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31/5/13

Carlos Calero - La camiseta roja






La camiseta roja

  

Aunque digás lo contrario yo sé que un día vas a darme de comer espinas. Callate, solo sos estupideces. En el amor no importan los años, ya te lo he dicho y redicho; no confiás en mis sentimientos, y entiendo que esto debe ser extraño en una mujer como vos, quien siempre lo ha tenido todo. No me etiquetés. Las cosas esenciales las has poseído a tu manera. Siempre me has dicho que debemos hacer currículum hasta en la cocina, y ya no digamos de las travesuras en la cama. Así que no te preocupés, son asuntos pasajeros, temores de temores, son los deslices de nuestros fantasmas… De esta relación como la nuestra existe una estadística de lo que vos temés, pero te aseguro que ese no es nuestro caso. Jamás debés compararme con personas adictas a la longevofilia, pues es ofensivo, frívolo y obsceno, sacar este tipo de conclusiones, pues si así fuera hace tiempo me hubiera marchado. Es el amor, mujer… es el amor…

            Qué fácil que lo decís. Suena halagüeño y honesto de tu parte; pero leo en tus ojos que hay algo para hacerme pensar en las jaulas y los vientos que se rompen como candados en las ventanas. Te he visto chateando con unas chicas, hasta has colgado fotos tuyas para decir aquí estoy, existo, para que te vean. Otro asunto es que te conozcan a profundidad, ni yo que he vivido con vos más de quince años lo he logrado. Ya pasaste los cuarenta y cinco, y has empezado a loquear, ya has entrado a la crisis de la andropausia. Sé muy bien que estoy en desventaja. Siempre hemos dicho que del aposento para afuera las puertas no tienen candados. Estoy muy bien clara de que toda relación así debe ser. Pero soy humana y me alimento de ilusiones. Callate… no volvás a decirme nada en ese sentido. Más bien debés apoyarme y no cometás el error de ensombrecer tus razones. No viene al caso que me digás que soy un hombre mucho menor que vos… por favor no lo digás más.

            Estira la mano y aprisiona la cerveza a medio tomar. El frío de la botella le quema los dedos. Los Beatles suenan aquí y por esta razón vengo a este pequeño bar. Pamela, últimamente, ha puesto el dedo sobre la llaga, y no deja de creerle que está sufriendo; se le hace añicos el corazón cuando salgo y digo que ya vuelvo. Sus ojos se quedan como en el centro de un anillo, donde puede tocarse el vacío que a muchos nos duele. Con ella es un asunto de costumbres. Estoy compenetrado tanto en sus cosas y ella en las mías, que a veces me parece imposible rehacer mi vida con otra mujer.

            El joven, en el pequeño bar de penumbras y abierto hasta las diez y media de la noche,  le ofrece un cigarrillo. Hace señas para asegurarse de que si le sirve otra botella. La tarde camina entre pequeños rumores de gente volviendo de sus trabajos, ladridos lejanos, pequeñas islas de jardines, el retorno de zanates a los laureles. En fin, un día más, en esta ciudad colorida y fría en que cada persona resuelve sus enigmas con ritos insospechados, como llegar a la casa y tirarse a la cama, desoír algún reclamo, comerse una hamburguesa, abrir el refrigerador, calentar los sobrantes de alimento, ver algún partido, salir a la pulpería, darle de comer a los gatos, los pájaros o los perros… en fin, rituales del desahogo y el silencio o la indiferencia. La norma dicta que deben cumplirlos porque si no los ahogaría la vida.

            Pamela se queja, sus micciones nocturnas se han multiplicado, le duelen las piernas. A veces los calambres, cuando hacemos el amor, han interrumpido nuestros coitos; pero yo le doy tiempo para que se recupere. Me lo agradece y calla. Después de todo suelta el llanto y siento que la casa se vuelve como el ala de un murciélago, vuela sobre nuestros corazones la penumbra. Todo es tristeza y silencio. La cosa no es fácil, no es fácil… en estas circunstancias mis escasos conocimientos de psicología, en la terapia de pareja, en algo nos ha ayudado.

