó una gamuza de la bolsa en la que guardaba los lentes, y comenzó a limpiar la cámara. Esperé que me dijera algo más. Mau se vuelve hermético, se convierte en un objeto opaco sin peso, en un hueco sin vida. Vos conocés a Mau. Mau, hay unas fotos cuadradas ahí, en esa caja, dije, señalando el lugar del que había sacado las fotos. Sí, son las fotos de Rhodesia, ya te dije, Marta, son las fotos de Rhodesia. Le pregunté qué era Rhodesia. No me respondió. Luego he venido averiguando lo que a nadie le importa ya: que Rhodesia parece un país, pero es más una región, un limbo que uno se imagina agreste, pero que es más imaginario y administrativo, como los limbos verdaderos, los inexplorados. ¿Has visto una bandera de Rhodesia, has escuchado su himno? No existen, ni sus monedas, ni ninguna de esas cosas que uno espera que existan en un lugar como Rhodesia. ¿Vos le hubieras preguntado a Mau por Rhodesia?

Las otras fotos de Rhodesia las fui encontrando en lugares inimaginables, en una andanada que duró casi exactamente dos semanas. En las cajas de película sin usar había cuatro fotos, en el cuarto de pilas encontré una caja atestada de fotos de Rhodesia, mezcladas con las de varios de tus cumpleaños y con algunas de cuando tía Sofi era joven; en mi cuarto, en la caja en la que yo guardaba los apuntes de la universidad, había varias fotos de Rhodesia, juntas por un elástico amarillo. Le tuve que contar a mami, decirle lo de las fotos, enseñarle solo tres de ellas, las menos atroces. Después de haber encontrado decenas de fotos de Rhodesia, fui distinguiendo cada vez más claramente los ojos de todos los mutilados, los crecimientos anormales de los brazos, las cadenas que los amarraban a quién sabe qué tipo de jaulas para animales. Fui reconociendo la mano de Mau, los objetos de Mau puestos casi por descuido en las escenografías como huellas digitales malogradas por el derrame de un ácido. Guardé cada una de las imágenes cuadradas –las medí: 13 x 13 centímetros-; comencé a tener sueños con las escenas, o a crear rabiosos sueños a partir del deseo de no tenerlos.

Mau necesitaba que lo ayudara con unas fotos de pelucas. Accedí. Al segundo día, lo encaré con las fotos en mano. Juntas, parecían más de lo que la lógica y el grosor hubieran dicho. Mientras Mau peinaba un cabello rojizo y abundante, cortado en capas, le toqué el hombro. Algo tembló, o ahora siento que algo tembló. Mau, ¿y estas fotos?, le dije. No respondió. Tomó su cámara y le cambió de lente, como quien cortaba cabezas, sopesaba su aspecto y las medía, para reducirlas –eso es un efecto de este instante, en ese momento no pensé nada más que en las fotos de Rhodesia, en su marca de diablos-; acomodó dos luces de halógeno. Parecía que iba a mover la boca. Mau, no te hagás, Mau, le dije. Mau hizo como que yo no existiera. Y quizá yo no existía, tal vez no era más que un espectro en el mundo de Rhodesia, en el universo de los cuerpos enfermos, las hinchazones y todo lo mutilado de un trópico africano que parecía una realidad de manual de patología. Mau, repetí. Mau salió del estudio, tiró una puerta, emitió un sonido que, a través de dos paredes, llegó hasta donde yo estaba como el aullido de una boca quemándose. Pensé que Mau era una enorme boca ardiendo. Sólo así te lo puedo decir: Mau escupiendo un fuego azul, salvaje. Me di cuenta de que las manos que cogían las fotos de Rhodesia (eran mías, en ese momento sentía que no eran de nadie) temblaban, pálidas. Pensé en ir al cuarto de Mau y tocarle la puerta, arrancarle la puerta que antes era tu puerta a patadas, preguntarle por las fotos hasta que saliera y me mandara al carajo, o hasta que se tirara por la ventana, o hasta que algo se moviera en esa casa. Pero no, solo estaba la mano que temblaba, el tiempo que transcurrió lento y que vio la tarde y después la noche, y más adelante la aparición de las nuevas fotos de Rhodesia, los nuevos cuadrados que Mau había revelado, llenos de mutilaciones y tripas y cosas que no he sabido aún que son. La mano temblando por días, como un objeto iluminado por un halógeno caliente, como el infierno, como este infierno que produjo Mau antes de irse, antes de reducir todo a estas cenizas de las que ya te debes de haber enterado.

