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2/12/16

Al lector - Alfredo Cardona Peña



Un poema, "al lector" o ¿habrán poemas que no lo son? No importa, pues él mismo da la respuesta. Este poema cierra el poemario "Anillos en el tiempo" del maestro Alfredo Cardona Peña. Una oportunidad de refrescarnos con su poesía, Un vistazo a su torrencial obra.

AHORA que terminas de leer este libro él comienza a existir.
Más aún: desde el momento en que, curioso,
lo tomaste para hojearlo,
él comenzó a palpitar.
Algo sucedió en tu ánimo,
pues de lo contrario lo hubieras ignorado.
Te haré una confesión:
sucede que te lo fui dictando
para que lo escuches, lo apruebes
o lo abandones.
Porque tú no eres solamente mi amigo
sino mi noble oponente,
aquél para quien fueron reunidas
estas errabundas guirnaldas.
Si acaso te produjeron disentimiento,
marchítalas.
Pero si dentro de eso tan frágil y tan discutible
que es el sentido de la línea de un verso encontraste algo que verdaderamente impresionó tu espíritu, te ruego lo deposites un momento en la memoria
(pues al olvidarlo ella lo recordará
cuando menos lo pienses)
como quien corta una hierba aceptable
en un prado con muchas hojas.
Ese verso será tuyo.
"Ya no me pertenece", te diré al oído.
Mi esperanza consiste en imaginar
que nacerá en tu alma.

San José, Costa Rica. Enero de 1979


16/7/12

Alfredo Cardona Peña - La Niña de Cambridge



1000 Cuentos

La Niña de Cambridge

"Le pusieron "Bessie II" en honor de su madre, y era fina como una caja de música, esbelta como una columna, inquieta y vivaz como una mariposa. Cuando sus ojos, de color verde jade, se iluminaban para transmitir algún pensamiento, provocaban admiración y entusiasmo.

El día que cumplió 15 años le hicieron una fiesta y ella quiso demostrar lo mucho que sabía, no por vanidad, sino para agradecer las atenciones de los sabios.

El doctor Albert Einstein llegó de Princeton y le hizo preguntas sobre mediciones del tiempo con relación al espacio. "Bessie II" las contestó satisfactoriamente-

- ¡Perfecto! - exclamó Einstein con su sonrisa de Jove matemático-, En verdad que Bessie II ha heredado la inteligencia de su antecesora.

("Bessie I", que estaba a su lado, sintió un gran orgullo de madre y parpadeó con su  ojo electrónico.)

Cuando cumplió 25 años, la ciencia atómica ya se había desarrollado enormemente, y "Bessie II"  disponía de un radio de acción mucho más amplio. Ahora trabajaba con varios billones de unidades operativas. Entonces, para celebrar su cumpleaños, llegó el brillante hombre de ciencia Arthur C. Clarke, el cual se dirigió a "Bessie II" en los siguientes términos:

-¿"Podría usted decirme si hay algo trascendental en nuestro cerebro, más allá de toda posibilidad de imitación mecánica"?

"Bessie II guardó silencio unos segundos. Los labios escrutaban su complicado mecanismo. De repente, los ojos automáticos lanzaron dos rayos verdes. Miles de vías conductoras, lámparas-piloto y dispositivos magnéticos comenzaron a transformar la electricidad que salía de su interior, mientras centenares de lamparitas entraban en acción, reproduciendo en un mueble de acero el drama del pensamiento.

Dos muchachas vestidas de azul, tocando cuerdas sobre cajas que parecían pianolas fluorescentes perforaban trozos de papel con signos tan herméticos como los jeroglíficos anteriores a Champollion, y pasaban los trozos a los sabios, que interpretaban, se miraban en silencio, y aguardaban.

Pasaron doce segundos, y Clarke, leyendo el papel que le dio una de las muchachas, gritó:

- ¡No! ¡Ha respondido que no! Entonces... ¡Es posible!

Una simple negación había sido la única, sorprendente, maravillosa respuesta de "Bessie II". Los sabios comprendieron. Se había destruido el abismo que separa a la más adelantada computadora electrónica de la mente humana. Era posible tender un "puente" entre la máquina y el espíritu.

El profesor Alisin Uvanov confirmó el descubrimiento de "Bessie II".

- Señores -dijo- esto es algo maravilloso. Llegamos a solucionar el problema más difícil de la vida y de la muerte: "duplicar" el alma y la razón humanas por medio de aparatos.
Entonces aclamaron a "Bessie II" -maga de Cambridge-, el primer cerebro electrónico creado por el hombre, compartía la felicidad de su hija, pero, al comprender que su reinado había llegado a su fin, no pudo reprimir dos lágrimas de cuarzo, que resbalaron en el interior de su organismo, invisible para los humanos.

