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13/2/13

Carla Pravisani - Niños del Sol



Mil Cuentos



 

Fisgonas, de Paula Serruto

 

 Nos place ofrecer, en el Signo Roto una primicia del libro "La piel no miente" (Uruk, 2012) de Carla Pravisani el cual fue galardonado con el premio Aquileo Echeverría en la rama de cuento 2012. Esperamos que el texto "Niños del Sol" sirva de motivación al lector para adquirir el texto completo.

Como siempre, reiteramos la invitación a los autores y editoriales, para participar en este espacio, dando a conocer una pequeña muestra de sus obras en narrativa que recién ven la luz.

 



Niños del Sol 


 A Juan Villoro

  

Después de los pollos que se asaron en casa de los Martínez para recaudar fondos y lastrear la calle, los vecinos —casi como un acuerdo tácito— decidieron odiar a los Kunzi. ¿A título de qué tenerlos en cuenta? No colaboraban en nada. No vendían rifas, ni ensaladas, ni siquiera compraban un plato de mandioca.


Hacía poco que la pareja se había mudado al barrio Itapé. Un camión apareció al atardecer y se estacionó frente a la casa esquinera donde ya la maleza del jardín desbordaba el muro.

Agazapada desde un ventanuco de la cocina, Rosa Jiménez de Schonberger los espió. Werner Kunzi —muy pronto les averiguarían los nombres— descargó unos antiguos muebles de principio de siglo, y con la ayuda de dos peones bajaron un piano. Kunzi era un hombre de mediana estatura, rubio de ojos chinos y de una prolijidad excesiva. La camisa de tan planchada parecía de cartón, y hasta el cuerpo daba la impresión de estar almidonado. Además caminaba cauto y desconfiado, como si temiera pisar una mina explosiva.



En cambio su pequeña esposa, Anne Kunzi, traía los hombros plegados al cuerpo como un acordeón cerrado. Al bajar del camión miró de soslayo cabizbaja, y con pasitos cortos de cuis cruzó hasta la casa y ya no salió más.
 

Ese día, Rosa amasó unos chipá cuerito y enchufó la freidora para darles la bienvenida. Vlado reparaba en el fondo una viga carcomida por las termitas, pero al oír movimiento soltó las herramientas y voló a supervisar. Su esposo le pisaba los talones, le respiraba la nuca. Ella deseaba con toda el alma que se firmara de una vez por todas el contrato con la capital para que él regresara a trabajar. Tantos meses desocupado ahí metido en la casa la estaban volviendo loca.

Vlado se acercó a la olla, miró el aceite y arqueó aquellas cejas blancas y tupidas.


—¿Ya vas a invitar gente otra vez? —le reclamó el alemán agarrándose la panza como temiendo que se le cayera al piso.



Siempre, después de alguna actividad social, le enumeraba con meticulosa saña todos los descuidos de los invitados, los anotaba en su cuaderno mental. La canilla mal cerrada del baño, el papel higiénico en el inodoro, las pisadas de tierra, un chicle en el suelo, la asombrosa cantidad de hielo consumida, indios que nunca cuidaban nada, que todo lo destruían. Así eran en el aserradero, así eran en su propia casa.



Rosa cortó los chipá, los tiró a freír y los fue colocando en una canastita de mimbre. Vlado, aburrido de pelear con la espalda de su mujer, volvió al fondo. Se dedicaría a leer su libro de historia y a tomar un whisky bajo el ventilador. A pesar de la crisis, todavía le quedaban algunos ritos asequibles que lo hacían sentir un refinado hombre de mundo. 


Rosa cruzó a la casa de los Kunzi. Su antiguo vecino Román ya le había adelantado que por fin vendería su casa a una pareja de alemanes. En aquel momento el apellido Kunzi no le sonó por ningún lado. No eran asiduos de la colectividad, tampoco miembros del club Los Tucanos.

El cielo oscuro se fue perforando de estrellas. Y, a falta de tendido eléctrico, la luna contorneaba los objetos y le daba a la noche una tibia idea de refugio. Nada malo podía pasar con tanta luz cayendo del cielo.

Rosa estuvo un rato parada ahí afuera, dudosa de interrumpir. Finalmente tocó el timbre. Werner Kunzi entreabrió la puerta y dejó el espacio justo para asomar media cara y la rodilla.

—¿Sí?

Ella le extendió la mano y le aventuró el cuerpo gordito y floreado.

—Rosa, mucho gusto, su vecina de acá al lado —dijo—. Venía a ver si querían tomarse unos matecitos con nosotros…

—Le agradezco. Es que mi esposa no se siente muy bien. Anda con migraña y se acaba de recostar —dijo en una disculpa suave y pausada.

Ella retrocedió sintiéndose una intrusa de la vereda, de la calle, del mundo.

—Entonces será en otro momento.

Esa noche, Vlado se comió los pasteles. Por primera vez le caían bien los vecinos. Gente respetuosa del espacio ajeno.

—¡Alemanes tenían que ser! —dijo con la boca empañada de azúcar.


Esther Rojas descubrió dónde trabajaba Werner Kunzi. Se lo contó a la vieja Zarza y a Rosa un domingo en que decoraban huevos de Pascua para ver si lastreaban de una buena vez: las lluvias del verano habían remozado la tierra, y la calle asemejaba suelo lunar.

Las tres mujeres se instalaron en la pequeña cocina de Rosa, sobre un tablón forrado de papel periódico, y vigilaban el muro de los Kunzi. Ya llevarían pintada una docena de huevos gigantes.

La Rojas era una agraciada flaca que vivía sola todavía. Ya los vecinos la daban por solterona porque el tiempo le había grabado mañas inmanejables,  no había hombre que le encajara. Ella contó que se había topado a Werner Kunzi en la fiesta de “Fin de Año” de los empleados bancarios.

—Ni me reconoció —dijo frunciendo la boca.

Werner Kunzi resultó ser el gerente financiero de la sede central. Ahora además también sabían que ganaba muy pero muy bien.

—¡Y no es capaz de comprar un pollo ese gringo miserable! —replicó la vieja de Zarza, mientras rellenaba la manga con lustre y se chupaba los dedos huesudos—.¿Y cuánto ganará?

Esther lanzó un suspiro.

—Un sueldo de gerente… ¡imaginate!

La pieza que a Rosa no le calzaba en su rompecabezas sobre los Kunzi es que se hubieran mudado “para acá”. Ir al centro significada una hora de viaje. Los ómnibus pasaban cuando se les daba la gana, con la gente apelmazada. Había barrios peores como el Maidana, al final de la calle, casi topando con el monte, un refugio de maleantes y contrabandistas. Por lo menos la gente del Itapé era honesta, todo el mundo trabajaba.

—¿Y la mujer qué hará todo el santo día ahí metida? —se preguntó Esther.

