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25/10/17

Vejaciones – Sergio Arroyo



Antes de empezar a referirme a la obra Vejaciones de Sergio Arroyo, quiero decir que me resulta grato que un autor costarricense se anime a publicar su obra en formato digital. Aclaro que adoro los libros, son objetos hermosos, para los que somos lectores empedernidos es inevitable admitir nuestro culto y fetichismo por estos hermosos ladrillos de celulosa. Confieso también que el paso que di al leer libros electrónicos por primera vez fue receloso, luego me fui acostumbrando, al final descubrí mil ventajas en ello, como conseguir a un costo decente obras o muy costosas o muy difíciles de conseguir. Hoy día paso de mis libros impresos a mis libros electrónicos sin problema, tengo lo mejor de dos mundos.

Vejaciones de Sergio Arroyo es un breve libro electrónico compuesto por 40 microtextos editado por Ediciones la Canícula recién en el 2016, el cual es fácil de adquirir en Amazon.

Vejar es humillar, incomodar de una manera sutil y psíquica. No es poco el desafío autoimpuesto por el autor en estos textos, brevísimos, donde no quiere hacerse el gracioso, sino dárselas de canalla: con sus personajes, sus situaciones y con los lectores. Pero será de provecho, pues estos límites que el autor adopta los respeta limpiamente y con acierto. Es como si el Ramón Gómez de la Serna con sus greguerías o un Ramón del Valle Inclán con sus esperpentos reencarnaran en el vate Arroyo para donarnos un género más: sus vejaciones.

Todas las vejaciones son premeditadamente redactadas en tercera persona singular para interpelarte, para ponerte en el lugar del personaje y someterte a las diversas situaciones que va mostrando. Hay en todas ellas una prosa donde no sobra nada, y un humor (tan escaso en nuestra literatura) tan bien contenido y acertado que por eso quiero compartir esta breve muestra:


2

Ahí estás tú, de niño, mirando el horizonte. Y allá van los barcos, dejando a su paso una lenta columna de humo parecida al rastro de un caracol. Tus tíos y tus primos te han dicho tantas veces que no tiene sentido seguir esperando que tu padre vuelva, que ya va siendo tiempo de que aceptes que no va a volver. (Nunca les dirías la verdad, que tú tampoco esperas que vuelva, porque no esperas la llegada de los barcos sino su partida, su desaparición en el horizonte. Con envidia y rencor, añoras que los padres de los demás niños de la bahía también se vayan para siempre.)


4

Eres policía. En una escena de crimen encuentras una lista de personas por asesinar. Sabes que no debes alterar la escena de ninguna forma –es una de las primeras cosas que te enseñan en la academia– pero lo haces: tomas la lista de nombres, la escondes y la asumes como propia. Todavía no lo sabes, pero algo dentro de ti ya resolvió matarlos a todos.

(Con permiso. Tengo que declarar que si este no es el primero y el mejor microcuento policíaco jamás escrito, tiene que estar entre los cinco primeros)


9

Durante años mantienes a raya a una diminuta caries que aparece de la nada. Te  las arreglas para vivir con ella sin mayores contratiempos porque qué otra cosa podrías hacer y, aparte, no se nota. (Y no solo eso, en cierta forma esa caries es una compañera fiel, quizás la más fiel de todas.) Las cosas cambian cuando la caries empieza a crecer sin control. Sabes que debes ir con el dentista, pero postergas la visita sin ninguna razón aparente. Lo tuyo no es tanto vivir como dejarte llevar por la vida. Así pasan los años. Cuando por fin vas a ver al dentista, el dictamen no podía ser otro: hay que extraer todo el diente. Durante la breve intervención, el dentista observa, al lado del diente extraído, en un diente que parecía sano, una caries diminuta.


13

La sangre del hombre que violó a tu madre corre por tus venas. No lo odias. Desear que nunca hubiera existido significaría la incapacidad de desear.


20

Tú y tu pareja invitan a sus mejores amigos a una hermosa velada en casa. Se desviven por atenderlos como la familia que son. Los cuatro comen, ven películas, beben y, llegada la hora, se despiden, se abrazan y se besan, con las sonrisas nerviosas, los actos fallidos y la inseguridad con que suele venir acompañada la tensión sexual.


28

En este momento tu hijo hace el amor con alguien que en unos pocos meses habrá olvidado por completo.


30

Y como pago por tus aportes a la nación, el Estado le pondrá tu nombre a una exangüe escuela rural, donde los niños no serán capaces de pronunciar tu nombre sin cometer errores ni burlarse. De cualquier manera, ya a esas alturas tampoco será tu nombre sino el de la escuela.


33

Tu perro y un perro callejero se olfatean en el parque por un momento. “¡Ya vente, Burbuja!”, lo llamas. Entonces uno de los perros abandona al otro y corre hasta ti para que le coloques su cadena. El cachorro que se queda en el parque te observa detenidamente hasta que te alejas y te pierdes de vista.


40

Te despides al salir de casa, porque sabes que no hay nada que asegure tu regreso.


