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12/3/17

Plancton - Sergio Arroyo



"Plancton", es el debut literario de Segio Arroyo, otro debut relativo, dado que Sergio Arroyo no es ningún desconocido en su faceta como editor, crítico y colaborador usual de diversos medios. Pero valga decir también, que Plancton es ante todo un voluminoso, si cabe, libro de microficciones (prefiero llamarlos así, dado que es un término más genérico que engloba mejor su contenido) lo micro pues por su brevedad, lo de ficciones, pues ¿qué artificio narrativo no lo es? Y voluminoso ¡pues son cincuenta y ocho textos! Subdivididos en cuatro secciones: “La Sagrada Familia”, “Juegos Florales”, “Un demonio de la soledad” e “Historia Universal del microrrelato”.

La primera parte “Sagrada Familia” Está constituida por 16 relatos, en esta sección encontraremos los rasgos generales que caracterizan el estilo de Arroyo: un lenguaje sencillo, frases cortas, textos breves que apenas superan una página, narrados de manera lineal. Sergio Arroyo nos muestra siempre todas las cartas, desde el primer párrafo de casi todos sus relatos plantea claramente la situación o conflicto, luego como si fueran en caída libre, los relatos se resuelven de manera sencilla, sin grandes giros o finales sorpresa. Es pura contención y economía, una búsqueda por la eficacia narrativa que no deja de recordar a esos grandes maestros del microrrelato mexicano Goldwards, Arreola y Valadéz.

¿Cómo son estos cuentos de Arroyo? Algunos parecen cuentos de enredos, confusiones y malos entendidos, como en el texto homónimo con que abre el libro: “todo empezó con un error, un pequeño error a la hora de servir la cena”, claro, en este texto los personajes regresan a la cordura, no así en el siguiente texto “Usos horarios” donde la protagonista sellará su destino: “El día que doña Carmen cumplió los 58 años de edad empezó a usar reloj. Las consecuencias llegaron de inmediato.”

Otros textos son viñetas, raros cuadros de germinales perversiones y obsesiones, como “Belcebú”, “Secreto número seis: me gusta jugar con fósforos” o alegorías sobre la envidia como “Tres montículos de tierra”, la ira en “Bautizo de fuego”, como lo anuncia el mismo título “Odio” perturbador sin duda y el estupendo “Diversiones de la Soledad” con el que tuve un deja vu y recordé otro cuento magnífico “Vivo/muerto” de Flavio Güell.

De repente esta primera sección decae, incluso podríamos decir que los cuentos se vuelven sosos “La circulación de la sangre”, “Una noche romántica”, “Recuerdos de mi última cara” en este último no entendemos por qué el autor anticipa el final, incluso lo repite cuando ya no tiene menor efecto, es como cuando por error contamos el final de un chiste al comienzo. Luego vuelve a reponerse con “Un querido sufrimiento” donde inferimos que además de existir sufrimientos queridos, son también íntimos y secretos, como también lo son las pesadillas en “Madre de dios y madre nuestra” le precede un cuento que parece salirse del conjunto, “Los zapatos” cuyo golpe de timón en la trama lo hace más cercano al realismo social. En cambio, “Las confesiones de Agustín” (un título muy sutil con enormes connotaciones) interpela directamente al lector, las llaves que abren y cierran puertas a lo mejor obedecen a nuestros deseos. Cierra esta sección con un texto cuya trama se siente familiar, “Preocupaciones de una madre de familia” donde Arroyo sabe dar esa “vuelta de tuerca” necesaria para mostrarnos un reverso igual de inquietante y aterrador en el silencio voluntario y la soledad de la protagonista.

La segunda sección del libro “Juegos Florales” está compuesta por doce textos, mantiene la misma estructura y tensión de la primera parte, continúan los enredos, las confusiones y malos entendidos, el cuento del mismo nombre que le encabeza suma una dosis de resignación y decepción, o bien de perplejidad como en “El uniforme”, destacable la viñeta “El útero”, “Ocelote” y “Final para un cuento japonés”, por otra parte “7.4 grados en la escala de Richter”, nos comienza a mostrar cómo el autor estructura sus cuentos, los cierres de estos se vuelven sentencieros y yuxtaponen los vanos intentos de los protagonistas, incluso estos giros se adivinan, como “El gran Nusrat” donde el autor nos explica lo que había que entender. Y entonces nos encontramos con una extraña joya, un juego: “Arbol #1” y no sé por qué me recordó aquellos bellos cuentos infinitos de Monterroso y de Menen Desleal, pero esta vez a la inversa, como un espejo roto, y también de excepcional calidad, “Historia de amor” donde no es lugar común decir que el amor es infinito e insondable en sus formas. Francamente flojos y sosos son textos como “Anti Rapunzel”, “El apagón” y “Un cíclope estúpido” no más que anécdotas.

