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28/2/18

Punto y Coma - Rodrigo Soto y Germán Hernández

Recién me di cuenta que ya se había posteado en Youtube el programa Punto y coma dedicado a Rodrigo Soto y su novela "Aquí las noches se hacen largas" y a mi cuentario "La colina de los niños". Lo comparto por aquí, me ha traído gratos recuerdos.


29/10/17

Ronald Hernández - La colina de los niños




La colina de los niños de Germán Hernández: análisis de algunas minificciones.

En este ensayo se llevará a cabo una lectura de dos minificciones, La condena y La misión, del volumen de cuentos La colina de los niños de Germán Hernández, publicado en 2015. El cuentario está compuesto en su mayoría por relatos breves. Destacan por su calidad estos dos textos y por la forma en que el autor configura en ellos relaciones intertextuales de manera irónica.

En primer lugar, se analizará el texto La condena. Se evidencia en esta minificción una reelaboración intertextual del capítulo del Génesis de Moisés (capítulo 3, versículos 14 – 24) en el que Adán y Eva son expulsados del Jardín del Edén. El texto judeocristiano muestra al dios de los hebreos enfadado porque el hombre y la mujer comieron del fruto del árbol de la ciencia: Adán incitado por Eva, esta última tentada por la serpiente (que de acuerdo con la iconografía judía representa al espíritu maligno, la contraparte del dios de este pueblo). Dios, al darse cuenta de lo ocurrido, condena a la serpiente a arrastrarse por el suelo, a la mujer a sufrir en sus partos y al hombre a padecer del dolor de tener que trabajar para comer.


En La condena ocurre también una inversión paródica de los valores del intertexto: nunca se menciona la figura de un dios, sino la de un juez, quien dicta la sentencia: “Por su desobediencia, los condeno para siempre a un lugar terrible, desconocido e incierto. Y los expulsó”. La relación intertextual surge porque los acusados están desnudos y son expulsados, no encarcelados, por el juez. Posteriormente, el narrador menciona que la serpiente se arrastra hacia el juez para preguntarle hacia dónde envió a los condenados, a lo que este responde “- Al futuro”.


Aquí el sustantivo futuro es tomado por el juez del relato como un lugar (el cual es terrible, incierto y desconocido). El futuro, como una expresión de tiempo, es desconocido e incierto. Bajo estas premisas, el intertexto bíblico es parodiado debido a que el dios judeocristiano – representado por el juez en esta minificción – expulsa a los acusados a vivir sin saber qué les deparará la fortuna, lo cual difiere del Génesis: el dios judío traza su sentencia para cada actor (serpiente, mujer y hombre) por la desobediencia a la prohibición de no comer del fruto del árbol de la ciencia.

En el texto de Hernández pareciera darse a entender que la serpiente tiene un estatus distinto al de los condenados, cosa que tampoco se da a entender en el texto bíblico “original”, ya que en este la serpiente es sentenciada por haber tentado a Eva. Mientras que en La condena, parece no haber sido repudiada por el juez, o condenada igual que los acusados, porque al final le pregunta a dicho personaje por el destino de los condenados y el juez responde el diálogo.

En segundo lugar, se encuentra el texto La misión. En este texto, el narrador cuenta que Max Brod, al haber quemado los papeles de su amigo, se siente culpable; por lo tanto, “… no tuvo reparos en tomar su propio trabajo, sus cartas, sus borradores, sus cuentos y novelas a medio escribir y tal como estaban los publicó bajo el nombre de su amigo muerto”. El texto hace referencia a la petición de Franz Kafka a su amigo y editor Max Brod, para que quemara sus escritos una vez que muriera por causa de la tuberculosis que padecía. La minificción de Hernández plantea de manera irónica la posibilidad de que Max Brod en realidad haya quemado todos los textos de Kafka, tal cual se lo había encomendado. El narrador comenta que la misión encomendada a Brod lo atormenta, por lo que decide publicar sus propios textos en nombre de su amigo, por remordimiento. La manera en que se desarrolla la minificción se conoce como ucronía, la cual es una reconstrucción histórica basada en hechos posibles, pero que no sucedieron en realidad. No sabemos.

Se ha podido observar en este ensayo cómo Germán Hernández (de)construye, de manera interesante, irónica y novedosa, algunos discursos a través de sus minificciones.

