8/7/11

Carlos Calero - Tres Cuentos


El dorso


            Llegó y puso palabras en el revoltijo de imágenes con colores, textos y fondos de diapositivas. Ella, y había un rictus feliz de diosa moderna, anillos baratos, pelo violento y colgado sobre la espalda que cimbraba con cada paso sobre la sala; la falda hasta cegarnos con belleza del muslo simple pero extraordinario, que sin sospecharlo nos daba esa muchacha que hablaba del lenguaje y su similitud con los besos, los sueños y el vientre de una mujer que vivió el proceso de generar galaxias con granos de maní y algunas cervezas.

            El tirante izquierdo apenas dejaba en asomo el dorso de trigo besado por su juventud y un tumulto sanguíneo de deseos locos y francos, que ella bien los conocía con una leve risa sin rayar en lo perverso, ni baladí ni lo buscado en el jet set. Mis ojos estaban sobre los de ella; eso bastaba para entendernos en una sospecha posterior del amanecer con almohadas y la ventana bien cerrada.

 


El collar              


El amanecer bajo unos almendros, la ventana, sobre el ojo de los gallos y la cocina que trepaba al cielo por el ombligo del humo como volutas de un cigarrillo congelado.
           
Con escalofrío asomaba a una escena de espejos, almanaques, candelas a medio consumir, altares pequeños de santos en las retrateras y vetustos cuerpos de yeso con aros de bronce sobre la cabeza. Vislumbraba el biombo de playwood; casi apagaba con el sueño las fisuras de luz, hasta entonces incorporadas para mirarle la espalda donde un pequeño tatuaje evocaba los tres elementos de la naturaleza.

            La tocaba para palpar y comprobar que estaba ahí, que no había trampas psicológicas; que las palabras que oía al acostarse y retorcerse entre las sábanas y almohadas habían sido fraguadas en el ayer del hoy, y todo lo que serían para postergar la felicidad. 

            Más que un hábito fue el impulso de saborear la luz con su presencia y lanzarse con gula para engullirla en silencio de hostia o pequeñas hojas de menta con gránulos de azúcar. Entonces le decía que no dejaran en el vacío el asidero circular de la pulsera que él le había obsequiado, tras su gira por México, para bendecir sus destinos con rituales de dioses aztecas.

            Pero ambos descubrieron que, cuando hablaban del collar, era irremediable el deseo de tumbarse sobre la cama y poseerse con furia de selva y bejucos primitivos, hasta cuando la luna se rompía como cuchillo de jade en el altar del amanecer con un rumor amoroso de jaguares que se rasgaban la piel, en la cúspide de una pirámide construida con los misterios de la carne.



La sospecha


Se empecinaba en pasar inadvertida. No sé si, adrede, escondía la media mejilla con la prenda para cubrir la cabeza, bordada con hilo de seda. Una chispita retozona le hacía vibrar los ojos. No me atrevo a asegurar que utilizaba la mojigatería para despertar los vértigos de la carne. Puede ser que su arma la escondiera en la pechera o los bordes del fustán ajustado.

Sonaban las campanas y uno podía imaginarla colocando ramos de narcisos, rosas, begonias o lirios. Su vestido de una sola pieza sabía esconder la dureza de sus caderas, y un redondo ritmo de muslos y copa erguida.

Una hora anticipada le permitía subir las gradas de la iglesia de Magdalena. El instante del velo gris y el paso reposado del anochecer la envolvían en un vapor de luces, hasta llegar a su pequeña casa de piedra cantera empotrada en un pequeño terraplén rodeado de alambre de púas.

Como enjambre de avispas los monimboseños llegaban al tiangue. De las ventanas salían boleros de Bienvenido Granda, Los Panchos, Daniel Santos y altisonancias rancheriles en las emisiones populares de la Radio Masaya.

Yo propiciaba, a esa hora, la presencia de ángeles y demonios, con sólo imaginar lo que pudo haber sucedido.

