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25/4/18

Respuesta abierta a Alfredo Trejos




Con motivo de un post en Facebook, en donde me excedí con un comentario (cuando no) de buenas a primeras me referí a los premios nacionales Aquileo Echeverría de la siguiente manera:

- ¿Quién necesita ese premio de mierda?

Reaccionó a mi comentario con autoridad y argumentos mi bien amado amigo y poeta Alfredo Trejos de la siguiente manera:

- Germán, hace algún tiempo te lo dije y hoy te lo repito con algunos detalles:
- Espero que sigás escribiendo y publicando y mejorando como autor. Espero, además, que llegués a ese punto en que un jurado del Aquileo te considere y te premie para ver si sos coherente y rechazás el galardón mediante un buen documento en el que, ahora sí, expongás con claridad y autoridad por qué te negás a recibir dicho "premio de mierda".
- Mientras tanto, solo descalificás a destajo el reconocimiento en sí y, de paso, a quienes lo hemos recibido, por varias posibles razones: posás para la foto de los criticones, o criticás por resentimiento, o denunciás un proceso evaluador que ni aquí ni en ninguna parte es infalible, o cuestionás la honorabilidad de todos los involucrados en él por conflictos personales, o solo te gusta provocar y hablar y congraciarte con los detractores de temporada de los premios literarios (quienes se mueven todos por uno o varios de los motivos que he enumerado) los cuales en este país han de ser bastantes. En fin, mejor que ojalá se te haga y un día te den un premio valioso, digno y "limpio", según tus gustos.

Mi réplica fue más lacónica:

- Nunca nadie cometería el error de premiarme por algo, pero qué rico sería rechazar el Aquileo. 😜
A lo que Trejos me emplaza con justicia:

- ¿Con qué objeto?
- ¿Por qué sería tan placentero?

Le prometí a Trejos responderle, y estas notas tienen ese propósito. Lo hago por aquí, pues me parecería una impertinencia mía hacerlo en el post ya mencionado arriba, dado que no está bien “ensuciar el muro de otros” y la verdad es que yo ya me había pasado de la raya.

Vamos a ver, y aquí hago una confesión, he tenido la ensoñación muchas veces de ser proclamado ganador de un premio nacional, pero la cosa apenas empieza ahí lo que verdaderamente he anhelado es rechazarlo. Pero ciertamente eso es poco probable, no creo que eso ocurra jamás, yo mismo soy consciente de ser un narrador si acaso aceptable, sin nada publicado que merezca mayor relevancia y atención, tampoco cuento con los medios, ni tiempo para dedicarme a escribir una obra como yo quisiera, y menos tengo las habilidades para generar las sinergias, camaraderías y complicidades tan necesarias para hacerse notar en el medio literario. No, la verdad es que no veo ninguna posibilidad de hacer realidad mi anhelo de rechazar un premio.

Al menos, el hermano Trejos me desea generosamente que siga escribiendo, publicando y mejorando como autor, esos deseos los valoro sinceramente. Pero, lo que más quisiera es tener lectores y lectoras, ni siquiera creo en la posteridad de mi obra, pero sí que anhelo lectores y lectoras cada uno y cada una capaces de hacer su propia valoración de su lectura. Para qué escribir tanto y publicar y tal vez mejorar, si lo que yo quisiera es que un escritor de la talla de Trejos leyera mi obra, con el compromiso y compulsión con que leo la suya, esa reciprocidad y esos lectores son según mi modesta aspiración el mayor de todas las recompensas.

¿Y con qué objeto rechazaría un Aquileo? Bueno, en lo personal para mi sería bochornoso que mi nombre y mi obra apareciera junto al nombre y la obra de otros y otras que considero sinceramente mediocres (la gran mayoría) me sentiría indigno de que mi nombre y mi obra aparecieran en los anales literarios al lado de otros y otras que considero superiores. Me sentiría indigno de recibir un premio cuando hay tantos otros autores, autoras y obras de inmenso valor que nunca fueron reconocidas en su momento. Mi rechazo sería un reclamo por todo eso.

