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3/3/17

Marilinda Guerrero Valenzuela - Dos cuentos


Nos resulta grato compartir en "El signo roto" dos cuentos inéditos de la narradora y amiga guatemalteca Marilinda Guerrero Valenzuela, sutiles toques de ficción científica con prosa ágil y eficáz. ¡Provecho!


La hilera

Vio su reflejo en el charco de sangre bajo sus pies. La casi ausencia de luz por causa de un daño en el sistema eléctrico hacían difícil la visión. Empuñó con fuerza el arma y se adentró en el laberinto. Dentro del camino estrecho surgían nuevos retos: rampas, puentes, escaleras, las paredes parecían desdoblarse frente a ella, cambiaban su posición segundos antes que llegara a las habitaciones con posibilidad de salida. El tiempo se agotaba. Las voces regresaron a su memoria, los gritos, las súplicas. Se detuvo con el sonido de una detonación. Creyó haber muerto, un cuerpo cayó frente a ella. A lo lejos, una silueta se acercó. Era inútil, la habían detectado.
La interrogaron. Ataron sus muñecas con una sustancia que se adentró en el tejido conectivo y logró una unión a partir de la lámina basal, imposible de romper sin desangrarse. Sin posibilidad de huida, su cuerpo estaba siendo hundido en el suelo, unas máquinas volaban escaneando su cerebro, buscando cualquier indicio que pudiera llevarlos al origen. No sabían que ella había almacenado todo en una memoria que retiró presionando el sensor que tenía tatuado bajo su pezón izquierdo. Toda la información, todo aquello que la incriminaba flotaba en un pedazo de hilo que quedó a la deriva en el laberinto. Prefería olvidar quien era a ser sometida al escrutinio del consejo.
El policía escupió, lo había logrado una vez más, cada vez era más astuta, cada nuevo crimen era mejor planeado, su tecnología había aumentado de forma considerable. Al verla de nuevo con el cerebro expuesto, vacío, sometido a los rastreadores, entendió que no era a ella a quien debía buscar. Era a sus proveedores, los que le daban la tecnología,  las actualizaciones. Elevó su cuerpo del suelo y la llevó al escáner, un viejo aparato similar a una araña, donde las patas tenían la habilidad de rastrear todos los ángulos de una superficie al mismo tiempo. Las largas extremidades pasaron varias veces sobre los tejidos corporales y detectaron una implantación pequeña en la rodilla derecha, una especie de entrada antigua, de cientos o miles de años. Capturó la imagen y buscó en los archivos. Era una entrada VGA, colocadas en los primeros prototipos.
En el sótano, sección archivos descontinuados de crímenes antiguos sin resolver, los cuerpos de los primeros prototipos pendían del techo. Buscaba alguno que tuviera características similares con Adriana. Ponía uno a uno frente a él, los examinaba cuidadosamente. No este. El siguiente. Por varias horas estuvo buscando, incansable, hasta que uno, Selenie, tenía el mismo puerto y misma fisonomía que ella. Lo conectaron al simulador para revivirlo y estudiar su fisiología, tecnología, capacidades y debilidades. 

Selenie abrió los ojos y se encontró en una habitación brillante. Pequeños robots volaban a su alrededor, capturando información. Al sentir sus pies de nuevo contra el suelo, activó el proceso de reconstrucción. Entonces, desapareció frente a los ojos de todos, atravesó la pared y frente a la mirada atónita de los investigadores, los aniquiló, uno a uno sin piedad. El camino se abrió y apareció el laberinto por el cual ella encontraría la iluminación. “Voy por ti, Adriana”, dijo, mientras cargó la información que se encontraba a la deriva, en un pedazo de hilo flotante.



La otra mirada.

