19/8/09

Cuentos Circunstanciales - David Eduarte



Entre narradores es usual confesar, no sin cierta auto compasión, y como reafirmación, que nada es más difícil de escribir que un cuento. Sin poder definir límites ni fronteras, lo que siempre está claro en un cuento es lo que le sobra, ese es el único criterio que cuenta, al menos para quien escribe cuento. Ningún género exige tanto autosacrificio.

Gracias a un llamado de atención de Juan Murillo en su blog 100 Palabras por Minuto, sobre la incipiente obra narrativa de David Eduarte, nos tomamos enserio la tarea de buscarlo y leerlo.

Ciertamente, nos encontramos ante relatos iracundos e imaginativos, la realidad aplasta a los protagonistas, en casi todos la derrota y el desengaño se impondrán al sujeto que pretende con sus acciones tomar el curso y el control de las circunstancias para finalmente... "En la calle, afuera del maldito lugar, me senté en el caño con las manos en la frente y los codos en las rodillas. las lágrimas empezaron a turbarme la vista." (Señorita Silencio). Al menos ese es el estado de ánimo que encontramos en los relatos.

Pero tenemos mucho que reprochar al autor, y es su insistencia en resolver los cuentos por su cuenta, tan metido está en ellos que en varias ocasiones no nos permite sacar nuestras propias conclusiones. Los juicios de valor del autor en literatura siempre son estorbosos por su aura moralista o pedagógica, el lector exigente no los soporta. Y en este sentido es cuando sentimos que algunos relatos no fraguan por este detalle.

Hagamos un repaso por algunos de los cuentos.

En el "Viejo Quijano", un sabroso coloquio nos lleva a un desenlace inesperado, el autor nos lleva poco a poco por la transformación del carácter del protagonista, el confort del principio se transforma en claustrofobia hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, el autor, en los últimos párrafos nos lo explica todo, el "plan genial" y un montón de detalles que ni siquiera se sugirieron a lo largo del relato, este exceso tiene como consecuencia restarle verosimilitud al texto; mi primera reacción fue: "si me siento incómodo en un lugar, simplemente me voy de ahí."

"Judas, Amigo", en este relato, de tono epistolar, me hubiera encantado que el autor intentara al menos imitar las características de este género literario presente en los textos neotestamentarios del siglo primero. Para la incipiente cristología de las primeras comunidades cristianas, el tono de su predicación fue pasando de Jesús el Mesías, a Jesús el Hijo de Dios, llegado este punto, lo que nació como una secta dentro del Judaísmo, pronto cobró autonomía. Los Evangelios son escritos posteriormente a las Cartas (Paulinas, Católicas, Joánicas, etc)para recoger el testimonio presencial de los primeros cristianos a las comunidades que creyeron por el testimonio de los que "vieron". En el camino fueron quedando muchos puntos abiertos. Históricamente, los intentos por expiar al Traidor, han sido numerosos, para los primeros grupos gnósticos del siglo primero y segundo, con base en la predestinación,lograron quizás la primera exculpa del mítico Judas. Los mismos evangelios no son consistentes y tenemos dos versiones sobre la muerte de este. Y es imposible no hacer las asociaciones entre "Judas" - "Juda" - "Judío", en que la inversión de sentido nos lleva hacia una representación simbólica del sujeto convertido en arquetipo. En la literatura tenemos otras hipótesis, como la de Carlos Fuentes en su Terra Nostra, en que el traidor es el otro Carpintero: José, padre de crianza de Jesús, o más con la tonalidad de Duarte, en el caso de Nikos Kazantzakis en su "Ultima Tentación de Cristo", o por último, la singular versión de Ser Ciapelleto, el casi olvidado florentino renacentista, cuya hipótesis es que en la noche de la "Ultima Cena" cuando Jesús anuncia que uno de ellos lo traicionaría, en realidad se trataba de reclutar a un traidor, como ninguno estuvo dispuesto, tuvieron que echarlo finalmente a la suerte, cayendo esta en el finado Judas.

En el "Encierro" los hechos se desarrollan tan a priori, que no queda otra cosa que aceptarlos sin chistar, de lo contrario el relato no es creíble, tenemos que aceptar que la noche en que fue engendrado Ignacio el hijo del protagonista, "fue un sueño", que Alejandra su mujer "La mataron. !La dictadura! !Los desaparecidos!" y todo esto hay que aceptarlo por que el narrador lo concluye. "Tenía sentido". Son precisamente estas intervenciones del narrador en el relato las que nos incomodan.

"Señorita Silencio" Un cuento que casi cuaja, hasta que el narrador, otra vez con una formula que se hace recurrente en la mayoría de desenlaces de sus cuentos: "En se instante comprendí lo horroroso del negocio, comprendí también por qué la vieja Helena irradiaba esa aura desgraciada."

Hasta ahora todos los cuentos de Duarte son narrados en primera persona, son monólogos interiores de un narrador "omnisapiente", pero le queda bien en "Madre Patria", sigue abusando de los juicios de valor, pero esta vez la ironía cuaja hasta el final.

