25/2/11

En el Zoológico - Guillermo Fernández



En el Zoológico


El autobús se detuvo. Un hombre asomó pidiendo al chofer que lo dejara viajar gratis. Tal vez era su conocido. Nadie lo supo. El hombre se subió con timidez y se sentó en uno de los primeros asientos. Su cabello le caía sobre los hombros. Llevaba la ropa más desaliñada que había visto. En su mano derecha traía dos zapatillas de mujer.

La madre y su hija que lo observaron con curiosidad estaban detrás del tipo. La niña sonrió con burla y la madre le indicó que se tranquilizara. Yo no había visto cuál era la causa de su agitación, hasta que me levanté un poco y observé que el hombre había puesto las zapatillas sobre el asiento de su lado. Este las contemplaba y parecía inquieto. La acción era graciosa y había que hacer un esfuerzo para no reírse a carcajadas.

Había pocos pasajeros en el autobús. A través de las ventanillas, las calles se veían húmedas por las recientes lluvias. El chofer se incorporaba, a intervalos, para limpiar el vidrio con el dorso de su mano, no contento con la acción de la escobilla.

La niña y su madre no cesaban de observar al hombre. Y yo también me uní a ellas. Era la cosa más terriblemente carnavalesca del mundo. Me recordó algo así como a Charlie Chaplin y a los hermanos Marx.

El hombre se mostraba muy cuidadoso con las zapatillas, cada vez que el autobús frenaba y estas se querían salir del asiento.

Intrigado por su conducta, me senté en la fila de asientos de al lado y, decidido a llevarme su secreto, le pregunté:

—Bonitas zapatillas, ¿eh?

La pregunta hizo que la niña mirase a su madre con total enfado. Quizá le trataba de expresar que al loco se le había unido otro loco. La madre le ofreció un visaje de asentimiento.

El tipo me vio con desprecio. Si había parecido humilde al principio era solo para viajar gratis.

—¿Perdón? –me lanzó–.

—Las zapatillas, hombre –insistí–. Me gustan mucho. ¿Las vende, acaso?

El hombre se inclinó hacia mí y me recalcó, en tono de confidencia, para que nadie oyera más que yo:

—Sé que mi actitud es poco convencional, pero aunque usted no lo crea, estas zapatillas están sobre los regazos de mi novia.

—¿Es invisible? ¿Cómo iba yo a saberlo? –proferí sarcástico.

—No es su culpa. Pero no se haga el listo tampoco. Respete los asuntos de los demás. Si nadie me va a detener por un hecho como este, ríase cuanto quiera.

Arrebatado por el coloquio del orate, ordené mis suspicacias.

—Perdóneme.

—De acuerdo. No se aflija. Déjeme solo explicarle que a ella le gusta caminar desnuda, pero jamás deja sus zapatillas. ¿Cómo habría de pasear sin ellas? Mi novia puede andar descalza, pero la lluvia congela el pavimento.

La absurda sinceridad pareció aumentar la tragedia del hombre. Creí que lo mejor era seguirle la corriente.

—¿Viaja a San José?

—Sí.

—¿Va de paseo?

—Sí. Sí. Mi nombre es Horacio.

—El mío es Francisco.

—Entonces le digo Chico.

—Como quiera. Y dígame, Horacio, ¿adónde va usted? Disculpe la pregunta.

—Hágala, señor. Usted no me cae tan mal. Ya sé que es una locura andar así con unas zapatillas. No crea que esto liga con mi personalidad. Puedo ser bastante lógico, pero cuando mi novia quiere pasear me veo obligado a salir en estas condiciones. A ella no le interesa la gente.

—Es un hecho, Horacio.

—A ella le interesa romper los esquemas. Por eso es invisible. Nada de carne por aquí, nada de carne por allá. Solo viento acariciante. En cuanto a ser vanidosa, es igual a todas las mujeres. Hoy vamos al zoológico. Le gustan los animales. Su preferido es una lapa de colores tan vistosos que parece vestida para un carnaval.

—¿Entonces se queda en el centro?

Mi pregunta tenía una doble intención: saber dónde se vería Horacio forzado a poner las zapatillas en el suelo para que su novia se las ajustara y verlo después a los ojos, ante la completa imposibilidad, para conocer la reacción de un loco en dificultades.

—Sí, señor. Nos bajamos en el centro.

Aunque me sentí malvado, no podía vencer el deseo de ver a Horacio una vez que pusiera las zapatillas en el suelo. Era, claro está, la perversidad que desarrollamos los cuerdos ante los lunáticos. Un deseo de destruirles sus castillos y de hacerlos sentir miserables.

—Mal tiempo para pasear, Horacio... –susurré, levantando una de mis palmas, y mostrándole el alrededor.

—No crea, Chico, para mi novia no hay un tiempo malo. Cuando llegue al parque Bolívar, aunque llueva, se sentirá feliz. Me gustaría que usted estuviera presente.

—Ah, sí... sí...

—Lo digo en serio, señor.

La invitación de Horacio me confundió. Su calibre de loco seguro me irritaba.

—Los acompañaré –exclamé firme.

—Gracias.

—¿Por qué, gracias?

—Porque hay poca gente como usted. Gente que quiera pruebas de esta verdad. Gente que desea ver lo invisible y encantarse con una promesa.

Horacio hizo un gesto como si alguien a su lado le hablara y prosiguió:

—Mi novia desde ahora dice que le tiene respeto. Había guardado silencio al considerar que usted fuera una persona vulgar y despreciable. Ella entiende que no es así.

—Dígale que se lo agradezco.

—No es necesario. Ha profundizado su corazón y está convencida de que usted es incapaz de hacerme daño a mí o a ella. Está invitado, como le dije, para que nos acompañe al parque. Quizás hasta pueda observar de ella algunos detalles que solo me consagra a mí.

—¿Detalles?

—Sí. Debo decirle que ella no siempre es tan invisible. En algunas ocasiones es tan solo vaporosa. Una bruma que se contonea. Y créame una cosa: cuando estimulada por la simpatía adquiere esta forma extraña, uno realmente se siente feliz. No hay nada que pueda comparársele...

El autobús llegó en un momento inesperado al centro de San José. No había percibido, por la conversación de Horacio, que la capital estaba soleada. No se veían huellas de ninguna lluvia. Más bien hacía calor.

Horacio me hizo un gesto de que lo siguiera cuando se levantó del asiento. Por un instante me percaté de que me había excedido. Más insidiosa fue la curiosidad.

—¡Sígame, Chico, sígame! –me urgía.

Atrás quedaron la niña y la madre viéndonos ingresar en la multitud. No sabían si olvidarnos o también seguirnos.

Había mucha gente en las calles. Horacio tenía que hacer malabares entre los cuerpos para ser congruente con su prisa. De vez en cuando se volvía para mirarme, como si todavía guardara dudas sobre mí. Las zapatillas las llevaba en su mano derecha igual que un portafolios. Consideré en ese momento que había llegado la hora para que Horacio las colocara sobre la acera, y se mostrase a sí mismo, y ante un hombre normal, que nadie habría de calzárselas.

—Horacio, espere un momento –le ordené–. ¿Y su novia no se va a poner las zapatillas?

—Claro que no, Chico. Con este sol jamás inventaría algo así. Solo cuando hay humedad en las calles... recuerde...

Había olvidado el detalle y observé el reloj. Todavía contaba con quince minutos antes de llegar al trabajo. No sabía por qué me hervía tanto deseo para que Horacio entendiera la verdad de su propia farsa.

Enardecido, como mi acompañante, adopté un paso rápido. Quería que el asunto terminara lo antes posible. En algún momento le recomendé que tomáramos un taxi, pero el hombre declinó la oferta.