Regresé a la casa de esquina, que corría peligro de desaparecer. Entré de nuevo en el cuarto, y aunque dicen que la muerte la podes encontrar en la boca de una guitarra, yo la encontré contigo, en la boca de aquella cama que nos engulló. Primero fue la ropa, luego este sitio. Dicen que desde que te fuiste, la casa poco a poco nos fue olvidando. Aún recuerda tus pies, desayuné con ellos y tomamos café. Dormí con ellos por las noches, abrazándolos, mientras moría dentro de tus huesos y así, la casa de los dos. La casa esperaba las sombras para recordar, entre pelos de gato negro y tu mirada viendo al vacío. Por las noches me encontré  buscando la eternidad. Me di cuenta cómo un dragón nos vio sentado mientras el cielo se hacía rojo y las nubes verdes, dentro de un sobre tamaño carta y el sonido de un refrigerador en esta morada vacía. Sabes, la ventana se veía tan lejana en la fotografía oscura y la cámara aún no capta el color de los azulejos donde posaste. El correo puede a veces llevar muchas muertes dentro de un sobre y la mía estaba disfrazada de un saludo y un libro ajeno.
Regresé a la casa de esa esquina que con el tiempo, cambió de color. Recuerdo que era amarilla, luego pasó a verde y después cambió a un color azul.  Me di cuenta que no habían suficientes pecas en el mundo para olvidarte y decidí volverme arena, esperando que el tramo de las flores marcara un nuevo día. Pero, ¿Cómo podes refugiarte en vos misma si lo llevas dentro?
Cerré las ventanas y me pareció verla cada vez más chica. Algo sucedió en el intermedio del tiempo cuando cerraste la puerta y dijiste ser uno más en mis cuentos. Algo quedó aquí metido como la boca de la guitarra, duro, inamovible, estático. Algo hizo mover las mariposas negras de este recinto vacío. Cerrar el capítulo en un libro de historia no es el lado oscuro que esperé de ti. Aún busco la herida que produjo tu espalda en la puerta. Y abrí el libro de las hormigas, el que planteó una respuesta a la ausencia y una pregunta al eco. El que llenó el cuarto y me hundí en él. El que me llevó y cambió la página.

Dicen que esa casa de esquina, desapareció. Que vieron salir de ahí a una muchacha delgada, pálida, con dos maletas y un sombrero. Dicen que cuando cerró la puerta, dos pies la seguían y cuando se subió al carro se disiparon, en el resto de la ciudad.


Marilinda Guerrero Valenzuela


Marilinda Guerrero Valenzuela.(1980). Ha publicado en revistas electrónicas, así como los libros de narrativa Relatos de sábanas (Letra negra 2011) Escenarios de un mundo paralelo (Letra negra 2012) Voyager (subversiva 2015). Fue incluida en la antología Cuerpos, relatos eróticos por mujeres (F&G 2015). En poesía, publicó el libro Todos tenían derecho a estar presentes (editorial cartonera Alambique 2014). En literatura infantil, publicó el libro Odisea de tres mundos (editorial Santillana 2016) Actualmente tiene la columna “Cazadora de microficciones” en la revista digital Penumbria, es coeditora en la revista de narrativa “Primeros Auxilios: lea en caso de emergencia”.

22/8/12

Relatos de Sábanas – Marilinda Guerrero


Publicado en Guatemala por Letra Negra Editores en el 2011, Relatos de Sábanas es el primer libro de Marilinda Guerrero. Compuesto por 18 relatos breves, la mayoría de apenas una página, más que cuentos propiamente, se desarrollan (en más de una ocasión) dando por enterado al lector sobre la anécdota y se sumergen en la trama y la espesura existencial y psicológica de unos personajes sin nombre, hombres y mujeres reconocibles por su anonimato, porque se trata de la gente de a pie, que nos topamos todos los días en la calle, porque los personajes de Guerrero somos todos nosotros.

Desde el primer texto, “Sábanas” ya nos prepara, ante el dolor, ante las frustrantes demandas cotidianas de éxito y competitividad, existen los refugios edonistas, como también su cruel despertar “De la hamaca al suelo”,  pero en todos los textos está impresa esa impotencia mortificante ante la realidad, tanto que se le puede contemplar desde la muerte “Nuestra Amistad”.

