13/2/13

Carla Pravisani - Niños del Sol



Mil Cuentos



 

Fisgonas, de Paula Serruto

 

 Nos place ofrecer, en el Signo Roto una primicia del libro "La piel no miente" (Uruk, 2012) de Carla Pravisani el cual fue galardonado con el premio Aquileo Echeverría en la rama de cuento 2012. Esperamos que el texto "Niños del Sol" sirva de motivación al lector para adquirir el texto completo.

Como siempre, reiteramos la invitación a los autores y editoriales, para participar en este espacio, dando a conocer una pequeña muestra de sus obras en narrativa que recién ven la luz.

 



Niños del Sol 


 A Juan Villoro

  

Después de los pollos que se asaron en casa de los Martínez para recaudar fondos y lastrear la calle, los vecinos —casi como un acuerdo tácito— decidieron odiar a los Kunzi. ¿A título de qué tenerlos en cuenta? No colaboraban en nada. No vendían rifas, ni ensaladas, ni siquiera compraban un plato de mandioca.


Hacía poco que la pareja se había mudado al barrio Itapé. Un camión apareció al atardecer y se estacionó frente a la casa esquinera donde ya la maleza del jardín desbordaba el muro.

Agazapada desde un ventanuco de la cocina, Rosa Jiménez de Schonberger los espió. Werner Kunzi —muy pronto les averiguarían los nombres— descargó unos antiguos muebles de principio de siglo, y con la ayuda de dos peones bajaron un piano. Kunzi era un hombre de mediana estatura, rubio de ojos chinos y de una prolijidad excesiva. La camisa de tan planchada parecía de cartón, y hasta el cuerpo daba la impresión de estar almidonado. Además caminaba cauto y desconfiado, como si temiera pisar una mina explosiva.



En cambio su pequeña esposa, Anne Kunzi, traía los hombros plegados al cuerpo como un acordeón cerrado. Al bajar del camión miró de soslayo cabizbaja, y con pasitos cortos de cuis cruzó hasta la casa y ya no salió más.
 

Ese día, Rosa amasó unos chipá cuerito y enchufó la freidora para darles la bienvenida. Vlado reparaba en el fondo una viga carcomida por las termitas, pero al oír movimiento soltó las herramientas y voló a supervisar. Su esposo le pisaba los talones, le respiraba la nuca. Ella deseaba con toda el alma que se firmara de una vez por todas el contrato con la capital para que él regresara a trabajar. Tantos meses desocupado ahí metido en la casa la estaban volviendo loca.

Vlado se acercó a la olla, miró el aceite y arqueó aquellas cejas blancas y tupidas.


—¿Ya vas a invitar gente otra vez? —le reclamó el alemán agarrándose la panza como temiendo que se le cayera al piso.



Siempre, después de alguna actividad social, le enumeraba con meticulosa saña todos los descuidos de los invitados, los anotaba en su cuaderno mental. La canilla mal cerrada del baño, el papel higiénico en el inodoro, las pisadas de tierra, un chicle en el suelo, la asombrosa cantidad de hielo consumida, indios que nunca cuidaban nada, que todo lo destruían. Así eran en el aserradero, así eran en su propia casa.



Rosa cortó los chipá, los tiró a freír y los fue colocando en una canastita de mimbre. Vlado, aburrido de pelear con la espalda de su mujer, volvió al fondo. Se dedicaría a leer su libro de historia y a tomar un whisky bajo el ventilador. A pesar de la crisis, todavía le quedaban algunos ritos asequibles que lo hacían sentir un refinado hombre de mundo. 


Rosa cruzó a la casa de los Kunzi. Su antiguo vecino Román ya le había adelantado que por fin vendería su casa a una pareja de alemanes. En aquel momento el apellido Kunzi no le sonó por ningún lado. No eran asiduos de la colectividad, tampoco miembros del club Los Tucanos.

El cielo oscuro se fue perforando de estrellas. Y, a falta de tendido eléctrico, la luna contorneaba los objetos y le daba a la noche una tibia idea de refugio. Nada malo podía pasar con tanta luz cayendo del cielo.

Rosa estuvo un rato parada ahí afuera, dudosa de interrumpir. Finalmente tocó el timbre. Werner Kunzi entreabrió la puerta y dejó el espacio justo para asomar media cara y la rodilla.

—¿Sí?

Ella le extendió la mano y le aventuró el cuerpo gordito y floreado.

—Rosa, mucho gusto, su vecina de acá al lado —dijo—. Venía a ver si querían tomarse unos matecitos con nosotros…

—Le agradezco. Es que mi esposa no se siente muy bien. Anda con migraña y se acaba de recostar —dijo en una disculpa suave y pausada.

Ella retrocedió sintiéndose una intrusa de la vereda, de la calle, del mundo.

—Entonces será en otro momento.

Esa noche, Vlado se comió los pasteles. Por primera vez le caían bien los vecinos. Gente respetuosa del espacio ajeno.

—¡Alemanes tenían que ser! —dijo con la boca empañada de azúcar.


Esther Rojas descubrió dónde trabajaba Werner Kunzi. Se lo contó a la vieja Zarza y a Rosa un domingo en que decoraban huevos de Pascua para ver si lastreaban de una buena vez: las lluvias del verano habían remozado la tierra, y la calle asemejaba suelo lunar.

Las tres mujeres se instalaron en la pequeña cocina de Rosa, sobre un tablón forrado de papel periódico, y vigilaban el muro de los Kunzi. Ya llevarían pintada una docena de huevos gigantes.

La Rojas era una agraciada flaca que vivía sola todavía. Ya los vecinos la daban por solterona porque el tiempo le había grabado mañas inmanejables,  no había hombre que le encajara. Ella contó que se había topado a Werner Kunzi en la fiesta de “Fin de Año” de los empleados bancarios.

—Ni me reconoció —dijo frunciendo la boca.

