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20/7/12

Jessica Clark - Alfaro para cacique




Alfaro para cacique

Los dos hombres esperaron en la antesala de la oficina del Presidente sin mirarse y sin conversar. Uno de ellos sostenía el maletín ejecutivo defensivamente sobre el regazo.  El otro paseaba de un lado a otro, gastando sus finos zapatos de cuero sobre la gruesa alfombra gubernamental. El miedo no era un estado normal para ellos: los representantes de su firma de asesoría se reunían con ministros y diputados diariamente.  Vestían trajes finos,  explicaban con soltura sus presentaciones digitales, entregaban reportes confidenciales en archivos cifrados.  Los mismos Duque & Quirós rara vez asistían a una reunión y jamás lo hacían los dos al mismo tiempo.  Excepto esta vez, para el Presidente.

La eficiente Secretaria Ejecutiva que trabajaba en una esquina no les mostró ninguna compasión. Notó la discreta luz verde en su intercomunicador y les informó que el Presidente los vería ahora.  Si detectó la mirada de pánico que pasó entre los dos hombres, no fue suficiente para hacer mella en su indiferencia oficial.  Ya estaba trabajando de nuevo cuando entraron a la oficina.


Leonel Alfaro tal vez no iba a ser un gran Presidente, pero por lo menos era entusiasta.  Había ganado las elecciones por un ligero margen porque era el candidato menos abiertamente corrupto.  Sus ambiciones eran más del estilo de la autopromoción descarada: Alfaro veía la presidencia de un pequeño país como el primer paso para una carrera en organismos internacionales y fondos mundiales de comercio.  No le daba vergüenza ser un mojado con credenciales.  Pero sus planes a futuro dependían de hacer un trabajo pasable por cuatro años, de modo que conducía todos sus asuntos bajo el lema super optimista de: “Para unirse al primer mundo hay que dar el primer paso”.

Había convocado la reunión de esta noche para comprender, en los números claros y confiables de Duque & Quirós, por qué ninguno de sus programas de renovación social y reestructuración económica había logrado despegar en casi ocho meses de mandato.

-Hicimos un segundo estudio –reportó Duque– sin costo para la Presidencia, para comprender por qué los conceptos de la campaña no están calando.

Alfaro jugó con su lapicero sobre un escritorio casi completamente despejado.  Le gustaba decir que no era ordenado, si no que tenía la mente brutalmente clara.

-Se me ocurren dos cosas –dijo– Que la gente no entiende la idea o que no les importa suficiente su comunidad.

Duque y Quirós se miraron.

-Nuestros investigadores descubrieron que la población está casi obsesionada con la limpieza y la decoración de sus casas, -dijo Duque- En todas las casas que visitaron el piso estaba siempre pulido a la perfección y todo se mantenía en su lugar.  De hecho, la cera para pisos es con mucho el producto de limpieza más vendido en las zonas urbanas.

-Pero usted tiene razón en cuanto a la comunidad –dijo Quirós– Nuestro estudio muestra que la gente no incluye a sus vecinos en el concepto de comunidad.

Alfaro lo miró con la expresión inteligente y capaz que tenía en todas sus fotos de campaña.

-¿Cómo que no incluyen a los vecinos en la comunidad?

-Piensan en su familia extendida, no importa dónde vivan pero, de la puerta para afuera, la calle es tierra de nadie –dijo Duque.

-Literalmente –agregó Quirós.

-Tenemos que empezar por ahí, entonces –dijo Alfaro–  ¿Qué puede hacer la Presidencia para cambiar eso?

Quirós y Duque cayeron en un silencio profundo.

-La cosa es que tampoco creen en la Presidencia –dijo Quirós luego de varios segundos.

Alfaro detuvo la mano sobre el escritorio.

-¿Cómo así?

-No creen que el Presidente esté relacionado con el país: lo ven como una persona corrupta que le ganó a otras personas corruptas para montar un desfalco por cuatro años.

-Muchos sienten que la vida sigue igual sin importar quién gane las elecciones –agregó Duque servicialmente.

Alfaro tuvo que asentir.  La verdad, dado el historial de sus antecesores, no podía decir que la gente estuviera equivocada.

-Con razón ninguno paga impuestos, -dijo con una sonrisa, pero luego se le ocurrió algo, -¡Pero igual la mayoría votó por mi!

Duque y Quirón asintieron juntos.

-La mayoría de los que votaron, pero eso fue solo el cuarenta y ocho por ciento del electorado.  Y creemos que ellos votaron… ejém… no por el candidato, sino por el partido por el que la familia ha votado tradicionalmente.  Votaron por costumbre.

Alfaro se sentó más derecho en su silla.

-Entonces soy Presidente de la mitad del país y eso solo por inercia.

Los dos hombres permanecieron inmóviles.  Alfaro miró de uno a otro con creciente alarma.

-Con respecto al país –dijo Duque– ochenta por ciento de los entrevistados no reconoce ninguna de las estatuas de héroes de la patria y un número similar cree que el dinero para obras públicas que se recauda nunca es utilizado en ninguna parte.  Quince por ciento sospecha que los botones de los pasos peatonales no están conectados a nada. Un cincuenta por ciento dice que no iría a la guerra por el país porque el país no ha hecho nada por ellos.  Noventa y cuatro por ciento dice que su mayor problema es el crimen y que considerarían armarse para defender a su familia porque no creen que nadie vaya a venir a protegerlos si llaman a la policía.

Con esto Duque & Quirós se sintieron incapaces de completar el reporte y Alfaro tuvo que llegar a la conclusión por su cuenta.

-¿La gente no cree en el país?  ¿Soy Presidente de un montón de familias sueltas?

Quirós se aclaró la garganta antes de hablar.

-Pensamos que el término clanes es más apropiado.

El Presidente aceptó el delgado documento que le dieron y le dio la mano a cada uno de ellos.  No mencionó si volvería a utilizar sus servicios y ni Duque ni Quirós se atrevieron a preguntar directamente mientras los escoltaba de regreso a la puerta.

El Presidente llevó el reporte consigo cuando subió al auto oficial camino a su casa.  Era de noche, pero el tránsito seguía siendo infernal.  Probablemente, bromeó su chofer, era gente que había quedado atrapada en la presa del almuerzo y hasta ahora lograba avanzar.  Alfaro no logró encontrar el humor en la broma.  Estaba mirando hacia atrás, a la hilera de taxis y autos privados que seguían a su escolta policial para saltarse las líneas del tránsito.

