21/11/12

Las Posesiones de Carlos Alvarado



Con “Las Posesiones”, Carlos Alvarado nos entrega su segunda novela impresa, esta vez por Uruk Editores. Antes había publicado “Transcripciones Infieles” (Cuento. Ediciones Perro Azul. 2006) y “La Historia de Cornelius Brown” (Novela, Editorial Costa Rica. 2007) ganadora del certamen Joven Creación 2006.

Las Posesiones narra la vida en pareja de Ana y Samuel, y cómo sus vidas se vinculan con algunos hechos de la Guerra Civil de 1948 y los Campos de internamiento en Costa Rica durante la Segunda Guerra Mundial. La obra está dividida en tres partes, hagamos un repaso sobre su contenido.


1. A manera de sinopsis

La primera parte, “Posesiones y pesadillas”. Ana ha recibido una carta suscrita por Marcos Arias[i] su progenitor a quien no conoció nunca y recién ha fallecido, la carta tiene más de 60 años, su contenido es una  “confesión de remordimientos” (pág. 22)  no comprende el propósito de ésta y le inquieta. Su esposo Samuel intenta quemar la carta, pero algo hace desistir a ambos (caps. 1-2).

Pasan los días, es 28 de enero, tercer aniversario de bodas de Ana y Samuel, improvisan una cena en casa. El aparente olvido de Ana de la efeméride y un fuerte dolor de encía de ella opacan la cena. (Cap. 3). El dolor de encía persiste y Ana visita a un médico dentista que le realiza una cirugía (Cap. 4).

Un día después Ana decide convalecer en casa. Tras haber evadido las llamadas de su media hermana Doris, acuerdan una cita en la que ésta le avisa que al día siguiente se llevará a cabo el proceso sucesorio de su padre y Ana está convocada. Mientras tanto, Samuel se tomó la tarde libre para realizar una pesquisa en internet y luego en la biblioteca relacionada con la carta[ii]. (cap.5). Esa noche Ana tiene una pesadilla. (Cap. 6).

Al día siguiente Ana y Samuel llegan al despacho donde será la lectura del testamento, Ana hereda una suma en efectivo y una vieja casa en el centro de San José en avenida 10. Por intervención de su esposo pospone la firma de aceptación para tener tiempo de releer los documentos. (Cap. 6)

Pasan los meses, es mayo. Samuel ha hecho planes para construir una casa fuera del centro. Con algo de resentimiento por no haber sido consultada y por tener que posponer su embarazo Ana accede, y prevén trasladarse a la vieja casa heredada mientras dure la construcción de la nueva. Ana recibe una llamada de Apolíneo Brenes quien estuvo en la audiencia de la herencia, éste la invita a visitarle para hablar algo importante con ella. Ya en casa de Apolíneo, éste le revela a Ana que fue él quien le envió la carta de Marcos Arias, además, le hace entrega de un Baúl con más documentos; pese a la indiferencia,  Ana carga con el baúl, en casa advierte a Samuel para que no lo abra. (Cap. 7). Esa noche Ana tiene otra pesadilla (Cap. 8).

Por esos días Ana visita a su media hermana Doris, platican de asuntos diversos, en especial sobre sus madres y la forma que afrontaron su relación con Marcos Arias, una como esposa, la otra como amante. (Cap. 9).

Un domingo Ana y Samuel dan un paseo a la Sabana, los sorprende un aguacero y escampan en la soda Tapia y platican sobre el monumento a León Cortés, Ana le afirma que hay otro monumento del ex presidente, Samuel duda, hacen una apuesta, si Ana gana discutirán sobre su anhelado embarazo, sino Samuel podrá conocer el contenido del Baúl, Ana conduce a Samuel hasta el Cementerio Obrero donde le muestra la monumental sepultura de Cortés. Ahí tienen un encuentro con un peón del lugar que habla sobre espíritus y profanadores de tumbas, al llegar a su casa, Samuel sufre un súbito ataque, en medio de éste pronuncia un nombre: Beatriz, pidiéndole que responda a sus cartas. (Cap. 10).

La segunda parte de la novela “La culpa que durmió en Cristal City” comienza con una carta escrita en 1942 por un tal Stefan dirigida a una Beatriz, es una carta desde la cárcel, pide a su destinataria que espere, que no le visite ni se exponga por él hasta que todo se aclare, y le encomienda a que acuda a Marcos ante cualquier necesidad. (Cap. 1).

Una voz en primera persona, un sujeto que recuerda vagamente su primera comunión, y de ese día un evento en especial. (Cap. 2).

Otra carta de Stefan a Beatriz, narra sus amarguras en la cárcel, su traslado a un improvisado Campo de internamiento en el que fuera el Club Alemán, son detenidos políticos: alemanes, italianos y japoneses considerados enemigos en la coyuntura del momento, la gran guerra en Europa (Cap. 3).

Tras el ataque de Samuel están él y Ana en un hospital, se entrevistan con un médico. Ana está molesta con Samuel y éste quiere saber qué dijo durante el episodio, Ana le dice que no dejaba de repetir el nombre de una mujer, Samuel con la intención de aclararlo le confiesa que antes había abierto el Baúl que Apolíneo Brenes le dio a Ana. (Cap. 4).

Más cartas de Stefan Schmitz, una de ellas a su amigo y socio Marcos Arias. (Cap. 5). Tres cartas más a su amada Beatriz, confiesa su temor a la deportación, ha transferido todos sus bienes a Marcos Arias para que la Junta de Custodia de Propiedad Enemiga no los alcance. (Caps. 6, 7 y 8).

Continúa la discusión entre Ana y Samuel, ella le reprocha haber abierto el baúl, y ocultado su padecimiento, Samuel ha ido indagando la correspondencia de Stefan Schmitz con Beatriz y Marcos Arias. (Cap. 9).

Stefan es finalmente deportado a los EE.UU, permanece en Cristal City y posteriormente en Camp Kenedy. Confronta a Marcos Arias y avisa su propósito de regresar muy pronto a Costa Rica por los medios que sea. (Caps. 10, 11, 12, 13 y 14).

La voz en primera persona describe ese recuerdo de la infancia; un desfile alegre y triste a la vez. Ha visitado a su madre para constatar que verdaderamente sucedió. (Cap. 15).

En la tercera parte de la novela,  “El tiempo y la sangre”, Ana conoce el contenido de las cartas guardadas en el baúl, Samuel le habla del compromiso y la obligación de dar a conocerlo a los implicados, pero Ana prefiere esperar hasta que tengan la “fotografía clara” (pág. 174) y deciden acudir a Apolíneo Brenes. (Cap. 1).