Werner Kunzi resultó ser el gerente financiero de la sede central. Ahora además también sabían que ganaba muy pero muy bien.

—¡Y no es capaz de comprar un pollo ese gringo miserable! —replicó la vieja de Zarza, mientras rellenaba la manga con lustre y se chupaba los dedos huesudos—.¿Y cuánto ganará?

Esther lanzó un suspiro.

—Un sueldo de gerente… ¡imaginate!

La pieza que a Rosa no le calzaba en su rompecabezas sobre los Kunzi es que se hubieran mudado “para acá”. Ir al centro significada una hora de viaje. Los ómnibus pasaban cuando se les daba la gana, con la gente apelmazada. Había barrios peores como el Maidana, al final de la calle, casi topando con el monte, un refugio de maleantes y contrabandistas. Por lo menos la gente del Itapé era honesta, todo el mundo trabajaba.

—¿Y la mujer qué hará todo el santo día ahí metida? —se preguntó Esther.

Rosa contó que prácticamente todas las mañanas ella veía como él se subía al auto y no volvía hasta la noche. Entraba con bolsas de supermercado y salía con las de basura. A ella solo la había visto un par de veces: una vez que se la cruzó en el minisúper de Fer-Kar y otra que hicieron tiempo juntas en la parada. Pero no la saludó: caminaba como un espectro. 

Hablar de los Kunzi las entretuvo horas.

Después de tres larguísimos meses, por fin pudo Rosa desplomarse de nuevo frente a la telenovela. Vlado había empezado a viajar por la provincia, unos contactos de la capital le ofrecieron levantar los pedidos de los aserraderos. Nada estable pero por lo menos ya no la merodeaba. La casa sin él le causaba un insondable placer. Bajó las persianas, y dejó que la cubriera una penumbra espesa.

Sintonizó el doce, el único que normalmente entraba. En los barrios del centro el cable ya había llegado, pero ahí no, probablemente en algunos años. Habían instalado una antena parabólica para recibir los canales provinciales; pero con las tormentas eléctricas a la casa le caían una maldición de rayos, así que la quitaron.

En la pantalla apareció una rubia —Diana, sí— huyendo sobre un caballo blanco. Luego, los comerciales. ¿De quién escapaba? Se esforzó por tejer de nuevo el hilo de aquella relación amorosa. Todo el romance con José David se le había escurrido: con la presencia de Vlado, el televisor dejaba de existir; para él las novelas eran chismografía barata. Así que las tenía que ver prácticamente a escondidas. No es que le dijera algo directamente, ni que se lo prohibiera, pero le hacía sentir su insoportable respiración nasal.

Volvió la mujer, el caballo y la huida, y se fue la imagen. Se oía el galope y la voz femenina sobre un llanto gris eléctrico. Rosa golpeó el televisor, y la imagen reapareció unos segundos para fugarse otra vez. Ajustó el cable y, malhumorada, lo empezó a seguir hasta el patio. Sospechaba un problema en la conexión, un doblez en algún lugar. Algún gato nocturno, algún pájaro enredado.

 Afuera sonaba el piano de los Kunzi. Rosa trajo una escalerita del depósito y trepó con torpeza por el muro. Saltó al techo, se arrastró en cuatro hasta la punta del cable y lo fue enderezando lo más que pudo. Al llegar a la cima se paró. Desde allí se distinguía la vera del río, la línea que dividía el horizonte. Más atrás, las montañas guaraníes. Y, más acá, el destartalado techo de los Kunzi, una bandeja bandeada y tembleque. Todo lo subían ahí arriba. Fierros, trapos viejos, sillas, muebles.

De pronto vio dos siluetas a contraluz. Dos niños. Los rayos les daban justo sobre las caras, y no se distinguían más que sombras. Rosa se cubrió los ojos para recuperar el foco y concentró la vista en aquellos seres flacos y altos. Hasta que logró verlos bien: gemelos idénticos; retrasados mentales.

El hallazgo la perturbó. ¿Por qué no los había descubierto antes? ¿No salían nunca? ¿Cómo habían entrado a la casa? ¿Por dónde?

Abajo los niños buscaban la luz. Estiraban los cuerpitos desnudos para que los bañara el sol. Cuando una nube los tapaba, berreaban. Pero la melodía del piano silenciaba sus gemidos. A cada rato, alzaban los brazos para atrapar esa bola de fuego. Y cuando por fin la nube se retiraba, saltaban felices.

Rosa se sentó sobre el zinc olvidando por completo la novela. Quería ver hasta el final aquel secreto que se abría frente a sus ojos como un arco iris. Cuando entró el atardecer, el piano dejó de sonar, y Anne Kunzi salió con dos toallas a cubrir a sus hijos. Los niños obedientes se metieron adentro.

Vlado comía como un autista. Leía con interés desproporcionado un viejo periódico. Cada tanto alzaba la vista, la traspasaba, y seguía leyendo. Rosa pensó en contarle, pero se contuvo: guardar el secreto le generaba más placer. Decidió no decirle nada ni a él ni a nadie.

Por fin ataba los cabos: un gerente de banco, un par de hijos tontos. Por eso la elección del barrio enlodado y pobre. Y no el Barrio Frank, dónde vivían los médicos y los forestales con sus casas de ladrillo a la vista y sus calles adoquinadas.

—¿Te pasa algo? —le preguntó Vlado asombrado de su silencio.

—No—dijo ella.

Al día siguiente Rosa volvió al techo. Esta vez con un tereré, un paquete de galletas, bronceador y lentes oscuros. En el pueblo sucedía tan poco, que los espectáculos podían ser cualquier cosa: un auto a toda velocidad por la avenida, un vecino paseando el perro, un atardecer.