            Se nos ha convertido en hábito venir a este bar. Las bebidas no son muy caras y hay buenas boquitas, sobre todo las costillitas de cerdo hawaianas. Tenemos de venir aquí doce años. El mes pasado celebramos mi cumpleaños. Vinieron los compas del trabajo, de ella y el mío. Ahí empezó todo, fue por una broma que le dio una de sus compañeras. Seguro ese día amaneció susceptible. De pronto rompe en llorar y llorar. Intentamos que se recupere, pero todo es en vano. No todo estuvo malo, eso ocurrió cuatro horas después de que me cantaran el happy birday. Esa noche estaba dispuesto a hacerle el amor con todo lo que me permiten las fuerzas, pero sé que eso no funciona así. Es con palabras y apoyo, más que con fogosidad y los deseos, pues si las cosas no se hablan van quedando zonas pantanosas y oscuras, donde más temprano que tarde nos ahogamos.

            Como a las nueve de la noche vamos al súper y compramos quesos, aceitunas, aceite de oliva, palillos, salami, galletas soda, vino, unas copitas preciosas; tampoco olvidamos la comida para el perro Spanky; en fin, no dejamos de lado nada que pueda provocar desajustes en el funcionamiento de nuestra vida culinaria.

            De repente observo que Pamela mira a un tipo de camiseta roja, quien a ratos me parece que nos sigue. El hombre hace como que selecciona productos de la estantería en un carrito de metal con ruedas azules; pero su propósito es espiarnos de manera solapada. Vos sabés que en un establecimiento comercial se cruzan los vértices a cada rato y no hay por qué preocuparse tanto. No digo nada, ni tengo por qué comentárselo. No es coherente que a estas edades tengamos esos recelos. No sé si es un condicionamiento-reflejo, pues cuando conocí a Pamela sí me daban ciertos celos porque un colega suyo le hacía llegar flores para su cumpleaños. Como entre nosotros todavía no existía nada firme, no me afectaba tanto. Y todo cesó cuando me dijo que ni un barco lleno de flores podrían partirle el corazón, pues ella no había nacido para tener, al mismo tiempo, dos amantes.

            Cuando salíamos por el parqueo aparece mi tía Josefina. De antemano me felicita y dice que como al mediodía me enviará el regalo, pero que no la espere por si yo decido hacer una fiestecita, como hace tres años cuando lo celebramos en mi casa y llegó toda mi familiar. ¡No seás bárbaro!, ese día terminamos exhaustos con el trabajo tedioso de atenderlos, para que no les faltara nada. Por eso decidimos que jamás repetiremos esa tontera de celebrarles a los otros la visita, y no estar tolerando las impertinencias con el tema de cuándo nos casamos, porque ya es demasiado el tiempo para seguir viviendo como mancebos. Por esta razón Pamela casi no visita a mis padres ni familiares. Ella siempre ha sabido manejar las cosas. Su experiencia como profesora en una universidad privada le ha dado algunas herramientas para manejar situaciones comunicativas incómodas.

            Cuando estamos en la cama, Pamela, una vez que se apacigua, enciende el televisor y me dice que veamos una película caliente como en otras ocasiones. Le digo que sí. Doblo la almohada como una rodaja de pan henchido, voy al refrigerador, para que nos tomemos dos cervezas cada uno. Saco del estuche el disco y lo deslizo dentro de la bandeja del reproductor de vídeo. Es una película italiana del cine clásico erótico, en que la actriz se enreda con el hijo de su esposo; el protagonista, entonces, es un adolescente. Pecado venial, creo que se llamaba, con una de las divas de esa época, una tal Laura Antonelli. Lo raro es que conforme pasan las escenas empiezo a ver en la pantalla al tipo de la camiseta roja. La abrazo con fuerza. Ella estira las piernas fláccidas. Siento su vientre caliente, paso mis manos por sus esponjosas caderas y el pubis entrecano. Le digo buenas noches, como para escucharme a mí mismo con el silencio enroscado en los utensilios, las sillas y las lámparas del techo. Mañana haremos el amor como si fuera una primavera. Y la imagino riendo y con la cabeza embutida entre las almohadas. Recojo las latas de cerveza y las lanzo al pequeño basurero de color verde. Pienso en la posibilidad de nunca separarme de Pamela. Coloco mis gafas entre las páginas de un libro relacionado con los límites y expansiones constantes del universo. Un clásico que se leía por los años setenta cuando la astrofísica no estaba tan desarrollada.

