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12/10/25

Parábola del “derecho a defenderse”

 


El derecho a defenderse es semejante a un hombre que dormía por la noche y lo despertó un gran estruendo, habían entrado a su casa, saltó de su cama, corrió hacia la sala y mientras el ladrón huía le reconoció, era su vecino. Mientras el hombre contemplaba los daños pensó, tengo derecho a defenderme, no comprendía cómo su vecino se atrevió a robarle. Fue a buscar su arma, la cargó y salió, ya frente a la casa de su vecino, tiró la puerta, entró disparando, destruyó todo, encontró a los niños y la mujer escondidos en un armario y los mató. Había otros vecinos que se asomaban a la entrada atónitos y fascinados, algunos decían basta, detente, otros sonreían, sigue, no te detengas, cuando ya no había nada que matar, ni destruir, sin haber recuperado el botín robado el hombre salió conforme, no sin antes prender fuego a la casa, con planes sobre lo que edificaría sobre la tierra arrasada.

 

Germán Hernández

 


 

2/5/19

Parábola de la eficiencia administrativa





Como editor, sabía que cualquier cosa podía llegar hasta su escritorio, a veces eran esos textos que lo inspiraban y le confirmaban por qué había luchado por llegar donde estaba, y otras veces eran sencillamente textos que lo hacían volver la mirada hacia una ventana, hacia el mundo exterior, hacia la salida.
Pero aquella vez le pusieron un texto que al ver en su portada el nombre del autor lo hizo sentir arcadas. ¿Por qué a mí?
No había visto siquiera el contenido, no podía, sabía que cada línea que trabajara estaría traspasada por esa animadversión que sentía hacia el autor, ese tipejo intragable, académico encopetado, laureado, reconocido, encumbrado. Lo odiaba y lo envidiaba por igual.
Pero también sabía que ese autor había sido denunciado por acoso sexual, y también se le abrió un proceso, y fue sancionado durante ese proceso, nada más que una nalgadita en comparación con el escarnio que otros han recibido, sí, no hay atenuantes para esto, pero para ese todo siguió igual, o mejor. Cómo odiaba esa hipocresía.
Era un asunto de conciencia, sencillamente no podía trabajar en ese texto que lo hacía odiar lo que amaba, le escribiría al director de la editorial un correo explicando sus razones, esa necesidad de recusarse, no iba pasar de ahí. Pero también sabía que ese desaire se lo cobrarían de otras maneras, imaginables unas, otras, las peores, no podía imaginarlas aún.
Entonces sacudió la cabeza, pero, ¿qué me pasa?, ¿acaso no soy un profesional? Y comenzó a hacer su trabajo

Germán Hernández.

 

12/11/17

Parábola del inmaculado



El Inmaculado subía a su tribuna y exclamaba:

- Pero qué detestable es quien devora sus uñas secretamente, el que por su compulsión animal sede a su ansiedad y las mordisquea hasta su base, y goza secretamente del dolor y la sangre que brota de sus dedos convertidos en muñones palpitantes.

Luego descendía para que la muchedumbre avergonzada pudiera besar su anillo, compungirse con su rostro iluminado por la autoridad.

Más tarde, el Inmaculado en la soledad de su recámara devoraba sus uñas, las mordisqueaba hasta su base, y lamía la sangre ferrosa de sus dedos palpitantes como muñones…

- Al menos – pensaba – nadie dirá que no he hecho bien mi trabajo.


Germán Hernández


31/8/15

Parábola sobre la verdad



-¡Los empujaremos hasta el borde del mar, los arrojaremos al abismo, esta tierra es nuestra!
-¿Quién lo dice?
-Lo dice nuestro dios, en el libro que escribimos.


Germán Hernández

17/7/15

Parábola del cazador de dinosaurios





Cada mañana al despertar, el cazador de dinosaurios cree que los dinosaurios siguen ahí. Ve dinosaurios en todas partes y cuando los encuentra los persigue y les dispara sin descanso.

El cazador de dinosaurios es beligerante, y advierte a sus semejantes sobre la terrible amenaza:

- Si ve a un dinosaurio no le hable, no le ayude, no le crea, huya o mátelo.

Pero nadie le hace caso, pues todos saben que los dinosaurios están extintos como él.

Germán Hernández