Sergio Arroyo

Con todo, el autor nos advierte que este es un libro dinámico, maleable, inacabado, un proyecto que de continuar alcanzará las 840 vejaciones que Eric Satie recomendó para su propia obra homónima, por lo tanto, la de Arroyo está incompleta, por ahora, tal vez, (sea que continúe o no con ella), aunque desde ya es como los Cuentos de Canterbury de Chaucer, o las Ciento veinte jornadas de Sodoma y Gomorra de Sade a las que ya no les falta nada más.


Germán Hernández.


12/3/17

Plancton - Sergio Arroyo



"Plancton", es el debut literario de Segio Arroyo, otro debut relativo, dado que Sergio Arroyo no es ningún desconocido en su faceta como editor, crítico y colaborador usual de diversos medios. Pero valga decir también, que Plancton es ante todo un voluminoso, si cabe, libro de microficciones (prefiero llamarlos así, dado que es un término más genérico que engloba mejor su contenido) lo micro pues por su brevedad, lo de ficciones, pues ¿qué artificio narrativo no lo es? Y voluminoso ¡pues son cincuenta y ocho textos! Subdivididos en cuatro secciones: “La Sagrada Familia”, “Juegos Florales”, “Un demonio de la soledad” e “Historia Universal del microrrelato”.

La primera parte “Sagrada Familia” Está constituida por 16 relatos, en esta sección encontraremos los rasgos generales que caracterizan el estilo de Arroyo: un lenguaje sencillo, frases cortas, textos breves que apenas superan una página, narrados de manera lineal. Sergio Arroyo nos muestra siempre todas las cartas, desde el primer párrafo de casi todos sus relatos plantea claramente la situación o conflicto, luego como si fueran en caída libre, los relatos se resuelven de manera sencilla, sin grandes giros o finales sorpresa. Es pura contención y economía, una búsqueda por la eficacia narrativa que no deja de recordar a esos grandes maestros del microrrelato mexicano Goldwards, Arreola y Valadéz.

¿Cómo son estos cuentos de Arroyo? Algunos parecen cuentos de enredos, confusiones y malos entendidos, como en el texto homónimo con que abre el libro: “todo empezó con un error, un pequeño error a la hora de servir la cena”, claro, en este texto los personajes regresan a la cordura, no así en el siguiente texto “Usos horarios” donde la protagonista sellará su destino: “El día que doña Carmen cumplió los 58 años de edad empezó a usar reloj. Las consecuencias llegaron de inmediato.”

Otros textos son viñetas, raros cuadros de germinales perversiones y obsesiones, como “Belcebú”, “Secreto número seis: me gusta jugar con fósforos” o alegorías sobre la envidia como “Tres montículos de tierra”, la ira en “Bautizo de fuego”, como lo anuncia el mismo título “Odio” perturbador sin duda y el estupendo “Diversiones de la Soledad” con el que tuve un deja vu y recordé otro cuento magnífico “Vivo/muerto” de Flavio Güell.

De repente esta primera sección decae, incluso podríamos decir que los cuentos se vuelven sosos “La circulación de la sangre”, “Una noche romántica”, “Recuerdos de mi última cara” en este último no entendemos por qué el autor anticipa el final, incluso lo repite cuando ya no tiene menor efecto, es como cuando por error contamos el final de un chiste al comienzo. Luego vuelve a reponerse con “Un querido sufrimiento” donde inferimos que además de existir sufrimientos queridos, son también íntimos y secretos, como también lo son las pesadillas en “Madre de dios y madre nuestra” le precede un cuento que parece salirse del conjunto, “Los zapatos” cuyo golpe de timón en la trama lo hace más cercano al realismo social. En cambio, “Las confesiones de Agustín” (un título muy sutil con enormes connotaciones) interpela directamente al lector, las llaves que abren y cierran puertas a lo mejor obedecen a nuestros deseos. Cierra esta sección con un texto cuya trama se siente familiar, “Preocupaciones de una madre de familia” donde Arroyo sabe dar esa “vuelta de tuerca” necesaria para mostrarnos un reverso igual de inquietante y aterrador en el silencio voluntario y la soledad de la protagonista.

La segunda sección del libro “Juegos Florales” está compuesta por doce textos, mantiene la misma estructura y tensión de la primera parte, continúan los enredos, las confusiones y malos entendidos, el cuento del mismo nombre que le encabeza suma una dosis de resignación y decepción, o bien de perplejidad como en “El uniforme”, destacable la viñeta “El útero”, “Ocelote” y “Final para un cuento japonés”, por otra parte “7.4 grados en la escala de Richter”, nos comienza a mostrar cómo el autor estructura sus cuentos, los cierres de estos se vuelven sentencieros y yuxtaponen los vanos intentos de los protagonistas, incluso estos giros se adivinan, como “El gran Nusrat” donde el autor nos explica lo que había que entender. Y entonces nos encontramos con una extraña joya, un juego: “Arbol #1” y no sé por qué me recordó aquellos bellos cuentos infinitos de Monterroso y de Menen Desleal, pero esta vez a la inversa, como un espejo roto, y también de excepcional calidad, “Historia de amor” donde no es lugar común decir que el amor es infinito e insondable en sus formas. Francamente flojos y sosos son textos como “Anti Rapunzel”, “El apagón” y “Un cíclope estúpido” no más que anécdotas.