"Piedrero" es como un manuscrito encontrado en una botella, divaga e interpela con eficacia, es la primera vez que siento que no es Duarte el que habla, que se transfigura.

"Fumarse una vida" Vale todo el libro, delicioso cuento, desenfadado y circular. Y sentimos la misma satisfacción cuando leemos "Bus de 5", donde el cuento sabe contenerse hasta el final.

En "Plan integrado de control demográfico" sonreímos, y nos aliviamos ahora sí con una dosis de humor negro, la anécdota refresca a estas alturas, y mucho más con "Citas" donde por fin, el autor nos deja ser cómplices y parte de un final que se adivina y al que queremos llegar a toda prisa.

"Con Dios en el armario" volvemos a las ensoñaciones, nos abre muchos caminos, ¿por qué no ser el nuevo Adán? son tantos los paradigmas que en la historia han prometido una nueva sociedad, un "hombre nuevo" y tal vez la respuesta viene de ese exquisito broche de oro en "Síndrome de incomodidad compulsiva".

"Cuentos circunstanciales" comienza mal... mejora y al final nos saca carcajadas de gusto. A un escritor tan prometedor como Eduarte le exigimos más, mucho más, vale la pena esperar mucho más de su trabajo.

Germán Hernández

17/8/09

Si el Hombre de Negocios llega una noche a tu casa...


Fotografía de Margarita Durán

Si el Hombre de Negocios
llega una noche a tu casa
recíbelo, comparte tu comida
y tu cama con él
siéntate a su lado
deja que tome tus manos
y comience a contarte sobre sus viajes

seguramente hablará de los agentes de aduanas
y cómo ha salido al paso de sus quisquillosas preguntas
de los taxistas, de los bellboys
de todos los que han cargado entre sonrisas su equipaje
o de otros días más sombríos
cuando se demoraron los vuelos
cuando se extraviaron sus maletas
y otros asuntos y otras reuniones
desembocaron inútiles entre correos electrónicos
y mensajes de texto

mientras lo escuchas
no mires la hora en el reloj
no bosteces en su presencia
porque podría
olvidar dónde está
y quienes edificaron tu hogar
se sentirá para siempre en tu casa
y llenará todo
con su nombre y de pequeños presentes
que en su ausencia
llegarán puntuales cada mes desde ciudades distantes:
notas y servilletas llenas de palabras
tarjetas y discos, archivos y fotografías
rosas secas y joyas diminutas…

a pesar de todo ello escúchalo con atención
especialmente cuando no pueda sostenerte la mirada
porque eso querrá decir que confía en ti
se dejará desvestir como un niño
y sentirás su aroma de hombre y fatiga en el cuello y los puños de su camisa
el temblor de su cuerpo y las palabras dichas entre dientes

duerme junto a él
regálale tu sueño como el te ofrenda el suyo
porque él viene cansado de usar otros cuerpos
de repartir saludos y de mentir que es amigo de los desconocidos
y él quiere aprender tu nombre
el cumpleaños de tu hijo y esas cosas
que te comprometen como los viejos recuerdos
y la ropa íntima que reverbera sucia en la noche
en una cesta humedecida de tanto obedecerte

déjalo recorrer tu cuerpo
sobre los duros sufrimientos que hay en tus extremidades
déjate sentirte amada
y que tus nalgas
son dignas de algo más que una silla giratoria
que tus senos perduran más allá del asombro adolecente de los vecinos
porque alguien sabe beber ahora algo más que la sombría maternidad
de tus obligaciones

déjalo dormir hasta el amanecer
hasta las bocinas de los autos que aborrecen
el nuevo día y sus trayectos
sus necesarias habilidades y semáforos
déjalo besar tu hombro cuando despierte
porque nunca como en ese breve momento
sentirás toda su honestidad condensada
como ahora que quiere decirte que te ama
y que nunca había sentido otra piel como la tuya
tan suya como tu piel
como ahora que no sabe llamar patria
a tus ojos anegados y tus labios murmurantes
y tus pies fríos entre sábanas arrugadas
bajo la furiosa intensidad del aire acondicionado

espéralo hasta la última noche contigo
y no lo juzgues mientras se incorpora
llamando por teléfono y conspirando sus reuniones
sus juegos de cartas, sus momentos de éxito
porque esa noche el habrá descartado cualquier trato
habrá despreciado el prestigio y las cenas lujosas
para regresar a tus brazos
a los ásperos contornos de tus muebles
a la angustiosa verdad de tu pago quincenal
a las cobijas llenas de otros hombres por los que nunca preguntará

