3/3/10

De por qué Matamos a Nuestras Mujeres

Estimado Profesor Corazón, le deseo que esté muy bien usté al lado de todos sus seres queridos y que publique mi carta para que todos los que juzgan a los que estamos como yo encarcelados comprendan por fin por qué matamos a nuestras mujeres.

Y es que la gente no sabe lo que se sufre desde la cárcel, sabiendo que la mujer que amamos está muerta y nuestros hijos en casas de parientes o extraños, solos, creciendo lejos de uno, yendo a la escuela sin comprender por qué están solos, por qué su madre está muerta, por qué su padre está en la cárcel.

Pero sólo uno que ha amado verdaderamente, que sabe lo que es sacrificar hasta a su propia madre, a los amigos, por el amor de una mujer que no merecía ese amor verdadero y auténtico y lleno de sacrificios, porque yo no tuve las comodidades ni las oportunidades que sí tuvieron los que me acusaron y me juzgaron Profesor, porque yo tuve una vida muy difícil desde pequeño, y a los quince años ya era peón de construcción, y para los que no lo saben, no hay nada peor en este mundo que ese trabajo, por que cuando uno llega por primera vez a trabajar lo ponen a mezclar piedra, arena y cemento todo el día, desde que llega uno a las seis de la mañana hasta que sale en la tarde, haciendo mezcla y paleando, y cuando no es eso es zanjeando para chorrear la mezcla, es el trabajo más duro que existe pero fue así como conocí a la madre de mis hijos, trabajando, era una muchacha de lo más linda, que pasaba todos los días en la mañana para la escuela, si usté la hubiera visto con su bulto en el hombro y caminando con sus compañeritas de la escuela y me dije que la esperaría, porque estaba muy joven, apenas 13 años, pero yo la esperaría a que cumpliera por lo menos los 15 porque el corazón a uno no lo engaña Profesor, el hombre pone la confianza en el hombre, pero se equivoca, pero cuando el hombre pone su confianza en el corazón no se equivoca nunca.

Y así conocí a la madre de mis hijos, y esperé hasta que me decidí a hablarle, y pedí la entrada en su casa, porque yo la amaba y yo no era como esos hombres que solo les interesa una cosa y cuando la tienen dejan a las muchachas tiradas y se olvidan de ellas, porque yo no soy así, yo la había esperado por tres años y cada noche pensaba en ella y quería darle mi amor, quería que fuera la madre de mis hijos.

Y así entré en aquella casa y fuimos novios y al tiempo nos fuimos a vivir juntos y como yo quería hacerla feliz y darle todo, entonces me metí en negocios con unos hermanos de ella, pero todo me salió mal porque al final resultaron muy vagos y perdí todo lo que había invertido y empezaron los tiempos difíciles y acababa de nacer mi primera hija que era toda mi vida y era igual a la mamá. Yo la pulseaba, pero todo lo que hacía salía mal, por las envidias y las malas influencias de la gente me salía mal, fue entonces que me salió un trabajo fuera de San José, tenía que irme lejos, pero me sacrifiqué por ella y por mi hija y por el hijo que ella llevaba en su vientre, entonces tenía que ir a jornalear en ese proyecto turístico Papagayo, y duraba hasta un mes fuera de mi casa, ese fue mi peor error, por que como dicen, cuando el gato no está los ratones hacen fiesta, y empezaron a rondar por la esquina como dicen montones de ratas, y la madre de mis hijos cuando se vio sola y sin control comenzó a salir a bailes y fiestas con unas primas de los más liberales y hasta supe después por cosas que me contaron los vecinos que hasta dejaba solos a los chiquitos por irse de fiesta y quien sabe que más y yo profesor guardaba silencio, comprendía lo que estaba ocurriendo pero lo soportaba, porque cuando volvía a la casa todo volvía a estar en orden y un día que venía de regreso la madre de mis hijos quiso hablar conmigo y me habló de cómo habían cambiado las cosas, que ya no era lo mismo y yo le pregunté que si había conocido a alguien…

Pero ella me juró por sus propios hijos que nunca, que jamás, pero que ella necesita un espacio, que quería volver donde los papás y que no quería estar sola, y lloré esa vez, porque ella no podía ver todo lo que hacía por ella y por mis hijos Profesor, no comprendía todos los sacrificios que estaba haciendo por ellos, por eso no la dejé irse, hablé con su familia para que la hiciera entrar en razón y por fin recibí su apoyo, pude partir nuevamente a mi trabajo, recuerdo esa última noche, cuando besé a mis chiquitos en su camita y me despedí de ella para partir de nuevo a buscar el pan de cada día.

