15/11/13

Pasaje al Paraíso – Michael Connelly




“Creo que todos los libros que escribo y los que tengo en mente y aún no he materializado forman parte de un único libro, una gran obra, de manera que están todos conectados entre sí.  Es algo en lo que también me influyó El Bosco, en sus cuadros hay cantidad de cosas en infinidad de niveles, todas relacionadas unas con otras. Es uno de los placeres que me proporciona mi trabajo, establecer estas pequeñas conexiones tan curiosas entre personajes aparentemente distintos y distanciados.”

Michael Connelly.

Michael Connelly es junto a Dennis Lehan, el más relevante escritor de literatura negra en Estados Unidos hoy. En su obra, que hasta ahora tiene más de 25 novelas publicadas, destaca su serie protagonizada por el detective de Los Ángeles, Hieronymus "Harry" Bosch con 18 entregas.

La referencia al maestro holandés con el nombre del protagonista es más que obvia, la madre del personaje lo bautizó así por su admiración a la famosa obra del pintor de “El jardín de las delicias”. También se han hecho analogías entre la vida del escritor James Ellroy y el personaje de Connelly, en La dalia negra (1987) Ellroy sintetiza su trauma personal de juventud por la muerte violenta de su madre con la recreación literaria del famoso caso del asesinato y mutilación de Elizabeth Short, treinta años después Ellroy investigó por su cuenta el crimen no resuelto de su madre, Harry Bosh también sufre la pérdida de su madre víctima de un asesinato y muchos años más tarde, retoma la investigación y logra resolver el crimen de su muerte.

La singularidad de Harry Bosch a lo largo de la saga, se revela en su pasado traumático, sobreviviente a la orfandad, sobreviviente de la guerra de Viet Nam, y sobreviviente de sí mismo. Pero también Harry nos resulta el arquetípico detective duro, pragmático, cuya obstinación raya en la ética kantiana de cumplir su deber hasta las últimas consecuencias, y cuando esto ocurre el saldo resulta abrumador. Esta combinación da como resultado un personaje fascinante, familiar, y a la vez complejo, un lobo estepario, una bestia carcomida por el pasado, un amante y padre capaz de la mayor ternura, en suma, uno de nuestros detectives favoritos y su autor un maestro.

Michael Connelly
Pasaje al Paraíso, corresponde a la quinta entrega de la saga. Originalmente se publicó con el sugestivo y evidentemente más acertado título en inglés “Trunk Music” (Música de Maletero) en 1997, y esa música en la jerga de la mafia no es otra cosa que un cadáver en la joroba de un auto, donde todo comienza y que sacará al detective de su ciudad hasta Las Vegas y de regreso. Bordeando los meandros de una saga donde los sospechosos se vuelven inocentes y las víctimas culpables; la trama es compleja, los hilos que unen las relaciones y los giros entre los personajes están brillantemente tejidos (una víctima que produce porno, una investigación por evasión fiscal, relaciones con la mafia, agentes del FBI encubiertos, una viuda indiferente, etc.) y con todo, cuando la novela pierde fuerza, cuando la cadena de casualidades llega hasta lo inaudito, no nos queda más que emocionarnos con la aparición de la ex agente del FBI, ex convicta, jugadora profesional de póker y musa del detective:  Eleanor Wish “Aunque hacía cinco años que no la veía, Eleanor nunca había dejado de estar ahí, incluso cuando hubo otras mujeres. Una vocecita interior siempre le recordaba que Eleanor era la mujer de su vida. La pareja perfecta” y  con la pirotecnia y espectacularidad características del autor, nos incluye su secuestro y su rescate “Gracias Harry, sabía que vendrías”.

Y a pesar de esto, y un epílogo relamido y totalmente innecesario, Pasaje al Paraíso es toda una proeza de observación psicológica alrededor del protagonista, un personaje siempre creíble en cada momento de la novela y en su interacción con los otros personajes; para los seguidores, novela a novela, la progresión de la vida y las relaciones de Harry Bosh resultan adictivas, y en el caso de esta quinta entrega, un embeleso. La resolución del caso nos tiene que poner alertas, tu asesino no es solo quien menos esperas, está más cerca de lo que piensas.

Germán Hernández.