—A mi novia le gusta este ritmo –dijo–. Y en efecto Horacio caminaba veloz, pero con suma delicadeza. Quizás como un gato se escabulle sobre un muro. En el Parque España, volvió a cerciorarse de que yo viniera detrás de él y mientras atendía el semáforo en la esquina del Instituto de Seguros, movió sus piernas igual a un corredor en la línea de salida.

Cuando llegamos al parque Bolívar, el sudor me corría por la frente. Por más que hacía el esfuerzo de limpiarme el sudor con un pañuelo, volvían a salirme más y más gotas.

En la ventanilla pagué las dos entradas y penetramos en un parque casi solitario. El león y el tigre estaban dormidos. Como no habían hecho la limpieza había un olor insoportable. Solo los gansos parecían realmente animosos.

—Bien, bien, Horacio. Es hora de que me vaya –le exclamé con angustia. Finalmente, no quería seguir adelante e iba a llegar tarde al trabajo.

—No se va a arrepentir –me prometió, mientras me hacía giros con la cabeza para que lo terminara de seguir. Llegados ante unas jaulas donde jugaban unas lapas pintonas y alegres, el hombre me guiñó un ojo. Al cabo de unos segundos me susurró:

—La siente.

Sentí realmente como si alguien estuviera al lado de Horacio, pero todo era debido a su fanática obsesión.

—Sí, claro.

—Da vueltas y vueltas en torno a nosotros. Está bailando para las lapas, Chico. Es algo que usted no puede dejar de sentir. ¡Siéntalo, señor, siéntalo!

Las dos manos del hombre tomaron mi hombro y me estremecí de un lado a otro.

—Esto lo hace porque ve las lapas. Si estuviera ante el león no haría algo así. Ella no baila para seres carnívoros, sino para criaturas volátiles. Criaturas que comprenden su maravilloso poder.

—Es hora de que me vaya –le reiteré mirando mi reloj y convencido de que era imposible modificar el mundo de Horacio.

Al oír esto, el alucinado se dobló como si alguien lo hubiera atraído para confesarle algo. Sus ojos se cerraban y se abrían como si lo escuchado fuera terrible.

—Aún no, Chico, debo hacerle una declaración.

Horacio se me quedó viendo con el semblante totalmente cambiado. Creí ver que sus manos temblaban. Detrás de nosotros se oía el chillido de los monos y los graznidos de las lapas verdes. De vez en cuando se oía algún otro grito indefinible.

—Lo que voy a decirle es bastante duro para mí...
Cuando terminó la frase incluso las lapas simularon expectación.

—Ahora sé que no debí haberlo invitado a venir, Chico. Creo que ella lo prefiere a usted.

—¿Qué cosa?

—Debí haberlo sospechado. Por algo me pidió que lo trajera. Esto es el fin para mí, pero el comienzo para usted.

—No tome esto en serio, Horacio –le espeté palmoteando su espalda.

—No me consuele. Esto le sucede a todo el mundo. Pero consideré que a mí no me iba a pasar. Era tan difícil que alguien más penetrara sus sentimientos. Déjeme decirle que desde este momento la he perdido. Aquí dejo sus zapatillas por si llueve más tarde.

Cuando dijo esto se aseguró, volteando la palma de su mano, de que no hubiera tan solo un poco de llovizna. Tranquilo al reconocer que había suficiente sol, dispuso con cuidado las zapatillas sobre el césped. Las miró adolorido.

Después siguió:

—Me voy feliz de que un hombre con su corazón la haya enamorado en tan corto tiempo. Es algo imposible de creer... –Horacio se frotó la cara con una de sus manos–. ¡Yo tuve que cortejarla durante meses! No sabe lo que significa para un hombre como yo, sin estatus, famélico y torpe, atreverse a hablarle a una mujer como ella.

—No creo que sea el fin –lo amonesté preocupado.

—No sabe lo que dice. Ahora usted tendrá que complacerla. En el momento en que yo abandone este parque, usted se hará cargo de mi ex novia. Paseará cuando ella se lo indique. Llevará sus zapatillas por si cae un chaparrón. Con los días oirá sus primeras palabras. Palabras como ecos o tañidos de campana. Y usted se dirá a sí mismo que su voz no le concierne. Un día cualquiera lo llamará por su nombre.

Le pedirá palabras amorosas los días en que usted no puede pronunciar ni siquiera palabras de odio. Le exigirá que la mire bailar sin que pueda saber cómo lo hace. Usted le afirmará que su danza es más bella que el sol. Ella soplará en sus oídos. Usted le dirá que sus manos son más frías que la lluvia o que su cabello se mueve como las hojas. Ella le imprimirá durante la noche una uña en su pecho o, cuando menos lo imagine, lo punzará con su pezón vegetal en la mañana para que despierte. ¡No hay sensación más encadenante! ¡Lo sabrá! ¡Usted no tiene armas contra eso!

Cuando se le aparezca como un vapor, Chico, usted se considerará feliz. Creerá que atrapa una figura para mostrarse ante usted, y que moldeará sus brazos y muslos. Por un momento verá unos labios o un vientre atardecido. Usted pensará que al fin se le ofrece.

Sin embargo, ella le susurrará promesas tan extrañas y anhelos tan hondos que usted postergará todo por oírla de nuevo. Cuando usted considere que la carne es accesoria, que los besos apasionados son asuntos de otros, usted habrá enloquecido, señor.

Me voy contento porque me libro de una mujer que lo angustiará de una forma desconocida. ¡Usted no sabía lo que era sufrir hasta ahora!

Al terminar Horacio me estrechó las manos y se alejó corriendo. Las lapas me miraban como señoras que han escuchado una confesión magnífica y aguardaban mi respuesta. Yo di una vuelta sobre mí mismo, mirando la amplitud modesta del parque. Ningún animal emitía sonido alguno. Miré los zapatillas de mujer sobre el césped y quise llamar a Horacio, pero el hombre ya se veía demasiado lejos.

Hice un gesto de adiós a las zapatillas. Sonreí. Pensé que llegaría tarde. “No importa, me dije, casi nunca me sucede.” Me volteé para marcharme como lo hizo Horacio, pero no pude. Algo había ocurrido en tan solo unos cuantos segundos. Tuve la impresión de que si abandonaba las zapatillas, era posible que después lloviera, ¿cómo, entonces, habría de caminar ella conmigo, sobre tanta humedad?


Guillermo Fernández. San José, Costa Rica 1962. Es autor de los géneros de poesía, cuento y novela. Ha sido profesor y editor. Se graduó de la Escuela de Filosofía de la Universidad de Costa Rica. Actualmente trabaja como consultor en capacitación. Escribe comentarios de libros y otros temas en diarios y revistas. Ha sido Representante por Costa Rica en el Festival Internacional de Poesía en  Medellín, Colombia, 1998 y Nominado representante por Costa Rica al Festival Internacional de Poesía en Oaxaca, México. También, ha sido invitado al Congreso Internacional de Literatura Centroamericana (CILCA, 2008) en Guanacaste, Costa Rica.

Se cita su obra en las siguientes antologías: Antología de poesía centroamericana, Editorial Costa Rica-UNESCO, 1994; Inventario de la poesía en lengua española, 2da. mitad del Siglo XX”, realizada por Juan Ruiz de Torres, Universidad Autónoma de Madrid, España; Costa Rica: poesía escogida, compilador: Carlos Francisco Monge, Editorial EDUCA, 1997; El amor en la poesía costarricense, compilador Alfonso Chase. Editorial Costa Rica, 2001; Sostener la palabra, compilador Adriano Corrales. Editorial del Tecnológico de Costa Rica. 2007; San José oculto, antología de cuento, Ediciones Andrómeda, vols. 1 y 2; Diccionario de la literatura centroamericana, Albino Chacón (et al). San José: Editorial Costa Rica / EUNA, 2007; Cuentos del paraíso desconocido. Editorial Algaida, Sevilla: España. 2008; Nuestros escritores y nuestros libros, ensayos de Myriam Bustos Arratia, Editorial Tecnociencia, 2009.