Impulsivamente, tomó su teléfono y, con una llamada, se deshizo de los policías motorizados, lo que atrajo una mirada infeliz de parte del chofer, no tanto porque se preocupara por la seguridad de su Presidente, se dijo Alfaro, si no porque acababa de triplicar su tiempo de viaje a través de la ciudad.  En efecto, no bien desaparecieron la motocicletas el auto se vio al final de una larga fila en un semáforo.  Alfaro vio a través de vidrio blindado cómo otro auto pasaba la fila de largo y se detenía tranquilamente justo bajo el semáforo, esperando el cambio para pasar primero, triunfal en su demostración de fuerza.  Otros conductores comenzaron a buscar sus propias soluciones, saliendo a como pudieran de la fila y armando, entre gritos, insultos y bocinazos, una especie de choque en cámara lenta.
 
Y desde su asiento trasero el Presidente comprendió: los autos eran modelos recientes, importados, pero para las personas tras los volantes representaban simplemente una versión más imponente y llamativa de los camellos, caballos o elefantes de sus ancestros.  En la forzada proximidad vial, pudo fácilmente imaginar que en cualquier momento iban  salir las lanzas, los machetes y las cimitarras.

En la esquina, los resistentes basureros triples de metal que habían instalado para reciclar habían desaparecido, reciclados sin duda por las pandillas de la comunidad.  La gente, obediente, había seguido botando la basura en el mismo punto, conmemorando su ausencia.  A la vuelta de la esquina, la calle estaba bordeada de verjas ornamentales, murallas coronadas de alambres barbados y portones cerrados, todos protegiendo fortalezas particulares coronadas de antenas parabólicas, que despedían los destellos amenazantes de los televisores y pantallas de video en su interior.
 
Frente a un muro marcado de coloridos signos territoriales, una pequeña manada de  adolescentes con pañuelos en la cabeza y zapatos espaciales pasaba el tiempo conversando en sus celulares.  Un perro amarillo pintado en la pared les hacía compañía, mostrando dientes como cuchillas.  Sus ojos parecieron encontrar los del Presidente en su auto… y Alfaro comprendió.


Al día siguiente no fue a la oficina. Su secretaria le explicó a los ministros y diputados que quisieron verlo que el Presidente sentía que no valía la pena perder tiempo en el tránsito y que pensaba trabajar desde su casa.  El rumor corrió como pólvora y para el final de la semana los trabajadores de varias empresas comenzaron a hacer lo mismo.  Si el mismísimo Presidente no se atrevía a tirarse a la calle, ¿por qué debían hacerlo ellos?
 
Cuando las compañías se quejaron, Alfaro dijo que él estaba del lado de los trabajadores, siempre y cuando se encontrara un sistema de comunicación apropiado para conducir negocios desde residencias familiares.  Cuatro sistemas revolucionarios fueron patentados antes de que pasaran tres meses.

Poco después, Alfaro comenzó una discreta obra de construcción sobre el techo de su casa.  Al preguntarle un periodista desde la tapia, Alfaro le respondido a gritos desde el techo que estaba construyendo otro patio.

–¿Un patio?

–Di sí, es mi techo –dijo el Presidente defensivamente– no pueden cobrarme mas impuestos si no toco el piso.

Y en efecto, poco a poco los vecinos y los curiosos reunidos afuera de la casa vieron aparecer sobre el amplio tejado caminos de grava, bancos de coloridas flores y hasta dos árboles pequeños, entre los que Alfaro colgó una hamaca.  De hecho, notando la cobertura de medios, el Presidente comenzó a aprovechar las oportunidades para anunciar su propia empresa de patios encimados, vendiendo a un precio “ejecutivo” las tarimas especiales para sembrar y ofreciendo paquetes con diseño de jardines.  Pero el negocio no pegó: a la gente le pareció genial la idea de multiplicar su espacio disponible, pero se las arreglaron con tarimas hechas de materiales de desecho porque nadie quería pagar tarifas profesionales.  Al poco tiempo los suburbios eran una verdadera babilonia de gente en el techo sembrando sus vegetales, haciendo carne asada, subiendo la mecedora de la abuela y dejando a la vieja olvidada arriba todo el día o durmiendo la siesta dominguera en sus propias hamacas ejecutivas.
 
Grupos de jóvenes podían verse peinando las calles en busca de materiales de desecho, que al poco comenzaron a aparecer en ventas más o menos formales.

Tal vez fue el robo descarado de su idea lo que hizo que Alfaro perdiera su relación amistosa con su gente y con la prensa.  Tal vez fue un incidente con una familia de curiosos afuera de su casa, a los que Alfaro pescó dejando caer envoltorios de comida barata en la acera.  El Presidente montó en cólera y, tomando una escoba, corrió a los insolentes a golpes, gritándoles que fueran a ensuciar sus propias aceras y que no fueran tan caraepichas de venir a tirarle su basura a él.  El video –en cámara subjetiva y con el audio sin editar—salió en todas las cadenas de televisión al medio tiempo del partido de la noche y antes del final del juego ya estaba en YouTube.  La gente se reía, pero todos concordaban en que Alfaro no tenía por qué aguantar que nadie le fuera a botar la basura al frente de la casa y muchos admiraron su destreza con la escoba.

Muchas personas sacaron sus escobas a la mañana siguiente y barrieron para darle su apoyo al Presidente loco que se habían echado encima.  Las mujeres en los suburbios siempre habían sido muy diligentes, barriendo el frente de sus cosas todas las mañanas, pero ahora se les unieron los dueños de negocios en el centro y todos los hombres con ira reprimida que buscaban una excusa para volarle un escobazo a alguien.


Al principio, mirando la televisión en sus oficinas, Quirós y Duque admiraron la locura concertada del Presidente, pero a los pocos meses comenzaron a preguntarse si la genialidad inicial no habría sido accidental.  Alfaro parecía haber perdido todo interés en gobernar lo ingobernable.  Frente a los problemas administrativos cotidianos, decidió que cada municipalidad debería funcionar como una empresa privada, con sus funcionarios respondiendo a una junta directiva conformada por el electorado local.   Así fue como Duque dejó la agencia, aceptando la oferta de gobernar su distrito y la oportunidad de hacer rentable un negocio mucho mayor que el suyo.