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8/11/13

La torre siete - Bernardo de Montes de Oca




La torre siete



Conocí a Dan Trevor en su casa, en Guiones, Guanacaste. No había llegado a su puerta y él ya había abierto, apoyado en un bastón con una cara uniforme de emociones. Me costó creer que tantos meses, y horas sin sueño frente al monitor, que pasé leyendo informes, viendo videos, analizando cada segundo, dieran con esas mejillas rendidas ante la gravedad, esos ojos escondidos entre arrugas y lentes ingenierilmente redondos. Miró hacia arriba y asintió una vez.

- Adelante, siéntese dónde guste.

Tenía ese imperdible tono gringo al hablar.

- Gracias, señor Trevor.

- Es Dan, mantengámoslo así—fue a la cocina y siguió hablando mientras yo buscaba dónde sentarme, su casa era pequeña--. ¿Algo de tomar?

- No. Estoy bien.

Aun así trajo un vaso de agua para mí. Exhaló su fatiga cuando frotó los brazos del sillón como si fueran sus mascotas, su bigote se inclinó hacia arriba en las esquinas y me miró fijamente.

- Entonces, ¿en qué le puedo ayudar?

-Quiero saber qué pasó ese día.

-No mienta.

-¿Perdón?

-Usted quiere saber cómo sobreviví ese día. ¿Cierto?

 No le pude contestar. Había organizado las preguntas y me di cuenta que no servían de un carajo. Sonreí con un poco de vergüenza y asentí.

Dan Trevor, arrugó los labios y miró a un vacío que había visitado más de una vez.

-Antes de comenzar, sólo tengo una pregunta. ¿Cómo me encontró?

-Google.

 Hasta hoy no sé si supo que le mentí.

-Habíamos estado trabajando como locos por un mes. Teníamos un plan de trabajo que cumplir y las últimas dos semanas de ese mes teníamos jornadas de 16 o 18 horas. Aquel once de septiembre no tenía que ser diferente a cualquier otro día en nuestro trabajo, pero fue un día peculiar.

-Creo que es un poco conservador decir eso.

-No, no. No lo digo por todo lo que pasó, sino porque todos aquellos que dicen que se sentía algo diferente en el aire, mienten, incluso los que estábamos en el edificio siete. Nos acostumbramos al sótano, a la oscuridad, al silencio. Tanto así que se nos olvidaba que existía el exterior.

-¿Cuántos eran?

-Éramos quince.

-¿Usted era el líder?

-Sí—Su conocimiento lo había calificado como ideal para un análisis avanzado de los edificios del complejo de intercambio mundial, conocido como el World Trade Center (WTC). Él se encontraba ubicado en el séptimo edificio el día once de septiembre del dos mil once. Luego del ataque, él y sus catorce compañeros, dejaron de laborar para la compañía SilverStructural Company, dirigida por Larry Silverstein, dueño del WTC.

-¿Cómo comenzó todo?

-El primero no lo escuchamos, solamente sentimos un temblor fuerte. Sabíamos que algo había pasado pero por muchos minutos, un tiempo que siempre me pareció extraño, no escuchamos nada en la radio. Ya cuando nuestros inspectores confirmaron que estaba bien, seguimos trabajando.

-¿Nadie les dijo nada? ¿Ni una advertencia?

-Era el sótano, nadie sabe que existe cuando hay miedo, aunque sea el lugar más seguro. Nosotros estábamos tranquilos.

-Y, ¿el segundo?

-Ahí sí cambió todo. Ese lo escuchamos y lo sentimos. Fue más de lo que cualquier pudiera haber imaginado; todos me miraron. Yo no sabía qué hacer, yo era el líder no el jefe. Tomé el radio y pregunté. La única respuesta fue: “Quédense abajo”, mientras escuchaba caos afuera. Al parecer estar a metros bajo tierra era lo más seguro.

-Terminó siendo cierto.

-Los quince estamos vivos.

-¿Por qué siguió trabajando?

-Tenía que concentrarlos en algo. Cuando hay estrés alrededor y la mente tiene chance de divagar, es ahí cuando pasa lo malo. Los instaladores fueron los primeros en resistirse, les daba miedo las vibraciones, y les dije que no había problema. Nuestras herramientas no eran sensibles a vibración, sino a corriente eléctrica.

-Luego, ¿qué pasó? El registro indica que ustedes lograron salir a las once. ¿Por qué tan tarde?

-Ha hecho un buen trabajo.

-Gracias.

-No habíamos terminado. Suena un poco absurdo, pero es cierto. No habíamos terminado y yo tenía órdenes directas de seguir trabajando. Tuve que quitarles los radios porque se oía el exterior; nuestros compañeros afuera gritaban, algunos habían perdido el control y otros trataban de calmarlos. Recuerdo escuchar estallidos a través de los radios, como si alguien botara barriles de metal, que luego supe eran personas que saltaban al vacío.

