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5/11/14

El Enigma de París - Pablo de Santis

Pablo De Santis nace en Buenos Aires, Argentina en 1963. Este escritor, periodista y guionista de historietas y más de diez novelas juveniles, es también el autor de El enigma de París, novela ganadora de la primera edición del premio Planeta-Casa de América en el 2007.
Sigmundo Salvatrio, el protagonista, nos narra los eventos ocurridos treinta y siete años antes, cuando todavía no era más que un aprendiz de detective y que comienzan un 15 de marzo de 1888, cuando, “a las diez de la mañana,” junto con otros 20 aspirantes llega hasta “la puerta del edificio de la calle De la Merced”, donde vive Renato Craig, “el famoso detective, el único de la ciudad”, quien con ellos funda su academia donde los jóvenes recibirán los conocimientos y las técnicas para ser “ayudantes de cualquier detective” y es que el gran detective Renato Craig miembro del Club de los Doce, curiosamente, nunca ha tenido un adlátere, ese acompañante, menos listo pero siempre fiel,  cronista de las proezas de su jefe[1]. ” Así comienza el sueño del joven  Sigmundo Salvatrio que desde niño leía y admiraba las aventuras de Los Doce Detectives (y sus ayudantes) a través de La Clave del Crimen, “un folletín quincenal que se vendía a 25 centavos”.
La academia de Renato Craig parecía tener como fin encontrar a su ayudante, pues tener uno era una de las reglas del club de Los Doce Detectives. Durante el adiestramiento, Craig tiene noticia de que Kalidán, un presunto mago hindú, mata para beber la sangre de sus víctimas, pero no ha sido detenido porque no se han hallado pruebas de sus crímenes. Craig ordena a sus discípulos que investiguen cada uno por su cuenta. Gabriel Alarcón, el aspirante más astuto, se infiltra como asistente de Kalidán. El joven, hijo de una rica familia, desparece sin dejar rastro, se viene a pique la reputación de Renato Craig, y sus alumnos lo abandonan. Sólo Sigmundo Salvatrio permanece al lado de su maestro quien días más tarde, convoca una conferencia de prensa y revela dónde está enterrado el cuerpo del joven Alarcón y prueba que Kalidán es el asesino y muestra una caja donde éste coleccionaba objetos de sus víctimas, luego de esto Craig se retira viejo y enfermo.
Poco después, Craig le encomienda a su ayudante que lo represente  ante el club de Los Doce Detectives, quienes sesionarán en la Exposición Universal de Paris y exhibirán algunas herramientas de trabajo y sus métodos al público. Craig le entrega su bastón multiusos para que sea parte de la exhibición y le indica que únicamente a  Viktor Arzaky, el detective polaco, le puede contar sobre “el método” con que resolvió su último caso.
Sigmundo parte de viaje, por fin conocerá en persona los miembros del Club, a   Magrelli, llamado el Ojo de Roma, el inglés Caleb Lawson, el alemán Tobías Hatter, el polaco Víctor Arzaky, el portugués Zagala, el holandés Castelevetia, el detective de Tokio Sakawa, el norteamericano Novarius, el español Fermín Rojos, el veterano Louis Darbon y Madorakis el detective de Atenas y también a sus singulares adláteres los cuales no tienen voz en las reuniones de los detectives ni pueden beber alcohol (los detectives sí pueden). Entre los ayudantes corre el rumor de que está prohibido que ellos asciendan a detectives. Sin embargo, existen cuatro cláusulas que lo permiten, entre ellas la cuarta,  destruida misteriosamente por el “recto” detective japonés, que estipula que un ayudante puede convertirse en detective, y miembro de Los Doce, si su jefe detective resulta ser un asesino. 
En su primera sesión, reunidos en la sala del hotel Necárt, cada uno de los detectives cuenta una historia de algún enigma que haya resuelto. Ciertamente este es uno de los pasajes más deliciosos de la novela, pues nos encontramos con el hermoso recurso del Decameron de contar historias dentro de otras historias. Ciertamente en sus relatos, los detectives privilegian al crimen de cuarto cerrado como “el non plus ultra de la investigación criminal”. Y en algún momento en sus clases de academia ya Renato Craig había afirmado: “Un asesinato siempre es un caso de ‘cuarto cerrado’. Ese cuarto cerrado es la mente del criminal.”
Pablo de Santis
Pero una noticia altera la velada y todas las actividades del grupo en adelante: Luis Darbon, que disputaba con Arzaky el título de “El detective de París” ha sido asesinado. El polaco Arzaky se propone tomar el caso y asigna como asistente a Salvatorio. Da lugar entonces una intensa investigación, llena de sorpresas, exéntricos personajes, mujeres enigmáticas, de pasiones y recelos entre detectives infalibles y vanidosos, toda una galería de extravagancias y misterios en París, hasta que llegamos en caída libre al más obvio de los finales, o al menos eso parece hasta que el joven Salvatrio, logra revelar el doble fondo de esta caja de pandora que guarda el último enigma.
En El enigma de París, convergen la vena por la literatura juvenil y folletinesca del autor, y su prosa bellamente ejecutada en un relato metaliterario y fascinante, cuya referencia no es la realidad, sino el mundo de la novela policiaca de la primera escuela, la del relato enigma, la de los maestros Poe, Conan Doyle y Wilkie Collins, para decirlo de otra forma, una novela de novelas, montada sobre el pastiche, la parodia, el arquetipo y los clises del género policiaco. El resultado es una obra de arte, una ejecución magistral y (¿por qué no?) un cierre y homenaje digno para nuestros primeros héroes de la novela negra[2].

