21/7/16

Fabian Coto Chaves - El país de las certezas




Dos mil quince, año en que debuta Fabián Coto Chaves con su cuentario "El país de las certezas" Aquí compartimos una pequeña muestra de lo que el autor nos ofrece y que en palabras de Fernando Durán Ayanegui se trata de: "Relatos sorprendentemente bien escritos, en los que el autor hace un extraordinario despliegue de originalidad y variedad temática." y para muestra un botón:


El mar

Tenía poco más de 20 años y nunca había visto el mar. Es cierto que la preocupación por ver el mar es relativamente reciente en la historia; sin embargo en 1948 un muchacho jactancioso y faruscas como lo era él necesariamente debía conocer el mar. Por eso se enlistó con los rebeldes. Su decisión no entrañaba la más mínima convicción política. Poco le importaba el asunto del sufragio. Poco le importaban los comunistas, los linieros y los matones de Paco Calderón. A él solo le interesaba conocer el mar. Así fue como se sumó a los muchachos de Chico Orlich que volaron luego en el avión de Macho Núñez. Cabe decir que su frustración fue enorme cuando le indicaron que debía permanecer en San Isidro y que solo los más experimentados actuarían en la Operación Clavel, código que designaba la toma de Limón por parte del Ejército de Liberación Nacional. Pero sus obcecados ruegos al fin lograron persuadir al capitán Núñez y a los otros oficiales y, de este modo, un 11 de abril de 1948, Joaquín Chaves Cortés volaba en un DC 3 desde Altamira hasta Limón. Integró una de las columnas que viajó por la playa hasta el puente de Cieneguita y participó en la toma de la Loma de Garrón. Y en medio del sonido de las ametralladoras Neuhausen, los gritos, los vivas a Otilio Ulate y las detonaciones de Máuser 98 Joaquín pensaba que, después de todo, el mar no era gran cosa. “Solo es un montón de agua con otro montón de agua encima”, solía decir mientras recordaba la textura de la arena adherida al rostro, las aguas abultadas del Caribe y el olor a pólvora quemada.

Un recuerdo improbable de la guerra del 48

Tengo pocos recuerdos de la infancia. Recuerdo, por ejemplo, que papá tenía una radio en su taller de ebanistería y que ahí se reunían otros hombres a escuchar cosas de las que no supe mayores detalles. Por aquel entonces mi padre solo era un hombre grave que se ponía saco y salía en las noches y que regresaba, a veces agitado, a veces nervioso, contando cosas incomprensibles. Recuerdo a mi mamá, hecha un nudo de rosarios, sobresaltos e hilos de coser. Mi hermana Marta lloraba y sufría ataques de nervios y mi otra hermana, Leda, permanecía impávida, escuchando radionovelas.
Puedo transportarme a esa tarde de abril del 48, cuando llegó mi abuelo Carlos a decirle a mamá que debíamos irnos, que Figueres entraría a Cartago y que si el Gobierno oponía resistencia aquello iba a ser una matazón. Mi madre cogió los chuicas, ciertos víveres y algunos enseres y nos montamos en un carro que nos llevó a la finca de mi abuelo, en Aguacaliente. Marta lloró durante todo el camino mientras Leda se entretuvo mirando los árboles y preguntándole a Mamá cómo se llaman los pájaros amarillos que cantan en las ramas secas de los porós.
Mucho tiempo después, Marta me contó que ese recorrido fue especialmente peligroso. Según ella, cuando íbamos bajando la cuesta de Cerrillos, un avión Douglas de la Legión Caribe pasó volando metralla de manera indiscriminada. Pero yo de eso no recuerdo nada. Solo veo ráfagas ecológicas, potreros inmensos, vacas paciendo, cabras y lecherías ruinosas. Y veo a papá, en el corredor de la casa, agitando una mano, apoyándose con la otra en el Máuser 98 que le entregaron los figueristas, con un sombrero y un chaquetón a cuadros, y con su perro mayoral al lado. Según supe luego, papá se quedó en la casa porque temía a los saqueos y estaba decidido a repeler con plomo cualquier intento de revanchismo por parte de los caldero-comunistas.
La memoria de mi estancia en la finca del abuelo dista mucho de ser escrupulosa. Se me viene a la mente una escena, que bien puede ser falsa, en la que aparece Marta, con un vestido claro y con el pelo recogido, recolectando agua del río con una olla negra de hierro colado. Luego veo a mi abuelo Carlos tratando de sintonizar una radio con una antena hechiza que nunca pudo transmitirnos noticias ni canciones de Agustín Lara. Hay, además, un recuerdo improbable de unos soldados que llegan en la noche pidiendo café, ateridos, con pantalones army hechos girones y unos sarapes sucios que les cubrían la espalda. Tiempo después le pregunté a Marta si recordaba aquella escena y me dijo que no, que nunca llegaron soldados oficialistas a pedirnos nada, y que si hubieran, llegado posiblemente papá Carlos los hubiera agarrado a tiros.
La guerra duró poco y podría decir que, en definitiva, mis recuerdos de la infancia se reducen a los recuerdos de la guerra. El mundo exterior de mi niñez era la guerra civil y sé que en ella había matones y toques de queda y aserraderos incendiados y aviones que volaban bajo lanzando tanques de oxígeno con dinamita y titulares de periódico y esquelas de muertos. Sin embargo, no soy capaz de asirme a nada de eso como suele hacerlo la gente con respecto a su historia íntima. Yo me he visto en la necesidad de llenar mi historia con noticias sórdidas y dudosas acerca de una guerra en la que no tuve mayor involucramiento.
Ninguno de mis tíos recibió siquiera una trompada y tras los acuerdos de paz mi tata devolvió el máuser 98 con la caja de municiones intacta. Es decir, para mí la guerra y la infancia fueron, más o menos, un paseo a la finca de mi abuelo. En el barrio, algunos vecinos decían que Figueres había mandado matar a un negro que era comunista y que venía de la Línea. Decían que lo habían matado detrás del cuartel y que lo habían enterrado ahí. Pero bueno, yo de eso tampoco recuerdo nada. Y de todos modos, hasta donde sé, en Cartago nunca hubo negros.