Quisiéramos destacar un texto que nos parece resume el espíritu y el fondo de los relatos de Guerrero  “Nacer”, porque surge de una consciencia femenina, en medio de un mundo brutalmente misógino y patriarcal; porque también, es una muestra elocuente de la prosa poética con que la autora sabe hilvanar sus historias, leamos el texto:

“Lanzaba al aire la pelota, la lanzó por el maizal, lanzó al aire sus sueños, lanzó al aire su inocencia, lanzó al aire su niñez y así, la lanzaba y lanzaba, cada vez que la lanzaba hacía el amor con él. Se escondían tras el rancho y acariciaban los cuerpos juveniles, tras la escuela jugaban a besarse ciegamente, estudiando sus deseos sin pérdida de tiempo y espacio. Corría a la aldea vecina a buscarlo cuando su familia se la llevó embarazada. Corrió tras el bus cuando él le dijo que migraría al norte. Corrió tras sus sueños de nuevo, corrió tras la pelota, corrió tras el aire, tras la inocencia, tras su niñez, y al encontrarse en medio de su cuarto, con las piernas abiertas, con una sensación de ahogo, y una comadrona recibiendo a su bebé.” Nacer. Pag 14.

Relatos de Sábanas, es una obra que se suma a esa narrativa centroamericana actual que toma conciencia de sí sin el chovinismo y el cinismo de siempre, que acepta las derrotas en un entorno que ya es insostenible ante el fracaso, que asqueado de sí mismo, quisiera comenzar a soñar otros mundos y salir finalmente del refugio de sus sábanas.

Germán Hernández

9/12/11

Marilinda Guerrero Valenzuela - Razones para no hacerse un tatuaje





Razones para no hacerse un tatuaje

Imponer en el cuerpo un tatuaje debería ser realizado después de una profunda y exhaustiva lista de razones justificadas para hacerlo. Por mencionar unos ejemplos, hay culturas donde éste lleva consigo una connotación de índole religiosa, espiritual, de guerra o fertilidad.

Un tatuaje en la piel debe ser


  • Realizado por un especialista que utilice medidas de asepsia normadas por un ministerio de salud.
  • No debe ser tomado a la ligera: debe tener un significado importante que no sea causante de conflictos a futuro.
  •  No debe ser realizado por moda.

Aclaro estos tres puntos para evitar las preguntas  rutinarias después de muchas  copas y de la respectiva  embarazosa goma del siguiente día.

Doy fé que el uso de un tatuaje en la piel por las razones equivocadas puede provocar serios daños a la salud.

Es importante aclarar otro punto.

Una razón de peso para NO hacerte un tatuaje debe ser la presión de grupo o peor aún, la presión del novio, esposo, amante, o lo que sea.

A mi ex novio, Armando, lo amé con intensidad. Cuando lo acompañé a tatuarse, no imaginé que él colocara mi nombre. En consecuencia, dada la situación e inocencia, me vi forzada a hacer lo mismo. Las letras de su nombre se impregnaron en mi seno izquierdo. Caracteres muy elegantes, estilo gótico, cerca de mi corazón. Algo romántico ese día, hasta que me enteré de los numerosos senos izquierdos, nalgas y tobillos, que tenían su nombre. Terminamos. Y ese tatuaje me dolió. Odiaba tanto que Armando  se hubiera ido con otra, pero ver su nombre inscrito en mi seno brindaba paz y confort a mi espíritu.  Si lo observaba bien, le daba realce a mi busto.

A mi tatuaje le encantaba lucirse ante mi ex, sobre todo cuando hacíamos el amor y a mí me tocaba encima. Parecía agrandarse para mostrarse orgulloso ante su progenitor. Claro que eso  lo excitaba más provocando en mí otras emociones. El tatuaje acariciaba mi seno izquierdo como una extensión de las manos de Armando, y al hacerlo, provocaba una vulcanización de mis emociones al punto de erupción con solo verlo a los ojos.

Al terminar la relación, no sólo sufría yo, sino también mi tatuaje. Los dos pensábamos en él. Las letras impresas con caligrafía estilo gótico ya no sentían la necesidad de seguir en mi pecho. Me enojaba que en las noches mi tatuaje llorara por él mientras yo sufría por la falta de sus caricias y orgasmos.

Para engañarlo, coloqué una foto de Armando  en el techo. Con el pecho al descubierto, las letras de Armando observaban a su padre, provocando que se acurrucara y durmiera tranquilo. No era justo para mí, porque lo extrañaba y observaba su foto recordándolo.

