16/9/11

30 Libros: 10. Uno con una pésima versión cinematográfica - Dune - Frank Herbert

Motivado por una entrada aparecida en el blog "Jacintario" de la escritora Jacinta Escudos, que se llama 30 libros, me interesé por este curioso reto que surgió en el blog del mismo nombre "30 Libros", que consiste en recomendar un libro cada día, durante treinta días, siguiendo el esquema propuesto. Vamos a intentarlo...


10. Uno con una pésima versión cinematográfica - Dune - Frank Herbert

Uno de los libros más maravillosos que he leído. Recuerdo que me lo prestó mi amigo William Flores, y lo leí fascinado. Luego supe que esa novela daría inicio a una interminable saga tan mediocre como la película de David Linch, pero quizás no tanto por culpa de él como de su productor Dino de Laurentis... 

Quien no leyó el libro, ve la película como una adivinanza indescifrable, y quienes leímos el libro sentimos una profunda tristeza, pues la película no tuvo la dignidad de honrar el libro que la inspiró.

En todo caso, esta saga feudal y futurista, resulta en una mezcla de anacronismos mágicamente hilvanados, una novela completa, dura, inteligente, que acabó convertida en una franquicia mediocre y sin imaginación.

14/9/11

30 Libros: 9. Uno con una excelente cinematografía - Midnight Cowboy - James Leo


Motivado por una entrada aparecida en el blog "Jacintario" de la escritora Jacinta Escudos, que se llama 30 libros, me interecé por este curioso reto que surgió en el blog del mismo nombre "30 Libros", que consiste en recomendar un libro cada día, durante treinta días, siguiendo el esquema propuesto. Vamos a intentarlo...


9. Uno con una excelente cinematografía - Midnight Cowboy - James Leo

Leí el libro y me pareció muy plano, lleno de explicaciones y moralinas... pero la película sencillamente me demolió. Ganadora del Oscar a mejor película en 1969, dirigida por John Schlesinger e interpretada por Jon Voight y Dustin Hoffman. 

Una película psicodélica, profundamente conmovedora, y con una banda sonora maravillosa, las actuaciones son magníficas por parte de Hoffman y Voight, ambos fracasados vividores llenos de los sueños más absurdos. Pero resulta imposible no sentir empatía por ellos, en el fondo, no hay la menor maldad ni malicia en ellos, torpes y tiernos, se van apagando en medio de la verdadera maldad. En fin, un mal libro como pretexto para referirme a una maravillosa película.

13/9/11

Jirafanube - Sergio Arroyo




Jirafanube

 
Se habría podido decir que no era un teatro, sino tan solo una casona antigua, disimulada a duras penas con pintura y, de alguna manera, oculta entre dos edificios de cemento oscurecidos por los hongos y la humedad. Unas gradas derruidas llevaban a una boletería cilíndrica, de donde se abría paso un café al aire libre que lucía algo más cuidado que la fachada general del edificio. Hacia el fondo del café había una entrada muy angosta y reservada que debía de conducir a la tribuna. El nombre del Teatro Calderón, se apreciaba justo sobre la boletería.

Las señas para llegar que me había dado mi amigo no me habían servido de mucho; al final, había terminado atravesando casi todo San José. Y no era la primera vez que un descuido de mi amigo significaba dificultades para mí, pero no podía reprocharle nada porque más de una vez a él le había pasado lo mismo conmigo.

—¿Cómo se llama la obra? —le había preguntado yo por teléfono.

—Se llama Jirafanube.

Sin embargo, no logré encontrar ningún anuncio donde se mencionara la obra que presentaban. Cuando compré el boleto, pregunté que si la obra se llamaba Jirafanube y la señorita que me atendió me dijo que sí. Me acuerdo que me dio de vuelto un billete donde aparecía la foto de un ex presidente con cuernos y quevedos.

Ordené un café como a mí me gusta: negro y sin azúcar y me fui a sentar a una mesa de la cafetería. No  contento con el café, saqué un cigarrillo y me puse a fumar. Luego, traté de explicarme de qué podría tratarse la obra que estaba por ver, y me imaginé a un sacerdote disfrazado de jirafa, que le hacía el amor a un cerdo virgen y solitario, como en la película francesa; luego, se me ocurrió la conversación aburrida de un coro de nubes, con relámpagos de utilería y lluvia de confeti plateado; sin embargo, por más que lo intentaba, no lograba reunir las ideas de la jirafa y de la nube.