si sabes resistir como se resisten las naves que no naufragan
si reconoces la amistad de una vieja mujer que ya vivió estas noches
comprenderás que él no te hará ninguna promesa
que todo lo que te ha dicho será verdad aunque quisieras que te mintiera
que ya él tiene otra cama y unos brazos que lo llaman
porque él te ama como nadie más podrá amarte
porque no ofrece verdades intangibles que no salgan
de su tarjeta platino
porque no te humilla con ellas
porque te quiere completa y limpia
con el compromiso de no llamarte
y de regresar contigo cuando los negocios lo permitan

sospecha si quieres
pero él querrá estar contigo
no le creas
aunque destruyas todo lo que él te dio:
la única verdad por la que ha vivido

y si el día de su partida te pide que llegues al aeropuerto
y él llora en tus brazos
no es porque lo has perdido
es porque no tiene con qué darte las palabras necesarias
para resistir el día después de su partida
porque sabe que tu olvido es la única ofrenda que su último
beso le devolverá al sello borroso en su pasaporte.

Germán Hernández


Los adioses


Ilustración de Cristian Brenes

¿Cómo nos enteramos de la muerte de los otros? No es complicado. A veces la noticia llega por teléfono o alguien por detrás posa su mano en tu hombro; puede llegar a través de los titulares sangrientos, pero solamente cuando la muerte tiene algo morboso u obsceno que mostrar. Hay otras muertes que nadie espera y ocurren en lugares infortunados como las maternidades. Pero cuando las muertes son simples como un reloj que se detiene con exactitud, casi no sorprenden, ocurren como algo sabido de antemano.
Así lo supo él, había encendido la televisión para ver las noticias mientras almorzaba. Cuando estas terminaron y recogía la mesa y pasaban aquella música de réquiem con los obituarios reconoció de inmediato un nombre, apenas alcanzó a leer el lugar de la vela, que mañana en la mañana era el entierro. Si quería despedirse tendría que salir esa misma tarde.
Buscó con calma dos mudadas de ropa, algunos accesorios para el aseo y los guardó holgadamente en un maletín que antes estuvo limpiando empecinadamente hasta sacarle aquel aroma verdoso que deja el moho y el olvido. Tomó un taxi hasta la terminal de Turrialba y compró su tiquete. Cuando el bus arrancó, se dio cuenta de que estaba rompiendo la única promesa que había jurado cumplir, y que irónicamente para decir adiós tenía que volver.
El centro de Turrialba tiene un aroma extraño y una humedad equívoca, una nostalgia de puerto sin mar y unas palmeras gigantescas sobre los rieles oxidados del ferrocarril que alguna vez pasaba por ahí y que casi ninguno de sus habitantes actuales conoció. Aún así, sin reconocer aquella ciudad, sabía perfectamente a dónde se dirigía cuando bajó del bus, tal vez por eso alargó su camino, atravesando cuadras innecesarias que ya no devolvían ningún recuerdo y donde las casas habían sucumbido y se habían levantado otras, o simplemente, las habían pintado de otro color.
Todo en la habitación del hotel olía a humedad, los cajones de la cómoda, los armarios y la ropa de cama, todo estaba lleno de ese gangoso aroma a vejes y madera podrida. Sentado largo rato, no sabía si tendría el ánimo de ir a la vela, si podría desarrugar la camisa que traía y ponerla en uno de los abollados ganchos de ropa del armario. Dejó que la tarde se fuera por la ventana, hasta que ese sonido de pasos distantes y plagas nocturnas llenara las luces de la calle. Cuando miró por fin la hora, supo que ya era demasiado tarde para regresar y le confortó la idea de estar atrapado, que ya había pasado la primera prueba.
Salió, subió hasta el parque y entró a una cantina. Nadie lo reconoció, y él no reconoció a nadie. Pidió una cerveza y una boca de lengua en salsa, luego otra, y entonces se pidió un trago de guaro. El cantinero se le quedó mirando, se le acercó y le dijo quedito:
—Tengo contrabando.
El asintió con la cabeza y le sirvieron, el pecho se le despejó y el aire se volvió menos espeso, más fácil de respirar y se tomó un par más hasta sentir que la ropa apretaba menos, el cuerpo era más liviano y no había ruido; las esquinas se volvieron más distantes y el relente bañaba con frescura. Carraspeó más joven, menos triste, con estos tragos y este aliento no podía asomarse por nada del mundo a la vela, ahora lo sabía, otra prueba superada, otro peligro menos, mejor tomarse un traguito más antes de irse al hotel.
Cuando se acostó no sintió la pegajosa tibieza de las sábanas, mientras miraba el cielo raso le fueron llegando las preguntas, los recuerdos y el sueño, porque uno no se despide, lo sabía, en todos estos años habían llegado tarde pero seguros los rumores y las noticias borrosas. En la habitación contigua escuchó a alguien que tosía y hablaba por celular y se quedó dormido.