Ronald Hernández.
Tomado de El Semanario Universidad
edición digital 4 de Octubre de 2017 Sección de Opinión









5/2/16

Gustavo Arroyo - Una colina que no es para niños



Con “La colina de los niños”, Germán Hernández nos ofrece un cuentario sólido, en tiempos que creemos flacos para el cuento nacional. Su logro se caracteriza por la habilidad narrativa, la sencillez del lenguaje y la inmediatez de las historias. Aquí tenemos desde amores frustrados por la falta de convicción para luchar por el afecto, pasando por la primera eyaculación de un fulano cualquiera en un ambiente oníricamente febril, para desembocar en piezas casi mínimas, intencionadamente dedicadas a seres queridos, bajo el pretexto de la amistad o, al menos, de la cercanía; afinidades electivas, como alguien más ya lo dijo con toda propiedad.

La frase honesta, llana, sentida, caracteriza la prosa de Hernández, quien bajo esa honestidad logra construcciones hermosas pero terribles, como aquella del agente de ventas que improvisa un affaire al recoger a una muchacha desequilibrada del borde de la carretera:

“Luego me alejé con la esperanza de que me odiaría al despertar”.

Un acierto más lo constituye el hecho de la jerga local, usada con tino y cuidado. ¿A qué me refiero? Pues al simple hecho de que Germán utiliza aquellas palabras que integran nuestro lenguaje cotidiano –ese que hablamos todos los días, al dejar de lado las apariencias– pero sin por ello caer en una apología de la pachucada, ni en un ánimo de ligereza. Es muy estimulante, leer las cuitas de personajes ticos, que hablan como ticos. A manera de ejemplo, el lector podrá referenciarse con el relato “Soledades”:

Gustavo Arroyo
“Pero mae, no se ponga a jetiar ni se quede mirando su dulce mirada ni el brillo sonámbulo de sus ojos bajo la luna, porque no vinimos por ella, vinimos por su carne, vea la jugada y después no se queje, yo le dije que viniera armado porque usté no sabe cómo son los maiceros de aquí, es como quitarles una hija, por eso la vara del taxi no nos funcionó la otra vez…”.

Y en una demostración de su oficio, el autor pasa de este manejo de la jerigonza, a relatos profundos y soberbiamente logrados, como el que cierra el cuentario, en el cual, el juego de corte íntimo y surrealista, nos lleva a un episodio manejado al mejor estilo de un Paul Auster; un cuento cuyo final deja al lector con el ácido de la pregunta en el cielo de la boca; que se termina bruscamente, pero destilando elegancia.

Desde el semen y la orina, a través de libros robados y vacas introducidas en microbuses de servicio escolar, Germán nos “condena para siempre a un lugar terrible, desconocido e incierto” y que, justo por eso, es un buen lugar.

Gustavo Arroyo, enero 2016.


31/10/15

Rodrigo Soto se refiere a "La colina de los niños"



Bajo el acecho de lo inesperado

“Hay otros mundos pero están en éste”, sentenciaba el poeta Paul Eluard. De eso, precisamente, tratan los cuentos de este, el segundo libro de cuentos del narrador costarricense Germán Hernández (San José, 1974). Por la ocurrencia de lo inesperado, la vida ordinaria nos devuelve su carácter misterioso y profundo. Una de las muchas formas legítimas de entender la poesía, es precisamente esa: la revelación de lo insondable que acecha en lo cotidiano y más humilde.

En estos cuentos, personajes perfectamente reconocibles de nuestro entorno social se confrontan con lo inesperado  y, de ese modo, se transportan –y a los lectores con ellos–, a una dimensión de la existencia que, por su intensidad, solo podemos llamar “poética”.  Pero, atención: lo inesperado, en estos cuentos, no tiene relación con lo fantástico, es decir, con otra dimensión que trastoque o subvierta lo que habitualmente consideramos “real”. Lo inesperado ocurre por lo fortuito, aunque también puede incorporar lo onírico. ¿Acaso alguien negará que soñamos, o que los sueños hacen parte de nuestra existencia?

Rodrigo Soto
Es cierto que, como en la mayoría de los libros de relatos, los que aquí reúne el autor tienen características diversas y difícilmente pueden valorarse de la misma forma. Los mejores –los que ponen el listón más alto—son precisamente los que reúnen las características que venimos de reseñar. Otros resultan más bien estudios de personajes, retratos en donde predomina el análisis sociológico (o social), mientras que en algunos más asoma la ironía o la deformación caricaturesca, pero en cualquier caso, prevalece un deslumbrado asombro por la condición humana y sus rarezas. Por último, en otros relatos se impone el afán lúdico, a veces por la apropiación irreverente de referencias, personajes o hechos de la tradición literaria.