Julio 2010, San José 



Guillermo Barquero.  Nace en San José en 1979. Autor de los volúmenes de cuentos "Metales pesados" y "La Corona de Espinas", así como de las novelas "Esqueleto de oruga" y "El Diluvio Universal".

Además es junto a Juan Murillo compilador de la Antología “Historias de Nunca Acabar, Antología del Nuevo Cuento Costarricense”.

Recién este año su trabajo ha sido reconocido por partida doble, al otorgársele el premio Ancora en cuento y novela con sus obras “Metales Pesados” y “El Diluvio Universal”.

Visite su blog: Sentencias Inútiles 


Descargue la versión en PDF: Nunca Conocerás Rhodesia - Guillermo Barquero 

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23/12/10

Para que no llueva sobre mojado: El Diluvio Universal de Guillermo Barquero


Hace un año que fue publicada la primera novela de Guillermo Barquero, El Diluvio Universal, por la Editorial Perro Azul.

Desafortunadamente pienso, se han dicho cosas equivocadas sobre ella: "difícil", "hermética", "postmoderna", blablabla. Digo desafortunadamente, pues siento que es el tipo de cosas que se dicen cuando no se tiene nada que decir. Y estamos seguros que hay mucho que decir sobre esta primera novela de Barquero y especialmente que nos sirve también como contrapunto para plantearnos diversas cuestiones sobre la producción narrativa actual costarricense.

Como siempre, las primeras impresiones que siempre hacemos de una lectura es la de relacionarlas con otras lecturas, para mi es inevitable comparar al protagonista de El Diluvio Universal el Dr. Martínez con el viejo e impasible Coronel de "El Coronel no tiene quién le escriba" de Márquez, su obstinada y dogmática travesía postal y cotidiana de esperar lo imposible, o bien con el Larsen de "El Astillero" de Onetti, que sabe representar su propia farsa con toda la dignidad y seriedad del mundo. El Dr. Martínez en este caso, no es extraño sin patria, pertenece a esa vieja tradición literaria de anti-héroes cosechados en Latinoamérica, son héroes que sin esperanza sólo viven por una dignidad y unos códigos personales que viven y mueren con ellos.

Pero volviendo a los relamidos argumentos sobre lo "difícil y hermética" que resulta leer El Diluvio Universal, pienso que se trata más bien de un viejo mal entendido que me recuerda un chiste sobre un tipo que le dan a leer la guía telefónica diciéndole que es una obra de teatro, cuando termina de leer y le preguntan por su opinión responde: muchos personajes y poca acción. Y suele pasar, si no sabes en qué clave vas a tocar, seguramente toda la orquesta sonará mal, el lector de alguna manera debería saber a que va, y con decirle que El Diluvio Universal es "difícil, hermético, postmoderno" la verdad que no le están diciendo nada, ni invitan o desafían al lector y mucho menos le hacen justicia a la obra y su autor.

Digamos que El Diluvio Universal está escrito en su propia clave, es como esos ríos de la vertiente atlántica, densos, hondos y caudalosos, que cuando los contemplamos en su superficie parecen pétreos e inmóviles, pero que fluyen, oscuros y colmados arrastrando sedimentos, cuando el lector no está preparado para navegarlo podría tener la rara impresión de que "no pasa nada", "este tipo no hace nada" y eso está bien si es un lector habituado a leer novelas donde un niño huérfano criado por sus malvados tíos es iniciado en el mundo de la hechicería... o quizás novelas sobre un crimen enigmático, unas reliquias perdidas, una organización secreta y un sabueso sabelotodo que puede desentrañar los móviles y desenmascarar a los culpables; quien lea de esta manera El Diluvio Universal quedará defraudado, pues esta novela pertenece a otro modo y otra tradición.