La voz en primera persona de la segunda parte corresponde a Gerhard, su relato transcurre en Alemania. Va de visita donde su madre para preguntarle por su recuerdo infantil, su madre no recuerda ningún evento especial ese día de la primera comunión de Gerhard, pero le hace entrega de un viejo álbum familiar y un viejo cuaderno que había pertenecido a su abuelo quien desapareció luego de embarazar a la abuela. (Cap. 2).

El viejo cuaderno contiene el relato de la deportación de Stefan hacia Alemania, sus penurias y hambrunas en ese país devastado por la guerra, ahí conocerá a Ute, la abuela de Gerhard, juntos sobrevivirán a los horrores, su relación será fugaz, Stefan está determinado en regresar a Costa Rica por los medios que sean. A Gerhard le indigna la acción de Stefan, al final del cuaderno logra calcar la huella de un último mensaje cuya hoja fue arrancada, es un mensaje de despedida.[iii] (Caps. 3 y 4).

Ana y Samuel se entrevistan con Apolíneo Brenes, éste relata algunos hechos y circunstancias de la Guerra Civil del 48 y cómo conoció a Marcos Arias en la batalla del Tejar; la noche previa era Marcos quien presa del miedo y atacado por el remordimiento escribe y confiesa a Apolíneo la traición hacia su amigo y socio, al día siguiente tras el combate será Marcos Arias quien ahora salve la vida de Apolíneo cuando dispare contra los hombres que le atacaban. Esto sellará el secreto entre ambos. (Caps. 5 y 6).

Gerhard descubre finalmente en una biblioteca que aquel recuerdo de la infancia correspondía al desfile fúnebre, carnavalesco y espectacular de Henrich Böll. (Cap. 7).

Samuel y su primo Moshé, tienen un escrupuloso diálogo sobre la vida y la humanidad (Cap. 8).

Ana está embarazada y ya vive en su nueva casa. Va de visita donde su media hermana Doris, y tiene la oportunidad de conocer a Beatriz, la madre de Doris y la amada de Stefan, anciana y enferma de alzheimer, pese a ello Ana aprovecha para decirle furtivamente que su Stefan siempre la amó. (Cap. 9).

Epílogo. Al parecer, últimos pensamientos de Stefan. (Cap. 10).


2. Cuando las posesiones pasan de mano en mano…

Las posesiones que dan título a esta novela, no son propiamente aquellas posesiones demoniacas, ni de almas en pena. No olvidemos que el único evento que alude a la posesión de un espíritu es el ataque de Samuel en la primera parte; (pág.121) en adelante, tanto el autor como sus personajes razonan y se refieren al evento como eso: un ataque. Quizás Ana dude por un momento, (págs.136 y 137, 148) pero al final, de lo que sí está convencida es que Samuel le ha ocultado la verdad sobre una terrible enfermedad congénita que contagiaría a su progenie, (pag.144) lo cual resulta por demás exagerado, dos ataques aislados a lo largo de la vida de Samuel no dan para tanto. (pág.137)

En este caso las posesiones a las que sí alude la novela son de otro tipo. En efecto, hay un enorme patrimonio que Stefan Schmitz posee y ha transferido a su amigo Marcos Arias para protegerlo, la traición de éste dará con la cárcel, la deportación y la muerte de su amigo. Marcos Arias también lo ha despojado de la más valiosa de sus posesiones: el amor de Beatriz. Tras la muerte de Marcos Arias, sus bienes serán repartidos entre sus familiares. (cap.6)

De su progenitor, Ana no ha heredado una casa y una suma de dinero nada más, (pág. 65) sabe que ha heredado unos genes, una sangre sucia (pág. 23) y ahora Ana ha recibido una carta, (pág. 15) un baúl (I Parte, cap. 7) y las confesiones de Apolíneo Brenes (III Parte, caps. 5 y 6), que contienen la más valiosa posesión de Marcos Arias: sus secretos.

Para Ana, ¿quién fue Marcos Arias, y qué hizo con su vida?, no le importa en lo absoluto (págs.83 y 85); de todo lo que se enterará después será el resultado de la curiosidad de su esposo. (II Parte, cap.9) y las insistentes confesiones de Apolíneo Brenes.

De alguna manera, la actitud de Ana se ha asociado con esa otra tan socorrida por la idiosincrasia costarricense: la del olvido, la de tener una flaca memoria histórica, o bien de maquillarla a su antojo. Como el grueso de la sociedad costarricense, a Ana no le interesa saber, no quiere saber, pero sabe que hay algo tras de sí, y ello puede ser ignorado, olvidado y negado. También hay otro rasgo de esa idiosincrasia costarricense en el capítulo 1 de la tercera parte que recuerda aquella máxima: “Esperar a que se aclaren los nublados del día” cuando Ana, antes de cualquier compromiso prefiere tener “la fotografía clara” (pág. 174) o dicho de otro modo, “antes de tomar cualquier riesgo, esperemos a ver qué pasa o qué hacen los otros”. Pero hasta aquí las analogías, no se puede generalizar la situación particular de un sujeto con la idiosincrasia de una nación, esta novela no está construida sobre esos arquetipos.

Contrario a Ana, Samuel quiere saber, explorar, no le basta con ir revelando los hechos desnudos y desea explicaciones que le den sentido a estos, asumir una obligación ante ellos. ¿Qué vamos a hacer con la cuota de responsabilidad que nos toca? (pág.172) Finalmente Samuel no hará nada, será más bien Ana quien tenga ese atisbo de compromiso cuando en una melodramática escena Ana le revele a Beatriz (la amada de Stefan, ya en la senectud y enferma de alzheimer) que su Stefan nunca dejó de amarla, (III Parte cap.9) tampoco se da ese compromiso en el caso Gerhard el nieto de Stefan, quien sólo iba tras un recuerdo infantil, donde, con igual melodrama su madre le cuenta que su abuela decía sobre él que le recordaba el amor de su vida. (pág. 223).


3. Volver la mirada en tiempos de paz

Pongamos ahora el énfasis en lo que la novela, desde su portada se propone hablarnos “los campos de internamiento en Costa Rica y EE.UU. durante la segunda Guerra Mundial”. No se trata de una página oscura y oculta de nuestra historia, pero sí, poco conocida, poco honrosa. Costa Rica como el resto de países de América Latina, entraron a la guerra jugando un importante papel estratégico: mientras se libraran las batallas en Europa y el Pacífico asiático, nuestras naciones tomaron postura y fueron proveedores de alimentos, y materias primas para los “Aliados” con significativas ventajas para sus economías, y cuyo compromiso exigía el cumplimento de diversas  medidas, tal es el caso de la confiscación de bienes, propiedades y el confinamiento de los ciudadanos de las naciones enemigas, Alemania, Italia y Japón. Al respecto nos cuenta Aguilar Bulgareli en su libro Costa Rica y sus hechos políticos de 1948:

“Por otra parte, el gobierno también abusó en lo referente a su actitud con los nacionales de los países a los que había declarado la guerra. Sus bienes  fueron tomados en custodia por el gobierno y las personas enviadas a campos de concentración en Costa Rica y en los Estados Unidos. No criticamos el hecho de aislar a esas personas del medio costarricense, puede suponerse una muy remota intervención contra el gobierno del país. Lo que sí no tienen justificación alguna, es la intervención que se hizo de sus bienes, ya que en muchas oportunidades, las custodias quedaron en manos de personas que no velaron correctamente por los bienes a su cargo. Y más aun, hubo algunos casos en que se valieron de ello para hacer su propia fortuna.”[iv]

Muchos ciudadanos de esos países, con el fin de evitar la confiscación de sus bienes por parte del gobierno transfirieron estos a sus socios, parientes y amigos costarricenses para que una vez pasado el conflicto les fueran restituidos, y así fue, pero no en todos los casos. La novela de Alvarado nos narra una de esas excepciones: la traición de Marcos Arias contra su amigo Stefan Schmitz un costarricense hijo de inmigrantes alemanes.

Sin duda, la narración epistolar sobre la tragedia y sinsabores de Stefan Schmitz son el punto alto de la novela, logran por sí mismas crear una atmósfera convincente, capaz de transportarnos al lugar y tiempo en que se escriben las cartas. Por otro lado, es inevitable sentirse defraudado por ser precisamente la narración epistolar y sus circunstancias las más escasas, centrándose mayormente en la vida cotidiana de Ana y Samuel, en este sentido es evidente el uso y abuso de algunos recursos narrativos como la analepsis, el racconto, la glosa erudita, sueños, descripciones, redundancias y hasta caprichosos modismos en el uso del lenguaje, como comentaremos enseguida.


4. Composición

Para ir juntando los hilos que unen las vidas de unos personajes distantes en el tiempo y el espacio, Alvarado ha recurrido a un nutrido número de recursos narrativos, veamos algunos.

La analepsis.  Utilizada especialmente en lo que tiene que ver con Ana y Samuel: “La vela y entierro de Marcos Arias” (Primera Parte, Cap. 1), la “Boda de Ana y Samuel” (Primera Parte, Cap. 3), “Cuando Ana y Samuel se conocieron” (Primera Parte, Cap. 5), “De la juventud de Ana y una relación con un hombre casado” (Primera Parte, Cap. 8)

La glosa erudita. Insertada de manera arbitraria y poco pertinente como son los casos sobre “la dinámica económica y las flores para difuntos” (pág. 16), o la tediosa explicación sobre “la ley de Engel” (págs. 63-65). Luego vienen otras de tipo histórico, como la relacionada con León Cortés (págs. 102-104) la cual rompe abruptamente con el diálogo que llevan Ana y Samuel, y que luego el autor pretende fue recitada de memoria por el segundo, en todo caso, es poco lo que aporta e ignoramos por qué la falta de sutileza en a la hora de insertar referencias, lo mismo ocurre en el capítulos 5 y en parte del 6 de la tercera parte que son propiamente raccontos sobre episodios de la Guerra Civil del 48; estas últimas caen en un claro pedagogismo, donde se ha sacrificado la posibilidad de recrearlas literariamente.

La descripción. En la que se abusa a lo largo de toda la novela con detalles irrelevantes que ralentizan la acción, podríamos citar ejemplos como:

“Ana sacó los fósforos de la gaveta y encendió una candela que despedía una tenue fragancia a canela. Al inicio, la vela en ocasiones incurría en una combustión imperfecta que por instantes hacía despedir en la llama un humillo grisáceo, que a los segundos logró regularse.” (pág. 32).

Ó

“Ana cerró la revista que leía, se levantó del sillón donde estaba y se desplazó hacia su cartera, la cual hurgó para encontrar el aparato móvil que sonaba.” (pág. 45).

Extenuantes son los pasajes donde se describen sillas, maquillaje, vestidos y un sinnúmero de detalles en capítulos como:

El capítulo 4, primera parte, cuando Ana visita a un dentista, todo el capítulo no tendrá la menor relación ni importancia con el núcleo de la acción, incluso se comete el error de cambiar el sexo del asistente dental, primero es hombre: un asistente ingresó al recinto y le colocó una especie de babero desechable” (pág. 36), luego es mujer: “se tragaba involuntariamente un sabor amargo que por alguna razón se le iba entre la saliva que el aparato que sostenía la asistente no succionaba” (pág. 38) y luego vuelve a ser hombre “pasó al escritorio donde el asistente le hizo una demostración de cepillado…” (pág. 39).

En el capítulo 5, primera parte, cuando Doris espera a Ana para tomar café en un mall (pags.46, 47 y 48.)

En el capítulo 6 de la primera parte durante la recepción y lectura del testamento de Marcos Arias, los detalles y reiteraciones se hacen insoportables, plagados de juicios de valor donde está claro que el autor quiere ridiculizar a los herederos de Marcos Arias logrando apenas unas caricaturas de ellos, por ejemplo a una personaje la describe “parecía un payaso fino” (pág. 59), “… la que se pintaba como payasa de alcurnia.” (pág. 67), “No hay nada que cuestionar – sentenció la hermana mayor, la payasa.” (pag.68)  como si una vez no fuera suficiente. Ana y Samuel se repiten así mismos “nos quieren ver la cara de tontos” en tres ocasiones (págs. 66, 68 y 71) aunque jamás se logra intuir el por qué.

En el capítulo 7 de la primera parte en la entrevista entre Apolíneo Brenes y Ana, el diálogo resulta en un juego de rodeos y sofismas que parecen ir a ninguna parte, al final, resulta forzado que Ana reciba y cargue con el baúl que contiene los secretos de Marcos Arias, por los que no siente interés.

En el capítulo 10 de la primera parte se hace una detalladísima descripción de la casa en Avenida 10 (págs. 116-118).

A lo largo de la novela observamos problemas de estilo tales como redundancias, inconsistencias, contradicciones y falsas expectativas en la trama. Algunas no son más que descuido, resultado de ese afán por sobrescribir y decorarlo todo y llenarlo de palabras y palabras, al parecer el autor no vio estas faltas durante la etapa de corrección y edición del texto. Veamos algunas de ellas:

Redundancias:

El espacio se estrujaba por la incesante entrada de arreglos florales contratados. […] El espacio se estrechaba entre los arreglos de flores que escoltaban al ataúd de madera brillante.” (págs. 16 y 17).

“no se quedaron más que para la oración final del cura y para el empujón del ataúd dentro de una bóveda del cementerio privado. Mientras la gente se iba, los obreros cubrían el orificio por donde se introdujo el cajón en la bóveda…” (pág. 18).