Ha recibido algunos reconocimientos como el Premio Joven Creación. 1982; Premio 59º Juegos Florales de Guatemala. 1997; Premio Nacional de Poesía Aquileo J. Echeverría. 1997.

Ha Publicado:

Poesía:
La mar entre las islas. Editorial Costa Rica, 1983
Atrios, Editorial Costa Rica, 1994
Estocada final, Editorial Costa Rica. 1997
Para días posibles, Editorial de la Universidad Nacional, 1997
Danzas. Editorial de la UNED, Universidad Estatal a Distancia. 2002.

Cuento:
Efecto invernadero, Editorial Costa Rica, 2001
Hagamos un ángel (Editorial EUNA; 2002)

Novela:
Babelia, Editorial de la Universidad de Costa Rica (2006)
Nebulosa.com. Editorial Costa Rica (2007).




18/2/11

Pedro - David Eduarte



Pedro

 
Muuuuuy buenas tardes damas y caballeros. Primero quiero pedirles disculpas por interrumpir cualquier cosa que estén haciendo y por robarles un momento su atención… Mi nombre es Pedro, como pueden ver no llevo ningún distintivo ni ningún documento que certifique o justifique el porque estoy acá pidiéndoles una colaboración. No estoy vendiendo postales, ni llaveros, ni bolígrafos. No vengo departe de ningún centro de restauración, no vengo a hablarles de cómo el señor Jesucristo me salvó del demonio de las drogas. Tampoco estoy aquí para contarles cómo fue que me dejaron sin trabajo y como estoy demasiado viejo para volver a ser contratado, ni a decirles que necesito de su colaboración para comprarles comida a mis hijos, ya es demasiado tarde para eso

 Vengo a pedirles una colaboración simbólica, lo que tengan, cualquier monedita, veinte, cinco, diez colones, eso no importa, lo que su corazón y su bolsillo puedan disponer para una noble causa. Quiero pedirles una colaboración para poder así comprar un arma, así es damas y caballeros, un arma y una bala

 No se asusten con esto que acabo de decir, no soy un criminal, nunca le he hecho un daño a ninguno de mis vecinos y hermanos, y ciertamente no lo haré ahora que estoy ya en los últimos años de vida. Cómo les dije anteriormente, no vengo a pedirles dinero para poder vivir mientras consigo otro empleo, ya que no pienso conseguirlo, desde joven he trabajado duro y dignamente pero ya a mis edades sé que nadie me va a contratar, además estoy ya muy cansado; no vengo a pedirles dinero para comprar la lechita para mis hijos ya que no están más conmigo. Un arma y una bala, damas y caballeros, es para lo que estoy pidiendo su colaboración. Un arma y una bala que pienso usar para matar al presidente.
 Ahora voy a pasar por cada uno de sus asientos recogiendo cualquier colaboración que quieran dar. Muchas gracias, y recuerden, manos que no dan… nunca estarán limpias.

—¿Va a matar al presidente?

—Eso dicen las denuncias –nunca había estado en el despacho del ministro, acariciaba el cono de cartón que había agarrado del sifón de agua. Mientras esperaba admiraba los anaqueles repletos de libros sobre derecho penal que estaba seguro ningún ministro había tocado.

—¿Quién las hizo?

—Pues la gran mayoría son anónimas, pero unas cuatro o cinco si dieron los datos.

—¿Y ya los interrogaron?

—Sí, lo describen como un hombre de unos cincuenta o sesenta años, pero muy avejentado, calvo y de barba larga y desordenada. Algunas lo describen como un indigente y otras no, pero supongo que eso depende de quién es la persona que hacía la denuncia. Sobre cómo anda vestido, pues nadie da la misma descripción, siempre tiene ropa diferente, algunas veces usa un abrigo, otras una camiseta, pantalones cortos, chancletas, botas, siempre es diferente.

—Pero ¿Qué tal si no es más que un loco que se sube a los buses?

—Usted sabe que no nos podemos dar esos lujos señor ministro.

—Bueno, que giren la orden de captura entonces.

—Señor ministro –dijo tomando de nuevo la carpeta con las denuncias–. ¿Cómo espera que gire una orden de captura a un tipo que sólo se identifican como Pedro y que cabe en la descripción de la mitad de los indigentes de la ciudad?

—Bueno, ponga oficiales en los buses.

—¿En todas las rutas a todas horas? –se levantó para botar el conito de cartón–. Señor, lo han visto en casi todas las rutas, se mueve por todo el país, no sólo en la capital.

—Como usted ya lo dijo, no podemos darnos estos lujos. Vea a ver como lo detiene para averiguar si es solamente un loco o ya estamos hablando de algo más serio.

 El ministro le hizo la indicación de que ya podía retirarse. Mientras caminaba por los pasillos crema del ministerio, siempre tan húmedos, como una cripta de playwood y pintura de plomo. Era un edificio viejo, y esa vejez llegaba a notarse en los que ahí trabajaban. Cualquier que tuviera más de dos semanas de trabajar ahí se convertía fácilmente en una pieza de inmobiliario más, como esos sillones de los años sesenta que todavía tienen cerca de los elevadores, todo parecía haber estado ahí toda su vida y no podría estar en otro lado. Intentaba no pensar mucho en eso.

 Dos días después ocurrió el primer atentado. No tuvo éxito, era un hombre que se identificaba como Pedro. Sin identificación, sin registro alguno, sin cotizaciones al seguro social, nada, absolutamente nada, no existía simplemente.

—¿Cómo se atreve a decir que no existo si estoy hablando con usted en este preciso momento? Si cuando entro acá arrugó la ñata, como si nunca hubiera olido a alguien que vive en la calle.

—Miré, Pedro, no me refería a eso –siguió, midiendo sus palabras–. No se haga el que no sabe lo que estoy diciendo cuando le digo que usted no existe. Ahora ya dígame ¿Qué pretendía con toda esta mierda de subirse a los buses a pedir plata y luego dispararle al presidente?

—Bueno, di… matar al presidente

—Claro, claro, pero me refería a sus motivos hombre.

—Pues véalo como un ajusticiamiento, ustedes tienen un pichazo de casos así ¿no?

—El presidente de la republica no es un criminal.
—Bueno, esa es una opinión.

 El segundo atentado ocurrió dos semanas después. Después de todos los protocolos funerarios tenía a dos hombres, llamados Pedro, dos fantasmas barbados sacados de la calle.

—Mire hijodeputa, si en este país existiera la pena de muerte ya estaría amarrado a una camilla con una aguja en el brazo. Pero ahora sólo nos va a quedar meterlo en la cárcel de por vida.

—Usted puede hacer lo que le dé la gana conmigo. Yo no soy nadie, usted me lo ha dicho varias veces, y tiene razón, yo ya cumplí. Y los que siguen en la calle, recolectando plata en los buses, en las paradas, una monedita por acá, otra por allá, pues yo tampoco sé quiénes son. Solamente vi a uno de esos Pedros, uno igualito a mí, hablando en una parada y empecé a hacer lo mismo. Mire, llevo diez años viviendo en la calle y me pareció que era una buena idea, como que tenía sentido, en esos diez años nunca pude ponerle nombre a esta vara hasta que oí a ese mae. Pensé que yo era solamente un miado, pero lo que dijo Pedro tenía tanto sentido. Yo ya jugué, me entiende, pero hay otros que apenas  la están empezando y otros que quizás nunca tengan que hacerlo.