Germán Hernández




[1] Poe crea el prototipo, pero Conan Doyle lo consagra en la figura de Watson.


[2] Particularmente y en especial a C. Auguste Dupin, y desde luego a todos los genios del raciocinio y la deducción previos y posteriores: Marlowe, Spade, Porot, Holmes, Dupin, Philo Vance, Peter Winsey, Nero Wolfe, el Dr. Thorndyke, etc.

2/10/14

Georges Simenon – Maigret y las buenas personas

Maigret recién ha regresado de unas vacaciones de tres semanas cuando lo despierta una llamada a las dos de la madrugada, es un colega suyo que lo alerta de un crimen  en un apartamento de Montparnasse, se trata de la familia Josselyn “el tipo de gente entre los cuales nunca se espera que pase una cosa así” La víctima es el señor René Josselyn quien ha muerto de dos disparos en su sillón, su mujer y su hija quienes estaban esa noche en el teatro lo han encontrado al llegar a casa. Antes, la víctima había estado jugando ajedrez con su yerno en esa misma sala “No ha habido robo ni fractura… los Josselyn no tenían enemigos… son buenas personas, que llevan una vida sin historia…”. 
 
Cuando Maigret llega al apartamento se pone al tanto y se entrevista con la hija de la víctima, luego con su yerno, la señora Josselyn está sedada y es incapaz de ayudar en ese momento, el cadáver es recogido, la investigación está en marcha, el revólver de la víctima ha desaparecido y todo apunta a que ha sido asesinado con esta, cuando Maigrét sale platica con el médico de la familia, no saca mucho “Son buenas personas. No tardé mucho tiempo en hacerme amigo de ellos” y del yerno de la víctima que también es médico “Es un hombre absolutamente entregado a la medicina y a sus enfermos, una especie de santo laico”, de la víctima descubre que padecía del corazón, que para cuidarse había vendido su pujante negocio de cartonería a sus empleados y que ahora se dedicaba a pasear por los jardines, a la lectura apasionada y al ajedrez. Maigret regresa a casa con un malestar, le produce un gran desasosiego tener que sospechar del doctor Fabre, el yerno de la víctima, tendrá que reconstruirlo paso a paso cada evento, descartado el robo, desaparecida el arma del Señor Josselyn con la que seguramente había sido asesinado, y estando la puerta cerrada cuando lo encontraron, sin duda el homicida era alguien conocido y en quien confiaba.
 