El WTC consistía en siete edificios separados por distancias cortas. Además de las torres gemelas, el edificio siete fue el único en colapsar. Este edificio archivaba los documentos de cuatro agencias de inteligencia del gobierno de los Estados Unidos, entre los cuales se encontraban apelaciones que cuestionaban los montos de la indemnización que se le tendría que reembolsar a Larry Silverstein por daños al WTC. Ésta terminó siendo un total de siete mil millones de dólares. El gobierno resaltaba la fecha inusual del seguro ya que se firmó dos meses antes del ataque y consideró una nueva cláusula que estipulaba: 

“(…)que el complejo financiero compuesto de (..) World Trade Center esté protegido contra actos que atentan la soberanía de los Estados Unidos de Norteamérica, considerados bajo el mismo, como actos terroristas (…)”.
NSA Insurance Financial Report, 338.TF.2001-Rev-1 

Trevor y sus compañeros salieron por un sistema de túneles de seguridad poco conocido, que todos los edificios del WTC tienen instalados. Los túneles tienen salida a un kilómetro del WTC. Estos túneles, construidos luego del primer ataque en las torres gemelas en 1993, estaban inactivos y se reactivaron en noviembre del dos mil, cuando Larry Silverstein compró el WTC.

Ustedes salieron bien, ninguno se hirió, ¿cierto?

-Dos de los nuestros sufrieron inhalación de humo, pero el resto estaba bien. Teníamos mascarillas dada nuestra línea de trabajo. Ninguno corrió, les urgí que no lo hicieran. Me recuerdo como se veía el resplandor y los paramédicos justo antes de la salida, únicamente esperándonos a nosotros.

-¿No atendían a nadie más?

-No, sólo nosotros. De hecho tenían camillas listas. Estaban preparados.

A las cinco y veinte de la tarde, el edificio siete colapsó en lo que se conoce como un efecto embudo, en el cual los edificios caen en su mismo centro, dejando pocos escombros alrededor. Para este entonces, el edificio estaba completamente evacuado y Trevor y el resto de su equipo, se encontraban con sus familias.

-Los reportes decían que había sido fuego lo que causó el colapso. Sin embargo  en varios reportes elaborados por universidades de renombre, dice que al fuego por sí solo toma no menos de dos semanas, en derribar un edificio.

-En efecto, el fuego en general no es bueno para eso. Un avión sí, los explosivos sí.

-Entonces, ¿por qué dice el informe del NIST que fue el continuo ataque del fuego que causó el daño del edificio?

-No sé. Nunca leí ese informe.

-¿Qué derribó el edificio siete?

-Dos aviones chocaron contra las torres gemelas a escasos cincuenta metros, por si no recuerda.

-Y, ¿el edificio cuatro? ¿El cinco?—me sonrió sacudiendo la cabeza.

Además de la valiosa información financiera sobre Larry Silverstein, el edificio siete albergaba documentos relacionando a la empresa WorldCom con el grupo financiero Citigroup y las investigaciones federales sobre colchones financieros gubernamentales de más de cuatrocientos millones de dólares para cubrir los errores del director de WorldCom, Bernie Ebbers. Ebbers terminó en la cárcel en el dos mil cinco por defraudar más de cien mil millones de dólares al gobierno de Estados Unidos.

Luego del colapso, se emitieron reportes afirmando que la estructura romboidal del edificio colaboró en su destrucción tan rápida y eficiente, en conjunto con el efecto embudo, fenómeno que se ha conseguido únicamente en demoliciones controladas. También afirman que de haberse utilizado explosivos, la onda sónica hubiera llegado a ser de 130 decibeles, nivel que causa daños permanentes en los oídos y no fue reportado por los testigos aledaños. Sin embargo, existen tecnologías de demolición química activada por la diferencia de voltaje entre dos metales, que no generan sonido considerable.

Proseguíamos en la entrevista cuando, en un silencio incómodo en el cual yo trataba de entrarle a la próxima pregunta, Dan Trevor se levantó, luego de tomar mi mano, y me acompañó a la puerta sin realmente haber acordado él y yo que la conversación había terminado. Yo sí le había mencionado que no contaba con mucho tiempo; ya el calor de Guanacaste había bajado y me esperaba un largo trayecto de vuelta a San José. Mientras caminábamos, no hablamos, tan sólo miré alrededor y me di cuenta que estaba en la casa de Dan Trevor, ingeniero pensionado con énfasis es Estructuras y Demoliciones, sobreviviente de los ataques del once de septiembre y un individuo sin relación alguna con su país.