La tercera sección “Un demonio de la soledad”, no son más que divertimentos, cuadros más o menos ingeniosos sobre los teléfonos celulares y cómo mi generación (cosa que no ocurrirá con la generación que nos precede) ha caído en sus enredos, confusiones y mal entendidos, estas últimas ya no endosadas a la telefonía, sino a la marca del autor en la construcción de sus textos. “La suerte que han corrido”, “Sísifo”, “Un pequeño precio por pagar”, “Admiradora secreta”, “En la riqueza y en la pobreza”, “Jaime”, “Manos libres”, “Karma”, “Tres mil metros con obstáculos”, King Krimson”, “Tono de ocupado”, “Perdido y hallado”, “Los motivos de Luciana”, “Telemitomanía” “El móvil” “Llamada telefónica”, Ichi the caller” lo malo es que los tópicos se reiteran: gente que finge conversaciones, que pierde intencionalmente o no su teléfono, parejas que se distancian o se aproximan, mensajes y llamadas sin responder, y las obscenas, en fin, que la familiaridad con estos cuentos los hacen más bien una serie de lugares comunes. Un bajón en lo que llevábamos en el libro, una sección que tal vez no pertenecía a este.

“Mensaje de SOS” es un texto que brilla solitario en esta sección, emula la técnica que llamaría yo “del espejo roto” igual que en el texto de la sección anterior “Arbol #1”, “Tratado de la comunicación humana” “La mujer invisible” “Mensajes de texto” risueños, lo que se pudo salvar.

Cierra el libro con una paradigmática sección: “Historia universal del microrrelato” título pretencioso, pero que sin duda honra los textos que encabeza, acaso, una exposición ejemplar de los modos y formas que el relato breve ha recorrido en el tiempo y en las culturas, a mi modo de ver, por mucho, la mejor lograda sección del libro, que lo salva luego del desafortunado bajón de la sección que le antecede.

Sergio Arroyo
Y abre con un “mito”, “El gran debate” precioso relato, me sentí tremendamente identificado con los relatos cosmogónicos de los pueblos profundos amazónicos; continúa con una “parábola”, “Parábola de la moneda” donde el extraño discernimiento del hijo nos hace dudar de la fortuna fácil, y sigue una “fábula”, “Recursos humanos” heterodoxa por saltarse el requisito de la prosopopeya, pero cumplidor en su moraleja. Tenemos también un “koan” esa pregunta extravagante y hasta absurda que el maestro zen hace a su “pequeño saltamontes”, pero esta vez bellamente resuelta. Aparece un “apotegma” con su aleccionadora sentencia en “[No surprises]”, donde el autor hace una curiosa aparición (y habrá otras), pero dado que estamos hartos de textos sobre teléfonos celulares este pasa apenas discretamente; y hasta tenemos un “enxiemplo” mordaz y moralizante, que es una reescritura de un cuento popular “Lo que le sucedió a un hombre con su hijo con su bestia, donde otra vez vuelve aparecer nuestro autor como personaje. Encontramos en esta historia universal del microrrelato, como no, un “cuento de hadas”: “La primera orden del rey” que es irónicamente, “una pérdida de la inocencia”, así como también un “cuadro” (de costumbres): “Mamavirgen”.

Dentro de la misma sección cierra con dos textos determinantes, el primero un homenaje a Ramón Gómez de la Cerna, una “greguería”: “[El microrrelato declara su filiación]” que más bien, digo yo, es la filiación del autor y no del género. Y finalmente un “microrrelato”: “Dos veces en un mismo río”, pieza bellamente ejecutada, pese a que su extensión nos parece excesiva.

"Plancton" es un libro de cuentos que puede ser considerado de referencia, es la más explícita y honesta propuesta al ajetreado asunto del microrrelato o microficción, donde no faltan innumerables ejemplos de libros donde casi siempre la supuesta economía no es más que carencia, y el efectismo y la relamida excusa de que el lector completa la circularidad hermenéutica rápidamente deviene en hastío, repetición y formulismo. Pero es que en esta obra de Arroyo todo es tan deliberado y ejemplar que no podemos generalizar más sin reconocer la lucidez y propósito del autor, pese a los altibajos, pese a que sentimos al libro plagado de viñetas prescindibles, pese a que no entendemos cómo el autor junta lo exquisito con lo magro.


Germán Hernández

28/7/16

Sergio Arroyo - Plancton

Sergio Arroyo nos regala un bocado de lo que contiene su cuentario Plancton. Y que sirva de invitación al resto del banquete, "Un libro añejado a punta de aguaceros, un homenaje a los incendios que coponen la memoria, a las personas y lugares que sobreviven contra todo pronóstico, a esas nobles costumbres para contradecir la muerte" Laura Flores.