            Voy, enciendo la computadora, y empiezo a leer los correos electrónicos  de una mujer que, sin que yo le diga nada, conoce a la perfección lo que me pasa con mi mujer y quien, el mes de diciembre recién pasado, ha cumplido los sesenta años. El último de los mensajes cierra con la siguiente frase: “Mi amor, vieras cómo me gustó tu incomodidad, cuando viste al hombre de la camiseta roja.” 


Carlos Calero. Nace en  1953, Monimbó, Masaya, Nicaragua. Ha publicado El humano oficio, en el año 2000, en Nicaragua, por el Centro Nicaragüense de Escritores. La costumbre del  reflejo, Ediciones Andrómeda, San José Costa Rica, 2006. Paradojas de la mandíbula, Ediciones Andrómeda, San José Costa Rica, 2007. Arquitecturas de la sospecha, Ediciones Andrómeda, 2008, San José Costa Rica. Reside en Costa Rica desde 1988. Es profesor de Gramática y Literatura en un centro de Secundaria y docente de Comunicación en la Universidad Católica de Costa Rica Anselmo Llorente y Lafuente.

           

Sus poemas han sido publicados  en Antología de Poesía Nicaragüense prologada por Ernesto Cardenal, Antología de Poesía Joven de Nicaragua; revistas de Costa Rica; también ha publicado en suplementos literarios de Nicaragua y otros países. También ha publicado relatos y ensayos de reflexión. 


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16/3/12

Carlos Calero - Origami de Telarañas







Origami de telarañas

    
No sé si francesas, españolas, suizas o belgas, es lo menos que importa pero, definitivamente, no parecen latinas. Se ven felices. Lo que no me gusta es que están como posando para la foto, cosas de vanidad, pienso, o a lo mejor es el narciso que se pega al subconsciente y nos echa a perder la espontaneidad de los gestos, o hace que nademos con el ego en las aguas de la ficción por unos segundos. El asunto es que están de frente, como asediadas por diminutos hombres, o patos, o papagayos, y hasta podrían parecer dinosaurios hechos con papel blanco que ellas no han aprendido a elaborar, pues no tuvieron la decisión de arrancar algunas páginas de los libros desechados, y cuando digo desechados no es por el autor ni la temática, sino la polilla o el deterioro. Como indicó el fotógrafo, personalmente llevaría las figurillas de origami confeccionadas con papel de arroz, para ser fiel a la naturaleza y tradición de esta práctica cultural.

            A la derecha veo cuatro torres de libros pulcramente cerrados, y juro que ambas ni siquiera han tenido la mínima voluntad de imaginar que los leerían; son empleadas de la biblioteca, su oficio es a lo sumo leer reseñas de solapas, aprenderse autores y precios de etiquetas, o manejar por modas las temáticas más buscadas, edades de los lectores, uso práctico académico y otras vainas. Pero vieras como tengo el deseo de estar junto a ellas, son monumentales. La que está en primer plano tiene proporción y posaderas como para Hollywood, mira con la barbilla inclinada y reflexiva lo que la hace más insinuante y apetecible, y su pantalón blanco trasluce la pantorrilla europea; la otra ríe como gata en celo, y parece que espera el zarpazo, pero hay algo que la hace ingenua, y hasta diría torpe, pues no sabe mercadear su belleza de amazona.

            Y resulta que ninguna ha sido madre, son empedernidas solteras, a lo sumo acarician a los niños cuando llegan a leer, o practicar los juegos infantiles en las giras escolares del sector urbano. En sus conversaciones hay ausencia de acoger el tema de la relación con un masculino, o comprometer su vida que le calculo anda por los veinticinco años. Y si buscás en sus escritorios hay pastillas contra la neuralgia, cartuchos labiales, perfumes, toallas desechables para limpiarse la crema de la cara, una llave de automóvil oxidada del Fiat modelo 96, la carterita con billetes de moneda, las tarjetas de crédito casi vencidas y, sin duda, fotos de familia. Ah, y oí este detalle, ambas tuvieron una breve discusión por una fotografía que todavía cargaba en la cartera la del primer plano, pues se trataba del novio con quien tuvo su primigenio lance sexual a los 16 años, en una tienda de ropa, en los suburbios de Madrid. Ella tuvo que explicar a la amazona que si tenía algún valor sería el fetichismo, y que a decir verdad no estaba tan mal el tipo con rasgos caucásicos y porte de boxeador aficionado; y cierto que lo era, lo cual fue razón para que lo dejara por influencia de su familia quienes le aconsejaron que no convenía ese tipo de hombre, ya que podría ser un potencial agresor en lo futuro.

