3/5/11

La Ética Radical de Jesús


Muchos cristianos se han preocupado y se preocupan sinceramente sobre qué es aquello que tiene de exclusivo y de original el cristianismo, cuál ese núcleo teleológico que lo sustenta y distingue de otras religiones y credos; la redundante respuesta parece ser siempre la misma: Jesucristo, su personalidad y su acción sacrificial, su muerte indigna en la cruz y su posterior resurrección para derrotar la muerte y el pecado, su cumplimiento de la ley para ofrecer la gracia de la salvación.

Al menos dentro del cristianismo parece no haber discusión al respecto, con esto en mente el cristiano se afirma ante la realidad y su propia existencia, pero no lo hace solo, en una sociedad global el hermetismo y el aislamiento no son posibles, el cristiano convive con una diversidad que no es nueva, pero que ya no está velada y oculta, la diversidad aflora. Quizás esta sea la principal consecuencia no advertida por la mundialización, cuanto más quisieron los arquitectos de la modernidad construir una sociedad homogénea y sin historia y cuando más pretendieron los padres eclesiásticos imponer sus dogmas universales y definitivos, más y más se agitaba y fertilizaba el sustrato humano haciendo germinar una diversidad enorme de formas de comprender la realidad.

Por eso, es cada vez más sospechoso, cuando algún grupo o magisterio se autoproclama como dignatario de la verdad, genera recelo y rechazo inmediato entre aquellos que histórica o culturalmente no encajan con el modelo impuesto.

¿Puede el cristiano sostenerse en su credo y ser respetuoso de esa diversidad no cristiana?, ¿puede convivir con ella, puede admitir la capacidad liberadora que tienen esas otras verdades? ¿Puede discernir dónde está el engaño dentro de su propia estructura y fuera de ella y dónde están las semillas de verdad?

Pues surge un conflicto en la conciencia de cada cristiano cuando la seguridad y homogeneidad de su mensaje de salvación se ve comprometido y confrontado ante otros credos (que no tienen por qué ser explícitamente religiosos, ni ateos) y se buscan maneras de afrontarlos equilibradamente, sin caer por un lado en el extremo de la total negación de los otros y su sensibilidad, lo que llevaría a la violencia, o bien el extremo de la total permisibilidad hasta diluirse en puras generalidades, difuminándose aquella esencia identitaria del cristianismo.

Ante estas cuestiones, surge la necesidad de proponer una ética, un modo de conducirse en el mundo y sus instituciones y convivir con él, “estar en el mundo sin ser de este mundo” diría Juan. El mundo entendido como la trama de relaciones y estructuras donde el sujeto se mueve y se realiza, en suma, el mundo como vehículo y no como finalidad, donde los individuos vale recalcar no son “objetos de”, sino “sujetos para”, libres de cualquier externalidad controladora; en este sentido, la ética correspondería a una actitud, una forma libre de expresarse.

Llegados a este punto en que el sujeto cristiano libre de ortodoxias e instituciones, completamente solitario y frágil si se quiere, portando apenas su discernimiento y su conciencia, debe decidir, y debe actuar, esa es su única responsabilidad, actuar de conformidad. ¿Qué guía su conciencia? ¿Qué espera de sí mismo y que se espera de él?

La respuesta de Jesús es demoledora y no parece admitir matices:

Amen a sus enemigos, traten bien los que los odian, bendigan a los que los maldicen, recen por los que los injurian. Al que te golpee en una mejilla, ofrécele la otra, al que te quite el manto no le niegues la túnica, da a todo el que te pide, al que te quite algo no se lo reclames. Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. Lucas 6: 27-32.

Este extracto del discurso de Jesús que comienza con las bienaventuranzas, es seguramente el resultado de una larga sistematización de dichos y parábolas transmitidas oralmente y finalmente reelaboradas en dicho discurso, esto está claro por las diferencias de composición entre Lucas y Mateo, cada uno pone su énfasis, pero lo que sí está claro, es la radicalidad del mensaje de Jesús.

 El texto comienza por lo más escabroso: Ámen a sus enemigos; y termina con una máxima que nada tiene de exclusivo para el cristianismo: Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. Decimos que nada tiene de exclusivo, pues dicha máxima ha sido expuesta a lo largo de historia en todas las culturas, dentro y fuera de cualquier fe, no dudo que incluso quien se pretenda ateo concuerde plenamente con ella.

Lo difícil parece ser lo que encabeza a dicha máxima.