Recursos humanos

No sabía si actuaba por odio o por venganza. Quizás todo se debía a la soledad de la jubilación o, simplemente, a la belleza del acto. Tenía la mitad de la ciudad rotulada con pancartas o simples hojas impresas con ofertas de empleo. Todas eran falsas. A veces pasaban dos días enteros sin recibir ninguna llamada, a veces cinco, pero todas las semanas al menos una persona lo llamaba para preguntar por un puesto de cocinera o una plaza de albañil. Él abandonaba cualquier cosa que estuviera haciendo y se entregaba a la conversación, extendiéndola tanto como fuera posible. Al final siempre desestimaba a los solicitantes diciéndoles que recién habían dado el puesto a una cocinera de mucha experiencia, o que acababan de contratar a un joven albañil. Luego les prometía considerarlos para la próxima plaza vacante y se despedía con calurosos agradecimientos, que eran las únicas palabras sinceras de su farsa. Luego de colgar, se descubría con el corazón acelerado y las mejillas tibias. Lo emocionaban mucho los breves momentos que compartía con personas necesitadas. En muy poco tiempo se había vuelto adicto al hambre de los demás.



El uniforme

Para A.

Los lunes usábamos uniformes morados; los martes, amarillos; los miércoles, azules; los jueves, verdes, y los viernes, blancos. Lo hacíamos con la misma naturalidad con la que cambian las estaciones y el día a la noche. (Con eso quiero decir que no parecía algo que hubiéramos decidido un día durante el almuerzo.) Fue un acuerdo verbal, por llamarlo de algún modo, porque entre nosotros no hacía falta que pusiéramos nada por escrito. Éramos distintos. O eso pensábamos.
Un día uno introdujo una variante en el orden: era lunes y llegó al trabajo vestido de blanco. Todos nos quedamos pasmados, como a la vista de un fantasma. Pero a pesar de la sorpresa, nadie se atrevió a decir nada. Sería por culpa de un imprevisto: se le regaría el café al desayunar, simplemente se le habría olvidado o nos estaría haciendo a los demás una broma pasajera. Después, volvimos a nuestras actividades de siempre y pretendimos que no había pasado nada.
Sin embargo, conforme pasaron los días, en vez de abandonar lo que ya no podía ser un hecho aislado, el que vino de blanco aquel lunes contagió a dos más y estos a otros tantos, hasta que yo fui el único en la oficina que se mantuvo irreductible con el código de colores.
(A estas alturas ya debe ser evidente que el que vino de blanco aquel lunes fui yo. Yo me conozco mejor de lo que la mayoría piensa. No lo hice ni por equivocación, ni por jugar una broma ni mucho menos por el deseo de ser diferente de los demás. Cuando me iba a vestir, la mano evitó el uniforme morado y buscó el blanco, como la cosa más natural del mundo. Se puede decir que me puse el uniforme blanco a sabiendas de lo que hacía. Pero saber algo no significa entenderlo. No sé por qué lo hice, y si yo mismo no lo sé, cómo puedo esperar que los demás lo hagan.)



Madre De dios Y Madre Nuestra

Sé cuando está soñando porque habla dormida. Pero por más empeño que pongo, nunca logro entender con claridad lo que dice. El tono es inconfundible: parece prometerle a alguien dinero o favores a cambio de algo, talvez guardar un secreto o no hacerle daño. Sin embargo, las promesas no parecen llevarla a ninguna parte porque el patrón se repite casi todas las noches sin ningún cambio: comienza a llorar –siempre en el sueño– y luego se queja con una terrible desesperación que me llena de culpa y me obliga a despertarla para que no sufra más. Su cama está al lado de la mía, por lo que solo debo llamarla en voz alta para que se despierte. Cuando esto no es suficiente, saco una pierna de las cobijas y la muevo un poco; por lo general, basta con tocarla con la punta del pie. Cuando ella me pregunta qué pasó, yo solo le digo que tenía una pesadilla. No entro en detalles. No me gusta mentirle.
A veces no la despierto. A veces la escucho gritar con una desesperación terrible, como si la violara un tropel de hombres hasta dejarla moribunda, o talvez una jauría de perros en celo, que se saciaran con su cuerpo amarrado a una piedra. Podrían ser tantas cosas... Pero lo importante es que lo que dice en sueños no basta para compadecerme y rescatarla de sus pesadillas.
Cuando logra despertarse por sus propios medios, lo primero que hace es tratar de incorporarse, en medio de jadeos. Voltea a verme, como para asegurarse de que yo estoy allí para cuidarla o de que aquel es nuestro cuarto o que la pesadilla ha terminado. Al comprobar que estoy allí, se siente segura. Lo sé porque su respiración se estabiliza y pronto se vuelve a quedar dormida. Yo la veo con los ojos entreabiertos. Se ha de imaginar que todo el tiempo he estado dormida.
No creo que sea una mala madre por no despertarla. En esta vida todos tienen que aprender a sufrir.