Sobre la lata caliente, Rosa desplegó una lona gruesa y se sentó encima. Ansiaba ver de nuevo a los retrasados. Miró la hora. Las doce. Seguro todavía estarían almorzando. Se untó el bronceador y se recostó en el techo hasta que oyó el piano. Apenas se incorporó vio de nuevo a los niños bajo la luz. Habían abierto una manguera y la revoleaban dibujando espirales y víboras de agua. Se veían felices, inconscientes del encierro. Su universo era el sol. Jugaban... y hasta parecían normales.

El piano calló. Anne Kunzi salió al patio con una jarra de jugo. En ese momento uno de los niños levantó el brazo y señaló a Rosa.

Anne, visiblemente asustada, cubrió con rapidez a sus hijos y se los llevó para adentro. Rosa se quedó inmóvil, enrojecida.

Al día siguiente, no salieron. Tampoco el resto de la semana. El piano ya no volvió a sonar. Una noche, mientras Vlado dormía, Rosa daba vueltas en la cama, le faltaba el aire, fue a la cocina por un vaso de agua y se sentó frente a la ventana. Afuera solo la noche y el muro impenetrable.


Esther Rojas y Rosa tomaban mate en el zaguán de la vieja Zarza, cuando llegó el camión de las mudanzas. Desde allí vieron a Werner Kunzi y a los dos peones cargar los muebles y subir el piano.

—¿Para adónde irán? —preguntó Esther.

—No sé, pero menos mal que se largan. Seguro que a él lo fletaron del banco—dijo la vieja Zarza.

Rosa las escuchaba hablar viendo la caída del atardecer. En unas pocas horas ya no quedaría nada de aquella vida fugaz y silenciosa. Los niños se habrían evaporado del paisaje llevándose el sol de la tarde.


Carla Pravisani. Escritora, directora de arte y periodista, máster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona). Ha publicado Y el último apagó la luz (Perro Azul, 2004), Apocalipsis Intimo (Mención de Honor en el VI Premio Mesoamericano de Poesía “Luis Cardoza y Aragón”, 2010); el libro de semblanzas y foto documental El Museo del Apodo (Fatherland, 2012) y La piel no miente (Premio Nacional Aquileo Echeverría /Uruk, 2012).



Algunos de sus cuentos aparecieron en las antologías Pasajeros en Arcadia (Ed. Belgrano, 2000, Argentina), Poetas y Narradores del 2010 (Instituto de la Cultura Peruana, Miami), y 12 relatos centroamericanos (Editorial Catafixia).