Despertó desorientado, no sabía dónde estaba ni quién era, afuera llovía y aún así logró oír la descarga de algún inodoro vecino. Bajo la ducha fue destrabando los hombros, la mandíbula, las sienes endurecidas por el sueño y frente a un espejito diminuto recordó quien era y que hacía allí, se hizo la barba y para que no lo fueran a reconocer se dejó el bigote.
En la recepción había un muchacho somnoliento viendo las noticias de las seis de la mañana, y se dirigió hacia él:
—¿A qué hora sirven el desayuno?
—Ahorita, la muchacha ya está en la cocina.
—Bueno.
—Quiere leer el periódico? – le preguntó el muchacho extendiéndole La Nación.
—Gracias, yo no leo esa mierda.
El muchacho sonrió.
—Ahorita pasa un señor vendiendo la Extra.
—Me avisa.
Se fue a sentar en el comedor, se distrajo escuchando la lluvia y esta continuó mientras desayunaba. Subió una vez más hasta la habitación, se lavó los dientes, volvió a peinarse, a contar los billetes que traía, a calcular los pasos que tendría que dar hasta la iglesia, bajó y la lluvia estaba ahí; parado frente a la puerta la veía como esperando que esta acabara por fin de barrer la brisa invisible que huía hasta dentro.
—¿Don?  ―lo interrumpió el muchacho―, ¿tiene que salir?
—Sí.
—¿Le llamo un taxi?
—No, voy aquí cerca, hasta la iglesia
—¿Le presto un paraguas?
El paraguas tenía algunas varillas quebradas y olía igual que los muebles y las tablas del hotel, pero bastaba para caminar, orientarse de esquina a esquina y ocultarlo de la gente. Llegó al parque. La cantina de la noche anterior estaba cerrada y tuvo la oportunidad de mirar uno de los pericos ligeros que descendía lentamente de uno de los palos del parque, verdoso y bello como un niño y cagar al pie del árbol. Hipnotizado lo vio ascender otra vez, y sonaron las campanas de la iglesia y caminó lentamente hacia ella, cerró su paraguas y entró dejando un hilo de agua hasta la banca que eligió. ¿Era incienso o era cedro aquel sabor amargo que se le metió en la boca?
Entre los ecos obtusos del padre oficiando recordó que él no tenía por qué estar ahí, que a esa iglesia no podían entrar comunistas ni gente como él, pero eso era antes, ahora a nadie le importaba. Ahí sentado se sorprendió de ver el ataúd lleno de coronas, todo se iluminó por los relámpagos, y las luces se encendieron a media mañana como si el sol se hubiera apagado; la temprana lluvia de la madrugada había crecido y ahora quería vengarse de todo.
Apenas unos gestos y unos ademanes y todo había terminado, ahora unos hombres levantaban el ataúd en hombros y mucha gente se desperdigaba y la lluvia afuera golpeaba sobre ellos. Entonces reconoció un rostro entre la multitud. Había pasado tanto tiempo que aquella mujer parecía otra, y junto a ella, también reconoció al muchacho que la sostenía del brazo, pero no porque lo conociera a él, si no porque el muchacho tenía el rostro del muerto y la misma edad del muerto la última vez que lo vio, y sin saber cómo, comprendió que también a él le pudo haber pasado lo mismo, que también hubiera podido tener un hijo como aquel muchacho, que hubiera podido hacer otra vida, admitir sus derrotas, o no, y en lugar de haberse ido, pudo haber luchado.
Se acercó a ella y al muchacho, sostuvo la mirada con dignidad como reclamando su derecho a estar ahí, pero ella no lo reconoció y el muchacho no sabía quién era él.
El aguacero mugía con una violencia inexplicable y la gente se iba dando por vencida durante el cortejo, subían la cuesta hasta el cementerio y correntadas verticales de barro bajaban de ella. No había nadie a quien acercarse, no había manos que estrechar, intruso y ajeno decidió estar frente a las espaldas del puñado de sombras que pudieron llegar a ver por última vez al muerto desde la empañada ventanita de su ataúd. Los peones del cementerio sacaban agua a paladas del hueco que habían abierto la noche anterior, nadie sabía cómo bajarlo, nadie sabía si flotaría o se hundiría en aquel lodazal, y por un momento imaginó que no cabría allí adentro, que se deslizaría por las cuestas, que todos correrían ridículos tratando de rescatar aquel muerto que todos querían olvidar, tirarle toda aquella tierra anegada para olvidarlo, menos él, que sabía exactamente qué decirle.
Empapado descubrió que había olvidado el paraguas en la iglesia. Bajó la cuesta y no se detuvo hasta llegar al hotel. Temblando de frío, levantó la vista para disculparse con el muchacho de la recepción por haber perdido su paraguas, pero ya no estaba el muchacho, y en su lugar había una mujer que le cobró la noche sin decir nada, sin preguntar por el paraguas, sin despedirse de él cuando salió hasta la estación de buses, y la lluvia, agotada por fin, había cedido su lugar a un incipiente sol y a esa sustancia densa y bochornosa que solía flotar sobre el asfalto.
El bus arrancó, comenzó a subir por los cerros y a abandonar el diminuto valle. Por la ventanilla vio por última vez el cementerio sobre una loma y, sin querer admitirlo, se despidió por fin de quien más había amado.