Quirós, ahora que no tenía que pagar oficinas porque nadie venía físicamente a trabajar, contrató más empleados remotos, que enviaba como asesores, también virtuales,  a otros países.  Le fue bien y comenzó a ahorrar para el colapso inminente. Todos los días aparecía un editorial en pánico en el periódico insistiendo en que Alfaro estaba arrastrando al país del borde de la industrialización de regreso al tercermundismo: los edificios de oficinas estaban dando paso a restaurantes y salones de baile, la mitad del país se enriquecía vendiendo gansos de cerámica, móviles y decoraciones para jardines encimados, muchos vecinos se hicieron guías de turismo y comenzaron a pasar el día paseando gringos por los techos de la ciudad.  Otras personas estaban convirtiendo los antiguos estacionamientos en huertas, porque así pagaban menos por la comida.

La única ley que promulgó el Presidente salió como un pie de un resumen legislativo: una enmienda constitucional declaraba que la corrupción sería ahora considerada traición a la patria y que la pena sería la pérdida de todos los bienes y un viaje gratis a la frontera. Sólo los pescadores empobrecidos de los pueblos costeros notaron las consecuencias, cuando se les comenzó a pagar generosamente para que remolcaran pangas al límite de las aguas internacionales y las dejaran a la deriva, con sus pasajeros bien vestidos llorando con sus corbatas al viento y sus zapatos de tacón en la mano.

Sólo los tramposos más astutos sobrevivieron.  Bajo la nueva administración municipal, comenzaron a pagar por cualquier idea ajena que los hiciera quedar bien en los reportes semestrales a sus comunidades: de pronto un número de burócratas redonditos comenzaron a tener inspiraciones brillantes para celdas fotoeléctricas que bajaban el costo de la energía, o programas avanzados que se vendían en el extranjero por barbaridades de plata.

El público casi se olvidó de Alfaro: parecía que todo el mundo estaba ocupado en su propia loquera, así que Quirós estuvo honestamente sorprendido cuando el Presidente apareció en forma de holograma en la sala de su casa.

- Ya es hora de que comencemos a trabajar en mi estrategia para las Naciones Unidas –le dijo.

-¿Seguro que no quiere quedarse para otro período? –respondió Quirós irónicamente– a como va la cosa, si no lo cuelgan lo nombran emperador.

Alfaro apenas sonrió.

-Más razón para ir buscando la salida –dijo.

-¿Y nos olvidamos de dar un paso para el primer mundo?

La sonrisa del Presidente se amplió ligeramente.

-No estábamos listos para el primer mundo.

-Así que nos lo saltamos –dijo Quirós.

Alfaro rió, viéndose tan optimista y seguro como en sus afiches de campaña.

-Usted y yo nos entendemos.

Quirós estuvo de acuerdo.  Pero meses después, cuando el avión despegó del aeropuerto que conocía tan bien y pudo mirar hacia abajo, comprendió que en realidad no había ni comenzado a adivinar la magnitud de la visión del Presidente.  Bajo sus pies, la tierra se extendía verde: la ciudad capital se había vuelto casi invisible desde el aire.  Nuevos caminos irradiaban desde el centro discreto hacia las pequeñas comunidades a su alrededor.  Era un mundo rediseñado y Quirós se volteó para comentarlo con Alfaro, pero el Presidente miraba hacia delante, absorto en visiones que sólo él podía imaginar.



Jessica Clark. 1969. Ha escrito profesionalmente para agencias de publicidad, programas de televisión y la Embajada de Costa Rica en Washington, DC.

Tiene una Maestría en Literatura Inglesa pero prefiere leer libros con colores primarios en la portada.  Sus principales influencias son los cómics, la música de los 80 y series de televisión muy, muy viejas.  Ha publicado la novela Telémaco (ciencia-ficción), la novela corta paranormal Diagonal y el libro de cuentos Los Salvajes.  Un gran número de sus cuentos ha sido publicado en colecciones dentro y fuera de Costa Rica.  Sus temas principales son ciencia, historia y lo paranormal.

También, su trabajo ha sido recogido en Cuentos del Paraíso Desconocido. España 2008. En Historias de nunca acabar, Antología del nuevo cuento costarricense. 2009. En la Antología Posibles Futuros, Cuentos de ciencia ficción, EUNED. 2009. 

Tradujo al inglés y publicó en Kindle  a Telémaco con el título Sleeper Nine y su continuación Loaded Nine, bajo el seudónimo de Tessa MacCord, resta para completar su Betrayer Saga la tercera entrega en la que actualmente trabaja.

Visite el sitio web de la Autora: http://jessica.bocamonte.cr/

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16/5/12

Telémaco - Jessica Clark


Portada de la primera
edición de Telémaco.

Telémaco es la segunda publicación impresa y primera novela de Jessica Clark, a cargo de la Editorial Costa Rica en 2007. Es al igual que Los Salvajes, un texto que se disfruta intensamente y que está escrito con versatilidad y amplios recursos narrativos.

En ella, Clark nos ofrece además un acercamiento deliberado en el ámbito de la ciencia ficción. Eso sí, habrá que tener cuidado con la precomprención que el lector tenga de este género, para que no sea una barrera que impida su gozo completo y con la cual la autora da inicio a la trilogía “Crónicas traidoras” de la que ya está disponible en inglés su segunda parte Sleeper Nine.[1]

Con la precomprención, nos referimos en este caso a los prejuicios y preconceptos que el lector pueda tener de la ciencia ficción, pues de muchas maneras Telémaco es una obra innovadora en ese género, al mismo tiempo que es de una gran calidad literaria; al mismo tiempo que exige del lector un compromiso, en vista que tendrá por su cuenta que resolver y elaborar conjeturas e hipótesis alrededor de la trama de la novela y participar directamente en su creación.

De no ser así, un ávido lector de novelas de ciencias ficción, pero ingenuo, podría esperar a priori, un argumento lleno de máquinas sofisticadísimas e inteligentes, civilizaciones alienígenas, elaboradas descripciones sobre extirpes y casas de caudillos intergalácticos librando alguna especie de batalla de connotaciones escatológicas contra un antiguo y siniestro ser que encarna el mal y contra el cual se librará una batalla definitiva para restaurar el orden y la paz del cosmos, donde posiblemente, entre magia, adivinación y tecnología, la tensión narrativa se sostendrá únicamente en su argumento y el ingenio y novedad de la especulación científica. Por estas mismas razones, otro tipo de lector, que se cree juicioso y entrenado para olfatear los libros, basado en su amplia sapiencia pero sobre todo en sus prejuicios, de buenas a primeras esperaría lo mismo que el primer lector, y al final desecharía, ingenuamente también, la oportunidad de saborear una novela como Telémaco.