Voy a poner un caso, mentaré aquí a Alexander Obando, ¿Acaso “El más violento paraíso no fue y sigue siendo una pieza fundamental de nuestra literatura, una de las obras que más ha influenciado las obras posteriores de toda una generación de jóvenes poetas y narradores, todos nosotros deudos de ella? Pero fue una obra que en su momento fue ignorada, por los jurados, ¿Alguien recuerda quien fue el ganador del Aquileo ese año en la rama de novela? Yo no, pero acabo de consultar Wikipedia, y dice que fue Fernando Contreras con “El tibio recinto de la oscuridad”. Pero años más tarde, Obando es reconocido en la rama de poesía con un hermoso y atrevido poemario “Angeles para suicidas” valioso sí, pero no con la relevancia de su primera novela, pero sorpresa, comparte el premio junto a la autora Silvia Castro y su poemario “Agua” una obra francamente mediocre, los premios no pueden así nada más homologar y homogenizar, es repugnante esa sabiduría salomónica y quijotesca de “repartir justicia”, partir premios y “enderezar entuertos”.

No me voy a exceder con más casos, pero hay muchos más. Esa supuesta canonización les ha hecho injusticias a muchas obras valiosas, eso es un buen motivo en mi caso para rechazar un premio. Además de que el estipendio económico es indigno, creo que recibe más una familia en riesgo social del Plan Puente al Desarrollo que un autor con el premio nacional. En fin, quién sabe, a lo mejor mi deseo es insano, (aunque inalcanzable), rechazar un premio nacional sería una bofetada a una institucionalidad en la que no creo, y el embeleso que me produciría es irracional e inexplicable, como todas las cosas que amamos.

Germán Hernández



10/2/17

Arabella Salaverry - Impúdicas



Arabella Sallaverry, recién distinguida con el premio nacional “Aquileo J. Echeverría” en la rama de cuento con su obra “Impúdicas”, del cual comparte en el Signo el relato “Amira”. Esperamos que este anticipo sirva como invitación a descubrir su mundo narrativo. 


Amira (o sobre desechos incómodos)

Oigo un estrépito de pájaros tamizado por el ruido de un motor que se acerca por el sendero. El jeep en el que te apareciste está ya destartalado y mugroso. No era una condición nueva. Lo esperable después de años de servicios, trayendo y llevando materiales de una gama indescriptible: maderas medio podridas, lagartos muertos, aserrín, vástagos de banano, frutas de pan, langostas vivas, carnadas para pescarla, machetes herrumbrosos y palas aterradas. Detrás, la carretilla rectangular, cerrada, oscura y manchada, premonitoria de su contenido. Te miro a lo lejos, con movimiento de puma bajas del vehículo, abres la tranca del portón, mueves una hoja regresas al auto ronroneante, y te diriges hacia abajo, donde está la casa. Desde el recuadro de la ventana de mi habitación te observo. Sigues teniendo esa calidad felina que hace de cada movimiento un alargamiento del otro. Te sigues moviendo con una elegancia no sé si innata o desarrollada como una más de tus dotes de seductor.

