23/9/16

El viento viejo – Francisco Zúñiga Díaz



“El viento viejo” tiene algunos cuentos de los mejores que se han escrito en nuestra patria. De este libro emerge Francisco Zúñiga Díaz como uno de nuestros mejores narradores, superándose en su oficio constantemente, y dándole a su trabajo literario esa dignidad y esa claridad tan difícil de encontrar en nuestra literatura contemporánea.”
Alfonso Chase.


El viento viejo publicado por la editorial Costa Rica en 1978 es la cuarta entrega de narrativa de Francisco Zúñiga Díaz. Libro de microrrelatos si se quiere, prácticamente la totalidad de sus veintitrés narraciones no supera la extensión de una página.

Para los lectores costarricenses de entonces supuso también la oportunidad de leer por primera vez los cuentos “La fiesta” y “Efraín Soto P.” que ya habían aparecido en su volumen de cuentos “La mala cosecha” impreso en Chile en 1967 y que el autor incorpora en este volumen.

Hoy para nosotros, “El viento viejo” es una muestra de mesura narrativa, diminutas estampas compuestas de una prosa que llamaríamos “preciosista”, apenas cuentos, apenas esbozos de mundos idos y distantes, pero vibrantes en su humanidad familiar y reconocible.

Y algo más, el ya evidente despliegue de Francisco Zúñiga Díaz como el definitivo maestro de la narrativa humorística costarricense. Algo que quedará patente más adelante en el desarrollo de su obra posterior en “La encerrona de la Chupeta” y “Los cuentos de Tamuga” que precisamente es en este volumen de cuentos que reseñamos en que aparece este ingenuo y simpático personaje por vez primera en un relato que apenas es un chiste, una travesura bien contada, pero que atrapa, igual que la relajada picardía de los textos aquí seleccionados como “La inmortalidad de don Servando”, “El Trueque”, “El apodo de Juan Soto”, y “El alegre novenario de don Críspulo”. En suma, tenemos aquí algo menos de la típica gravedad y patetismo del realismo costarricense usual, un tratamiento lingüístico impecable, textos que pese a su entorno se vuelven humanos, universales e intemporales, como suele serlo la buena literatura.

Ahora solo queda guiñar el ojo y disfrutar de esta breve muestra.

Germán Hernández.



El viento viejo

El verano descuelga tardes de colores. Por el cielo, volando encaprichados, brisas, hojas y barriletes. Un montoncillo de polvo se diluye en un remolino y el eco dispersa la algarabía de trompos, canicas y rayuelas. Para elevar el barrilete se necesita al viento, que está muy alto, de seguro. O vendrá desde lejos, de la montaña, desde más allá del potrero, por Nances o por Peñas Blancas. Y los chiquillos de Juan Mena y los otros, todos, comenzamos a llamar al viento: "Julián, Julián, vení a beber café con pan"
Y Julián, el viento, da su lengüetazo bajo y alborota las hojas de la calle del verano. Y se eleva y con él el barrilete, las sonrisas, el ensueño.
Julián es el viento. ¿Por qué? ¿Nos importa saberlo? Y Julián también es Julián, el viejo sucio que llega a la pulpería de Raúl cuando le da la gana.
Este Julián talvez es el viento. Viene astroso y desgreñado, como si hubiese llegado descolgándose de la montaña y llega como respuesta a nuestro grito de adentro, a nuestra súplica para que traiga al viento, o venga con el viento a encumbrar nuestro barrilete.
Trae el pelo blanco y largo y despeinado, tal vez de revolverse entre las ramas. ¿Sus barbas canosas no son, acaso, barbas de viento? ¿Las historias que cuenta, de muertos y aparecidos, de alegrías y tragedias, no llegan a nosotros envueltas en los remolinos de su barba viento?
Se va Julián, de regreso, porque ya hizo verano. Retorna sucio y desgreñado y va a recurtirse a las montañas. Nos deja el molino de sus cuentos, que reconcomen y reconcomen hasta obligarnos a contarlos.


