3/9/17

Nada de todo aquello – Carlos Francisco Monge



Un poemario más en la amplia obra del veterano poeta Carlos Francisco Monge. Lo edita esta vez la EUNED con una de las portadas y ediciones más horribles que he visto, pero bueno, ya se sabe, nunca se debe juzgar un libro por su portada (ni por su contraportada, edición y ningún otro paratexto).

Mejor refirámonos a lo que importa: al poemario, a sus 53 poemas. Con limpieza y oficio, su autor sabe lo que quiere decir y cómo decirlo. Con versos y frases breves, algunas enumeraciones sin ser extenuantes, una adjetivación precisa, sin abusos. Economía y claridad; su tono es moderado sin ser iconoclasta, ni vernáculo o antisolemne. Este poemario se lee de un tirón y sin dificultades, la voz que enuncia se da a entender, vuelve sobre sus pasos, juega, hace paráfrasis de autores y poemas reconocibles, y tiene hermosos aciertos.

Sin embargo, pese a aquellos poemas que tanto me gustaron, que me hicieron guiños y me interpelaron, me pregunto si realmente estos poemas le pueden importar al lector común y ocasional, si de verdad apelan a su experiencia y subjetividad o más bien se plantan ajenos a este, como bandera, como faro a otro tipo de lector, muy específico, concreto: a los poetas.

Gran parte del poemario se dirige a ellos, los expone, los desenmascara, probablemente el más bello poema del libro y uno de los que mejor describe lo anterior sea “Los egoemas”:

“Lo malo del poema es cuando se empieza a hablar del yo;
a hablar en yo,
a inmortalizar las páginas en blanco
con una tinta de insomnios
y de misteriosas navegaciones
por intricadas galaxias, parar hablar en yo.
Es cuando todo desaparece: la historia, las marismas,
la levitación del honor,
las acrobacias
de quien sostiene las dudas y envejece con ellas.
Los poemas del yo nacen como alimañas,
se quejan, se consumen,
solo ven por doquier los cuartos solitarios,
el humo del pitillo, los fantasmas,
las luces minusválidas, la carroña del otro,
la inmundicia de quienes no te ven, no te contemplan,
la decepción de que no te hacen caso
con tus versos dramáticos, inertes,
que escribes para ti,
que solo existes solo,
sin demás, sin demases.”

Con las inevitables reminiscencias a Parra y Neruda, este poema denuncia que los poetas que escriben en “yo” son unos cretinos. Y el asunto se vuelve nuclear, hay otros poemas similares, siempre señalando la vanidad, las ínfulas, la inutilidad del poeta y de sus cantos,  “Lunadas”, “Aplausos”,  “Las cosas que alguien ama”, “Pequeña crónica de un poeta viajero”, “Nicotina”, “Celebridades”, “Cuerpos”, “Conversaciones sobre la poesía”, “Tras bambalinas”,  “Carta a un poeta amigo”,  “Acta de intervención de un poeta mayor”, “Tareas del poeta en una tierra de lobos”.

Carlos Francisco Monge

Extraña eso sí el distanciamiento, la voz que nos habla a través de estos poemas es desde luego la de un poeta, pero cuando desnuda a los otros ya no parece serlo, parece suponer que él no es así, solo hacia el final del poemario se decanta por ser un poeta más como todos cuando declara: “Dame una palabra, que moveré al mundo”.


Germán Hernández


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