Maigret decide comenzar investigando en torno a René Josselyn, se dirige a su antigua cartonería y a ahí se entrevista con Juoane, uno de sus ex empleados a quienes les vendió el negocio y que al recibir la noticia de la muerte de su ex patrón reacciona sorprendido: 
 
“-¿Pero quién podía tener interés…? Escuche, señor comisario… Usted no lo conocía. Era la mejor persona del mundo… Para mí, un verdadero padre, más aún… Cuando entré aquí tenía dieciséis años y no sabía nada… Mi padre acababa de morir… Mi madre era asistenta… Empecé como mozo de recados, con un triciclo… Fue el señor Josselyn quien me lo enseñó todo… y quien, más tarde, me nombró jefe de servicio…”
-¿Tenía enemigos?
-¡Ninguno! Se hacía querer de todo el mundo. Dé una vuelta por las oficinas y pregunte a los empleados lo que piensan de él…
¡También él era una buena persona! ¿Es que Maigret, en ese asunto, no iba a encontrar más que buenas personas? El comisario estaba casi irritado”.
 
Más tarde en el apartamento de los Josselyn, Maigret se entrevista con la viuda, esta había pasado toda la noche fuertemente sedada, sorprendido por su aplomo, Maigret solo confirma lo que ya sabe en un penoso interrogatorio que dispara hacia la nada. Mientras tanto sus colaboradores han confirmado la coartada del yerno y le comunican los primeros resultados de la autopsia y las indagaciones con los vecinos del edificio.
 
Por fin, surge una pista, algo a lo que Maigret había perdido el hilo al principio, aparentemente entró al edificio un sujeto después de la partida del yerno anunciándose falsamente con el nombre de otro inquilino.
 
“¿Quién podía tener  una razón para matar a aquella buena persona?
Un poco más y el comisario empezaría a detestar a las buenas personas”.
 
Georges Simenon
Y es que en este bello capítulo de la saga creada por Simenon, los personajes son todos tan buenos que realmente cansan y agobian, no aportan nada al caso, el comisario habrá de hacer un gran esfuerzo para lograr penetrar esas fachadas de gente común, de bien y sin historia para resolver el crimen, habrá que esforzarse a fondo hasta encontrar la fisura, la grieta que finalmente saque afuera el secreto de la familia Josselyn. 
 
Maigret y las buenas personas fue escrita en 1962, y publicada con el título original en francés de Maigret et les bonnes gens, y es un hábil retrato de las familias pequeño burguesas de París.
 
“En París es raro que los vecinos se conozcan, excepto en los barrios populares. Todo el mundo vive su vida sin saber a quién tiene enfrente.” (¿Alguna asociación con nuestra vida urbana y pequeño burguesa de hoy?)
 
Y como es de esperar también, Maigret y las buenas personas es una demostración más del genio del autor para extraer excepcionales singularidades de entre la multitud y la generalidad.
Germán Hernández
 
 
 

16/9/14

Verano Rojo - Daniel Quirós


Verano rojo es la primera novela del joven narrador Daniel Quirós, la misma compartió el premio nacional de novela 2011 con “El laberinto del verdugo” de Jorge Mendez Limbrick y ambas novelas fueron editadas por la Editorial Costa Rica inaugurando su colección “Novela negra”. Parece que ambas obras lo comparten todo.
 
Verano rojo, es efectivamente una novela de corte policiaco que se combina también con la ficción histórica[1]. Don Chepe, el protagonista, investiga la muerte de su amiga “La Argentina” quien ha muerto ejecutada, esto lo conducirá hasta el atentado de la Penca en 1984 y a una intensa casería  por la provincia de Guanacaste, escenario de la obra.
 
Aunque está aceptablemente escrita, y se esfuerza en crear una atmósfera de sofoco a lo largo de su desarrollo, y hasta logra interesarnos cuando especula alrededor de la reconstrucción de los hechos del atentado de la Penca, la trama está llena de incoherencias, fisuras e inexactitudes que le restan verismo y credibilidad.
 
Los problemas de veracidad en la trama comienzan desde las primeras páginas y serán un lastre a todo lo largo de la novela. El narrador, “don Chepe”, se entera del hallazgo de un cadáver en la playa cerca de Paraíso, la víctima es Iliana Echeverri, conocida como “la Argentina” quien era dueña de un Café cibernético que era cantina y alquiler de libros en Tamarindo y con quien don Chepe había construido una buena amistad. El problema es  cuando el cuerpo de Iliana es recogido por particulares y trasladado hacia Tamarindo en una buseta de turismo y velado esa misma noche y enterrada al día siguiente.
 