Pero en todos los cuentos del volumen se advierte un esmerado cuidado de lo formal, tanto en el dibujo de los personajes, como en el manejo de las estructuras narrativas y, sobre todo, en el trabajo de las palabras, el ritmo y el fraseo. Otro rasgo común a todos los relatos es la deliberada omisión de los nombres  propios de los personajes. Este “anonimato”, sin embargo, dista de restarle singuaridad y precisión al dibujo de los personajes, al que ya hicimos referencia.

Germán Hernández confirma con este volumen que hace parte del nutrido contingente de voces  que, desde hace algunos años, renueva y enriquece la literatura centroamericana de inicios del siglo XXI.

Rodrigo Soto.





  

16/10/15

Santiago Porras se refiere a "La colina de los niños"

 

Cuentos de azares

En los inicios de los noventa fui por primera vez al legendario taller literario que regentaba Francisco “Chico” Zúñiga en la vieja casona del INS. Allí encontré una boyante pléyade de jóvenes que soñaban con ser escritores (a la postre varios lo concretaron). Con uno de ellos hice migas rápido. Cultivaba el cuento y sin él saberlo se convirtió en uno de mis referentes en el grupo. Se notaba que sabía sobre el cuento y las lecturas que me recomendaba fueron fundamentales para encausar mis esfuerzos hacia la narrativa. Sus textos eran interesantes y muy sugerentes. De esos días recuerdo “El afán de los ciclos” con el que percibí que Germán Hernández, de él escribo, tenía un gran potencial como cuentista y hoy con la publicación de su libro: “La colina de los niños” lo confirma.

Aunque ya Germán había publicado el libro de cuentos “Variaciones para una ficción” y la novela “Apología de los parques”, no pareciera aventurado afirmar que en esta nueva obra se le percibe menos contenido que en esas obras, la autocensura que a veces lo limitaba ha sido superada con creces y eso le ha permitido una prosa bien tallada con la que escribe y cuenta historias interesantes.
El cuento que da nombre al libro es de una factura impecable. La minuciosidad de detalles y los giros de las acciones y de los personajes le concede un realismo tan creíble que aquí no cabe la interrupción pasajera de la incredulidad que pedía Coleridge, porque lo narrado tiene todos esos visos que tiene la vida; en este caso la vida de un agente de ventas. El narrador, como es de esperar, se interesa y hasta parece conmovido por las vicisitudes de la protagonista, luego sucede lo que suele suceder cuando uno de los personajes está en condición de vulnerabilidad. El final de relato, previsible para algunos lectores, no desencanta.

En “Los adioses”, la atmósfera confusa con que se desarrolla recuerda un entierro muy conocido en el teatro de esa historia. La conducta del narrador que juega, atinadamente, con el dato escondido de que hablaba Hemingway, urde un final de antología; bueno, el cuento es de antología, por el tema que aborda, por la forma en que se desarrollan las acciones u omisiones y por la manera en que está escrito. Un cuento redondo, mejor dicho, esférico, compacto y que, como en toda esfera, arropa la mayor densidad de datos pertinentes en la superficie menor posible. Hasta una fugaz digresión ideológica contra un periódico está magníficamente inserta. Es el cuento más sugerente del libro.

“De por qué matamos a nuestras mujeres” es el abordaje machista de los asesinatos de las mujeres a manos de sus esposos o parejas. Se decanta, el asesino, por una explicación dominada por la pasión, nunca por el sentimiento de propiedad exacerbada que suele señalárseles a esos homicidas. No se trata siquiera de atenuar la atrocidad del asesinato de las mujeres, lo suyo es una sinrazón absoluta, pero lo que arguye un asesino para explicar lo que hace, es una realidad sin sentido pero realidad al fin que cualquier análisis sobre la violencia doméstica no debe soslayar; no siempre las leyes y la protección a las víctimas están dando el resultado deseado. Texto para reflexionar.

“Los duelos” es un cuento un tanto enigmático. Narrado desde la perspectiva de una mujer lesionada, su visión de mundo y su óptica de vida es extraña, a veces inexplicable si no fuera porque se está ante una persona que es disfuncional para lo que se llama normalidad (una simple convención con base en la estadística). No creo haberlo apreciado en su totalidad, quizá otras lecturas me ayuden, pero también creo que encontrará lectores más perspicaces que yo. 