Tamuga

En el recreo o en clase —y más en clase— Tamuga era el problema.
¿Qué una diablura?: Tamuga. ¿Qué un alboroto?: Tamuga. ¿Qué un nuevo apodo?: Tamuga
Y la fama de Tamuga —la de malo, que la de bueno no trasciende— se saltó las cercas de la escuela y circuló, con viento a favor, por todo el pueblo.
"...que no te juntes con Tamuga". "...Que me pegó Tamuga". "...Que es que Tamuga me quitó el cuaderno y escribió unas malacrianzas y la maestra, por eso, me dejó arrestado".
Y Tamuga por aquí y Tamuga por allá.
Doña Tomasa aumentó sus preocupaciones de madre, que eran como una gran colcha remendada con problemas, tendida en la extensión del estar lidiando todo el día con chiquillos. Y por las dudas le dijo a Josecito:
—Mire, mijito. Yo le recomiendo una cosa: por el amor de Dios', por lo que más quiera, no se junte con ese Tamuga.
Y Josecito se quedó cariacontecido. Muy temeroso ante la nueva prohibición, sumada al no moleste al gato, al no le tire piedras al palo de cas, al no se ensucie porque esa camisa se la tiene que poner mañana, no tuvo más remedio, por primera vez porque doña Tomasa no aceptaba réplicas, que salir en defensa de Tamuga.
 Y lo dijo con temor y sorprendido:
—Pero mamá... Si Tamuga es mi hermano Carlos. Es que le dicen Tamuga en la escuela.


La inmortalidad de don Servando

El perdurar es una de las ilusiones de todo ser humano. La sabiduría oriental comprime esta inquietud filosófica, sin complicaciones ni conjeturas sobre el más allá y la inmortalidad del alma, en su máxima de plantar un árbol, tener un hijo y escribir en libro.
Los tres pedimentos son silos: el árbol florecerá y se hará semillero. El hijo también. Suponemos que con el libro sucede algo semejante.
Pero el perdurar también se apuntala en la lápida, en la tumba, en el epitafio.
Don Servando fue un burgués redomado. Vivió dentro de la opulencia: casas de recreo cerca del mar y en las montañas, viajes a Europa, automóviles, dinero y un sin fin más de aditamentos terrenales.
Por haber saboreado todos los placeres del mundo quiso —y es muy explicable su deseo— perdurar en la vida eterna. No aspiraba ni a estatuas ni a mausoleos, que la pátina del tiempo opaca; ni a honores que el viento y el olvido, irresponsablemente, desbaratan. Quería no más una tumba en un cementerio residencial.
Se hace necesario aclarar: en los cementerios, al igual que en los aviones y en los trasatlánticos, hay sitios de primera. Y si uno vive con comodidades no debe ser sepultado, cuando le guiñe un ojo la parca, en cualquier sitio. Don Servando escogió un cementerio de primera, de gente de sociedad, en donde descansaría hasta la consumación de los siglos.
Y enamorado de la belleza y el bienestar, dispuso dos cosas en su testamento: que lo inhumaran en "El Vergel de la Inmortalidad" pues ese había sido el cementerio escogido, y que plantaran un jacaranda para que el verano adornase con su color lila su nueva residencia.
Los hijos cumplieron los últimos deseos de don Servando: compraron el lote en El Vergel y sembraron el árbol de jacaranda. Después, al filo de la última palada, se repartieron los bienes dejados por el difunto.
En "El Vergel de la Inmortalidad" el valor del metro cuadrado es más caro que en el cielo y los descendientes —de por sí don Servando no se daría cuenta— compraron nada más que lo indispensable: media vara cuadrada de tierra.
Y don Servando fue sepultado ahí, de pie. No cabía en otra forma. El árbol de jacaranda, una vez crecido, empujaría las raíces hacia adentro y del opulento don Servando quedarían unos huesos triturados, incrustados como astillas en las raíces.
El viento, en la haraganería de los veranos, travesearía entre las frondas, hasta desvanecerse en una lluvia pertinaz de pétalos lilas.