Challenger

Dio la casualidad que ese mismo día recibió como regalo unos binoculares. Desde su habitación no podría contemplar los fragmentos del Challenger pero sí los imaginaba suspendidos en el aire, debido, tal vez, a un capricho óptico de la lejanía. Él y su mamá habían visto la transmisión de Canal 7 con el conteo dramático y el ascenso, y luego habían visto el inmenso chorro de fuego, humo y trozos de metal que acabó con todo. En un principio, ambos se sintieron aliviados al recordar que Franklin Chang no viajaba en esa misión. Pero, más allá de eso, en el Challenger viajaban los astronautas a los que él había escrito cartas y enviado postales con imágenes del Volcán Irazú y del Valle de Orosi.
Casi inmediatamente después de la explosión, subió las escaleras y tomó los binoculares y fue hasta la ventana de su cuarto para mirar al cielo. Por un momento pensó que las manchitas de pintura que figuraban en el cristal correspondían a los fragmentos del cohete. Sin embargo no había nada, solo la unanimidad celeste de una tarde de enero, salpicada de nubes y de pájaros. Para él la muerte era algo que solo podía pertenecer a la tierra, a lo telúrico. No podía imaginar una muerte en gravedad cero, una muerte en la que los cadáveres quedaran suspendidos en el aire. Y tampoco podía concebir que los restos de los astronautas a quienes él escribió cartas y envió postales seguirían cayendo por siempre sobre el océano y sobre los campos donde había vacas y ciudades.
En una vana tentativa por aliviarle la angustia, su mamá le dijo que no se preocupara, que total los astronautas habían muerto instantáneamente, que no habían sentido dolor alguno, que habían dado la vida por una causa noble y que morir así es más bonito que morir en un hospital lleno de tubos y mangueras. Pero él siguió acongojado durante semanas y meses e incluso, cuando Franklin Chang pasó en un jeep descapotado frente a su casa, no pudo olvidar la perturbadora geometría de ese chorro de fuego, humo y metal.
Después vendrían más viajes al espacio y vendría la tragedia del Columbia y vendría la cancelación del programa espacial, y Franklin Chang regresaría a Costa Rica. Al día de hoy, cada vez que mira a través de unos binoculares, siente esa misma sensación de vértigo que sintió aquella tarde de enero de 1986 cuando el cielo y la distancia se resistieron a mostrarle los fragmentos del cohete y los primeros indicios de la muerte.