Decidí romper  su foto. Al hacerlo,  manteníamos una lucha entre las letras de Armando y los intentos por olvidarlo. Llegué incluso a maldecirlo. Le decía que era un malagradecido y él respondía que era su padre y tenía derecho a verlo.

Con el devenir de los días nos fuimos acostumbrando a su ausencia y tras los cambios de mes y suspiros de minutos, un año pasó. Charlábamos y  reíamos, mientras nuestra relación mejoraba. Un día fuimos a hacer las compras y allí estaba Armando. Con su bebé y la desgraciada que nos lo quitó. Se veía tan varonil  con sus tatuajes de mariposas y flores además de mi nombre inscrito en su piel. Siempre tan guapo y masculino. Mi tatuaje al sentir su olor lo llamó. Me impulsó tratando de acercarme a Armando, yo anclé mis pies en el suelo negando sus llantos y gritos hacia él. Las letras negras estilo gótico me acariciaron como lo hacían cuando estábamos desnudos. Como loca traté  de no extasiarme frente al rostro de él, mientras me observaba con extrañeza. Inventé una excusa ridícula y corrí al baño con miles de orgasmos frustrados.

En la noche mientras pensaba en lo tonta y estúpida que había sido al saludarlo, mi tatuaje pasaba momentos de angustia y soledad. Necesitaba a su padre. Comenzó a agrandarse tanto que mi piel se estiró hasta desgarrarse y rompió la blusa. Alzó vuelo en busca de él  y las flores tatuadas en su piel. Yo acepté su partida. Era lo mejor para los dos. 

El nombre de Armando con letras negras  surcó  los cielos en la noche estrellada. Destilaba pequeños rastros de sangre mientras lo buscaba con sus pequeños ojos negros. En medio de los tejados y ventanas, divisó la figura de su padre. Inició el descenso con los brazos abiertos. Distraído, no presintió la lechuza que seguía el olor de la carne con sangre. Sus garras lo capturaron llevándolo al nido. Mientras las letras de Armando eran devoradas por sus crías, sentí que una parte de mí murió.

Mi piel ya sanó. Pero las heridas del amor de Armando quedaron. Ahora lo pienso bien antes de hacerme un tatuaje. Si llegara a hacerme uno, tatuaría mi nombre.


  
El suelo que te abraza

Surgían sonidos en mis oídos, conforme los  sentidos poco a poco despertaban. Con cautela,  percibía. Ladridos. Uno, dos, tres. De nuevo la mudez. Intentaba deducir el origen de los aullidos. Los ojos hacían el esfuerzo por abrirse. Tranquila. Respira. Poco a poco, despacio, lento. Pausado. 1, 2, 3, 4… Así es. Serena. Obscuro. Negro, negro sombrío. La tierra. El polvo. Por un polvo de minutos me uní en matrimonio. En ese momento mi corazón latía fuerte, la sangre surcaba rápido las arterias  para recuperarse del desmayo y no toleraba los latidos en el pecho, dolían. Respira despacio. Mi consciencia. Dispuse utilizar el sonido como fuente de recolección de datos para determinar el punto exacto en el que me encontraba. Autos. Buses. Bocinas. Todos mezclados con los sonidos caninos que quizás se encontraban encerrados tras una reja. Lo comprobé por la insistencia. Imagino veían pasar los autos y con su furia trataban de abarcarlos. Cumplían la visceral función de enmarcar con fuerza aquel halo de misterio alrededor del rótulo que dice “cuidado con el perro” el cual se encontraba en la parte superior izquierda de la puerta de la reja. El sonido del viento enmarcaba los tejados de la fría habitación. Chocaba, se colaba tras las rendijas, instauraba remolinos en la unión de las paredes con los techos. Realizaba una danza interminable de susurros no perceptibles a la mayoría si no se prestaba atención. Un reloj. Suena el tic tac. Marcaba el movimiento lento pero firme de la aguja segundera que impulsaba los minutos para avanzar el día. Poco a poco, empecé a recordar que hacía en el suelo.