El trueque

El inicio del invierno hizo que le picara más la comezón a Evaristo, como cuando después del primer aguacero comienzan los brotecillos a rascar la tierra.
El olor de invierno recién nacido jugó de ariete para hincharle su amor, mejor dicho su apego a Mercedes, que le retoñaba como si le echara hijuelas.
Y entonces habló con Rafael:
 —Vos sabés —le dijo—. Estamos en algo equivocado. Vos siempre te has entendido con Chepa y yo con Mercedes. Ninguna de las dos parejas está casada como Dios manda.
Rafael entendió y dijo que sí, pues para él en realidad, era más razonable que Chepa se viniera para su casa y Mercedes se trasladara a la de Evaristo.
—Para los cuatro es más conveniente —dijo como única respuesta.
Un arcoiris colocó metáfora en la escena y vació sus colores en la hondonada.
Y se hizo el trueque: Chepa se fue con sus pertenencias y sus chiquillos para la casa de Rafael y Mercedes, con sus chuicas e hijos, para la de Evaristo.
Y lo que nunca había pasado sucedió: Evaristo y Rafael se enemistaron por primera vez y por poco y si no interviene la autoridad, un machetazo hubiese orlado de luto la comprensión de los dos hombres.
—Que me jodió, me jodió —decía Evaristo en la taquilla.
—Fue un trato chueco: ¿No ven que Mercedes se trajo los siete chiquillos que tenía? Yo, porque el asunto se había arreglado bien, ni me di cuenta que Chepa tenía seis ¡Una boca es una boca!
Como ya era verano, una ráfaga llena de polvo y hojas secas puso punto final a la escena.


El apodo de Juan Soto

El culo roto era lo que más lo sulfuraba. Ante el grito insultante ya él tenía preparado —y lo soltaba fácilmente— el suyo, eco que se iba perdiendo, calle arriba, propiciado por la réplica del chiquillo, o del viejo, que majaderiaba por la joda o el vacilón.
Las tardes se recostaban casi agotadas de tanto sol del mediodía y una brisa, casi fresca, jugueteaba entre las rayuelas y la mancha brava, la gritería de los chiquillos y el transcurrir lento, monótono, de los días.
Y se sabía de Juan Soto porque lo precedía siempre —y se alejaba después de su paso— el grito modulado y tendencioso hecho con bocina de manos o altoparlante de gargantas:
"Juan Soto, culo roto... Juan Soto, culo roto..."
Y la respuesta, también modulada pero sí defensiva, e insultante, desde luego, de "roto lo tiene tu madre, hijueputa... roto lo tiene tu madre, hijueputa..."
 Este transcurrir de Juan Soto, en este pueblo en particular, no tiene ninguna novedad porque es repetición de un personaje y otro pueblo. El ataque y la réplica son similares, aquí y allá. Y, además, todo en la vida aburre y cansa. Surge, de pronto, algo más interesante. Incluso la incursión de otro personaje que arrincona a Juan Soto, porque sí, porque se hizo un chisme grande con la Muda, que contó, por señas, a todo el pueblo y con lujo de detalles, que el Alcalde se había acostado con ella, porque Manolo Torres la empezó desde hace días y hoy es espectáculo de borrachera en media calle, porque en la variedad, que caray, está el gusto.
Y solo, muy allá de cuando en vez, surgía como eco que fue aprisionado por la ocurrencia de que Juan Soto pasaba, el hiriente y puntiagudo Juan Soto, culo roto y roto lo tiene tu madre, hijueputa. Y Juan Soto respondía ya solo al Soto y cualquiera decía ¡Soooto! y el roto lo tiene tu madre salía, sin dificultad, espontáneo, casi respirado de lo fácil que se decía.
Y Juan Soto se murió y eso no es ninguna novedad si consideramos que se muere hasta la gente bien importante. La Municipalidad, o los vicentinos, o alguien caritativo pagó el entierro y puso una cruz en la tumba de tierra y un dos de noviembre, cuando se pintan las sepulturas y se rotulan, para que la gente que visita el cementerio tome nota de que los deudos cuidan de la memoria de los fieles difuntos, la Municipalidad, o los vicentinos, o alguien caritativo rotuló la cruz, en el travesaño, con el nombre Juan Soto.
Nadie supo quién, pero el dos de noviembre después de la misa en el cementerio, cuando la gente se desplaza por las callecillas para ir a ver cómo está la tumba de mamá y poner una corona de flores de papel, pudo verse el homenaje póstumo para el infortunado Juan Soto, pues a la par de la mención de su nombre Juan Soto alguien, también con pintura negra, había escrito culo roto.
Algunos sonrieron por la broma de mala entraña y pasaron, a ver otras tumbas, como si nada. Pero un chiquillo, que había molestado en vida al difunto, más por espíritu de copia que por intención, sí consideró y lo lamentó muy profundamente, que no había sido considerado el autor del agregado al nombre, al no darle al pobre de Juan Soto la oportunidad de la respuesta.
El panteonero, al día siguiente, molesto suficientemente por la falta de respeto a un difunto, pasó un brochazo blanco al agregado y también, desde luego, al que fue puesto, de seguro ya muy tarde el día de difuntos y que decía roto lo tiene tu madre, hijueputa, con una letra temblorosa de rasgos infantiles.