Portada de Sleeper Nine,
edición en inglés de Telémaco
Sospecho que esto ya ha ocurrido de alguna manera con algunos lectores de Telémaco; después de el entusiasmo que generó entre la crítica costarricense su primer libro Los Salvajes, y los numerosos comentarios y reseñas a este, por el contrario, ante Telémaco , una especie de silencio y desconcierto ha sido la reacción. A lo mejor, y Jessica Clark se ha salido con la suya, y nos tome un poco más de tiempo asimilar mejor su obra.

 Telémaco, como ya indicamos es una novela exigente (no difícil), que obliga a la lectura atenta y perspicaz del lector, requiere su interacción para ir construyéndose los escenarios y situaciones alrededor de esta, es el tipo de lectura que desafía, que se desdobla y reelabora en la mente del lector, que tendrá que crear su propia versión de los “hábitats” de las naves “Telémaco” y “Beowulf”, el papel de las “Casas” y su hegemonía económica, así como el enigmático papel de los “Nueve”. Muchas de estas cosas se explicarán en el desarrollo de la trama, pero la autora también demandará del lector a cumplir su parte, pues muchas respuestas  no están explícitas  de un tirón, incluso muchas de ellas estarán abiertas. Esto es algo que al lector perezoso y sin compromiso no le gusta, prefiere que todo esté pre-digerido y explicado, necesita que le den todos los detalles y antecedentes en lugar de tener que hacer el trabajo de ir hilvanando y construyendo a partir de la lectura.

Portada de Loaded Nine,
segunda parte la  Bretrayer Saga.
Más que divagar por los detalles vistosos  y al margen de los clises y convencionalismos (que a veces hacen quedar mal a un género tan maravilloso como la ciencia ficción),  Telémaco no cae en la trampa usual de las dicotomías del bien y el mal, en esta no hay héroes ni villanos, y prefiere la riqueza y complejidad psicológica de unos personajes singulares y mundanos, por eso Clark en lugar de describirnos al grupo de los “Nueve”, como una especie de humanos mutantes con súper poderes telepáticos, prefiere dejar abierta la incertidumbre sobre el grado de éxito y fracaso de un experimento genético cuyos resultados son parciales, donde las capacidades telepáticas de los “Nueve” juegan tanto a favor como en contra de ellos, se ocupa más de su personalidad, de sus obsesiones, de sus virtudes y vicios, los hace creíbles y humanos. Nos encontraremos con policías, manifestantes y científicos, y familias influyentes y colonias espaciales, y en el meollo de todo, un juego por el poder económico y los buenos negocios, nada puede ser más familiar con el presente que esto. Y es por eso que en su visión del futuro, Jessica Clark parece alertarnos que las cosas seguirán andando por los mismos senderos que ahora.

De esta manera, Telémaco  nos hace un recorrido por el interior  y no por el exterior de sus personajes, y sus intenciones nunca serán completamente claras, hasta que lleguemos a un desenlace que permite una especie de empate y equilibrio entre contendores, y una nave que divaga hacia su segunda parte, y que muchos lectores esperamos disfrutar en su versión en español “Beowulf”.

Mientras esto ocurre, Jéssica Clark continúa trabajando el cuento fantástico, y de ciencia ficción y recién ha publicado la primer entrega de su saga “Daemonicon”,  con “Diagonal”, de este modo, su universo ficcional se amplía todavía más y nos ofrece un instante de bastedad en el amplio universo de quien es posiblemente la más destacada autora costarricense de los últimos años.

Germán Hernández


[1] Jessica Clark tradujo al inglés y publicó en Kindle  a Telémaco con el título Sleeper Nine y su continuación Loaded Nine, bajo el seudónimo de Tessa MacCord, resta para completar su Betrayer Saga la tercera entrega en la que actualmente trabaja. Las puede encontrar aquí: Sleeper Nine, Loaded Nine.

9/5/12

Los Salvajes – Jessica Clark


Portada de la primera edición de los Salvajes
de Jessica Clark. Editorial Costa Rica .2005

En el 2005 debuta con su primer libro impreso la narradora Jéssica Clark, se trata de su colección de relatos “Los Salvajes”, editado por la Editorial Costa Rica.

Pocas veces hemos quedado tan fascinados con un cuentario como este,  y tan representativo de la nueva narrativa costarricense. Y es que son cuentos que se disfrutan y están construidos con una técnica impecable.

Hay dos elementos que caracterizan a la narrativa joven en nuestro país y que sentimos presentes en la obra de Clark, el cosmopolitismo y la visión de clase media. Por cosmopolitismo nos referimos a esa capacidad para abordar la ficción y composición de textos que ocurren en cualquier lugar y en cualquier tiempo, que no se ven afectados por el localismo y cuyos únicos límites son los que el propio autor se imponga, así nuestra autora se desplaza por una Inglaterra decimonónica en “Ripper” como igual recorre una historia secreta a través del tiempo en “Conspiracy Teory II” o también es capáz de crear sus propios mundos y realidades en “Ricochet”.

Decimos también que estos cuentos están escritos desde una visión de clase media, pero sin falsas mediaciones, es decir, no es mirando hacia el otro, si no hacia sí misma, por lo que logra un efecto de auto reflexión y cuestionamiento,  curiosamente los cuentos más demostrativos de esto están escritos en primera persona a manera de testimonio “Los Salvajes”, “Memo Personal”, “Enroque”. Y son en estos últimos donde la ironía, el humor y el cinismo encajan con perfección hasta llegar a incomodar, especialmente a quienes les molesta tener que verse a sí mismos en dichos textos.

Y desde luego hay más, Clark tiene una capacidad de crear mundos ficcionales en cada relato con suficiente verosimilitud y autosuficiencia para bastarse a sí mismos, lo hace con una economía y soltura envidiables al punto de que con lo mínimo el lector es perfectamente capaz de comprender el contexto y la situación en que se dan los relatos, algo siempre deseable en un género cerrado y que busca la exactitud y la pertinencia, tal es el caso de textos como “Mandelbrot”, “Ricochet” y “La Femme”.

Abre el cuentario con “Conspiracy Teory II”, el título no termina de ser enigmático, como todos sus elementos, un recorrido por el tiempo hasta un músico de jazz que recibirá una ofrenda, una especie de alianza y que con ella se sumará a una lista selecta de músicos, de toda época y lugar, ¿las razones? Esas quedan para el lector que se deje seducir por la atmósfera oscura y noctámbula de los jazzman.