Cuando se leen los títulos de los capítulos en El Diluvio Universal encontramos la primera clave, se trata de pequeñas síntesis que nos dicen todo lo que va a ocurrir, muy a la manera de las viejas novelas de caballería y que la literatura del siglo de oro español encabezada por El Quijote utilizan, no hay sorpresas ni cartas bajo la mesa, todo está dicho en el título; entonces ¿A qué vamos sobre el texto? pues a una dilatada representación, pero esta vez no a los hechos, ni a las situaciones, no hay ninguna anécdota que narrar, pues El Diluvio Universal es también un ejercicio narrativo que pone su énfasis en las cavidades anímicas del instante, fija la acción, la petrifica por completo para contemplar el instante, chupar de él como de un hueso la sustancia afectiva y existencial, igual que aquellos maestros del cuento, Efrén Hernández en México ó FilisbertoHernández en Uruguay (Ninguno desafortunadamente es familia mía) donde la fijación de la acción permitía examinar la situación como quien contempla un cuadro, una fotografía, y  de eso se trata precisamente El Diluvio Universal, de cuadros y escenarios, de no mirar al vuelo ni de reojo, sino de explorar hasta sus últimas consecuencias el diminuto instante que contiene todos los siglos y toda la vida.

Por ello, no se trata de un ejercicio retórico, ni de una circularidad ingenua por parte del autor, al contrario, El Diluvio Universal es una de las novelas más pretenciosas y más arriesgadas de la última década en nuestra narrativa. Es pretenciosa  y arriesgada porque de antemano sabe a lo que se enfrenta, no es complaciente con el lector, al contrario exige de este una complicidad total, es decir, aceptar unas reglas a priori, que ésta novela es un ejercicio de contemplación y fijación de la totalidad, donde el tiempo es una arbitrariedad y que una vez aceptadas estas reglas, es dentro de estas que debe ser valorada y no con otras.

Sabemos que Barquero sabe de antemano que su novela no será un "best-sellers", no por el ascetismo de su protagonista (el existencialismo francés está plagado de alimañas peores) o por ese ejercicio obstinado y arduo de construir una historia no desde una estructura y un andamiaje reconocible, sino desde sus vísceras y átomos, y esto exige una lucidez por parte del autor desde la primera página hasta la última y que en este sentido es perfectamente constatable por parte de Barquero.

Poniéndonos en su lugar, podemos imaginar las tentaciones que el autor tuvo que superar, los guiños, las anécdotas, los juegos que debió sacrificar para lograr una novela fiel y homogénea con su propósito, esta novela que acude fríamente a la absoluta mediocridad de la felicidad pequeñoburguesa mientras cae la lluvia.

Ya los lectores están advertidos, y deberán invertir tanto como el autor invirtió en escribirlo, de lo contrario Harry Potter y El Código DaVinci están en cualquier caja de cualquier supermercado.

Otras reseñas sobre la novela de Guillermo Barquero:

Guillermo Barquero y el Diluvio Universal de Danny Brenes
El Diluvio Universal de Guillermo Barquero por Rodrigo Soto


Germán Hernández


22/10/10

Historias de nunca acabar - La narrativa costarricense goza de buena salud



Historias de Nunca Acabar
Antología del Nuevo Cuento Costarricense
Editorial Costa Rica, 2009
Guillermo Barquero - Juan Murillo (Compiladores)

Con este critero temporal: escritores y escritoras nacidos entre 1965 y 1985 y que hallan publicado en los últimos 10 años, Barquero y Murillo recogen una muestra del nuevo cuento costarricense que abarca dos generaciones: La de Fin de Siglo y la del Milenio. En total son 15 autores y autoras.

Una hermosa sorpresa nos hemos llevado en esta Antología, la selección de Barquero y Murillo es vigorosa y acertada, hay textos verdaderamente magníficos y sin duda, esto constituye a dicha Antología en un portal que invita a conocer mejor los autores y autoras ahí recopilados.

En general, llama la atención en medio de la diversidad de motivaciones y temáticas de los textos seleccionados algunas constantes y motivaciones:

Cosmopolitismo. A estas alturas el asunto de la literatura "urbana" que rompe con aquél "costumbrismo pintoresco" ya está completamente superado y enterrado. Ante este, se nota una actitud cosmopolita, son numerosos los cuentos donde sus protagonistas estudian ó viven fuera de Costa Rica, en este sentido, el personaje es portador de una identidad que se incorpora, que se globaliza, todo esto ocurre con total naturalidad y apropiación.