-Dan, ¿cuándo se pensionó?

-Me pensionaron. Justo después. Alegaron que mi cuerpo no estaba hecho para esas condiciones—llegamos a la puerta y mimetizó el movimiento con el que me dio la bienvenida. - Tengo una buena pensión, por dicha.

- ¿Nunca se ha preguntado sobre el pasado? ¿Sobre ese día?

- ¿Para qué? El pasado lo define quien gana, el resto tan sólo lo creemos.

No dije palabra, traté de leer esos ojos cafés, cansados y erosionados por los años, y vi el placer que tenía al verme dudar, extendió cordialmente su mano despidiéndome. Sacudí su mano, sabía que no podía dejar pasar esa oportunidad.

-Dan, ¿usted apretó el botón?

-¿Cuál botón?—sonrió. 


Bernardo Montes de Oca. Nació en 1985, vive, aprende y repite. Ingeniero de profesión, apasionado por las letras, actualmente trabaja en su primer libro y participa activamente en diferentes talleres de literatura. Ha publicado cuentos cortos y trabaja como periodista en varios medios de habla hispana y anglosajona.






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31/10/13

El asco – Horacio Castellanos Moya

Algunos dicen que es el ajuste de cuentas de un resentido, o un indispensable ejercicio de salud pública, o una carta de amor al país que no pudo ser. Lo único que le puedo asegurar es que mientras lo escribí me divertí como el chiquillo que hace la peor travesura. En cuanto a las reacciones, creo que fue Robert Walser quien dijo que no se hace frente impunemente a la nación propia.

Horacio Castellanos Moya



Horacio Castellanos Moya, es uno de los más destacados y relevantes narradores centroamericanos de las últimas décadas y uno de los de mayor proyección internacional, en parte, gracias a su novela “El asco”, publicada en 1997. 

Esta novela está narrada como un diálogo, un diálogo curioso, pues la única voz que escucharemos será la de Vega (que es Thomas Bernhard) quien regresa a su país, en este caso El Salvador (aunque puede ser cualquier país centroamericano, muchos nombres, lugares, y referencias son intercambiables, haga la prueba), el motivo, la muerte de su madre y la herencia de esta que ha de gestionar con su hermano. El protagonista se encuentra con Moya, viejo amigo y paciente escucha de sus confesiones en un bar, el único donde Vega se siente cómodo, y donde puede disfrutar de la música de Tchaikovski. Novela vertiginosa, su ritmo es intenso, fluye, es líquida, la diatriba de Vega por su espontaneidad obliga a leerla de un tirón a pesar de las arcadas.

Las confesiones de Vega son el saldo de amargura que siente por su país natal, del que reniega. Así, la voz de Vega no es de resentimiento, ni de revancha, ni de odio, no es el discurso de un “ganador” ni de un “perdedor”, sino la de uno que se aparta, porque lo que siente es asco; no de las cosas en sí, sino de la imagen que sus compatriotas tienen de ellas: la música, la cerveza, la cultura, la educación, los políticos (de cualquier bando) hasta que prácticamente no queda un solo tópico de la idiosincrasia nacional que quede libre del juicio devastador de Vega; sea que el lector converja en algunos de esos juicios, al final, también sus propias idealizaciones quedarán hechas pedazos por este personaje.

El asco”, se publica poco después de un momento particularmente importante en la región: “la firma de los acuerdos de paz”, y todas sus consecuencias, entre ellas: la desmovilización y el desarme, la integración económica global, y la consolidación de la democracia electoral. Me atreverá a decir que esta novela correspondería de manera velada a un vistazo sobre “los resultados” de los acuerdos. El saldo es lamentable, las viejas consignas no bastan, la retórica revolucionaria o anticomunista quedó vacía, la identidad nacional no basta, esa fracción de historia recorrida desde la invención de los estados centroamericanos, arroja números rojos, su fracaso corresponde a divagar erráticamente por las torrentosas aguas de los centros hegemónicos, Vega destruye los “contenidos” para juzgar las formas concretas, los hechos desnudos.