La tercera sección “Un demonio de la soledad”, no son más que divertimentos, cuadros más o menos ingeniosos sobre los teléfonos celulares y cómo mi generación (cosa que no ocurrirá con la generación que nos precede) ha caído en sus enredos, confusiones y mal entendidos, estas últimas ya no endosadas a la telefonía, sino a la marca del autor en la construcción de sus textos. “La suerte que han corrido”, “Sísifo”, “Un pequeño precio por pagar”, “Admiradora secreta”, “En la riqueza y en la pobreza”, “Jaime”, “Manos libres”, “Karma”, “Tres mil metros con obstáculos”, King Krimson”, “Tono de ocupado”, “Perdido y hallado”, “Los motivos de Luciana”, “Telemitomanía” “El móvil” “Llamada telefónica”, Ichi the caller” lo malo es que los tópicos se reiteran: gente que finge conversaciones, que pierde intencionalmente o no su teléfono, parejas que se distancian o se aproximan, mensajes y llamadas sin responder, y las obscenas, en fin, que la familiaridad con estos cuentos los hacen más bien una serie de lugares comunes. Un bajón en lo que llevábamos en el libro, una sección que tal vez no pertenecía a este.

“Mensaje de SOS” es un texto que brilla solitario en esta sección, emula la técnica que llamaría yo “del espejo roto” igual que en el texto de la sección anterior “Arbol #1”, “Tratado de la comunicación humana” “La mujer invisible” “Mensajes de texto” risueños, lo que se pudo salvar.

Cierra el libro con una paradigmática sección: “Historia universal del microrrelato” título pretencioso, pero que sin duda honra los textos que encabeza, acaso, una exposición ejemplar de los modos y formas que el relato breve ha recorrido en el tiempo y en las culturas, a mi modo de ver, por mucho, la mejor lograda sección del libro, que lo salva luego del desafortunado bajón de la sección que le antecede.

Sergio Arroyo
Y abre con un “mito”, “El gran debate” precioso relato, me sentí tremendamente identificado con los relatos cosmogónicos de los pueblos profundos amazónicos; continúa con una “parábola”, “Parábola de la moneda” donde el extraño discernimiento del hijo nos hace dudar de la fortuna fácil, y sigue una “fábula”, “Recursos humanos” heterodoxa por saltarse el requisito de la prosopopeya, pero cumplidor en su moraleja. Tenemos también un “koan” esa pregunta extravagante y hasta absurda que el maestro zen hace a su “pequeño saltamontes”, pero esta vez bellamente resuelta. Aparece un “apotegma” con su aleccionadora sentencia en “[No surprises]”, donde el autor hace una curiosa aparición (y habrá otras), pero dado que estamos hartos de textos sobre teléfonos celulares este pasa apenas discretamente; y hasta tenemos un “enxiemplo” mordaz y moralizante, que es una reescritura de un cuento popular “Lo que le sucedió a un hombre con su hijo con su bestia, donde otra vez vuelve aparecer nuestro autor como personaje. Encontramos en esta historia universal del microrrelato, como no, un “cuento de hadas”: “La primera orden del rey” que es irónicamente, “una pérdida de la inocencia”, así como también un “cuadro” (de costumbres): “Mamavirgen”.

Dentro de la misma sección cierra con dos textos determinantes, el primero un homenaje a Ramón Gómez de la Cerna, una “greguería”: “[El microrrelato declara su filiación]” que más bien, digo yo, es la filiación del autor y no del género. Y finalmente un “microrrelato”: “Dos veces en un mismo río”, pieza bellamente ejecutada, pese a que su extensión nos parece excesiva.