“apenas tuve tiempo de ver a unos hombres montar el cuerpo, envuelto en una sábana blanca, antes de que desapareciera la microbús, junto a una patrulla de la policía local, hacia Tamarindo entre una nube de tierra” (pág. 19)
 
“Esa primera noche la pasé en el café velando el cadáver. A la mañana siguiente, fue el entierro, al que asistió un buen número de personas” (pág. 23)
 
“Nadie sabe nada, puse la llamada para que vengan los del Departamento de Investigaciones Criminales del OIJ desde Liberia, pero usted sabe cómo es eso, dijeron que no tienen gente y que hay que esperar a que venga alguien de la capital, seguramente entre mañana o pasado” (Dicho por el cabo Hernández “el Gato” pág. 20)
 
Pese a lo dicho por el cabo Hernández “el Gato”, en Costa Rica, el cadáver encontrado en las circunstancias que narra la novela, no podría ser levantado a no ser en presencia de un juez y en coordinación con agentes judiciales, el cuerpo sería trasladado en un auto oficial hasta la Medicatura forense para su autopsia y por ningún motivo podría ser velado la noche del día de su hallazgo y menos sepultado al día siguiente[2]. Por cierto, vale aclarar también que el grado de “cabo” no existe en ninguno de los cuerpos policiales del país desde la promulgación de la Ley General de Policía de 1994, en que el grado de “cabo” pasó a llamarse “inspector”, tampoco es cierto que el “cabo Hernández” sea “Guardia rural”, la “Policía de asistencia rural” dejó de existir desde el año 2000, igual que la “guardia civil”, para llamarse genéricamente “Fuerza pública”; recordemos que la novela transcurre en el año 2009 y estas imprecisiones le restan verosimilitud al relato, falsean la realidad, e indirectamente debilitan la credibilidad especulativa del relato ficcional histórico que hay de fondo.
 
Don Chepe, protagonista y narrador de la novela, es un ex agente del Instituto Nacional de Seguros (pág.14) quien hereda un terreno cerca del mar, a dos kilómetros de Paraíso (pág. 14) donde construyó una casita con sus ahorros (pág.14). Tiene un pasado como guerrillero durante la Revolución sandinista (pág.21). Lo que no queda muy claro es la actividad económica de don Chepe, que parece más bien un matón a sueldo y no un detective aficionado:
 
“Todo comenzó un día en el bar de doña Eulalia. Era domingo y yo me tomaba las cervezas de todos los días. Un finquero local, al que siempre le daba la borrachera vaquera, le había faltado el respeto a doña Eulalia y después se rehusaba a salir del lugar. Cuando el Gato llegó, al hombre le pareció una buena idea tratar de partirlo a machetazos. Yo lo había convencido de que soltara el machete después de quebrarle un par de costillas. Antes de trabajar para el INS, yo había pasado varios años en Nicaragua, luchando en la Revolución, donde había aprendido a hacerme entender. En Paraíso no caía de mal alguien con ese tipo de experiencia. A partir de ese día, terminé echando mano en varios casos: robos, drogas, asesinatos, ese tipo de cosas. Todo extraoficialmente, por supuesto. Después también me empezaron a buscar personas del pueblo y del área que necesitaban ayuda con algún asunto personal. Los trabajos no daban mucho, pero aunque se mataban el aburrimiento y ayudaban a pagar los pocos gastos que tenía”. (págs. 20-21)
 
Es difícil creer que un “finquero” ande armado con un machete, algo más propio del “peón”, a un finquero le va mejor un revolver (si estuviera armado). Si nos atenemos a la cantidad de whiskys y cervezas que se toma el protagonista y las mordidas que paga durante la investigación (págs. 55), y los gastos de reparación de su vehículo, y la compra de un localizador GPS, dudamos mucho de su austeridad. También son cuestionables su insomnio (pasa días sin dormir) y desde luego su sobriedad.
 
