29/4/11

Nunca conocerás Rhodesia - Guillermo Barquero



Nunca Conocerás Rhodesia


Las fotos de herramientas de Mau eran las mejores. Desde la preparación de las luces del estudio (el cuartito al final del pasillo, pintado de blanco y negro, inexpugnable y de un silencio atronador), hasta las tomas en ángulos inusitados, la escogencia de lentes muy largos y de película de alta sensibilidad pero de grano fino; para mí eran las mejores. Aunque, desde otro punto de vista, las de muñecas tenían uno de esos no se qué que invita a la contemplación sin palabras, a la búsqueda de la forma original en aquello que es forma alterada, ángulo raro. El botón que sostiene el vestidito de la muñeca de trapo, que visto desde muy cerca semeja una boca abriéndose al hueco negro de la noche blanca; el brazo inanimado de una muñeca que parece una modelo de miss mundo en miniatura, que visto en tres difíciles cuartos, tiene la forma de una garra que parece buscar una tela a la que colgar; las pestañas como lanzas; el cabello como parches de terciopelo puestos al azar en un escenario sin vida.

A Mau siempre la han gustado los puntos de vista extraños, el posicionamiento de la cámara como para comerse trozos de sombras que de otra manera permanecerían inadvertidos. No hay duda de que cuando se pone su armadura, su panoplia de 35 mm, Mau es otro. Mau se transforma, con el aparato de cuerpo negro y lentes casi siempre largos –cómo le gustan los teleobjetivos de cierta longitud; cómo le gusta acercarse maniáticamente a los objetos, explorarlos y explotarlos hasta que sus posibilidades se reduzcan a un mínimo-; Mau, agarrando sus ópticas y sus baterías, sus correas y sus rollos se maniatiza, se concentra de una manera que no acepta interrupciones. Ya sabés lo que es interrumpir a Mau cuando está tomando las fotos a sus objetos.

La última adquisición fueron unos botones que salieron de no sé qué tienda de ropa vieja o de no sé qué sastrería de alguien que se murió, en el centro de San José. Lo llamaron porque sabían que a Mau le gustan los objetos que casi siempre terminan engrosando las filas de la basura municipal, o que en una casa solo cumplirían el papel secundario de los recuerdos que estorban y que con el tiempo se hacen imposibles de botar a la basura, pesados por el encierro y los años. Mau me dijo que había que explotar las posibilidades de los botones, que había que armar con ellos estructuras complejas, ciudades de botones que semejasen grandes campos extraterrestres donde civilizaciones enteras estuvieran fundado sus ciudades y enlazándose con otros universos. Es decir, en el estudio crearía algo jamás visto en la historia de la fotografía de naturalezas muertas. Así me lo dijo, “algo jamás visto”. Tenías que ver el brillo maniático de sus ojos, el rectángulo de sus lentes dejando que esas superficies mojadas y brillantes saltaran y abarcaran toda la cara, se le coagularan en algo que ahora veo como una expresión: un puño cerrado en esa cara angulosa, podría decirte que emocionada, pero no, no es emoción sino algo que lo poseía, algo como de loco. Eran las imágenes de los botones antes de haberlos ido a recoger.

Para las fotos de los botones, me dijo que me necesitaba como su asistente: sostener cosas, acomodar luces, dirigir haces, poner difusores y toda clase de modificadores de la iluminación; soportar el calor de las lámparas de 500 watts, las indicaciones monótonas y la recompensa que no era pagada ni lírica ni metafórica, sino la de los ojos brillantes, la concentración de un exceso que se parecía a un agujero negro todoabsorbente en el estudio del cuarto del fondo.

El cuarto, al que se accedía después de quitar un candado que pretendía imitar la forma de un trípode en miniatura, era antes el tuyo; ¿te acordás? El cuarto de las muñecas, las sábanas verderrosadas y las reproducciones de un oscuro pintor flamenco. Ahora era el estudio de Mau, fabricado de un orden que imitaba sin reparos el de las composiciones de Mau: objetos concentrados en una esquina, recubiertos con aquello a lo que debemos llamar “pátina” a falta de mejores palabras para describirte la especie de abandono cuidadoso, la suerte de derrota armada con una deliberación paciente. La suma de contradicciones de las fotos de Mau, de las palabras de Mau, era el material del estudio. Todo había que desvelarlo en el estudio de Mau; tu cuarto, la forma diáfana y el espacio blanco que siempre había al entrar, ahora hay que destaparlo, transformándolo en otra cosa, en alambres y focos y cortinas que hacen de la luz un instrumento manipulable. No sé si me entendés, pero es la única forma en que yo puedo decírtelo. Tu cuarto ya no es aquello pacífico, tu cuarto es el pequeño infierno de los químicos, la madera pintada de negro y los trípodes puestos como enormes arañas en el centro, en el territorio agreste de Mau.