“Mandelbrot” por su parte es la maldición de todo riguroso investigador, tener que rechazar su propia hipótesis de investigación, de ahí que sonreímos junto al gato, cuando el protagonista termina de hacer maletas y partir.

Fantasmal y al mismo tiempo con exquisito humor, “La Tala” gira alrededor del remordimiento y la culpa. Por cierto, la parte introductoria de este cuento en sus dos primeros párrafos se describe un juego de perspectivas (desde un auto que pasa, y desde una barra de cantina) bellamente logrado.

“Ripper”, es una vuelta al mito, una más entre las miles de explicaciones para resolver la identidad del oscuro personaje de Jack el Destripador y su misterio. Esta vez no desde el ángulo del sabueso policial que va a la casería del asesino, sino del amigo que trata de redimirlo.

Tres textos que tienen una sutil afinidad, “Los Salvajes”, “Memo personal” y “Enroque”. Se siente una curiosa familiaridad en ellos, el lector puede reconocer  en los personajes a alguien que conoce, en “Los salvajes” hay una dosis de derrota asimilada con cinismo, igual que en Enroque  que (¡cómo no!), nos recuerda los “Cuentos Misóginos” de Patricia Higsmith en el recurso de someter a examen la falsa conciencia y la moral privada que sólo aplica para sí mismo pero no para otros, pero el cuento va mucho más allá, en la alusión ajedrecística están todas las claves y llaves del cuento con ingenio y lucidez; pero si el lector reconoce a los personajes de estos cuentos, en “Memo Personal”, tiene que reconocerse a sí mismo en ese narrador cerebral, lógico, intelectualmente coherente, y así, éste se desarrolla en el más frívolo de los contextos, entre el hastío y escepticismo del que cuenta, para finalmente recibir una bofetada llena de dignidad en un desenlace que hace de este cuento una joya de la literatura costarricense.

Jessica Clark, fotografía de David Vargas
Y finalmente llegamos a otra triada de cuentos “Veinticuatro”, “Ricochet”, “La Femme”, en donde se da magistralmente esa capacidad de crear universos propios en Clark. En veinticuatro se describe el vínculo invisible entre dos antagonistas, en “Ricochet” entre una especie de olimpiadas poéticas, se van desprendiendo sutilmente las piezas que constituyen el tramado emocional que poco a poco vamos perdiendo en esa vieja costumbre de sentir. Por otro lado, restituye un elemento que a veces olvidamos: la poesía es en primer lugar oralidad y no escritura. Y cerrando el libro llegamos a un divertimento ejecutado con maestría, “La Femme” un reciclaje con los materiales del espionaje y la conspiración, donde la fatalidad de la “femme” hace homenaje a la tan mal valorada “intuición” que otros confunden con “súper poderes”.

Está más que recomendada la lectura de estos cuentos, porque son un ejemplo de dominio técnico y plástico, porque son entretenidos y eficaces, porque desafían al lector y también la narrativa tradicional en nuestro país. La versatilidad y la minuciosa capacidad de construir personajes desde dentro en la narrativa de Clark, está claramente presente en su primer libro, y mucho más en su siguiente obra, “Telémaco” de la cual hablaremos la próxima semana.

Germán Hernández 

4/3/11

Letal diferido - Jessica Clark



Letal diferido
 
Esta ciudad es fuerte.  Puedo sentir la fricción entre las personas que caminan por el boulevard; energía acumulándose con el roce sin descargo aparente.  Los que esperan en cambio de luz en la esquina están nerviosos, sujetan sus bolsos y sus niños con puños cerrados.  Un auto pasa a exceso de velocidad, rozando los espejos laterales de los peatones, y viene a detenerse al principio de la fila.  Es una provocación deliberada, el conductor pidiendo a gritos una golpiza.  Con las manos en los bolsillos de mi chamarra de cuero, miro a lo largo y lo ancho de la avenida, midiendo los vectores de la presencia de Timur.

            No me cuesta encontrarlo: sé que pasó hace poco por los mismos lugares que estoy recorriendo; quizás dos o tres días. Camino sobre sus pasos. Las palomas saben quién soy, se desbandan antes de que mis botas toquen los adoquines de la plaza.  El repentino tronar de decenas de alas y la nube gris que se eleva entre picos duros y ojos redondos asustan a los niños. Incluso los adultos levantan la vista, sorprendidos.  Nadie nota mi paso por el espacio vacío bajo las aves.

Atravieso entre un caos furioso de automóviles y autobuses y una parte de mi no puede dejar de imaginar cómo sería si estuviéramos todos aquí.  Extraño la camaradería de aquellos días, pero ha pasado mucho tiempo desde la última vez.  Me reúno con Gam de vez en cuando y he hablado con Adja y con Timur por separado, pero éste va a ser mi último intento de resolver las diferencias que nos separan.

En una acera me detengo y miro al otro lado de la calle.  Una extraña construcción ocupa la esquina: una casa de dos pisos, perfectamente cúbica y con un recubrimiento de piedra en torno a la planta baja.  La piedra ha sido labrada en patrones arábigos y delinea una serie de arcos punteados y plantas abstractas.  Por hábito profesional, me pregunto qué tan difícil sería hacerlos arder, calculo que mi hacha podría acabar limpiamente con ellos. 

Últimamente me ha dado por soñar despierto con estas cosas, cuando antes las experimentábamos de primera mano.  Mentiría si dijera que no extraño el gozo de la caza y la destrucción.  Me viene a la mente una pequeña aldea en Perea que arrasamos en dos pasadas.  Cuando no quedaba nadie en pie detuvimos nuestros caballos y observamos mientras las llamas consumían lo que sobraba. Gam saltaba y aullaba frente al fuego. Su sombra fría danzaba sobre nosotros y recuerdo que nos quedamos ahí hasta que el incendio pasó de llamas a cenizas y una columna de humo y chispas se levantó sobre el desierto. Entonces Timur levantó su espada, opaca de sangre y profirió nuestro grito de batalla. Nos esperaba una jornada de dos días, contra tiempo, para alcanzar nuestro siguiente objetivo, la verdadera razón por la que habíamos venido a esta parte del mundo. 