Rosa contó que prácticamente todas las mañanas ella veía como él se subía al auto y no volvía hasta la noche. Entraba con bolsas de supermercado y salía con las de basura. A ella solo la había visto un par de veces: una vez que se la cruzó en el minisúper de Fer-Kar y otra que hicieron tiempo juntas en la parada. Pero no la saludó: caminaba como un espectro. 

Hablar de los Kunzi las entretuvo horas.

Después de tres larguísimos meses, por fin pudo Rosa desplomarse de nuevo frente a la telenovela. Vlado había empezado a viajar por la provincia, unos contactos de la capital le ofrecieron levantar los pedidos de los aserraderos. Nada estable pero por lo menos ya no la merodeaba. La casa sin él le causaba un insondable placer. Bajó las persianas, y dejó que la cubriera una penumbra espesa.

Sintonizó el doce, el único que normalmente entraba. En los barrios del centro el cable ya había llegado, pero ahí no, probablemente en algunos años. Habían instalado una antena parabólica para recibir los canales provinciales; pero con las tormentas eléctricas a la casa le caían una maldición de rayos, así que la quitaron.

En la pantalla apareció una rubia —Diana, sí— huyendo sobre un caballo blanco. Luego, los comerciales. ¿De quién escapaba? Se esforzó por tejer de nuevo el hilo de aquella relación amorosa. Todo el romance con José David se le había escurrido: con la presencia de Vlado, el televisor dejaba de existir; para él las novelas eran chismografía barata. Así que las tenía que ver prácticamente a escondidas. No es que le dijera algo directamente, ni que se lo prohibiera, pero le hacía sentir su insoportable respiración nasal.

Volvió la mujer, el caballo y la huida, y se fue la imagen. Se oía el galope y la voz femenina sobre un llanto gris eléctrico. Rosa golpeó el televisor, y la imagen reapareció unos segundos para fugarse otra vez. Ajustó el cable y, malhumorada, lo empezó a seguir hasta el patio. Sospechaba un problema en la conexión, un doblez en algún lugar. Algún gato nocturno, algún pájaro enredado.

 Afuera sonaba el piano de los Kunzi. Rosa trajo una escalerita del depósito y trepó con torpeza por el muro. Saltó al techo, se arrastró en cuatro hasta la punta del cable y lo fue enderezando lo más que pudo. Al llegar a la cima se paró. Desde allí se distinguía la vera del río, la línea que dividía el horizonte. Más atrás, las montañas guaraníes. Y, más acá, el destartalado techo de los Kunzi, una bandeja bandeada y tembleque. Todo lo subían ahí arriba. Fierros, trapos viejos, sillas, muebles.

De pronto vio dos siluetas a contraluz. Dos niños. Los rayos les daban justo sobre las caras, y no se distinguían más que sombras. Rosa se cubrió los ojos para recuperar el foco y concentró la vista en aquellos seres flacos y altos. Hasta que logró verlos bien: gemelos idénticos; retrasados mentales.

El hallazgo la perturbó. ¿Por qué no los había descubierto antes? ¿No salían nunca? ¿Cómo habían entrado a la casa? ¿Por dónde?

Abajo los niños buscaban la luz. Estiraban los cuerpitos desnudos para que los bañara el sol. Cuando una nube los tapaba, berreaban. Pero la melodía del piano silenciaba sus gemidos. A cada rato, alzaban los brazos para atrapar esa bola de fuego. Y cuando por fin la nube se retiraba, saltaban felices.

Rosa se sentó sobre el zinc olvidando por completo la novela. Quería ver hasta el final aquel secreto que se abría frente a sus ojos como un arco iris. Cuando entró el atardecer, el piano dejó de sonar, y Anne Kunzi salió con dos toallas a cubrir a sus hijos. Los niños obedientes se metieron adentro.

Vlado comía como un autista. Leía con interés desproporcionado un viejo periódico. Cada tanto alzaba la vista, la traspasaba, y seguía leyendo. Rosa pensó en contarle, pero se contuvo: guardar el secreto le generaba más placer. Decidió no decirle nada ni a él ni a nadie.

Por fin ataba los cabos: un gerente de banco, un par de hijos tontos. Por eso la elección del barrio enlodado y pobre. Y no el Barrio Frank, dónde vivían los médicos y los forestales con sus casas de ladrillo a la vista y sus calles adoquinadas.

—¿Te pasa algo? —le preguntó Vlado asombrado de su silencio.

—No—dijo ella.

Al día siguiente Rosa volvió al techo. Esta vez con un tereré, un paquete de galletas, bronceador y lentes oscuros. En el pueblo sucedía tan poco, que los espectáculos podían ser cualquier cosa: un auto a toda velocidad por la avenida, un vecino paseando el perro, un atardecer.

Sobre la lata caliente, Rosa desplegó una lona gruesa y se sentó encima. Ansiaba ver de nuevo a los retrasados. Miró la hora. Las doce. Seguro todavía estarían almorzando. Se untó el bronceador y se recostó en el techo hasta que oyó el piano. Apenas se incorporó vio de nuevo a los niños bajo la luz. Habían abierto una manguera y la revoleaban dibujando espirales y víboras de agua. Se veían felices, inconscientes del encierro. Su universo era el sol. Jugaban... y hasta parecían normales.

El piano calló. Anne Kunzi salió al patio con una jarra de jugo. En ese momento uno de los niños levantó el brazo y señaló a Rosa.

Anne, visiblemente asustada, cubrió con rapidez a sus hijos y se los llevó para adentro. Rosa se quedó inmóvil, enrojecida.

Al día siguiente, no salieron. Tampoco el resto de la semana. El piano ya no volvió a sonar. Una noche, mientras Vlado dormía, Rosa daba vueltas en la cama, le faltaba el aire, fue a la cocina por un vaso de agua y se sentó frente a la ventana. Afuera solo la noche y el muro impenetrable.


Esther Rojas y Rosa tomaban mate en el zaguán de la vieja Zarza, cuando llegó el camión de las mudanzas. Desde allí vieron a Werner Kunzi y a los dos peones cargar los muebles y subir el piano.

—¿Para adónde irán? —preguntó Esther.

—No sé, pero menos mal que se largan. Seguro que a él lo fletaron del banco—dijo la vieja Zarza.

Rosa las escuchaba hablar viendo la caída del atardecer. En unas pocas horas ya no quedaría nada de aquella vida fugaz y silenciosa. Los niños se habrían evaporado del paisaje llevándose el sol de la tarde.


Carla Pravisani. Escritora, directora de arte y periodista, máster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona). Ha publicado Y el último apagó la luz (Perro Azul, 2004), Apocalipsis Intimo (Mención de Honor en el VI Premio Mesoamericano de Poesía “Luis Cardoza y Aragón”, 2010); el libro de semblanzas y foto documental El Museo del Apodo (Fatherland, 2012) y La piel no miente (Premio Nacional Aquileo Echeverría /Uruk, 2012).