            Quedaron viendo las figurillas de papel dispersas sobre la base con mosaicos de Arabia, y les parecía gracioso que el fotógrafo haya dispuesto el paisaje que ilustraría una revista de educación capitalina, con lectores relacionados, sobre todo, con la docencia española. Claro, ya recuerdo, esa semana se celebraba el día del libro y el tema era Miguel de Cervantes Saavedra. Cuando ambas se acomodaban al plano escénico, el fotógrafo con cierta malicia les comentó que las encontraba bellas y felices. Ambas asintieron viéndose de reojo, y le correspondieron con que reconocían era todo un profesional con el uso de la cámara. El les había hecho una pequeña introducción sobre el origami, indicándoles que este había surgido en Japón y que en el español podríamos encontrar la palabra como papiroflexia o cocotología, y que uno de los precursores en la península ibérica de esta práctica de genio, arte, planos y papel había sido el intelectual, poeta, filósofo y novelista don Miguel de Unamuno. Además, que la cultura oriental considera que aporta calma, mucha paciencia y bastante constancia en lo que se emprende, y que el pensamiento lógico matemático y  también la computación ha venido aprovechándolo; por otra parte, que es todo un arte sumamente creativo. La amazona le comentó que en la biblioteca había algunos ejemplares sobre este tema, cuyos autores correspondían a un tal Fijimoto y Eric Gjerde.

            Después de las fotos la biblioteca se llenó de visitantes durante horas y horas, tanto de la comunidad como de las escuelas. La tarde su puso cálida y el reloj casi marcaba las 5 p.m.

            Ambas fueron separándose de los anaqueles. Los vieron con cierto desgano y cansancio, suponían que ya el tiempo por hoy había finalizado y con algo de plenitud suspiraron para darse a entender que habían cumplido para recibir este fin de mes un salario. La amazona tomó la iniciativa de rutina, pues la del primer plano siempre lo esperaba. Costumbres, costumbres que en este caso no eran malas por la naturaleza de su relación. Le agarró la mano y se la besó con fruición, casi mordiéndola para sugerir apetito sensorial y afectivo; después metió la otra mano entre la tela y la pelvis hurgando con cierta lascivia. Ya el responsable de la biblioteca, desde que fueron contratadas, sabía que ambas  manejaban una relación de pareja.

            La del primer plano hizo la observación a la amazona de que algo sintió diferente en el tacto, en esta ocasión. Y la interrogó que si sucedía algo. La amazona la quedó viendo tratando de sujetarse al pensamiento racional de la del primer plano, y susurró que no podría explicárselo por temor a que la juzgara mal. Creo que ni te enteraste que, en cierto momento, durante la visita de los niños a la biblioteca,  uno de ellos andaba un poco distante de los otros. A esto no le encuentro ni pies ni cabeza, pero acaba de sucederme. La del primer plano clavó la mirada en la otra y esperó. La cosa es que ese niño sacó de una bolsa de tela unas figuras de origami, supongo que serían unas seis…, ¿y sabés lo que me dijo? Papá y mamá, todas las noches, hacemos vampiros con papel de telarañas. Retorné a mirarlo y vi, claro que lo vi, ambos ojos se le pusieron de un rojo vivo como la sangre fresca de la carne y me sonrió con los dientecillos afilados. Pero lo más deschavetado de todo esto es que a lo inmediato pregunté a la maestra que cómo se llamaba el niño que hacía unos instantes había pedido permiso para ir al baño, y que andaba con una bolsa de tela negra. Ella me aseguró que no lo conocía y con ellos no había llegado. Mirá, yo creo que a ese baño no vuelvo a entrar ni que me lleven a empujones. Y, antes de salir, puso la tapa de madera al basurero donde en el fondo chillaban sedientos los vampiros de origami, hechos con papel de telarañas.