Estimado profesor, yo no recuerdo qué fue lo que ocurrió aquel día. Cuando uno está fuera de la casa, extrañándolo todo, el plato de comida preparada por ella, su cuerpo junto al mío en la cama cada noche, el llanto de los niños llamándola en las madrugadas, no me acuerdo, pero cuando volví a la quincena siguiente no estaba ella, ni estaban los chiquitos, y fue como una puñalada en lo más profundo de mi alma, por que el verdadero amor siempre espera profesor, por que el océano infinito de la distancia se achica cada vez que pronuncio su nombre, y salí a buscarla a todas partes, la busqué sin comprender el significado de los rostros, en las casas de familiares amigos y conocidos, en nuestra casa, ahí la busqué en la ropa que había dejado, en las palabras escritas en papeles olvidados, en las sombras, en las huellas, en los olores rancios y acumulados como manchas en el piso, no encontré nada de ella, no pude encontrar el rastro que me arrojó a la noche y las calles, a los salones de baile donde me habían dicho que pernoctaba y se emborrachaba en cada cerveza que la invitaban en cada set de merengue, en cada set de reggaetón, en cada mesa, en cada hombro de un desconocido, en cada vaso vacío, en cada boca susurrante, hasta que tuve que partir a los territorios temibles, hasta las vecinas desgreñadas y cómplices, hasta las amigas alcahuetas y los enemigos, y sus enemigos me tendían trampas, y mis enemigos solo daban pistas falsas, para que me perdiera en la desesperación, en los mediodías inútiles, y cuando pasó la primera noche, y mis ojos no se cerraban pensando en mis chiquitos, en ella, y la segunda noche todo el horror se cristalizaba y se tendía como un cadáver que abría con toda confianza la nevera, y con toda confianza se sentaba en el comedor y tamborileaba con sus dedos de metal hasta el amanecer de la tercera noche, y las leyes de este mundo, su orden y su régimen me avisaban que no podría buscarla para siempre, que una noche más y tendría que resignarme, que el hotel que se construía en un una bahía rocosa no esperaría por mí, y que si no volvía al trabajo otro me iba a reemplazar, otro mezclaría el cemento y rompería lagrimones de roca para montar varillas de hierro negro sobre las escarpadas laderas donde algún día una estrella de cine vendría a retirarse y solitaria desde un balcón miraría de una manera más simple y más noble, los matorrales enemigos y la comisura azul de los labios del mar que se extendían sonrientes entre las rocas y la cápsula celeste de un cielo que no se terminaba, que se derribaba pacífico sobre una línea roja, verde, azulada y nocturna, cuando las luces de las villas terminadas parpadean, nadie es indispensable decía el maestro de obras cuando alguien no volvía y había siempre alguien esperando para tomar mi pala y mi sacho, si no la encontraba esa noche, la perdería a ella o perdería el trabajo que había dedicado a ella, y comencé a contradecir a los que me decían que ella estaba en casa vigilando la leche hasta que hirviera para retirarla antes de derramarse en los discos resplandecientes de la cocina que había sacado a crédito y que ya casi había cancelado, y contradije a los que me daban direcciones que conducían a los amables rincones de los jardines de las casas de tías viejas y solteras que amaban a los hijos ajenos, y contradije a las amigas temblorosas que miraban el amanecer como leyendo la hora en un reloj y caminé en dirección contraria a todos ellos hasta que por fin la encontré a ella…

Profesor, no me acuerdo, todo ocurrió tan rápido, ¿cómo es posible que los brazos que me abrazaron y los labios que besé fueran besados por otros labios y su cuerpo se entregara a otro cuerpo?, cuando llegué a esa casucha donde se ocultaba y dónde la había recibido una de sus primas liberales, negaran abrirme la puerta y entre susurros callaran a mis hijos para que no me llamaran y corrieran a los brazos de su padre, me puse a gritar, a llamarla, a exigirle que cumpliera y entonces apareció esa prima, con un sobre en la mano, caminó hasta mi sin decir nada, y yo no dije nada, porque yo sabía lo que decía aquel sobre, ya sabía que nunca más podría acercarme a mis hijos ni a ella, que con esa denuncia por violencia habría una grieta gigantesca entre ella y yo, que esa grieta estaba llena mentiras, de golpes e insultos que no le había hecho, porque yo nunca le había pegado Profesor, jamás le había levantado injustamente y sin razón la mano, pero es que a veces las mujeres no comprenden y no respetan la autoridad que Dios dio al hombre para gobernar su hogar y así como uno lleva el pan lleva la verdad a la tibia sencillez del estómago y de la conciencia.

Y no volví a mi trabajo, llegué hasta la estación de autobuses, compré el tiquete y vi partir el bus sin mí y caminé hasta los lugares donde nuestros recuerdos habían sido rotos y destruidos para esperarla, porque ya sabía dónde estaría y a qué hora llegaría, acompañada o no, no tuve que esperarla demasiado, nos topamos, no había nada que preguntar, su rostro lo decía todo, no le importaba y la apuñalé en centro del corazón, su sangre tenía un olor extraño, culpable, no me soltó las manos hasta que murió.

Y aquí estoy Profesor, al lado de otros hombres que como yo hemos matado a nuestras mujeres, somos otro tipo de reos, porque matamos por amor y nuestro amor está por encima de los titulares de los periódicos y las opiniones de la gente, comencé esta carta por esa razón, justo ayer, cuando se llevaron el cuerpo de un compañero, apenas hacía unos días antes de presentarse a los tribunales para escuchar su sentencia me había dicho que no podía ser juzgado por lo que había hecho, y amaneció obediente y muerto de amor, por que derramó hasta su última gota de sangre repitiendo el nombre de su mujer….

Ahora yo repito el de la mía… adiós estimado Profesor, al poner punto final a esta carta que espero usted publique para que la gente comprenda porqué matamos a nuestras mujeres, comprendan por fin que nuestro amor está por encima de sus instituciones, que este mundo no puede juzgarnos por lo que era nuestro y que por eso tomamos en nuestras manos, así como ahora tomaré mi vida.

Germán Hernández

1 comentario:

  1. Es una de las mejores narraciones sobre violencia humana, llamada doméstica y desde la visión del hombre, que he leído. No voy a poner en discusión sobre quién es el culpable de este tipo de violencia: el hombre o la mujer, porque conozco historias de dolor en ambos lugares y son dolorosas por igual: es violencia pura y legítimada.
    Muy buenas letras y maestranza de pluma tiene Ud. ya había leído otras cosas, pero esta vez sí me atreví a comentar, algo ha movido su prosa en mi lectura.

    Saludos,

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