No sé, estoy reinterpreteando todo ahora, creo, después de las fotos de Rhodesia. Tal vez sea eso, que después de lo de las fotos todo es un infierno que nació desde el corazón de los trópicos palúdicos y desde algo que no es fealdad pero para lo cual tampoco hay palabras. Las fotos de Rhodesia comenzaron a aparecer entre los registros de Mau, entre los trabajos que almacenaba después de concentrarse en uno de sus objetos. No sé, de verdad no te puedo explicar cómo comencé a tener acceso a los archivos de Mau, a todas sus fotos, a todas las imágenes que nadie podía ver, porque vos sabés (no lo sabés, te lo digo yo, te impongo la imagen de un Mau adusto, de un Mau de lentes de pasta gruesa y negra, de un Mau obsesionado por los pequeños detalles que hacen que una fotografía sea más que gelatina de plata y papel y se convierta en lo otro, lo liminar, lo denso) que Mau es celoso con los resultados finales, o no conoce los límites de un desgano que ahora te podría describir como desidia. Mau revela, seca las fotos y almacena; en el estudio, prepara las cosas a las que va a fotografiar, enciende, presiona el botón de su cámara y nada más: un hueco negro abierto al misterio, o algo así.

Mau me comenzó a pedir ayuda para todo; me dio la llave del estudio y del cuarto oscuro (que estaba en un anexo de la casa, en aquel cuarto de herramientas, ¿te acordás? El de abuelito); estaba fotografiando herramientas, piedras con formas curiosas y trozos de madera que semejaban alguna parte del cuerpo. Un proyecto después del otro, muchos negativos tomados, viajes constantes entre cada una de las estancias. Esta casa es grande, te debés acordar, y con todos los muertos menos, ahora es más grande, ahora se ha convertido en el gran taller de Mau, en su gran laboratorio.
El primer cuadrado, con los límites que Mau había impuesto en el papel de foto, estaba dentro de unas imágenes de monedas extranjeras. Era un hombre o parecía un hombre, o era un ser tocado por una suerte de naturaleza humana, en la cual apenas se distinguía algunos rasgos que lo diferenciaban de una piedra, o de un alga, o de una enorme mole inanimada. La imagen estaba traspapelada dentro de un grupo de fotos de libros; lomos en distintos ángulos, formas que apenas se distinguían como lo que realmente eran, ángulos inusitados con los que Mau creaba abstracciones a partir de un objeto al que le tenía tanto aprecio como a los tocadiscos o los controles remotos de televisores de los ochenta: su valor utilitario no importaba, ni la carga afectiva de los objetos; solamente se erguía, en las fotos, el valor de una representación que en sí misma era el objeto, su forma y contenido. Repasé todas las fotos de libros; traté de ordenarlas a como las había encontrado. Vos sabés que Mau distingue cualquier cambio en el orden de sus cosas, vos perfectamente lo sabés. De nuevo apareció la foto cuadrada (¿cómo habrá hecho esta foto cuadrada Mau? Me lo pregunté varias veces esa tarde, sentada en la sala, allá, donde jugábamos con el tablero de abue) entre los claroscuros de lomos, de nuevo aquello que parecía un hombre o el hombre que parecía otra cosa o la forma fija en el papel que se transformaba en algo más: copia, impostura. No sé cómo contártelo.

Mau, dos días después, me preguntó por el cartón corrugado, el grueso, el del hueco en el centro. Le dije que no había visto nada parecido en el estudio. Sí, el del hueco, el que deja que pase solo un pedazo de luz, dijo, moviendo la mano como si se tratara de un túnel siendo atravesado. Le repetí que no había visto ningún cartón corrugado en el estudio. Mau se me acercó, dijo algo que hasta hoy no sé qué pudo haber sido, y me estripó la mano. La tomó y la estripó, sin mostrar nada en la cara; fuerte, casi te diría que abusivo. Me dio miedo Mau. Yo sé que me entendés lo que es el miedo a Mau.