Algunos de sus cuentos aparecieron en las antologías Pasajeros en Arcadia (Ed. Belgrano, 2000, Argentina), Poetas y Narradores del 2010 (Instituto de la Cultura Peruana, Miami), y 12 relatos centroamericanos (Editorial Catafixia).

Aquí puede descargar el texto completo en PDF: Carla Pravisani - Niños del Sol 

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12/11/12

Santiago Porras, Una pequeña muestra de su obra

1000 CUENTOS



Santiago Porras, nació en 1951 en Abangares. Agrónomo de profesión, y escritor por vocación. A Santiago Porras lo conocimos en los noventa, en el desaparecido Taller Francisco Zúñiga Díaz, un poco recelosos al principio y luego con abierta camaradería hemos ido construyendo una amistad y admiración perdurables desde entonces.

La obra narrativa de Santiago Porras la componen “Cuentos de ayer, de hoy y de nunca”, 2003, “El regreso es parte del viaje” (cuentos), 2008, ambos incluidos en la colección “Vieja y nueva narrativa costarricense”, de la EUNED; “Allá en el Zamorano”, 2006, Guatemala, “Cuentos guanacasticos”, y 2012. Avancari (novela) 2012.

En esta oportunidad nos place compartir una pequeña muestra de la obra narrativa de Santiago Porras, se trata de cuatro cuentos suyos, y de un ensayo sobre el microcuento. Con el anhelo de motivar la lectura de su obra y su disfrute, lo invitamos a descargar la versión en PDF en el siguiente enlace:


  

16/7/12

Alfredo Cardona Peña - La Niña de Cambridge



1000 Cuentos

La Niña de Cambridge

"Le pusieron "Bessie II" en honor de su madre, y era fina como una caja de música, esbelta como una columna, inquieta y vivaz como una mariposa. Cuando sus ojos, de color verde jade, se iluminaban para transmitir algún pensamiento, provocaban admiración y entusiasmo.

El día que cumplió 15 años le hicieron una fiesta y ella quiso demostrar lo mucho que sabía, no por vanidad, sino para agradecer las atenciones de los sabios.

El doctor Albert Einstein llegó de Princeton y le hizo preguntas sobre mediciones del tiempo con relación al espacio. "Bessie II" las contestó satisfactoriamente-

- ¡Perfecto! - exclamó Einstein con su sonrisa de Jove matemático-, En verdad que Bessie II ha heredado la inteligencia de su antecesora.

("Bessie I", que estaba a su lado, sintió un gran orgullo de madre y parpadeó con su  ojo electrónico.)

Cuando cumplió 25 años, la ciencia atómica ya se había desarrollado enormemente, y "Bessie II"  disponía de un radio de acción mucho más amplio. Ahora trabajaba con varios billones de unidades operativas. Entonces, para celebrar su cumpleaños, llegó el brillante hombre de ciencia Arthur C. Clarke, el cual se dirigió a "Bessie II" en los siguientes términos:

-¿"Podría usted decirme si hay algo trascendental en nuestro cerebro, más allá de toda posibilidad de imitación mecánica"?

"Bessie II guardó silencio unos segundos. Los labios escrutaban su complicado mecanismo. De repente, los ojos automáticos lanzaron dos rayos verdes. Miles de vías conductoras, lámparas-piloto y dispositivos magnéticos comenzaron a transformar la electricidad que salía de su interior, mientras centenares de lamparitas entraban en acción, reproduciendo en un mueble de acero el drama del pensamiento.

Dos muchachas vestidas de azul, tocando cuerdas sobre cajas que parecían pianolas fluorescentes perforaban trozos de papel con signos tan herméticos como los jeroglíficos anteriores a Champollion, y pasaban los trozos a los sabios, que interpretaban, se miraban en silencio, y aguardaban.

Pasaron doce segundos, y Clarke, leyendo el papel que le dio una de las muchachas, gritó:

- ¡No! ¡Ha respondido que no! Entonces... ¡Es posible!

Una simple negación había sido la única, sorprendente, maravillosa respuesta de "Bessie II". Los sabios comprendieron. Se había destruido el abismo que separa a la más adelantada computadora electrónica de la mente humana. Era posible tender un "puente" entre la máquina y el espíritu.

El profesor Alisin Uvanov confirmó el descubrimiento de "Bessie II".

- Señores -dijo- esto es algo maravilloso. Llegamos a solucionar el problema más difícil de la vida y de la muerte: "duplicar" el alma y la razón humanas por medio de aparatos.
Entonces aclamaron a "Bessie II" -maga de Cambridge-, el primer cerebro electrónico creado por el hombre, compartía la felicidad de su hija, pero, al comprender que su reinado había llegado a su fin, no pudo reprimir dos lágrimas de cuarzo, que resbalaron en el interior de su organismo, invisible para los humanos.

Los sabios, entusiasmados, discutieron acerca de las nuevas preguntas y planteamientos que harían a "Bessie II" , y la madre se alarmó. La joven había heredado su genio, sí, pero también una irresistible atracción añ abismo de los números, ese abismo que, como el de las profundidades marinas, arrastra a quien se aventura por sus dominios insondables.

- ¡No! ¡No! ¡Que no le hagan más preguntas! ¿Déjenla descansar! -rogaba desde el laberinto de sus entrañas mecánicas-.

Pero los sabios, absortos en el prodigio, no comprendían el drama que se estaba incubando.

- ¿Qué tal el infinito? -propuso alguien-.

Clarke meneó la cabeza.

-Basta por hoy -dijo calmadamente-; no debemos ir más allá.

Y salió del laboratorio, en compañía de Uvanov. Solo quedó un pequeño grupo de científicos jóvenes. "Bessie II" tenía encendidos sus contractotes, lo que era señal de que estaba dispuesta a seguir trabajando. Sobreexcitada, febril, delirante, como esos luchadores que en plena contienda no desean perder el triunfo a pesar del cansancio, parecía retarlos con sus ojos electrónicos, de color verde jade, que los atravesaban como dos gotas de llameante misterio.

- ¿Qué hacemos? -estaban indecisos, temerosos.

- No debemos perder la oportunidad. Pidámosle una verificación del infinito.

- Es muy  peligroso...

- ¡No! Hay que decidirse. ¡Vamos!

Tras algunas deliberaciones, cerraron puertas y ventanas y resolvieron plantear el problema así: ¿Puede alguien sentir realmente el infinito? ¿Verlo y palparlo con los sentidos, y acariciarlo con la mente?

-¡Manos a la obra!