Los sabios, entusiasmados, discutieron acerca de las nuevas preguntas y planteamientos que harían a "Bessie II" , y la madre se alarmó. La joven había heredado su genio, sí, pero también una irresistible atracción añ abismo de los números, ese abismo que, como el de las profundidades marinas, arrastra a quien se aventura por sus dominios insondables.

- ¡No! ¡No! ¡Que no le hagan más preguntas! ¿Déjenla descansar! -rogaba desde el laberinto de sus entrañas mecánicas-.

Pero los sabios, absortos en el prodigio, no comprendían el drama que se estaba incubando.

- ¿Qué tal el infinito? -propuso alguien-.

Clarke meneó la cabeza.

-Basta por hoy -dijo calmadamente-; no debemos ir más allá.

Y salió del laboratorio, en compañía de Uvanov. Solo quedó un pequeño grupo de científicos jóvenes. "Bessie II" tenía encendidos sus contractotes, lo que era señal de que estaba dispuesta a seguir trabajando. Sobreexcitada, febril, delirante, como esos luchadores que en plena contienda no desean perder el triunfo a pesar del cansancio, parecía retarlos con sus ojos electrónicos, de color verde jade, que los atravesaban como dos gotas de llameante misterio.

- ¿Qué hacemos? -estaban indecisos, temerosos.

- No debemos perder la oportunidad. Pidámosle una verificación del infinito.

- Es muy  peligroso...

- ¡No! Hay que decidirse. ¡Vamos!

Tras algunas deliberaciones, cerraron puertas y ventanas y resolvieron plantear el problema así: ¿Puede alguien sentir realmente el infinito? ¿Verlo y palparlo con los sentidos, y acariciarlo con la mente?

-¡Manos a la obra!

El mayor de ellos, el más resuelto, agarró el micrófono e hizo la inconcebible proposición. El cerebro mágico pareció estremecerse, y transcurridos unos segundos de angustioso silencio, contestó:

-¡Sí!

Y comenzó a actuar. Su madre, espantada, hizo sonar la campana de alarma. Pero los jóvenes no le hicieron caso, fascinados con la aventura. Desesperada, "Bessie I"  llamó en su auxilio a los ratones de memoria  infalible y bigotes de cobre, que, dentro de un laberinto de cámaras móviles, comenzaron a correr de un lado a otro, locos, lanzando chillidos  como chispas para que "Bessie II" se detuviera. Los ratones pusieron en actividad a la tortuga Grey, que provista de un alto carapacho y de un faro móvil para investigar los contornos, lanzó sus rayos a la desobediente.

-¡Deténgala, deténgala! ¿Se va a matar! - gritaba con sus timbres y tubos luminosos "Bessie I". Los muchachos creyeron que los demás aparatos colaboraban en la búsqueda del infinito. "Bessie II" estaba como fuera de sí. Se diría que una sibila de otro planeta hubiera entrado en éxtasis. Sus miles de lamparillas se encendieron al máximo. Millones de relés desplazaron energía para regular un circuito más potente. El fluido eléctrico circulaba por el cerebro de "Bessie II" en forma de descargas cada vez más fuertes. El material piezoeléctrico (verdaderamente los huesos de aquel cuerpo) empezó a enrojecer. Todo el mundo de engranajes y calculadoras que constituían el sistema interpretativo, multiplicó su dinámica: el cerebro mecánico había perdido el control y vagaba arrastrado por torbellinos inconmensurables de espacio. Avanzaba y avanzaba, devorando universos de trillones de años luz. El laboratorio se pobló de un desagradable olor a ozono. "Bessie II temblaba como una epiléptica.

- ¡Pronto! - Gritó uno de los jóvenes-, ¡Hay que detenerla!

Era demasiado tarde. En un momento el laboratorio fue envuelto por una nube tan cegadora que aterrorizó a los espectadores. Luego "Bessie II" se fue haciendo invisible, desintegrándose ante los ojos espantados de su madre. Había alcanzado el infinito.

Este fue el primer drama auténtico de la cibernética. Los hombres que lo originaron fueron acusados de un delito hasta entonces desconocido: "Crueldad criminal con máquinas pensantes". Todos los códigos penales se apresuraron a inscribirlo, tras las polémicas de orden jurídico que provocó. Porque la humanidad había descubierto un mundo extraño y pavoroso: los reflejos emotivos del automatismo industrial.