Conforme te vas acercando puedo observar con más cuidado la camisola blanca, traspasada por el sudor en los puntos habituales: espalda, axilas, alrededor del cuello. Ya no es tan blanca, y menos ahora que viene manchada por lo que traes en el receptáculo que arrastras con el jeep. Pese a los años que han pasado, muchos, estás igual. El mismo tono de bronce, la calva, los ojos de color incierto, las manos grandes, la misma delgadez de espalda ancha, la misma permanencia impasible ante el tiempo que desarrollan los muertos. Seguí tu recorrido cuando detuviste el jeep, te bajaste de un salto, caminaste hacia el interior de la casa, buscando, pero casi de inmediato te dirigiste a mi habitación en donde yo, aún a medio salir de la ducha, trataba de acomodar la mata de pelo con su rebelde humedad, con su intransigencia para aceptar cualquiera cosa de la familia del peine, peineta o cepillo que intentara amansarla. Me resultó extraño verte allí, después de tanto, tanto tiempo. No te preocupaste mucho por mi presencia. No como en otros tiempos. Definitivamente no como en otros tiempos.  La mirada no fue la de antes. No la mirada de caricia, perfumada con cacao. Ahora una mirada cortante, de trámite. Me saludaste con un hola, Amira, dicho al pasar, mientras observo que si en algo no has cambiado es en esa manera intensa de apropiarte del mundo y de lo que te rodea. Me sigo preguntando si es un hábito innato o adquirido.  Das media vuelta, te diriges al comedor que sigue siendo monástico, solo la gran mesa y la luz que entra por la ventana para iluminar las ocho sillas de madera que están alrededor. El frutero en el centro de la mesa desbordando papayas, limones, mangos, manzanas de agua de un rojo vistoso e insolente, único momento de color en el espacio. Las paredes de tablones sin tratar, el oscuro tono de la selva metiéndose también en la estancia, solo el recuadro de luz que permite la ventana para evadir en algo las sombras; caminas hacia donde está mi sobrina con su menuda presencia adolescente, su pelo largo, acaramelado, sus ojos grandes de pestaña anochecida. Tratas de acariciarla, con una caricia que pretende inocencia, pero yo que te observo sé que no hay nada ni remotamente parecido a la inocencia en el deslizar de tu mano grande -y sé por experiencia que rugosa por los callos del trabajo fuerte- por su cara. Ella no se inmuta, y decidida aparta su cara, sin violencia, pero con firmeza. El gesto te desconcierta. Estás tan acostumbrado a la obediencia núbil, que no entiendes de esa rebeldía serena de la muchacha. Te vuelves hacia donde yo estoy, y con un movimiento de brazos y un gesto con la cabeza me preguntas qué le pasa. Te contesto de la misma manera, solo encogiendo los hombros. Los tiempos son otros. Vas entonces hacia la ventana, y ahora te veo ansioso buscando un lugar que no aparece. Y pienso entonces en mis dieciséis, en la mansedumbre de la edad adolescente, en tu mano callosa recorriendo mi cara en un momento igual al que acabo de presenciar, solo que ahora estamos en la antigua casa victoriana, de maderas pintadas con colores opacos, tal vez un verde agrisado, y el piso de madera que cada día cruje más, el pasillo largo que concluye en un espacio abierto en donde el cielo entra a raudales, y dibuja en el suelo un rectángulo de luz que no alcanza a regarse por el pasillo, mi madre y yo, solas, aquella casa, marcos de puertas y ventanas pintadas de blanco sucio, mi madre en su siesta infaltable, y vos moviéndote alrededor mío, como una pantera a punto de devorar la presa, en un movimiento que termina siendo hipnótico por lo repetido, desconozco tu intención, oigo tu voz dulce, vení Amira,  llenándose de palabras que no alcanzo a distinguir, como si brotaran caramelos de distintos sabores de tu boca, me vas acercando a la pared, hasta que me obligas a recostarme en ella, tu cuerpo flaco y fuerte de hombre maduro se apoya con una sola mano en la verde extensión del muro, mientras la otra me acaricia el pelo, la cara, baja imprudente por el pecho, regresa a mi pelo, tiemblo porque siento tu olor tan intenso avasallándome, es una sensación de impotencia, de estar amarrada sin amarras, porque no me lo esperaba, porque siempre fuiste el tío, el amigo, la familia, la confianza, el paseo, el almuerzo de campo, la cena con langostas recién pescadas, el hermano infaltable de mi madre, el amigo de mi padre, Benny Moré y Agustín Lara, tal vez Vivaldi en las tardes lluviosas, el vaso de ginebra con hielo, la palmadita cariñosa en el trasero, pero nunca fuiste una mano que acaricia, una mano que atropella, un cuerpo que se transforma en grillete y me incrusta en la pared verde, larguísima y alta, un gesto que exige silencio,  una mano que rompe botones, violencia, una mano que rebusca entre las piernas, las mías, las tuyas, más violencia, dolor y violencia, un asalto, un rechazo y una mano que silencia la boca, una urgencia, un jadeo, violencia, violencia, un estertor y mucha más violencia si eso fuese posible. No, nunca antes fuiste nada de eso. Y ahora regresas, después del tiempo largo transcurrido, regresas de tu muerte,  sigues dueño del mundo y como si fuese lo más normal me preguntas si en la finca hay tanque séptico. Te contesto que no, que aún no lo hacemos, que no tenemos tanque séptico. Incrédulo, sigues examinando el panorama ¿y eso, Amira?, señalando hacia el fondo del patio. Eso es el tanque de agua limpia. Eso no se puede contaminar. Porque intuyo que detrás de la pregunta hay algún interés. Y sí, tenía razón. Ya sé que contaminar no te importa. Me indicas que la carga que viene en la carretilla que acarreas quién sabe desde dónde, es material que debes depositar en algún tanque séptico. Y lo extraño es que no huele.