El mayor de ellos, el más resuelto, agarró el micrófono e hizo la inconcebible proposición. El cerebro mágico pareció estremecerse, y transcurridos unos segundos de angustioso silencio, contestó:

-¡Sí!

Y comenzó a actuar. Su madre, espantada, hizo sonar la campana de alarma. Pero los jóvenes no le hicieron caso, fascinados con la aventura. Desesperada, "Bessie I"  llamó en su auxilio a los ratones de memoria  infalible y bigotes de cobre, que, dentro de un laberinto de cámaras móviles, comenzaron a correr de un lado a otro, locos, lanzando chillidos  como chispas para que "Bessie II" se detuviera. Los ratones pusieron en actividad a la tortuga Grey, que provista de un alto carapacho y de un faro móvil para investigar los contornos, lanzó sus rayos a la desobediente.

-¡Deténgala, deténgala! ¿Se va a matar! - gritaba con sus timbres y tubos luminosos "Bessie I". Los muchachos creyeron que los demás aparatos colaboraban en la búsqueda del infinito. "Bessie II" estaba como fuera de sí. Se diría que una sibila de otro planeta hubiera entrado en éxtasis. Sus miles de lamparillas se encendieron al máximo. Millones de relés desplazaron energía para regular un circuito más potente. El fluido eléctrico circulaba por el cerebro de "Bessie II" en forma de descargas cada vez más fuertes. El material piezoeléctrico (verdaderamente los huesos de aquel cuerpo) empezó a enrojecer. Todo el mundo de engranajes y calculadoras que constituían el sistema interpretativo, multiplicó su dinámica: el cerebro mecánico había perdido el control y vagaba arrastrado por torbellinos inconmensurables de espacio. Avanzaba y avanzaba, devorando universos de trillones de años luz. El laboratorio se pobló de un desagradable olor a ozono. "Bessie II temblaba como una epiléptica.

- ¡Pronto! - Gritó uno de los jóvenes-, ¡Hay que detenerla!

Era demasiado tarde. En un momento el laboratorio fue envuelto por una nube tan cegadora que aterrorizó a los espectadores. Luego "Bessie II" se fue haciendo invisible, desintegrándose ante los ojos espantados de su madre. Había alcanzado el infinito.

Este fue el primer drama auténtico de la cibernética. Los hombres que lo originaron fueron acusados de un delito hasta entonces desconocido: "Crueldad criminal con máquinas pensantes". Todos los códigos penales se apresuraron a inscribirlo, tras las polémicas de orden jurídico que provocó. Porque la humanidad había descubierto un mundo extraño y pavoroso: los reflejos emotivos del automatismo industrial.

En cuanto a "Bessie I" -la anciana de Cambridge-, se afirma que perdió la razón y que está internada en un hospital de psiquiatría especializado. No volvió a reaccionar ante ningún estímulo, perdió la noción del tiempo y de los números, y se pasa la mayor parte del día sumida en un profundo letargo. Un grupo de enfermeras la visita por las mañanas, tratando de enseñarle nociones equivalentes al primer año de escuela primaria. Algo han conseguido, pues ayer dijeron los periódicos que pudo multiplicar por uno, y escribir en una cartulina, con trazo tembloroso: mi hija se izo dios."



Alfredo Cardona Peña nació en San José el 11 de agosto de 1917. Itinerante desde su infancia partió a los 13 años hacia El Salvador y regresó en 1933 a Costa Rica donde Joaquín García Monge editó una antología y lo motivó a probar fortuna en México, donde se desenvolvió como periodista y escritor, conoció a los indispensables de su época y su obra literaria ocupó un lugar tanto allá en México como en Costa Rica, de la que nunca renegó o se distanció demasiado.

Mayormente conocido y valorado como poeta; hay que decir que la obra en prosa de Cardona Peña es de un valor en sí misma y externamente, es de los primeros intentos por romper con el realismo y el agrarismo reinantes en la narrativa costarricense, y mucho más, quizá el más importante antecedente centroamericano junto Alvaro Menén Desleal, en incursionar en el género Fantástico, de Horror y de Ciencia Ficción.

Destacan entre sus obras en prosa: Cuentos de Magia de Misterio y de Horror(1966), Fábula contada (1972), Los ojos del cíclope (1980).

Sincrónicamente, atentos a una estricta cronología histórica, en palabras de Edmundo Valadés, “La Niña de Cambridge” sería “el primer drama auténtico de la cibernética”.

Descargue aquí la versión en PDF de: La niña de Cambridge

1/6/12

Tibor Dery - Amor

1000 Cuentos

El Abrazo, Kiko Rodríguez. Acrítlo sobre papel.

Amor
   
La puerta se abrió y el carcelero arrojó algo al interior de la celda.

— ¡Tenga! —dijo. Era un saco marcado con un número. Cayó al suelo, precisamente ante los pies del preso. B. se levantó, respiró profundamente y miró al carcelero.

— ¡Su traje de civil! —dijo éste—. ¡Póngaselo! Enseguida vendrán a afeitarle.

El saco contenía el traje que se había quitado siete años antes y los zapatos. El traje estaba completamente arrugado y los zapatos se habían enmohecido. Desdobló la camisa y comprobó que también estaba enmohecida. Para cuando terminó de vestirse, llegó el prisionero que hacía de barbero y lo afeitó.

Una hora más tarde lo condujeron a la pequeña oficina de la prisión. En el corredor se hallaban ya ocho o diez presos que, como él, habían vuelto a ponerse sus trajes de civil; no obstante, fue a él a quien llamaron en primer lugar, apenas llegó a la puerta de la oficina. Detrás de la mesa se hallaba sentado un sargento; a su lado había otro, de pie. Ante ellos, un capitán recorría con pasos lentos la reducida estancia.

— ¡Venga aquí! —dijo el sargento que estaba sentado—. ¿Nombre?... ¿Nombre de la madre?...
— ¿Adónde piensa usted dirigirse ahora?
— No lo sé —dijo B.
— ¿Cómo? —Preguntó el sargento—. ¿Es que no sabe adónde va a ir?
— No —dijo B. —. No sé adónde me llevan.

El sargento le dirigió una mirada malhumorada.

— No le llevan a ninguna parte —dijo con aspereza—. Puede irse a su casa a comer con su mujer. Y esta noche podrá hacer algo más que comer. ¿Comprendido?

 El preso no respondió.

— ¿Así que adónde va? —preguntó el sargento
— Calle Szilfa, número 2.
— Budapest, ¿qué zona?
— Segundo distrito —dijo B—. ¿Por qué me ponen en libertad?

— ¡Déjese de preguntas! —gruñó el sargento—. Lo sueltan, y asunto concluido. Alégrese de librarse al fin de nosotros.

De la habitación vecina trajeron sus objetos de valor: un reloj de pulsera de níquel, una estilográfica y una cartera muy usada, de color negro verdoso, que había heredado de su padre. La cartera estaba vacía.

