13/2/13

Carla Pravisani - Niños del Sol



Mil Cuentos



 

Fisgonas, de Paula Serruto

 

 Nos place ofrecer, en el Signo Roto una primicia del libro "La piel no miente" (Uruk, 2012) de Carla Pravisani el cual fue galardonado con el premio Aquileo Echeverría en la rama de cuento 2012. Esperamos que el texto "Niños del Sol" sirva de motivación al lector para adquirir el texto completo.

Como siempre, reiteramos la invitación a los autores y editoriales, para participar en este espacio, dando a conocer una pequeña muestra de sus obras en narrativa que recién ven la luz.

 



Niños del Sol 


 A Juan Villoro

  

Después de los pollos que se asaron en casa de los Martínez para recaudar fondos y lastrear la calle, los vecinos —casi como un acuerdo tácito— decidieron odiar a los Kunzi. ¿A título de qué tenerlos en cuenta? No colaboraban en nada. No vendían rifas, ni ensaladas, ni siquiera compraban un plato de mandioca.


Hacía poco que la pareja se había mudado al barrio Itapé. Un camión apareció al atardecer y se estacionó frente a la casa esquinera donde ya la maleza del jardín desbordaba el muro.

Agazapada desde un ventanuco de la cocina, Rosa Jiménez de Schonberger los espió. Werner Kunzi —muy pronto les averiguarían los nombres— descargó unos antiguos muebles de principio de siglo, y con la ayuda de dos peones bajaron un piano. Kunzi era un hombre de mediana estatura, rubio de ojos chinos y de una prolijidad excesiva. La camisa de tan planchada parecía de cartón, y hasta el cuerpo daba la impresión de estar almidonado. Además caminaba cauto y desconfiado, como si temiera pisar una mina explosiva.



En cambio su pequeña esposa, Anne Kunzi, traía los hombros plegados al cuerpo como un acordeón cerrado. Al bajar del camión miró de soslayo cabizbaja, y con pasitos cortos de cuis cruzó hasta la casa y ya no salió más.
 

Ese día, Rosa amasó unos chipá cuerito y enchufó la freidora para darles la bienvenida. Vlado reparaba en el fondo una viga carcomida por las termitas, pero al oír movimiento soltó las herramientas y voló a supervisar. Su esposo le pisaba los talones, le respiraba la nuca. Ella deseaba con toda el alma que se firmara de una vez por todas el contrato con la capital para que él regresara a trabajar. Tantos meses desocupado ahí metido en la casa la estaban volviendo loca.

Vlado se acercó a la olla, miró el aceite y arqueó aquellas cejas blancas y tupidas.


—¿Ya vas a invitar gente otra vez? —le reclamó el alemán agarrándose la panza como temiendo que se le cayera al piso.



Siempre, después de alguna actividad social, le enumeraba con meticulosa saña todos los descuidos de los invitados, los anotaba en su cuaderno mental. La canilla mal cerrada del baño, el papel higiénico en el inodoro, las pisadas de tierra, un chicle en el suelo, la asombrosa cantidad de hielo consumida, indios que nunca cuidaban nada, que todo lo destruían. Así eran en el aserradero, así eran en su propia casa.



Rosa cortó los chipá, los tiró a freír y los fue colocando en una canastita de mimbre. Vlado, aburrido de pelear con la espalda de su mujer, volvió al fondo. Se dedicaría a leer su libro de historia y a tomar un whisky bajo el ventilador. A pesar de la crisis, todavía le quedaban algunos ritos asequibles que lo hacían sentir un refinado hombre de mundo. 


Rosa cruzó a la casa de los Kunzi. Su antiguo vecino Román ya le había adelantado que por fin vendería su casa a una pareja de alemanes. En aquel momento el apellido Kunzi no le sonó por ningún lado. No eran asiduos de la colectividad, tampoco miembros del club Los Tucanos.

El cielo oscuro se fue perforando de estrellas. Y, a falta de tendido eléctrico, la luna contorneaba los objetos y le daba a la noche una tibia idea de refugio. Nada malo podía pasar con tanta luz cayendo del cielo.

Rosa estuvo un rato parada ahí afuera, dudosa de interrumpir. Finalmente tocó el timbre. Werner Kunzi entreabrió la puerta y dejó el espacio justo para asomar media cara y la rodilla.

—¿Sí?

Ella le extendió la mano y le aventuró el cuerpo gordito y floreado.

—Rosa, mucho gusto, su vecina de acá al lado —dijo—. Venía a ver si querían tomarse unos matecitos con nosotros…

—Le agradezco. Es que mi esposa no se siente muy bien. Anda con migraña y se acaba de recostar —dijo en una disculpa suave y pausada.

Ella retrocedió sintiéndose una intrusa de la vereda, de la calle, del mundo.