—No me venga con esas mierdas. Dígame algo que nos sirva antes de que me olvide de ofrecerle algún beneficio si nos da información.

—Bueno oficial, lo lógico es que siga el vicepresidente.

David Eduarte


David Eduarte.1985. Graduado en Ciencias Políticas en la UCR. Cuenta con diversas publicaciones en medios independientes, además de haber sido incluido en la Antología del Nuevo cuento Costarricense, Historias de Nunca Acabar, Barquero y Murillo Editorial Costa Rica 2008.
   

Ha publicado:
 
Cuentos circunstanciales, Editorial de la Universidad de Costa Rica. 2008
Alejandría, Editorial de la Universidad de Costa Rica. (2010)



12/2/11

Ficción que sí tuvo lugar en el jardín - Rafael Angel Herra



Ficción que sí tuvo lugar en el jardín

 
- Hola.
- Te quiero contar algo.
- Decime.
- Te dará curiosidad.
- Ya estoy oyéndote.
- Voy camino a mi estudio, el jardinero trabaja a toda máquina cortando hierbas, hay hojas por todas partes...
- Mmmm.
- Me llaman la atención tres o cuatro zanates, muy interesados observando lo que hacía un congénere tan feo y tan listo como ellos.
- ¿Y?
- Ya casi te cuento.
- O me contás ya o me voy.
- Es la segunda vez que sorprendo a uno de esas aves haciendo de las suyas. Un día fue en pleno vuelo. Todavía lo veo atenazando a un colibrí con el pico...
- Grrrrrrr
- Hoy vi, fascinado, el combate entre el pájaro y una serpiente.
- ¿En tu jardín?
- Sí. La serpiente tenía unos 25 ó 30 cm de largo. Estaba junto a una azalea. Era color pardo, no sé sin con algún tipo de dibujo borroso en el lomo. Tampoco supe si era venenosa.
- Uy.
- Se movía erguida, dispuesta a morder, con cierta cadencia, el pájaro saltaba a un lado y a otro, tal vez para despistarla.
- Nooo.
- De pronto saltó y le prensó la cabeza con el pico, alzó vuelo, dio un giro por el jardín mientras la serpiente sin fuerzas se le enroscaba en el cuello y voló hasta la cumbrera de la casa, a donde llegaron los otros zanates, seguro con envidia, aunque no se le acercaron mucho. Más no vi.


Rafael Ángel Herra


Rafael Ángel Herra. Cuando era pequeño, un toro se metió en la casa de sus abuelos, pasó por la cocina, salió por la puerta del frente y aún hoy sigue huyendo de los perseguidores que querían llevarlo al matadero... Este recuerdo reaparece en Viaje al reino de los deseos.
Doctor en Filosofía (Maguncia), autor de una docena de libros de ficción, ensayo, poesía lírica, un radioteatro, excatedrático y por muchos años Director de la Revista de Filosofía de la UCR, profesor huésped en las Universidades de Bamberg y Giessen, Ex embajador en Alemania y en la Unesco, miembro de número de la Academia Costarricense de la Lengua. 
 









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1/2/11

Mas de lo mismo... En los Premios Nacionales de Cultura 2010


Lo que ayer me parecía malo, hoy también me lo parece, no se vaya a pensar que porque en esta última entrega de los Premios Nacionales se reconoció el trabajo de Alexander Obando (amigo muy apreciado) voy a desdecirme de lo que he venido sosteniendo desde antes (Ver aquí).

En esta entrega, se ha dado algo muy simpático, si hace un par de años, la tónica era declarar desiertos los premios en diversas modalidades (cuento en 2008 y 2009, novela en 2009), resulta que ahora un premio por categoría no basta porque hasta tienen que compartirlos... jajaja, (¿será igual con la platilla del premio?) resulta que hace apenas un año según dijo una de los jurados "no había obra pues que nos hiciera sentir llamativa; y mucha obra era obra como repetitiva, como que no aportaba nada nuevo, muy violenta, con mucha cosa que no se integraba dentro de lo que estaba pidiendo de los estándares de calidad que el mismo ministerio promueve.  Y muchos autores, inclusive, hubo casos particulares en dónde se veía asi como que no estaba sabiendo que era lo que estaban planteando, que eran lo que querían decir." y un año más tarde tenemos una súbita avalancha de genios; ¿Será que ahora los escritores sí escriben según esos estándares de calidad que el ministerio promueve? ¿Será que ahora sí saben lo que quieren decir? pues nada de eso, parece que al tribunal de sabios (jurado de los premios) les jalaron las orejas, y como aquí las decisiones son subjetivas, parciales, humanas y políticas, pues se nota más que nunca...

Y señores escritores y escritoras premiados, un poco de vergüenza!!!! si ayer sus colegas fueron considerados un montón de pusilánimes que no sabían lo que querían decir, demuestren su solidaridad con ellos!!!! rechacen ese adefesio de premio!!!!

Los Premios en esta oportunidad son:

Novela: compartido entre Jorge Méndez Limbrik por “El Laberinto del Verdugo” y Daniel Quirós por “Verano Rojo”


Cuento: compartido entre Carlos Cortés por “La última aventura de Batman” y Rodolfo Arias por “La Madriguera”


Poesía: compartido entre Silva Castro Méndez por “Agua” y Alexander Obando por “Ángeles para suicidas”

Podríamos decir que está de más que sea reconocido el trabajo poético de Alexander Obando, que está pendiente su reconocimiento en narrativa donde su aporte ha sido fundamental, Obando representa un caso único en la literatura actual, pues sin proponérselo es hoy un "escritor puente" entre su generación y las nuevas generaciones de escritores, su Más Violento Paraíso y su Canción por la muerte de los Niños, son obras contrapunto dentro de la narrativa costarricense y marcan un definitivo antes y después, a pesar de que se les quisiera ningunear por los mismo que ahora lo premian. 

Al premiar "Ángeles para Suicidas" se hace un reconocimiento a la obra poética de Obando, de un valor indiscutible (pues soy de los afortunados que a lo largo de los años, la hemos visto, leído, discutido y criticado) y está bien que se le premie, especialmente por el hecho de haber sido editada por una editorial independiente (Arboleda) las cuales no siempre han gozado de estos premios. En todo caso, la obra poética de Alexander Obando es desde hace mucho tiempo lo suficientemente conocida y valorada en nuestro medio, este premio nacional no le aporta mayor reconocimiento del que ya tiene, pero siento también que le llega este premio en mal momento, especialmente cuando se pone en contraste a los premiados en narrativa (Tanto en Cuento como en Novela).

Parece que nos dijeran con un guiño en el ojo: "Está bien, ahí tiene Obando su premio, pero los narradores son otros". Curiosamente antes de la sequía de premios en 2007 Carlos Cortez y Rodolfo Arias lo ganaron igual que ahora!!!

Germán Hernández


23/12/10

Para que no llueva sobre mojado: El Diluvio Universal de Guillermo Barquero


Hace un año que fue publicada la primera novela de Guillermo Barquero, El Diluvio Universal, por la Editorial Perro Azul.

Desafortunadamente pienso, se han dicho cosas equivocadas sobre ella: "difícil", "hermética", "postmoderna", blablabla. Digo desafortunadamente, pues siento que es el tipo de cosas que se dicen cuando no se tiene nada que decir. Y estamos seguros que hay mucho que decir sobre esta primera novela de Barquero y especialmente que nos sirve también como contrapunto para plantearnos diversas cuestiones sobre la producción narrativa actual costarricense.