— ¡Firme esto! —dijo el sargento. Era el recibo de la entrega del reloj, la pluma y la cartera —.
— ¡Esto también! Se trataba de otro recibo por ciento cuarenta y seis florines de salario. Contaron el dinero y lo dejaron ante él, sobre la mesa.

— ¡Tómelo! —dijo el sargento. B. volvió a sacar la cartera y puso los billetes, junto con la moneda suelta, en uno de los compartimientos. También la cartera despedía olor a moho. En último lugar le entregaron el certificado de libertad. La línea punteada correspondiente a los motivos de la detención estaba en blanco. Tuvo que esperar todavía cerca de una hora hasta que, con otros tres, le acompañaron a la puerta de la prisión. Pero antes de que hubiera llegado a ella, los detuvo un sargento que vino corriendo tras ellos. De entre los cuatro del grupo separó a uno que fue conducido de nuevo, entre dos guardias armados de pistolas ametralladoras, al interior de la prisión. La recién afeitada cara del prisionero se puso súbitamente amarilla, como si fuera presa de un acceso de bilis, y sus ojos parecieron convertirse en gelatina. Los otros tres siguieron hasta la puerta.

— ¡Allí está el tranvía! ¡Tómelo! —dijo el guardián a B. después de haber examinado y devuelto el certificado de libertad; B, se detuvo y se quedó mirando ante sí, hacia el suelo.
— ¿Qué espera? —preguntó el sargento. B. continuó parado, mirando al suelo.
— ¡Váyase a la mierda! —dijo el guardián—. ¿A qué espera?
— Ya me voy —dijo B.—. Conque ¿puedo irme?

El guardián no respondió. B. se metió en el bolsillo el certificado de libertad y atravesó el vano de la puerta. Después de haber dado algunos pasos sintió un vivo deseo de mirar hacia atrás, pero se contuvo y siguió adelante. Sintió, pero no oyó, pasos a su espalda. Pensó que si lograba llegar hasta el tranvía sin que una mano le agarrara el hombro por detrás y sin que oyera gritar su nombre a sus espaldas, era de suponer que le habían puesto definitivamente en libertad. ¿Definitivamente?

Cuando llegó a la parada del tranvía, se volvió repentinamente: nadie había venido en pos de él. Hurgó en el bolsillo de su pantalón, pero no tenía un pañuelo para secarse el sudor que había invadido su frente. Subió al tranvía que paró con estridente ruido, precisamente ante él. Al mismo tiempo, del coche-remolque bajó un carcelero y, al pasar a lo largo del primer coche, volvió su cara picada de viruela y le miró con sus pequeños ojos, larga y provocativamente. B. no le saludó. El tranvía se puso en marcha.

En ese momento —a partir de la fracción de segundo en que no saludó al carcelero y el tranvía se puso en movimiento— el mundo empezó a sonar a su alrededor. Fue la misma sensación que la que se experimenta en el cine cuando, debido a una falla, la película sigue proyectándose, pero sin acompañamiento sonoro y, de repente, en medio de una frase o de una palabra, la voz vuelve a la muda y abierta boca de los actores; entonces, la sala sordomuda en la que parece como si también el público hubiese perdido su tercera dimensión, se llena súbitamente, en el milésimo de un segundo, hasta el techo, del sonido de la música, del canto, del diálogo. A su alrededor, los colores comenzaron a surgir con inusitada intensidad. El tranvía que venía en dirección contraria era tan amarillo que le dio la impresión de no haber visto un color así en toda su vida. Pasó a tal velocidad ante una casa de un piso, de color gris chillón, que B. tuvo la sensación de que nunca podrían hacerlo parar. Al otro lado de la calle, dos caballos de color rojo amapola trotaban ante un carro de transporte vacío, cuyo acompasado traqueteo hacía vibrar los mágicos cúmulos que cabalgaban por el cielo. Un jardincito verde botella pasó ondeando hacia atrás, con dos resplandecientes bloques de cristal y, detrás de ellos, la abierta ventana de una cocina. En las aceras pasaban muchos millones de hombres, todos en traje de civil, y todos diferentes y a cual más hermosos. Muchos de ellos eran de sorprendente baja estatura, uno que otro apenas llegaba a la rodilla de los transeúntes y a muchos tenían que llevarles en brazos. ¡Y las mujeres...!

B. al darse cuenta de que sus ojos estaban bañados en lágrimas, pasó al interior del tranvía. La cobradora tenía una suave y acariciadora voz. B. pagó el billete y se sentó en el extremo del coche, en un asiento del rincón. Se encerró en sí mismo; temió que, de no hacerlo así, perdería el control de sus nervios. Una de las veces, al mirar por la ventana, vio enfrente, en la acera, ante la puerta de la fábrica de cerveza, a un hombre que acariciaba el rostro de una muchacha. Volvió a meter la mano en el bolsillo, pero tampoco esta vez encontró un pañuelo para enjugar el sudor que había brotado en su frente. En el asiento vacío opuesto al suyo se sentó un obrero que llevaba una caja, abierta, por la que asomaban diez botellas de cerveza. La cobradora dijo riendo:

—¿No será mucho?

—Soy un padre de familia, camarada —dijo el obrero—. A mi mujer le gusta mirar cómo bebe su marido.

La cobradora se echó a reír.

— ¿Mirar?
— ¡Pues claro!
— ¿Es cerveza negra?
— Sí, negra.
— La clara es mejor.
— A mi mujer le gusta mirar la negra.
La cobradora soltó una carcajada.
— Podría regalarme una botella.
— ¿De la negra?
— Si no tiene de otra...
— ¿Para qué la quiere?
La cobradora se rió.
— Se la llevaría a mi marido...
— ¿Para qué? Es negra y a él le gusta la clara —dijo el obrero.

Otra vez se dejó oír la risa de la cobradora. Llegaron a una parada. B. descendió y tomó un taxi. El chofer bajó la banderita del contador.

— ¿Adonde desea ir? —preguntó pasado un rato y viendo que el viajero permanecía en silencio—.
— A Buda —dijo B.

El chofer se volvió y se quedó mirando al viajero.

—¿Por cuál puente?

 B. dejó vagar su mirada en el vacío.

— ¿Por cuál puente? ¿No conoce usted la ciudad?—preguntó el chofer.

— Por el Puente Margit —dijo B.

El taxi se puso en marcha. B. estaba sentado con la espalda erguida, sin recostarse en el respaldo. A través de la abierta ventanilla del cajero irrumpió el olor a polvo, a gasolina, de la soleada calleja, él tintineo de los tranvías. A los dos lados, las aceras estaban bañadas por el sol y eran tantas las sombras que recorrían unas tras otras, cruzándose ante los zapatos de los transeúntes, que el tránsito aparecía como duplicado. Bajo el toldo con rayas anaranjadas de una cafetería, una mujer joven fumaba un cigarrillo envuelto en una rojiza luz. Más allá, en la esquina de la acera, un joven castaño de Indias se había cubierto ya de follaje y proyectaba un palmo de vibrátil y reverberante sombra.