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8/2/13

Guillermo Ávila Colina - La aurora y el llanto de las codornices



La aurora y el llanto de las codornices


Esta oscuro, todavía… ¡Dios, qué noche tan larga! Aún oigo el fuego. Pero no se oye como llamaradas. Se oye como… un fuego… de hojas, sí, como cuando se queman hojas, con pequeños estallidos aquí y allá. Como cuando el fuego va muriendo… muriendo… Sí, tío Raúl debe estar muerto. El fuego debe haberlo matado… o el humo, dicen que el humo mata antes que el fuego. Que lo ahoga a uno. ¡Qué feo debe ser morir ahogado! Pero tal vez murió antes por la herida. Sí, un corte en la femoral lo mata a uno en minutos. Imagino que la gente no sabe que un corte ahí los mataría. Es bueno aprender anatomía… ¡mi tarea!... no, me duele mucho todo para levantarme… aun es de noche, si llego a la casa me caería en la cama y me despierto hasta el mediodía… ni siquiera llegaría a clase… perder el curso de anatomía por esto… ¿y si le cuento a la profe? Tal vez me deje llevar la tarea luego… y contarle a papá… ¡Dios! Contarle a papá que maté al tío Raúl… ¿Se enojará? Le puedo decir que no fue culpa mía… pero sí lo fue, ¡qué idiota que soy!, pero una con rabia no piensa, eso le puedo decir, que no pensaba, que quería solo cortar esa cochinada y se me fue el cuchillo por accidente… el cuchillo, ¡sí!... ese cuchillo es la prueba, mi prueba, el tío Raúl me iba a matar, es lógico, luego de hacerme lo que me hizo y golpearme así, alguien me hubiera preguntado… ¿y si solo me amenazaba para que no dijera nada de lo que me hizo?... lo que me hizo… no, mejor no acordarme de ese olor animal, su baba, su rostro… maldito tío, y… ¡yo que lo quería tanto! Yo que lo prefería de niña porque era el gracioso que nos traía juguetes, nosotras sus sobrinas favoritas… no, ¡no!... mi hermanita… no te preocupes Ani, él no te va a hacer nada, ya no está, lo maté, a ese maldito… ¿Sabes, Ani? Me siento muerta, esa estúpida de Carolina dice que las mujeres se dejan… no pude Ani, no pude…no pude… es que, es que… lo golpeé, ¡lo hice! Lo golpeé y nada, tenía mucha fuerza, me golpeó en las costillas, las piernas, los brazos, me duele el pecho cuando respiro…  y el cuchillo… sí, tío Raúl me metió el cuchillo en la panza… pero no sé si antes, o después… ¡sí!... la herida de mi estómago… prueba que tío quería matarme… ¿Qué le diría mi tío a papá cuando preguntara por mi? Seguro que me escapé con Carlos… Carlos… ¡no viniste! Cabrón inútil, no viniste… no viniste… tengo veinte años y aún creo que mi héroe vendrá y abrirá la puerta de golpe en el último instante… pero no viniste…no… la puerta… ¿quién era en la puerta?... ¡ya recuerdo, las codornices!... por eso mi tío no me mató, había alguien en la puerta, un ruido, picoteos… eran las codornices dijo… pero las codornices no salen de noche… Carlos, la codorniz es más valiente que tú, a ti que te encantan los huevos de codorniz… te comes lo hijos de la codorniz… los humanos comemos lo hijos de otros, somos bestias, no, monstruos repugnantes… mi tío el monstruo que se come a los hijos de su hermano… y los mata… matar a una persona, ¡tan fácil en la tele!, tan fácil… tener una persona al frente y ¿matarla? No, no podría… ¡pero maté al tío Raúl!... pero fue un accidente, ¿verdad?, codornices, ustedes lo vieron, no quería matarlo, solo quería castigarlo por lo que hizo, cortarle su cochinada, que ya no fuera hombre, que ya no pudiera hacer lo mismo con otras… ¡sí!, no podrán culparme, lo hice en defensa de otras ¿verdad? Soy inocente, sí… pero, no… lo golpeé muy fuerte en la cabeza, cuando fue a ver la puerta… la puerta… estaba abierta… me pude haber escapado, tío Rául estaba inconsciente… pero no lo hice, busqué el cuchillo y un palo encendido, de la chimenea, para cortar y cauterizar… cortar y cauterizar… pero estaba débil, golpeada, y ¡furiosa! ¡Maldito tío Raúl!... y clavé el cuchillo, con toda mi furia, mi cólera, mi odio, ¡Maldito tío Raúl!… pero le di a la pierna… ¡Dios, qué montón de sangre!... quedé empapada, me asusté, me asusté, y salía y salía más… y tiré el palo encendido… el fuego… ¡el fuego también fue culpa mía!... quemé la cabaña de papá, papá… debiste estar ahí… dijiste que estarías… no, fue tío Raúl el que dijo que estarías… soy una idiota, creer en esa mentira… pero ¿por qué no creerle?... era mi tío favorito, no pueden culparme de eso… pero lo maté… su esposa me culpará, sí, dirá que fui yo quien lo sedujo, ¡que asco!… si mi tío tuviera hijos también me culparían, que maté a su papá… ¡hijos! ¡Dios! ¿Y si quedo embarazada?... ¡no, no, NO!, cómo le digo a su hijo que maté a su papá, cómo, cómo lo miro, cómo le cuento… su papá, pero yo seré… ¡su mamá!... ¡No!... no… no estoy lista para ser madre… mami no lo estaba y aún así… ¡Oh, mami, me haces falta, me haces tanta falta… ¿Dónde estás? ¿No hay un cielo? ¿Me ves desde allá?... mami, debes estar sufriendo… mami… verme aquí tirada boca abajo en el zacate, llena de sangre, pero no te preocupes, mami, no es mía, no es mía, mami… es de tío Raúl… que maté, mami, lo maté sin querer, porque me hizo cosas horribles mami… ¿Lo viste? Pero me salvaron las codornices, que no salen de noche… es de noche y aun no llego a casa… papi y Ani deben estar preocupados… debo levantarme, pero no puedo… no me quiero mover… aún no se seca la sangre del tío… la sangre… ¿Será mía? No sé. Siento el zacate mojado, pero no puedo ver, esta muy oscuro, ya no alumbra tanto el fuego… pero amanece… la bella aurora… si, amiga codorniz, la aurora es la de los nuevos días, mañana, hoy, se resolverá todo… pronto vendrá papá y me llevará a dormir en mi camita… y despertaré a desayunar y todo será un sueño horrible… ¿Hace rato estás conmigo? No me había dado cuenta… tampoco sabía que las codornices hablaran… ustedes se ven tan bellas en la luz y la mañana tan bella y fresca… oh, sí, veo el charco… ¿Es mi sangre dices?... oh… debo estar mal entonces, débil, por eso no me levanto… tengo sueño codorniz, quiero dormir un poco mientras llega papá, tal vez venga Carlos también… ¿Qué, qué cosa pura?... ¿Qué me preguntarán si soy pura?...  No sé, codorniz, no me siento… No sé… qué dirá Carlos, papá… yo, la asesina, tirada en el zacate, nadando en la sangre de mi tío… ¿Qué? ¿Qué no me culpe? Casi no te oigo, codorniz… Entiendo, mi pureza está intacta… sí, ninguna bestia puede arrebatar la pureza… yo soy la víctima, nada hice para merecer nada de eso… y sí, tío hizo todo para merecer lo que le pasó… ¿Qué si lo perdono?... no sé… puede ser… ¿Qué? ¡NO TE OIGO! ¿Nos vamos? ¿Adonde?... te ves triste… y como con esperanza… sonríes… es una sonrisa triste, codorniz, me calma mucho mirarte… esta aurora es muy brillante, ¿sabes?... pronto vendrá papá y me llevará… me pondrá en mi cuna, me arrullará y me contará un cuento con princesas mientras mami me prepara leche caliente… tengo sueño... buenas noches, papi, mami… sí, codorniz, ya voy, déjame cerrar los ojos un poco nada más… siento agua en la cabeza… ¿sangre?... no, lluvia… tampoco, ya siento, ya sé que es… son lágrimas…sí, lágrimas… de codorniz….

  

Alfredo Pizarro (San José, 1972) es abogado de profesión y cuentacuentos de vocación, posiblemente porque ambos quehaceres tienen más en común de lo que uno se imagina. A pesar de su aburridísima carrera, ha encontrado espacio para producir, bastante infrecuentemente, uno que otro relato. Aunque ha vivido en lugares tan exóticos como Colorado Springs y Barcelona, nunca es tan feliz como cuando se toma un vino con amigos en su biblioteca en Heredia.

Su cuento "Un Profeta" fue publicado en la antología de Editorial Club de Libros "Fin del Mundo" (2012).