El alegre novenario de don Críspulo

La vida, con todos sus contrarios, se manifestaba en los dos sentidos más usuales en la casa de don Críspulo Montero. Se podría aplicar el aforismo popular —y ello nos coloca en la definición justa— de que el muerto al hoyo y el vivo al pollo.
 La familia, es menester reconocerlo, se preocupaba. Y no para menos porque una vela siempre trae sus dificultades, máxime si a ella se le agrega el novenario, con tanto deudo, amigo, vecino y conocido que atender.
Se dispuso en la cocina, como primera medida, matar al chancho. Lorenza haría tamales, la Chola se encargaría de las tortillas porque se las jala perfectas y... ¡con chancho, ni hablar! Roque tendría bajo su cuidado el guaro, pues él, mejor que nadie, conocía en donde puede conseguirse el mejor charral.
Por su parte don Críspulo, en el cuarto contiguo, no comulgaba con la idea de hacer de difunto en la fiesta. ¡Papel más ingrato y secundario! Como estaba por decidirse si entregaba o no su alma al creador, mientras esperaba a la parca escuchaba, quién no, si era algazara, toda la alegría, de los preparativos de su muerte, hasta el punto de que se le hizo la boca agua, se levantó, llegó a la cocina y dijo: "Muchachas, hacemos la fiesta pero con yo vivo. Háganse a un lado, puñeteras, que esto lo dirijo yo".
Tiró a un lado su enfermedad, que ante tan inusitada energía corrió con el rabo entre las piernas y empezó a disponer el festín.
Mataron al chancho y se cumplieron todos los etcéteras, acrecentados ahora por el entusiasmo del que fue aspirante a difunto, nada menos que don Críspulo Montero, que para las parrandas era el más pintado del pueblo.
Se hartó el viejo. Comió como nunca había comido en su vida, tomando en cuenta que siempre había sido de lo más comelón y antojado.
Y no podía ser para menos. El desarreglo tal vez, el comer en demasía posiblemente. Quizá la manteca de cerdo que se tiene sus atributos, o el guaro, o quién sabe qué. Lo cierto es que don Críspulo, después de la fiesta, que se extendió por nueve días más porque de por sí habían planeado novenario, se curó completamente. Más roble era ahora de lo que había sido.
Y desde ese momento —lo dice ahora después de veinte años del festarrón de su vela— en mi casa no se planearon fiestas para mí como difunto. Yo mismo establecí ya el programa que debe cumplirse si alguna vez me muero, porque todo puede suceder sobre todo si se toma en cuenta que ya me están coleando los cien años.
¿A qué va eso de parranda cuando se muere un difunto? Lo que exijo es oración, misas, meditación. Mucho respeto y pesar y nada de cosas mundanas.
De todas maneras el testamento los obligará a cumplir mi deseo. Si no, todo lo que tengo pasa a la Junta de Caridad. ¿Cómo puede ocurrírseles hacer fiesta si yo no estoy vivo?