—Si ve una tabaquería…—dijo B. al chofer.

Se detuvieron tres edificios más allá. B. miró por la ventanilla. Se encontraba ante la puerta abierta de una tienda, delante de una montaña de rabanillos frescos, otra de lechugas y otra de manzanas Jonathan color escarlata. Un poco más lejos, la angosta entrada de una tabaquería.

— Quédese sentado —dijo el chofer volviendo la cabeza—. Iré yo. ¿Qué cigarros desea?

B. miraba los rabanillos. Le temblaban las manos.

— ¿Kossuth?
— Sí —dijo B.—. Y una caja de cerillos. El chofer se apeó.
— Deje, lo añadiremos al importe de la carrera. ¿Una cajetilla?
— Sí, haga el favor —respondió B.
— ¿Quiere encender uno? —preguntó el chofer al volver—. También mi cuñado estuvo encerrado dos años. Lo primero que hizo él también fue ir a por tabaco. Sólo fue a casa, adonde la familia, después de haber fumado dos Kossuth, uno tras de otro.

— ¿Se me nota mucho? —preguntó B. pasado cierto tiempo.
— Bueno, la verdad, se le nota un poco —dijo el chofer, pasado cierto tiempo—.
También mi cuñado tenía un color así de enfermizo. Claro, también podía haber estado en el hospital, pero de allí no se sale con la ropa tan arrugada. ¿Cuánto tiempo ha estado?

— Siete años —contestó B.

El chofer dejó escapar un silbido.

— ¿Política?
— Sí —dijo B.—. Año y medio en la celda de los condenados a muerte.
— ¿Y le han puesto en libertad ahora?
— Eso parece —dijo B.—. ¿Se me nota mucho?

El chofer levantó los hombros y los volvió a bajar:

—¡Siete años! —repitió—. ¡Cómo no iba a notarse!

 B. se apeó frente a la estación Fogaskerckü del ferrocarril de cremallera, y recorrió a pie el camino restante; quería acostumbrarse a moverse libremente antes de encontrarse con su esposa. El chofer no aceptó la propina.

— Tendrá necesidad de dinero, camarada —dijo—. No gaste en nada que no vaya en beneficio de su salud. Todos los días carne, medio litro de vino, y se restablecerá en un dos por tres.

— Hasta la vista —dijo B.

Enfrente, un poco hacia atrás, percibió un estrecho espejo en el escaparate de una tienda de modas. Permaneció un tiempo ante él y, después, continuó su camino. Como en la avenida Pasareti había mucha gente, tomó un sendero que al borde de un campo de tenis, subía por la ladera de la colina. Llegó a la calle Herman Ottó. Arriba, lo que sobraba era espacio, con solares sin edificar que se abrían directamente hacia las montañas de enfrente. Sintió un vértigo y se sentó en la hierba. Pensó que, puesto que su esposa no lo esperaba, podía permanecer media hora descansando en la hierba. Opuesto a él, detrás de una cerca, había un manzano en flor. B. lo estuvo contemplando un rato y, después, se aproximó a la cerca. Las blancas flores del manzano, que despedían un reflejo cerúleo, poblaban tan densamente las ramas que, al mirar la nívea corona desde abajo, apenas se veía a su través el trémulo plano azul intenso del cielo. Al detenerse a mirar las flores una a una, en lo más profundo de ellas, en el cáliz, en el comienzo de los pétalos estrechos abajo y redondeados en el borde superior, se veía un tinte rosado que coloreaba delicadamente su nupcial resplandor. Eran tantas las abejas que zumbaban entre las flores, dejando un tenue y vibrante hilillo de oro en el blanco tejido de los pétalos, que todo el árbol parecía ondear como un velo lanzado al viento. B. permaneció parado oyendo la vibración del manzano. Entre dos ramas se podía percibir el cielo, y más allá, una quieta nube aborregada que hacía el efecto de como si, en una inalcanzable lejanía, hubiera otro manzano en flor, encima del de abajo. Se quedó mirándolos, el tangible y el imposible de tocar, hasta que sintió un mareo.

Como había olvidado dar cuerda a su reloj de pulsera y no sabía el tiempo que había transcurrido desde que bajó del taxi, dio media vuelta y se dirigió a su casa. Después de dar unos pasos, se detuvo detrás de un arbusto y vomitó; luego, se sintió aliviado. Habiendo caminado una media hora por callejuelas donde el sol trazaba una estrecha franja de luz y que espolvoreaban con sus frutales en flor toda la ladera de la colina, se paró ante la casa. Vivían en el primer piso. En el jardín, a los dos lados de la puerta, había un macizo de lilas blancas. Subió la escalera. Tocó el timbre pero nadie vino a abrir la puerta. En ella no había ninguna placa con el nombre del inquilino. Bajó al entresuelo, adonde la portera, y timbró.

— Buenos días —dijo a la mujer que abrió la puerta. También ella parecía enflaquecida y avejentada.
— ¿A quién busca?
— Soy B. ¿Mi esposa vive todavía aquí?
— ¡Santo Dios! —exclamó la mujer. B. miró hacia el suelo.
— ¿Mi esposa vive todavía aquí?
— ¡Santo Dios! —volvió a decir la mujer—. ¿Ha vuelto a casa?
— Sí, a casa —dijo B.—. ¿Mi esposa vive todavía aquí?

La mujer soltó el picaporte y se apoyó en el marco de la puerta.

— ¿Ha venido a casa? —repitió—. ¡Santo Dios! ¡Claro que vive aquí! ¿Tampoco ella sabe que ha vuelto? ¡Dios mío! ¡Claro que vive aquí!
— ¿Y mi hijo también? —preguntó B. La mujer comprendió.
—Está muy bien —dijo—, sano, no le ha pasado nada; está hecho un hombrecito guapo y formal.

¡Santo Dios!
  
 B. permaneció callado.

— Entre, entre a mi casa —dijo la mujer con voz temblorosa—. ¡Entre! Estaba segura de que era inocente. Sabía que volvería a casa.
— No ha abierto la puerta —dijo B. — .Y eso que he llamado tres veces.
— Entre, entre a donde nosotros —repitió la mujer—. Es que no está en casa. También los otros inquilinos han salido.

B. calló y miró el suelo.

— Su esposa trabaja y Gyurika no ha vuelto aún de la escuela —dijo la mujer—. ¿No quiere pasar?  Volverán a casa por la tarde.
— ¿Hay otros inquilinos? —preguntó B.
—Es gente buena —explicó la portera—. Su esposa se entiende bien con ellos. Conque ¿ha vuelto a casa?