Narrativa de Capas Medias. En efecto, los personajes son mayormente de capas medias, el espacio y las motivaciones son pequeño burguesas, o bien en tránsito socioeconómico hacia las capas medias, en todo caso, si hablamos de identidad, la identidad de los personajes es esa. Todavía están ausentes temas asociados a la exclusión social (no de marginalidad).

Herencia y Actitud. El absurdo y lo fantástico están perfectamente asimilados, hay vitalidad y verosimilitud en los cuentos. Se siente lo mejor de la narrativa de ruptura de la década de los 60, por ahí y por acá algunos guiños de Cortázar, Monterroso y otros, pero magistralmente incorporados, en este sentido sentimos que se trata de narradores poseedores de una herencia que han sabido aprovechar y por lo tanto con una actitud nada ingenua, por el contrario, con una gran intuición compositiva, aprovechando lo mejor de los recursos del género.

Ahora pasemos a reseñar en pocas líneas nuestras impresiones sobre los textos antologados:


Alí Viquez, El Francés y otras Lenguas. Perfecto ejemplo del cosmopolitismo antes indicado, un texto que elabora a partir de una situación imposible y absurda un pequeño clan, mientras los personajes masculinos van paulatinamente haciéndose periféricos, las protagonistas mujeres asumen una actitud definitoria; lo que comienza como un texto lleno de localismos y arquetipos, termina construyendo firmes singularidades y perfiles únicos, al mismo tiempo que rompe con los mandatos sociales sobre la familia, la maternidad no suprimiéndolos sino decostruyéndolos y reelaborándolos.

Mauricio Ventanas, Crustáceos. Imposible no sentir un poco cierta atmósfera rulfiana (Macario) o cortaziana (Lejana) y con todo, un texto perfectamente construido, dificil por lo que arriesga y por lo complejo de los escenarios: los crustáceos, el combate, el sanatorio, donde la visión enajenada no lo es tanto mientras el lector lo asume como subjetividad, y en este caso bellamente lograda.

Alfonso Chacón Rodríguez, Fuera de Rango. Licantropía y Londres, pero no se crea que se trata de un remake, cuando lo cierto es que aquí un poco a la manera de aquel cuento de Cortazar (No se culpe a nadie) el sujeto totalmente sucumbe a fuerzas desconocidas y misteriosas, y sabe que en la próxima parada no estará en sus manos el desenlace de lo que ocurra entre él y el desafortunado transeúnte que venga.

Heriberto Rodríguez, Liviana. Sobriamente cuando el desenlace (predecible) y la anécdota se vuelven irrelevantes, la protagonista que finalmente siente compensados todos aquellos anhelos por los que se negó así misma, tiene como primer atisbo de autoafirmación la destrucción de la fuente del bien y del mal. Vale destacar esa habilmente narración a lo "voyeur" con que Rodríguez compone el texto.

Luis Chavez, Caravana - Las Tres Divinas Personas. Igual que en su poesía, Chavez persigue el golpe psicológico, la estela de un cometa, el crater luego de la explosión, y para ello recurre con mucha sutileza, e interpela la propia vivencia y subjetividad del lector, tal es el caso de Caravana. Desafortunadamente en Las Tres Divinas Personas, sentimos que Chavez forzó un cuento a caber en la estructura y el efectismo de un título, que obligatoriamente requería un tríptico, donde el primero basta, lo demás es desechable, especialmente el último, donde no hay un dato, una situación que no conociéramos desde antes.Catalina Murillo, Una Mala Noticia. Ajuste de cuentas si se quiere, en una escena de la vida cotidiana, pero que no por cotidiana merecedora de una necesaria narración, donde Murillo nos lleva del sinismo a la culpa, de la camaradería al vacío, cuando tras una mala noticia, la rabia se cristaliza ante el fin del cuento de hadas.

Jésica Clark Cohen, Memo Personal. Un cuento magistral, donde la autora con maestría nos crea un escenario idílico y kish, y cuando ya sentimos que es insoportable e intragable toda la situación, da una vuelta de tuerca, y restaura toda la dignidad de quien no solo busca señales, sino también de quien decide sobre ellas. Un texto técnicamente impecable.