Germán Hernández

16/8/09

Identidad y continuidad del cristianismo

La Torre de Bable - Pieter Brueghel el Viejo


Introducción

Hasta ahora, la historia del Cristianismo a lo largo de la historia pasa transversalmente por la historia de Occidente. Podemos afirmar por lo tanto, que la historia de Occidente es también parte de la identidad y la historia del Cristianismo; su desarrollo, su expansión, sus crisis y sismas, todos estos procesos los podemos localizar perfectamente en el espacio geográfico y temporal de Occidente, fuera de este, todo se vuelve periférico. Quizá la última gran expansión del cristianismo está asociada al colonialismo imperial Inglés y el colonialismo Español, pero los centros de estas iglesias nunca se desplazaron hacia esos focos periféricos como África, Asia y América.

Durante este periodo de expansión colonial, las instituciones eclesiásticas jugaron un papel importante en dicho proyecto, no vamos afirmar tampoco que hubo un programa racionalmente elaborado y ejecutado, pero el Cristianismo y sus instituciones sin duda contribuyeron a lo que denominaremos durante este periodo como “La inversión de la Torre de Babel”.

¿Cómo contribuyó el Cristianismo a este proceso de inversión? Lo podemos precisar al menos en tres aspectos interdependientes:

Un Dios – Una Iglesia
Un Rey – Un poder político 

Una Lengua – Una cultura

Más adelante, el proceso colonial desembocó en los procesos de formación administrativa y geográfica de entidades emergentes; en el caso de América principalmente las clases “criollas” que detentaban un gran poder económico aspiraron también por el poder político, por primera vez el poder y la toma de decisiones centralizado en Europa, era pretendido y quería ser desplazado hasta los satélites coloniales, el largo proceso de independencia en América afirmó a las antiguas colonias como nuevos Estados.

Las ex colonias en América, en busca de su afirmación e identidad, no tuvieron problema en adoptar la cultura occidental, la construcción de la torre de Babel solo cambió de capataces, pero la construcción continuaba.

Hasta nuestros días, somos depositarios de un mismo legado, y la adopción (y no construcción) de una identidad propia comenzó en tiempos de la colonia, en primer lugar por el genocidio cultural, una segunda etapa ya durante el periodo de independencia se identificará por el rechazo.

Actualmente, la sociedad humana experimenta un momento de transición intensa, los debates de hoy están dirigidos hacia qué modelo de convivencia y desarrollo es necesario para la continuidad de la sociedad y el planeta mismo, como nunca, se tiene hoy conciencia de tantos aspectos y relaciones entre la sociedad humana y el planeta mismo, que no es posible como antes ignorar los hechos, la toma de decisiones no puede basarse en modelos clásicos “ceteris paribus”.

Las mismas instituciones cristianas de hoy atraviesan internamente por estos debates: ambientales, económicos, políticos, culturales, espirituales, todos ellos en la mira de su preservación como estructuras. Desde luego que estas instancias no son la fe cristiana, vivida y experimentada por los sujetos y sus comunidades, aunque no podemos negar su importancia e impacto en esa experiencia de fe.

Tomando en cuenta lo antes indicado, pretendemos reflexionar un poco sobre la identidad y el cristianismo en las sociedades periféricas de América, ubicarnos en este proceso de formación histórica que hemos llamado la “Inversión de la Torre de Babel” y el papel de las instituciones cristianas en ese proceso, hasta el debate de hoy sus posibles consecuencias, y el futuro de la fe cristiana.


El mito de la Torre de Babel

En el libro de Génesis (11, 1-9) se halla este relato etiológico, que explica el por qué de la diversidad de lenguas y culturas. Pero dicho relato no se queda ahí, y nos relata algo más: aquellos hombres que ordenaron la construcción de una torre que les trajera prestigio y fama, sometieron pueblos enteros, los convirtieron en sus tributarios o esclavos, les impusieron sus ideas. Pero muy pronto vieron truncado su afán de hegemonía y control de los seres humanos. La respuesta del relato bíblico sugiere la intervención de Dios restaurando las lenguas y tradiciones de los pueblos sometidos y estos se dispersan y se desarrollan con autonomía y soberanía.

El problema de este mito, es que occidente lo ha leído al revés: según esta, si los opresores no hubiesen buscado su propia gloria si no la de Dios, sin duda Dios no hubiera intervenido en su proyecto confundiendo las lenguas; para Occidente la diversidad es confusión.

Este relato contra el imperialismo, la tiranía y la opresión, nos revela también que Dios intervino para que la humanidad fuera un proyecto lleno de diversidad contra cualquier intento de hegemonía, todas las diversas culturas y lenguajes son parte de la obra de Dios, y este se revela en la historia y la cultura de estos pueblos de una manera singular.