“La reacción inicial de Ana no fue del todo positiva. Resintió el hecho de que Samuel hubiera estado maquinando todo el cambio sin haberle compartido idea alguna y que él solo quisiera montar toda la maniobra para luego únicamente solicitar su opinión y aprobación, sin hacerla partícipe de aquello. Para este plan tan importante no habían operado como un equipo y eso Ana lo resintió profundamente.” (Pag. 74).

“Lo que usted me dice me reafirma que tengo la razón y que debo hacer lo que pienso es lo correcto” (pág. 83).

También encontramos pasajes enteros reiterativos, como una especie de deja vu, uno de ellos está en el capítulo nueve de la primera parte, cuando Ana y Samuel se encuentran en el Cementerio Obrero y platican con el sepulturero en alusión al nombre del perrito faldero que le sigue.

“- Nauseas es un nombre raro para un perrito – cuestionó Samuel, escéptico.
- Yo sé, empezó como un chiste para asustar a la gente cuando lo llamaba. También por ser un perrillo hediondo. Pero me encariñé mucho y después no respondió a ningún otro nombre.” (pág. 114).

Pero más adelante, en el mismo capítulo, Samuel le dice a Ana:

“… Además debe ser el cuento que anda regando para meter miedo y para que la gente deje tranquilo el lugar. ¡Qué más prueba que le ponga al perro Nauseas! – razonó Samuel.” (pág. 120).

Y queda hecha pedazos la perspicacia de Samuel, pues momentos antes, el sepulturero se lo había dicho y el ahora lo repite como si se tratara de un hallazgo. Otra reiteración es el siguiente párrafo colmado de un patético pesimismo en alusión al pedido de Ana respecto a la maternidad:

“Samuel sabía que este era un tema del que no se podía escapar. Debía enfrentar la petición de Ana, pero sobre todo debía enfrentar sus miedos. Sus miedos a un hijo discapacitado o enfermo, a un hijo potencialmente miserable, a un hijo que tenía toda la posibilidad a pertenecer a la última generación de humanos en la tierra, los que estaban destinados a ver el fin. No quería pensar en eso.” (pág. 172).

Y en el capítulo 8 de la tercera parte mientras Samuel dialoga con su primo Moshé, el autor nos vuelve a repetir de manera idéntica:

“el miedo de procrear a un hijo con su misma condición neurológica o peor aún, con un cuadro más pronunciado, y el recelo de que naciera en un mundo egoísta y utilitario como el que sentía que le rodeaba. Un mundo, no de guerra termonuclear, sino de cambio climático, escasez de agua y alimentos, de catástrofes naturales y demás calamidades apocalípticas.” (pág.224).

El problema con esto último es su falta de coherencia en la novela, el ascetismo escatológico de Samuel desaparece súbitamente en el capítulo siguiente: su mujer ya está embarazada (pág. 228), viven en una casa nueva en las faldas del Zurquí (pág. 228), tienen una oferta para vender la casa de Avenida 10 (pág. 229), en fin, mucho parloteo del medroso personaje que tampoco renuncia a su vocación pequeñoburguesa. El problema con esto es que la novela crea  falsas expectativas, hay tres que nos parece importante señalar: la primera durante “la lectura y firma de la herencia de Marcos Arias” donde los personajes no dejan de afirmar que están siendo timados, pese a ello y que más tarde Moshé, el primo de Samuel lo congratula nunca llegamos a comprender en qué consistía la “tomadura de pelo”, la segunda  “De la responsabilidad histórica con la verdad” en la que uno llega a pensar que Ana y Samuel verdaderamente restituirán la verdad para los descendientes (de Marcos y Stefan) que se cruzarán más destinos, pero tampoco ocurre y  la tercera sobre la supuesta “enfermedad congénita de Samuel” la cual jamás nos llega a convencer que padezca.

Inconsistencias: en expresiones como “Ana rompió el silencio” (pág. 21) cuando está en pleno diálogo con Samuel; la expresión se vuelve a repetir, al menos de manera más afortunada en la página 136, donde esta vez, efectivamente, Ana sí rompe el silencio.

Contradicciones: como la que se da en las cartas entre Stefan y Beatriz, en la primera de ellas (pág.127). “Si ya fueras mi esposa, te lo ordenaría, pero como ese tan esperado día ha quedado por ahora pospuesto, solo te lo puedo rogar” y en la siguiente carta dice: “tomados del brazo, ya como casados.” (pág. 133) donde se quiere dar a entender en sentido figurado, pero no está redactado de esa manera.

Finalmente, quería llamar la atención sobre el uso caprichoso de “en veces”[v], el cual a nuestro entender es propio del habla coloquial y no en el contexto en que es empleado por Alvarado hasta  en cinco ocasiones a lo largo de la novela:

“El se conocía y sabía que su humor era en veces la forma de eludir la ansiedad o el miedo” (pág. 57).

“desaparecía por temporadas, y reaparecía en veces cariñoso y necesitado, en veces violento.” (pág. 97).

“Fue hasta que crecí y me hice más viejo que comprendí que en veces ella y yo competíamos por su afecto” (pág. 178).

“En el Partido nos enterábamos de todo esto, en veces sabíamos más que el propio Gobierno de Calderón” (pág. 194).

“El ejército del Gobierno era manejado con una incompetencia que en veces nos hacía preguntarnos si en verdad querían detener el levantamiento” (pág. 200).


5. Concluyendo

Al finalizar el capítulo 6 de la tercera parte, prácticamente todo sobre el asunto de los campos de internamiento, sobre Marcos Arias y Stefan Schmitz está resuelto, lo que resta de la novela ya no genera mayor interés, especialmente el capítulo 8, ese curioso diálogo entre Samuel y su primo Moché, el cual parece un intento desmesurado del autor por aleccionarnos e indicarnos lo que deberíamos aprender de esta novela.

Pero no son moralejas lo que nos queda después de la lectura de Las Posesiones, en realidad nos quedan dudas, nos irrita la obstinada pasividad de Beatriz que no parece sospechar ni darse cuenta de nada, incluso Ute parece ser su reflejo. No nos convencen las razones del silencio de Apolíneo ni por qué al final se decide por revelar esa verdad que resulta tan importante para él y que fue cómplice en ocultar, ¿Por qué revelarla  a Ana y no a cualquier otro hijo, hija, nieto nieta de Marcos Arias? Sus explicaciones no satisfacen.

En general, en Las Posesiones, resulta tedioso ese estilo sobre-elaborado, esa obsesión por describir minucias, por dilatar inútilmente la acción; nos parece mala idea intentar crear suspenso mediante rodeos y rodeos.

La posibilidad de transferir los hechos históricos hacia la ficción narrativa, nos permite sentir con mayor vitalidad y autenticidad lo que el dato frío no puede transmitir; desde luego no se debe caer en la ingenuidad de pensar que la ficción literaria por basarse en “hechos objetivos” es verdadera, o por el contrario, creer que para ser válida requiere la rigurosa veracidad de esos hechos. Si algo rescatamos de todo esto son las cartas de Stefan Schmitz, bellamente escritas, y el único momento en que el relato se vuelve eficaz.