Como siempre, las primeras impresiones que siempre hacemos de una lectura es la de relacionarlas con otras lecturas, para mi es inevitable comparar al protagonista de El Diluvio Universal el Dr. Martínez con el viejo e impasible Coronel de "El Coronel no tiene quién le escriba" de Márquez, su obstinada y dogmática travesía postal y cotidiana de esperar lo imposible, o bien con el Larsen de "El Astillero" de Onetti, que sabe representar su propia farsa con toda la dignidad y seriedad del mundo. El Dr. Martínez en este caso, no es extraño sin patria, pertenece a esa vieja tradición literaria de anti-héroes cosechados en Latinoamérica, son héroes que sin esperanza sólo viven por una dignidad y unos códigos personales que viven y mueren con ellos.

Pero volviendo a los relamidos argumentos sobre lo "difícil y hermética" que resulta leer El Diluvio Universal, pienso que se trata más bien de un viejo mal entendido que me recuerda un chiste sobre un tipo que le dan a leer la guía telefónica diciéndole que es una obra de teatro, cuando termina de leer y le preguntan por su opinión responde: muchos personajes y poca acción. Y suele pasar, si no sabes en qué clave vas a tocar, seguramente toda la orquesta sonará mal, el lector de alguna manera debería saber a que va, y con decirle que El Diluvio Universal es "difícil, hermético, postmoderno" la verdad que no le están diciendo nada, ni invitan o desafían al lector y mucho menos le hacen justicia a la obra y su autor.

Digamos que El Diluvio Universal está escrito en su propia clave, es como esos ríos de la vertiente atlántica, densos, hondos y caudalosos, que cuando los contemplamos en su superficie parecen pétreos e inmóviles, pero que fluyen, oscuros y colmados arrastrando sedimentos, cuando el lector no está preparado para navegarlo podría tener la rara impresión de que "no pasa nada", "este tipo no hace nada" y eso está bien si es un lector habituado a leer novelas donde un niño huérfano criado por sus malvados tíos es iniciado en el mundo de la hechicería... o quizás novelas sobre un crimen enigmático, unas reliquias perdidas, una organización secreta y un sabueso sabelotodo que puede desentrañar los móviles y desenmascarar a los culpables; quien lea de esta manera El Diluvio Universal quedará defraudado, pues esta novela pertenece a otro modo y otra tradición.

Cuando se leen los títulos de los capítulos en El Diluvio Universal encontramos la primera clave, se trata de pequeñas síntesis que nos dicen todo lo que va a ocurrir, muy a la manera de las viejas novelas de caballería y que la literatura del siglo de oro español encabezada por El Quijote utilizan, no hay sorpresas ni cartas bajo la mesa, todo está dicho en el título; entonces ¿A qué vamos sobre el texto? pues a una dilatada representación, pero esta vez no a los hechos, ni a las situaciones, no hay ninguna anécdota que narrar, pues El Diluvio Universal es también un ejercicio narrativo que pone su énfasis en las cavidades anímicas del instante, fija la acción, la petrifica por completo para contemplar el instante, chupar de él como de un hueso la sustancia afectiva y existencial, igual que aquellos maestros del cuento, Efrén Hernández en México ó FilisbertoHernández en Uruguay (Ninguno desafortunadamente es familia mía) donde la fijación de la acción permitía examinar la situación como quien contempla un cuadro, una fotografía, y  de eso se trata precisamente El Diluvio Universal, de cuadros y escenarios, de no mirar al vuelo ni de reojo, sino de explorar hasta sus últimas consecuencias el diminuto instante que contiene todos los siglos y toda la vida.

Por ello, no se trata de un ejercicio retórico, ni de una circularidad ingenua por parte del autor, al contrario, El Diluvio Universal es una de las novelas más pretenciosas y más arriesgadas de la última década en nuestra narrativa. Es pretenciosa  y arriesgada porque de antemano sabe a lo que se enfrenta, no es complaciente con el lector, al contrario exige de este una complicidad total, es decir, aceptar unas reglas a priori, que ésta novela es un ejercicio de contemplación y fijación de la totalidad, donde el tiempo es una arbitrariedad y que una vez aceptadas estas reglas, es dentro de estas que debe ser valorada y no con otras.

Sabemos que Barquero sabe de antemano que su novela no será un "best-sellers", no por el ascetismo de su protagonista (el existencialismo francés está plagado de alimañas peores) o por ese ejercicio obstinado y arduo de construir una historia no desde una estructura y un andamiaje reconocible, sino desde sus vísceras y átomos, y esto exige una lucidez por parte del autor desde la primera página hasta la última y que en este sentido es perfectamente constatable por parte de Barquero.

Poniéndonos en su lugar, podemos imaginar las tentaciones que el autor tuvo que superar, los guiños, las anécdotas, los juegos que debió sacrificar para lograr una novela fiel y homogénea con su propósito, esta novela que acude fríamente a la absoluta mediocridad de la felicidad pequeñoburguesa mientras cae la lluvia.

Ya los lectores están advertidos, y deberán invertir tanto como el autor invirtió en escribirlo, de lo contrario Harry Potter y El Código DaVinci están en cualquier caja de cualquier supermercado.

Otras reseñas sobre la novela de Guillermo Barquero:

Guillermo Barquero y el Diluvio Universal de Danny Brenes
El Diluvio Universal de Guillermo Barquero por Rodrigo Soto


Germán Hernández


15/12/10

Y Viceversa



Para Byron Espinoza.