No sé cuánto tiempo duré en aquellas consideraciones, pero sé que fue el suficiente para que en el cenicero se formara una montañita de polvo gris. Me acordé de un viejo poema barroco en el que una mujer utilizaba un espejo para vengarse de un hombre cruel, pero no logré recordar el título ni mucho menos quién lo había escrito, hice memoria durante un rato, pero acabó desentendiéndome de aquello el percatarme de que no era el único en la cafetería. Sentada a tres mesas de la mía, una señora mayor y de grandes ojos sostenía con las dos manos una taza de café humeante. La curiosidad por saber, a ciencia cierta, a qué era a lo que me había arrastrado mi amigo me hizo querer hablarle, sin embargo, en cuanto la señora notó lo que me disponía a hacer, sacó el teléfono celular y, sin más, comenzó a revisar los mensajes y las llamadas perdidas.

De un sorbo, me tomé lo que me quedaba de la taza, me levanté y desaparecí de la cafetería, dispuesto a dar un paseo por donde fuera y, en último caso, que quien debiera esperarme fuera mi amigo a mí y no yo a él.

Las calles se abrieron a mis pasos y yo transité por ellas con un aplomo que habría hecho pensar que tenía un rumbo. Paso a paso, me fui adentrando en la geografía rural de la ciudad: calles bifurcantes sin explicación y rotondas de tráfico inmóvil y resignado. De una manera, que se parece mucho a las bromas, me perdí.

En un día normal, me habría quedado de pie apostado cerca de una vitrina, esperando orientarme, pero entonces, salida del cielo nublado, una gota helada me cayó justo en medio de la frente: iba a llover. No me quedó más opción que volver sobre mis pasos al tedio del teatro. Sin embargo, lo que en un primer momento me había parecido lo más sencillo y natural de hacer, resultó imposible: por más que lo intenté, no pude encontrar el camino de regreso. De repente, me pareció estar en una ciudad extranjera.

Luego de meterme por una calle que antes había menospreciado por suponerla de una sola vía, di con algo que me hizo detenerme de golpe. Se trataba de otra boletería un poco más pequeña que la primera, pero que también tenía un letrero que decía Teatro Calderón. Entonces me dejé fascinar por la ilusión de que el teatro tuviera dos boleterías y, a la par de ellas, dos entradas, al estilo de aquellos teatros europeos del siglo XIX, que tenían una entrada sobria y elegante para los que compraban los boletos más caros, y, a la vuelta de la esquina, otra pomposa y colorida para la gente humilde que pagaba menos. En ese momento, se escuchó un trueno leve y yo levanté la vista al cielo nublado: era un hecho que iba a llover. Ya sacado de la ensoñación, presté atención al sentido común: no había otro teatro y ni siquiera otra entrada, tan solo se trataba de la misma entrada de antes, pero unas frondosas palmas en macetas que recién debían de haber sacado me habían hecho creer otra cosa.

Yo había pasado la mitad de mi vida metido en mi casa, clasificando mis libros y mis discos. Para mí, ir de noche al teatro era lo más parecido a una aventura. Por un momento, había querido maldecir a mi amigo por su invencible irresponsabilidad, pero me determiné a no echarme a perder la noche yéndome para la casa sin al menos tratar de ver la obra. Entonces, me decidí a entrar.

Al llegar a la puerta que conducía al vestíbulo principal, me salió al encuentro un muchacho de ropa vistosa que estaba apostado al marco de la entrada. Llevaba unos anteojos amarillos, boina verde, bufanda y, encima de todo, un chaleco rojo. Me resultaba casi imposible dejar de verlo, pero lo tuve que hacer porque yo parecía el único impresionado por su atuendo. Pasé de lejos, pero por un momento se me quedó viendo a la cara como si me hubiera reconocido. Yo sentí que, debajo de toda aquella vestimenta, había alguien que yo conocía, pero preferí no decirle nada para no dar las buenas noches en vano: solo le di el boleto y eso fue todo. Era un empleado del teatro.

Por adentro, el teatro me resultó inesperadamente grande. Yo me había imaginado que era uno de esos teatros alternativos, donde apenas caben los familiares de los actores, pero este sin problemas podría albergar a unas mil personas. Me senté en la décima fila, contando del frente hacia atrás. El lugar estaba decorado con mano austera pero de buen gusto. Un color amarfilado y claro dominaba las columnas y las paredes del lugar. El piso gris con motivos blancos y rojos de alguna forma contestaba la sombra del telón rojo. Me llamaba la atención que el telón estuviera tan cerca de las butacas; talvez demasiado cerca. No obstante, el dominio de los colores rojos me intranquilizaba y, en cierta forma, se contraponía al lugar ameno que insinuaba la composición del lugar. Tenían puesta música instrumental, pero no supe identificarla.