Pasaba la media noche cuando encontramos el flanco de una caravana beduina. Los vigías que nos vieron desde cierta distancia debieron levantar una plegaria. Era difícil, aún en lo más oscuro de la noche, no ver los cuatro caballos con armaduras de metal y cuero, el mío con un cuerno de bronce en la frente, el de Adja con una serie de colmillos serrados, todos con garras en los cascos. Debimos levantar el pánico más primario en sus corazones pero, sabiendo quienes éramos, nos recibieron con la misma hospitalidad que se le ofrece a cualquier viajero en el desierto. Esa noche bebimos de su vino y bailamos al son de su música. Con el sonido de tambores al fondo, yo comencé un canto memorial, contando hazañas de batallas antiguas. Había algo en el aire y al otro lado del fuego Timur y Adja se besaron.

 Mis ojos los siguieron cuando se levantaron de la mano y desaparecieron en las sombras, fuera del rano de los fuegos de la caravana.

Al principio no le di importancia, ni me pareció necesario comentarlo con Gam.  Timur, Gam y yo habíamos montado con Adja desde siempre y en el fondo todos nos sentíamos atraídos por ella. No de una forma romántica, más como con una atracción primordial entre la destrucción, el hambre, la peste y la muerte. El hecho de que Timur resultara favorecido, pensé en aquel entonces, fue puramente circunstancial.
Poco antes del amanecer montamos de nuevo, siguiendo los portentos que anunciaban el lugar y el momento en donde ejecutaríamos nuestra siguiente intervención. El viaje comenzó mal, con Timur haciendo lo posible para mantener la distancia  y Adja sumida en un profundo silencio, cabalgando con la vista fija en la espalda de él.  Gam, que de todos nosotros es el mas sensible a estas cosas, intentó aliviar la situación hablando con ella, pero Adja lo ignoró durante horas y finalmente adelantó su caballo junto al de Timur.  Yo permanecí atrás y no pude escuchar las palabras que intercambiaron. Sólo vi el movimiento suave de los labios de ella y presentí la respuesta cortante de él.  Y de pronto el caballo rojo de Timur volteó su cabeza e intentó morder el cuello inmaculado del caballo de ella.  Aún antes de que yo pudiera gritar una advertencia, Adja  desenvainó su espada y golpeó a Timur en el hombro con la empuñadura. Delante de mí, Gam soltó una exclamación de sorpresa y los dos vimos con desconcierto como el caballo rojo y el caballo blanco partieron al galope, volteando surcos monumentales en la tierra dura del desierto.

Creo que Gam y yo seguimos desconcertados hasta el día de hoy. Gam era una imagen demoníaca de la sorpresa cuando me miró y estoy seguro de que su expresión era un reflejo de la mía. Nos tomó unos segundos iniciar la persecución y para entonces Adja y Timur habían llevado el asunto a los golpes. Los reflejos de sus espadas bajo el sol nos deslumbraba, haciendo difícil el avance.  No fue hasta bien entrada la mañana que los alcanzamos, en el punto donde habían desmontado finalmente para gritarse a la cara.  Sus caballos se habían detenido más allá y Gam y yo fuimos a buscarlos en consternado silencio. Cuando regresamos, el pleito había terminado, pero la batalla apenas comenzaba.

Timur y Adja volvieron a montar y el resto del día cabalgamos sin cruzar palabra. Timur nos guiaba  a paso redoblado pero aún así, al caer la tarde íbamos irremediablemente retrasados. Los caballos estaban nerviosos y se sobresaltaban de cuando en cuando en respuesta a nuestros pensamientos.  Yo le había gritado a Adja y a Timur y ahora viajaban en lados opuestos del grupo, avergonzados y resentidos por partes iguales. En medio del silencio, Gam y yo mirábamos al sol y confirmábamos cada vez nuestra certeza de que no alcanzaríamos nuestro destino a tiempo. 

Al final, cuando ya era obvio que no íbamos a llegar, yo simplemente me detuve.  Los otros también comprendieron la magnitud de nuestro fracaso y levantaron la vista al cielo, a las nubes color sangre que se levantaban sobre nosotros.  En ese momento el día se convirtió en noche y la tierra tembló bajo los cascos de metal de nuestros caballos.  Yo miré hacia el oeste, donde en ese instante moría un hombre en la cruz y marcaba el final de una Era. No se levantaron columnas de fuego en el horizonte para marcar la ocasión, no se vio el relámpago blanco que abriría los cielos, señalando el principio del fin.  Ese era nuestro trabajo y, por primera vez desde el inicio de los tiempos, habíamos fallado.

El temblor pasó, los coágulos de nubes se disolvieron y los cuatro nos quedamos inmóviles donde nos encontrábamos. El horror que sentí fue como una sensación de escorpión sobre la piel, algo nefasto y letal. A mis espaldas, Gam hizo retroceder a su caballo amarillo, le dio vuelta y se marchó al galope.  Bajo mi propio cuerpo yo pude sentir la respiración rápida y frustrada de mi caballo azabache, que exhaló una nube densa y concentrada de humo negro. Él sabía también que estaba fuera de lugar, quizás incluso presentía las consecuencias. Mi guante de cuero crujió sobre las riendas cuando volteé mi caballo y enfrenté a Adja y a Timur. No encontré palabras capaces de darle forma a la ira que sentía contra ellos en ese momento y tuve que contentarme con un ultimátum vacío.

“Más les vale”, les dije, “que esto esté resuelto para la próxima vez.”


No volví a verlos en cuatrocientos años. Volveríamos a encontrarnos en la cima de una colina verde, cada uno llamado de sus preocupaciones por un instinto infalible.

Cuando llegué, los otros tres caballos esperaban ya, mirando a los ejércitos que se reunían abajo. Ocupé mi lugar entre Timur y Gam, le dirigí una ligera reverencia a Adja.

“¿Está todo bien?”

Adja levantó la espada que estaba limpiando y examinó la hoja ligera con ojo crítico. 

“Timur”, dijo fríamente, “decidió dejar de hablarme para que yo entienda que no hay nada entre nosotros.”  Hizo un tajo rápido en el aire con el metal y la vibración permaneció suspendida entre él y ella.  “Yo hubiera preferido que me hablara claro, pero entendí el mensaje igual. Al fin de cuentas, la brutalidad es nuestro trabajo.”

La sonrisa que me dio entonces me congeló la sangre.  No en vano es su mano blanca la que abre las puertas de la muerte en este mundo.  Ese día hicimos nuestro trabajo con renovada dedicación y después de la batalla, y durante doscientos años, permanecimos en el norte de Europa. Usábamos sabuesos blancos para la caza  y cazamos hasta llevar a una civilización entera al borde de la extinción.  En la mitología de las generaciones siguientes pasamos a ser un terror nocturno, una cacería salvaje que anunciaba su llegada con un escalofrío en la espalda e irrumpía en la campiña invernal con un clamor de guerra.