- Para ser sincero, la primera vez que entró aquí tuve ganas de sacarlo, sabía a lo que venía, pero no sabía cómo era posible que con esa pinta lo hubieran dejado entrar a una librería y menos cómo hizo para esconderse el primer tomo de la trilogía Milenium y salir sin que lo pescaran.
- Diay, hay gente para todo.
- Y eso no es nada, antes un roco me había encargado todos los libros de Vargas Llosa, pero eso sí, que todos tuvieran en la portada la etiqueta que dijera: “Premio Nobel de Literatura 2010”, para que vea...
- ¿Está loco?
- Espérese, le expliqué que eso era imposible, que todavía no se habían reimpreso todas las novelas de ese mae, que apenas había pasado una semana de lo del premio, que para que llegaran a la compra venta tenía que esperarse como un año.
- Que varas de mae, pero no terminaste de contar lo del piedrero.
- Sí, sí, el mae entra con esa pinta que usted ya se imagina y me pone el libro sobre el mostrador y me pregunta -  ¿Cuánto me hecha? – viera mae, el libro venía nuevo, en el forro plástico, ni el precio le había quitado, y usted me conoce, no me gusta darme color, y le dije cortante: Aquí no compramos libros robados.
- ¿Así nada más?
- Sí, dio media vuelta y salió con el libro bajo el brazo sin decir nada. 
- Mae, ¿Pero cuántos libros robados nuevos no vienen a parar aquí? No hay que ser así, el mae lo que andaba buscando era una ayudita para el vicio.
- ¡Claro!, ¿Y luego cómo me lo saco de aquí viniendo todos los días con un libro nuevo?
- Diay, no sé…
- Porque a los tres días volvió.
- ¿Sí?
- Claro, con el mismo libro.
- ¿No le creo?
- Para que vea, pero algo había cambiado, el libro venía sin el plástico, sin el precio… y con el lomo abierto, algunas puntas dobladas, y esa huella sucia de los pulgares en el corte delantero de las páginas y me dice otra vez - ¿Cuánto me hecha?
- ¿Pero cómo? – Le pregunto
- Diay, ya no está nuevo, ya me lo leí.
- Sí mae, viera que cagada de risa, y el mae todo serio viéndome, entonces para sacármelo de encima le digo: dos rojos es lo que le puedo dar
- Está bien – me dice, se los di y jaló.
- Según el mae lo había leído.
- Yo pienso que sí
- ¿Cómo?
- Cuándo me llegó a la semana siguiente con el segundo tomo de la trilogía.
- ¿Volvío?
- Claro, y vino diciéndome que el segundo no le había gustado tanto como el primero, que en la segunda Mikael Blomkvist no lo convencía tanto, que habían muchas cosas inverosímiles en la novela...
- Jueputa!, hasta crítico literario te salió el piedrero.
- Sí mae, y lo más curioso, el libro venía igual que el primero, y esa mancha de los pulgares sucios, como tiznado, yo creo que sí lo había leído, tenía que ser…
- Y en qué paró la cosa…
- Me pregunta - ¿Dos rojos verdad? – Y se los dí.
- Por lo menos la piedra le estaba dejando algo bueno…
- Sí, ¿Quién dice que la literatura no cambia el mundo?
- Y qué, volvió con el tercer tomo?
- ¿Usted que cree?
- Diay… que sí
- Claro, la semana siguiente, entró con el libro abrazado, como hacen las colegialas con sus cuadernos, lo viera, tenía los ojos llenos de lágrimas, me puso el libro en el mostrador y me dijo – Este es el mejor de los tres, me lo leería otra vez, pero usté sabe… - Saqué los dos rojos y en eso se me ocurre.
- ¿Qué cosa?
- Lo de Vargas Llosa
- ¿Y qué?
- Lo del roco que me los había encargado, y le pregunto al mae si ha leído a Vargas Llosa
- ¿Y qué?
- Se me ataca a llorar.
- No joda mae
- Sí, y se pone a contarme, que había leído la Tía Julia y el Escribidor, que había sido hacía años, cuando no andaba en vicios ni en la calle
- ¿Entonces?
- Le dije que recordar es volver a vivir como dicen en la radio y que me los consiguiera pero eso sí, con la etiqueta de premio nobel de literatura
- ¿Y te los consiguió?
- En un mes ya se los había leído todos.
- Mae no se lo puedo creer…
- Créalo, hasta dos libros de ensayos
- Increíble mae.
- Diay, si tragaba piedra podía tragar cualquier cosa.
- ¿Como qué?
- Diay, seguí con los encargos, ese máe se leyó a Foucauld, Emanuel Freeman, Eco, Raymundo Chávez…
- Ya no lo dejabas ni respirar.
- La piedra es lo que no lo dejaba, entre más era la adicción más leía, llegaba tempranito en las mañanas apenas abriendo y me preguntaba que si había algún encargo, un día le dije que no
- Seguro se puso que se lo llevaba puta
- Viera que no mae, era un mae tranquilo, sumiso, miraba el suelo, salía calladito y al día siguiente me llegaba con algo nuevo, que ni le había encargado, y uno de esos días me llega con la poesía completa de César Vallejo y me le quedo viendo y le digo, vea mae, la poesía no se vende – y se me pone en guardia – 
- ¿Cómo que la poesía no se vende, y por qué estaban vendiendo a este mae en la Universal?
- Bueno, sí, pero es una pega, a casi nadie le gusta comprar poesía…
- Pero ese mae es arrechísimo.
- Yo sé, yo sé, pero diay
- Mae, no sea así, écheme algo.
- Pero no gano nada.
- Porfa mae, aunque sea para una piedra.
- Con una condición.
- ¿Cuál?
- No me traiga más poesía.
- Juega el gallo – Y salió con las cinco tejillas que le di en menudo para una piedra.
- O sea, que el mae se te estaba volviendo una pega.
- Que va, apenas estaba comenzando, viera después con las varas que me llegaba…
- Puros güesos
- A veces me traía varas que se podían vender, pero ya al final me traía clásicos
- ¿En serio?
- Me va llegando un día con la Ilíada.
- No.
- ¿Mae pero estas varas no se venden, no ve que tengo como cinco pudriéndose allá en el librero del fondo?
- Pero usted no sabe lo que me costó leerme este.
- Pero esas varas no sirven.
- Hasta me robé un diccionario de mitología para poder terminarlo.
- ¿Qué?
- Si, véalo.
- Le recibí los dos por el precio de una piedra.
- Que varas las suyas mae, ya te estabas aflojando con el grifo.
- Es que no me caía mal, pero es cierto, y la verdad que en cualquier momento lo cogían y bueno, no sé, un día le dije, ¿Diay mae, con todo lo que usted ha leído y no va a dejar esa vara?
- ¿Y qué te dijo?
- Diay, si dejo la piedra, no vuelvo a leer, ¿para qué?
- Muy ceñido.
- Ceñido aquel roco de las novelas de Vargas Llosa
- ¿Por qué?
- Me cae un día con que resulta que quiere las obras completas de Edgar Allan Poe pero que digan Edición del Bicentenario del Nacimiento.
- ¿A por derecho?
- A por derecho.
- Y mi piedrero que no aparece esa semana y yo sin saber qué decirle al roco
- ¿Ve?, cuando más se necesitan…
- No, pero a la semana siguiente volvió
- Que salvada
- Nada que ver, no sé que le había pasado pero venía cambiado, le solté los dos rojos de siempre por un mamotreto nuevo de Dan Brown y le dije lo del nuevo encargo
- ¿El de Poe?
- Sí, ¿Y sábe con qué me salió?
- ¿Con que?
- Yo ya conozco a ese mae, un grifo bravo…
- Sí, algo así
- Ya tengo visto el libro que usté quiere
- ¿Cuando me lo trae?
- Mmmm – se puso a pensar viendo para el techo y me vuelve a ver…
- Se lo tengo aquí pasado mañana.
- Excelente.
- Pero eso sí, le va a costar cuatro rojitos
- ¿Con que matoncito el piedrero?
- Imaginate, se me estaba poniendo exigente el malparido.
- ¿Y qué hiciste?
- Le dije, haga lo que quiera, no dijo nada y jaló.
- Ni modo mae, la vara no podía durar para siempre.
- Suave, ahí no termina la vaina.
- ¿Volvió?
- Para que vea… a los dos días.
- La que es puta vuelve.
- Espere, llega el mae con el libro, como todos los otros, devorado, bien leído de tapa a tapa…
- ¿Me va a echar los cuatro rojitos?
- Vea mae, usted se me está poniendo muy matoncito y debería agradecer.
- ¿No se los diste verdad?
- ¿Los cuatro rojos?
- ¿Si?
- Diay mae, qué iba hacer, ya le había dicho al otro roco que le tenía el libro, y había quedado de pasar por la tarde.
- Te fregó el otro carepicha.
- Pues sí, pero entonces cuando saqué la harina y se la puse sobre el mostrador el otro me responde:
- Y sí, le agradezco mucho, el otro día estaba pensando en lo que me dijo.
- ¿Y qué le dije?
- Esa vara sobre leer y fumar piedra.
- ¿Y…?
- Que usté tiene razón, sabe para qué son estos cuatro rojos? - Me preguntó mientras los hacía un puño metiéndoselos en la bolsa del pantalón – Son para comprarme el Quijote de la Mancha, eso sí, nada de piedra, esa vara me está cocinando el cerebro, ¿ya la vio?


Germán Hernández


10/12/10

No me mueve, mi Dios para quererte


No me mueve, mi Dios para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tu me mueves, Señor, múeveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido:
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muévesme al tu amor en tal manera
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
que, aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.


Este es quizás el soneto de carácter místico-religioso más conocido de la literatura en español y el periodo renacentista. Curiosamente es anónimo (aunque no tanto) y se le ha atribuido a diversos autores: Santa Teresa, San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola, aunque sospecho que no es de ninguno de ellos, el contenido teológico del poema va a contrapelo del rígido orden religioso eclesiástico del siglo XV; siento en su lugar que dicho poema tiene un contenido más laico y reflexivo, más acorde con el espíritu reformista que ya se comenzaba a manifestar en Europa, comenzando con Erasmo (aunque fallido) y culminando con Lutero.