Germán Hernández




[i] El nombre del progenitor de Ana lo sabremos hasta el capítulo 6.
[ii] Será hasta el capítulo 9 de la segunda parte (pág. 126) que nos enteraremos qué fue lo que Samuel encontró durante su búsqueda en internet, se trata de la coincidencia de la fecha y lugar de la carta de Marcos Arias y una batalla ocurrida durante la Guerra Civil de 1948, la cual será detalladamente descrita por Apolíneo Brenes en el capítulo 6 de la tercera parte.
[iii] Resulta incomprensible cómo el cuaderno llegó a manos de Ute la abuela de Gerhard mientras que el mensaje escrito que sí iba dirigido a ella se perdiera.
[iv] Aguilar Bulgareli, Oscar. Costa Rica y sus hechos políticos de 1948. Editorial Costa Rica. 1969. Pág. 34.
[v] Según la Real Academia Española, en su Diccionario panhispánico de dudas (2005), indica: Es propio del habla popular de algunos países americanos, y desaconsejable en el habla culta, decir en veces, en lugar de a veces.

12/11/12

Santiago Porras, Una pequeña muestra de su obra

1000 CUENTOS



Santiago Porras, nació en 1951 en Abangares. Agrónomo de profesión, y escritor por vocación. A Santiago Porras lo conocimos en los noventa, en el desaparecido Taller Francisco Zúñiga Díaz, un poco recelosos al principio y luego con abierta camaradería hemos ido construyendo una amistad y admiración perdurables desde entonces.

La obra narrativa de Santiago Porras la componen “Cuentos de ayer, de hoy y de nunca”, 2003, “El regreso es parte del viaje” (cuentos), 2008, ambos incluidos en la colección “Vieja y nueva narrativa costarricense”, de la EUNED; “Allá en el Zamorano”, 2006, Guatemala, “Cuentos guanacasticos”, y 2012. Avancari (novela) 2012.

En esta oportunidad nos place compartir una pequeña muestra de la obra narrativa de Santiago Porras, se trata de cuatro cuentos suyos, y de un ensayo sobre el microcuento. Con el anhelo de motivar la lectura de su obra y su disfrute, lo invitamos a descargar la versión en PDF en el siguiente enlace:


  

9/11/12

Jill Barquero - Relatos de supermercado




Relatos de supermercado

  
Estoy en el cielo raso del edificio, lleno perling y zinc, viendo el gran gentío que compra las mercancías de la quincena. Desde uno de esos perlings que sostienen la estructura,  miro ir  y venir los pensamientos de la gente entre una botella de Coca Cola, un yogurt y una o dos manos que cogen los respectivos productos.

Dos chavalos jóvenes de un barrio marginal, con puñal en la media del zapato, no llevan mayor cosa que unos cuantos abarrotes a la mujer que los esperaba en la casa.

Volviendo a ver en otra dirección había un hombre de piel trigueña y desaliñado, planeando un asalto en los siguientes días con la ayuda de dos tipejos más de la pandilla de la Quince.

Más allá, esas mujeres habladoras, una de ellas, guapa con accesorios de moda y torneaditas piernas.  Y ahí van unos chicos de la escuela de San Patrick corriendo por los pasillos, de cuando en vez botan sin querer algún alimento de los estantes.  Hay dos señoritas en la sección de comida de mascotas, trabajan de noche en un bar de la ciudad con una blusita y pantys negros a rayas.  

Con pánico me pasé de perling y me ubiqué al lado norte del establecimiento. No recordé en realidad, cómo putas  desemboqué entre estos fierros fríos.   No sé, pero ningún guarda o la demás gente se ha dado cuenta de mi atrevimiento, de seguro ha de ser porque estoy tan alto…  Me entró sed, me muero por un jugo, pero está muy lejos.

No sé como bajar de aquí, pero no quiero gritar auxilio y causar un escándalo y  pasar vergüenza. Y entre tantos pensamientos de la gente, me cuesta diluir alguno, no me explico como es que en medio de familias decentes, se esconde la maldad y la escoria, es que  lo puedo oler y hasta sentir… gente con tornillos sueltos, otros que de seguro morirán en un  accidente o   puñalada.  Estoy cansada y mi vida cuelga de un hilo y para peor, no sabía si estaba imaginando todo este puñado de estupideces.

Cuando me paso de viga pierdo el equilibrio, -¡Dios mío!, por más que hago a agarrarme, caigo al vacío,  Un horrible chillido me siguió y los recuerdos de mi vida me corrieron brevemente,  como todo un puto cliché.

Cuando iba a dar de bruces contra el pavimento y despedazarme en piezas inciertas y bizarras, noté que me volví a levantar donde estaba, en las vigas. Quería ver si  había sido el brazo de una grúa que me había recogido justo a tiempo.

Pero no fue esto. ¡Mierda!, ¿Qué  pasó? - Ciertamente que no lo sé, solo sé que de repente, atravesé la pared.


  
Jill Barquero (Jilthy de Jesús Barquero Vindas) nace en Dic 1973. Fue premio de poesía Liceo Anastasio Alfaro en 1990 donde concluye el bachillerato al año siguiente. Es bachiller en Informática y miembro de la Cadena de Artesanos de Curridabat, ha realizado estudios de acabado de muebles, de dibujo y pintura.

Fue miembro del taller conducido por Dlia Mcdonald y actualmente es miembro del “Taller sin Nombre”. Algunas de sus publicaciones han aparecido en el periódico Ecos de la Carpintera de Tres Ríos. Conduce dos blogs Los árboles sueñan de pie y Merodeando.


Descargue la Versión en PDF de este texto: Jill Barquero - Relatos de supermercado 


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5/11/12

Pastiches, ofensas, perdones ¡Y amén!



Hace algunas semanas, se dio otro escandalillo de esos morbosos y efímeros en la vida pública de nuestro país. Esta vez se trataba del Ministro de Educación Leonardo Garnier y un texto suyo (de vieja data) donde el narrador en primera persona recrimina al Dios Padre mediante la oración por antonomasia de los cristianos “El Padre Nuestro”.

Pastores de todas las sectas y de las religiones históricas se hicieron sentir vehementes e indignados por el “sacrilegio” del Ministro, mientras tanto, las empresas de comunicación estaban   encantadas de atizar el llamaron del momento.

Pero al margen de todo eso, queríamos referirnos al texto en sí, y la “disculpa” posterior del Ministro, pues a fin de cuentas, es a partir de lo literario que debería partir toda exégesis y posteriormente la eiségesis o apropiación del texto por parte del lector. En otras palabras, primero lo que el texto es y dice, y luego lo que el texto me dice y le hago decir, recuérdese que el lector participa de la significación del texto, de lo contrario, este estaría definitivamente petrificado y muerto.