Al comenzar la investigación del crimen, el relato se pierde en sus propias contradicciones y en más de una ocasión termina negando lo que acaba de afirmar, veamos este ejemplo cuando don Chepe y el Gato van a la escena en que encontraron el cuerpo de la Argentina:
 
“La arena es el mejor cómplice, borra todo tipo de huellas y desaparece cualquier evidencia. En verdad no había mucho que ver” (pág.21)
 
Pero casi inmediatamente dice:
 
“Primero, notamos unas huellas de llanta entradas en la arena” (pág.21)
 
Luego:
 
“la marea estaba completamente baja, y había, en el lugar donde Faustino había encontrado el cadáver, dos hoyos en la arena, a la altura de las piernas, más profundos que el resto de la silueta del cuerpo. Para el Gato, eso significaba que la Argentina había sido puesta de rodillas y luego asesinada a quemarropa, con uno dos tiros en la cabeza” (pág.21)
 
¿No era que la arena lo borraba todo?[3]
 
Siguiendo con el problema de verosimilitud, el mismo día del entierro de la Argentina, aparece un abogado (Eduardo Gómez) quien se acerca a Don Chepe, para indicarle que la víctima lo ha incluido en su testamento (pág. 25) ese mismo día Don Chepe finiquita el asunto y recibe unos libros, una carta enmarcada, documentos y una llave (pág. 26) y va hasta la Cafetería de la Argentina donde se entrevista con doña Rosa, antigua empleada de esta y heredera de la cafetería cantina y alquiler de libros (¿Acaso no resulta inverosímil que en menos de un día hubiera crimen, velorio, entierro, y proceso sucesorio?) y entre pláticas surge la sospecha sobre un par de maleantes de la zona. Por ahí seguirá la investigación: con los papeles heredados, y el seguimiento de esos dos maleantes.
 
De los dos maleantes, basta decir que don Chepe y el Gato los acechan, los intimidan y vapulean,  no obtienen mucho de ellos, salvo quizá que a uno de ellos un misterioso hombre le había encargado vigilar las entradas y salidas de la Argentina a cambio de una recompensa que el maleante recoge en unas tales Cabinas Río Celeste (Cap. IV), a donde se dirige después don Chepe para indagar  (Cap. V). Esa misma noche recibe un sorpresivo ataque en la calle, despierta al día siguiente en el hospital de Santa Cruz, aparentemente fue agredido por los dos maleantes que antes él había vapuleado, quienes también se ensañaron contra su auto, destruyendo vidrios y llantas de este, mientras lo manda a reparar y mientras Don Chepe también se recupera, se demora unos días en Tamarindo y se dirige hacia Puerto Soley (Cap. VI)
 