El recuerdo

La pasión de Emérita fue Manuel. No se casaron nunca y cada uno cogió su propio camino.
Manuel, mejor dicho, tomó su rumbo. Emérita no, que siguió siendo la misma. Podemos afirmar que ni siquiera se quedó para vestir santos, porque lo que tenía el caserío era apenas una ermita con solo un santo patrono, visitada muy casi nunca por el párroco del pueblo vecino, vecino si colocamos en el medio doce kilómetros de barreales.
El problema del quiebre del noviazgo puede considerarse ahora, catorce años después, intrascendente. Caprichos, exigencias, celillos tontos de muchacha nueva, que le reclamaba exclusividad a Manuel cuando Manuel, es muy cierta la afirmación, se moría solo por ella.
Las malas lenguas del chisme que le adosaron un romance con una vecina algo pispireta. La decisión voluntariosa de Emérita, que no quiso seguir jalando y la resolución intempestiva, infantil tal vez, de Manuel, que se largó para la zona bananera a buscar vida, dijo él, cuando era para infringirle a Emérita un castigo, que caía sobre él mismo con igual grosería.
Se repletó de recuerdos, más intensos por la distancia, la pasión de Manuel. El animal de la cabanga de le hizo majadero y le carcomía más que más a menudo, hasta a impulsarle, con tal de atenuaría, a rejuntarse con una morenilla de la zona, que no exigía siquiera matrimonio por que ignoraba que esa cosa existía.
Emérita rumió, como se dice, su desconsuelo. No hubo manera entre varios intentos de muchachos del caserío que la veían con buenos ojos, de que ella quisiese sustituir el amor de Manuel, que era un matapalo colocado —penetrado diríamos— en su corazón. Siguió soltera, macerando sus sentimientos, ya casi recuerdos agradables de tanto repasarlos, pero sin ninguna posibilidad de borrón para quedar libre.
Manuel y la morena, en definitiva, no cuajaron ni en continuidad ni en hijos. Como no se entendieron decidieron dejarse, sin ninguna pena y sin ninguna alegría y el tiempo, que casi nunca es bálsamo, no tuvo la ocurrencia de cicatrizar recuerdos.
Y un día de tantos, un montón de años después como queda dicho, regresó Manuel al caserío. Saludó a los que ya eran viejos, conoció a mucha gente nueva que eran los chiquillos de su tiempo y contó historias sobre los bananales y los problemas de allá. Emérita, por supuesto, se enteró inmediatamente. El diapasón de los límites del caserío recogía cada pulsación extraña al segundo y el regreso de Manuel fue extraño, indiscutiblemente, porque no tenía, es un hecho, nada que hacer ahí. No era nativo del caserío porque llegó ya con sus dieciocho años. No tenía ni familiares ni bienes. Había más vida en otros sitios.
Manuel buscó a Emérita. Se saludaron cordialmente y conversaron de muchas cosas, menos del recuerdo.
Se despidieron también cordialmente y él, después de despedirse de sus conocidos, arrumbó de nuevo a los bananales, a buscar vida, dijo él, cuando era para sepultar, ya para siempre, un recuerdo muy agradable que ya no tenía razón de existir.



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