Fue quizás el último de los buenos tiempos, por lo menos hasta donde van las cosas.  El 31 de diciembre del año 999 Adja, Gam y yo esperamos al borde del mundo, con nuestros caballos bailoteando inquietos bajo nosotros y el tiempo corriendo en cuenta regresiva hacia el final, luego pasando de largo y continuando en su marcha hacia un nuevo principio.  Timur nunca apareció.

Más tarde él y Gam se encontrarían en la Ciudad Reina y él diría secamente que aquel día había tenido mejores cosas que hacer.  En todo caso, nuestros planes tuvieron que retrasarse un milenio más.

El fin del mundo, sin el jinete de la guerra para orquestarlo, no es más que un ensayo final.

Durante las décadas que siguieron, y poseído por una ira ciega, yo buscaría a Timur entre las ruinas de lo que había sido el Magno Imperio Romano. Pasaría de noche entre los pueblos bárbaros y miserables y sus habitantes humildes invocarían el nombre de Dios y cerrarían sus ventanas a mi paso. Algunas veces, hombres temerosos me dirían que lo habían visto de lejos, o habían sentido el aliento paralizante de su caballo contra sus cuellos en una noche oscura. Otras veces su rastro desaparecía y entonces, durante meses, yo tocaría con mi mano negra cada caserío miserable que pasaba. Finalmente, cuando ya mi rabia había pasado a ser poco más que un resentimiento dolido, fue Timur quien apareció a mi lado durante una quema de cadáveres contaminados en Ellora.

¿Dónde está Adja? ¿Qué está haciendo? ¿Está viendo a alguien?
Me gustaría decir que me hizo todas estas preguntas de una forma directa y al grano, pero el amor elimina, junto con la capacidad de reacción, cualquier posibilidad de razonamiento lineal.  Durante esos pocos días que pasamos juntos, mi viejo amigo Timur fue una molestia y un manojo de manías nerviosas.  Cuando finalmente tuvo que partir, me dio tristeza darme cuenta de que me sentía aliviado.

Poco después Gam y yo comenzamos a preocuparnos seriamente por la magnitud problema. Habíamos fallado dos veces ya en un milenio y las consecuencias comenzaban a notarse en el dramático crecimiento de población, en la acumulación de errores.  Aún con las frecuentes oleadas de peste y hambre que pastoreábamos periódicamente alrededor del planeta era obvio que la situación bordeaba en el caos.  Para colmo, en las partes más civilizadas, como las ciudades de China, Japón y la India, el caballo amarillo de Gam desorbitaba los ojos y lanzaba las orejas para atrás, negándose de plano a poner pie en las calles asfaltadas y sobrepobladas.  En esas zonas trabajábamos a pie, caminando paralelos entre las multitudes y plantando como detonadores las semillas de la desesperación.  Era, aún en el mejor de los casos, una forma lenta de trabajar y una débil medida de contención.

A mediados de la Edad Media, un profesor de teología de mirada intensa y convicciones firmes, acusó al Papa de hereje y la Santa Iglesia se dividió en dos.  Al enterarnos de la noticia Gam y yo partimos en direcciones opuestas, dispuestos a rogar, mentir o amenazar, a hacer cualquier cosa que sirviera para  reunir a Timur y Adja con nosotros por el tiempo necesario.

En la Europa medieval, el rastro de Adja era fácil de encontrar. En poco tiempo logré que me recibiera y seguí el eco de mis propios pasos en un palacio, vigilado por mosaicos de ángeles que miraban boquiabiertos desde las paredes. El sol de la mañana entraba a raudales por las ventanas y el olor putrefacto de los canales ascendía conmigo como una fuerza invasora. Esto era la sublime corrupción de Venecia y aquí encontré a Adja, yaciendo sobre cojines dorados en su dormitorio y esperando mi llegada.

Apenas me sonrió cuando descansé mi hacha sobre los mosaicos del suelo.

“La Santa Iglesia Católica acaba de partirse en dos”, le informé.
Ella se encogió de hombros, un gesto tan femenino y tan inusual que despertó una alarma en mi cabeza.

“No es mi problema”, dijo.

“Es un momento para que actuemos”, insistí.

Ella repitió su gesto de indiferencia.

“No voy a donde no me quieren”, dijo.

Yo me apoyé en el hacha porque necesitaba tiempo para pensar. No que me sorprendiera la respuesta, pero había algo en ella, un cambio. Una actitud casi humana.

“¿Qué tal es eso que estás sintiendo?” le pregunté.

Ella se sentó en la cama y, para mi espanto, abrazó uno de los cojines.

“Okham”, me dijo, “no sé si el lo mejor o lo peor que me ha pasado.”

No supe qué decir.  No podía imaginar un antídoto. Es decir, incluso si hubiera podido convencerla o forzarla, una vez que ella y Tinur estuvieran juntos, esta alquimia nerviosa entre ellos actuaría de nuevo, con consecuencias impredecibles. Quizás en este caso era mejor mantenerlos alejados.  Levanté mi hacha, me la puse al hombro y salí por donde había venido.

Una semana después me reuní con Gam en un cementerio en las afueras de París. Nos encontramos cara a cara frente una cripta familiar e intercambiamos siete palabras.

“Timur no va a venir”, dijo Gam.

“Lo sé”, dije yo.

No encontré cómo explicarle lo que había visto en Adja, pero sospecho, por la expresión que llevaba, que Gam lo había visto también en Timur porque nos quedamos mucho tiempo ahí, caminando entre las tumbas. Es curioso, como en toda una eternidad no habíamos encontrado un rival a nuestra altura y de pronto Gam y yo contemplábamos la destrucción de nuestro pequeño batallón desde adentro.

“¿Te parece que esto es el miedo?” preguntó Gam.

Unos siglos después le envié un halcón a Adja y otro a Timur,  advirtiéndoles que la fecha para la siguiente destrucción del mundo sería el 31 de diciembre de 1999 y que las consecuencias, si en alguna manera volvían a fallar, serían inmediatas y dramáticas.