Respecto de los documentos, se da un verdadero artificio narrativo, una especie de laberinto trazado por la víctima donde todo ocurre convenientemente de una manera siempre muy casual[4] que comienza con una carta encriptada y una llave (págs. 33-34), que llevará a don Chepe hasta un recibo oculto en un cuadro (pág.35) con que retirará una encomienda (pág. 36), donde encontrará otros documentos, que por su contenido inducen al improvisado detective a sospechar que su amiga había pertenecido a una agrupación guerrillera durante la dictadura militar en Argentina (págs. 36-40) le llama particularmente la atención una foto de una playa que no reconoce, más tarde muy casual y convenientemente cuando está con doña Rosa, la foto se le cae y la mujer inmediatamente la reconoce, es Puerto Soley, lugar que ella y la Argentina habían visitado antes y donde casualmente y muy convenientemente doña Rosa tiene una hermana, don Chepe quiere contactarla para averiguar si la Argentina le ha dejado algo, y sorpresa, así es, una pequeña maleta (pág. 60)[5]. Cuando finalmente recoge la maleta, encuentra en ella un recorte de periódico que hace referencia a un tal periodista sueco Peter Olsson, que había llegado al país para “testificar” sobre el atentado de la Penca en 1984, el periodista es un sobreviviente del atentado, y pretende aclarar muchas cosas sobre los hechos y confirmar la identidad del responsable. Junto con el recorte de periódico un papel con el nombre de un hotel y un número de teléfono (págs. 69-73) Ahora todo lo conduce hacia Liberia, al hotel la Estancia, pero no encuentra al periodista sueco ahí, sino muy casual y convenientemente en un bar, ahí se entrevistan, el periodista le cuenta que la Argentina lo había buscado quince días antes, también le cuenta a don Chepe su versión sobre el atentado de la Penca, su remordimiento y temor a que lo relacionen como colaborador del verdadero asesino (Cap. VII). Al día siguiente, don Chepe busca a la fiscal que tomó la declaración, la cual, casual y muy convenientemente es  Alejandra Leardo[6], una sobrina de una excompañera de trabajo de don Chepe cuya hermana él había ayudado en el pasado, por lo tanto la fiscal, muy colaboradora con don Chepe se toma la tarde libre para hablar en un lugar más “discreto” que resulta ser el bar de un hotel, la opinión de la fiscal sobre el testimonio de Olsson es sencillamente que no tiene la menor relevancia, ni aporta nada a la ya conocida identidad del perpetrador, un tal Gandini, guerrillero argentino, amante de la Argentina en su juventud, maestro del disfraz que nunca ha sido atrapado y que ya nadie sabe si vive o muere, y el único que puede explicar quién  y por qué se ordenó el atentado de La Penca (Cap. VIII) don Chepe sospecha que está vivo y que anda cerca y va alertar a Olsson. Por variar, el improvisado detective llega tarde, el periodista sueco aparece muerto de un disparo en su habitación[7], el aparente suicidio no despista a don Chepe, sabe que Gandini anda cerca, por pura intuición sospecha que las llaves que le heredó la Argentina le indicarán el paradero del guerrillero (Cap. IX). Pero antes, pasa por donde su amigo el Gato, que le cuenta oportuna, casual y convenientemente un caso resiente de unos matones que buscaba la policía, y cómo el último de los matones había sido recién aprendido pues había chocado con un turista cerca de la entrada a Tamarindo (don Chepe recuerda haber visto esos autos hacía dos horas) el Gato le cuenta que el turista a pesar de las lesiones parecía como si nada le hubiese pasado y fumaba, don Chepe lo interrumpe y pregunta por la marca del cigarrillo y el Gato le da a entender que era Camel[8] inmediatamente don Chepe lo relaciona con Gandini le muestra la foto y el Gato lo reconoce. A toda prisa salen juntos hasta el Hospital de Santa Cruz donde había sido llevado Gandini, ahí se entrevistan con la enfermera que lo había atendido[9], el tipo se había fugado del hospital antes de terminar con él, don Chepe y el Gato intentan buscarlo en Santa Cruz, van a la policía en busca de pistas[10], descubren que había estado en una farmacia, pero que ya se ido de la ciudad (Cap. X). Don Chepe decide averiguar qué es lo que abre la llave que le heredó la Argentina, sospecha que eso lo conducirá hasta Gandini. Regresa hasta la soda donde doña Rosa, y cuando piensa que no podrá descifrar el enigma de la llave, muy casual y convenientemente aparece Carmen la hija de doña Rosa quien le revela que esa llave es de un apartado de una empresa llamada Correos Mercurio a donde llega don Chepe y encuentra en el apartado[11] un sobre con cinco palabras, cuyo mensaje lo llevaría hasta la mansión de un narcotraficante apodado el Ángel, quien casual y convenientemente le debía un favor a la Argentina y ahora para honrarlo le facilitaría la información que don Chepe necesitaba para encontrar a Gandini (Cap. XI). Don Chepe recibe de uno de los testaferros del narcotraficante unas coordenadas y un GPS, luego él se compra otro GPS[12] y le deja a doña Rosa un sobre para el Gato y parte al encuentro del asesino de la Argentina (Cap XII). 
 