Me enclaustré en él “es mejor lo viejo conocido que lo nuevo por conocer.” En el matrimonio que llevaba, mi día giraba bajo comandos de vida. Mantener el orden. Limpiar lo sucio. No pienses, respira. Horas y días de vida, minutos de viento, instantes del pasado transitado hacia un recuerdo que a nadie le importa. A mí, ya no. Las llantas pasaban sobre el lodo creando marcas borradas por las siguientes. Así es la humanidad. Una renovación. Recordé donde estaba. En el suelo, en mi casa, pensando en el tiempo. Con el polvo de tierra en la cara y cuerpo. Llena de moretones y sangre. Soy una declaración de muerte. Traté  de levantarme después de los golpes recibidos. Llora Lluvia. No el cielo. Mi hija, Lluvia.

Tuve una hija demasiado joven. La tuve con el primer y único polvo de mi vida. Al principio me pareció novedad. Con el tiempo llegó a aburrirme. Pero no puedes hacer nada. Toda mi vida he padecido del mal del olvido. Por parte de la sociedad, de mis padres, de los vecinos, incluso de Dios. No teníamos dinero, y nos instalamos en el único cuarto situado a orillas del basurero. Nuestro nido de silencio. Afuera, nada pasaba. Dentro, era el infierno.

Todo era posible gracias a Lluvia.  Una vez encontré un vestido de princesa manchado con colores y olores de la ciudad. Lo lavé bien y quedó como nuevo. Al verla con el vestido puesto era toda una princesa. Esa noche se durmió con el traje puesto.  Cada vez que lo exhibía, abría un paraguas, salía a la calle en medio del polvo, y las casas de láminas. Danzaba con sus pies mientras imaginaba ser una extranjera. Proponía su historia al mundo sobre andar de  vacaciones en un basurero. Cuando andaba de princesa, decía ser una voluntaria más. Como los que a veces llegan a enseñarles a los niños a tomar fotos, o los otros que instruyen a las mamas a hacer collares con papel, y aquellos que muestran la forma de separar la basura para el reciclaje. Aquellos, los que llegan por la mañana y por la tarde se van  a sus casas con techo y cielo falso, junto a un piso de alfombra o de azulejo. Nosotros regresábamos a nuestra casa con tierra como alfombra para los pies.

Recuerdo haber tomado una piedra de nuestro barrio después de haberla aventado hacia la lámina de la casa vecina. Esta rebotó y cayó sobre la calle de tierra húmeda. La recogí del suelo, la probé y pensé. Este es el sabor de mi tierra. El suelo y yo, éramos  íntimas amigas.

Había estado acostumbrada a mostrar mi vestido tejido con su aliento, cuyos bordes matizaron las vidas que le perdoné.  Exhibí la lucha de carnes, el cementerio de besos, las obtusas ideas, las lúgubres caricias, las necrópolis de viento. Mi perfil se marchitó  y  creó un camuflaje con el satélite lunar enmascarando tristezas.  Maquillé el rostro de materia, disfracé la soledad con muchedumbre. Todos los días justificaba mis muertes diarias, las lavaba hacia cualquier bulto que confiscara los recuerdos, además de  ideas inútiles implantadas de momentos extemporáneos. Ajenos a su tiempo. A veces los almacenaba, por si en algún sitio me serían de beneficio.  La tierra de mi casa me acompañaba siempre. En cada caída, ella me abrazaba. Al igual que Lluvia. Ella esperaba a que él se pusiera de nuevo el cincho o cerrara la puerta para hacerlo. Llegué en un momento tomarle cariño. Me sentía suelo. Podía pisarme, mojarme, pero seguía en pie.