—Entonces será en otro momento.

Esa noche, Vlado se comió los pasteles. Por primera vez le caían bien los vecinos. Gente respetuosa del espacio ajeno.

—¡Alemanes tenían que ser! —dijo con la boca empañada de azúcar.


Esther Rojas descubrió dónde trabajaba Werner Kunzi. Se lo contó a la vieja Zarza y a Rosa un domingo en que decoraban huevos de Pascua para ver si lastreaban de una buena vez: las lluvias del verano habían remozado la tierra, y la calle asemejaba suelo lunar.

Las tres mujeres se instalaron en la pequeña cocina de Rosa, sobre un tablón forrado de papel periódico, y vigilaban el muro de los Kunzi. Ya llevarían pintada una docena de huevos gigantes.

La Rojas era una agraciada flaca que vivía sola todavía. Ya los vecinos la daban por solterona porque el tiempo le había grabado mañas inmanejables,  no había hombre que le encajara. Ella contó que se había topado a Werner Kunzi en la fiesta de “Fin de Año” de los empleados bancarios.

—Ni me reconoció —dijo frunciendo la boca.

Werner Kunzi resultó ser el gerente financiero de la sede central. Ahora además también sabían que ganaba muy pero muy bien.

—¡Y no es capaz de comprar un pollo ese gringo miserable! —replicó la vieja de Zarza, mientras rellenaba la manga con lustre y se chupaba los dedos huesudos—.¿Y cuánto ganará?

Esther lanzó un suspiro.

—Un sueldo de gerente… ¡imaginate!

La pieza que a Rosa no le calzaba en su rompecabezas sobre los Kunzi es que se hubieran mudado “para acá”. Ir al centro significada una hora de viaje. Los ómnibus pasaban cuando se les daba la gana, con la gente apelmazada. Había barrios peores como el Maidana, al final de la calle, casi topando con el monte, un refugio de maleantes y contrabandistas. Por lo menos la gente del Itapé era honesta, todo el mundo trabajaba.

—¿Y la mujer qué hará todo el santo día ahí metida? —se preguntó Esther.

Rosa contó que prácticamente todas las mañanas ella veía como él se subía al auto y no volvía hasta la noche. Entraba con bolsas de supermercado y salía con las de basura. A ella solo la había visto un par de veces: una vez que se la cruzó en el minisúper de Fer-Kar y otra que hicieron tiempo juntas en la parada. Pero no la saludó: caminaba como un espectro. 

Hablar de los Kunzi las entretuvo horas.

Después de tres larguísimos meses, por fin pudo Rosa desplomarse de nuevo frente a la telenovela. Vlado había empezado a viajar por la provincia, unos contactos de la capital le ofrecieron levantar los pedidos de los aserraderos. Nada estable pero por lo menos ya no la merodeaba. La casa sin él le causaba un insondable placer. Bajó las persianas, y dejó que la cubriera una penumbra espesa.

Sintonizó el doce, el único que normalmente entraba. En los barrios del centro el cable ya había llegado, pero ahí no, probablemente en algunos años. Habían instalado una antena parabólica para recibir los canales provinciales; pero con las tormentas eléctricas a la casa le caían una maldición de rayos, así que la quitaron.

En la pantalla apareció una rubia —Diana, sí— huyendo sobre un caballo blanco. Luego, los comerciales. ¿De quién escapaba? Se esforzó por tejer de nuevo el hilo de aquella relación amorosa. Todo el romance con José David se le había escurrido: con la presencia de Vlado, el televisor dejaba de existir; para él las novelas eran chismografía barata. Así que las tenía que ver prácticamente a escondidas. No es que le dijera algo directamente, ni que se lo prohibiera, pero le hacía sentir su insoportable respiración nasal.

Volvió la mujer, el caballo y la huida, y se fue la imagen. Se oía el galope y la voz femenina sobre un llanto gris eléctrico. Rosa golpeó el televisor, y la imagen reapareció unos segundos para fugarse otra vez. Ajustó el cable y, malhumorada, lo empezó a seguir hasta el patio. Sospechaba un problema en la conexión, un doblez en algún lugar. Algún gato nocturno, algún pájaro enredado.

 Afuera sonaba el piano de los Kunzi. Rosa trajo una escalerita del depósito y trepó con torpeza por el muro. Saltó al techo, se arrastró en cuatro hasta la punta del cable y lo fue enderezando lo más que pudo. Al llegar a la cima se paró. Desde allí se distinguía la vera del río, la línea que dividía el horizonte. Más atrás, las montañas guaraníes. Y, más acá, el destartalado techo de los Kunzi, una bandeja bandeada y tembleque. Todo lo subían ahí arriba. Fierros, trapos viejos, sillas, muebles.