“Si la Argentina quería hacerme entender lo que la había llevado a su muerte, no me lo estaba haciendo nada fácil”. (pág. 40)
 
“Podría ser que la Argentina no tuvo tiempo de nombrar quién o qué la acechaba, puede ser que nunca lo supo con certeza, que lo único que pudo hacer fue tomar algunas precauciones, dejar algunas boronas de pan detrás de sus pasos” (pág. 41)
 
Tiempo fue lo que más tuvo la víctima y comprobaremos también que la Argentina con una clarividencia excepcional parecía saberlo todo de antemano, incluso, cada cosa que hereda a don Chepe fue elaboradamente dispuesto por ella para que este arme un elaborado rompecabezas que lo lleve sin equívocos hasta su asesino. Lástima que la Argentina no empleó mejor su tiempo en resguardarse y acudir a la persona correcta, el narcotraficante por ejemplo, bastaba que le pidiera no solo que encontrara Gandini, sino también que lo eliminara y listo. ¿Para qué tantas complicaciones?
 
“Por un instante, pensé en preguntarle por la Argentina, por Olsson, por el atentado en La Cruz años atrás, tal vez podría averiguar quién lo había enviado o por qué había vuelto. Pensé que quizás había una razón detrás de tanta muerte, una explicación que iba atar todos los cabos sueltos. Pero en esos ojos no había respuestas.” (Pág. 154)
 


Daniel Quirós
Efectivamente ese es el gran problema de esta malograda novela policiaca, deja demasiadas fisuras, error imperdonable en el género. ¿Qué motivo tiene Gandini para matar a la Argentina y a Peter Olsson? Realmente ninguno. Por más de dos décadas nadie sabe nada de él, no saben si vive o muere, el testimonio del periodista sueco no aporta nada a lo que ya se sabe, nadie lo persigue, Gandini podría darse el lujo de morir de viejo sin la menor preocupación. ¿Por qué se toma la molestia? ¿De dónde saca los medios, cómo se financia para irse a matar a Guanacaste? ¿Tiene alguna relevancia saber hoy si fue la CIA o el FSLN quienes ordenaron el atentado en contra del mercenario Pastora? En todo caso, responsables o no, ambos tienen suficiente sangre en las manos para considerarse inocentes de algo. Lo lamentable, es que la novela no se aventura a especular y responder las propias interrogantes que se plantea.
 
Germán Hernández


NOTAS


[1] Usualmente se emplea la expresión “novela histórica” la cual me parece, llama a equívocos, y podría pensarse que por ser “histórica” es también “verdad”. Pero en todo caso, novela, y por lo tanto “ficción”. Yo prefiero llamarla así, “ficción histórica” porque sin importar el pretexto o la referencia a unos hechos históricamente verificables, toda novela es siempre “ficción”. El rigor histórico no es un requisito imponderable para la novela histórica.
[2] El autor insiste en justificar esta anomalía y la supuesta apatía de las autoridades judiciales para investigarlo en la página 42.
[3] Otros ejemplos de lo anterior de esa manía de negar lo que acaba de afirmar son estos:
 
“Había estacionado frente al cuarto número seis, y al abrir la puerta del carro, por alguna razón miré hacia el suelo de cemento, donde la luz de los fluorescentes que alumbraban el área recayó sobre una colilla de cigarrillo descartada. El cigarrillo había sido extinguido a medio fumar y aún era distinguible la marca. No le hubiera dado la menor importancia, sino fuera porque era un Camel, una marca que no se vende en el país. Aún se podía verla silueta del camello sobre la colilla amarillenta. Pero la verdad que con tanto turista no era demasiado extraño.” (pág. 57)
 
“Al principio pensé que podríamos dar con Gandini porque teníamos la ventaja de saber quién era y qué hacía en el país, mientras que él no sabía que alguien lo estaba persiguiendo. Yo pensaba que a lo mejor Gandini no se preocuparía mucho, que alquilaría un carro, que se alojaría en algún hotel, hasta tal vez aún bajo el nombre de Van der Roy. Pero eso era no saber con quién estaba lidiando. Un profesional no comete ese tipo de errores. Da por seguro que alguien siempre lo está buscando.” (pág. 124)
 
“Otra razón por la que pensaba que Gandini se dirigía a un lugar ya establecido, era por lo que traía consigo en el carro cuando lo del accidente. Solo llevaba una mochila pequeña, la que había descrito Mónica, la enfermera. El Gato también verificó eso, dijo que en el carro del supuesto holandés no se había encontrado nada más que la mochila, que por cierto la policía nunca inspeccionó (Pág. 127) ¿Pero si la mochila se encontró en el carro, cómo es posible que la llevara Gandini en el Hospital? ¿Y para qué habría la policía de inspeccionar la mochila de una víctima de un accidente de tránsito? En todo caso el Gato también era policía. ¿O no?
 