Pongámonos en autos con algunos antecedentes. El texto de Garnier, titulado “Y amén” fue publicado en su sitio web en noviembre de 2004, (¡justos 8 años!) durmió apacible, sin pena ni gloria en medio de la indiferencia generalizada de las cultas masas costarricenses ávidas de televisión por cable. Pero algo ocurrió años más tarde, quién sabe si por atavismos inquisitorios pero lo cierto es que tras el otro escandalillo, el de las guías sobre educación sexual que tan exaltadamente algunos representantes de diversos grupos religiosos condenaron y seguramente con ese afán tan de soldados de Cristo, se dieron a la tarea de escarbar hasta que dieron con el finado texto de Garnier, el cual siempre estuvo ahí sin que nadie lo notara, ¡qué hallazgo!, ¡qué joyita! Debieron exclamar quienes buscaban pretextos,[1] para lanzarse a su nueva cruzada.

Es lamentable, pero la triste verdad es que el texto de Garnier nunca le importó a nadie hasta que cobró vida como escandalillo.


Pastiches

Pero, ¿de qué trata “Y amén”? Léalo ahora mismo: Y amén.

Sigamos, como habrá notado, no es un cuento propiamente dicho, hay un narrador en primera persona que parece dirigirse a Dios, y le recrimina línea por línea siguiendo “El Padre Nuestro” según la versión de Mateo 6, 9-13 (más elaborada que la de Lucas 11, 1-4). Eso sí, es curioso que el texto de Garnier omita el versículo 12 “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”[2].

Este recurso literario, donde el texto se sostiene en otro y lo imita, se llama “pastiche”, eso sí, para que el recurso literario tenga su “efecto” y sea eficaz, el lector tiene como condición indispensable que conocer el texto de referencia que en este caso es “El Padre Nuestro”, de lo contrario el juego no se da, es decir, no pasa nada. Léale el texto a alguien que nada conoce de dicha oración y del cristianismo que se quedará indiferente ante él; pero haga lo mismo ante un ateo veligerante o un cristiano devoto y verá lo que pasa.

El pastiche en la literatura tiene bellos y logrados ejemplos, a la mente se me vienen tres casos, uno de ellos son los fascinantes pasajes de las “Iluminaciones” en el “El más violento paraíso” de Alexander Obando que hacen referencia a los fragmentos perdidos del “Critias” de Platón, o bien los relatos de Rafael Ángel Herra en “El soñador del penúltimo sueño”  en textos como “Salmo del Juicio Final”, “El extranjero de Esopo que soplaba hielo y fuego”, “La Creación” y tantos otros donde el juego consiste en la inversión de sentido. Y un último ejemplo es el maravilloso poema de Marco Aguilar “Padrenuestro” el cual cae como anillo al dedo en este caso:

Padre nuestro, Jesús del desconsuelo,
protégeme a esta hermana que ha empezado
a levantar su corazón del suelo.

Tú que pusiste dulce en el pecado,
Tú que entiendes los ojos de mi hermana,
protégela, Señor, Tú que has llorado.

Hoy la he visto sonriendo en la ventana,
como buscando un viento humedecido
de amor y sumisión por la mañana.

Hoy la he visto en silencio y he temido
que al agachar mañana la cabeza
halle gotas de amor en su vestido.

Protege sus doce años, su pobreza,
su joven corazón entumecido,
Padre nuestro, Señor de la tristeza,
Tú que pusiste sal en el gemido.[3]

Como podemos observar, el pastiche no es más que un recurso literario, empleado hasta el infinito en la literatura, el cine, la pintura, etc. El texto de Garnier es uno más.

Es poco lo que podemos decir de “Y amen”, salvo que cae en el viejo vicio del anacronismo y la lectura literal, en este caso el narrador da un sentido literal al texto del padre nuestro y al cielo lo llama cielo, al pan lo llama pan sin matizar, no se trata de un narrador ingenuo, por el contrario, es un narrador bastante informado, por lo cual su falta de matiz no se sostiene, no se puede leer un texto con un alto sentido simbólico de la misma manera que se lee el manual de instrucciones de una plancha. Garnier es muchas cosas, pero no es un buen narrador.


Perdones

Ahora bien, y pasando la página sobre el texto, algo que realmente me ha sorprendido, es la simulada disculpa de Garnier en su sitio web, léala en: “Una explicación, y una disculpa a quienes se hayan sentido ofendidos”.[4]

Garnier se refiere a su obra de ficción como algo opuesto a lo autobiográfico y a la opinión, a lo filosófico, a lo teológico, extraña cosa, si la literatura además de goce plástico, no es opinión, síntesis vital y existencial, testimonio, crítica, provocación, transgresión, entonces ¿qué es la literatura? Si para Garnier su obra literaria es un puro divertimento inocuo e intrascendente bien, pero no vale como generalización.

Tiene razón al afirmar Garnier que su personaje refleja desesperanza, y así reacciona. Pero hasta ahí llega, el resto, el sentido y la interpretación no le corresponden al autor, el autor que tiene necesidad de explicar su obra es porque considera ignorantes y tontos a los lectores, los menosprecia, o bien ha fracasado totalmente al escribir, no puedo concebir otras opciones. Ante la multitud de juicios de los lectores el autor no tiene más remedio que callar.

Es necedad y vanidad de Garnier querer explicar su texto, si al lector se le antoja pensar que el narrador y personaje de “Y amén” es Leonardo Garnier, no existe nada en el texto que se lo impida, el texto es abierto en ese sentido.

Salvo el título, no encontramos disculpas, sino excusas, y un lamento: “Lamento que su lectura haya ofendido la religiosidad de muchas personas, nunca fue esa la intención”

Pero yo sí defiendo la literatura, y sí defiendo que esta ofenda, transgreda, desmitifique, transforme, renueve, pero especialmente defiendo a quien sostiene su palabra, y el texto de Garnier sí ofende, con o sin intención él sabe que su texto no es inofensivo, que el recurso del pastiche es más que intencional y que no puede eludir eso tan fácilmente. No puedo respaldar a un autor que no sostiene su palabra, y cuestiona la inagotable significación de un texto.


¡Y amén!

Todo autor es responsable de lo que escribe, de nada le valen excusas y explicaciones, o sostiene la palabra o abjura de ella. La historia está llena de ejemplos de artistas que han se han jugado la vida en ello, y no vienen con el cuentito de que “no me entendieron, esa no era mi intensión”.