El ocelote


Sergio Arryo
La afición de doña Luisa por los gatos parecía infinita. Su soledad y los años la habían ayudado a amasar una fortuna de más de sesenta animales de todos los tamaños y colores. Vivían desparramados por toda su casa: en la cocina, la sala, el jardín, el comedor y, sobre todo, en su cuarto, tan vacío desde la muerte de su esposo. Casi no recibía visitas de sus familiares porque estos sabían muy bien que su casa se había convertido en un volcán de caca de gato.
Una de sus pocas salidas mensuales era al banco, para cobrar el dinero de su pensión, que destinaba casi por completo a comprar alimento para sus animales. Estaba segura de que en el barrio la tenían por loca o poco menos que loca, pero para ella la única opinión que contaba era la que se podían formar de ella sus queridos gatos.
Un día sucedió algo que trastocó el orden de las cosas: se apareció en la casa un gato diferente: de cuello largo, ojos pequeños y penetrantes, manchado de las orejas al rabo, un poco más grande y esbelto que los demás, y naturalmente engreído. Doña Luisa nunca había visto a un gato con aquel porte y lo adoptó emocionada. Desde el primer día, el recién llegado desplazó a sus dos o tres gatos favoritos.
Poco después apareció mutilado el cuerpo de una gata parturienta, sin rastro de los nonatos. Luisa se espantó y no atinó a formarse ninguna explicación. Buscó por toda la casa, hasta descubrir al gato manchado, solo, en un cuarto. No podía dejar de relamerse la sangre del hocico y las garras.
Pobrecito, dijo la mujer, tenías hambre, ¿verdad?
Desde ese día, doña Luisa procuró alimentar al nuevo gato antes que a todos los demás. Sin embargo, a pesar de todos sus cuidados, de vez en cuando aparecían en la casa señales de nuevas masacres, algunas más terribles que otras, todas sangrientas. Y el número de gatos que doña Luisa cuidaba en su casa se empezó reducir apenas sensiblemente.



El himen de María

Joaquín presenció el alumbramiento de su esposa. La partera le entregó a la niña en sus manos y él la sostuvo en alto. Al ver su frágil cuerpo desnudo y al sentir su peso delicado, el hombre pensó: “Todo el honor de mi familia depende del himen de mi hija recién nacida”.
Tras esto, el himen de la niña se contrajo y se rompió. Joaquín, que no podía darse cuenta de esto, le devolvió la niña a su mujer.
Justo cuando su padre dejó de tocarla, la recién nacida se iluminó.


Sergio Arroyo (San José, 1976). Escritor y editor. Estudió filología española en la Universidad de Costa Rica. Formó parte del desaparecido Taller-Estudio Poiesis. Esta selección forma parte de Plancton (EUNED, 2016), su primer libro de narrativa.



9/10/14

Sergio Arroyo se refiere a Apología de los Parques




Hay un punto del espacio en el que una cantidad indefinida de cuerpos se ha posado al menos una vez. Esos cuerpos nunca han coincidido y no pueden coincidir porque una de las cualidades fundamentales de la materia es que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo; sin embargo, en distintos tramos del tiempo sí es posible que dos cuerpos distintos ocupen el mismo lugar; con lo cual, al menos en la cuarta dimensión, esa en la que (no) interviene el tiempo, la soledad no existe. Y ese punto del espacio puede ser cualquier loseta del Parque Central de San José o de cualquiera de los parques y plazas donde ocurren las acciones de la primera novela de Germán Hernández, Apología de los parques.

Una fuerza o un impulso que nunca se nombra aparece en la novela desde la primera página y nunca se va, parece empujar a los personajes a escapar de la soledad. Pero, de todos los personajes, hay uno que parece recibir los mayores embates de esa fuerza y también es el personaje más misterioso de todos, un hombre llamado Raimundo.

Raimundo corre el riesgo de pasar inadvertido o, en el mejor de los casos, a ser confundido con un indigente. El hombre vaga por las calles de la ciudad siguiendo una ruta que solo él conoce. Cuando la noche lo encuentra, busca refugio en algún hotel barato y, más avanzada la novela, ya sin ningún reparo, se abandona a dormir en las aceras y las calles.

Sin embargo, a diferencia de los indigentes, Raimundo no es un sujeto estático ni está allí a la espera mejores tiempos, más bien está entregado a una búsqueda inútil, la de una mujer en quien descansan sus últimas esperanzas. A pesar de todos sus intentos por dar con ella, lo único que sale a su paso son multitudes de palomas muertas.

Ha sucedido algo en San José —no se sabe qué— que ha acabado con la vida de las palomas. Las permanentes habitantes de los parques de San José aparecen en distintas fases de descomposición, amontonadas unas sobre otras, a lo largo y ancho de toda la ciudad. Pero no todas están muertas, algunas se las arreglan para seguir volando en plena agonía, pero cuando ya no pueden más, simplemente se desploman, ya convertidas en diminutos kamikazes nacidos (o muertos) para matar.