Arabella Salaberry


Arabella Salaverry. Costarricense. Una infancia transcurrida en el Caribe costarricense define la presencia literaria de esta escritora y actriz. Viajera incansable, se forma en diversos países latinoamericanos en donde estudia Artes Dramáticas, Filología y Teatro en universidades latinoamericanas (México, Venezuela, Guatemala y Costa Rica).                                     
Su labor como promotora cultural se pone de manifiesto en la Presidencia y la Vicepresidencia de la ACE (Asociación Costarricense de Escritoras) en los períodos 2004-2008  2008-2010 y desde la dirección del Grupo EL DUENDE
Ha publicado: “Impúdicas” Uruk editores; “Llueven Pájaros”, Torremozas, España; EUCR; “Erótica”, Erotomanías, Barcelona, España; “Continuidad del Aire”, ECR, CR; “Violenta Piel”, URUK Editores, CR; “Dónde Estás Puerto Limón”, EUNED. “Chicas Malas, URUK Editores, CR “Breviario del deseo esquivo” ECR, “Arborescencias” Ministerio de Cultura y Juventud.
Embajadora de la cultura latinoamericana, su obra literaria aparece en antologías en Costa Rica, México, Ecuador, Italia, España y la India; considerada en periódicos, revistas y blogs literarios en el país y en México, Ecuador, España, Italia, Argentina y Colombia. Escenarios de varios países han albergado su voz en recitales personales: Costa Rica, Chile, Panamá, Guatemala, México, Brasil y Argentina. Poemas suyos han sido traducidos al inglés, polaco, catalán, italiano, húngaro y al bengalí.
Invitada a Encuentros y Festivales de Escritores nacionales e internacionales. Jurado en concursos nacionales e internacionales de poesía y narrativa. Ha participado como actriz protagónica y de reparto en más de 50 montajes de diversas instituciones. Trabaja en producción, dirección y actuación para radio, cine y televisión.

Ha sido distinguida con reconocimiento como el “Premio Nacional de Literatura Joaquín García Monge” rama cuento; “Mención de Honor Colegio de Periodistas” por una vida dedicada al arte; “Mención de honor” en Venezuela por su cuento “La abuela”; “Miembro de Honor” de la Compañía Nacional de Teatro. Su más reciente cuentario impúdicas fue reconocido con el premio “Aquileo J. Echeverría” en la rama de cuento 2016, mismo que está disponible en Librerías Lehmann, Universitaria, Andante, Nueva Década, Dulouz, Buhólica y Tienda EÑE.