Como cristiano, no tengo reparos en perdonar ofensas, (en mi caso nunca las hubo) en ese sentido apelo a Mateo 5, 38-42[5]. Pero es válido reconocer que cuando se habla de ofendidos no se trata nada más de fanáticos fundamentalistas (los habrá y son los menos) sino de muchas personas de buena voluntad cuya experiencia de vida y práctica se sintetiza en la famosa oración, y que inspirados por ella y con honestidad quieren dar buen testimonio. Eso no debe ignorarse.

Como escritor sí me ofende que se minimice la trascendencia que la literatura tiene y la responsabilidad que eso conlleva. La responsabilidad del artista es algo más que poses o en el peor de los casos defender consignas, es admitir el peso que tiene su obra, y que ésta no pasa inocente por el lector que interpela, la interpreta y le da en última instancia su significado.

Germán Hernández  


[1] En ocho años el texto de Garnier no recibió un solo comentario, ¡Pero desde el escandalillo lleva casi 250 comentarios ¡desde mayo de este año a la fecha! En el momento que escribimos ha sido compartido en Facebook 11.178 veces y 25 modestas veces en Google plus. Tal parece que la religión vende más que el sexo.
[2] Y también es curioso que los cristianos en sus encendidas denuncias omitan para sí este versículo cuando juzgan a Garnier.
[3] Aguilar, Marco. Obra reunida de Marco Aguilar. EUNED. 2009
[4] Esta entrada de Garnier no parece haber sido tan popular como su texto de referencia, apenas 50 comentarios, tan solo ha sido compartida en Facebook 1199 veces, y 6 en Google plus. Hacemos ídem de la nota 2.
[5] Por cierto que ese pasaje del evangelio es una de las partes que los cristianos olvidan convenientemente, en especial esos que en lugar de ser corderos, quieren ser soldados de Cristo, y ya conocemos históricamente el triste resultado de dicha pretensión. ¿Qué clase de dios omnipotente es ese que necesita que lo defiendan?

2/11/12

Santiago Gascón - Una familia normal



Una familia normal (fragmentos)

  
Los chistes de mi marido son horribles. Darío cuenta unas historias que no sabría si catalogarlas de surrealistas o de auténticas sandeces.

Cuando los chicos eran pequeños les contaba chistes escatológicos con abundantes cacas y pedos. Debo reconocer que me encantaba verlos reír tan a gusto con semejantes simplezas.

Conforme Fran y Guillermo fueron creciendo, Darío les narraba historias truculentas, sabiendo que apostaba a caballo ganador, y los niños le reían sus gracias con generosidad. Solían ser el postre de la cena y, sinceramente, los relajaba mucho antes de irse a dormir.

Hubo un chiste, no más horrible que el resto, que tuvo serias consecuencias en nuestro futuro: un tío le decía a otro: ¿Te apuestas cincuenta euros a que soy capaz de morderme un ojo? Cuando el amigo acepta, saca su ojo de cristal y lo muerde. Pero la historia se estira. ¿Te apuestas cincuenta más a que me muerdo el otro? No, claro que no es de cristal ¿Cómo iba a verte si no? Entonces, saca su dentadura postiza y se muerde el ojo izquierdo.

De verdad que a mí esa historia me produce repugnancia, pero los niños se reían hasta alcanzar el flato y Darío se sentía satisfecho. Es muy posible que lo repitiera doscientas veces.

Los críos preguntaron durante días sobre dentaduras postizas y ojos de cristal. Yo debería haber intuido la repercusión que puede tener en un niño el hecho de descubrir que una persona sea un auténtico mecano, con ojos, dentaduras, piernas o manos artificiales.

Temo que me esté volviendo tan cínica como Darío. Desde luego, nos habríamos ahorrado un mal rato si no hubiera contado un chiste tan malo.

***


***

Gracias a mi hermano Guille, nada más acabar infantil, tuve que abandonar el colegio público, pero eso es otra historia, e incorporarme a uno privado en primaria.

Guillermo había cursado allí un año y su recomendación fue que entrara con paso firme, sin timidez.

Lo importante, dijo, es que seas popular desde el primer día. Haz algo que todos recuerden y serás el dueño de la clase.

Mis compañeros habían dado inglés en infantil, yo sólo sabía contar hasta five, algunos colores y poco más.

La profesora de inglés se me acercó el primer día y me preguntó:

— What´s your name?

No supe lo que me decía, sólo me acordé de los consejos de Guillermo, así que le respondí:

— Mierda, culos y pedos podridos.

La profesora me obligó a salir al pasillo para que meditara. Qué sabía yo lo que era meditar. Me dijo que cuando tuviera una respuesta sobre mi conducta, que entrara. Esperé un rato y volví a la clase.

—  ¿Y bien?
—  Estoy pasando una etapa difícil — dije. Esa frase era de mi hermano. Él me explicó que los seis años es una fase dura en la vida de cualquiera.
—  ¿Qué te ocurre?
—  Mi padre... mi padre,  ha muerto.

La profesora de inglés se quedó sin palabras, parecía bastante novata. Se fue corriendo a buscar a Mariajo, mi tutora.

—  ¿Su padre? — dijo, pero si lo saludé no hará ni tres días.

Las dos estaban nerviosas, muy nerviosas. Me sacaron al pasillo y me acariciaron la cabeza varias veces.

—  Ha tenido que ser algo repentino — dijo al fin Mariajo.
—  Y tanto — aseguré. Un accidente. Un accidente terrible. Esta frase también era de Guillermo.

Mariajo y Cristina, la profesora de inglés, me miraban a los ojos. Era difícil soportar semejante prueba.

—  ¿Y...  ha muerto?

Recordé que papá aseguraba que la nariz crece cuando se miente. Yo examinaba con los ojos cruzados mi nariz. No podía resistir por más tiempo la mirada de aquellas dos mujeres.

—  Bueno, muerto del todo, no. Le han estallado los ojos y se los han puesto de cristal. Ahora puede mordérselos.

Mi explicación bastó para que se desplomara mi credibilidad. Intentaron enfadarse mucho. Aunque a Mariajo le traicionaba la risa. Cristina me preguntó que por qué había montado toda esa escena.

— Ha sido mi hermano — aseguré. Al fin y al cabo, él me había dado la idea de que hiciera lo que fuera necesario para ser el más popular.

O sea, que había metido un gol. Mi hermano fue llamado a dirección para dar explicaciones sobre lo ocurrido.

***

Guillermo zanjó el asunto desde el primer día. No iba a pasar por el trago de una “primera comunión” ni siquiera a cambio de una Play Station. Le daba igual que todos sus amigos, incluidos los del colegio público, la hicieran.

Conversé con él. La verdad es que me daba miedo que fuera estigmatizado por salirse de la norma. Bastante bronca teníamos todos los años por negarse a participar en el festival navideño. Alegaba con toda la razón que él no iba a ensayar con las madres de la APA un playback de Bisbal con coreografía hortera. La profesora siempre le ponía un negativo en socialización.

