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2/10/14

Georges Simenon – Maigret y las buenas personas

Maigret recién ha regresado de unas vacaciones de tres semanas cuando lo despierta una llamada a las dos de la madrugada, es un colega suyo que lo alerta de un crimen  en un apartamento de Montparnasse, se trata de la familia Josselyn “el tipo de gente entre los cuales nunca se espera que pase una cosa así” La víctima es el señor René Josselyn quien ha muerto de dos disparos en su sillón, su mujer y su hija quienes estaban esa noche en el teatro lo han encontrado al llegar a casa. Antes, la víctima había estado jugando ajedrez con su yerno en esa misma sala “No ha habido robo ni fractura… los Josselyn no tenían enemigos… son buenas personas, que llevan una vida sin historia…”. 
 
Cuando Maigret llega al apartamento se pone al tanto y se entrevista con la hija de la víctima, luego con su yerno, la señora Josselyn está sedada y es incapaz de ayudar en ese momento, el cadáver es recogido, la investigación está en marcha, el revólver de la víctima ha desaparecido y todo apunta a que ha sido asesinado con esta, cuando Maigrét sale platica con el médico de la familia, no saca mucho “Son buenas personas. No tardé mucho tiempo en hacerme amigo de ellos” y del yerno de la víctima que también es médico “Es un hombre absolutamente entregado a la medicina y a sus enfermos, una especie de santo laico”, de la víctima descubre que padecía del corazón, que para cuidarse había vendido su pujante negocio de cartonería a sus empleados y que ahora se dedicaba a pasear por los jardines, a la lectura apasionada y al ajedrez. Maigret regresa a casa con un malestar, le produce un gran desasosiego tener que sospechar del doctor Fabre, el yerno de la víctima, tendrá que reconstruirlo paso a paso cada evento, descartado el robo, desaparecida el arma del Señor Josselyn con la que seguramente había sido asesinado, y estando la puerta cerrada cuando lo encontraron, sin duda el homicida era alguien conocido y en quien confiaba.
 
Maigret decide comenzar investigando en torno a René Josselyn, se dirige a su antigua cartonería y a ahí se entrevista con Juoane, uno de sus ex empleados a quienes les vendió el negocio y que al recibir la noticia de la muerte de su ex patrón reacciona sorprendido: 
 
“-¿Pero quién podía tener interés…? Escuche, señor comisario… Usted no lo conocía. Era la mejor persona del mundo… Para mí, un verdadero padre, más aún… Cuando entré aquí tenía dieciséis años y no sabía nada… Mi padre acababa de morir… Mi madre era asistenta… Empecé como mozo de recados, con un triciclo… Fue el señor Josselyn quien me lo enseñó todo… y quien, más tarde, me nombró jefe de servicio…”
-¿Tenía enemigos?
-¡Ninguno! Se hacía querer de todo el mundo. Dé una vuelta por las oficinas y pregunte a los empleados lo que piensan de él…
¡También él era una buena persona! ¿Es que Maigret, en ese asunto, no iba a encontrar más que buenas personas? El comisario estaba casi irritado”.
 
Más tarde en el apartamento de los Josselyn, Maigret se entrevista con la viuda, esta había pasado toda la noche fuertemente sedada, sorprendido por su aplomo, Maigret solo confirma lo que ya sabe en un penoso interrogatorio que dispara hacia la nada. Mientras tanto sus colaboradores han confirmado la coartada del yerno y le comunican los primeros resultados de la autopsia y las indagaciones con los vecinos del edificio.
 
Por fin, surge una pista, algo a lo que Maigret había perdido el hilo al principio, aparentemente entró al edificio un sujeto después de la partida del yerno anunciándose falsamente con el nombre de otro inquilino.
 
“¿Quién podía tener  una razón para matar a aquella buena persona?
Un poco más y el comisario empezaría a detestar a las buenas personas”.
 
Georges Simenon
Y es que en este bello capítulo de la saga creada por Simenon, los personajes son todos tan buenos que realmente cansan y agobian, no aportan nada al caso, el comisario habrá de hacer un gran esfuerzo para lograr penetrar esas fachadas de gente común, de bien y sin historia para resolver el crimen, habrá que esforzarse a fondo hasta encontrar la fisura, la grieta que finalmente saque afuera el secreto de la familia Josselyn. 
 
Maigret y las buenas personas fue escrita en 1962, y publicada con el título original en francés de Maigret et les bonnes gens, y es un hábil retrato de las familias pequeño burguesas de París.
 
“En París es raro que los vecinos se conozcan, excepto en los barrios populares. Todo el mundo vive su vida sin saber a quién tiene enfrente.” (¿Alguna asociación con nuestra vida urbana y pequeño burguesa de hoy?)
 
Y como es de esperar también, Maigret y las buenas personas es una demostración más del genio del autor para extraer excepcionales singularidades de entre la multitud y la generalidad.
Germán Hernández
 
 
 

31/1/14

Una confidencia de Maigret – Georges Simenon

Publicada originalmente con el título “Une confidence de Maigret” en 1959, este episodio de la saga del comisario, resulta en la mutua confidencia que se hacen el comisario y su amigo el Doctor Pardon.  Cada quincena, una vez en la casa de los Maigret y a la siguiente en la de los Pardon, se reúnen ambos matrimonios para compartir sus veladas delante la cena. Estos encuentros se repiten por años, Pardon es personaje recurrente de infinidad de novelas de la serie, y se podría decir que el mejor amigo del comisario “Sentía un gran afecto por Pardon. Le consideraba un hombre, en la plena acepción que daba él a esta palabra”.  

Es durante una de esas cenas en casa de los Pardon que comienza nuestra historia, los personajes están a punto de saborear el postre, un pastel de arroz, cuando una llamada los interrumpe, es para el doctor y este la atiende. Más tarde, terminada la cena, los dos hombres se acompañan en silencio hasta que Pardon exclama “¡Una noche más en la que desearía haber elegido otro oficio!” luego, explica la situación de la llamada que ha recibido, uno de sus pacientes está prácticamente desahuciado, y pese a todo se niega a ir al hospital, Pardon se siente frustrado, sus recursos y voluntad no dan para más respecto de su paciente agonizante y su mujer embarazada del sexto hijo.  