B. no dijo nada.

— Yo tengo la llave del departamento —dijo la mujer un poco después—. Suba y descanse hasta que venga su esposa.

En la pared, de un clavo, colgaban dos llaves; la mujer tomó una de ellas y volvió a la puerta.

— ¡Suba, suba a descansar! —dijo. B. seguía mirando hacia el suelo.
— ¿Viene usted conmigo? —inquirió.
— Claro —dijo la mujer—, voy a enseñarle la habitación que ocupa su esposa.
— ¿Qué habitación ocupa? —preguntó B.
— La cosa es que como los coinquilinos son cuatro —explicó la mujer—, les han concedido a ellos las dos habitaciones. Su esposa y el niño ocupan la habitación de servicio. Pero la cocina y el cuarto de baño son comunes.

B. no respondió.

— ¿Subimos? —preguntó la mujer—. ¿O prefiere esperar en mi casa hasta que vuelvan?

Recuéstese donde nosotros, en el diván, y descanse un poquito hasta que vengan.

— ¿La cocina y el cuarto de baño son comunes? —preguntó B.

— Claro que comunes —afirmó la portera. B. levantó la cabeza y miró cara a cara a la mujer:

— Entonces, ¿tengo derecho a bañarme?

— Naturalmente —dijo sonriendo la mujer y tomó suavemente el codo de B. como si quisiera sostenerle—. Claro que tiene derecho a bañarse, no faltaba más. El piso es también de ustedes y ya le he dicho que la cocina y el cuarto de baño son comunes. Le prepararía con mucho gusto agua caliente, porque en el sótano tengo un poco de leña que me ha quedado del invierno, pero tengo entendido que los inquilinos suelen cerrar el cuarto de baño durante el día.

B. no dijo nada y volvió a mirar al suelo.

— ¿Subimos o quiere quedarse en mi casa? —preguntó la mujer—. Quédese, se lo ruego. Yo estoy en la cocina y no lo molestaré: se acuesta en el diván y, a lo mejor, consigue dormir un poco.

— Gracias —respondió B.—, prefiero subir.

La ventana de la reducida habitación de servicio daba al norte como, por lo general, la de todos los cuartos de sirvientas; delante de ella se veía un fresno y, a la izquierda, la oscura cumbre del monte Gugger cubierta de pinos. El follaje del fresno prestaba una verdosa oscuridad a la habitación. Cuando se quedó solo y se calmó su jadeo, reconoció el olor de su mujer. Se sentó cerca de la ventana y respiró ese olor. Contempló el follaje del fresno. En la pequeña habitación había, por todo mobiliario, un desvencijado armario blanco, una cama de hierro, una mesa y una silla. No se acostó en la cama; siguió sentado, respirando. En la mesa se apilaban objetos de toda clase; libros, ropas, juguetes. Había también un pequeño espejo de mano; se miró en él. Le mostró lo mismo que el del escaparate de la tienda situada frente a la estación del ferrocarril de cremallera. Lo volvió a poner sobre la mesa, con el cristal hacia abajo. No registró entre los objetos de su esposa que se hallaban sobre la mesa. En el recogedor de ceniza que estaba ante la estufa había una pelota con lunares rojos. Sintió que el olor de su mujer invadía también la mesa.

Apenas había vuelto a sentarse al lado de la ventana, cuando entró la portera trayéndole una gran taza de café con leche y dos buenas rebanadas de pan dulce. Lo comió todo en cuanto se quedó solo. Al poco tiempo tocó el timbre la vecina del entresuelo, que le trajo igualmente una taza de café con leche, pan con mantequilla, chorizo y una manzana Jonathan como las que había visto en el escaparate de la tienda en la calle Közért. La vecina puso la bandeja sobre la mesa; tenía los ojos bañados en lágrimas y no tardó en irse. Entonces B. comió todo lo que le había traído. Todavía no había dado cuerda al reloj e ignoraba cuánto tiempo había permanecido sentado cerca de la ventana, que daba al jardín de la parte de atrás de la casa, donde no había nadie. Entre las hojas verde claro, ribeteadas de blanco del fresno, se agitaba de vez en cuando un poco de brisa que hacía estremecer la luz del atardecer en las blancas paredes de la habitación de servicio.

Cuando se saturó del olor de su esposa y dejó de sentirlo, bajó a la calle, hasta la puerta del jardín. Pasado un rato su mujer dobló la esquina, rodeada de tres o cuatro chiquillos. Al acercarse a la puerta, los pasos de la mujer se hicieron repentinamente más lentos y hasta llegó a pararse un instante, para después echar a correr hacia él. También B. se echó a correr sin darse cuenta. Cuando estaban cerca el uno del otro, la mujer se detuvo súbitamente, como si se sintiera presa de una duda; luego, echó a correr de nuevo. B. reconoció el jersey gris con rayas negras que llevaba y que, poco antes de ser encarcelado, le había comprado él en una conocida casa de modas del centro. Su mujer le parecía un ser especial y nunca visto compuesto de aire y carne, único en género. Sobrepasaba todo lo que sobre ella había conservado en los siete años de cárcel.

Cuando rompieron su abrazo, B. se apoyó en la cerca. Detrás de la mujer había cuatro o cinco chiquillos que les contemplaban con una curiosa, pero ligeramente sorprendida expresión. Representaban entre siete y nueve años. No eran cinco, sino sólo cuatro, y B., apoyado en la cerca, los fue examinando uno por uno.

— ¿Cuál es el mío? —preguntó. Fue entonces cuando la mujer rompió a llorar.
— ¡Vamos a casa! —dijo sollozando. B. rodeó sus hombros.
— ¡No llores!
— ¡Vamos a casa! —dijo la mujer sollozando ruidosamente.
— ¡No llores! —la consoló B—. ¿Cuál es el mío?

La mujer empujó la puerta del jardín y corrió hacia la casa desapareciendo entre los dos arbustos de lilas de la entrada. Seguía siendo igual de esbelta que cuando se separaron y sus pasos eran tan largos y elásticos como cierta vez, de soltera, había corrido huyendo de una vaca, con movimientos que el miedo hacía desordenados. Pero cuando B. llegó al piso y la alcanzó ante la puerta se había tranquilizado ya: sólo sus pechos, sus pechos de jovencita, seguían palpitando fuertemente bajo el jersey rayado. Había dejado de llorar pero en sus ojos se veían huellas de las enjugadas lágrimas.

— ¡Querido! —le susurró—. ¡Pobre querido mío!

Murmuraba aquello de tal manera que no hubiese querido sorber de sus labios, una a una, todas las palabras.