Al final le convencí para que asistiera a algunas clases de catequesis. Si aquello no le gustaba, podía abandonar.

Bien sabía yo que abandonaría, pero al menos que ninguno de los abuelos me acusara de no haberle ofrecido todas las opciones.

***

Ahora adoro a Fran. Sé  que me defendería a muerte y confía en mí con los ojos cerrados.

Justo cuando aprendió a andar le expliqué que si metía el destornillador en un enchufe se volvería electropoderoso. Saltaron chispas y también la instalación eléctrica de toda la casa. Pero siguió confiando en mí.

La boda de mi tía Marta se celebró en el campo, en el jardín de la abuela. Yo reuní a los chicos. Los había italianos, indios, norteamericanos y también de aquí. Les dije que era hechicero. Nadie lo puso en duda. Preparé la pócima del poder supremo: en una lata oxidada eché agua, tierra, hierbas del jardín y todas las hormigas e insectos que encontramos. Después lo pasé para que bebieran. Joé, todos salieron corriendo, convencidos de que estaba loco. Todos menos Fran, que ingirió la mitad de aquel brebaje.

Agarró una diarrea al poco rato. Mamá dijo que era un virus. Sólo él y yo sabíamos que se trataban de las primeras manifestaciones del poder supremo.

***

El catequista que me asignaron era un viejo solterón con voz melosa. Desde el principio adiviné sus intenciones: ganarnos con amabilidades el primer año para luego, en el segundo, inculcarnos todo eso del infierno y del pecado. Ya me lo habían contado los mayores.

Acudíamos los martes y los jueves a la parroquia cercana a casa. El único aliciente era reencontrarme con mis compañeros del anterior colegio. Pero me tocó en un grupo donde no conocía a nadie y todos obedecían como zombis a lo que el catequista les ordenara.

Nos pasaba unos dibujos fotocopiados, unos dibujos para niños de infantil con el Pato Donald o con Pluto, y nosotros debíamos colorearlos. Lo sorprendente es que mis compañeros pintaban sin rechistar.

Al segundo día propuse una actividad y aquel hombre pareció alegrarse.

— ¿Por qué no dibujamos lo que queramos?
—  Bien pensado, Guillermo, dibujemos cada uno una obra del Señor dando gracias a su creador.

Yo dibujé una flor, lo juro. Cuando la vio dijo que no volviera más por allí y que hablaría seriamente con mis padres.

***


***

Guillermo me pasó el teléfono.

—  El catetero quiere hablar contigo — dijo.

Tras presentarse, don Joaquín me preguntó sobre el tipo de educación religiosa que yo ofrecía a mis hijos. Le dije que ninguna. Se sorprendió con mi respuesta y atacó:

— ¿Entonces, por qué quiere que Guillermo haga la comunión?
—  Yo no quiero que haga la comunión, Guillermo no es un objeto de mi propiedad, si va a un colegio religioso, si tiene cuatro abuelos católicos y va a vivir en un país que financia a la iglesia como a la mayor asociación, quizá le convenga saber de qué va todo esto.
—  Pero usted debería colaborar, instruirle, no sé.
—  Vera, yo no soy del Madrid.
—  ¿Qué quiere decir?
—  Que no puedo inculcar en mis hijos el madridismo, sencillamente porque no lo siento. Le he dado a usted la oportunidad de que le hable de sus convicciones, que lo haga o no, es cosa suya. Tengo entendido que en la última clase propuso hacer dibujos.
—  Así fue, apoyé su idea de dibujar a una criatura del Señor dándole las gracias por haber sido creada.
—  Me dijo que dibujó una flor.
—  Una planta carnívora para ser precisos. Una flor que acababa de ingerir a Jesús y, con un eructo sonoro, agradecía los alimentos que acababa de tomar.
—  Bueno, al fin y al cabo, de eso va la comunión ¿no?, ingerir a Jesús. No me negará que es todo un reto.
—  Mire, no estoy para retos. Toda la clase le ríe las gracias. No puedo permitir que una manzana podrida envenene a toda la cesta.
—  ¿Mi hijo es una manzana podrida? Creí que la labor de un pastor era la de rescatar a la oveja descarriada.
—  No soy ningún pastor. Si usted lo desea, instrúyale en religión, en el madridismo o en lo que más rabia le dé, pero le ruego amablemente que no vuelva nunca más por aquí.

Me reí cuando colgué el teléfono, aunque nunca se lo dije a Guillermo.



Santiago Gascón (Mallén, 1961). Psicólogo, Doctor por la Universidad de Zaragoza. Profesor en el Campus de Teruel. Colabora con diversas universidades europeas y americanas.

Ha publicado las novelas: “Agnus Dei”(Institución Fernando el Católico, 1999) y “Una familia normal” (editorial Xordica, 2012); así como  el libro de relatos “Manila” (Xordica, 2003), además de haber participado en diversas obras colectivas de relatos.

Algunos de sus premios literarios:

-          Premio de narrativa Santa Isabel de Portugal (IFC, 1999)
-          Premio de Novela J&B (1997)
-          Premio “Casa de la Mujer”. Ayuntamiento de Zaragoza. (2000)
-          Premio Teruel de Relato (IET, 2000).
-          Premio Internacional de Relato “Max Aub” (2001).
-          Premio Internacional de Relato FUNCAS (Hucha de Oro, 2001).

En el año 2000 obtuvo el Premio de guiones de las Bodas de Isabel de Segura. Desde entonces, y hasta la fecha, elabora la dramaturgia de este evento que se representa anualmente durante cuatro días en febrero.

Desarrolla los guiones de “La partida” (Teruel), “La Expulsión de los Moriscos” (Gea de Albarracín) y “La Noche de Astarté” (Andorra).

Ha colaborado como guionista con directores teatrales como: Cristina Yáñez (Tranvía Teatro), Marian Pueo y Joaquín Murillo (Teatro Che y Moche), Jesús Pescador y Alfonso Pablo.

En 2002 fue seleccionado para participar en el taller de cine “Bigas Luna-Zaragoza”, donde realizó varios cortometrajes.

Es Columnista en Heraldo de Aragón y miembro del Consejo de Dirección de Rolde, Revista de Cultura Aragonesa.

Los textos publicados corresponden a fragmentos de la segunda edición de la novela Una familia normal de Santiago Gascón, publicada por la editorial Xordica 2012. De ella ha comentado Magda Robles: "Una familia normal es una novela para releer, para embeberse de los azares de la vida cotidiana, para reírse hasta de uno mismo, para reflexionar sobre el presente y sobre el futuro. Es una novela diseñada como un traje hecho a mano para padres, educadores y, sobre todo, para adolescentes. "

Descargue la Versión Imprimible de este texto: Santiago Gascón - Una familia normal


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