24/4/15

Los amigos venían del sur – José Picado Lagos



La “historia de vida”, como técnica de investigación cualitativa, es de las más difíciles de recopilar, sistematizar, analizar y sintetizar. Cuando es trabajada y moldeada mediante los recursos literarios, se vuelve también un ejercicio virtuoso entre la ficción literaria y la palpitante realidad vaciada en ese difícil género llamado “testimonio”. Mencionemos dos casos relevantes: “Los hijos de Sánchez” de Oscar Lewis, o “Memorias de un cimarrón” de Miguel Barnet, textos que si no se hubiera advertido de previo al lector, los hubiera leído con la certeza de que se trata de proezas literarias (que también lo son).
 
Los amigos venían del sur, de José Picado Lagos se emparenta con las obras citadas, y cuidado si no se advierte antes al lector de que se trata de una recopilación de historias de vida de excombatientes costarricenses durante el proceso revolucionario en Nicaragua entre 1979 y 1987, el lector llegaría a pensar fácilmente que se trata de una exquisita novela épica y polifónica, pues su composición, el hilo testimonial, geográfico e histórico que se tejen fina y sutilmente en cada relato es en sí mismo un logro. No solo son las circunstancias históricas las que unen cada relato, también están unidos, fusionados magistralmente por la habilidad y el oficio de José Picado Lagos.
 
Creo que hay que destacar que este libro es valioso por el testimonio que expone, y también por el trabajo de composición de dicho testimonio (donde también contribuyó nuestro querido poeta Alfredo Trejos).
 
Estas historias de vida tratan sobre la solidaridad de Costa Rica en 1979 por la caída del tirano Somoza y en favor de la revolución sandinista. De las brigadas de costarricenses “Carlos Luis Fallas” y “Juan Santamaría”  organizadas por los Partidos Vanguardia Popular, Socialista Costarricense y el Movimiento Revolucionario del Pueblo con más de 300 combatientes de toda índole: estudiantes, campesinos y obreros. Gobernaba entonces Rodrigo Carazo Odio, quien simpatizó con la lucha armada del FSLN; y facilitó de varias maneras la insurrección, entre ellas el apoyo de la aviación venezolana pues Carlos Andrés Pérez presidente de Venezuela era otro gran amigo de la revolución sandinista (ironías de la historia, el gran enemigo de Hugo Chávez). Guanacaste pasó a ser un bastión del Frente Sur, se establecieron campamentos en nuestro territorio, se impartió instrucción militar, se coordinó el tráfico de armas, pertrechos y diversidad de insumos en apoyo al FSLN, en todo el país hubo casas de seguridad, se prestaron servicios de salud a los combatientes para su recuperación y rehabilitación, el país estaba con el pueblo nicaragüense.
 
Luego del triunfo, en el proceso, muchos costarricenses colaboraron con la incipiente revolución  en temas de educación, agrarios, apoyo logístico, militar y otras áreas. Los somocistas se rearmaron y formaron la contrarrevolución (o más bien un ejército mercenario con la única intención de desestabilizar al gobierno sandinista), con el apoyo del gobierno de Ronald Reagan construyeron bases militares en Honduras y Panamá. El antes gobierno amigo de Costa Rica presta nuestro territorio para pistas de aterrizaje en apoyo a “la contra” a cambio del apoyo económico de $2 millones de dólares diarios al gobierno de Luis Alberto Monge, para 1983 las organizaciones políticas costarricenses conforman la Brigada Mora y Cañas, que envió tropas para combatir a “los contras” de la Alianza Revolucionaria Democrática (ARDE) lideradas por el mercenario Edén Pastora, en el Río San Juan hasta su derrota en 1987.
 
A 36 años de la Revolución Sandinista, es totalmente válido rescatar el significado de lo que implicaba entonces hablar de “internacionalismo”, de “revolución” de contrastarlos, de someter a examen los testimonios de quienes estuvieron in situ, en la selva, la montaña y los sueños, y con  el primer entusiasmo domado por la cuesta de años encima, leemos los relatos de unos costarricenses, de unos amigos, de unos héroes prácticamente olvidados examinando esos significados de entonces, ahora. El saldo es conmovedor, humano, vibrante.
 