Pero esto no ha sido así para Occidente, a la inversa, en su proyecto hegemónico, primero se identifica con el proyecto de Dios, la torre ya no se construye desde la tierra hacia el cielo, ahora se construye desde el cielo hacia la tierra, pero Occidente es poseedor de ese proyecto, tiene una misión en este mundo, construir la obra de ese dios único y revelado únicamente a Occidente. En este proceso entrará en juego la institucionalidad de la Iglesia, para que exista “orden” en el culto, y habrá un rey, un poder político legitimado por esa institucionalidad y ese dios para ejercer su autoridad a las demás naciones, y finalmente, todos los pueblos se someterán bajo una sola lengua, una sola cultura, expresada por un único modelo de desarrollo y convivencia, el proyecto de Occidente es reunir de alguna manera lo que Dios dispersó y confundió, occidente se siente depositario de una obra trascendental: corregir este accidente para la propia gloria de su dios.

Esta lectura invertida de la Torre de Babel, Occidente entiende que la acción de Dios en la liberación de los pueblos como un desorden que hay que ordenar, como una acción correctiva, para Occidente, la obra de Dios debe ser corregida.


La acción correctiva de Occidente

Sabemos que la expansión de Occidente a partir de 1492 y antes, no obedecía en última instancia a una “misión” o “proyecto correctivo” pero sin ninguna duda le sirvió como pretexto. El saqueo y el sometimiento de los pueblos autóctonos de las nuevas colonias estaban justificados teológicamente. Sólo había un dios, un príncipe y una lengua.

Había que extirpar el paganismo y el culto a los demonios, el aparato eclesiástico jugó un papel fundamental en la evangelización de los nuevos súbditos, pero también jugó un papel más práctico en la distribución, censo y administración mediante la encomienda y la esclavitud. El avance del colonialismo se podía medir mediante el avance de este proceso de evangelización, se podía trazar una línea divisoria entre los “indios bautizados” y los “salvajes adoradores de demonios”.

Los pueblos autóctonos americanos eran numerosos y diversos, hoy día tenemos una perspectiva más bien reducida y casi idílica de la situación precolombina, una visión muy occidental por cierto, en que se identifican grandes centros hegemónicos, el Imperio Inca, el Imperio Maya, la Triple Alianza Azteca, etc., nada más. Pero la diversidad existente en ese momento, estaba muy clara para los conquistadores y los curas, de no ser así, Cortés nunca hubiera podido destruir Tenochtitlán; en principio, la hegemonía de imperios como el Azteca fueron la fuente de su propia derrota, cientos de pueblos sometidos, tributarios y humillados por este imperio encontraron la oportunidad para su liberación e independencia… aunque el resultado posterior fue muy distinto.

Para los misioneros, la administración de las nuevas almas tenía que atravesar por un correctivo indispensable, destruir la fe en los demonios en primer lugar, ya Dios había derrotado en la guerra al panteón Azteca y Maya, este Dios victorioso de los conquistadores era ahora el dios de los derrotados y sometidos.

Nuevamente hay una inversión de sentido. En la carta de Pablo a los Gálatas (3,28) “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos ustedes son uno en Cristo Jesús. Y si son de Cristo, ya son descendencia de Abrahán, herederos según la promesa.” La fe de Cristo y no la Iglesia, actúa como una especie de catalizador universal, no se trata que desaparezcan las culturas, que desaparece lo griego, lo judío, lo maya, lo negro, es que a pesar de todos, hay un común denominador en Cristo, la fe de Cristo se puede predicar en cualquier cultura. Pero la inversión comienza por la fe de Cristo, ya no es la fe de Cristo, es la Iglesia, la estructura que se impone a todas las estructuras, la lectura que occidente hace de este pasaje es: “ya no hay culturas, ¡solo la nuestra!"

Por lo tanto, todos los que fueron “sometidos” que no “convertidos” a la nueva fe, estarán al menos temporalmente sometidos a una nueva forma de gobierno en la tierra, hay un príncipe, un rey terrenal impuesto por el dios conquistador, y por lo tanto legitimado por la Iglesia representante de ese dios. Este príncipe representa el proyecto de Dios en la tierra, por el todas las guerras están justificadas, todo lo que su poder abarca estará al servicio de ese proyecto, de esta manera, las minas de Potosí, la infinita trata de esclavos desde África, todo el costo humano inimaginable en la América colonial servirá para un único propósito: la edificación de la Torre de Babel, pero para que todo ello sea posible, es necesario finalmente que los nuevos miembros de este imperio y esta iglesia sean de una misma lengua, en un sentido amplio, se trata del proceso civilizatorio de Occidente, ahora todos adoran a un mismo dios, sirven a un mismo rey, y tienen una misma lengua, es decir, una sola cultura.