En cuanto a "Bessie I" -la anciana de Cambridge-, se afirma que perdió la razón y que está internada en un hospital de psiquiatría especializado. No volvió a reaccionar ante ningún estímulo, perdió la noción del tiempo y de los números, y se pasa la mayor parte del día sumida en un profundo letargo. Un grupo de enfermeras la visita por las mañanas, tratando de enseñarle nociones equivalentes al primer año de escuela primaria. Algo han conseguido, pues ayer dijeron los periódicos que pudo multiplicar por uno, y escribir en una cartulina, con trazo tembloroso: mi hija se izo dios."



Alfredo Cardona Peña nació en San José el 11 de agosto de 1917. Itinerante desde su infancia partió a los 13 años hacia El Salvador y regresó en 1933 a Costa Rica donde Joaquín García Monge editó una antología y lo motivó a probar fortuna en México, donde se desenvolvió como periodista y escritor, conoció a los indispensables de su época y su obra literaria ocupó un lugar tanto allá en México como en Costa Rica, de la que nunca renegó o se distanció demasiado.

Mayormente conocido y valorado como poeta; hay que decir que la obra en prosa de Cardona Peña es de un valor en sí misma y externamente, es de los primeros intentos por romper con el realismo y el agrarismo reinantes en la narrativa costarricense, y mucho más, quizá el más importante antecedente centroamericano junto Alvaro Menén Desleal, en incursionar en el género Fantástico, de Horror y de Ciencia Ficción.

Destacan entre sus obras en prosa: Cuentos de Magia de Misterio y de Horror(1966), Fábula contada (1972), Los ojos del cíclope (1980).

Sincrónicamente, atentos a una estricta cronología histórica, en palabras de Edmundo Valadés, “La Niña de Cambridge” sería “el primer drama auténtico de la cibernética”.

Descargue aquí la versión en PDF de: La niña de Cambridge

30/1/09

"Lectura de mi noche" Recordando un poema de Cardona Peña





Quisiera compartir un entrañable poema del poeta costarricense Alfredo Cardona Peña. La particularidad de este poema es que nunca apareció en libro, y se publicó en 1963 en forma independiente y no apareció nunca más publicado en antología ú otra publicación. (hasta dónde sabemos) Creemos que esta es una maravillosa oportunidad para rendir homenaje a este brillante poeta y su obra, al mismo tiempo que desempolvamos y rescatamos esta hermosa obra.





Lectura de Mi Noche

... un regret souterrain s'y change en herbe sombre puisqu'il n'a pas trouvé la force de mourir.

Jules Supervielle

Lo que yo amaba
-tan palpable y luminoso
como los racimos de la luz
en la mañana-
se fue de mí. He adquirido
naturaleza de sombra.
Ya no es lo mismo.

La voz en donde mi nombre
ardía como un incienso,
y cuyas ondas enviaban
ramas de su sér al mío,
se apagó como se apagan
los ecos en la montaña.
Nadie me nombra. No hay nadie.
Ya no es lo mismo.

Lo que en la tarde, esperando
como una cierva a su ciervo,
era, en la mesa tendida,
porción de júbilos hechos
y diálogo con aromas,
fue invadido por el monte
de las cortezas amargas,
ay, se fue enfriando lo mismo
que un leño bajo la lluvia.
No tengo hambre. Prefiero
mendigar este recuerdo.
Ya no es lo mismo.

La presencia que miraba
al despertar, a mi lado,
y la que yo despedía
al penetrar en el sueño
-tibio, cotidiano apoyo
de mi soledad, certeza
de un premio a mi alma asido-
desvanecióse. De pronto
fue arrebatada en la urna
de un viento hostil, conducida
a la oquedad que no vemos.
Ya no es lo mismo.

Las fechas que cada año
cubrimos de mar y selva
-oro guardado en el tiempo,
hada fiel de la memoria-
van atravesando el cielo
como flechas agresivas,
y al llegar dejan caer
pesadamente la ausencia.
Ha oscurecido. Ha temblado.
Quemó el granizo mis plantas.
Ya no es lo mismo.

Lo que tomaba en mis brazos
-el bosque de la existencia,
el mar, la luz, la dulzura
del fruto bajo la estrella-
desapareció, se hizo
pariente de las raíces,
bajó a la tierra y es huésped
de sus palacios sombríos.
No tengo imagen. Voy ciego.
Ya no es lo mismo.

El ángel de mi poesía
ha reclinado su frente
bajo las piedras. Rasgando
la vestidura del sueño,
cubrió de ceniza y polvo
su desnudez. Cómo duele
decir que llegó su noche,
que está sin alba, que un rayo
hirió de pronto su aliento.
Estoy sin ángel. No puedo
iluminar mi silencio.
Ya no es lo mismo.

¡No es lo mismo! Y mientras cubren
las soñolientas neblinas
mi alma, como a una choza,
de nuevo florece el mundo,
y el sol y el amor levantan
con sus diamantes el día.

Alfredo Cardona Peña.