El tiempo pasó y el rumor de la gente que entraba era cada vez mayor. Unos jóvenes se sentaron en la fila que seguía a la mía y yo me dediqué a ignorarlos. Pronto, al rumor general, se unió un bullicio casi imperceptible que parecía venir de más allá del telón. Volví a ver hacia atrás y calculé que ya debían de haber unas trescientas personas y, sin embargo, no había asomos de que la obra fuera a comenzar.

 Empecé a molestarme y a refunfuñar entre dientes, con el volumen de voz de la gente que habla sola en la casa pero no se atreve a hacerlo en público. Sin embargo, un silbido de alguien en la tribuna me sacó de la rabieta. Luego, los muchachos de adelante empezaron a contar secretos en cuchicheos que culminaban en grandes carcajadas.

Apenas me había sentado y otra vez los sonidos detrás del telón. Esta vez era claro que eran voces de personas, pero no hubo mucho tiempo para razonar explicaciones porque el telón, finalmente, ya se estaba corriendo.

Al principio, me dio miedo, después risa y después otra vez miedo. Mi reacción natural debiera haber sido agachar la cabeza en espera de que la irrealidad llegara a salvarnos, pero las risas de algunos y los silbidos de otros me distrajeron del instinto. Estoy seguro de que no fui el único que no quiso ver más allá del telón y que acarició con la vista cada centímetro de tela que seguía visible mientras lo retiraban lentamente.
Después de la incertidumbre, una tristeza recóndita se había adueñado del lugar. Los silbidos y las risas terminaron dándole paso a un murmullo uniforme, que era lo más parecido al silencio que uno pudiera imaginarse.

Traté de explicarme el problema de todas las formas posibles, entre las que la instalación de un inmenso espejo de la altura del teatro mismo no era la más disparatada. Sin embargo, hechos insignificantes acabaron con mi teoría de los espejos: algunas personas de la tribuna del lado de allá balbuceaban por lo que veían, mientras que otros de la de este lado gesticulaban espasmos que no se reflejaban en el frustrado espejo.

Un hombre con cara de fumador que estaba sentado en la tribuna del otro lado me empezó a hacer señas de pujador en una subasta. Era mi amigo. Yo le respondí con la misma señal pero creo que no me entendió porque ya no me hizo más caso, ni yo a él. Unas señoras empezaron a llorar y, entonces, yo entendí que lo mejor que podía hacer era irme. Le hice una nueva señal a mi amigo, para que nos fuéramos juntos, pero no me vio o no me quiso hacer caso.

Me levanté de donde estaba sentado y empecé a caminar. Ni siquiera me pasó por la cabeza reclamar nada en la boletería y más bien apuré el paso para salir de allí cuanto antes. Afuera del teatro estaba el mismo hombre de las ropas estrafalarias. Intentó decirme algo, pero yo caminé rápido y me fui sin responderle, diciéndome que el Teatro Calderón talvez sí tenía dos entradas y que mi amigo debía haber ingresado por la otra.

En la calle, seguía amenazando lluvia. Alcé la mirada y calculé que tenía el tiempo justo para llegar a la casa sin mojarme.
2003




Sergio Arroyo. Nació en San José en 1976. Es filólogo por la Universidad de Costa Rica. Ha publicado algunos de sus cuentos en Káñina y en la Revista Nacional de Cultura. Actualmente, es editor en la Editorial Santillana.

Desde 2006 mantiene de manera morosa el blog Cenizas de Ornitorrinco: http://sarroyom.blogspot.com/



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12/9/11

30 Libros - 8. Uno para leer por fragmentos - Lo demás es silencio - Augusto Monterroso


Motivado por una entrada aparecida en el blog "Jacintario" de la escritora Jacinta Escudos, que se llama 30 libros, me interecé por este curioso reto que surgió en el blog del mismo nombre "30 Libros", que consiste en recomendar un libro cada día, durante treinta días, siguiendo el esquema propuesto. Vamos a intentarlo...


8. Uno que lee  por fragmentos - Lo demás es silencio - Augusto Monterroso

He disfrutado algunos libros que pueden leerse de atrás para adelante, aleatóriamente si se quiere, abrirlos en cualquier página y leer, cómo no, libros como La Vuelta al día en ochenta mundos y Último Round de Cortazar, o Los Complementarios y Juan de Mairena del maravilloso Machado.