Maigret, cuidadosamente, como queriendo ponerse en el lugar del otro, hace su propia confidencia “el caso no es completamente idéntico, sin duda… También yo he deseado algunas veces haber elegido otro oficio…”  “el simple hecho de considerar a un hombre sospechoso, de citarle en la Dirección de Seguridad, de interrogar sobre él a su familia, a sus amigos, a su portera y a sus vecinos es capaz de hacer variar el resto de su vida…  Tal individuo que tiene uno delante y que parece normal ¿ha sido capaz de matar? No se trata de decidir si es o no culpable, lo admito. Esto no es de la incumbencia de P. J. No por eso dejamos de estar obligados a preguntarnos si es posible que… ¡Y es juzgar, a pesar de todo! Eso me horroriza… de haber pensado en ello cuando ingresé en la policía, no estoy seguro de que…”  

George Simenon
Estas reflexiones del comisario, darán lugar al relato sobre el caso de Adrian Josset, el farmacéutico, cuya mujer aparece degollada en su casa, todas las sospechas caen sobre él, todas las circunstancias y motivaciones lo señalan, todos piensan que se casó por conveniencia, para ascender socialmente, por el dinero de su esposa, todo se agrava, tiene una amante, estuvo en la escena del crimen, por un momento intenta huir, pero comprende que es inútil, denuncia el homicidio y se entrega resignado, jura por su inocencia, Maigret que no lo juzga, finalmente tiene que entregarlo a la fiscalía, Josset es juzgado, y condenado, pero a Maigret lo persigue la duda, la cual solamente se aclarará parcialmente tiempo después, gracias a una carta y los rumores de un proxeneta, pero todo nuevo indicio carece de fundamento, quizás sí, quizás no, el caso Josset era ya cosa juzgada.  

La trama del “inocente condenado” está magistralmente llevada a cabo en esta novela, la distancia emocional del policía sobre su presa como requisito metódico entra en crisis y con esto, George Simenon nos brinda uno de los testimonios más intensos sobre la humanidad del comisario.    

Germán Hernández


4/12/13

Maigret se divierte - Georges Simenon



En ocasiones, las aventuras del comisario Jules Maigret cambian de escenarios y perspectivas; sin duda algo necesario para mantener la vitalidad y variedad de las ochenta y pico de novelas que componen la saga. 

“En Maigret se divierte”, publicada originalmente con el título en francés “Maigret s’amuse” en 1956, el comisario se ve forzado a tomar unas vacaciones, su salud ya no es la de antes. Los preparativos para viajar con la señora Maigret naufragan y la pareja finalmente decide quedarse  en Paris en su apartamento en el Bulevard Richar Lenoir, pero eso sí, dando largas caminatas, comiendo fuera de casa, asistiendo a las funciones de cine o visitando a sus viejos amigos los Pardon, pero ante todo, alejándose estrictamente de su trabajo en la Policía Judicial.

Precisamente durante las vacaciones del comisario es encontrado  en el despacho de un importante médico, el doctor Jave,  mientras se encuentra ausente el cuerpo asesinado de su esposa. El caso tiene morbo y revuelo en los medios, el comisario Maigret con suma discreción lo sigue en las notas de los periódicos, con ansiedad se pregunta cómo se las estarán arreglando sus inspectores para resolver el asunto, en el que las sospechas se debaten entre el doctor Jave y el joven doctor Négrel que lo asiste. Pero la ansiedad pasa pronto, Maigret descubre una nueva perspectiva, una zona de confort que lo regocija, y es que comparte ahora la posición de los lectores, de la gente de la calle, del resto de ciudadanos, lo que sabe, lo que descubre, lo que conjetura no es más que las sobras de información que ofrece la prensa, las opiniones limitadas y subjetivas de los transeúntes y lectores. Maigret se divierte, se deja llevar y disfruta descubriendo cómo es el “mundo sin él” de seguir como cualquier otro  el caso, todo ello a pesar de los temores de la Señora Maigret que a cada momento teme verlo tomar su sombrero y su pipa y salir corriendo hasta su oficina en el Quai des Orfèvres.
Georges Simenon

Pero no ocurrirá, un par de notas anónimas (enviadas por algún ciudadano) alertarán a los inspectores de la P.J., la aparición de la prometida del doctor Négrel en el clímax de la novela despejará las sospechas del comisario, y en un memorable encuentro con ella en un bar, estos dos desconocidos tendrán un coloquio casual y exquisito, contemplando desde su lugar la luz encendida de la oficina del comisario mientras transcurren las entrevistas que resolverán el caso.

“Maigret se divierte”, es un magnífico ejemplo de la versatilidad de Simenon para adaptar al mayor de sus personajes el Comisario Jules Maigret, ante situaciones, escenarios y perspectivas que lo enriquecen, lo humanizan y lo hacen más rico y complejo, algo que sus lectores agradecemos y disfrutamos intensamente.

Germán Hernández



23/10/13

Maigret y el hombre del banco – George Simenon




 “Aún no es un hecho suficientemente aceptado que Simenon fue uno de los grandes escritores del siglo XX. Esta evidencia queda eclipsada (como sucedió alguna vez con Stefan Zweig o con otros autores muy leídos en su tiempo) por su abundante producción, así como por la extraordinaria popularidad de la que gozó en su día. El hecho de que Simenon escribiera una serie de novelas policíacas (los llamados “Casos de Maigret”) ha hecho que, para el lector poco advertido, no sean consideradas más que una lectura de distracción, meras novelas de género, equiparables a las de cualquiera de los escritores también de género que le fueron contemporáneos. El error de este juicio se hace evidente en el mismo momento en que el lector sin prejuicios empieza a leer cualquier obra del escritor belga: se asombrará al verse arrastrado con mano firme por un narrador poderoso. Quien se acerque a Simenon no podrá dejar de sentir la extraordinaria fascinación con que, en unos ambientes obsesivos y quién sabe si amorales, es capaz de acercarnos a lo más profundo del ser humano. Sin juicios, sin más lentes que las de aumento, Simenon nos ofrece un panorama diseccionado de la naturaleza humana como pocos han sabido retratar. Por fortuna, su extraordinaria calidad empieza a ser reconocida: popularidad y calidad no son dos conceptos irreconciliables”. 

Jaume Vallcorba 


Maigret y el hombre del banco, fue publicada en 1953 con el título en francés “Maigret et l’homme du banc”.

El cadáver de un hombre ha aparecido en un callejón; la investigación revela que la víctima es un tal Louis Thouret, que el negocio donde laboraba había cerrado hacía tres años, y en ese tiempo, había fingido ante su familia que todo transcurría con normalidad, cada día fingía salir a su trabajo y regresaba como siempre, el ingreso familiar no había faltado. ¿Cómo lo hizo? ¿Qué hacía entonces? El Comisario Maigret, va descubriendo la vida secreta de este hombre insignificante, una pista lo alerta sobre su doble vida: un par de zapatos amarillos que portaba al momento de su asesinato, lo cual desconcierta a su viuda, quien no puede explicar aquella extravagancia en su marido; el comisario descubre que Thouret tiene una amante, que en asociación con un extraño pillo llamado el “Acróbata” roban tiendas y almacenes, que su hija y su futuro yerno lo extorsionaban para no delatarlo, hasta llegar finalmente a la resolución de la infortunada suerte de este ensimismado hombre.