Los cien años que precedieron la fecha estuvieron cargados de medidas de contención y preparativos.  Hubo guerras y hambrunas que orquestar, portentos, la instalación minuciosa de la red de causas que multiplicarían los efectos de nuestras acciones. Adja y Timur jugaban juegos imperceptibles de rechazos y contra rechazos entre sí, pero en general participaban con la misma precisión con que se habían involucrado siempre.  Sin embargo estos juegos comenzaban a pesar dentro del grupo y la misma calma con que llevaban a cabo sus estrategias era como una presión constante sobre mis hombros. Sé que Gam no descansaba tampoco, anticipando el siguiente estallido.

Pero a medida que se acercaba la fecha no hubo pleitos ni argumentos.  Adja y Timur simplemente se ignoraban, excepto cuando uno estaba buscando al otro.  Timur había abandonado los harenes africanos donde había pasado la mayor parte del milenio, pero prefería dejar que las cosas siguieran su curso antes que tomar una acción que pudiera indicarle a Adja que estaba interesado.  Adja simplemente sorteaba cualquier comentario referente a relaciones u hombres en general.

Así que el 31 de diciembre de 1999 nos reunimos los cuatro al borde del mundo, como habíamos hecho en incontables ocasiones.  Gam no decía nada pero llevaba una sonrisa de lado a lado de su cara demacrada.  Yo me compenetraba con la respiración de fuego de mi caballo, exaltándome con la anticipación de la cacería. Este era nuestro trabajo, lo que justificaba nuestra existencia.  Y entonces el caballo blanco de Adja se adelantó despacio, dio vuelta y nos contempló a todos con sus ojos rojos.

“No quiero hacer esto más”, dijo Adja, “lo siento.”
Y con esto se marchó.

Yo empuñé mis riendas pero Gam me detuvo con una mano en el brazo.  Timur levantó la barbilla, temblando de indignación, giró su caballo y desapareció en dirección al mundo. Gam pasó los días que siguieron conmigo, tratando de evitar que me lastimara en mi ira homicida y finalmente consiguió atarme en una cueva bajo los fiordos congelados del norte.  Mucho tiempo después, cuando supuso que yo estaría más tranquilo, volvió por mi.

Esta vez, me ha prometido, encontraremos una solución por las buenas o por las malas. El año 2012 está a la vuelta de la esquina, con toda su carga de profecías mayas, chinas y egipcias. No hemos tenido una oportunidad igual en mil años.

Timur sabe lo que viene.  Ha elegido el campo de batalla en esta ciudad y las calles y el tránsito hierven con su presencia.  Siente mi presencia aún antes de que yo cruce Lacalle para llamar a su puerta.  Cuando abre y me mira desde el otro lado de la calle, una parte de mí juega con la idea de un enfrentamiento.  ¿Cómo sería, el jinete de la destrucción contra el de la guerra?  Pero no tengo deseos de levantarme contra mi hermano y sospecho que los resultados serían redundantes.

Cruzo la calle.  Dos mensajeros en moto me maldicen a máxima velocidad, les respondo con un murmullo.  Tres semáforos más allá uno de ellos sufrirá una falla mecánica y el otro resbalará en el pavimento intentando esquivarlo.  Timur me espera con incertidumbre. No sabe qué voy a hacer. Al ver mi sonrisa sonríe también.  Nos tomamos del antebrazo, saludo vikingo, y nos damos una palmada en la espalda, chocando hombros.

“¿Qué crees que pase si dejamos de cumplir nuestra función?”, le pregunto, “¿Vendrá algún dios a reclamarnos, volveremos al lugar de dónde venimos?”

Timur parece sorprendido.  Nunca se lo ha preguntado.  Ciertamente nunca esperó que se lo preguntara yo.  Pero realmente me intriga la respuesta.

“Conocí a un monje budista de Mongolia que me ha invitado a meditar sobre esto” le digo, “Encuéntrenme si tu y Adja finalmente se ponen de acuerdo…
Y Timur, sabes que no puedes quedarte aquí si aprecias esta ciudad.  Te la vas a traer abajo, como Adja se está trayendo abajo a Venecia, como arrasaste con la Gran Ciudad.”

Lo dejo con la idea, sabiendo que la incomodidad germinará dentro de él sin dejarle descanso.  Quien sabe, tal vez al final sean él y Adja quienes vengan por mí, a estas alturas no me importa.  Tengo mejores cosas que hacer.




Jessica Clark. 1969. Ha escrito profesionalmente para agencias de publicidad, programas de televisión y la Embajada de Costa Rica en Washington, DC.

Tiene una Maestría en Literatura Inglesa pero prefiere leer libros con colores primarios en la portada.  Sus principales influencias son los cómics, la música de los 80 y series de televisión muy, muy viejas.  Ha publicado la novela Telémaco (ciencia-ficción), la novela corta paranormal Diagonal y el libro de cuentos Los Salvajes.  Un gran número de sus cuentos ha sido publicado en colecciones dentro y fuera de Costa Rica.  Sus temas principales son ciencia, historia y lo paranormal.

También, su trabajo ha sido recogido en Cuentos del Paraíso Desconocido. España 2008. En Historias de nunca acabar, Antología del nuevo cuento costarricense. 2009. En la Antología Posibles Futuros, Cuentos de ciencia ficción, EUNED. 2009

Cuentos Publicados:

Lazán [F5, Reset de la Literatura Latinoamericana, Ed. Piedra Santa, Guatemala], 2010 Alfaro para Cacique [Factótum, revista en línea], 2010
Frente Frío [Posibles Futuros, Ed. EUNED], 2010
Memo Personal [Cuentos de Nunca Acabar, Ed. Lanzallamas], 2010
Ricochet. Cuento.  Revista Materika, online, 2009
La Enfermedad Del Chacal, Había una Vez un Derecho, Antología de Derechos Humanos de la Defensoría de los Habitantes, 2009
Memo Personal, [Cuentos de Nunca Acabar, 2009] / [Historias del Paraíso Perdido, Ed. Alcaldía de Cádiz, España, 2008] /  [La Libreta, revista, 2006]  
Mandelbrot. [Paraescrituras: Ensayos Y Guiones, Centro de Cooperación Española, 2005]

Cuentos por publicar:

Paranormal.org [Akelarre, Ed. Club de Libros], colección de cuentos de error de escritoras costarricenses
Bajagua [Objeto No Identificado, Ed.UNED], antología de ciencia ficción
Alfaro para Cacique [Factótum, revista en línea];

Mantiene un sitio web personal: http://jessica.bocamonte.cr/


Descargue la versión en PDF: Letal diferido - Jéssica Clark

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