El subrayado es mío.
[4] Al respecto, y como bien afirma Juan Murillo sobre esta novela: La trama avanza siempre gracias a la coincidencia y no a la lógica causal. Las pistas y los actores del misterio se presentan como por arte de magia cuando se necesitan, lo cual quizá haya sido permisible en Crimen y castigo, de Dostoievski, pero se considera un defecto de forma en el género de novela negra actual. La novela negra, orientada como está hacia la ambientación y el estudio psicológico del protagonista, víctima o criminal, sigue siendo una relato de misterio que debe cumplir con el requerimiento de verosimilitud. Si las pistas y descubrimientos parecen sembrados por el autor, mucho se ha perdido”.
[5] ¿Cómo es posible que la víctima previera que de algún modo esa foto, conectaría a don Chepe con la hermana de doña Rosa y esa maleta?
[6] A estas alturas el relato ya perdió cualquier sentido y coherencia. Si esta joven fiscal tiene tanta identificación con don Chepe, ¿Por qué no aprovechó para pedirle a ella que ordenara una investigación sobre lo ocurrido a su amiga la Argentina que es en el fondo lo que investiga?
[7] Resulta de lo más cómico enterarse de que al momento en que don Chepe llega al Hotel la Estancia en busca de Peter Olsson descubre: “El hombre del cuarto número nueve se pegó un tiro en la madrugada. Después de eso nadie quiso quedarse. La policía estuvo aquí toda la mañana. Juntaron el cadáver, limpiaron el cuarto y después se fueron. Me dijeron que se podía alquilar la habitación después de mañana, que dejara que se ventaran un poco los químicos con los que habían limpiado” (Pág. 108) ¡Resulta que la policía tan apática con el homicidio de la Argentina, ahora es tremendamente diligente en recoger los cadáveres y hasta de prestar servicio de limpieza!
[8] Las casualidades rayan lo absurdo, ahora el Gato vio hasta el paquete de cigarrillos del tipo. Recuérdese que antes el mismo narrador había dicho que eso no tenía nada de extraño con tanto turista (pág. 57) Resulta que ese detalle le basta ahora para relacionarlo con Gandini, ¿Cómo es posible relacionar una chinga de cigarro tirada en un hotel con Gandini?
[9] Es curioso cómo se enfatiza sobre la constitución física de Gandini en el episodio del choque y del hospital, su resistencia al dolor; teniendo en cuenta cómo había sobrevivido al atentado que él mismo perpetró, tal parece un “Terminator” hasta fumaba inmutable -¡Dentro del hospital mientras lo atendían!- (pág.124). 
[10] Es curioso que se dirigieran a la “Comisaría” (Ya no existen con ese nombre) de Santa Cruz en busca de indicios como si fuera una oficina de información, y que los ignoraran incluso siendo el Gato policía también y que luego en el capítulo XI don Chepe se niega a contactar la policía pues teme que eso haga escapara a Gandini. ¡Cuando precisamente vienen de la policía! Y a pesar de todo, El Gato va a la “Comisaría” para hablar con gente de su confianza. ¡Pongámonos de acuerdo por favor!
[11] No entendemos por qué el autor se enreda en sus mismos mecates. En Costa Rica siempre ha existido un eficiente sistema de correos y apartados postales, no hay la menor novedad en esa empresa de Correos Mercurio, la cual debe operar ilegalmente, pues esos servicios son monopolio estatal. Más preocupantes son las excusas con que don Chepe logra convencer a los funcionarios del Correo Mercurio para que le den el número del apartado, una empresa de este tipo exigiría por lo menos una autorización escrita del dueño del apartado para entregar alguna correspondencia a un tercero, pero ¿Darle el número de apartado? Eso es algo que no imagino.
[12] Muy extraño que teniendo un GPS se compre otro. ¿Sería para dejarle uno al Gato para que lo encontrara? Tal vez, pero no se dice ni queda claro.