Desfilan en esta novela personajes siempre singulares, pero ante todo sus relaciones, la de Thouret con su mujer, dominada por ella, siempre controladora e insatisfecha con él; lo que explica el horror de su marido a poner en claro las cosas, y hasta aceptar los chantajes de su propia hija  y en paralelo, la relación de su hija y su yerno, en otra relación igualmente desigual en que ella controla a su pusilánime novio.

Georges Simenon
Sobre estas relaciones ha comentado  Enrique Bienzobas Castaño, “El joven Georges Simenon vivió un entorno semejante. Su madre Henriette machacaba al marido criticándole una y otra vez su falta de iniciativa, le reprochaba constantemente el que llevara más tiempo trabajando en la compañía de seguros y ganara menos que otros más jóvenes. No nos extrañe, pues, que Simenon cree personajes que sufran las mismas injusticias” La salida a estas no parece ser otra para el pobre Thouret que transgredir secretamente el orden de las cosas, no tiene el suficiente valor para romper con todo lo que lo oprime, pero al menos sí el ingenio de desdoblarse, de habitar las bancas de las plazas con su par de zapatos amarillos y su corbata roja, que se pone al salir de su casa y se vuelve a quitar al final del día antes de regresar; y encuentra los medios para sustentar económicamente su precaria y frágil libertad. En este sentido, también dice Bienzobas “Una corbata roja y unos zapatos amarillos son los símbolos de la libertad en el pobre Thouret”

El hombre del banco, es otro episodio más en la majestuosa saga del Comisario Maigret donde la miseria de unos personajes, Thouret y su yerno, o la falta de escrúpulos y la tiranía de su mujer y su hija, desatan un pequeño infierno doméstico, o bien, como otros han señalado: una constatación de la persistente misoginia del autor, en que sus personajes femeninos encarnan las peores virtudes; como sea, estamos ante otra novela imponente del autor belga.

Germán Hernández


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19/8/13

Maigret y el ladrón perezoso – Georges Simenon



En la revista MD en español de Octubre de 1965, el artículo “Novelista portentoso” dedicado a George Simenon que en ese entonces tenía sesenta y dos años se cita lo siguiente sobre su manera de escribir:

“Simenon empieza a trabajar a las 6:30 de la mañana. Fumando en pipa incesantemente y tomando café, escribe a máquina con rapidez tachando muy pocas palabras; tres horas más tarde ha terminado el primer capítulo. El resto del día vaga por los alrededores sumido en profunda concentración, sin hablar con nadie. A la siguiente mañana escribe el segundo capítulo; unos diez días más y 200 páginas: el libro está terminado. [….] Después de que el manuscrito ha reposado durante una semana, el autor lo revisa suprimiéndole esencialmente adjetivos y frases que sólo producen efecto literario; luego saca una copia fotostática del manuscrito y la envía a los editores. [….] Últimamente escribe tan sólo seis libros al año; dos “maigrets” (“para ejercitar los dedos”), dos “semi-serios” y dos “serios”.


“Maigret y el ladrón perezoso”, fue originalmente publicada con el título en francés “Maigret et le voleur paresseux” en 1961.

En el Bois de Boulogne han encontrado un cadáver, el inspector Fumel llama a Maigret para que le apoye, el comisario acude al lugar y ha reconocido a la víctima.

Pero por esos días, en el Juzgado y el Ministerio del Interior y todos los nuevos legisladores, han venido cambiando las reglas, estableciendo nuevas normas y protocolos “Para aquéllos, la policía constituía un engranaje inferior, un poco vergonzoso, de la Justicia con mayúscula. Había que desconfiar de ella, vigilarla, emplearla en un cometido subalterno” (Cap. 1). Por lo que no más llegando un magistrado y un juez a la escena del crimen, sin más indican: “No creo, señor comisario que sea asunto para usted. Debe usted tener importantes cosas entre manos. Por cierto, ¿por dónde andan ustedes respecto al atraco de la sucursal de correos del distrito XIII?” (Cap. 1) y dándose cuenta de que el crimen aparenta ser un ajuste de cuentas entre bandidos concluyen: “es un hecho banal, un crimen crapuloso y, le aseguro, si los malos tipos empiezan a matarse entre sí, mejor para todo el mundo. ¿Me comprende?” (Cap.1)

En efecto, la víctima es un discreto desvalijador de pisos, no de los que esperan a que los dueños se ausenten por algún motivo, al contrario, los prefiere cuando están ocupados, su nombre Honoré Coundet. Así que a contrapelo, y con otro caso a cuestas, Maigret inicia disimuladamente la investigación de la muerte del viejo ladrón a quien ha llegado a considerar a lo largo de los años una especie de amigo. Con la maestría de siempre para crear complejos personajes que tiene Simenon, vamos conociendo el mundo de Coundet, sus antecedentes, su juventud y hosquedad con el mundo, su pasión por la lectura y sus métodos de trabajo; también conoceremos a su madre, sumida en el ostracismo, pero confiada en que su hijo muerto no la dejará desamparada. Y llegando al climax de la novela a una inesperada compañera.

Georges Simenon
Mientras tanto, la banda de asaltantes de cajeros continúa haciendo de las suyas, a Maigret lo presionan, su única pista sobre el homicidio de Coundet son unos extraños pelos de gato salvaje encontrados en su ropa.

Como es usual en las novelas de Simenon, la resolución del caso será secundaria, una cosa lleva a la otra, y con un poco de paciencia los responsables caerán. Lo que no deja de ser fascinante en esta novela es la empatía y casi deuda que el comisario Maigret siente con uno de sus adversarios. La vida secreta de Coundet, la solidez y singularidad de este ensimismado pillo lo convierten  seguramente uno de esos irrepetibles personajes que igual que el comisario sentimos cercano a nosotros y fascinante en su vulgaridad.

He aquí un ejemplo de cómo la construcción de un personaje exquisito, puede ser más real y sólida que cualquiera de nosotros, pese a estar muerto desde las primeras páginas.

Germán Hernández. 


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7/5/12

Georges Simenon - El hombre en la calle

1000 Cuentos
Jean Gabin interpretando al Comisario Maigret


El hombre en la calle


Los cuatro hombres iban apretujados dentro del taxi. En París helaba. A las siete y media de la mañana la ciudad estaba lívida, el viento hacía correr a ras de suelo un polvillo de hielo.