En tiempos de la colonia, el rey declaró las lenguas autóctonas prohibidas…., más recientemente en Guatemala de principios de siglo 20 era prohibido hablar en lenguas autóctonas en los sitios público, inclusive, en El Salvador de tiranos como Hernández Martínez hubo legislación expresa que prohibía la inmigración de personas de raza negra, otra práctica muy corriente de los oligarcas y latifundistas y hasta libertadores americanos criollos era la de cruzar a sus indias, con hombres blancos o ellos mismos para "mejorar la raza", los indios no se cruzaban con las mujeres blancas, la semilla india debía ser castrada y exterminada, la torre de babel occidental se levantaba como un gigantesco falo cultural.


El proyecto occidental, con ayuda de la Iglesia finalmente se había amalgamado y cristalizado, el genocidio cultural daba paso finalmente a la siguiente fase, la construcción de la Identidad a partir del rechazo.


El Proyecto de la construcción de una identidad

Definitivamente una carta constitucional, un aparato administrativo y unos límites geográficos no son suficientes para tener una identidad. Esto es mucho más evidente para Centroamérica.

Antes de la época colonial, nunca existió una “Centroamérica”, ni existía Guatemala, ni Honduras, etc., conforme fue avanzó el proceso "civilizatorio" occidental los nuevos territorios se fueron dividiendo para su administración sin tener en cuenta para nada la situación anterior, ni la distribución cultural y espacial de los pueblos autóctonos.

Las provincias coloniales alcanzarán su independencia y autonomía en la medida que algo distinto de los pueblos autóctonos y de las autoridades coloniales va surgiendo, se trata de los criollos, son una clase subordinada, son los “naturales” de las nuevas tierras, pero sin los títulos y derechos de los europeos; ello no impidió su auge, son latifundistas y como buenos hombres de negocios comienzan a lamentar su dependencia, la carga tributaria que se dirige hacia los centros reinantes en Europa, va surgiendo así una necesidad real de autonomía y autodeterminación, sus referentes se encuentran no en los pueblos autóctonos, su raíz es occidental y en ella encuentran su justificación, el liberalismo filosófico, el espíritu racionalista e iluminista son fuente de inspiración, sin duda uno de los ejemplos más claros en la América Colonial son los casos de Bolivar y San Martín. Menos dramático, en Centroamérica, pero en todo caso, asunto de criollos y ladinos, las nuevas naciones surgen cuando el proyecto imperial Español fracasa (el proyecto imperial Británico se extenderá hasta el siglo 20).

Las nuevas entidades nacionales no tienen un pasado inmediato, no tienen identidad, todo a lo que aspiran estará al otro lado del océano Atlántico, asumir su nueva identidad comenzará por el rechazo, rechazo a los pueblos autóctonos en primer lugar, y luego al pasado colonial expresado en las instituciones religiosas y monárquicas previas, no es que estas pierdan vigencia en los roles y asuntos domésticos, sino más bien, en la medida, que las nuevas instituciones políticas requieren su consolidación.

En todo caso, para las ex colonias, y ahora nuevos estados, la identidad había que tomarla prestada en otra parte y tropicalizarla.


Cristianismo, iglesia e identidad

A pesar de la Iglesia, como estructura aglomeradora y legitimadora de las diversas expresiones de fe, la experiencia de fe de los pueblos americanos ha recorrido diversidad de matices, prácticas y expresiones populares, ha sido un recorrido lleno de sincretismo y adaptabilidad, las estructuras de la iglesia ante dicha respuesta no han tenido otro camino que adaptarse tímidamente al “signo de los tiempos” hoy se puede hablar del cristianismo mexicano, brasileño, antillano, etc. Los pueblos han impreso su singularidad en la iglesia, y la negación de este es imposible, la iglesia mantiene su cuerpo y estructura eclesial, al mismo tiempo que tiene que ir reconociendo poco a poco las expresiones populares de religiosidad, e inclusive convivir con las emergentes manifestaciones carismáticas fuera de toda estructura eclesial, nuestros países son un semillero fértil para toda clase de sectas y movimientos, la mayoría de ellos inerciales y dualistas, parece que nada detiene el tramado socioeconómico presente, las diversas prácticas parecen actuar en estadios simbólicos desprendidos de la realidad cotidiana inmediata, responden a una promesa trascendente, la mayoría de estos movimientos está envuelto en un aura escatológica, se vive preliminarmente esperando el fin de los tiempos, mientras que la salvación y la esperanza están fuera de su realización concreta e inmediata.

Se trata de una fe sin fe, una fe que espera y no se realiza nunca, una fe en que la acción atenta contra la fe misma, la espiritualidad se convierte en espacio contemplativo o burgués, el hambre y la exclusión no son más que instantes purificadores para los que esperan.

Pero esta situación no podría aletargarse por más tiempo, dentro de la iglesia comienzan a gestarse cuestionamientos y reflexiones sobre la precariedad presente, otra vez parece darse un desplazamiento desde la verdad oficial y las oligarquías criollas hacia los pueblos mestizos y autóctonos. Uno de los ingredientes que vendrán a facilitar este proceso serán los movimientos de izquierda; (que también son occidentales), estos movimientos aspiran por la construcción de un socialismo periférico, radical, demoledor de todas las instituciones anteriores, no se reconoce en las sociedad que pretende transformar, todo lo indio, todo lo campesino, todo lo mestizo es idealizado en su sustrato útil, o juzgado de embrutecimiento decadente, nuevamente este proyecto tiene su referente fuera de aquí, a pesar de sus expresiones locales.