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6/2/13

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1/2/13

La Terapia - Tania Hernandez


El Beso de la Serpiente (Detalle)

La terapia


 ¿Usted sueña?
  
por supuesto que sueño - si hasta las mesas sueñan, y la madera y las casas y los árboles. – “no hay nada que no provenga del sueño intranquilo de una partícula elemental”, me dijo alguna vez un profesor enamorado

¿Usted sueña?

sueño todos los días y todas las noches, sueño con la sicóloga, con su rostro de loca cuando me cuenta sus sueños, con su mirada infantil cuando espera una interpretación que la libere, no como Freud, que para Freud está ella, sino como José de Cannán, el de la tierra prometida que no dio frutos por siete largos años. Siete años lleva ella tratando de quitarse el tatuaje impuesto en su iglesia, su profesión y el anuncio colgado en la sala de espera, con la promesa de curar drogadictos, homosexuales e infieles.

sí, hablamos de mí, de mis padres, y por qué pagan la terapia, pero en los últimos minutos me pide que yo le interprete sus sueños. Yo, entonces, comienzo a hablar de numerología, del número cuatro, del color blanco, del orden, de la rigidez, de la represión, de todo lo que podría estar atrás de aquello que su inconsciente ve, le hablo de lo que dice la internet y de mi libro de sicología para dummies, pero no, ella quiere un profeta, un astrólogo, un vidente

y mientras me cuenta sus sueños, algo la humedece y cruza las piernas,  y empiezo a imaginar cómo sabrá la humedad de sus sueños, esos sueños que la componen y a la vez la descomponen,  si tendrán sabores y olores, significados que se escapan de mi boca, de mi lengua

por eso después de la terapia, paso al mercado a comprar fruta fresca y se la doy a mi novio. Lo beso largo e intenso,  y trato de adivinar si la sicóloga sabrá a naranja, o a fresa, o a guayaba o mejor: a dulce de leche. Y  mientras estoy con Miguel  y disfruto de su sexo penetrando mi cuerpo, pienso en ella,

y vuelvo a su clínica deseándola, esperando penetrar sus sueños, deseando desordenar cualquier partícula que no me incluya. Sé que un día se acercará a mí y me pedirá que la bese,  que le prediga con mi cuerpo un futuro conmigo y sin María, María la de los besos furtivos, esos besos que guarda en un rincón de su alma, lejos de la culpa y del  tatuaje del anuncio. Haremos el amor, y será maravilloso, ella pensando en su Maria y yo en Miguel, mi novio. Y cuando acabemos, le diré que el cuatro éramos nosotros, y que este cuatro será la abundancia - las vacas gordas - no le hablaré de la leche por supuesto, ni del río que correrá entre sus piernas, ni que entonces sabré a qué sabe, cual fruta adereza el sabor de la ausencia. Ella me mirará confundida. Me citará para la semana siguiente. Me dirá, que tiene mucho que pensar.

a Miguel le extrañará que lo ame sin llevarle más frutas y a mí que ella no me llame para preguntar por qué  nunca volví. Entonces vendrá lo terrible. Entonces, seguramente, dejaremos de soñar. 


 Tania Hernández. Guatemala. Reside en Frankfur, Alemania. Ha publicado el libro de relatos Love veintediez (2011) Visite su blog: Cuentiemos.











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24/1/13

Ojos de muertos - Guillermo Fernández



“a mi todo muerto me angustia, todo muerto me duele, sea un niño iraquí, americano o costarricense; pero, por supuesto, entre la muerte masiva de niños costarricenses y norteamericanos, y la muerte de niños árabes, ¿qué puedo escoger?...”.

Abel Pacheco


Guillermo Fernández debutó literariamente en poesía con La mar entre las islas. (Premio Joven Creación, ECR, 1983), Atrios, (ECR, 1994), Estocada final, (Premio Nacional Aquileo Echeverría, ECR. 1997), Para días posibles (EUNA, 1997) y Danzas (EUNED. 2002). Más adelante deja la lira y sigue con el cuento Efecto invernadero, (ECR, 2001) y Hagamos un ángel (Editorial EUNA. 2002). Más tarde aborda la novela con  Babelia  (2006) y Nebulosa (2007) ambas con la Editorial Costa Rica y sigue ahora con Ojos de Muertos (Uruk 2012).

En esta tercera novela Fernández incursiona en el género detectivesco[i], y en lugar de entregarnos un caso, nos ha novelado dos, uno que podríamos llamar “Los niños de Irak” y el otro “Draculín”, en una obra llena de referencias amargas y reconocibles, igualmente ha creado un singular detective, Pablo Jimenez, el cual resulta de alguna manera en un anti-héroe, digamos que un anti-detective, pero primero hagamos un repaso por la novela.

Síntesis

Compuesta por seis partes en treinta y dos capítulos, en la primera de ellas “La mano mordida” Pablo Jimenez, jefe de la Oficina del Crimen Especial del Ministerio de Protección Civil recibe el encargo del Director[ii] para investigar el ataque sufrido por el presidente de la república Joel Agüero[iii]. Autoridades superiores habían recibido antes un poema amenazando al mandatario por su incondicional apoyo a la Coalición de países que luchan contra Irak y el terrorismo de Al Qaeda de quienes se sospecha son los perpetradores del ataque. Ante todo, el propósito de la misión será “descartar de inmediato si los locos de Al Qaeda están detrás de este ataque” (Cap. I). Pablo pone en autos a su equipo de criminólogos (Cap. II) e inician sus primeras pesquisas infructuosamente (Cap. III) al día siguiente de su asignación, Pablo se entrevista sobre el asunto con el asesor presidencial Ananías (Cap. IV) y saliendo de allí se le ocurre la idea “no del todo clara en esa hora de debilidad, de visitar al padre Rosales” (Cap. V)

En la segunda parte “Huir y regresar” Pablo decide darse el fin de semana libre, visita un prostíbulo (Cap. VI), más tarde se encuentra con su amigo Celso[iv], quien hacía unos meses había perdido a su hijastro en un supuesto asalto, Celso pide ayuda a Pablo para que le consiga un sicario que le haga justicia a él y su mujer, Pablo lo recrimina y no le apoya (Cap. VII), regresa a casa donde se queda dormido viendo una película, cuando despierta sale a buscar a una vendedora que el día anterior le había parecido hermosa, como no la encuentra, se decide por ir a visitar a su padre en Barva (Cap. VIII), ahí pasa frente a la casa de Belisario, fabricante de máscaras y amigo de su padre y se detiene a conversar con él (Cap. IV), sigue caminando y ve el techo de la iglesia y recuerda una mala experiencia de su infancia con un sacristán hasta que se topa con Damaris, una ex novia de su juventud con quien charla un rato (Cap. X), finalmente llega a casa de su padre (Cap. XI).