Con la transformación de ese símbolo de la paz, que son las palomas, en agentes de la muerte, hay de fondo  una lectura irónica, pero profundamente crítica, del discurso pacifista costarricense de los eslóganes oficiales y los actos cívicos de las escuelas. No hay paz. La paz no es la ausencia de guerra. Nunca ha habido paz. Y si la hubo, la envenenaron.

Precisamente, a raíz de un accidente con una paloma que se derrumba, surge otra de las voces narrativas de la novela. Se trata de otro hombre, esta vez un vendedor de zapatos, que recibe en su casa una visita inusual.

Durante esta visita el hombre es objeto de un inesperado acto de bondad; y como si no fuera capaz de procesar el bien, se queda totalmente desarmado, incapacitado para reaccionar de otra forma que no sea devolviéndoselo a otra persona. El bien se convierte en ese objeto caliente que nadie está en condiciones de sostener y, por lo tanto, hay que pasárselo a otro.

Es en este momento cuando decide llevar a cabo un curioso experimento: se impone como objetivo hacer el bien por una vez en su vida, pero no un bien cualquiera, sino uno que no se pueda confundir de ninguna manera con el pago de un favor o con un chantaje velado. Este es otro de los temas de la novela, el bien inesperado en oposición al mal esperado.

Poco tardará el vendedor de zapatos en descubrir que no sabe cómo hacer el bien. La bondad no es parte de su naturaleza, sino un conocimiento por adquirir. La voluntad de hacer el bien lo termina arrastrando a crear un vacío que llenar o, dicho de otro modo, a preparar el camino para el bien a través del mal. Ese bien inesperado, más que un bien, parece ser la reparación de sus propias culpas añejas. La consigna de hacer el bien que nadie espera requiere de un beneficiado que esté dispuesto a sufrir antes un mal necesario.

El texto de Apología de los parques es un hervidero de crítica más o menos explícita. Al pasar cada página del libro, aparecen miradas que raspan sin miramientos la costarriqueñidad, sea lo que sea eso.

Una de ellas es la mirada que ridiculiza, por parcial, el discurso publicitario de sol y el pretendido amor por la naturaleza con el que se intenta vender el país en las ferias del turismo internacional, ese que destaca los valores ecologistas de una “Costa Rica esencial”.

Cada vez que un turista extranjero se topa con Raimundo, en pleno San José, y le pide las señas de una casa de cambio o de un putero, así es como responde Raimundo:

    —¿Ve estas vastas extensiones de banano? ¿Puede resistir un segundo como quien mira el sol todo este lesivo resplandor verde?, pues bien, internándose por estos estrechos surcos que dividen las matas y cuidando de no caer en las zanjas donde las coralillos y las terciopelos esperan los tobillos descuidados, caminando por ahí y esquivando los charcos infectados de Nemagón y las nubes de mosquitos, siga derecho, no le puedo decir cuánto, pues siempre se pierde la noción de la distancia entre la monotonía del paisaje, pero no se desanime, lleve el paso constante y al cabo de veinte minutos deténgase y descanse para recuperar el aliento, porque sin importar donde esté, ahí mismo debe doblar a la derecha y caminar siempre en línea recta, ahí la geografía es un poco más adversa, puede ser que tope con alguna aldea, los nativos le ofrecerán un vaso de agua, aunque tibia y de dudosa potabilidad, usted la beberá con gusto, jamás tenga miedo de perderse, eso sería lo peor, guarde energías para cuando deba cruzar los ríos, cuando al fin dé con unos antiguos rieles abandonados, ya estará cerca.

Sergio Arroyo
No es que Raimundo se burle de los turistas, nada de eso, lo que ocurre es uno de los numerosos momentos fantásticos que atraviesan Apología de los parques. Cada vez que da una dirección, él mismo parece migrar a esa San José de la jungla, cercada de plantaciones bananeras y poblada por nativos, una San José que solo se puede recorrer con alguna seguridad si se toman en cuenta sus indicaciones al pie de la letra. Y como si esto no fuera suficiente, ya sea que escuche los prudentes consejos de Raimundo o que no lo haga, el turista deberá asumir el riesgo de toparse con toda clase de bestias salvajes y hambrientas.

Muchos son los discursos que se cruzan en la novela de Hernández, cada uno ocupado de una cuestión distinta que no se profundiza en esta nota: la condenación de los milagros, la “sustituibilidad” de los engranajes —las personas— de la maquinaria urbana de producción y la dificultad de distinguir entre una persona y un objeto, como lo puede ser un maniquí.

Los discursos, sin embargo, no parecen resolver ningún problema. Tampoco lo intentan, solo ponen de manifiesto los líos y los nudos de que forman parte los solitarios visitantes de los parques y las calles de una ciudad cualquiera, como lo puede ser San José.

Sergio Arroyo.

El presente texto apareció publicado en la revista Paquidermo.