Pero examinemos el soneto. Perfectamente construido con versos endecasílabos (11 versos) y rima perfecta (abab-abab-cdc-cdc) escaso en adjetivación y muy rítmico gracias a la reiteración de mueve.


Ese moverse es núcleo de sentido en el poema, y establece una serie de oposiciones. El poema comienza por decir lo que no mueve:


No me mueve, mi Dios para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

No le mueve el cielo ni el infierno, la economía tradicional de la salvación no es suficiente para el autor, ni la promesa eterna del cielo, ni el temible castigo del infierno son disuasivos. Esa economía de la salvación se encontraba en una situación muy especial durante el siglo XV, la Iglesia de Roma imponía una tremenda carga para la gente, la gratuidad de la salvación estaba ausente, el perdón de los pecados debía comprarse mediante indulgencias, quienes tenían los medios económicos podían comprar miles de años de indulgencias para salir más pronto del Purgatorio; quienes no contaban con esos medios económicos, podían luchar en las guerras y cruzadas que la Santa Iglesia libraba contra los infieles. En todo caso, el perdón, la salvación y el tiempo dentro y fuera del purgatorio, eran mercancías que se transaban y negociaban con capital o trabajo como cualquier otra, con el objetivo de alcanzar el Cielo prometido, no ir al Infierno temido y permanecer el menor tiempo posible en el Purgatorio. A nuestro autor no le interesan las promesas y amenazas.

Tu me mueves, Señor, múeveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido:
muévenme tus afrentas y tu muerte.

 En el segundo cuarteto el autor nos muestra su intención y motivación para moverse: Jesucristo. Parecería obvio y axiomático decir que el centro del Cristianismo es Jesucristo, pero cuando la motivación está precedida por el control y sostenida por el miedo y la recompensa dicho centro podría perderse. De esta manera el autor parece afirmarse en lo más esencial de su fe que es Jesucristo y restituye lo más esencial de esta.


Y pone el acento en la Cruz, la afrenta y la muerte, el acto sacrificial de Jesucristo que otorga la gracia, el perdón de los pecados y una nueva relación con Dios. 

Muévesme al tu amor en tal manera
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.


No me tienes que dar porque te quiera;
que, aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

En los tercetos queda claro hacia dónde es movido el autor, se mueve hacia el amor quedando de lado el miedo y la recompenza, la compra del perdón y la sumisa obediencia. El amor y el temor sin cielo y sin infierno se resignifican, el amor no será una motivación interesada, sino una actitud, un seguimiento; por su lado el temor no será el sumiso sometimiento a unas autoridades e instituciones, sino una actitud ante lo incomprensible e inefable.


Este bello soneto, es pues una desafiante declaración ante las instituciones religiosas de su época, y una vuelta hacia la teología más esencial del Cristianismo cuya base está en la gratuidad salvífica y no en las relaciones de compra y venta, de control y recompenza. Y con esto, sin duda también salen muy mal paradas muchas teologías cristianas contemporáneas que ponen su énfasis en la retribución material e interesada de Dios como constatación de su bendición, me refiero a esas teologías de la abundancia, donde un Dios vanidoso concede beneficios económicos y materiales a quienes le adoran con ofrendas económicas.

Germán Hernández



16/11/10

Parábola de la Putica Fina





Había una vez una putica fina muy linda y chiquitica, que tenía un cliente a quien chuleaba todo el tiempo pidiéndole regalitos y atenciones. Al chulo no le importaba, porque tenía plata, y le encantaba andar con su putica fina colgando del brazo todo el tiempo para exhibirla.

Un buen día, la putica fina conoció al papá de su chulo, y viendo que era más grande y que tenía más plata, se puso bien coqueta y sometida para que el papá fuera su nuevo chulo. Y lo logró y mandó a la mierda al hijo.

Pero la putica fina tenía un dilema, y se lo contó a su nuevo chulo:

- Fijate que tengo un hijo.
- ¿Y cuál es el problema?
- Pues que mi hijo estaba muy encariñado con el tuyo, porque le daba regalillos de vez en cuando.
- Muchacha, por eso no hay problema, yo le compro una bola al tuyo para que juegue mejenga y seguro con eso estará contento.
- ¿Vos crees?
- Claro.

Y así lo hicieron, y en efecto el carajillo estaba de lo más contento mientras la putica fina colgaba del brazo de su nuevo chulo.


Germán Hernández



12/11/10

El Hombre de Negocios desayuna pensando en su esposa

Bodegones. Marcelo Fabio Rodolfi.


Desayuno continental:

Jugo de naranja y café con leche,
Dos tostadas y jalea de fresa,
Dos huevos fritos,
Una rebanada de Jamón

Antes de media hora vendrán a recogerme
Y apenas tendré tiempo de ir a recoger mi celular
Que olvidé al lado de la cama…


Ella podría llamar al Hotel
Y el muchacho que me sirvió el desayuno
Vendría diligente con un teléfono en la bandeja
Para servirme su voz anhelante
Su oído alerta

Si me apurara en terminar
Y en lavarme los dientes y ponerme el saco
Quizás alcanzaría para pedir perdón
Antes que lleguen por mí, antes del agua de colonia…

Pero no es necesario pedir perdón - ahora que tengo tiempo -
pero como desconfío de mi:

perdón por las palabras que me creí
cuando celebraba los discursos odiosos
porque tu única dignidad consiste en sentirte mi Señora
perdóname por dejarte sola mientras sollozabas en la sala
y los gatos murmuraban canciones hermosas
como la madrugada de los peces

perdóname por todas las veces que dije que me esperaras
-te mentía, y sabías que te mentía-
¡qué horroroso es mentir cuando sabes la verdad de mis mentiras!

Y las gracias también:

gracias por sonreír cuando te prometo un fin de semana feliz
gracias por gobernar a las sirvientas y las planchadoras
gracias por soportar la sufriente soledad de mi pulgar
y la hazaña de tus piernas desoladas cuando buscan un cuerpo

porque mañana, volveré a traicionarte.


Germán Hernández





22/10/10

Historias de nunca acabar - La narrativa costarricense goza de buena salud



Historias de Nunca Acabar
Antología del Nuevo Cuento Costarricense
Editorial Costa Rica, 2009
Guillermo Barquero - Juan Murillo (Compiladores)

Con este critero temporal: escritores y escritoras nacidos entre 1965 y 1985 y que hallan publicado en los últimos 10 años, Barquero y Murillo recogen una muestra del nuevo cuento costarricense que abarca dos generaciones: La de Fin de Siglo y la del Milenio. En total son 15 autores y autoras.

Una hermosa sorpresa nos hemos llevado en esta Antología, la selección de Barquero y Murillo es vigorosa y acertada, hay textos verdaderamente magníficos y sin duda, esto constituye a dicha Antología en un portal que invita a conocer mejor los autores y autoras ahí recopilados.

En general, llama la atención en medio de la diversidad de motivaciones y temáticas de los textos seleccionados algunas constantes y motivaciones:

Cosmopolitismo. A estas alturas el asunto de la literatura "urbana" que rompe con aquél "costumbrismo pintoresco" ya está completamente superado y enterrado. Ante este, se nota una actitud cosmopolita, son numerosos los cuentos donde sus protagonistas estudian ó viven fuera de Costa Rica, en este sentido, el personaje es portador de una identidad que se incorpora, que se globaliza, todo esto ocurre con total naturalidad y apropiación.

Narrativa de Capas Medias. En efecto, los personajes son mayormente de capas medias, el espacio y las motivaciones son pequeño burguesas, o bien en tránsito socioeconómico hacia las capas medias, en todo caso, si hablamos de identidad, la identidad de los personajes es esa. Todavía están ausentes temas asociados a la exclusión social (no de marginalidad).