“La primera vez” relata el descubrimiento de un adolescente de la sexualidad y de manera especial del placer solitario, motivado o incitado por el más antinatural de los objetos sexuales; cada uno se acordará del suyo y aunque no se parezcan al de este personaje en su naturaleza si podrá parecerse en su sinrazón, que podrá acentuar o ridiculizar el recuerdo del sentimiento de culpabilidad que pudo habérsele imbuido en la niñez a algunos lectores. 

Santiago Porras
“Soledades” es el único cuento que no releeré. Me resulta extraño en esta colección. No sucederá lo mismo con “Y viceversa”, retrata de manera elíptica los alcances de la lectura en circunstancias inimaginables. La lectura también, de distintas maneras, puede ser un bálsamo, con la ventaja de que la poción balsámica que tiene un libro se puede compartir sin que se gaste, el libro estará completo para cada necesitado de él. Es un relato cercano a los buenos lectores. 

Luego hay siete cuentos breves de factura notable. Con ellos Germán echa por la tierra los infundios de los que buscan demeritar al micro cuento. Cada uno maneja en su brevedad un universo suficiente como para satisfacer las exigencias del cuento y de su lector. Aunque esa brevedad plantea una limitación importante en el desarrollo de una historia, en este caso, tanto por la elección del tema como por la forma en que se le escribe, esa limitación no se percibe. Desafortunado el título de uno de esos cuentos breves que anticipa, innecesariamente, su final.

En el último cuento “El secreto” Germán Hernández se sumerge (y sumerge al lector) en el mundo de sus lecturas. No podía faltar su autor recurrente y de seguro preferido: Simenon. Este cuento es una manera ingeniosa y nada presumida de mostrar sus filias y fobias literarias.

Santiago Porras


18/9/15

Santiago Gil se refiere a "La colina de los niños"


Un largo y venturoso viaje

No es casual que Germán Hernández haya comenzado su libro de relatos citando a Julio Cortázar. El escritor argentino decía siempre que en la novelas la victoria podía ser por puntos, pero que en los relatos siempre había que ganar por ko. No hay concesión posible cuando alguien quiere contar en pocos renglones lo que podría narrar en miles de páginas. Germán consigue noquearnos en casi todos sus relatos, y lo bueno es que recurre a distintas técnicas, a virajes inesperados, a juegos de palabras y a una constante intención de rozar algunas de nuestras emociones.

Este es un libro que se va leyendo sin que casi seamos conscientes de que andamos persiguiendo las letras del abecedario. Es hipnótico y sorprendente, valiente en algunos de los temas que aborda y al mismo tiempo es un gran tablero que propone todos los juegos literarios que queramos emprender más allá de lo que tenemos delante.

Santiago Gil. Fotografía de Angel Medina.
Me gustan sus principios y me levanto de mi asiento ante sus finales. Si tiene que ser duro es duro y si quiere ser sensual sabe moverse por los márgenes del erotismo, para dejarnos libre todo el camino que conduzca a nuestros propios sueños. Se acerca a los adioses y a las muertes, y en sus ficciones casi todos los personajes quieren escapar hacia alguna parte. Encontrarán humor y soledad, metaliteratura con sugerentes guiños inesperados y unos personajes que saben contarse y que jamás confunden sus voces, como tampoco nos confunde la voz del autor cada vez que aparece para contarlos. Destaco, sobre todo, el buen oído de Germán para llevar al papel las voces de la calle.

La lectura no deja de ser más que un largo viaje. Los invito a que se adentren en La colina de los niños sin más equipaje que las propias ganas de seguir viajando a través de las palabras. El destino es siempre un misterio, un final abierto que jamás acaba. Por eso leemos. Para que la vida sea siempre un poco más larga.

Santiago Gil

15/12/10

Y Viceversa



Para Byron Espinoza.