En la tercera parte, “Últimos días del año” Pablo recibe un informe de sus colaboradores, se han hecho detenciones, pero no sienten que estén progresando pese a la captura de un indigente conocido como “Culebra” que parece coincidir con las descripciones y a quien el presidente ha identificado como su agresor (Cap. XII)[v]. Pablo platica casualmente con dos forenses alrededor de un extraño trozo de carne que los lleva a fantasear sobre su origen[vi]; le confirman también que la dentadura de Culebra coincide con las marcas del mordisco en la mano del presidente (Cap. XIII)[vii]. Los indigentes son liberados, “Culebra firma una confesión donde admite haber mordido al presidente, pero niega haber sido instigado por terroristas o conocer el misterioso poema de los niños de Irak, nadie le cree, las autoridades están obstinadamente convencidas de que Al Qaeda está detrás del ataque. (Cap. XIV)

Tras la negativa de contactar a un sicario,  Pablo finalmente cede al pedido de su amigo Celso y contactan a “Candado” para el trabajo. (Cap. XV)[viii] Más tarde, Pablo vuelve a entrevistarse con el Director, le indican que recibirá el apoyo de un agente de la Coalición de países de la guerra contra Irak para encontrar el vínculo entre el ataque al presidente y los terroristas (Cap. XVI) El 24 de diciembre, llega al país el agente, Arnold Badcock, Pablo lo recibe en el aeropuerto, lo lleva a un hotel y toman juntos. A la mañana siguiente Pablo recibe una llamada de Rodolfo, uno de sus colaboradores que se encuentra en una crisis personal y acude en su ayuda. (Cap. XVI).

El 26 de diciembre, Pablo y Arnold Badcock se entrevistan. Pablo pasa el fin de año solo. Otro día, una de las prostitutas que Pablo contactó para Arnold Badcock se queja con él de las perversiones de este. (Cap. XVII)[ix].

La cuarta parte “Testimonios” Pablo conoce las perversiones de Badcock, siente que son un arma para extorsionarlo y se retire de la investigación, pero fracasa, comienzan así los interrogatorios y torturas de Badcock que arranca testimonios inverosímiles de indigentes lo cual compromete a las autoridades por lo que finalmente es retirado de su cargo. (Cap. XVIII) En una nueva entrevista con el Director, se le indica a Pablo que se debe negar cualquier tipo de contacto con el agente (Cap. XX)  A consecuencia de los rumores sobre las torturas, Pablo sufre un incidente con Gregorio Luna, periodista de Testigo Ocular (Cap. XXI)[x].

La investigación ahora da un giro y se dirige hacia el posible autor del poema, Pablo entrevista a diversos poetas buscando indicios que lo llevarán hasta el poeta muerto Honorio Méndez[xi] y hacia  un grupo literario “Clara Oscuridad” (Caps. XXII y XXIII).

En la quinta parte “El rastro de Draculín” un nuevo homicidio en Aserrí  hace a Pablo retomar el caso del asesinato del hijastro de Celso, visita a éste y su mujer para informarles del asunto, con la ayuda de un informante van tras la pista de un sospechoso con el mote de Draculín, y las pesquisas los llevan hasta un bunker en medio del hermetismo de los presentes (Caps XXIV y XXV). Pablo tiene una pesadilla con Draculín, un mes después, recibe la llamada de Celso para avisarle que su mujer le ha abandonado, que se fue con el sicario para vengar la muerte de su hijo (Cap. XXVI). Esa misma noche, Pablo descubre que han caído en una trampa y Draculín se ha burlado de ellos por mucho tiempo (XXVII).

En la sexta parte “Ojos de muerto”, el presidente a sido atacado nuevamente, y aunque continúa la investigación en busca del instigador de estos ataques, se ha cubierto el asunto con un culpable por conveniencia (Cap. XXVIII), pese a que se descubre que un fantasmal Honorio Méndez es el autor de los ataques, las autoridades por consejo de una clarividente proponen llevar a cabo una serie de misas para apaciguar al atacante (Cap. XXIX) Días después Pablo tiene una curiosa conversación con Débora la clarividente (Cap. XXX). Pablo recibe una llamada de Celso: candado ha sido asesinado por Draculín, Pablo y sus colaboradores vuelven al bunker donde habían buscado antes para descubrir el paradero de Draculín, se monta un operativo para aprenderlo (Cap XXXI), tras el operativo, Pablo reflexiona sobre los resultados. (Cap. XXXII).


El anti-detective, paranoia y absurdidad

Guillermo Fernández ha creado un personaje muy peculiar en Pablo Jimenez, jefe del departamento de la Oficina de Crímenes Especiales, se trata de un sujeto pusilánime como individuo y como detective “Creo que mi trabajo en el Ministerio de Protección Civil ya no me parecía estimulante” (pág. 9), estoico, nunca va contra la corriente y termina haciendo lo que los demás quieren: se hizo criminólogo porque su ex mujer se lo pidió “lo que había vivido hasta ahora era la fantasía de mi ex esposa y sin ella no tenía a quién comentarle los avatares de cada día” (pág. 9 ), fue despedido como profesor de filosofía porque los estudiantes no lo respetaban (págs. 13 y 14), le consiguió un sicario a un amigo pese a no estar de acuerdo (Cap XV), consiguió prostitutas para el agente de la Coalición (Cap. XVIII), y no pudo extorsionarlo luego, calló las torturas y abusos de esté cuando se lo ordenaron “la orden que tenemos ahora es la de negar cualquier tipo de contacto con el agente” (pág. 150), calla también sobre la falsa resolución de los ataques al presidente (Cap. XXVIII), en general, todo en Pablo Jimenez es un acto fallido, fracasa en sus investigaciones, pues paralelamente el Director llega primero  que él a los mismos resultados (Cap. XXIX), igualmente, “Candado” le gana la carrera en encontrar a Draculín (Cap. XXXI). En suma, la vida del “anti-detective” no tiene mucho sentido salvo que sigue jovencitas sin éxito aunque lo niegue[xii] (pág. 60).