Trabajamos casi seis días seguidos, después de eso. Mau gastaba muchos rollos; en el pequeño ciclorama (no te había contado, pero el ciclorama lo construyó con los materiales que dejaste debajo de la cama, con aquellas varillas y el cedazo; solo tuvo que comprar una lámina de poliestireno o poliprolipeno, Mau, para hacer el ciclorama), hacía montajes cada vez más alejados de un verdadero significado para mí; comenzó a fotografiar aros quebrados de lentes sin uso, fajas partidas en pedazos, zapatos viejos, prendas de cuero llenas de huecos, olorosas a viejo. Me decía que tal luz debía ir así, que la otra asá, que tenía que poner un difusor en uno de los reflectores, los calientes de luz amarilla, para crear un cierto efecto que, pensándolo ahora, se me escapaba completamente. Mau se paseaba con su cámara alrededor del pequeño escenario, ensayando todos los ángulos posibles. Me pedía que modificara la luz, y yo lo hacía. Mau no hablaba, simplemente se acomodaba los anteojos, se asomaba por el visor, se acomodaba de nuevo los anteojos, miraba de nuevo y presionaba el botón. El sonido, el clic, emitía un eco de silencio profundo (así lo hubiera descrito Mau, la contradicción de Mau). Ese sonido, esa percusión, me daban miedo; o me dan miedo ahora, cuando ya todo no es más que papeles quemados y tu cuarto erguido en el recuerdo, tu hermoso cuarto que dejó de serlo cuando a Mau se le ocurrió lo del estudio.

Mau, fuera del estudio y del cuarto oscuro, era un reverso del propio Mau; era como tener dos versiones del mismo tipo de los aros gruesos de pasta, solo que una de ellas tocada por una especie de... no sé... alma demoníaca. Eso lo digo ahora. Cuando vi la segunda y la tercera fotos, no lo pensé en esos términos, sino como una náusea, o un asco que no se me quitaba, algo que venía desde las fotos, desde el corazón de las imágenes. No sé si Mau lo hizo al propio, pero en la caja de las películas, junto a unas fotos reveladas –los zapatos viejos se miraban como horrendas bocas barbadas; las fajas rotas no parecían fajas sino dedos arrancados, secos y puestos a exhibir en un escenario de pesadillas–, estaban cuidadosamente puestas las otras fotos de Rhodesia. El mismo Mau me había pedido que ordenara los grupos de fotos, las de la caja; no sé si te acordás de aquella caja de herramientas de abue, la azul; en ella comenzó a guardar sus cosas Mau, algunas fotos de las sesiones, algunos frasquitos vacíos de rollos, algunos objetos pequeños que nunca he sabido para qué sirven o para qué le servían a Mau. Las dos fotos cuadradas casi brillaron en al penumbra; te debe de sonar a película de misterio (a mí me sonaría a invento, te soy sincera), pero sentí que las fotos brillaban en la penumbra, las fotos cuadradas, con su margen blanco que hacía que las imágenes se distinguieran todavía más. Había dos hombres en una y una mujer en otra. O animales que parecían dos hombres y una mujer, pedazos de carne que no se sabía si eran otras cosas o si otras cosas se proyectaban, a través de juegos de luces y sombras. Te diría que eran monstruos, horribles monstruos que habían salido de las cavernas del infierno, pero no, les brillaban los ojos, sus miradas tenían el pequeño punto de brillo en el centro que solo tienen los… no sé… los desgraciados. Solo así puedo decírtelo: los desgraciados. O no, el brillo de los ojos es solo de los vivos, no de los muertos.

Vos sabés lo que es pedirle explicaciones a Mau. A Mau no se le piden explicaciones, se le aproximan las cosas, se lo rodea, se le tienden trampas en las que no cae o en las que cae de una manera insectaria, arácnida, devolviendo un veneno que uno cree haberle inyectado, pero después queda embarrado en la tela, en el entramado pegajoso. En el suelo negro del estudio; dentro de los silencios del café; en los cambios de rollos y lentes: las trampas del silencio de Mau. Le pregunté por las fotos. Lo miré directo a los ojos. Uno sabe cuando alguien miente, porque la fijeza en la mirada es extraterrestre, antinatural. La mirada de Mau no era ni extraterrestre ni terrícola, no extraña ni fingida ni corriente. ¿Te acordás de la mirada de Mau? Esa gelatina negra metida en los aros de los lentes; la falta de rasgos de mentira o de verdad; la neutralidad. No preguntó de qué fotos estaba hablando, sino que movió un dedo para dibujar una figura en el aire. Le pregunté de nuevo. ¿Fotos?, preguntó. Me dijo que todo allí eran fotos, que toda la vida eran fotos, que no sabía qué cosas no eran fotos. Las que dejaste allí, en la caja, las cuadradas, le dije. Son fotos de Rhodesia, me dijo. Se volteó, sacó una gamuza de la bolsa en la que guardaba los lentes, y comenzó a limpiar la cámara. Esperé que me dijera algo más. Mau se vuelve hermético, se convierte en un objeto opaco sin peso, en un hueco sin vida. Vos conocés a Mau. Mau, hay unas fotos cuadradas ahí, en esa caja, dije, señalando el lugar del que había sacado las fotos. Sí, son las fotos de Rhodesia, ya te dije, Marta, son las fotos de Rhodesia. Le pregunté qué era Rhodesia. No me respondió. Luego he venido averiguando lo que a nadie le importa ya: que Rhodesia parece un país, pero es más una región, un limbo que uno se imagina agreste, pero que es más imaginario y administrativo, como los limbos verdaderos, los inexplorados. ¿Has visto una bandera de Rhodesia, has escuchado su himno? No existen, ni sus monedas, ni ninguna de esas cosas que uno espera que existan en un lugar como Rhodesia. ¿Vos le hubieras preguntado a Mau por Rhodesia?