Horacio Castellanos Moya
Literariamente, “El asco” se ha convertido en la punta de lanza para una generación de escritores y escritoras que surgen del “desencanto”. Si se pierde de vista el momento histórico en que surge, se corre el riesgo de caer en la moda del “espíritu postmoderno” y en la desmesurada interpretación hegeliana de la historia al peor estilo de F. Fukuyama. La retórica postmoderna del “desencanto” en el artista no es más que “pose”; los verdaderos desencantados, si lo son, ni siquiera pueden tomar conciencia de ello. En cambio, yo prefiero llamarla “generación del asco” que implica una actitud ante la realidad y una acción concreta mediante la literatura en este caso.

Todo es proceso, todo momento histórico es transición y no fin. Leer “El asco” es confrontarse, asimilar nuestra complicidad, nuestra zona de confort ideológica, es obligarnos a reírnos de nosotros mismos en el mejor de los casos, o vomitar sobre nuestros credos. ¿Será que la única salida sea: quemar las naves, demolerlo todo, comenzar de nuevo?

Yo pienso que ya hemos comenzado a hacerlo, estamos en la fase de demolición todavía, la actual narrativa centroamericana que vale la pena destacar está en esa tarea: la desmitificación de la añoranza, de los dogmas, de los viejos proyectos, de la falsa identidad nacional; tan inútil es llamarse “ciudadano del mundo” como afirmarse en la imaginaria felicidad del terruño, todo debe ser cuestionado, todo debe ser confrontado, si alguna razón hay para escribir es para someterlo todo a un examen implacable, sin militancias ni condescendencias, lo único que puede surgir al final debe ser una nueva conciencia y una nueva narrativa. Quien lea “El asco” de Catellanos Moya se obliga a ello o a lanzar el libro por la ventana.

Germán Hernández.

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23/10/13

Maigret y el hombre del banco – George Simenon




 “Aún no es un hecho suficientemente aceptado que Simenon fue uno de los grandes escritores del siglo XX. Esta evidencia queda eclipsada (como sucedió alguna vez con Stefan Zweig o con otros autores muy leídos en su tiempo) por su abundante producción, así como por la extraordinaria popularidad de la que gozó en su día. El hecho de que Simenon escribiera una serie de novelas policíacas (los llamados “Casos de Maigret”) ha hecho que, para el lector poco advertido, no sean consideradas más que una lectura de distracción, meras novelas de género, equiparables a las de cualquiera de los escritores también de género que le fueron contemporáneos. El error de este juicio se hace evidente en el mismo momento en que el lector sin prejuicios empieza a leer cualquier obra del escritor belga: se asombrará al verse arrastrado con mano firme por un narrador poderoso. Quien se acerque a Simenon no podrá dejar de sentir la extraordinaria fascinación con que, en unos ambientes obsesivos y quién sabe si amorales, es capaz de acercarnos a lo más profundo del ser humano. Sin juicios, sin más lentes que las de aumento, Simenon nos ofrece un panorama diseccionado de la naturaleza humana como pocos han sabido retratar. Por fortuna, su extraordinaria calidad empieza a ser reconocida: popularidad y calidad no son dos conceptos irreconciliables”. 

Jaume Vallcorba 


Maigret y el hombre del banco, fue publicada en 1953 con el título en francés “Maigret et l’homme du banc”.

El cadáver de un hombre ha aparecido en un callejón; la investigación revela que la víctima es un tal Louis Thouret, que el negocio donde laboraba había cerrado hacía tres años, y en ese tiempo, había fingido ante su familia que todo transcurría con normalidad, cada día fingía salir a su trabajo y regresaba como siempre, el ingreso familiar no había faltado. ¿Cómo lo hizo? ¿Qué hacía entonces? El Comisario Maigret, va descubriendo la vida secreta de este hombre insignificante, una pista lo alerta sobre su doble vida: un par de zapatos amarillos que portaba al momento de su asesinato, lo cual desconcierta a su viuda, quien no puede explicar aquella extravagancia en su marido; el comisario descubre que Thouret tiene una amante, que en asociación con un extraño pillo llamado el “Acróbata” roban tiendas y almacenes, que su hija y su futuro yerno lo extorsionaban para no delatarlo, hasta llegar finalmente a la resolución de la infortunada suerte de este ensimismado hombre.

Desfilan en esta novela personajes siempre singulares, pero ante todo sus relaciones, la de Thouret con su mujer, dominada por ella, siempre controladora e insatisfecha con él; lo que explica el horror de su marido a poner en claro las cosas, y hasta aceptar los chantajes de su propia hija  y en paralelo, la relación de su hija y su yerno, en otra relación igualmente desigual en que ella controla a su pusilánime novio.