 

13/9/11

Jirafanube - Sergio Arroyo




Jirafanube

 
Se habría podido decir que no era un teatro, sino tan solo una casona antigua, disimulada a duras penas con pintura y, de alguna manera, oculta entre dos edificios de cemento oscurecidos por los hongos y la humedad. Unas gradas derruidas llevaban a una boletería cilíndrica, de donde se abría paso un café al aire libre que lucía algo más cuidado que la fachada general del edificio. Hacia el fondo del café había una entrada muy angosta y reservada que debía de conducir a la tribuna. El nombre del Teatro Calderón, se apreciaba justo sobre la boletería.

Las señas para llegar que me había dado mi amigo no me habían servido de mucho; al final, había terminado atravesando casi todo San José. Y no era la primera vez que un descuido de mi amigo significaba dificultades para mí, pero no podía reprocharle nada porque más de una vez a él le había pasado lo mismo conmigo.

—¿Cómo se llama la obra? —le había preguntado yo por teléfono.

—Se llama Jirafanube.

Sin embargo, no logré encontrar ningún anuncio donde se mencionara la obra que presentaban. Cuando compré el boleto, pregunté que si la obra se llamaba Jirafanube y la señorita que me atendió me dijo que sí. Me acuerdo que me dio de vuelto un billete donde aparecía la foto de un ex presidente con cuernos y quevedos.

Ordené un café como a mí me gusta: negro y sin azúcar y me fui a sentar a una mesa de la cafetería. No  contento con el café, saqué un cigarrillo y me puse a fumar. Luego, traté de explicarme de qué podría tratarse la obra que estaba por ver, y me imaginé a un sacerdote disfrazado de jirafa, que le hacía el amor a un cerdo virgen y solitario, como en la película francesa; luego, se me ocurrió la conversación aburrida de un coro de nubes, con relámpagos de utilería y lluvia de confeti plateado; sin embargo, por más que lo intentaba, no lograba reunir las ideas de la jirafa y de la nube.

No sé cuánto tiempo duré en aquellas consideraciones, pero sé que fue el suficiente para que en el cenicero se formara una montañita de polvo gris. Me acordé de un viejo poema barroco en el que una mujer utilizaba un espejo para vengarse de un hombre cruel, pero no logré recordar el título ni mucho menos quién lo había escrito, hice memoria durante un rato, pero acabó desentendiéndome de aquello el percatarme de que no era el único en la cafetería. Sentada a tres mesas de la mía, una señora mayor y de grandes ojos sostenía con las dos manos una taza de café humeante. La curiosidad por saber, a ciencia cierta, a qué era a lo que me había arrastrado mi amigo me hizo querer hablarle, sin embargo, en cuanto la señora notó lo que me disponía a hacer, sacó el teléfono celular y, sin más, comenzó a revisar los mensajes y las llamadas perdidas.

De un sorbo, me tomé lo que me quedaba de la taza, me levanté y desaparecí de la cafetería, dispuesto a dar un paseo por donde fuera y, en último caso, que quien debiera esperarme fuera mi amigo a mí y no yo a él.

Las calles se abrieron a mis pasos y yo transité por ellas con un aplomo que habría hecho pensar que tenía un rumbo. Paso a paso, me fui adentrando en la geografía rural de la ciudad: calles bifurcantes sin explicación y rotondas de tráfico inmóvil y resignado. De una manera, que se parece mucho a las bromas, me perdí.

En un día normal, me habría quedado de pie apostado cerca de una vitrina, esperando orientarme, pero entonces, salida del cielo nublado, una gota helada me cayó justo en medio de la frente: iba a llover. No me quedó más opción que volver sobre mis pasos al tedio del teatro. Sin embargo, lo que en un primer momento me había parecido lo más sencillo y natural de hacer, resultó imposible: por más que lo intenté, no pude encontrar el camino de regreso. De repente, me pareció estar en una ciudad extranjera.

Luego de meterme por una calle que antes había menospreciado por suponerla de una sola vía, di con algo que me hizo detenerme de golpe. Se trataba de otra boletería un poco más pequeña que la primera, pero que también tenía un letrero que decía Teatro Calderón. Entonces me dejé fascinar por la ilusión de que el teatro tuviera dos boleterías y, a la par de ellas, dos entradas, al estilo de aquellos teatros europeos del siglo XIX, que tenían una entrada sobria y elegante para los que compraban los boletos más caros, y, a la vuelta de la esquina, otra pomposa y colorida para la gente humilde que pagaba menos. En ese momento, se escuchó un trueno leve y yo levanté la vista al cielo nublado: era un hecho que iba a llover. Ya sacado de la ensoñación, presté atención al sentido común: no había otro teatro y ni siquiera otra entrada, tan solo se trataba de la misma entrada de antes, pero unas frondosas palmas en macetas que recién debían de haber sacado me habían hecho creer otra cosa.

Yo había pasado la mitad de mi vida metido en mi casa, clasificando mis libros y mis discos. Para mí, ir de noche al teatro era lo más parecido a una aventura. Por un momento, había querido maldecir a mi amigo por su invencible irresponsabilidad, pero me determiné a no echarme a perder la noche yéndome para la casa sin al menos tratar de ver la obra. Entonces, me decidí a entrar.