  

Carlos Calero. Nace en  1953, Monimbó, Masaya, Nicaragua. Ha publicado El humano oficio, en el año 2000, en Nicaragua, por el Centro Nicaragüense de Escritores. La costumbre del  reflejo, Ediciones Andrómeda, San José Costa Rica, 2006. Paradojas de la mandíbula, Ediciones Andrómeda, San José Costa Rica, 2007. Arquitecturas de la sospecha, Ediciones Andrómeda, 2008, San José Costa Rica. Reside en Costa Rica desde 1988. Es profesor de Gramática y Literatura en un centro de Secundaria y docente de Comunicación en la Universidad Católica de Costa Rica Anselmo Llorente y Lafuente.
           
Sus poemas han sido publicados  en Antología de Poesía Nicaragüense prologada por Ernesto Cardenal, Antología de Poesía Joven de Nicaragua; revistas de Costa Rica; también ha publicado en suplementos literarios de Nicaragua y otros países. También ha publicado relatos y ensayos de reflexión.

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8/7/11

Carlos Calero - Tres Cuentos


El dorso


            Llegó y puso palabras en el revoltijo de imágenes con colores, textos y fondos de diapositivas. Ella, y había un rictus feliz de diosa moderna, anillos baratos, pelo violento y colgado sobre la espalda que cimbraba con cada paso sobre la sala; la falda hasta cegarnos con belleza del muslo simple pero extraordinario, que sin sospecharlo nos daba esa muchacha que hablaba del lenguaje y su similitud con los besos, los sueños y el vientre de una mujer que vivió el proceso de generar galaxias con granos de maní y algunas cervezas.

            El tirante izquierdo apenas dejaba en asomo el dorso de trigo besado por su juventud y un tumulto sanguíneo de deseos locos y francos, que ella bien los conocía con una leve risa sin rayar en lo perverso, ni baladí ni lo buscado en el jet set. Mis ojos estaban sobre los de ella; eso bastaba para entendernos en una sospecha posterior del amanecer con almohadas y la ventana bien cerrada.

 


El collar              


El amanecer bajo unos almendros, la ventana, sobre el ojo de los gallos y la cocina que trepaba al cielo por el ombligo del humo como volutas de un cigarrillo congelado.
           
Con escalofrío asomaba a una escena de espejos, almanaques, candelas a medio consumir, altares pequeños de santos en las retrateras y vetustos cuerpos de yeso con aros de bronce sobre la cabeza. Vislumbraba el biombo de playwood; casi apagaba con el sueño las fisuras de luz, hasta entonces incorporadas para mirarle la espalda donde un pequeño tatuaje evocaba los tres elementos de la naturaleza.

            La tocaba para palpar y comprobar que estaba ahí, que no había trampas psicológicas; que las palabras que oía al acostarse y retorcerse entre las sábanas y almohadas habían sido fraguadas en el ayer del hoy, y todo lo que serían para postergar la felicidad. 

            Más que un hábito fue el impulso de saborear la luz con su presencia y lanzarse con gula para engullirla en silencio de hostia o pequeñas hojas de menta con gránulos de azúcar. Entonces le decía que no dejaran en el vacío el asidero circular de la pulsera que él le había obsequiado, tras su gira por México, para bendecir sus destinos con rituales de dioses aztecas.

            Pero ambos descubrieron que, cuando hablaban del collar, era irremediable el deseo de tumbarse sobre la cama y poseerse con furia de selva y bejucos primitivos, hasta cuando la luna se rompía como cuchillo de jade en el altar del amanecer con un rumor amoroso de jaguares que se rasgaban la piel, en la cúspide de una pirámide construida con los misterios de la carne.



La sospecha


Se empecinaba en pasar inadvertida. No sé si, adrede, escondía la media mejilla con la prenda para cubrir la cabeza, bordada con hilo de seda. Una chispita retozona le hacía vibrar los ojos. No me atrevo a asegurar que utilizaba la mojigatería para despertar los vértigos de la carne. Puede ser que su arma la escondiera en la pechera o los bordes del fustán ajustado.

Sonaban las campanas y uno podía imaginarla colocando ramos de narcisos, rosas, begonias o lirios. Su vestido de una sola pieza sabía esconder la dureza de sus caderas, y un redondo ritmo de muslos y copa erguida.

Una hora anticipada le permitía subir las gradas de la iglesia de Magdalena. El instante del velo gris y el paso reposado del anochecer la envolvían en un vapor de luces, hasta llegar a su pequeña casa de piedra cantera empotrada en un pequeño terraplén rodeado de alambre de púas.