Pero el que más he querido y más he disfrutado, es la novela (¿?) de Monterroso Lo demás es silencio. que inmortaliza para siempre al singular escritor Eduardo Torres. Uno de los libros más irreberentes y graciosos del maestro del relato breve, que igualmente, en broma pero en serio nos desnuda (a los escritores) y entre absurdos y aciertos, hasta caer en cuenta que "aquí muy cerca, en San Blas vive un burro por demas" (pero siempre hay alguien más).  


10/9/11

30 Libros - 7. Uno muy divertido - Amor se escribe sin hace - Enrique Jardiel Poncela


Motivado por una entrada aparecida en el blog "Jacintario" de la escritora Jacinta Escudos, que se llama 30 libros, me interecé por este curioso reto que surgió en el blog del mismo nombre "30 Libros", que consiste en recomendar un libro cada día, durante treinta días, siguiendo el esquema propuesto. Vamos a intentarlo...

7. Uno muy divertido - Amor se escribe sin hache - Enrique Jardiel Poncela

Para que no exista la menor ambigüedad, Enrique Jardiel Poncela es un humorista. Sus libros son un derroche de ingenio y humor, en él no hay chistes fáciles, por que hay un derroche de erudicción indiscutible. Afortunadamente o desafortunadamente, Poncela en mi país es de esos escritores cuyos libros sólo puedes conseguirlos en alguna vieja compra venta, así fue como lo descubrí entre pilas de libros sin clasificar, y cajas de cartón.

Pero si todas las cosas importantes de la vida se escriben con hache, sin duda, este libro debería ser el menos importante de todos; no quisiera contradecir a su autor, pero todavía hasta hoy me cago la risa cuando lo miro, y ojeo sus páginas...

8/9/11

30 Libros: 6. Uno de un Nobel - La Peste - Albert Camus

 
Motivado por una entrada aparecida en el blog "Jacintario" de la escritora Jacinta Escudos, que se llama 30 libros, me interecé por este curioso reto que surgió en el blog del mismo nombre "30 Libros", que consiste en recomendar un libro cada día, durante treinta días, siguiendo el esquema propuesto. Vamos a intentarlo...


6. Uno de un Nobel - La Peste - Albert Camus

Es bastante injusto citar uno solo, pero si me preguntan y debo responder inmediatamente, mi respuesta sería Camus, completito con sus ensayos, novelas, cuentos y teatro. Y si una obra suya reune todo ese universo de lo absurdo, donde los más profundos anhelos se vuelven ridículos ante el peso de la realidad, pues ese libro para mí es La Peste.

Lo leí la primera vez sin mucha sorpresa en las primeras páginas, es un libro tan discreto que parece que ni se enterara de la madeja que está desenredado, luego todas las decoraciones se derrumban como diría el argelino. 

Cada vez que termino de leer un libro, en la última página, en una esquina apunto el año en que lo leí. En mis ratos de recreo fetichista cuando ordeno la biblioteca, me gusta ojear mis libros y leer a veces con sorpresa el tiempo que ha transcurrido desde que los leí; La Peste la leí en el 2000, increíble que pasaran 11 años, creo que por lo menos para mi, ya va siendo tiempo de una relectura...

6/9/11

Alejandra Valverde Alfaro - Humo o letra y otros Cuentos




Humo o letra


En mis manos descanso la cabeza
para abismarme en todo lo que ha sido
mas, de pronto, me invade la certeza

de haber soñado sin haber vivido.
Y en medio de esta súbita impotencia,
al ver que inútilmente me consumo,
quiero olvidar un rato...

Sueño y fumo.
Gloria y amor, felicidad, creencia,
¡un poco de dolor y otro de humo!

Julián Marchena


Ahí estaban. Sentados sobre la cama pensando en lo que habían hecho; como lo hacen todos, supone. Fumaban y sin embargo no entendía por qué siempre debía ser un cigarrillo. ¿Qué acaso no podían tomarse un té o comerse una moras (la fruta que más le gustaba) después de hacer el amor?

Todos los hombres con los que estaba se convertían, a los pocos días, en difusas sombras de una noche de pasión. Nunca memorizaba sus nombres, por aquello de que se le ocurriera compararlos. Prefería mantener en su memoria algún rasgo característico de cada uno; recordarlos por sus orejas grandes o por su bigote, por sus dientes o por lo bien dotados que los había hecho Dios... Ya saben, algunos llevan la delantera...