"Plancton" es un libro de cuentos que puede ser considerado de referencia, es la más explícita y honesta propuesta al ajetreado asunto del microrrelato o microficción, donde no faltan innumerables ejemplos de libros donde casi siempre la supuesta economía no es más que carencia, y el efectismo y la relamida excusa de que el lector completa la circularidad hermenéutica rápidamente deviene en hastío, repetición y formulismo. Pero es que en esta obra de Arroyo todo es tan deliberado y ejemplar que no podemos generalizar más sin reconocer la lucidez y propósito del autor, pese a los altibajos, pese a que sentimos al libro plagado de viñetas prescindibles, pese a que no entendemos cómo el autor junta lo exquisito con lo magro.


Germán Hernández

28/7/16

Sergio Arroyo - Plancton

Sergio Arroyo nos regala un bocado de lo que contiene su cuentario Plancton. Y que sirva de invitación al resto del banquete, "Un libro añejado a punta de aguaceros, un homenaje a los incendios que coponen la memoria, a las personas y lugares que sobreviven contra todo pronóstico, a esas nobles costumbres para contradecir la muerte" Laura Flores.



Recursos humanos

No sabía si actuaba por odio o por venganza. Quizás todo se debía a la soledad de la jubilación o, simplemente, a la belleza del acto. Tenía la mitad de la ciudad rotulada con pancartas o simples hojas impresas con ofertas de empleo. Todas eran falsas. A veces pasaban dos días enteros sin recibir ninguna llamada, a veces cinco, pero todas las semanas al menos una persona lo llamaba para preguntar por un puesto de cocinera o una plaza de albañil. Él abandonaba cualquier cosa que estuviera haciendo y se entregaba a la conversación, extendiéndola tanto como fuera posible. Al final siempre desestimaba a los solicitantes diciéndoles que recién habían dado el puesto a una cocinera de mucha experiencia, o que acababan de contratar a un joven albañil. Luego les prometía considerarlos para la próxima plaza vacante y se despedía con calurosos agradecimientos, que eran las únicas palabras sinceras de su farsa. Luego de colgar, se descubría con el corazón acelerado y las mejillas tibias. Lo emocionaban mucho los breves momentos que compartía con personas necesitadas. En muy poco tiempo se había vuelto adicto al hambre de los demás.



El uniforme

Para A.

Los lunes usábamos uniformes morados; los martes, amarillos; los miércoles, azules; los jueves, verdes, y los viernes, blancos. Lo hacíamos con la misma naturalidad con la que cambian las estaciones y el día a la noche. (Con eso quiero decir que no parecía algo que hubiéramos decidido un día durante el almuerzo.) Fue un acuerdo verbal, por llamarlo de algún modo, porque entre nosotros no hacía falta que pusiéramos nada por escrito. Éramos distintos. O eso pensábamos.
Un día uno introdujo una variante en el orden: era lunes y llegó al trabajo vestido de blanco. Todos nos quedamos pasmados, como a la vista de un fantasma. Pero a pesar de la sorpresa, nadie se atrevió a decir nada. Sería por culpa de un imprevisto: se le regaría el café al desayunar, simplemente se le habría olvidado o nos estaría haciendo a los demás una broma pasajera. Después, volvimos a nuestras actividades de siempre y pretendimos que no había pasado nada.
Sin embargo, conforme pasaron los días, en vez de abandonar lo que ya no podía ser un hecho aislado, el que vino de blanco aquel lunes contagió a dos más y estos a otros tantos, hasta que yo fui el único en la oficina que se mantuvo irreductible con el código de colores.
(A estas alturas ya debe ser evidente que el que vino de blanco aquel lunes fui yo. Yo me conozco mejor de lo que la mayoría piensa. No lo hice ni por equivocación, ni por jugar una broma ni mucho menos por el deseo de ser diferente de los demás. Cuando me iba a vestir, la mano evitó el uniforme morado y buscó el blanco, como la cosa más natural del mundo. Se puede decir que me puse el uniforme blanco a sabiendas de lo que hacía. Pero saber algo no significa entenderlo. No sé por qué lo hice, y si yo mismo no lo sé, cómo puedo esperar que los demás lo hagan.)