Manuel Marín Oconitrillo, Una Muerte que sí Pesa. Bucólico y mediante algunos recursos que nos recuerdan a Onetti, transcurrimos al lado de personajes que no hacen nada, solo recordar, que dicen que alguien dice, y una muchacha muerta... densidad y contención.

Marco Antonio Castro Rodríguez, Si Mataran los Juegos. Con una narrativa más tradicional, que apuesta a lo anecdótico, y se mueve al filo, Castro nos recuerda, al "Picucho" que todos en nuestra infancia tuvimos.

José Rojas Alfaro, La Ruta de los Bárbaros. Perplejidad y vértigo, en un texto que definitivamente merece mucho más que estas líneas, y se vuelve casi inaugural, por estilo, pero también arriesgadamente hermético, uno de los textos más exigentes y arduos de la antología, se sienten todavía las magulladuras...

Laura Fuentes Belgrave, Antieróticas X, XIV, XXI. Si bien formalmente Fuentes nos ofrece una prosa eficaz, sentimos que de algún modo nos predispone, y muy pronto ya tenemos las claves de las Antieróticas, primero por que el "anti" es puramente subjetivo y una elección moral y lo "erótico" presente. Creemos que hay que trabajar mejor la parodia como en el caso de la antierótica XIV.

Gustavo Adolfo Chavez, Marilyn Boyd y un Olvido Premeditado. Bellamente construido, recurriendo a todo un arsenal de recursos literarios, Marilyn Boyd es una suma narrativa y una demostración virtuosa en un texto que transcurre en un tiempo y lugares imaginarios. Pocos textos me han provocado un ansia y lectura devoradora como este.

Carlos Alvarado Quesada, En Garabito. Con un estilo lineal, una adjetivación muy particular, me temo que estoy releyendo un "Clis de Sol".

Albán Mora, El Otro Lado de la Noche. La solidez y dominio técnico de Mora son una de sus grandes fortalezas al lado de su juventud... queda claro que hay que estar atentos a un narrador que posee mil trucos y los sabe usar muy bien... a pesar de la señora Maugham.

David Eduarte
, El Encierro - Consunción. Cuando Eduarte comience a desprenderse de sus textos seguramente estaremos ante un narrador que por su estilo, es capaz de transitar lo escabroso con naturalidad, por ahora sentimos algo relamido y clisé en su trabajo, eso sí: atisbos sin ninguna duda de excelente narrador.


Historias de Nunca Acabar es a nuestro gusto un texto fundamental para aproximarse a la nueva narrativa costarricense, escritores y escritoras jóvenes, en plena producción y desarrollo nos muestran desde ahora que el cuento sigue siendo un género eficaz y exquisito (quien recorra estos textos sabe lo que digo); por lo tanto, cuando decimos nueva narrativa, no debe entenderse como una narrativa ingenua, experimental, buscando un norte y un lugar en la narrativa en general, todo lo contrario, es nueva por que está en proceso, porque son las nuevas figuras que se incorporan a la tradición narrativa, pero con absoluta propiedad y solvencia. Reiteramos lo dicho anteriormente, la Narrativa Costarricense goza de buena salud.


Para cerrar queremos señalar dos lunares en la Antología y esperamos que no se nos tome a mal:

1. Lamento que los textos antologados no indican el año de publicación y a qué colección pertenecen o bien si son inéditos. Aunque esto no es indispensable para quien quiere disfrutar de la lectura, podrían ser de mucho valor para quien quisiera hubicar los textos con respecto a sus autores, si son de su primera cosecha o bien posteriores.

2. Más lamentable, Juan Murillo y Guillermo Barquero, no se incluyeron dentro de esta antología, si bien es comprensible que como compiladores asumieran un distanciamento para su selección para evitar sospechas, recelos o que se mal interpretara como autobombo, etc... A pesar de eso, ambos son narradores, pertenecen al periodo y generación comprendida en la selección y lo más importante, son excelentes narradores que por derecho propio debieron haberse incluido en estas Historias de nunca acabar...


Germán Hernández