La mayoría de ellos significaba lo mismo. Ninguno la sacaba de su rutinaria vida: levantarse a las siete de la mañana y desayunar a las siete y cincuenta; trabajar hasta las cinco de la tarde, leer hasta la una de la madrugada y de vez en cuando sustituir tres páginas del libro por estar con alguno de ellos; sin embargo, seguía prefiriendo al libro que al hombre. Muchas veces se arrepintió de sacrificar un final por solo fumarse el tan obstinado cigarrillo.

Martes 16 de enero. Quince minutos antes de las ocho de la noche. Al lado derecho del tren logra ver un paquete con una tarjeta. Cruza el pasillo y se sienta junto a él. La curiosidad la va invadiendo: piensa en los titulares del día siguiente... 136 muertos en el tren por bomba (acompañado de una sangrienta fotografía, típico de los diarios amarillistas de su país); piensa en una multitud de reporteros que le hacen preguntas sobre cómo descubrió en un paquete con un tarjeta la cura para el SIDA... imagina e imagina e imagina. Decide tomar el paquete y mirar la tarjeta: Avenido 13, Calle El Solar. Casa #9. Alejandro Santiamén Villanueva. Psicólogo.

Le pareció interesante cómo un psicólogo podía vivir en una de las calles más locas y desequilibradas de la ciudad.

Tomó el paquete y bajó del tren. Decidió caminar hacia allá pues pensó que tal vez la caja contenía algo importante. A las nueve y veinticinco llegó a la Avenida 13, Calle El Solar, Casa #9. Golpeó la puerta al menos tres veces. Estaba a punto de irse cuando abrieron: una figurilla sencilla, alta, manos pequeñas, anteojos redondos y cabellos largo, casi a media espalda.

-Hola. ¿Alejandro Santiamén Villanueva?
-Sí, soy yo.
-Encontré este paquete en el tren de las ocho. Vi tu tarjeta y pensé que podría ser importante así que decidí traerlo.
-Muchísimas gracias. Por un momento pensé que las perdería.

Ella dio media vuelta y comenzó a alejarse de la casa cuando Alejandro la llamó.

-¡Oye! ¿No quisieras pasar a tomar algo? Digo, es lo poco que puedo hacer por tu amabilidad.

Aunque por un momento dudó, decidió aceptar la invitación. La sala era un poco oscura pero sintió como si la cobijara una gran satisfacción.

-Así que eres psicólogo.
-En realidad no me gusta etiquetarme así, pues desde que asumo que lo soy dejo de serlo. Prefiero verme como una persona con conocimientos en la materia que aplica de vez en cuando.

-Siempre he pensado que ustedes los psicólogos; perdón, los que tienen conocimientos en la materia, cada vez que hablan con alguien es como si lo estuvieran analizando. -Grave mito. Casi nunca lo hacemos, al menos yo nunca lo hago. Y dirás que suena un poco irónico, pues se supone que para eso estudiamos; sin embargo, no me gusta dar soluciones sino ayudar a encontrarlas.

-Interesante. Jamás lo hubiera pensado así.

En realidad es bastante oscuro. No está del todo acostumbrada pero no se siente incómoda. El vino está bastante bueno; cosecha 1830, de las mejores que haya probado.

-¿Y eres de por acá?
-Soy de la capital. Ahora estoy resolviendo algunos asuntos del trabajo.
-¿Y por cuánto piensas quedarte?
-Todo depende. Debo contactar a algunas personas y no sé cuánto tiempo tarde en hacerlo.
-Entiendo.

Alejandro ha intentado sentarse más cerca. El vino ha comenzado a subir sus hormonas. Aunque ella lo nota, no se molesta. Algo le dice que hoy matará tres sonetos, páginas 63, 64 y 65. No le importa, mañana tendrá hasta la madrugada.

-¿Qué haces Alejandro?
-Lo siento mucho. Lo siento, lo siento.
-¿Qué haces...?
-Es que intento... intento... yo intento...
-Hazlo...

Ahí están. Sentados sobre la cama pensando en lo que han hecho; como lo hacen todos, supone. Casi invadidos por un silencio ella pregunta por el cigarrillo. Alejandro se levanta y un poco aturdido busca por toda la habitación. Sale y regresa con un paquete entre sus manos.

-Lo siento. Lo único que tengo son estas moras, las que dejé olvidadas en el tren.


El bazar

Quedamos en vernos en el farolito de la esquina. Llegamos a la conclusión de que nuestro bazar comenzaba a tener pérdidas, por lo que resultaba necesario un nuevo inventario (en el mejor de los casos) o cerrarlo definitivamente (para dicha o tristeza, no sabemos aún).