El más delgado de los cuatro, en un asiento abatible, tenía un cigarrillo pegado al labio inferior e iba esposado. El más importante, de mandíbula fuerte, envuelto en un recio abrigo y con un sombrero hongo en la cabeza, fumaba en pipa viendo desfilar ante sus ojos la verja del Bois de Boulogne.

-¿Le hago el número de la pataleta? -propuso amablemente P’tit Louis, el hombre de las esposas-. ¿Con contorsiones, espumarajos, insultos y todo eso?

Maigret gruñó, quitándole el cigarrillo de los labios y abriendo la portezuela, porque ya habían llegado a la Porte de Bagatelle:

-No quieras pasarte de listo.

Los caminos del Bois estaban desiertos, blancos y duros como el mármol. Unas diez personas pateaban la nieve para combatir el frío al lado de un sendero para jinetes, y un fotógrafo quiso retratar al grupo que se acercaba. Pero P’tit Louis, tal como le habían recomendado, levantó los brazos para taparse la cara.

Maigret, con aire malhumorado, giraba la cabeza como un oso, observándolo todo: los edificios nuevos del Boulevard Richard-Wallace, todavía con los postigos cerrados, unos obreros en bicicleta que venían de Puteaux, un tranvía iluminado, dos porteras que caminaban con las manos violáceas de frío.

-¿Todo a punto? -preguntó.

La víspera, había permitido a los periódicos que publicaran la información siguiente:

«EL CRIMEN DE BAGATELLE

    »En esta ocasión la policía no ha tardado mucho en aclarar un asunto que parecía ofrecer dificultades insuperables. Como es sabido, el lunes por la mañana un guarda del Bois de Boulogne descubrió en uno de los senderos, a unos cien metros de la Porte de Bagatelle, el cadáver de un hombre que pudo ser identificado inmediatamente.

    »Se trata de Ernest Borms, médico vienés muy conocido que vivía en Neuilly desde hacía varios años. Borms vestía esmoquin. Alguien debió de atacarle en la noche del domingo al lunes cuando volvía a su piso, en el Boulevard Richard-Wallace.

    »Una bala disparada a quemarropa con un revólver de pequeño calibre lo alcanzó en el corazón.

    »Borms, que aún era joven, de buena apariencia, muy elegante, llevaba una intensa vida social.

    »Apenas cuarenta y ocho horas después de este crimen, la Policía Judicial acaba de proceder a una detención. Mañana por la mañana, entre las siete y las ocho, se procederá a la reconstrucción del crimen en el lugar de los hechos».



Posteriormente, en el Quai des Orfèvres se habló de este asunto, y se comentaba que en él Maigret había utilizado tal vez el más característico de sus procedimientos; pero cuando lo mencionaban en su presencia, reaccionaba de un modo extraño, volviendo la cabeza y emitiendo un gruñido.

¡Vamos allá! Todo el mundo estaba en su sitio. Muy pocos mirones, tal como había previsto. Por algo había elegido aquella hora matinal. Y además, entre las diez o quince personas que daban patadas en el suelo podía reconocerse a varios inspectores que adoptaban un aire lo más inocente posible, y uno de ellos, Torrence, a quien le encantaba disfrazarse, se había vestido de repartidor de leche, lo cual hizo que su jefe se encogiera de hombros.

¡Con tal de que P’tit Louis no exagerara! Era un «cliente» suyo, un delincuente muy conocido, a quien habían detenido el día anterior mientras practicaba su oficio de carterista en el metro.

«Mañana por la mañana nos echarás una mano, y ya procuraremos que esta vez no salgas muy mal librado...»

Lo habían sacado de la prisión.

-¡Adelante! -gruñó Maigret-. Cuando oíste pasos estabas escondido en este rincón, ¿verdad?

-Fue exactamente así, señor comisario. Yo tenía hambre, ¿me comprende? Y no me quedaba ni un céntimo. Entonces me dije que un tipo que volvía a su casa de esmoquin, seguro que llevaba la cartera repleta... «¡La bolsa o la vida!», le dije acercándome a él. Y le juro que no fue culpa mía si se me disparó. Supongo que fue el frío lo que hizo que el dedo apretara el gatillo...



Las once de la mañana. Maigret recorría su despacho del Quai des Orfèvres a grandes zancadas, fumaba una pipa tras otra, no cesaba de atender al teléfono.

-¡Oiga! ¿Es usted, jefe? Soy Lucas. He seguido al viejo que parecía interesarse por la reconstrucción. Una pista falsa: es un maniático que todas las mañanas da un paseíto por el Bois.

-De acuerdo, puedes volver.

Once y cuarto.

-Oiga, ¿es el jefe? Soy Torrence. He seguido al joven que usted me indicó mirándome de reojo. Participa en todos los concursos de detectives. Trabaja de dependiente en una tienda de los Campos Elíseos. ¿Puedo regresar?

Hasta las doce menos cinco no recibió una llamada de Janvier.

-Tengo que ser breve, jefe, no sea que el pájaro eche a volar. Lo vigilo por el espejito incrustado en la puerta de la cabina. Estoy en el bar del Nain Jaune, en el Boulevard Rochechouart... Sí, me ha visto. No tiene la conciencia tranquila. Al cruzar el Sena ha tirado algo al río. Además, ha intentado despistarme diez veces. ¿Lo espero aquí?

Así empezó una cacería que iba a prolongarse durante cinco días y cinco noches, por entre transeúntes apresurados, en un París indiferente, de bar en bar, de taberna en taberna; por un lado un hombre solo, por otro Maigret y sus inspectores, que se turnaban en la persecución y que, a fin de cuentas, acabaron tan exhaustos como su perseguido.

Maigret bajó del taxi delante del Nain Jaune, a la hora del aperitivo, y encontró a Janvier acodado en el mostrador. No se tomó la molestia de adoptar un aire inocente. ¡Al contrario!

-¿Quién es?

Con la barbilla, el inspector le indicó un hombre sentado en un rincón, delante de un velador. El hombre los miraba con sus pupilas claras, de un azul grisáceo, que daban a su fisonomía el aspecto de ser extranjero. ¿Nórdico? ¿Eslavo? Más bien eslavo. Llevaba un abrigo gris, un traje de buenas hechuras, un sombrero flexible.

Debía de tener unos treinta y cinco años. Estaba pálido, recién afeitado.

-¿Qué quiere tomar, jefe? ¿Un Picon caliente?

-De acuerdo, un Picon caliente. ¿Qué bebe él?