- Para ser sincero, la primera vez que entró aquí tuve ganas de sacarlo, sabía a lo que venía, pero no sabía cómo era posible que con esa pinta lo hubieran dejado entrar a una librería y menos cómo hizo para esconderse el primer tomo de la trilogía Milenium y salir sin que lo pescaran.
- Diay, hay gente para todo.
- Y eso no es nada, antes un roco me había encargado todos los libros de Vargas Llosa, pero eso sí, que todos tuvieran en la portada la etiqueta que dijera: “Premio Nobel de Literatura 2010”, para que vea...
- ¿Está loco?
- Espérese, le expliqué que eso era imposible, que todavía no se habían reimpreso todas las novelas de ese mae, que apenas había pasado una semana de lo del premio, que para que llegaran a la compra venta tenía que esperarse como un año.
- Que varas de mae, pero no terminaste de contar lo del piedrero.
- Sí, sí, el mae entra con esa pinta que usted ya se imagina y me pone el libro sobre el mostrador y me pregunta -  ¿Cuánto me hecha? – viera mae, el libro venía nuevo, en el forro plástico, ni el precio le había quitado, y usted me conoce, no me gusta darme color, y le dije cortante: Aquí no compramos libros robados.
- ¿Así nada más?
- Sí, dio media vuelta y salió con el libro bajo el brazo sin decir nada. 
- Mae, ¿Pero cuántos libros robados nuevos no vienen a parar aquí? No hay que ser así, el mae lo que andaba buscando era una ayudita para el vicio.
- ¡Claro!, ¿Y luego cómo me lo saco de aquí viniendo todos los días con un libro nuevo?
- Diay, no sé…
- Porque a los tres días volvió.
- ¿Sí?
- Claro, con el mismo libro.
- ¿No le creo?
- Para que vea, pero algo había cambiado, el libro venía sin el plástico, sin el precio… y con el lomo abierto, algunas puntas dobladas, y esa huella sucia de los pulgares en el corte delantero de las páginas y me dice otra vez - ¿Cuánto me hecha?
- ¿Pero cómo? – Le pregunto
- Diay, ya no está nuevo, ya me lo leí.
- Sí mae, viera que cagada de risa, y el mae todo serio viéndome, entonces para sacármelo de encima le digo: dos rojos es lo que le puedo dar
- Está bien – me dice, se los di y jaló.
- Según el mae lo había leído.
- Yo pienso que sí
- ¿Cómo?
- Cuándo me llegó a la semana siguiente con el segundo tomo de la trilogía.
- ¿Volvío?
- Claro, y vino diciéndome que el segundo no le había gustado tanto como el primero, que en la segunda Mikael Blomkvist no lo convencía tanto, que habían muchas cosas inverosímiles en la novela...
- Jueputa!, hasta crítico literario te salió el piedrero.
- Sí mae, y lo más curioso, el libro venía igual que el primero, y esa mancha de los pulgares sucios, como tiznado, yo creo que sí lo había leído, tenía que ser…
- Y en qué paró la cosa…
- Me pregunta - ¿Dos rojos verdad? – Y se los dí.
- Por lo menos la piedra le estaba dejando algo bueno…
- Sí, ¿Quién dice que la literatura no cambia el mundo?
- Y qué, volvió con el tercer tomo?
- ¿Usted que cree?
- Diay… que sí
- Claro, la semana siguiente, entró con el libro abrazado, como hacen las colegialas con sus cuadernos, lo viera, tenía los ojos llenos de lágrimas, me puso el libro en el mostrador y me dijo – Este es el mejor de los tres, me lo leería otra vez, pero usté sabe… - Saqué los dos rojos y en eso se me ocurre.
- ¿Qué cosa?
- Lo de Vargas Llosa
- ¿Y qué?
- Lo del roco que me los había encargado, y le pregunto al mae si ha leído a Vargas Llosa
- ¿Y qué?
- Se me ataca a llorar.
- No joda mae
- Sí, y se pone a contarme, que había leído la Tía Julia y el Escribidor, que había sido hacía años, cuando no andaba en vicios ni en la calle
- ¿Entonces?
- Le dije que recordar es volver a vivir como dicen en la radio y que me los consiguiera pero eso sí, con la etiqueta de premio nobel de literatura
- ¿Y te los consiguió?
- En un mes ya se los había leído todos.
- Mae no se lo puedo creer…
- Créalo, hasta dos libros de ensayos
- Increíble mae.
- Diay, si tragaba piedra podía tragar cualquier cosa.
- ¿Como qué?
- Diay, seguí con los encargos, ese máe se leyó a Foucauld, Emanuel Freeman, Eco, Raymundo Chávez…
- Ya no lo dejabas ni respirar.