Mi bazar había comenzado con una florcita de níspero. Estábamos en el parque, la tomaste y solo dijiste: “Para que aquí comience tu bazar”. Fue el primer objeto que me diste.

Mi bazar era algo interesante, solo tenía cosas naturales: hojas secas, troncos quebrados, la flor de níspero, caracoles, parte del zacate de tu casa… un bazar natural. Es increíble cómo vamos formando una pequeña tienda cuando estamos con alguien. Muchos guardan las tarjetas de cumpleaños, discos piratas con presentaciones de amor, pedazos de cabello, tiras cómicas y hasta el tenedor con que comieron juntos por primera vez un pie de limón.

Tu bazar, en cambio, guardaba pedazos de papel, ligas, unos cordones amarillos, bolinchas, madera del taller de mi casa… era un poco distinto.

Qué surtido de bazares debe existir en el mundo, he pensado ahora. El otro día estuve viendo el de una de mis amigas. ¿Podemos guardas colillas de cigarros?, fue un detalle interesante. Me he preguntado cómo será el bazar de un músico: partituras, canciones en Fa menor o la cuerda de una guitarra. ¿Qué guardará un ingeniero? Porque bueno, tiendo a pensar que cada uno arma el bazar del otro a partir de lo que le gusta… Me pregunto si en realidad lo que amas es la naturaleza y no a mí. Yo lo amo todo… sí, estoy segura; por eso tu bazar es un poco variado.

No sé si hoy, en este farol, cierre o no mi bazar. No sé si lo cambie por una colección de insectos disecados o si, más bien, reciba trozos de tela, botones y agujas de un sastre. Hoy sabré si mi bazar cambia de dueño o si solo hacemos un inventario, sumamos costos, olvidamos pérdidas y ponemos algunos descuentos.

Te sigo esperando en el farolito, sin nada en las manos. Mi bazar quedó cerrado en casa… no quisiera que se metan a robar. 


Alejandra Valverde Alfaro. Nació el 25 de agosto de 1986. Creció entre pinceles y carretas, en el pueblo de Sarchí Norte, en Alajuela. Viajó a la capital para realizar sus estudios en Filología Española, en  la Universidad de Costa Rica. Actualmente, termina su Maestría Académica en Lingüística.
Ha participado en eventos de poesía como Semana de Humanidades 2010, UNA; Convivio Cultural y Deportivo, FEDOMA 2009 y 2010; II Concurso de cuento 2008, Facultad de Letras, UCR; y forma parte del Colectivo Carbunco.Tiene dos blogs, uno dedicado a poesía, www.lyaliniaro.blogspot.com, y otro a narrativa, www.cuentanquecuentas.blogspot.com.



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30 Libros: 5. Uno de Viajes - El Corazón de las tinieblas - Joseph Conrad


Motivado por una entrada aparecida en el blog "Jacintario" de la escritora Jacinta Escudos, que se llama 30 libros, me interecé por este curioso reto que surgió en el blog del mismo nombre "30 Libros", que consiste en recomendar un libro cada día, durante treinta días, siguiendo el esquema propuesto. Vamos a intentarlo...


5. Uno de Viajes - El corazón de las tinieblas - Joseph Conrad

Voy hacer trampa, pues admito que no he leído "novelas de viajes" si es que ese tópico novelesco existe, pensé en primer lugar en los Viajes de Marco Polo, pero la verdad que es de las cosas más aburridas que he leído y no le doy ningún valor literario, luego pensé en "El Muchacho Persa" de Mary Renault, novela maravillosa sobre Alejandro el Grande y su amado eunuco, pero sentí que entraba más en ese otro tópico: "novela histórica". Incluso pensé en "El Reino de este mundo" de Carpentier, pero no. Qué lío.

 Quizá entre forzadamente en eso que llaman "Novela de Viajes", pero no puedo evitar referirme a El corazón de las tinieblas del polaco Joseph Conrad. Francamente me fascinó, y siempre he sentido que de alguna manera se anticipó un poco a Kafka, en cuanto a ese recurso de ir hacia la nada. Dicen que Conrad, a pesar de que el inglés no era su lengua materna, es uno de los máximos prosistas en ese idioma, cosa que lamentablemente no puedo constatar por mi cuenta, pero que un par de buenos amigos anglófonos me han sostenido con entusiasmo.

Después de un viaje como el descrito en El corazón de las tinieblas, me pregunto si alguno de nosotros emprendería esa aventura otra vez... creo que a Coppola no le quedó nada mal su Apocalipsis Now, inspirada en novela de Conrad. 