De pronto vio dos siluetas a contraluz. Dos niños. Los rayos les daban justo sobre las caras, y no se distinguían más que sombras. Rosa se cubrió los ojos para recuperar el foco y concentró la vista en aquellos seres flacos y altos. Hasta que logró verlos bien: gemelos idénticos; retrasados mentales.

El hallazgo la perturbó. ¿Por qué no los había descubierto antes? ¿No salían nunca? ¿Cómo habían entrado a la casa? ¿Por dónde?

Abajo los niños buscaban la luz. Estiraban los cuerpitos desnudos para que los bañara el sol. Cuando una nube los tapaba, berreaban. Pero la melodía del piano silenciaba sus gemidos. A cada rato, alzaban los brazos para atrapar esa bola de fuego. Y cuando por fin la nube se retiraba, saltaban felices.

Rosa se sentó sobre el zinc olvidando por completo la novela. Quería ver hasta el final aquel secreto que se abría frente a sus ojos como un arco iris. Cuando entró el atardecer, el piano dejó de sonar, y Anne Kunzi salió con dos toallas a cubrir a sus hijos. Los niños obedientes se metieron adentro.

Vlado comía como un autista. Leía con interés desproporcionado un viejo periódico. Cada tanto alzaba la vista, la traspasaba, y seguía leyendo. Rosa pensó en contarle, pero se contuvo: guardar el secreto le generaba más placer. Decidió no decirle nada ni a él ni a nadie.

Por fin ataba los cabos: un gerente de banco, un par de hijos tontos. Por eso la elección del barrio enlodado y pobre. Y no el Barrio Frank, dónde vivían los médicos y los forestales con sus casas de ladrillo a la vista y sus calles adoquinadas.

—¿Te pasa algo? —le preguntó Vlado asombrado de su silencio.

—No—dijo ella.

Al día siguiente Rosa volvió al techo. Esta vez con un tereré, un paquete de galletas, bronceador y lentes oscuros. En el pueblo sucedía tan poco, que los espectáculos podían ser cualquier cosa: un auto a toda velocidad por la avenida, un vecino paseando el perro, un atardecer.

Sobre la lata caliente, Rosa desplegó una lona gruesa y se sentó encima. Ansiaba ver de nuevo a los retrasados. Miró la hora. Las doce. Seguro todavía estarían almorzando. Se untó el bronceador y se recostó en el techo hasta que oyó el piano. Apenas se incorporó vio de nuevo a los niños bajo la luz. Habían abierto una manguera y la revoleaban dibujando espirales y víboras de agua. Se veían felices, inconscientes del encierro. Su universo era el sol. Jugaban... y hasta parecían normales.

El piano calló. Anne Kunzi salió al patio con una jarra de jugo. En ese momento uno de los niños levantó el brazo y señaló a Rosa.

Anne, visiblemente asustada, cubrió con rapidez a sus hijos y se los llevó para adentro. Rosa se quedó inmóvil, enrojecida.

Al día siguiente, no salieron. Tampoco el resto de la semana. El piano ya no volvió a sonar. Una noche, mientras Vlado dormía, Rosa daba vueltas en la cama, le faltaba el aire, fue a la cocina por un vaso de agua y se sentó frente a la ventana. Afuera solo la noche y el muro impenetrable.


Esther Rojas y Rosa tomaban mate en el zaguán de la vieja Zarza, cuando llegó el camión de las mudanzas. Desde allí vieron a Werner Kunzi y a los dos peones cargar los muebles y subir el piano.

—¿Para adónde irán? —preguntó Esther.

—No sé, pero menos mal que se largan. Seguro que a él lo fletaron del banco—dijo la vieja Zarza.

Rosa las escuchaba hablar viendo la caída del atardecer. En unas pocas horas ya no quedaría nada de aquella vida fugaz y silenciosa. Los niños se habrían evaporado del paisaje llevándose el sol de la tarde.


Carla Pravisani. Escritora, directora de arte y periodista, máster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona). Ha publicado Y el último apagó la luz (Perro Azul, 2004), Apocalipsis Intimo (Mención de Honor en el VI Premio Mesoamericano de Poesía “Luis Cardoza y Aragón”, 2010); el libro de semblanzas y foto documental El Museo del Apodo (Fatherland, 2012) y La piel no miente (Premio Nacional Aquileo Echeverría /Uruk, 2012).



Algunos de sus cuentos aparecieron en las antologías Pasajeros en Arcadia (Ed. Belgrano, 2000, Argentina), Poetas y Narradores del 2010 (Instituto de la Cultura Peruana, Miami), y 12 relatos centroamericanos (Editorial Catafixia).

Aquí puede descargar el texto completo en PDF: Carla Pravisani - Niños del Sol 

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