- La piedra es lo que no lo dejaba, entre más era la adicción más leía, llegaba tempranito en las mañanas apenas abriendo y me preguntaba que si había algún encargo, un día le dije que no
- Seguro se puso que se lo llevaba puta
- Viera que no mae, era un mae tranquilo, sumiso, miraba el suelo, salía calladito y al día siguiente me llegaba con algo nuevo, que ni le había encargado, y uno de esos días me llega con la poesía completa de César Vallejo y me le quedo viendo y le digo, vea mae, la poesía no se vende – y se me pone en guardia – 
- ¿Cómo que la poesía no se vende, y por qué estaban vendiendo a este mae en la Universal?
- Bueno, sí, pero es una pega, a casi nadie le gusta comprar poesía…
- Pero ese mae es arrechísimo.
- Yo sé, yo sé, pero diay
- Mae, no sea así, écheme algo.
- Pero no gano nada.
- Porfa mae, aunque sea para una piedra.
- Con una condición.
- ¿Cuál?
- No me traiga más poesía.
- Juega el gallo – Y salió con las cinco tejillas que le di en menudo para una piedra.
- O sea, que el mae se te estaba volviendo una pega.
- Que va, apenas estaba comenzando, viera después con las varas que me llegaba…
- Puros güesos
- A veces me traía varas que se podían vender, pero ya al final me traía clásicos
- ¿En serio?
- Me va llegando un día con la Ilíada.
- No.
- ¿Mae pero estas varas no se venden, no ve que tengo como cinco pudriéndose allá en el librero del fondo?
- Pero usted no sabe lo que me costó leerme este.
- Pero esas varas no sirven.
- Hasta me robé un diccionario de mitología para poder terminarlo.
- ¿Qué?
- Si, véalo.
- Le recibí los dos por el precio de una piedra.
- Que varas las suyas mae, ya te estabas aflojando con el grifo.
- Es que no me caía mal, pero es cierto, y la verdad que en cualquier momento lo cogían y bueno, no sé, un día le dije, ¿Diay mae, con todo lo que usted ha leído y no va a dejar esa vara?
- ¿Y qué te dijo?
- Diay, si dejo la piedra, no vuelvo a leer, ¿para qué?
- Muy ceñido.
- Ceñido aquel roco de las novelas de Vargas Llosa
- ¿Por qué?
- Me cae un día con que resulta que quiere las obras completas de Edgar Allan Poe pero que digan Edición del Bicentenario del Nacimiento.
- ¿A por derecho?
- A por derecho.
- Y mi piedrero que no aparece esa semana y yo sin saber qué decirle al roco
- ¿Ve?, cuando más se necesitan…
- No, pero a la semana siguiente volvió
- Que salvada
- Nada que ver, no sé que le había pasado pero venía cambiado, le solté los dos rojos de siempre por un mamotreto nuevo de Dan Brown y le dije lo del nuevo encargo
- ¿El de Poe?
- Sí, ¿Y sábe con qué me salió?
- ¿Con que?
- Yo ya conozco a ese mae, un grifo bravo…
- Sí, algo así
- Ya tengo visto el libro que usté quiere
- ¿Cuando me lo trae?
- Mmmm – se puso a pensar viendo para el techo y me vuelve a ver…
- Se lo tengo aquí pasado mañana.
- Excelente.
- Pero eso sí, le va a costar cuatro rojitos
- ¿Con que matoncito el piedrero?
- Imaginate, se me estaba poniendo exigente el malparido.
- ¿Y qué hiciste?
- Le dije, haga lo que quiera, no dijo nada y jaló.
- Ni modo mae, la vara no podía durar para siempre.
- Suave, ahí no termina la vaina.
- ¿Volvió?
- Para que vea… a los dos días.
- La que es puta vuelve.
- Espere, llega el mae con el libro, como todos los otros, devorado, bien leído de tapa a tapa…
- ¿Me va a echar los cuatro rojitos?
- Vea mae, usted se me está poniendo muy matoncito y debería agradecer.
- ¿No se los diste verdad?
- ¿Los cuatro rojos?
- ¿Si?
- Diay mae, qué iba hacer, ya le había dicho al otro roco que le tenía el libro, y había quedado de pasar por la tarde.
- Te fregó el otro carepicha.
- Pues sí, pero entonces cuando saqué la harina y se la puse sobre el mostrador el otro me responde:
- Y sí, le agradezco mucho, el otro día estaba pensando en lo que me dijo.
- ¿Y qué le dije?
- Esa vara sobre leer y fumar piedra.
- ¿Y…?
- Que usté tiene razón, sabe para qué son estos cuatro rojos? - Me preguntó mientras los hacía un puño metiéndoselos en la bolsa del pantalón – Son para comprarme el Quijote de la Mancha, eso sí, nada de piedra, esa vara me está cocinando el cerebro, ¿ya la vio?