Esa última vez, los golpes fueron mayores. Moje la tierra con la sangre de las patadas recibidas como su despedida. Mi amiga, la tierra, junto con el polvo, nos hicimos uno al aceptarme como inquilina. Eso fue lo que me salvó.  Adormecida de la pérdida de sangre,  sentía sus pisadas. Un capullo moreno y brumoso cubrió mi entidad. Mi piel se rasgó, mientras los pétalos morenos cayeron al suelo. Con cada huella recibida, detecté piel nueva cubrir mis ropas, y detalles de mujer nueva florecieron en mi. De manera invisible para él, pero mi nuevo caparazón de metal pesaba tanto, lo suficiente para que la huella de sus zapatos no hiciera daño en mi cuerpo. Pesadilla o realidad, a manera de espejismo, el polvo se rebeló. Formó un remolino alrededor de él provocando ceguera en sus ojos. La tierra cubierta con mi sangre devolvió los golpes acumulados por las caídas, moretones y saliva cubrieron su piel. No soportó mucho tiempo. El cuerpo de él tendido en la tierra, era solamente un recuerdo de un ser humano. Estaba completamente deformado, mientras pedía con el último suspiro ayuda, yo iba tomando vida de nuevo. El suelo lo ocultó bajo sus capas.

Abrí los ojos. Escuché los ladridos y el llanto de Lluvia. Traté de levantarme, y no pude. Me dolía demasiado. Escuché a mi niña agitarse al correr hacia mí. Sentí sus manos acariciar mi pelo mientras gritaba mami.  Solo alcanzo a decirle estoy bien, mija.  La sequía de caricias llevaba ya varios años presente en la vida de nuestra familia aumentada en manos ásperas y de piel rugosa. Dicen que si no acaricias una piel con amor, ésta se desgarra y se transmite la falta de tacto a través de generaciones.  Tuve a mi hija en un tiempo en el que hubo amor. También cuentan que polvo eres y en polvo te convertirás. Al final de los párrafos, te das cuenta, del suelo que te abraza y cómo tú te abrazas con él.



 La Fiesta

Caminan azonzadas con sus máscaras de noche gritando improperios y lanzando irreverencias  con palabras disfrazadas de momentos luz, cámara, acción. Empieza la fiesta. Ingresan a aquel pequeño bar con cigarro en mano beben una, dos, tres.  Las mesas estorban, las sillas quieren bailar mientras sus pies se mueven al ritmo de la cumbia que estimula los cuerpos y sus hormonas, sugieren el apareo de hombres con mujeres, hombres con hombres, mujeres con mujeres, como sea. El orden de los factores no altera el producto. Quieren  continuar con el bailoteo. Salen e ingresan a la noche desenfrenada lanzándose  a la calle, escupen a los autos, vomitan en el suelo. Mientras las drogas de las manos en otros  bolsillos son alcanzadas por sus dedos que  las impulsan al centro de sus fosas nasales. El cuerpo pide más. Entran a otro bar, más obscuro esta vez. Detectan las masas y cadáveres danzantes bailar al ritmo del musicón, saltan y saltan sin parar.  Cada vez más alto alcanzando decibeles circunscritos en el rítmico y pegajoso haz de luces que ilumina el lugar. Rojo, verde, azul. Luz de láser ó neón, ¡qué importa quítate el calzón! Hace estorbo.  Pasan las horas. Una, dos, tres, cuatro. Los ojos con pupilas dilatadas no piden descanso y el cuerpo sigue en actitud erguida. ¿Se acaba la fiesta?  Vamos a mi cuarto. Se adhieren otros al after. En esa pequeña habitación se aplica el donde caben dos caben 30. Sigue el baile, las luces, la función.  Las caricias, las orgías, el hedonismo de diez minutos.  No te conozco, dime quién sos. Las diez de la mañana. Tiempo de contabilizar los daños y responsables. Dicen que no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. Eso es lo que dicen, quién sabrá si es cierto. Lo que ellas si saben, es que en la noche resucitan, y vuelven a bailar.



Marilinda Guerrero Valenzuela. (Guatemala, 1980) Odontóloga con especialidad en endodoncia por la USAC. Publicó su primer libro “Relatos de Sábanas” de la editorial Letra Negra, en octubre de 2011. Publicó un relato en el evento “Gráfica escrita” donde realizaron un dibujo de su texto en una revista digital de diseño gráfico. Publicó cinco relatos en la revista digital “Te Prometo Anarquía”. Ha participado en eventos de poesía y narrativa como “100,000 poetas por el cambio”, “Arte para vivir” llevados a cabo en la ciudad de Guatemala.



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