Martita, le decíamos a pesar de sus casi cuarenta años, ensayaba cantos religiosos con gruñidos celestiales, agudos tonos y resbaloso silencio mientras los coros de los feligreses se alzaban desde las bancas y el confesionario donde las dimensiones del dolor y resignación que despertaban las culpas, mientras el mundo loco daba tumbos en los bordes de un murallón celestial para complicar las cosas y, a lo mejor, no ver la luz de una manera distinta, pues empezaba a rumorarse que en las montañas del norte de Nicaragua algo estaba ocurriendo con unos cuantos guerrilleros. Pero en ese entonces la cosa no pasaba a más.
Supe del chisme, y me apenó que hubiera sido fuera de la casa;  y no podía creerlo, nunca le conocí defecto, ni mancha ni pecado alguno. ¿Habría motivo para creerlo? ¿No habría razón para respetarla, darle los buenos días, hacerle los mandados y ayudarla a subir los bultos de ropa por la pendiente de la laguna? Cuando pasaba estábamos en la esquina, donde nos “desgalillábamos” para celebrar los jonrones y las tremendas atrapadas al jugar “bola de hule”.

Arrastraba con ella los tristes años de un barrio que miraba por las rendijas una nostalgia de piedras y paredones como cabezas de garrobos que se hundían en la arena.

Debido a la relación con mi familia, mi hermano y ella seguramente coincidieron, de manera natural, en el afecto de los saludos y palabras. ¿Por qué hablar de sospechas que no dicen nada? Me preocupaba mucho más, como estudiante universitario, que los habitantes de mi país siguieran gastando su tiempo en cantinas y emociones que creaban la atmósfera de un lugar donde, en apariencia, no pasaba nunca nada.

¿Cuántos años ya habrán transcurrido? Esa vez mi padre entró y fue directo a la cocina. Susurró algo a mi mamá. Por el gesto mutuo sospeché que algo importante había ocurrido. La costumbre era que los menores no intervinieran, al escuchar las conversaciones, en asuntos de las personas mayores.

El barullo sacudió puertas y ventanas; los disfrazados con máscaras de cedazo y madera se enrumbaban hacia la plaza de San Sebastián para integrarse al desfile del carnaval del toro-venado. Saludé a mi hermano, quien miraba con detenimiento mi disfraz del “Viejo con el garrobo”.

Sí, esa vez, alcancé a escuchar algo relacionado con Martita; quiero decir, la señora más respetada a una cuadra a la redonda. Tenía días de no verla enrumbándose al templo de Magdalena.

Cuando la miré otra vez alzaba las pupilas lentas, y escondía la voz con la vista hacia abajo, sin decir nada; y, de vez en cuando, se agarraba el vientre ya un poco hinchado.

Entonces empecé a entender que por algo mi hermano menor, de catorce años, no quería volver más donde esa señora.



Carlos Calero. Nace en  1953, Monimbó, Masaya, Nicaragua. Ha publicado El humano oficio, en el año 2000, en Nicaragua, por el Centro Nicaragüense de Escritores. La costumbre del  reflejo, Ediciones Andrómeda, San José Costa Rica, 2006. Paradojas de la mandíbula, Ediciones Andrómeda, San José Costa Rica, 2007. Arquitecturas de la sospecha, Ediciones Andrómeda, 2008, San José Costa Rica. Reside en Costa Rica desde 1988. Es profesor de Gramática y Literatura en un centro de Secundaria y docente de Comunicación en la Universidad Católica de Costa Rica Anselmo Llorente y Lafuente.
           
Sus poemas han sido publicados  en Antología de Poesía Nicaragüense prologada por Ernesto Cardenal, Antología de Poesía Joven de Nicaragua; revistas de Costa Rica; también ha publicado en suplementos literarios de Nicaragua y otros países. También ha publicado relatos y ensayos de reflexión.

Los cuentos que aparecen en este espacio forman parte de un volumen que pronto será publicado.

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