Pero estos impensables ingredientes: cristianismo y marxismo se amalgaman, permiten la construcción de discursos alternativos, le dan voz a los que no tienen voz, y cosecha mártires en todas las naciones americanas, elabora tesis nuevas y se identifica con los pueblos y su religiosidad. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX la Teología de la Liberación se sacudió entre las pétreas estructuras eclesiales tradicionales y las sectas escatológicas.

Ya a inicios de este siglo XXI, los movimientos sociales se han focalizado, movimientos ecológicos, movimientos campesinos, movimientos por la diversidad sexual, movimientos de mujeres, etc., Los partidos políticos como estructuras aglutinadoras de ideología y modelo de desarrollo, no son más que aparatos electorales sin mayor penetración en la conciencia colectiva, la filiación a ellos reside más que nada en la oportunidad, el arribismo, y en la ensoñación mediática. Las grandes manifestaciones populares son ahora más espontáneas, y menos programáticas.

¿A dónde ha llegado la construcción de Identidad y qué papel juega el cristianismo en la realización de dicha identidad?


La fe de Cristo como identidad, presente y futuro

En medio de los profundos e irreversibles cambios experimentados en los últimos veinte años dentro de la denominada Globalización, el éxito o el fracaso de cualquier Estado nacional parece que está determinado por su capacidad de apertura y transculturación, independientemente de cuanto este influya o incorpore de sí mismo a esta “Aldea Global”.

Los Estados Nacionales se incorporan más como mercados, que como entidades culturales, su éxito se mide en su capacidad de intercambiar capitales, bienes y servicios, en los mejores términos de intercambio e incremento de la productividad. Para las autoridades económicas actuales, el debate entre las profundas inequidades sociales y el crecimiento de la riqueza no tienen nada que ver, nunca han estado más fracturadas la política económica de la política social.

La identidad, se limita a un sentimiento de pertenencia y filiación, que se expresa más como condición individual que comunitaria… se puede ser patriota en un partido de futbol, se puede ser cristiano llevando a bautizar a los hijos, pero no hay expresiones comunitarias, como proyecto nacional, nuestros países están profundamente fracturados, en otras palabras, no hay proyecto.

Las estructuras eclesiales tradicionales también pierden relevancia, amplios sectores de la sociedad no tienen mayor interés en las grandes discusiones teológicas de los cardenales pontificios sobre el uso del condón; a la iglesia se le respeta, pero el sustrato liberal y secular de antaño ha impregnado el tejido social, la iglesia no es autoridad para opinar sobre ningún tema, inclusive, tampoco es autoridad definitiva en asuntos de fe.

Pero estos hechos no quieren decir que los estados nacionales como los de Centroamérica van a desaparecer o que la Iglesia va a extinguirse o reformarse. En el fondo no han perdido su funcionalidad como sustrato cohesionador, y organizador de la dinámica social, el Estado Nacional es la estructura más conveniente para nuestros territorios, a pesar de que dicha situación parece sobrepasarlos, las naciones centroamericanas parecen más expresiones regionales de algo mayor. Lo contrario ocurre en las naciones suramericanas, en donde países como Perú, o Colombia, la idea de estado nacional se hace pequeña e insuficiente ante su excedente cultural.

Las estructuras eclesiales quizás experimenten en algunas décadas algún grado de reconocimiento al laicismo y las mujeres, ello a pesar de su intransigencia actual, si se quiere ver de esta manera, desde el Vaticano Segundo hasta nuestros días, la iglesia no ha hecho más que experimentar un movimiento pendular opuesto, en determinado momento, las fuerzas gravitatorias propias exigirán un cambio de dirección. Este es el espacio de la Teología de la Liberación: dentro de la Iglesia. Fuera de ella no tendrá mayor sentido, o se alínea y convoca la reforma de las iglesias latinoamericanas, o que se queda como proyecto revolucionario romántico y anacrónico; la teología de la liberación no tiene mayor atractivo o novedad en su discurso fuera de la iglesia misma.

Al frente está el sujeto histórico, “solitario como un astronauta ante la noche espacial” diría el poeta Ernesto Cardenal. El racionalismo y el furioso movimiento tecnológico no han resuelto los conflictos de la humanidad, los paradigmas económicos fracasan ante la profunda exclusión social. El sujeto histórico contempla una realidad caótica, la torre de babel no soporta su propio peso y comienza a desboronarse… la confusión reina, las multitudes se están dispersando, el sujeto busca dentro de sí un refugio… estamos en un tiempo de introspección.

El futuro estará marcado por la consigna de “sálvese quien pueda” y de la deificación del ser humano.

Germán Hernández