-Aguardiente. Se ha tomado cinco esta mañana. Y no le extrañe si me trabuco un poco al hablar: siguiéndolo he tenido que entrar en todas las tabernas. Tiene mucho aguante, ¿sabe usted?... Además, fíjese, lleva toda la mañana así. Éste no se da por vencido fácilmente.

Era verdad. Y parecía raro. Aquello no podía llamarse arrogancia ni desafío. El hombre sencillamente los miraba. Si estaba inquieto, no dejaba que nada trasluciese. Su rostro expresaba más bien tristeza, pero una tristeza tranquila, meditabunda.

-En Bagatelle, cuando se dio cuenta de que usted no lo perdía de vista, se fue en seguida, y yo tras él. Aún no había andado cien metros cuando ya había girado la cabeza. Entonces, en vez de salir del Bois, como parecía su intención, echó a andar a grandes zancadas por el primer sendero que encontró. Volvió la cabeza otra vez. Me reconoció. Se sentó en un banco a pesar del frío, y yo me paré a mi vez. Varias veces tuve la impresión de que quería dirigirme la palabra, pero acabó por alejarse encogiéndose de hombros.

»En la Porte Dauphine estuve a punto de perderlo, porque tomó un taxi, pero tuve la suerte de encontrar otro casi al momento. Bajó en la Place de l’Opéra, y se metió precipitadamente en el metro. Yo iba siguiéndolo, cambiamos cinco veces de línea, hasta que empezó a comprender que de esta manera no podría despistarme.

»Volvimos a subir a la superficie. Estábamos en la Place Clichy. Desde entonces no hemos dejado de ir de bar en bar. Yo esperaba que entrara en un buen lugar, con una cabina telefónica desde donde pudiera vigilarlo. Cuando me ha visto telefonear, ha hecho una mueca irónica y triste. Luego, yo hubiese jurado que lo estaba esperando a usted.

-Telefonea a «casa». Que Lucas y Torrence se preparen para venir corriendo al primer aviso. Y que venga también un fotógrafo de Identidad Judicial, con una cámara muy pequeña.

-¡Camarero! -llamó el desconocido-. ¿Qué le debo?

-Tres cincuenta.

-Apostaría a que es polaco -murmuró Maigret a Janvier-. En marcha.

No fueron muy lejos. En la Place Blanche el hombre entró en un pequeño restaurante; ellos lo siguieron y se sentaron a una mesa que estaba junto a la suya. Era un restaurante italiano, y comieron pasta.

A las tres, Lucas fue a relevar a Janvier, cuando éste se hallaba con Maigret en una cervecería frente a la Gare du Nord.

-¿Y el fotógrafo? -preguntó Maigret.

-Espera en la calle para sorprenderlo cuando salga.

Y, en efecto, cuando el polaco salió, después de haber leído los periódicos, un inspector se acercó rápidamente a él. A menos de un metro le hizo una foto. El hombre se llevó en seguida la mano a la cara, pero ya era demasiado tarde, y entonces, demostrando que comprendía, dirigió a Maigret una mirada de reproche.

-Amigo mío -monologaba el comisario-, tienes muy buenas razones para no llevamos a tu domicilio. Pero si tú tienes paciencia, yo tengo tanta como tú...

Al oscurecer, había copos de nieve revoloteando por las calles, mientras el desconocido andaba, con las manos en los bolsillos, esperando la hora de acostarse.

-¿Lo relevo durante la noche, jefe? -propuso Lucas.

-No. Prefiero que te ocupes de la fotografía. En primer lugar, consulta el fichero. Luego investiga en los ambientes extranjeros. Ese tipo conoce París. Seguro que hace tiempo que vive aquí. Alguien ha de conocerlo.

-¿Y si publicásemos su foto en los periódicos?

Maigret miró a su subordinado con desdén. ¿O sea que Lucas, que trabajaba con él desde hacía tantos años, aún no comprendía? ¿Acaso la policía tenía un solo indicio? ¡Nada! ¡Ni un testimonio! Matan a un hombre de noche en el Bois de Boulogne. No se encuentra el arma. Ni una huella. El doctor Borms vive solo, y su único sirviente ignora adónde fue la víspera.

-¡Haz lo que te digo! Largo...

A las doce de la noche por fin el hombre se decidió a cruzar el umbral de un hotel. Maigret le seguía los pasos. Era un hotel de segunda o incluso de tercera categoría.

-Quisiera una habitación.

-¿Me rellena esta ficha, por favor?

La rellena entre titubeos, con los dedos entumecidos por el frío. Mira a Maigret de arriba abajo, como diciéndole: «¡Si cree que me importa que me esté mirando! Escribiré lo que me dé la gana».

Y, en efecto, escribe el primer nombre y apellido que le viene a la cabeza: Nikolas Slaatkovich, domiciliado en Cracovia, que había llegado a París el día anterior.

Todo falso, evidentemente. Maigret telefonea a la Policía Judicial. Se revisan los expedientes de los pisos amueblados, los registros de extranjeros, llaman a los puestos fronterizos. No existe ningún Nikolas Slaatkovich.

-¿Usted también desea una habitación? -pregunta el dueño con una mueca, porque ya se huele que está ante un policía.

-No, gracias. Pasaré la noche en la escalera.

Es más seguro. Se sienta en un peldaño, delante de la puerta de la habitación número 7. Por dos veces esta puerta se abre. El hombre escudriña la oscuridad con la mirada, ve la silueta de Maigret, y termina por acostarse. Por la mañana, la barba le ha crecido, tiene las mejillas rasposas. No ha podido cambiarse de ropa. Ni siquiera tenía peine, y lleva el pelo alborotado.

Lucas acaba de llegar.

-¿Lo relevo, jefe?

Maigret no se resigna a dejar a su desconocido. Lo ha visto pagar la habitación. Lo ha visto palidecer. Y adivina lo que pasa.

En efecto, poco después, en un bar en el que toman, por así decirlo, codo con codo, un café con leche y unos croissants, el hombre, sin ocultarse lo más mínimo, cuenta el dinero que le queda. Un billete de cien francos, dos monedas de veinte, una de diez y menudo. Sus labios se estiran en una mueca de contrariedad.

¡Bueno! Con eso no irá muy lejos. Cuando llegó al Bois de Boulogne, acababa de salir de su casa, porque iba recién afeitado, sin una mota de polvo, sin una arruga en el traje. ¿Tenía intención de volver al cabo de poco? Ni siquiera se preocupó por el dinero que llevaba encima.

Maigret adivina lo que tiró al Sena: los documentos de identidad, tal vez tarjetas de visita.

Quiere evitar a toda costa que se descubra dónde vive.