4/9/11

En contra de los aviones - Juan Murillo



Tras una pausa de 16 años, Juan Murillo nos regala su segundo libro de cuentos “En contra de los aviones”. Editado por la ECR, y recién presentado el pasado 18 de agosto, esta colección reúne 7 cuentos.

Valen las advertencias igual que hicimos con su primer libro  “Algunos se hacían dioses”. Cuando en la narrativa contemporánea se destaca lo pragmático, la eficacia y el efectismo, los cuentos de “En contra de los aviones” pueden ser problemáticos para el lector adiestrado en tramas truculentas y en la llaneza cinematográfica.

Los argumentos de estos cuentos los podemos resumir en una línea cada uno. Porque los hechos en sí, sólo son un sustrato que sostiene al cuento como construcción y universo cerrado, Murillo en ese sentido es un minucioso arquitecto, que prescinde de casi todo para concentrarse finalmente en el material más básico y a partir de él esculpir sus obras: lo que es andamiaje para unos para Murillo es el material primordial: la palabra escrita.

Sentimos en las manos de Murillo un esfuerzo consiente por modelar y crear desde la palabra misma en sus elaboradísimas y premeditadas imágenes, entiéndase que no se trata de de una prosa poética llena de arbitrariedades, sino de una voluntad ardua y consistente por crear arte en cada línea, donde el texto finalmente es toda una propuesta estética, virtuosamente elaborada y que además es un cuento porque cuenta algo.

En ese esfuerzo Murillo se involucra en una especie de manierismo hipertrofiado, de omnisciencia que rescata cada fibra emocional y circunstancial en medio de las singularidades que va creando en sus cuentos. Y por ese motivo, creemos que en ese acto de narrar, se ha logrado un acto puro de arte, y un acto narrativo puro.


Muerte y Caos

Pareciera que los cuentos de Murillo son como una especie de universo que se precipita hacia la entropía, en La soledad de la batalla todos los elementos dispersos, todos los instantes, todos los recuerdos y todos los miedos del personaje logran reunirse por fin para que este pueda exclamar su propio epitafio.

En La interpretación de los signos, sin importar cuán enajenado creamos que está el personaje, podríamos admitir por un instante que es portador de una verdad definitoria, y casi en un instante seremos capaces de interpretarla, de conocerla, pero ese instante se pierde, pero no por la culpa del protagonista, sino por nuestra propia incapacidad, o como diría Pierce “matamos al interpretante”.

Los “Pájaros Negros” es una pieza maestra, amorfa, mutante, donde las singularidades se difuminan y se hacen corales y densas, donde se juega con los escrúpulos del lector, hasta precipitarlo a la verdad de los sueños: donde algunos quisieron edificar un mundo, “donde algunos quisieron hacerse dioses” encontraron la piara, y donde quisieron sembrar semillas, dejaron vidrios rotos. Además un texto, en que lo alegórico se mezcla y se funde con lo vernáculo, pero hay que leer con cuidado las claves alegóricas de Murillo, su finalidad parece más estética, más dispuesta a provocar e interpelar que aleccionadora.

Desde algún lugar de parajes, por composición nos evoca Las Babas del Diablo de Cortázar, por situación, nos evoca Sábado de Gloria de Benedetti. Es uno de los textos más intrincados y elaborados del conjunto; capas y capas, en una especie  de collage, en donde lo alegórico otra vez, se fusiona con los hechos, no nos explica, pero siembra semillas, deja rastros. En muchos sentidos, uno de los textos más amargos de Murillo, y que junto a El final del día son capaces de transportarnos por la vena afectiva de los personajes, restauran la capacidad de sentir, de sacar las mayores virtudes y lo mejor de sí en los protagonistas, esa capacidad en Murillo de poder plantar y construir esas situaciones en escenarios que luego se transformarán en lápidas. El final del día, en particular recrea el universo de lo monstruoso, hacia los parajes idílicos, su salida, casi magnánima es posibilitar la trascendencia a la inversa de Desde algún lugar de parajes donde de la exaltación de una vida sin límites y llena de anhelos y potencialidades se desciende hasta el aplastamiento definitivo de la derrota.