“Amar nuestros enemigos”, y yo me pregunto, ¿quién es mi enemigo? ¿Quién es el que me maldice? ¿Quién es el que me despoja de mi abrigo, de mi seguridad y de mis bienes? ¿Quién es ese que me roba?

Y nuestros enemigos siempre son quienes ponen en peligro nuestro status de vida, quien amenaza el orden y la estabilidad de nuestras instituciones, quien compromete nuestro orden, ¿pero ese “enemigo” tiene rostro y nombres concretos? ¿Acaso se siente igualmente amenazado y en peligro ante mí?

¿Entonces, ofrecer mi otra mejilla expresa un estoicismo absoluto? Nietzsche ante esta situación escandalizado planteaba lo siguiente:

“Aquel –alegre mensajero- murió como vivió, como había enseñado – no para “redimir a los hombres”, sino para indicar cómo se debe vivir. La práctica de la vida es lo que nos dejó en herencia a los hombres: su comportamiento ante los jueces, ante los sayones, ante los acusadores y ante todo tipo de calumnia y ultraje – su comportamiento en la cruz.  No se resiste, no  defiende su derecho, no da un paso para apartar de sí lo más extremo; antes bien, lo provoca… y reza, sufre, ama con aquellos, en aquellos que le hacen mal… las palabras dirigidas al ladrón en la cruz encierran en sí todo el evangelio “este en verdad ha sido un hombre divino, un hijo de dios” – dice el ladrón, “ si tú sientes eso – responde el redentor – tú estás en el paraíso, también tu eres un hijo de dios…” No defenderse, no encolerizarse, no hacer responsable a nadie… Pero tampoco poner resistencia al malvado – amarlo…” El Anticristo 35.

 Y esta suele ser la reacción más usual, incluso entre los cristianos, a pesar de Nietzsche, difícilmente esa supuesta práctica que deduce de los cristianos tiene verificación histórica, dos mil años de cristianismo y en medio de dolorosas reformas, concilios, cruzadas, inquisiciones, esa práctica, ese estoicismo está ausente, por el contrario, en la historia, de una manera más o menos evidente, el cristiano ha sido llamado a ser el “soldado de Cristo” a defender su fe de cualquier cosa que la desvirtúe, por todos los medios que le sea posible, que es el otro extremo.

Para encontrar un camino intermedio entre el “cristiano estoico” y el “soldado”, se debería apelar a eventos concretos y cotidianos.

En la ética radical de Jesús el cristiano ante el mundo globalizado no tendría enemigos, pues no amenaza a los otros ni su fe, no desvalija de sus bienes a los demás, no odia, no injuria, no maldice a los otros, y si se ve agredido, si es víctima de la injusticia, de la opresión, de la violencia, no se queda impasible ante ella, ofrece su otra mejilla, es decir, que ante el homicidio, el no será un homicida, que ante el robo, él no será un ladrón, que ante la intolerancia él será tolerante, ofrecer la otra mejilla no es dejarse aplastar, es responder de manera radical. Sería ingenuo que actuar de esta manera no conllevaría sacrificios, la historia está también llena de Cristos, dentro y fuera del cristianismo, pero sería ingenuo pensar como Nietszche, y suponer que la finalidad del cristianismo es ser mártir (más peligroso, y en ese sentido es la encíclica Veritatis Explendor de Juan Pablo II).

Entonces, tratar a los otros como queremos que nos traten a nosotros, queda perfectamente puesta en contexto, no se refiere a los que son semejantes, ni a una comunidad de fe; es abierto, los otros son todos, a través del amor se puede encontrar la humanidad del otro, se puede crear la empatía para reconocer que si bien las divergencias culturales, de fe, e históricas son divergentes, los anhelos y sentimientos son los mismos.

No hay nada de estoico en la ética de Jesús, no hay nada de sometimiento e inactividad en él, por el contrario apunta a una actitud tan beligerante y temeraria, que puede parecer arrogante por momentos: pretender conciliar las diferencias, restituir el patrimonio universal de la vida, para que nadie diga mío o tuyo.

Es verdad que podemos sentirnos atrapados por determinantes sociales, culturales e históricos que es imposible evadir, es verdad que la fragilidad de vida nos lleva hacia la inercial búsqueda de abrigo y protección y preservación. También es cierto que todas ellas son buenos motivos para persistir en ese evangelio radical, que solo puede ser realidad en la vida concreta, aquí en la Tierra, ahora.

Germán Hernández

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