Germán Hernández


17/8/09

Los adioses


Ilustración de Cristian Brenes

¿Cómo nos enteramos de la muerte de los otros? No es complicado. A veces la noticia llega por teléfono o alguien por detrás posa su mano en tu hombro; puede llegar a través de los titulares sangrientos, pero solamente cuando la muerte tiene algo morboso u obsceno que mostrar. Hay otras muertes que nadie espera y ocurren en lugares infortunados como las maternidades. Pero cuando las muertes son simples como un reloj que se detiene con exactitud, casi no sorprenden, ocurren como algo sabido de antemano.
Así lo supo él, había encendido la televisión para ver las noticias mientras almorzaba. Cuando estas terminaron y recogía la mesa y pasaban aquella música de réquiem con los obituarios reconoció de inmediato un nombre, apenas alcanzó a leer el lugar de la vela, que mañana en la mañana era el entierro. Si quería despedirse tendría que salir esa misma tarde.
Buscó con calma dos mudadas de ropa, algunos accesorios para el aseo y los guardó holgadamente en un maletín que antes estuvo limpiando empecinadamente hasta sacarle aquel aroma verdoso que deja el moho y el olvido. Tomó un taxi hasta la terminal de Turrialba y compró su tiquete. Cuando el bus arrancó, se dio cuenta de que estaba rompiendo la única promesa que había jurado cumplir, y que irónicamente para decir adiós tenía que volver.
El centro de Turrialba tiene un aroma extraño y una humedad equívoca, una nostalgia de puerto sin mar y unas palmeras gigantescas sobre los rieles oxidados del ferrocarril que alguna vez pasaba por ahí y que casi ninguno de sus habitantes actuales conoció. Aún así, sin reconocer aquella ciudad, sabía perfectamente a dónde se dirigía cuando bajó del bus, tal vez por eso alargó su camino, atravesando cuadras innecesarias que ya no devolvían ningún recuerdo y donde las casas habían sucumbido y se habían levantado otras, o simplemente, las habían pintado de otro color.
Todo en la habitación del hotel olía a humedad, los cajones de la cómoda, los armarios y la ropa de cama, todo estaba lleno de ese gangoso aroma a vejes y madera podrida. Sentado largo rato, no sabía si tendría el ánimo de ir a la vela, si podría desarrugar la camisa que traía y ponerla en uno de los abollados ganchos de ropa del armario. Dejó que la tarde se fuera por la ventana, hasta que ese sonido de pasos distantes y plagas nocturnas llenara las luces de la calle. Cuando miró por fin la hora, supo que ya era demasiado tarde para regresar y le confortó la idea de estar atrapado, que ya había pasado la primera prueba.
Salió, subió hasta el parque y entró a una cantina. Nadie lo reconoció, y él no reconoció a nadie. Pidió una cerveza y una boca de lengua en salsa, luego otra, y entonces se pidió un trago de guaro. El cantinero se le quedó mirando, se le acercó y le dijo quedito:
—Tengo contrabando.
El asintió con la cabeza y le sirvieron, el pecho se le despejó y el aire se volvió menos espeso, más fácil de respirar y se tomó un par más hasta sentir que la ropa apretaba menos, el cuerpo era más liviano y no había ruido; las esquinas se volvieron más distantes y el relente bañaba con frescura. Carraspeó más joven, menos triste, con estos tragos y este aliento no podía asomarse por nada del mundo a la vela, ahora lo sabía, otra prueba superada, otro peligro menos, mejor tomarse un traguito más antes de irse al hotel.
Cuando se acostó no sintió la pegajosa tibieza de las sábanas, mientras miraba el cielo raso le fueron llegando las preguntas, los recuerdos y el sueño, porque uno no se despide, lo sabía, en todos estos años habían llegado tarde pero seguros los rumores y las noticias borrosas. En la habitación contigua escuchó a alguien que tosía y hablaba por celular y se quedó dormido.
Despertó desorientado, no sabía dónde estaba ni quién era, afuera llovía y aún así logró oír la descarga de algún inodoro vecino. Bajo la ducha fue destrabando los hombros, la mandíbula, las sienes endurecidas por el sueño y frente a un espejito diminuto recordó quien era y que hacía allí, se hizo la barba y para que no lo fueran a reconocer se dejó el bigote.
En la recepción había un muchacho somnoliento viendo las noticias de las seis de la mañana, y se dirigió hacia él:
—¿A qué hora sirven el desayuno?
—Ahorita, la muchacha ya está en la cocina.
—Bueno.
—Quiere leer el periódico? – le preguntó el muchacho extendiéndole La Nación.