Madre De dios Y Madre Nuestra

Sé cuando está soñando porque habla dormida. Pero por más empeño que pongo, nunca logro entender con claridad lo que dice. El tono es inconfundible: parece prometerle a alguien dinero o favores a cambio de algo, talvez guardar un secreto o no hacerle daño. Sin embargo, las promesas no parecen llevarla a ninguna parte porque el patrón se repite casi todas las noches sin ningún cambio: comienza a llorar –siempre en el sueño– y luego se queja con una terrible desesperación que me llena de culpa y me obliga a despertarla para que no sufra más. Su cama está al lado de la mía, por lo que solo debo llamarla en voz alta para que se despierte. Cuando esto no es suficiente, saco una pierna de las cobijas y la muevo un poco; por lo general, basta con tocarla con la punta del pie. Cuando ella me pregunta qué pasó, yo solo le digo que tenía una pesadilla. No entro en detalles. No me gusta mentirle.
A veces no la despierto. A veces la escucho gritar con una desesperación terrible, como si la violara un tropel de hombres hasta dejarla moribunda, o talvez una jauría de perros en celo, que se saciaran con su cuerpo amarrado a una piedra. Podrían ser tantas cosas... Pero lo importante es que lo que dice en sueños no basta para compadecerme y rescatarla de sus pesadillas.
Cuando logra despertarse por sus propios medios, lo primero que hace es tratar de incorporarse, en medio de jadeos. Voltea a verme, como para asegurarse de que yo estoy allí para cuidarla o de que aquel es nuestro cuarto o que la pesadilla ha terminado. Al comprobar que estoy allí, se siente segura. Lo sé porque su respiración se estabiliza y pronto se vuelve a quedar dormida. Yo la veo con los ojos entreabiertos. Se ha de imaginar que todo el tiempo he estado dormida.
No creo que sea una mala madre por no despertarla. En esta vida todos tienen que aprender a sufrir.



El ocelote


Sergio Arryo
La afición de doña Luisa por los gatos parecía infinita. Su soledad y los años la habían ayudado a amasar una fortuna de más de sesenta animales de todos los tamaños y colores. Vivían desparramados por toda su casa: en la cocina, la sala, el jardín, el comedor y, sobre todo, en su cuarto, tan vacío desde la muerte de su esposo. Casi no recibía visitas de sus familiares porque estos sabían muy bien que su casa se había convertido en un volcán de caca de gato.
Una de sus pocas salidas mensuales era al banco, para cobrar el dinero de su pensión, que destinaba casi por completo a comprar alimento para sus animales. Estaba segura de que en el barrio la tenían por loca o poco menos que loca, pero para ella la única opinión que contaba era la que se podían formar de ella sus queridos gatos.
Un día sucedió algo que trastocó el orden de las cosas: se apareció en la casa un gato diferente: de cuello largo, ojos pequeños y penetrantes, manchado de las orejas al rabo, un poco más grande y esbelto que los demás, y naturalmente engreído. Doña Luisa nunca había visto a un gato con aquel porte y lo adoptó emocionada. Desde el primer día, el recién llegado desplazó a sus dos o tres gatos favoritos.
Poco después apareció mutilado el cuerpo de una gata parturienta, sin rastro de los nonatos. Luisa se espantó y no atinó a formarse ninguna explicación. Buscó por toda la casa, hasta descubrir al gato manchado, solo, en un cuarto. No podía dejar de relamerse la sangre del hocico y las garras.
Pobrecito, dijo la mujer, tenías hambre, ¿verdad?
Desde ese día, doña Luisa procuró alimentar al nuevo gato antes que a todos los demás. Sin embargo, a pesar de todos sus cuidados, de vez en cuando aparecían en la casa señales de nuevas masacres, algunas más terribles que otras, todas sangrientas. Y el número de gatos que doña Luisa cuidaba en su casa se empezó reducir apenas sensiblemente.



El himen de María

Joaquín presenció el alumbramiento de su esposa. La partera le entregó a la niña en sus manos y él la sostuvo en alto. Al ver su frágil cuerpo desnudo y al sentir su peso delicado, el hombre pensó: “Todo el honor de mi familia depende del himen de mi hija recién nacida”.
Tras esto, el himen de la niña se contrajo y se rompió. Joaquín, que no podía darse cuenta de esto, le devolvió la niña a su mujer.
Justo cuando su padre dejó de tocarla, la recién nacida se iluminó.


Sergio Arroyo (San José, 1976). Escritor y editor. Estudió filología española en la Universidad de Costa Rica. Formó parte del desaparecido Taller-Estudio Poiesis. Esta selección forma parte de Plancton (EUNED, 2016), su primer libro de narrativa.