Y el callejeo típico de los que no tienen techo vuelve a empezar, con paradas delante de las tiendas, de los puestos de vendedores ambulantes, o en los bares, en los que tiene que entrar de vez en cuando, aunque sólo sea para sentarse, sobre todo porque en la calle hace frío, o para leer los periódicos.

¡Ciento cincuenta francos! Al mediodía, nada de restaurantes. El hombre se conforma con huevos duros, que come de pie ante un mostrador, y una cerveza, mientras Maigret engulle unos bocadillos.

El otro duda mucho antes de entrar en un cine. Dentro del bolsillo su mano juega con las monedas. Hay que resistir todo el tiempo posible. El hombre anda y anda...

¡Por cierto! Hay un detalle que llama la atención de Maigret. En su agotadora caminata, el hombre recorre siempre determinados barrios: de la Trinité a la Place Clichy; de la Place Clichy a Barbès, pasando por la Rue Caulaincourt; de Barbès a la Gare du Nord y a la Rue La Fayette...

¿Tiene también miedo de que lo reconozcan? Seguramente elige los barrios más alejados de su casa o de su hotel, los que suele frecuentar.

¿Vive en Montparnasse, como tantos extranjeros? ¿En los alrededores del Panteón?

La ropa que usa indica una posición media. Son prendas cómodas, sobrias, de buena hechura. Sin duda, una profesión liberal. ¡Lleva alianza! O sea que ¡está casado!

Maigret ha tenido que resignarse a ceder su lugar a Torrence. Pasa rápidamente por su casa. Madame Maigret está contrariada: su hermana ha venido de Orléans, ha preparado una cena muy especial, y su marido, después de haberse afeitado y cambiado de ropa, vuelve a irse anunciando que no sabe cuándo regresará.

El comisario se precipita hacia el Quai des Orfèvres.

-¿No hay nada de Lucas para mí?

¡Sí! Hay una nota del brigada. Éste ha ensenado la fotografía en numerosos círculos polacos y rusos. Nadie lo conoce. Tampoco nada en los grupos políticos. En último extremo, ha sacado numerosas copias de la famosa fotografía. En todos los barrios de París hay agentes que van de puerta en puerta, de portería en portería, mostrando la foto a los dueños de los bares y a los camareros.

-¡Oiga! ¿El comisario Maigret? Soy una acomodadora del Ciné-Actualités, en el Boulevard de Strasbourg... Hay aquí un señor, Monsieur Torrence, que me ha dicho que lo telefonee a usted para decirle que está aquí, pero que no se atreve a salir de la sala.

¡No es tonto el hombre! Ha escogido el mejor lugar para pasar algunas horas: con calefacción y por poco precio, sólo dos francos de entrada... ¡y con derecho a varias sesiones!



Se ha establecido una curiosa intimidad entre perseguidor y perseguido, entre el hombre cuya barba crece, cuyas ropas se arrugan, y Maigret, que no lo pierde de vista ni un instante. Incluso hay un detalle divertido. Los dos se han resfriado. Tienen la nariz enrojecida. Casi al mismo tiempo sacan el pañuelo del bolsillo, y en una ocasión el hombre no ha podido evitar una vaga sonrisa al ver cómo Maigret suelta una serie de estornudos.

Un hotel sucio, en el Boulevard de la Chapelle, después de cinco sesiones continuas de documentales. En el registro, el mismo nombre. Y de nuevo Maigret se instala en un peldaño de la escalera. Pero como es una casa de citas, cada diez minutos tiene que apartarse para dejar pasar a parejas que lo miran con extrañeza, y las mujeres se quedan intranquilas.

Cuando se le acaben los recursos, cuando los nervios ya no resistan más, ¿se decidirá a volver a su casa? En una cervecería en la que el otro se queda bastante rato y se quita el abrigo gris, Maigret no vacila en tomar la prenda y mirar el interior del cuello. El abrigo se compró en Old England, en el Boulevard des Italiens. Es de confección, y la casa debió de vender docenas de abrigos parecidos. Sin embargo, hay un indicio. Es del invierno anterior. Así pues, el desconocido lleva en París por lo menos un año. Y en el curso de un año seguro que ha tenido que recalar en algún lugar.

Maigret se dedica a tomar ponches para matar el resfriado. El otro va soltando el dinero con cuentagotas. Toma cafés, pero sin añadirles licor. Se alimenta de croissants y de huevos duros.

Las noticias de «casa» son siempre las mismas: ¡nada nuevo! Nadie reconoce la fotografía del polaco. No se ha denunciado ninguna desaparición.

Por lo que respecta al muerto, tampoco nada. Tenía un consultorio importante. Se ganaba muy bien la vida, no se metía en política, salía mucho y, como se ocupaba sobre todo de enfermedades nerviosas, entre sus pacientes abundaban las mujeres.



Era una experiencia que Maigret aún no había tenido ocasión de llevar hasta el final: ¿en cuánto tiempo un hombre bien educado, aseado, bien vestido, pierde su barniz exterior cuando tiene que vagabundear por la calle?

¡Cuatro días! Ahora lo sabía. Primero la barba. La primera mañana, el hombre parecía un abogado o un médico, un arquitecto, un industrial; uno se lo imaginaba saliendo de un confortable piso. Una barba de cuatro días lo ha transformado hasta el punto de que, si hubiesen publicado su retrato en los periódicos evocando el caso del Bois de Boulogne, la gente hubiera dicho: «¡Se ve a la legua que tiene cara de asesino!»

Por el frío y el dormir mal, se le había enrojecido el borde de los párpados, y el resfriado le ponía un toque de fiebre en los pómulos. Los zapatos, que habían dejado de estar lustrosos, comenzaban a deformarse. El abrigo empezaba a ajarse y sus pantalones tenían rodilleras.

Incluso se le notaba en la manera de andar. Ya no andaba de la misma forma: iba pegado a las paredes, bajaba la vista cuando los transeúntes lo miraban... Un detalle más: volvía la cabeza al pasar ante un restaurante donde había clientes instalados a las mesas ante copiosos platos.

«¡Tus últimos veinte francos, amigo mío!», calculaba Maigret. «¿Y después?»

Lucas, Torrence y Janvier lo relevaban de vez en cuando, pero él les cedía su lugar con la menor frecuencia posible. Entraba en el Quai des Orfèvres como un huracán, veía al jefe.

-Sería mejor que descansara, Maigret.

Un Maigret huraño, susceptible, como si estuviera dominado por sentimientos contradictorios, contestaba:

-Mi deber es descubrir al asesino, ¿no?

-Evidentemente...

-¡Pues en marcha! -suspiraba con una especie de rencor en la voz-. Me pregunto dónde dormirá esta noche.