— ¡Entremos! —dijo B.
— Ahora aquí vive también otra familia.
— Lo sé —dijo B.—. Entremos.
— ¿Has estado ya dentro?
— Sí, —dijo B.—. ¿Cuál es mi hijo?

Ya en la habitación la mujer se arrodilló delante de él y cobijó la cabeza en sus piernas. En su pelo castaño brillaban, con extraña luz, algunas hebras de plata.

— Pobre amor mío —dijo—. ¡Cómo te he esperado! Querido...

B. le acarició la cabeza:

— ¿Ha sido difícil?
— Querido —susurró la mujer. B. continuó acariciándole el cabello.
— ¿He envejecido mucho?

La mujer le abrazó las rodillas y lo atrajo hacia sí.

— Para mí eres como cuando nos separamos.
— ¿He envejecido mucho? —volvió a preguntar B.
— Te querré toda la vida —dijo ella en voz queda.
— ¿Me quieres? —preguntó B. La espalda de la mujer se estremecía sacudida por los fuertes sollozos. B. retiró la mano de la cabeza de su esposa.
— ¿Podrás acostumbrarte? —preguntó—. ¿Podrás acostumbrarte de nuevo a mí?
— No he querido a nadie más que a ti —dijo la mujer—. Te quiero.
— ¿Me esperabas?
— He vivido contigo únicamente —dijo la mujer—. No ha pasado día sin que no pensara en ti. Sabía que volverías. Pero, si no hubieses vuelto, hubiera muerto sola. Para mí, en tu hijo también seguías estando tú.
— ¿Me quieres? —preguntó B.
— Nunca he querido a nadie más que a ti —dijo la mujer—. No has podido cambiar tanto como para que yo dejara de quererte.
— He cambiado —dijo B.—. He envejecido.

La mujer, llorando, se estrechó contra las rodillas de su marido. B. le acarició la cabeza.

— ¿Podremos todavía tener hijos? —preguntó la mujer.
— Tal vez —dijo él—. Si me quieres. ¡Levántate!

La mujer se puso de pie.

— ¿Quieres que lo llame?
— Todavía no —dijo B.—, primero quiero estar contigo. El me resulta aún un extraño, ¿Se ha quedado en el jardín?
—  Voy a bajar —dijo la mujer— para decirle que espere un poco.
Cuando volvió, B. estaba de pie ante la ventana, de espaldas a la habitación. Parecía como si su espalda se hubiese estrechado y encorvado. No se volvió. La mujer permaneció un instante en la puerta.
— Le he dicho que coja unas flores para ti —dijo con voz ligeramente ronca por la emoción—. En el solar vacío de al lado acaban de abrirse las lilas y le he dicho que haga un ramo grande para su padre.
—¿Me quieres? —preguntó B.

La mujer corrió hacia él, lo abrazó y estrechó todo su cuerpo contra el suyo.

—Querido... —susurró.
—¿Podrás acostumbrarte a mí? —preguntó B.
—Nunca he querido a nadie más que a ti —dijo la mujer—. Es como si hubiese estado contigo día y noche. Todos los días le he hablado a tu hijo de ti.

B. se volvió, abrazó a la mujer y miró atentamente su rostro. A la luz del atardecer que penetraba por la ventana observó, con alivio, que también ella había envejecido, aunque su belleza era mayor a la que todos los días, durante siete años, había evocado una y otra vez. Había cerrado los ojos y tenía los labios entreabiertos; B. sintió en su boca el ardiente aliento que se escapaba de entre sus brillantes dientes. Bajo sus espesas pestañas, descansando sobre el pálido cutis, sus ojeras despedían un oscuro y húmedo resplandor. Era la personificación de la abnegación. B. besó los ojos de su esposa y, después, la separó suavemente de sí.

— ¡Tienes que querer también a nuestro hijo! —dijo quedamente la mujer, con los ojos aún cerrados.
— Sí —dijo B.—. Me acostumbraré a él, lo querré.
—¡Es tu hijo!
—Y el tuyo —dijo B.

La mujer le echó los brazos al cuello.

— Voy a lavarte —dijo.
— Me hará bien.

Se desnudó. La mujer hizo la cama y acostó en la sábana el cuerpo desnudo de su marido. Trajo agua caliente en una palangana, jabón y dos toallas. Dobló una de las toallas, la introdujo en el agua y la enjabonó. Le lavó todo el cuerpo de pies a cabeza. Cambió dos veces el agua. De vez en cuando, a B. le temblaban aún las manos, pero su cara se había tranquilizado.

— ¿Podrás acostumbrarte a mí? —preguntó.
— Querido —contestó la mujer.
— ¿Dormirás esta noche conmigo?
— Sí —dijo ella.
— ¿Y dónde dormirá el niño?
— Le pondré un colchón en el suelo —respondió ella—. Tiene un sueño profundo.
— ¿Estarás conmigo toda la noche?
— Sí —dijo la mujer—. Toda la noche, todas las noches mientras vivamos.

FIN

(Traducción anónima revisada por Bartolomé Leal)

  
Tibor Déry. (Hungría, 1894-1977)   Escritor húngaro, autor de La frase inacabada; fue una de las figuras más importantes de la literatura húngara vanguardista en el siglo XX. Nacido en Budapest en una familia de la alta burguesía, Tibor Déry rompió pronto con su entorno para frecuentar los movimientos anarquistas y consagrarse a la escritura; participó en los movimientos revolucionarios de 1918 y 1919 y posteriormente hubo de exiliarse en Austria, Francia e Italia. De esta primera etapa de su vida cabe destacar su novela paródica El bebé gigante (1924). En la década de 1930, de nuevo en Hungría, Déry mantuvo relaciones un tanto ambiguas con el partido comunista en el poder. Pese a su consagración como escritor oficial, Déry guardó pronto las distancias con respecto al régimen; desde 1938 estuvo en el punto de mira de la censura por haber traducido Regreso de la URSS de André Gide; más tarde fue encarcelado (1957-1960) por participar en el intento de sublevación de 1956. Tras haber colaborado en diversas revistas surrealistas, Déry optó, en su narrativa, por una estética de inspiración realista. De este modo su “novela río” La frase inacabada (1947) hacía un retrato preciso de la sociedad húngara de entreguerras describiendo los amores de un joven burgués y una militante comunista. Tras su liberación, su prestigio como escritor le permitió volver a publicar. En 1964 dio a luz una novela, El señor G. A. en X., con claras influencias, en su dimensión absurda y fantástica, del universo de Kafka. Hay que citar también El excomulgador (1966), relato en el que el autor se proponía hacer una síntesis de todos sus hallazgos formales. Cabe citar, por último, Querido suegro (1974), novela desencantada de inspiración autobiográfica en la que describe el último amor de un anciano. Escribió también novelas cortas El columpio (1969) y obras de teatro Pelotillero (1954). 

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