Resulta interesante el recurso del detective-filósofo, aunque a fin de cuentas, todos los personajes resultan tan buenos filósofos como Pablo, en especial el Director (Cap. I) [xiii] y Badcock (Cap. XIX)[xiv]  que hasta citan mitos y autores clásicos con él, realmente se desaprovecha en la novela esta peculiaridad para la resolución de los casos.

Como habíamos dicho al comienzo, esta novela es dos historias, o mejor, dos casos, el primero que llamaremos “Los niños de Irák” es una parodia, carnavalesca y paranoica, la obstinación de las autoridades por revelar un misterio para inmediatamente negarlo, sean los terroristas de Al Qaeda o la sombra de un poeta muerto, aquí la verdad se inventa y luego se oculta.

El segundo caso “Draculín” rememora la ultraviolencia de la Naranja Mecánica de Anthony Burguess, del niño que está en la frontera de la vida y debe decidir si crese o se queda en sus mórbidas travesuras, pero también da paso a otro elemento, a una fascinante confrontación, la cacería de un criminal entre un detective (dentro del aparato institucional) y por otro el sicario (que transgrede esa institucionalidad). A pesar de ser este segundo caso más contundente, se debilita (poco importa que la esposa de Celso se valla con Candado) hasta su  desenlace y en medio del clímax el narrador se detiene a describir la casa del asesino y a citar los nombres de los autores de los cuadros y esculturas; la casería de Draculín se vuelve melodramática y poco creíble cuando Pablo se enfrenta sólo ante él, como si lo hubiera finalmente emboscado en un callejón solitario cuando en realidad estaba acompañado por un fuerte operativo con agentes armados.

Pero sentimos que hay algo que no nos permite sumergirnos en cada una de las historias narradas y exprimirles todas sus consecuencias, y es a nuestro parecer el problema del narrador-personaje-autor por un lado y por otro los tantos episodios que las enmarañan, a veces sólo accesoriamente, para servir de trasfondo o escenario a las reflexiones y juicios del protagonista.


El problema del narrador

A todo lo largo de novela el narrador y protagonista Pablo Jimenez opina de todo, juzga a todos y lo describe todo sin dejar nada para el lector, no cabe duda que hay agudeza y hasta puntos altos en sus soliloquios, pero la mayor de las veces resultan estorbosos, tanto que terminan sofocando el relato, los personajes los conocemos por lo que Pablo Jimenez dice y piensa de ellos y nunca por lo que los personajes realmente son y hacen, la novela se excede en juicios de valor y pierde en sutileza y sugestividad. Quisiera mostrarlo con algunos ejemplos:

“Cuando salía de Casa Presidencial me sentí mareado. Detuve el automóvil cerca de un puente, abrí la ventana y vomité. Un grupo de colegiales me vio desde la esquina, se agitaron sorprendidos y luego se rieron socarronamente. A los jóvenes les encanta ver a los viejos hacer el ridículo, el instinto les dice que ya nos pueden pasar  por encima, y de paso gozar como lobeznos lujuriosos.” (Cap. V. pág. 37)

Aparte del vómito (que es un clisé del cine de Holywood  que no viene al caso) realmente no interesa el comentario sobre la juventud irreverente, el lector puede llegar a esas conclusiones sin ayuda del autor, también se nota aquí el uso del símil con un propósito decorativo más que para ampliar el sentido o bien comparar una cosa con otra.

El narrador, que en todo caso es testigo y protagonista de la acción, por momentos es también omnisapiente, conoce los pensamientos y hasta lo que los personajes quieren decir y sienten:

Lo que Damaris quería decirme, en verdad, era lo siguiente: No puedo evitar vivir así, y solo pienso en huir”. (Cap. X, pág. 74).

“De nuevo, Damaris invertía los términos. Lo que deseaba decir era que Daniel le había puesto un terrible vigilante: Juan y que lo hacías porque no solo la celaba. Sabía que ella era diferente, alguien que no formaría nunca parte de sus propiedades, un ser inaccesible, aunque la pudiera tener a su disposición, cuando se aburría de sus muchas amantes. Daniel sabía hacer dinero y eso era lo único que había aprendido en la vida. Lo hacía de todas las maneras posibles y creo que muchos lo adoraban. Hombres como Daniel son apreciados sin mucha dificultad, les sobran serviles y protectores. Tal vez conocen el corazón de los hombres mejor que ninguno y les saben hablar para mantenerlos hipnotizados”. (Cap. X, 75)

Aquí es donde mejor se aprecian los problemas con el narrador en primera persona que además es el protagonista, como siempre, agrega comentarios que no son pertinentes, que no refuerzan la trama ni aportan gran cosa al argumento. En toda la novela solo existe un punto de vista: el del autor-narrador-protagonista.


Un relato saturado

Conforme avanzamos en la lectura de la novela, comenzamos a notar una saturación de recursos: sueños, voces, encuentros y episodios enteros alrededor del detective con el único propósito de servir de escenografía para sus juicios y sentencias, la trama se desdibuja, la novela se vuelve un relato sobre Pablo Jimenez y sus escrúpulos, todo lo demás es fachada, de no ser así, faltó economía, contención y eficacia.

Por ejemplo la entrevista con Ananías en el capítulo IV que no hace más que repetir lo que ya sabemos del caso de “los niños de irak” en el capítulo I.