¡Los últimos veinte francos! ¡Menos aún! Cuando se reunió con Torrence, éste le dijo que el hombre había comido tres huevos duros y tomado dos cafés con licor en un bar de la esquina de la Rue Montmartre.

-Ocho francos con cincuenta... Le quedan once francos con cincuenta.

Lo admiraba. El otro no sólo no se escondía, sino que andaba a su misma altura, a veces a su lado, y tenía que contenerse para no dirigirle la palabra.

«¡Vamos a ver, hombre! ¿No crees que ya sería hora de que empezases a cantar? En algún lugar te espera una casa con calefacción, una cama, unas zapatillas, una navaja de afeitar, ¿verdad? Y una buena cena...»

¡Pero no! El hombre vagó bajo las luces eléctricas de Les Halles, como los que ya no saben adónde ir, entre los montones de coles y de zanahorias, apartándose al oír el silbato del tren, al paso de los camiones de los hortelanos.

«¡Ya no puedes pagarte una habitación!»

Aquella noche el Servicio Meteorológico registró ocho grados bajo cero. El hombre se compró unas salchichas calientes que una vendedora preparaba al aire libre. ¡Apestaría a ajo y a grasa toda la noche!

En cierto momento intentó introducirse en un pabellón y echarse en un rinconcito. Un agente, al que Maigret no tuvo tiempo de dar instrucciones, lo echó de allí. Ahora cojeaba. Los muelles. El Pont des Arts. ¡Con tal de que no se le ocurriera tirarse al Sena! Maigret no se sentía con ánimos para saltar tras él al agua negra, que empezaba a arrastrar pedazos de hielo.

Iba por el muelle de la sirga. Unos vagabundos refunfuñaban. Bajo los puentes, los buenos lugares ya estaban ocupados.

En uña calleja, cerca de la Place Maubert, a través de los cristales de una extraña taberna se veían a unos viejos que dormían con la cabeza apoyada sobre la mesa. ¡Por veinte céntimos, incluyendo un vaso de vino tinto! El hombre miró a Maigret por entre la oscuridad. Esbozó un ademán fatalista y empujó la puerta. En el tiempo en que ésta se abrió y volvió a cerrarse, Maigret recibió una repugnante tufarada en el rostro. Prefirió quedarse en la calle. Llamó a un agente, lo dejó vigilando en la acera y fue a telefonear a Lucas, que esa noche estaba de guardia.

-Hace una hora que estamos buscándolo, jefe. ¡Lo hemos identificado! Ha sido gracias a una portera. El tipo se llama Stephan Strevzki, arquitecto, treinta y cuatro años, nacido en Varsovia, instalado en Francia desde hace tres años. Trabaja con un decorador del Faubourg Saint-Honoré. Está casado con una húngara, una mujer guapísima que se llama Dora. Vive en Passy, Rue de la Pompe, en un piso por el que paga doce mil francos de alquiler. Nada de política... La portera nunca vio a la víctima. Stephan salió de su casa el lunes por la mañana más temprano de lo que solía. Ella se sorprendió al ver que no regresabas pero dejó de preocuparse al ver que...

-¿Qué hora es?

-Las tres y media. Aquí estoy solo. Me he hecho subir cerveza pero está muy fría...

-Óyeme bien, Lucas. Irás... ¡Sí! ¡Ya lo sé! Es demasiado tarde para los de la mañana, pero en los de la tarde... ¿Lo has entendido?



Aquella mañana el hombre llevaba pegado a su ropa un sordo olor a miseria. Los ojos más hundidos. La mirada que dirigió a Maigret, en la pálida mañana, contenía el más patético de los reproches.

¿No lo habían conducido, poco a poco, pero a una velocidad que no dejaba de ser vertiginosa, hasta lo más bajo del escalafón? Se levantó el cuello del abrigo. No salió del barrio. Con mal sabor de boca, se metió en una taberna que acababa de abrir y se bebió, una tras otra, cuatro copas, como para arrancarse el espantoso regusto que aquella noche le había dejado en la garganta y en el pecho.

¡Qué más daba! ¡Ahora ya no le quedaba nada! Sólo podía echar a andar recorriendo calles que el hielo había vuelto resbaladizas. Debía de tener agujetas. Cojeaba de la pierna izquierda. De vez en cuando se detenía y miraba a su alrededor con desesperación.

Como ya no entraba en ningún café donde hubiera teléfono, a Maigret le era imposible hacer que lo relevaran. ¡Otra vez los muelles! ¡Y ese gesto maquinal del hombre que revuelve entre los libros de lance, pasando las páginas, a veces asegurándose de la autenticidad de un grabado o de una estampa! Un viento helado barría el Sena. El agua tintineaba en la proa de las chalanas en movimiento, porque los pedacitos de hielo entrechocaban como si fueran lentejuelas.

Desde lejos, Maigret vio el edificio de la Policía Judicial, la ventana de su despacho. Su cuñada ya había regresado a Orléans. Con tal de que Lucas...

No sabía aún que aquella atroz investigación se convertiría en clásica, y que generaciones de inspectores repetirían sus detalles a los novatos. Era una tontería, pero, por encima de todo, lo conmovía un detalle ridículo: el hombre tenía un grano en la frente, un grano que, fijándose bien, seguramente era un forúnculo, de un color que iba pasando de rojo a morado.

Con tal de que Lucas...

A las doce, el hombre, que decididamente conocía muy bien París, se dirigió hacia donde repartían la sopa popular, al final del Boulevard Saint-Germain Y se puso en la fila de andrajosos. Un viejo le dirigió la palabra, pero él fingió no entenderlo. Entonces otro, con la cara picada de viruela, le habló en ruso.

Maigret cruzó a la acera de enfrente, vaciló, se vio obligado a comer unos bocadillos en una taberna, y volvió la espalda a medias para que el otro, a través de los cristales, no lo viera comer.

Aquellos pobres diablos avanzaban lentamente, entraban en grupos de cuatro o de seis en la sala donde les servían escudillas de sopa caliente. La cola se alargaba. De vez en cuando, los de atrás empujaban, y algunos dejaban oír protestas.

La una. Un chiquillo apareció en el extremo de la calle. Corría, adelantando el cuerpo.

-L ‘Intran... L ‘Intran...

Tampoco él quería perder tiempo. Sabía desde lejos qué transeúntes comprarían el periódico. No hizo el menor caso de la hilera de mendigos.

-L ‘Intran...

Humildemente, el hombre alzó la mano y dijo:

-¡Eh, eh!

Los demás lo miraron. ¿O sea que aún tenía algunos céntimos para comprarse un periódico?