Como enjambre de avispas los monimboseños llegaban al tiangue. De las ventanas salían boleros de Bienvenido Granda, Los Panchos, Daniel Santos y altisonancias rancheriles en las emisiones populares de la Radio Masaya.

Yo propiciaba, a esa hora, la presencia de ángeles y demonios, con sólo imaginar lo que pudo haber sucedido.

Martita, le decíamos a pesar de sus casi cuarenta años, ensayaba cantos religiosos con gruñidos celestiales, agudos tonos y resbaloso silencio mientras los coros de los feligreses se alzaban desde las bancas y el confesionario donde las dimensiones del dolor y resignación que despertaban las culpas, mientras el mundo loco daba tumbos en los bordes de un murallón celestial para complicar las cosas y, a lo mejor, no ver la luz de una manera distinta, pues empezaba a rumorarse que en las montañas del norte de Nicaragua algo estaba ocurriendo con unos cuantos guerrilleros. Pero en ese entonces la cosa no pasaba a más.
Supe del chisme, y me apenó que hubiera sido fuera de la casa;  y no podía creerlo, nunca le conocí defecto, ni mancha ni pecado alguno. ¿Habría motivo para creerlo? ¿No habría razón para respetarla, darle los buenos días, hacerle los mandados y ayudarla a subir los bultos de ropa por la pendiente de la laguna? Cuando pasaba estábamos en la esquina, donde nos “desgalillábamos” para celebrar los jonrones y las tremendas atrapadas al jugar “bola de hule”.

Arrastraba con ella los tristes años de un barrio que miraba por las rendijas una nostalgia de piedras y paredones como cabezas de garrobos que se hundían en la arena.

Debido a la relación con mi familia, mi hermano y ella seguramente coincidieron, de manera natural, en el afecto de los saludos y palabras. ¿Por qué hablar de sospechas que no dicen nada? Me preocupaba mucho más, como estudiante universitario, que los habitantes de mi país siguieran gastando su tiempo en cantinas y emociones que creaban la atmósfera de un lugar donde, en apariencia, no pasaba nunca nada.

¿Cuántos años ya habrán transcurrido? Esa vez mi padre entró y fue directo a la cocina. Susurró algo a mi mamá. Por el gesto mutuo sospeché que algo importante había ocurrido. La costumbre era que los menores no intervinieran, al escuchar las conversaciones, en asuntos de las personas mayores.

El barullo sacudió puertas y ventanas; los disfrazados con máscaras de cedazo y madera se enrumbaban hacia la plaza de San Sebastián para integrarse al desfile del carnaval del toro-venado. Saludé a mi hermano, quien miraba con detenimiento mi disfraz del “Viejo con el garrobo”.

Sí, esa vez, alcancé a escuchar algo relacionado con Martita; quiero decir, la señora más respetada a una cuadra a la redonda. Tenía días de no verla enrumbándose al templo de Magdalena.

Cuando la miré otra vez alzaba las pupilas lentas, y escondía la voz con la vista hacia abajo, sin decir nada; y, de vez en cuando, se agarraba el vientre ya un poco hinchado.

Entonces empecé a entender que por algo mi hermano menor, de catorce años, no quería volver más donde esa señora.



Carlos Calero. Nace en  1953, Monimbó, Masaya, Nicaragua. Ha publicado El humano oficio, en el año 2000, en Nicaragua, por el Centro Nicaragüense de Escritores. La costumbre del  reflejo, Ediciones Andrómeda, San José Costa Rica, 2006. Paradojas de la mandíbula, Ediciones Andrómeda, San José Costa Rica, 2007. Arquitecturas de la sospecha, Ediciones Andrómeda, 2008, San José Costa Rica. Reside en Costa Rica desde 1988. Es profesor de Gramática y Literatura en un centro de Secundaria y docente de Comunicación en la Universidad Católica de Costa Rica Anselmo Llorente y Lafuente.
           
Sus poemas han sido publicados  en Antología de Poesía Nicaragüense prologada por Ernesto Cardenal, Antología de Poesía Joven de Nicaragua; revistas de Costa Rica; también ha publicado en suplementos literarios de Nicaragua y otros países. También ha publicado relatos y ensayos de reflexión.

Los cuentos que aparecen en este espacio forman parte de un volumen que pronto será publicado.

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