—Gracias, yo no leo esa mierda.
El muchacho sonrió.
—Ahorita pasa un señor vendiendo la Extra.
—Me avisa.
Se fue a sentar en el comedor, se distrajo escuchando la lluvia y esta continuó mientras desayunaba. Subió una vez más hasta la habitación, se lavó los dientes, volvió a peinarse, a contar los billetes que traía, a calcular los pasos que tendría que dar hasta la iglesia, bajó y la lluvia estaba ahí; parado frente a la puerta la veía como esperando que esta acabara por fin de barrer la brisa invisible que huía hasta dentro.
—¿Don?  ―lo interrumpió el muchacho―, ¿tiene que salir?
—Sí.
—¿Le llamo un taxi?
—No, voy aquí cerca, hasta la iglesia
—¿Le presto un paraguas?
El paraguas tenía algunas varillas quebradas y olía igual que los muebles y las tablas del hotel, pero bastaba para caminar, orientarse de esquina a esquina y ocultarlo de la gente. Llegó al parque. La cantina de la noche anterior estaba cerrada y tuvo la oportunidad de mirar uno de los pericos ligeros que descendía lentamente de uno de los palos del parque, verdoso y bello como un niño y cagar al pie del árbol. Hipnotizado lo vio ascender otra vez, y sonaron las campanas de la iglesia y caminó lentamente hacia ella, cerró su paraguas y entró dejando un hilo de agua hasta la banca que eligió. ¿Era incienso o era cedro aquel sabor amargo que se le metió en la boca?
Entre los ecos obtusos del padre oficiando recordó que él no tenía por qué estar ahí, que a esa iglesia no podían entrar comunistas ni gente como él, pero eso era antes, ahora a nadie le importaba. Ahí sentado se sorprendió de ver el ataúd lleno de coronas, todo se iluminó por los relámpagos, y las luces se encendieron a media mañana como si el sol se hubiera apagado; la temprana lluvia de la madrugada había crecido y ahora quería vengarse de todo.
Apenas unos gestos y unos ademanes y todo había terminado, ahora unos hombres levantaban el ataúd en hombros y mucha gente se desperdigaba y la lluvia afuera golpeaba sobre ellos. Entonces reconoció un rostro entre la multitud. Había pasado tanto tiempo que aquella mujer parecía otra, y junto a ella, también reconoció al muchacho que la sostenía del brazo, pero no porque lo conociera a él, si no porque el muchacho tenía el rostro del muerto y la misma edad del muerto la última vez que lo vio, y sin saber cómo, comprendió que también a él le pudo haber pasado lo mismo, que también hubiera podido tener un hijo como aquel muchacho, que hubiera podido hacer otra vida, admitir sus derrotas, o no, y en lugar de haberse ido, pudo haber luchado.
Se acercó a ella y al muchacho, sostuvo la mirada con dignidad como reclamando su derecho a estar ahí, pero ella no lo reconoció y el muchacho no sabía quién era él.
El aguacero mugía con una violencia inexplicable y la gente se iba dando por vencida durante el cortejo, subían la cuesta hasta el cementerio y correntadas verticales de barro bajaban de ella. No había nadie a quien acercarse, no había manos que estrechar, intruso y ajeno decidió estar frente a las espaldas del puñado de sombras que pudieron llegar a ver por última vez al muerto desde la empañada ventanita de su ataúd. Los peones del cementerio sacaban agua a paladas del hueco que habían abierto la noche anterior, nadie sabía cómo bajarlo, nadie sabía si flotaría o se hundiría en aquel lodazal, y por un momento imaginó que no cabría allí adentro, que se deslizaría por las cuestas, que todos correrían ridículos tratando de rescatar aquel muerto que todos querían olvidar, tirarle toda aquella tierra anegada para olvidarlo, menos él, que sabía exactamente qué decirle.
Empapado descubrió que había olvidado el paraguas en la iglesia. Bajó la cuesta y no se detuvo hasta llegar al hotel. Temblando de frío, levantó la vista para disculparse con el muchacho de la recepción por haber perdido su paraguas, pero ya no estaba el muchacho, y en su lugar había una mujer que le cobró la noche sin decir nada, sin preguntar por el paraguas, sin despedirse de él cuando salió hasta la estación de buses, y la lluvia, agotada por fin, había cedido su lugar a un incipiente sol y a esa sustancia densa y bochornosa que solía flotar sobre el asfalto.
El bus arrancó, comenzó a subir por los cerros y a abandonar el diminuto valle. Por la ventanilla vio por última vez el cementerio sobre una loma y, sin querer admitirlo, se despidió por fin de quien más había amado.

Germán Hernández