Maigret también llamó a al vendedor, desplegó la hoja y, aliviado, encontró en la primera página lo que buscaba, la fotografía de una mujer joven, bella, sonriente.



«INQUIETANTE DESAPARICIÓN

    »Se nos comunica que desde hace cuatro días ha desaparecido una joven polaca, Madame Dora Strevzki, que no ha vuelto a su domicilio en Passy, Rue de la Pompe, número 17.

    »A ello se añade el significativo hecho de que el marido de la desaparecida, Monsieur Stephan Strevzki, también desapareció de su domicilio la víspera, es decir, el lunes, y la portera, que ha avisado a la policía, declara...»



Al hombre sólo le faltaban por recorrer cinco o seis metros, en la fila que lo arrastraba, para tener derecho a su escudilla de sopa humeante. En ese momento salió de la cola, cruzó la calzada, donde estuvo a punto de que lo atropellara un autobús, y llegó a la otra acera, para encontrarse justo ante Maigret.

-¡Estoy a su disposición! -se limitó a decir el hombre-. Lo acompaño adonde usted quiera. Contestaré todas sus preguntas...



Estaban todos en el pasillo de la Policía Judicial: Lucas, Janvier, Torrence, además de otros que no habían intervenido en el caso pero que estaban al corriente. Al pasar, Lucas le hizo una señal a Maigret que quería decir: «¡Asunto resuelto!»

Una puerta que se abre y que vuelve a cerrarse. Cerveza y bocadillos encima de la mesa.

-Antes que nada, coma un poco.

Se siente incómodo. No consigue tragar. Por fin el hombre habla.

-Ya que ella se ha ido y está a salvo...

Maigret pareció sentir la necesidad de atizar la estufa.

-Cuando leí en los periódicos lo del crimen, ya hacía tiempo que sospechaba que Dora me engañaba con aquel hombre. También sabía que no era su única amante. Yo conocía bien a Dora, su carácter impetuoso, ¿me comprenden? Sin duda él intentó librarse de ella, y yo sabía que Dora era capaz de... Ella siempre llevaba en el bolso un revólver con adornos de nácar. Cuando los periódicos anunciaron la detención del asesino y la reconstrucción del crimen, quise ver...

Maigret hubiera querido poder decir, como los policías ingleses: «Le advierto que todo lo que declare podrá utilizarse en su contra».

No se había quitado el abrigo. Seguía llevando el sombrero puesto.

-Ahora que ella ya está en lugar seguro... Porque Supongo... -Miró a su alrededor con angustia. Una sospecha cruzó por su mente-. Debió de comprender lo que pasaba al ver que yo no volvía. Yo sabía que eso acabaría así, que Borms no era un hombre para ella, que Dora nunca iba a aceptar servirle de pasatiempo, y que entonces volvería a mí. El domingo por la tarde salió sola, como solía hacer en estos últimos tiempos. Seguramente lo mató cuando...

Maigret se sonó. Se sonó durante largo rato. Un rayo de sol, de ese sol puntiagudo de invierno que acompaña a los grandes fríos, entraba por la ventana. El grano, el forúnculo, brillaba en la frente de aquel a quien no podía llamar más que «el hombre».

-Su esposa lo mató, sí, cuando comprendió que se había burlado de ella. Y usted comprendió que ella lo había matado. Y entonces quiso... -Se acercó bruscamente al polaco-. Le pido perdón, amigo -masculló como si hablase con un antiguo compañero-. Me habían encargado que descubriese la verdad, ¿no? Mi deber era...

-Abrió la puerta-. Que entre Madame Dora Strevzki. Lucas, sigue tú, yo...

Y en la Policía Judicial nadie volvió a verlo durante dos días. El jefe lo telefoneó a su casa.

-Bueno, Maigret. Ya debe de saber que ella lo ha confesado todo y que... A propósito, ¿cómo va su resfriado? Me han dicho...

-No es nada, estoy muy bien. Dentro de veinticuatro horas... ¿Y él?

-¿Cómo dice? ¿Quién?

-¡Él!

-¡Ah, ya comprendo! Ha contratado al mejor abogado de París. Confía en que... Ya sabe, los crímenes pasionales...

Maigret volvió a acostarse y quedó atontado a fuerza de ponches y de aspirinas.

Posteriormente, cuando alguien quería hablarle de aquella investigación, Maigret gruñía: «¿Qué investigación?», para desanimar a los preguntones.

Y el hombre iba a verlo una o dos veces por semana, y lo tenía al corriente de las esperanzas del abogado.

No fue una absolución completa: un año de libertad vigilada.

Y fue ese hombre quien enseñó a Maigret a jugar al ajedrez.





George Simenon nació en Lieja en 1903, murió un cuatro de septiembre de 1989 en Lausana y fue uno de los escritores europeos más prolíficos, vendidos y conocidos de todo el siglo veinte y una de las referencias obligadas al hablar de novela negra. Su producción literaria es enorme, casi doscientas novelas, más de ciento cincuenta novelas cortas, además de artículos, relatos cortos, publicados con su nombre o con seudónimo (hasta veintisiete diferentes).

Sus novelas más conocidas son las protagonizadas por el comisario Jules Maigret, quien apareció por primera vez en 1931 en la novela Pedro el Letón y que, hasta 1972 en Maigret y Monsieur Charles, lo acompañó durante setenta y cinco novelas y más de veintiocho novelas cortas.

Hijo mayor de un matrimonio burgués venido a menos, marcado por el carácter de su madre con quien tuvo siempre muy mala relación y que nunca entendió su decisión de ser escritor o abandonar los estudios: llegó a devolverle todo el dinero que él había ido enviándole a lo largo de los años. Quizás esta mala relación con su progenitora puede explicar en parte sus fracasos familiares (dos matrimonios fustrados, el suicidio de su hija) pero, sea causa o consecuencia, las mujeres siempre fueron un elemento fundamental en su vida, llegando a contar más de diez mil amantes desde su primera relación con trece años, la mayoría prostitutas, tal y como explicó en una conversación con Fellini a propósito de la película Casanova del director italiano; el propio director hizo un homenaje a esta confesión del escritor belga en la película La ciudad de las mujeres.

Durante la ocupación nazi permaneció en Francia lo que unido a sus anteriores tanteos con la extrema derecha francesa y a la filiación hitleriana de su hermano menor, provocó una acusación de colaboracionista que le llevó a autoexiliarse durante algunos años a los Estados Unidos, aunque regresó a Europa diez años después, fijando su residencia finalmente en Suiza en 1957 y donde viviría hasta su muerte. En 1972 abandonó la ficción empezando la escritura de su autobiografía Memorias íntimas.


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