Georges Simenon
Sobre estas relaciones ha comentado  Enrique Bienzobas Castaño, “El joven Georges Simenon vivió un entorno semejante. Su madre Henriette machacaba al marido criticándole una y otra vez su falta de iniciativa, le reprochaba constantemente el que llevara más tiempo trabajando en la compañía de seguros y ganara menos que otros más jóvenes. No nos extrañe, pues, que Simenon cree personajes que sufran las mismas injusticias” La salida a estas no parece ser otra para el pobre Thouret que transgredir secretamente el orden de las cosas, no tiene el suficiente valor para romper con todo lo que lo oprime, pero al menos sí el ingenio de desdoblarse, de habitar las bancas de las plazas con su par de zapatos amarillos y su corbata roja, que se pone al salir de su casa y se vuelve a quitar al final del día antes de regresar; y encuentra los medios para sustentar económicamente su precaria y frágil libertad. En este sentido, también dice Bienzobas “Una corbata roja y unos zapatos amarillos son los símbolos de la libertad en el pobre Thouret”

El hombre del banco, es otro episodio más en la majestuosa saga del Comisario Maigret donde la miseria de unos personajes, Thouret y su yerno, o la falta de escrúpulos y la tiranía de su mujer y su hija, desatan un pequeño infierno doméstico, o bien, como otros han señalado: una constatación de la persistente misoginia del autor, en que sus personajes femeninos encarnan las peores virtudes; como sea, estamos ante otra novela imponente del autor belga.

Germán Hernández


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18/10/13

Mentiras que miramos - Luis Andrés Ulloa



La soledad del parque. Fotografía de Angel Martínez


Mentiras que miramos
  

Desde hacía tiempo, salía al anochecer a caminar, terminaba mi recorrido en alguna banca para quemar mis dudas como el humo de un cigarro. En una ocasión algo atrapó más que mi atención, tanto que noche tras noche regreso al mismo lugar para no perder nada de aquel acontecimiento.

Aquel día me senté en una banca en donde quedaba al descubierto, los vi acercarse, era una pareja o tal vez solo un par de amigos que disfrutaban del transcurso del tiempo sin buscar nada, sin apoderarse de cosa alguna, pero yo me apoderé de ellos. Cruzaron el parque hasta acercarse al kiosco, se situaron en una banca delante de un árbol, la tenue luz quedaba atrapada entre las hojas, se sentaron de frente tan cerca cómo se los permitían sus cuerpos que en ese momento les estorbaban pero también los protegían de convertirse en presas de sí mismos. Había un fuerte lazo entre ellos que parecía nutrirse de la luz del sol que se iba difuminando, para este momento yo estaba en mi tercer cigarro y ellos cerca de fundirse con el cemento de la banca mientras se miraban. Seguían buscándose, una caricia, un beso hubiera dado fin a esa búsqueda; finalmente, querían ser libres pero tampoco lo sabían.

Pero nada es eterno, ni mi quinto cigarrillo, ni el momento que ellos disfrutaban; entonces, me distraje buscando en mis bolsillos, cuando mi atención regreso a ellos, él estaba de pie hablando por el celular, al retomar su lugar en la banca todo había acabado; ella, se acomodó el abrigo, dijo algo mientras miraba su reloj; él, respondió con una risa y unas cuantas palabras mientras sacaba su celular y se lo ofrecía a ella con una mueca burlona.

Partieron juntos y yo, impulsado por la curiosidad, decidí seguirlos, pero ya eran otros, aquellos que segundos antes fueron casi uno, eran ahora extraños. Se detuvieron frente a un tercero, yo estaba a punto de alcanzarlos mientras, inesperadamente, él la entregó al recién llegado; en ese momento, la nueva pareja enlazaba sus manos y reía, el otro se fue sin mirar atrás, y yo partí hacia casa.

De esto hace más de un año y medio, y aún regreso al mismo parque, a la misma banca que tomé aquel día, y no dejo de pasar por el sitio en la espera de encontrarlos juntos de nuevo, pero nada, a él lo he encontrado con sus amigos en el parque en tremendo alboroto, a ella la he visto trotando en buzo con audífonos. Cada vez que los he vuelto a ver se ven más felices, no añoran nada.



Luis Andrés Ulloa A. Modelo 1984. Actividad favorita pasear por los estante de las librerías; está haciendo sus primeras tintas en la escritura; disfruta del preciado arte de narrar historias para evitar la cordura, que es siempre una mala consejera. Es miembro regular del Taller Errante









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