Herencia y Actitud. El absurdo y lo fantástico están perfectamente asimilados, hay vitalidad y verosimilitud en los cuentos. Se siente lo mejor de la narrativa de ruptura de la década de los 60, por ahí y por acá algunos guiños de Cortázar, Monterroso y otros, pero magistralmente incorporados, en este sentido sentimos que se trata de narradores poseedores de una herencia que han sabido aprovechar y por lo tanto con una actitud nada ingenua, por el contrario, con una gran intuición compositiva, aprovechando lo mejor de los recursos del género.

Ahora pasemos a reseñar en pocas líneas nuestras impresiones sobre los textos antologados:


Alí Viquez, El Francés y otras Lenguas. Perfecto ejemplo del cosmopolitismo antes indicado, un texto que elabora a partir de una situación imposible y absurda un pequeño clan, mientras los personajes masculinos van paulatinamente haciéndose periféricos, las protagonistas mujeres asumen una actitud definitoria; lo que comienza como un texto lleno de localismos y arquetipos, termina construyendo firmes singularidades y perfiles únicos, al mismo tiempo que rompe con los mandatos sociales sobre la familia, la maternidad no suprimiéndolos sino decostruyéndolos y reelaborándolos.

Mauricio Ventanas, Crustáceos. Imposible no sentir un poco cierta atmósfera rulfiana (Macario) o cortaziana (Lejana) y con todo, un texto perfectamente construido, dificil por lo que arriesga y por lo complejo de los escenarios: los crustáceos, el combate, el sanatorio, donde la visión enajenada no lo es tanto mientras el lector lo asume como subjetividad, y en este caso bellamente lograda.

Alfonso Chacón Rodríguez, Fuera de Rango. Licantropía y Londres, pero no se crea que se trata de un remake, cuando lo cierto es que aquí un poco a la manera de aquel cuento de Cortazar (No se culpe a nadie) el sujeto totalmente sucumbe a fuerzas desconocidas y misteriosas, y sabe que en la próxima parada no estará en sus manos el desenlace de lo que ocurra entre él y el desafortunado transeúnte que venga.

Heriberto Rodríguez, Liviana. Sobriamente cuando el desenlace (predecible) y la anécdota se vuelven irrelevantes, la protagonista que finalmente siente compensados todos aquellos anhelos por los que se negó así misma, tiene como primer atisbo de autoafirmación la destrucción de la fuente del bien y del mal. Vale destacar esa habilmente narración a lo "voyeur" con que Rodríguez compone el texto.

Luis Chavez, Caravana - Las Tres Divinas Personas. Igual que en su poesía, Chavez persigue el golpe psicológico, la estela de un cometa, el crater luego de la explosión, y para ello recurre con mucha sutileza, e interpela la propia vivencia y subjetividad del lector, tal es el caso de Caravana. Desafortunadamente en Las Tres Divinas Personas, sentimos que Chavez forzó un cuento a caber en la estructura y el efectismo de un título, que obligatoriamente requería un tríptico, donde el primero basta, lo demás es desechable, especialmente el último, donde no hay un dato, una situación que no conociéramos desde antes.Catalina Murillo, Una Mala Noticia. Ajuste de cuentas si se quiere, en una escena de la vida cotidiana, pero que no por cotidiana merecedora de una necesaria narración, donde Murillo nos lleva del sinismo a la culpa, de la camaradería al vacío, cuando tras una mala noticia, la rabia se cristaliza ante el fin del cuento de hadas.

Jésica Clark Cohen, Memo Personal. Un cuento magistral, donde la autora con maestría nos crea un escenario idílico y kish, y cuando ya sentimos que es insoportable e intragable toda la situación, da una vuelta de tuerca, y restaura toda la dignidad de quien no solo busca señales, sino también de quien decide sobre ellas. Un texto técnicamente impecable.

Manuel Marín Oconitrillo, Una Muerte que sí Pesa. Bucólico y mediante algunos recursos que nos recuerdan a Onetti, transcurrimos al lado de personajes que no hacen nada, solo recordar, que dicen que alguien dice, y una muchacha muerta... densidad y contención.

Marco Antonio Castro Rodríguez, Si Mataran los Juegos. Con una narrativa más tradicional, que apuesta a lo anecdótico, y se mueve al filo, Castro nos recuerda, al "Picucho" que todos en nuestra infancia tuvimos.

José Rojas Alfaro, La Ruta de los Bárbaros. Perplejidad y vértigo, en un texto que definitivamente merece mucho más que estas líneas, y se vuelve casi inaugural, por estilo, pero también arriesgadamente hermético, uno de los textos más exigentes y arduos de la antología, se sienten todavía las magulladuras...

Laura Fuentes Belgrave, Antieróticas X, XIV, XXI. Si bien formalmente Fuentes nos ofrece una prosa eficaz, sentimos que de algún modo nos predispone, y muy pronto ya tenemos las claves de las Antieróticas, primero por que el "anti" es puramente subjetivo y una elección moral y lo "erótico" presente. Creemos que hay que trabajar mejor la parodia como en el caso de la antierótica XIV.

Gustavo Adolfo Chavez, Marilyn Boyd y un Olvido Premeditado. Bellamente construido, recurriendo a todo un arsenal de recursos literarios, Marilyn Boyd es una suma narrativa y una demostración virtuosa en un texto que transcurre en un tiempo y lugares imaginarios. Pocos textos me han provocado un ansia y lectura devoradora como este.

Carlos Alvarado Quesada, En Garabito. Con un estilo lineal, una adjetivación muy particular, me temo que estoy releyendo un "Clis de Sol".

Albán Mora, El Otro Lado de la Noche. La solidez y dominio técnico de Mora son una de sus grandes fortalezas al lado de su juventud... queda claro que hay que estar atentos a un narrador que posee mil trucos y los sabe usar muy bien... a pesar de la señora Maugham.

David Eduarte
, El Encierro - Consunción. Cuando Eduarte comience a desprenderse de sus textos seguramente estaremos ante un narrador que por su estilo, es capaz de transitar lo escabroso con naturalidad, por ahora sentimos algo relamido y clisé en su trabajo, eso sí: atisbos sin ninguna duda de excelente narrador.


Historias de Nunca Acabar es a nuestro gusto un texto fundamental para aproximarse a la nueva narrativa costarricense, escritores y escritoras jóvenes, en plena producción y desarrollo nos muestran desde ahora que el cuento sigue siendo un género eficaz y exquisito (quien recorra estos textos sabe lo que digo); por lo tanto, cuando decimos nueva narrativa, no debe entenderse como una narrativa ingenua, experimental, buscando un norte y un lugar en la narrativa en general, todo lo contrario, es nueva por que está en proceso, porque son las nuevas figuras que se incorporan a la tradición narrativa, pero con absoluta propiedad y solvencia. Reiteramos lo dicho anteriormente, la Narrativa Costarricense goza de buena salud.


Para cerrar queremos señalar dos lunares en la Antología y esperamos que no se nos tome a mal:

1. Lamento que los textos antologados no indican el año de publicación y a qué colección pertenecen o bien si son inéditos. Aunque esto no es indispensable para quien quiere disfrutar de la lectura, podrían ser de mucho valor para quien quisiera hubicar los textos con respecto a sus autores, si son de su primera cosecha o bien posteriores.

2. Más lamentable, Juan Murillo y Guillermo Barquero, no se incluyeron dentro de esta antología, si bien es comprensible que como compiladores asumieran un distanciamento para su selección para evitar sospechas, recelos o que se mal interpretara como autobombo, etc... A pesar de eso, ambos son narradores, pertenecen al periodo y generación comprendida en la selección y lo más importante, son excelentes narradores que por derecho propio debieron haberse incluido en estas Historias de nunca acabar...


Germán Hernández