Desde el capítulo V hasta el XI, se intercalan una serie de personajes y situaciones que nada aportan a los casos, y que conciernen únicamente al narrador protagonista, es débil el papel del padre Rosales tanto en el capítulo V como en el capítulo XXXII donde se siente una especie de voluntad aleccionadora en el autor representada por la “autoridad moral del sacerdote” alargando el final de la novela sin necesidad.

El largo fin de semana narrado en la segunda parte (Caps. VI-XI), con la excepción del encuentro entre Celso y Pablo es bastante prescindible; ahí se narran la visita al prostíbulo, la búsqueda de la vendedora, el diálogo con el taxista, el recuerdo de una violación por parte de un sacristán, la visita al fabricante de máscaras, el encuentro con una exnovia, la visita a la casa paterna y las voces de la madre muerta, todo gira alrededor de Pablo pero no alrededor de los casos que investiga.

Igualmente se sienten recargados y clisés los diálogos con los taxistas (págs., 63-64 y 106-107), o los sueños, sobre todo en el capítulo XXVI cuando Pablo sueña con Draculín, personalmente, opino que el recurso onírico, como intento de penetrar en el subconsciente y en la psiquis de los personajes para ampliar las posibilidades significativas de un relato ha sido un recurso excesiva y vanamente socorrido en la literatura costarricense.

También sentimos innecesarios los lamentos y auto-recriminaciones de Pablo y su equipo cuando descubren el engaño de que han sido víctimas por parte de Draculín en el capítulo XXVII y cómo se alarga el final de la novela con la llamada de Pablo a Andrea (pág. 240), o el diálogo con Ananías (pág. 245-246) o la totalidad del capítulo XXX, y la entrevista del detective con Débora la clarividente. En todos los pasajes que he mencionado llueve sobre mojado, el autor interviene como queriendo explicar y ampliar un sentido y unas conclusiones que ya se intuyen y le corresponden al lector.

Por el contrario, sentimos como verdaderas joyas los pasajes sobre Beatriz y Filadelfo, vecinos de Pablo o el magnífico relato inserto del capítulo XIII, la confesión de Culebra o el pulso entre Candado el sicario y el protagonista planteado en la página 182. También sobresalen las entrevistas con los poetas en los capítulos XXII y XXIII.

Concluyendo

Ojos de Muerto es una parodia sobre la paranoia institucionalizada, donde los personajes se arrastran por el fracaso y la absurdidad de sus propias acciones, con mayor contención y énfasis en los casos investigados y sin los juicios morales de Pablo Jimenez en cada párrafo y situación del relato seguramente la novela sería más sólida.

Germán Hernández




[i] La novela detectivesca a lo largo de su evolución ha sido un pretexto afortunado para ahondar en la condición humana y síntesis de los múltiples rostros de la sociedad. Tal parece que ahora y afortunadamente la literatura costarricense va perdiendo el temor por la literatura de género y en el caso de la literatura policiaca ya es obligatoria la mención de Enrique Villalobos o Jorge Méndez Limbrick y otras voces emergentes como la  de Daniel Quiroz y ahora la incursión de Guillermo Fernández, en ese sentido creemos que es ganancia, y en la medida que el género cobre vigor, ya no se dirá al contrario que esta es pretexto de lo primero sino razón central para referirse a esa condición humana y social, con toda la dignidad literaria que sí goza en otras latitudes con mayor tradición en el género.
[ii] Curiosamente, nunca sabremos el nombre del “Director” como tampoco conoceremos el nombre de la “dirección” a su cargo, a veces se le dice Director de Protección Civil, pero ese es el nombre del ministerio y él no es ministro.
[iii] La referencia es inconfundible, y se transcriben casi literalmente las palabras del presidente Abel Pacheco en el 2003 “entre la muerte masiva de niños costarricense, norteamericanos y árabes, se hacía la pregunta de lo que debía escoger” (Pag.12).
[iv] Aquí se introduce disimuladamente el otro caso, el de “Draculín”.
[v] Estamos de regreso en el caso “Los niños de Irak”
[vi] Este relato inserto, es alucinante y de una sobresaliente calidad, sin duda uno de los logros dentro de la novela, genera extrañeza y entra plenamente en lo fantástico, y logra contribuir con esa atmósfera de absurdidad.
[vii] En este capítulo se hace una referencia al caso de “Draculín” que será fundamental.
[viii] Volvemos al caso de “Draculín”.
[ix] Es más que obvia la referencia de Arnold Badcock con un conocido actor de películas de acción y más por su curioso apellido, como sea, no deja de ser curioso que en una novela donde sobreabundan los detalles no se describa ni una sola de las perversiones de Badcock.
[x] Pero este incidente parece ocurrir sin ninguna consecuencia posterior. Lástima que se desaprovechara este pasaje. El personaje de Luna es mucho más complejo e interesante por lo que hace y dice que por lo que Pablo Jiménez dice de él en su caricaturesca descripción.
[xi] Las referencias en estos capítulos de los poetas (Sara, Miguel, Braulio) provocarán a más de uno, pero en el caso de Honorio Méndez la referencia es inconfundible, se refiere al desaparecido poeta David Maradiaga, salvo por el año de su muerte los datos son exactos como su vocación y las hipótesis de su muerte: “Algunos consideraban que lo habían matado por ser ecologista, otros, que habías muerto en su propia ley, henchido a más no poder de una apocalíptica borrachera” (pág. 168) la edad en que murió: “la muerte del poeta a los 27 años” (pág.170) El lugar donde encontraron su cuerpo “nos fuimos al parque de los Mangos en Zapote donde había sido encontrado el cadáver de Honorio Méndez” (pág. 177) y su origen “Ah, y no le he contado lo peor: sabemos que descendía de nicaragüenses” (pág. 239).
[xii] Angélica la vendedora (Cap. VI) y Paula (Cap. XXV)
[xiii] Donde platican sobre el mito del Minotauro a propósito de un trabajo escolar del nieto del Director.
[xiv] Donde platican de Chang Tse y Bataille.