Las otras fotos de Rhodesia las fui encontrando en lugares inimaginables, en una andanada que duró casi exactamente dos semanas. En las cajas de película sin usar había cuatro fotos, en el cuarto de pilas encontré una caja atestada de fotos de Rhodesia, mezcladas con las de varios de tus cumpleaños y con algunas de cuando tía Sofi era joven; en mi cuarto, en la caja en la que yo guardaba los apuntes de la universidad, había varias fotos de Rhodesia, juntas por un elástico amarillo. Le tuve que contar a mami, decirle lo de las fotos, enseñarle solo tres de ellas, las menos atroces. Después de haber encontrado decenas de fotos de Rhodesia, fui distinguiendo cada vez más claramente los ojos de todos los mutilados, los crecimientos anormales de los brazos, las cadenas que los amarraban a quién sabe qué tipo de jaulas para animales. Fui reconociendo la mano de Mau, los objetos de Mau puestos casi por descuido en las escenografías como huellas digitales malogradas por el derrame de un ácido. Guardé cada una de las imágenes cuadradas –las medí: 13 x 13 centímetros-; comencé a tener sueños con las escenas, o a crear rabiosos sueños a partir del deseo de no tenerlos.

Mau necesitaba que lo ayudara con unas fotos de pelucas. Accedí. Al segundo día, lo encaré con las fotos en mano. Juntas, parecían más de lo que la lógica y el grosor hubieran dicho. Mientras Mau peinaba un cabello rojizo y abundante, cortado en capas, le toqué el hombro. Algo tembló, o ahora siento que algo tembló. Mau, ¿y estas fotos?, le dije. No respondió. Tomó su cámara y le cambió de lente, como quien cortaba cabezas, sopesaba su aspecto y las medía, para reducirlas –eso es un efecto de este instante, en ese momento no pensé nada más que en las fotos de Rhodesia, en su marca de diablos-; acomodó dos luces de halógeno. Parecía que iba a mover la boca. Mau, no te hagás, Mau, le dije. Mau hizo como que yo no existiera. Y quizá yo no existía, tal vez no era más que un espectro en el mundo de Rhodesia, en el universo de los cuerpos enfermos, las hinchazones y todo lo mutilado de un trópico africano que parecía una realidad de manual de patología. Mau, repetí. Mau salió del estudio, tiró una puerta, emitió un sonido que, a través de dos paredes, llegó hasta donde yo estaba como el aullido de una boca quemándose. Pensé que Mau era una enorme boca ardiendo. Sólo así te lo puedo decir: Mau escupiendo un fuego azul, salvaje. Me di cuenta de que las manos que cogían las fotos de Rhodesia (eran mías, en ese momento sentía que no eran de nadie) temblaban, pálidas. Pensé en ir al cuarto de Mau y tocarle la puerta, arrancarle la puerta que antes era tu puerta a patadas, preguntarle por las fotos hasta que saliera y me mandara al carajo, o hasta que se tirara por la ventana, o hasta que algo se moviera en esa casa. Pero no, solo estaba la mano que temblaba, el tiempo que transcurrió lento y que vio la tarde y después la noche, y más adelante la aparición de las nuevas fotos de Rhodesia, los nuevos cuadrados que Mau había revelado, llenos de mutilaciones y tripas y cosas que no he sabido aún que son. La mano temblando por días, como un objeto iluminado por un halógeno caliente, como el infierno, como este infierno que produjo Mau antes de irse, antes de reducir todo a estas cenizas de las que ya te debes de haber enterado.

Julio 2010, San José 



Guillermo Barquero.  Nace en San José en 1979. Autor de los volúmenes de cuentos "Metales pesados" y "La Corona de Espinas", así como de las novelas "Esqueleto de oruga" y "El Diluvio Universal".

Además es junto a Juan Murillo compilador de la Antología “Historias de Nunca Acabar, Antología del Nuevo Cuento Costarricense”.

Recién este año su trabajo ha sido reconocido por partida doble, al otorgársele el premio Ancora en cuento y novela con sus obras “Metales Pesados” y “El Diluvio Universal”.

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