19/8/14

Apología de los parques - Una primicia

 
 
De nuestra primera novela impresa, queremos compartir esta breve primicia e invitarlos a ser cómplices de ella...
 
El Autor
 
 
Nadie imaginó que esta ciudad llegaría a convertirse en un cementerio de palomas, en esta habitación rigurosamente gris cuando alguna vez estuvo habitada por miles y miles de estas aves que volaban en gigantescos torbellinos de alas, comían y defecaban en los parques y monumentos para el deleite de los niños, los viejos y las familias que compraban las palomitas de maíz para alimentarlas. Ya fuera en los fines de semana, o en los días festivos, ellas aliviaban la vista de los pasajeros agobiados; acompañaban la primera fotografía de unos novios, de los niñitos que corrían tras ellas y alzaban sus brazos cuando estas volaban finalmente y se posaban en las cornisas del Teatro.
Cuando murieron las palomas, acabaron aquellas escenas cívicas y alegres, los parques quedaron desiertos y fueron invadidos por los pordioseros y el silencio. En una ciudad cuya arquitectura es típica de las ciudades homogéneas y sin estilo, la muerte de las palomas significó la caída de los últimos edificios antiguos sobre los charcos de sol, de los trillos que se abrieron con carretas y mulas y que ahora son avenidas y nombres de gente que nadie conoce; de repente la ciudad se volvió extraña y temible, y muchos descubrieron con pesar que ahí habían nacido y que jamás se moverían de ahí. Nadie supo hasta más tarde, cuáles habían sido las causas, simplemente contemplaron un día a las palomas enloquecidas volando como abejones de mayo, estrellándose contra las ventanas de los edificios y agonizando sobre los escritorios de los burócratas que se quedaban horrorizados sin hacer nada. Otras caían contra las baldosas de los parques, y temblorosas vomitaban sus vísceras; poco a poco fueron formando montañas de cadáveres en las calles y los techos. La ciudad hedía a podredumbre y los habitantes se cubrían la cabeza atormentados por la duda y las últimas sobrevivientes que solían arrojarse hacia ellos. Triste y vacía, así quedó esta ciudad que descubrió que aquellas palomas eran su respiración y su paisaje más amado. Pronto comenzaron las investigaciones, hombres de ciencia comenzaron a analizar los cuerpos inertes y sus buches sangrientos. Muchos temieron que se tratara de un virus, de alguna bacteria que mutó y se dispersó rápidamente entre la población de palomas. La amenaza de que la plaga pasara de las aves a los seres humanos era posible, la declaratoria de una emergencia sanitaria estaba latente. Poco se obtuvo de las primeras investigaciones, hasta que alguien notó que todos los perros callejeros y demás alimañas hambrientas que habían devorado los cadáveres de las palomas habían muerto también. Más tarde los análisis confirmaron las sospechas; nada devolvería la tranquilidad a los pacíficos habitantes de San José, todos se miraban atemorizados y con desconfianza, las palomas no habían muerto a causa de ningún microbio, su muerte no era un accidente, las palomas habían muerto envenenadas.
 
 
Germán Hernández
Apología de los parques
Uruk Editores. Costa Rica. 2014
 
 

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