El Dragón, con toda su carga simbólica y alegórica, nos cuenta un viaje hacia la nada, parece avisarnos lo que viene en “En contra de los aviones” una sala de espera, un largo viaje… y después la espera, siempre hacia una sola dirección, pero antes la oportunidad de dejar el testimonio: “estuvimos aquí, luchamos, nunca nos rendimos, es el momento de  morir y esperamos…” a la manera de la Soledad de las Batallas

Cuando llegamos a En contra de los aviones, (en realidad dos cuentos uno inserto en el otro) Murillo nos da un respiro, y ahora podemos disfrutar de uno de los cuentos más sabrosos que hemos leído en mucho tiempo, menos grave, más hilarante, una vena que sigo pensando ha sido tan poco recurrida en los últimos tiempos, cuando nuestra narrativa tiende a veces hacia una abusiva solemnidad, en En contra de los aviones es todo un retorno al goce y las sonrisas cómplices, pero no por ello un texto que esté al margen del resto del conjunto.

Todo es caos que se precipita hacia la entropía… todo acaba, todo es fin de mundo, todo se derrumba, como un avión que explota en mil pedazos y que no puede restablecerse, nada escapa a su muerte cósmica, a su conciencia, pero al final del relato, Murillo nos da una esperanza, nos dice que no todo acaba aquí, que hay una salida, que todo vuelve a comenzar otra vez, que es posible escapar de las habitaciones cerradas, “la nota en el bolsillo exterior de mi maleta pequeña: “Te esperé pero no saliste. Llámame”. Un número y su firma: Maite”.

Nos da mucho gusto que Juan Murillo publicara este libro, por la importancia que ocupa hoy como crítico literario, editor y autor, por el buen momento que atraviesa la joven narrativa costarricense a pesar de que la mayoría de lectores se quedó en la década de los años 40 del siglo pasado como si no se hubiera vuelto a escribir nada en este país, nos alegra saber que este libro de Murillo será un texto crucial, y un parte aguas, para lo que se viene escribiendo en la narrativa costarricense, y contrapunto para lo que vendrá.

Germán Hernández.

30 Libros: 4. Uno que le gusta a todos menos a usted - La Poesía de Borges

Motivado por una entrada aparecida en el blog "Jacintario" de la escritora Jacinta Escudos, que se llama 30 libros, me interecé por este curioso reto que surgió en el blog del mismo nombre "30 Libros", que consiste en recomendar un libro cada día, durante treinta días, siguiendo el esquema propuesto. Vamos a intentarlo...


4. Uno que gusta a todos menos a usted - La Poesía de Borges

No estoy muy seguro que a todos le guste, y menos que la leyeran... sí me constan algunos casos de gente que verdaderamente ha leído la poesía de Borges y la han disfrutado, son pocos, pero son. Hay otros que tal vez han leído un par de poemas de Borges y son los más entusiastas de su poesía, esos para mí no cuentan.

Lo cierto, y arriesgándome, por que en estos tiempos de "deificaciones" de toda clase (no sé por qué se le llama secular a este periodo de la historia el más profundamente religioso de todos los tiempos) me temo que decir algo malo sobre la obra de Borges puede ser contraproducente. Pero debo reconocer que su poesía me parece tiesa, cerebral, desalmada, excesivamente literaria, e intragable... me siento bien ahora. Me alegro por quienes disfrutan al Borges poeta, yo humildemente me quedo con el narrador.

2/9/11

30 Libros. 3 - Uno que sea un placer culposo - Georges Simenon - La saga de Maigret.


Motivado por una entrada aparecida en el blog "Jacintario" de la escritora Jacinta Escudos, que se llama 30 libros, me interecé por este curioso reto que surgió en el blog del mismo nombre "30 Libros", que consiste en recomendar un libro cada día, durante treinta días, siguiendo el esquema propuesto. Vamos a intentarlo...

3. Uno que sea un placer culposo - Georges Simenon - La saga del Comisario Maigret

Georges Simenon publicó en vida más de 1000 cuentos, y más de trescientas novelas. Vivía en un castillo medieval que se compró con lo que ganaba como escritor. Entre sus múltiples proyectos literarios, escribió más de 80 novelas policiacas sobre el Comisario Jules Maigret. Simenón cuenta que escribir una novela sobre el Comisario Maigret le demoraba una mañana, una semana para corregirla y luego la mandaba al editor.

No parece que la producción en masa sea algo que se asocie con la excelencia literaria, pero debo confesar que cuando leí casualmente mi primera novela de Maigret (Maigret y los Ancianos) se desató un incontrolable placer y una obsesiva búsqueda de sus libros... hoy día puedo presumir que tengo la colección en un 80%, que las he devorado placenteramente, que en mi primer libro dedico la segunda parte completa a este maravilloso personaje, que uno de mis gatos se llama Jules Maigret, y otro claro está, se llama Georges Simenon.

Y no me da vergüenza, únicamente una discreta envidia, saber que nunca alcanzaré la producción de ese Balzac del siglo XX.