Un viaje al país de las certezas

Nos situamos en los alrededores de la Plaza de la Cultura, más o menos, en el año 1989. Mi papá está en la Armería Polini preguntando por un magazine para el .22 Ceska Zbrojovka semiautomático que compró en Limón. Yo me escapo y voy a Bubis, una tienda josefina de productos importados en la que solían comprarme esos chocolates y chicles que saben a Disney World. Al cabo de unos minutos nos encontramos: mi papá no halló el cargador que buscaba y yo solo compré unos chicles Wrigley’s. Él me reprende por alejarme sin su autorización. Yo pido perdón.
Caminamos hasta la Billy Boy y nos sentamos donde siempre. Salitas, un mesero de bigote minuciosamente recortado saluda y pregunta por mi mamá y mis hermanos. Mi papá hace una broma y ambos ríen. Ordeno hamburguesa con aros de cebolla y pepsi mediana. Él pide un sánguche de frijol con papas a la francesa y café negro. Luego me cuenta algo acerca de la primera vez que fue a San José en el Plymouth 51 de mi tío abuelo Carlos Francisco. Según dice, las curvas del viaje, aunado a su ya de por sí reconocido padecimiento de claustrofobia, le provocaron unas náuseas tremendas.
Terminamos de comer. Pagamos. Mi papá se escarba la dentadura con un palillo de dientes y luego salimos a la Avenida Central con rumbo a la Librería Lehmann. Después de una rápida observación de los estantes escogemos mis útiles para la escuela. Él se resiste a creer que este año voy a necesitar un compás y un portaminas Staedtler 0.7. Al final cede. En definitiva la negociación es breve y a la vez favorable a mis intereses: un compás y un portaminas Staedtler 0.7 a cambio de que el portafolio no tenga cierre de velcro ni estampado. Acordamos que la selección del bulto puede esperar a febrero. Sospecho que él tratará de persuadirme para que use el bulto que mi hermano no quiso. Decido pensar en otra cosa.
Salimos y en seguida mi papá propone ir al Parque Bolívar.
El tigre de Bengala, metido en una jaula diminuta, parece un incidente de fuego que entristece a todos los guerreros de la historia. Al lado nuestro hay un carajillo estúpido, uno de esos mocosos irritantes que se resisten a asumir su edad. Se dirige a su acompañante, al que presumo su padre, y pregunta si los tigres pican. Yo siento desprecio por él, por sus medias y por su obesidad.
Los leones no me impresionan mucho. A decir verdad nunca me han impresionado. Su forma de rugir me resulta vulgar, semejante a un pujido. Luego caminamos y vemos un oso y un puma que huele muy mal. Mi papá me cuenta que hace unas semanas un señor de Aguacaliente cazó un puma, en las montañas del sur de Cartago, muy cerca del sitio donde él, mi abuelo y yo, acostumbrábamos ir de cacería. Pienso si, quizás, yo no sería capaz de disparar a un puma.
El viento de la tarde es frío. Me abrigo, y mientras caminamos hacia el parqueo del Hotel Presidente valoro la posibilidad de pedir a mi papá que nos detengamos en la Pops de Curridabat para comer una nieve de limón. Luego viene el viaje de regreso y hay un país de nubes y un cerro oscuro y después la entrada a Cartago. Vamos llegando a casa, y mientras contemplo el portaminas Staedtler 0.7 y la cartuchera siento algo que bien podría compararse a la felicidad o, a lo mejor, al germen de todo ejercicio de nostalgia.
Cuando llegamos a la casa, el ruido de los transformadores eléctricos se mezcla con las bombillas de los postes, creando un zumbido que yo imagino semejante al sonido que emiten las ánimas del santo purgatorio. Pienso que, en caso de que este año muera otro de mis tíos abuelos, al menos podré llevar mi portaminas Staedtler 0.7 al rezo y podré hacer dibujos mientras la rezadora les lanza plegarias a las ánimas, como señales o advertencias de otro mundo.

Los pájaros de Gerd von Rundstedt

Fabián Coto Chaves
La Wehrmacht lanzó su ofensiva para delimitar un pedazo de Bélgica y convertirlo en el lugar más triste de la Tierra. Según relatan los cronistas, un 17 de diciembre cerca de Baugnez, algunos elementos del Batallón de Observación de Artillería de Campo estadounidense se enfrentaron con un Kampfgruppe destacado en la región. Tras una breve batalla, los estadounidenses cayeron rendidos ante los alemanes y fueron hechos prisioneros. Minutos después una división SS se presentó al lugar y abrió fuego contra los prisioneros desarmados, lo que desató el pánico de unos y el asombro de otros. Luego, los SS continuaron su marcha, se internaron en los bosques y se confundieron con la nieve y los árboles. Nunca se supo cuáles razones motivaron la ejecución de los prisioneros ni tampoco se supo qué suerte corrió dicho grupo de oficiales. Sin embargo, cierto médico y filántropo sueco escribió un libro, aún inédito, en el que recoge el testimonio de algunos habitantes de Valonia, los cuales coinciden en que, durante toda la década de los 50 y principios de los 60, hubo avistamientos de soldados SS que vagaban por los bosques asesinando pájaros.

Fabian Coto Chaves (Cartago, 1981) Escritor. Columnista de la revista Paquidermo. Cursó estudios de historia en la Universidad de Costa Rica (UCR) y de edición literaria en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Vive en San José desde 2009.







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