Nada de discursos trasnochados, ni furor juvenil. Tampoco un texto histórico, pero eso sí, lleno de historia; ni biográfico, pero lleno de vida y de vidas. Un texto que sabe bien que ya no tiene sentido adoctrinar, pero sí sabe restaurar la memoria.
 
Puede ser por eso, que el jurado de los premios nacionales Aquileo Echeverría 2013, concede  a este libro testimonio, a esta novela viva, el premio nacional de ese año en la categoría de “libro no ubicable”, aunque a la larga nos ubica a nosotros más bien, en un presente en que los “amigos ya no son amigos” en que se disputan litigios en nombre de soberanías abstractas, y fronteras que en lugar de unir separan, en que se olvida que esa línea imaginaria se cruzaba para luchar por los sueños más hermosos. Los “amigos de hoy” de la extinta revolución sandinista quedan desenmascarados: como el Mercenario Pastora, comandante de la “Contra” que en su propia tierra y a su propio pueblo le envenenaba pozos de agua, quemaba cosechas, masacraba y violaba niños y niñas y reclutaba humildes campesinos a cambio de no matarles. Impune, el asesino es ahora un paladín de la soberanía al servicio del orteguismo.
 
 Todo ello se puede constatar mediante este testimonio, y se puede hacer también todo un minucioso ejercicio historiográfico para comprender la cronología de los hechos, las circunstancias que mediaron y especialmente, para sentir las vidas que vivieron esos hechos y circunstancias y devolverles los latidos. Una lectura urgente, necesaria, imprescindible.
 

Germán Hernández.
 
 

20/2/15

Esteban Ureña - Minutos después del accidente






Hace mucho tiempo que conozco el libro del amigo y admirado poeta Esteban, mucho antes de que fuera publicado. Después de darle tantas vueltas a su propuesta, caí en la cuenta de que más que invitar a leer unos poemas se trataba de una invitación a leer un libro, una totalidad que de alguna manera no quiere quedar reducida a cualquiera de sus partes (un poema solo sería la mínima). En este sentido me parece altamente innovador, más allá de esa manera suya y singular de afrontar cada poema. Y una propuesta curiosa y radical es todavía decir poco. No es lo mismo "leer su libro" que "leer aisladamente un poema cualquiera de su libro". Me parece muy interesante esta línea de análisis a la que "Minutos después del accidente" se presta. Y se ofrece.

Antonio Jiménez Paz 

Premio Nacional de Poesía Aquileo Echeverría 2014. Eso bastaría para presentar "Minutos después del accidente" de Esteban Ureña, lo que también podría provocar un: "uno más". Pero este no es un premio más, ni un libro más de poesía; es quizá uno de los desafíos poéticos más relevantes de los últimos años. Quien quiera adentrarse en esta aventura literaria, quien realmente acepte el desafío de interpelar esta poesía y hacerla hablar, tendrá que comprometerse con cada poema, como su autor lo ha hecho... el gozo, el aniquilamiento y la síntesis serán al final una grata recompensa... y para muestra un botón con esta breve selección del autor para todas las personas lectoras... 


no se apague tu luz, no sobrevenga la oscuridad 

Fue extrañante cuando escuché que Ronaldo o Messi,
ya no sé cuál, era un poeta del balón, y no es que yo le niegue a
la gambeta algo de encabalgamiento y hasta de bustrófedon,
no por prohibirle al delantero que se zambulla y robe espaldas
ni al defensa que barra el área y se arme de machete o motosierra,
no por negar la guerra fría entre el fútbol de Florida y de Boedo,
no porque rechace —y las rechazo— las teorías de Pasolini
sobre el fútbol poesía individualista del latinoamericano
y el colectivista fútbol prosa de los europeos.