Al llegar a la puerta que conducía al vestíbulo principal, me salió al encuentro un muchacho de ropa vistosa que estaba apostado al marco de la entrada. Llevaba unos anteojos amarillos, boina verde, bufanda y, encima de todo, un chaleco rojo. Me resultaba casi imposible dejar de verlo, pero lo tuve que hacer porque yo parecía el único impresionado por su atuendo. Pasé de lejos, pero por un momento se me quedó viendo a la cara como si me hubiera reconocido. Yo sentí que, debajo de toda aquella vestimenta, había alguien que yo conocía, pero preferí no decirle nada para no dar las buenas noches en vano: solo le di el boleto y eso fue todo. Era un empleado del teatro.

Por adentro, el teatro me resultó inesperadamente grande. Yo me había imaginado que era uno de esos teatros alternativos, donde apenas caben los familiares de los actores, pero este sin problemas podría albergar a unas mil personas. Me senté en la décima fila, contando del frente hacia atrás. El lugar estaba decorado con mano austera pero de buen gusto. Un color amarfilado y claro dominaba las columnas y las paredes del lugar. El piso gris con motivos blancos y rojos de alguna forma contestaba la sombra del telón rojo. Me llamaba la atención que el telón estuviera tan cerca de las butacas; talvez demasiado cerca. No obstante, el dominio de los colores rojos me intranquilizaba y, en cierta forma, se contraponía al lugar ameno que insinuaba la composición del lugar. Tenían puesta música instrumental, pero no supe identificarla.

El tiempo pasó y el rumor de la gente que entraba era cada vez mayor. Unos jóvenes se sentaron en la fila que seguía a la mía y yo me dediqué a ignorarlos. Pronto, al rumor general, se unió un bullicio casi imperceptible que parecía venir de más allá del telón. Volví a ver hacia atrás y calculé que ya debían de haber unas trescientas personas y, sin embargo, no había asomos de que la obra fuera a comenzar.

 Empecé a molestarme y a refunfuñar entre dientes, con el volumen de voz de la gente que habla sola en la casa pero no se atreve a hacerlo en público. Sin embargo, un silbido de alguien en la tribuna me sacó de la rabieta. Luego, los muchachos de adelante empezaron a contar secretos en cuchicheos que culminaban en grandes carcajadas.

Apenas me había sentado y otra vez los sonidos detrás del telón. Esta vez era claro que eran voces de personas, pero no hubo mucho tiempo para razonar explicaciones porque el telón, finalmente, ya se estaba corriendo.

Al principio, me dio miedo, después risa y después otra vez miedo. Mi reacción natural debiera haber sido agachar la cabeza en espera de que la irrealidad llegara a salvarnos, pero las risas de algunos y los silbidos de otros me distrajeron del instinto. Estoy seguro de que no fui el único que no quiso ver más allá del telón y que acarició con la vista cada centímetro de tela que seguía visible mientras lo retiraban lentamente.
Después de la incertidumbre, una tristeza recóndita se había adueñado del lugar. Los silbidos y las risas terminaron dándole paso a un murmullo uniforme, que era lo más parecido al silencio que uno pudiera imaginarse.

Traté de explicarme el problema de todas las formas posibles, entre las que la instalación de un inmenso espejo de la altura del teatro mismo no era la más disparatada. Sin embargo, hechos insignificantes acabaron con mi teoría de los espejos: algunas personas de la tribuna del lado de allá balbuceaban por lo que veían, mientras que otros de la de este lado gesticulaban espasmos que no se reflejaban en el frustrado espejo.

Un hombre con cara de fumador que estaba sentado en la tribuna del otro lado me empezó a hacer señas de pujador en una subasta. Era mi amigo. Yo le respondí con la misma señal pero creo que no me entendió porque ya no me hizo más caso, ni yo a él. Unas señoras empezaron a llorar y, entonces, yo entendí que lo mejor que podía hacer era irme. Le hice una nueva señal a mi amigo, para que nos fuéramos juntos, pero no me vio o no me quiso hacer caso.

Me levanté de donde estaba sentado y empecé a caminar. Ni siquiera me pasó por la cabeza reclamar nada en la boletería y más bien apuré el paso para salir de allí cuanto antes. Afuera del teatro estaba el mismo hombre de las ropas estrafalarias. Intentó decirme algo, pero yo caminé rápido y me fui sin responderle, diciéndome que el Teatro Calderón talvez sí tenía dos entradas y que mi amigo debía haber ingresado por la otra.

En la calle, seguía amenazando lluvia. Alcé la mirada y calculé que tenía el tiempo justo para llegar a la casa sin mojarme.
2003




Sergio Arroyo. Nació en San José en 1976. Es filólogo por la Universidad de Costa Rica. Ha publicado algunos de sus cuentos en Káñina y en la Revista Nacional de Cultura. Actualmente, es editor en la Editorial Santillana.

Desde 2006 mantiene de manera morosa el blog Cenizas de Ornitorrinco: http://sarroyom.blogspot.com/



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