Pero es así: la poesía empezó a tener buena prensa
y a no leerse casi al mismo tiempo — ahora los matemáticos
quieren demostraciones estéticas, los albañiles levantan muros de lenguaje
las arañas tejen hilos de duras perlas que se deshacen en lágrimas
a las primeras luces, hasta los filósofos ingleses quieren ser poetas
dicen “lo que hace a la poesía es violentar el uso común de la lengua”
en cuyo caso serían poetas los que tienen a Dios cantando en su pecho
como un cenzontle en 400 lenguas de ángeles y serían poetas
los escolares que tragan grueso antes de escupir la gramática
y las hembras que putean.

Pero para escribir poesía hace falta trabajar mucho, caminar mucho,
vagar mucho, estudiar mucho, olvidar mucho. Todo eso
y nada de eso. La verdad cae un poco más fácil decir lo que no:
no es la mirada de luz de Ronaldo en lo alto de su estatua
no es la gradería de sol abierta en una sola garganta
no es la belleza metamatemática ni la vivisección áurea
de los más íntimos secretos de la conciencia, no es las tetas
de aquella ni su sudor para el recuerdo ni sus labios fríos,
no es la negación de la negación negada a su vez y dada vuelta.

Poesía por favor hablame porque no te quiero oír, y la vida se me pasa
como noticias publicadas sobre mí en cualquier otro periódico. 


Graducción 

locura          :        purity 

perro hecho de ladridos

calle hecha de atajos

vos, tu isocintura
tu isocuerpo

pureza        :        madness 

segunda mano de veneno
de segunda mano

pueblos ágrafos del mundo, uníos 


Esperanza de vida 

En el café del museo, después de visitar
el Salón de la Fama de nuestros ancestros, miro los ojos
de mi amiga sapiens, sus delgados arcos superciliares,
la frente abombada después de millones de años, la cara plana
y esos dientes diminutos. Tan parecida a mí
y al mismo tiempo escapada de su planeta
ancestral. Grandes órbitas nos contemplan
desde otras mesas, inmensos e inútiles
volúmenes craneales, manos que empuñan
con torpeza los tenedores de plata.
Pienso pobres neandertales, primeras víctimas
del lenguaje y la cultura en una época sin tótemes
ni prozac. En este lugar todo coexiste
apenas distribuido en el espacio.
Mi amiga calla hace algunos minutos:
mira mis ojos, siento miedo. Como si tuviera cosida
la boca, Lucy in the Sky with Diamonds. 


Arañas y abejas 

Me, poor man, my library
was dukedom large enough 
The Tempest, I.2 

A Juan Murillo 

—¿Cuál es tu aspiración como poeta?
—Hacer poesía que no lo sea,
por supuesto.

—O sea: ¿poesía moderna?
—No; no sé hacer poesía moderna.

—¿Alguna razón o solo sos inepto?
—Las dos, pero te lo voy a razonar.
El poeta moderno es un gusano de seda:
saca un solo hilo de lo profundo.
En cambio yo no pude con mi lectura de Shakespeare,
algo edípica, cómo no, pero él prefiere el telar:
hablar con las orejas.

—¿Entonces aspirás a escribir como Shakespeare?
—En realidad no he logrado ni plagiarlo.

—¿Alguna razón o solo sos inepto?
—Solo soy inepto.

—¿Y cuál es tu aspiración como poeta?
—Te dije que no sé escribir.
Pero si La tempestad fuera una alfombra
me gustaría ser un abejón que la recorre
huyendo de la furia de Próspero
y convertirme en uno de sus arabescos.
No sé si esto es posible.

—¿Y si no? 
—Ya vendrá otro abejón.




Esteban Ureña nació en San José, Costa Rica en 1971. Es poeta, editor y profesor. Estudió Filología Española y Literatura Latinoamericana, en UCR. Fue miembro del Taller de Literatura Activa Eunice Odio entre 1989 y1993 y de la iniciativa de escritores jóvenes Octubre Alfil 4 entre 1992 y 1994. Fue subdirector editorial de la Editorial Santillana Centroamérica Sur. Ha publicado el poemario Bestiario de amor (2004) ECR y Minutos después del accidente (2014) EUNED.