6/12/13

Carlos Molina - La Herrera




  
La Herrera  

Una oscuridad tremenda abrazó a la ciudad de Xillander’kull. Conforme el calor de la cueva se transformaba en un frío gélido, sus habitantes sabían que en la superficie estaba dando inicio la noche. Si se pudiese volar hasta el techo de la cueva se comprendería el alcance y la magnitud del embovedado, así como los matices de apagados colores que dominaban el ambiente interno de la metrópoli.

La única fuente de calor que quedaba era el río de aguas termales que recorría la ciudad como una telaraña, al comenzar a sentirse el frío que entumecía los músculos, numerosos guerreros salían a prisa de sus barracas montados en sus arañas y se formaban para iniciar la guardia de la ciudad durante las siguientes horas.

El frío se apoderaba con rapidez de la enorme gruta. Los trabajadores en las plantaciones de hongos, los pescadores en el lago termal y todos los que se encontraban en las estrechas callejuelas, los cortos parajes y las esquinas escucharon el llamado de los caracoles en las torres y apuraron su paso para regresar a sus hacinados hogares. Porque las noches eran frías y tenebrosas.

Las luces de la ciudad se iban apagando en sucesión, todo se tornó más oscuro y tenebroso. Con la sucesión de los gritos, gemidos y lamentos a lo largo de la metrópoli. Quien hubiese sido demasiado lento, torpe o valiente para quedarse fuera en la calle; sería víctima del enorme frío o de los horrores que lo esperaban en la noche. Porque las noches son el enemigo más peligroso de la vida en la Infraoscuridad.

Luego de escuchar el aviso la herrería cerró sus puertas. La herrera iba a encajar el pestillo, cuando una fuerza del exterior la desplazó hacia adentro. La extrañeza se apoderó de la mujer; una elfa oscura como la noche, delgada y frágil, que asomó la cabeza por la apertura, y con un gesto molesto preguntó:

—¿Qué quieren? Es hora de cerrar y esta no es una casa segura.
—Amable como siempre, Yasfryn.

Los dos varones mostraron sus respetos al posar frente a ella. Uno era un atractivo y vistoso ejemplar de la raza de los elfos oscuros, digno de cualquier miembro de las clases altas. Con una mirada sensual y abrumadora, sonrió de forma cortés a la mujer, la cual lo contempló con una seriedad gélida.

El otro sin embargo era su contraparte desde todo punto de vista. Aunque también era elfo oscuro como su compañero, sus ojos pálidos observaban de forma fría y melancólica a la herrera, su hedor corporal y su expresión seria alejaban a cualquiera de su lado sin pensarlo mucho.

—Estas no son horas de llegar, Zeknarle— Ella abrió levemente la puerta y con un gesto de sus manos les permitió ingresar a ambos al interior.

A pesar de que en el exterior parecía un tugurio, el interior de la tienda demostraba el buen gusto de su administradora, limpio y ordenado; las armas que se mostraban en los anaqueles resultaban de una excelente calidad a los ojos de los buenos observadores. Conforme contemplaba el interior, el atractivo elfo oscuro exclamó con cuidado —Nunca deja de asombrarme tu capacidad para trabajar el metal, Yasfryn. Cada día veo mejores armas, de mejor calidad y mejor hechura.

La herrera en los finales de su mediana edad, conservaba una expresión hermosa, pero desconfiada que atravesaba a cualquiera que estuviese frente a ella. Ella los ignoró, avanzó hacia uno de los estantes, extrajo una espada en una funda, la mostró frente a ambos y repuso de forma seca.

—Gracias. Aquí está tu encargo. Disfrútalo.

La hermosa criatura sonrío de forma discreta. El pomo del arma tenía una exquisita canasta que protegía la mano de su portador, la extrajo y encontró la delgada hoja exquisita y sin falla, con pequeñas tallas grabadas de forma minuciosa, el arma le brindó un gran orgullo que no ocultó, la blandió, la agitó un par de veces en el aire.

—¿Dime, por qué habría de pagarte, Yasfryn? Después de todo soy Zeknarle Hun’fin, el capitán de la guardia de la Torre Norte. ¡Deberías donar este trabajo!

La mujer no se inmutó, Zeknarle guardó la espada en la funda, extrajo su bolsa de oro y la lanzó a la mano de la herrera, que expresó una leve sonrisa al tenerla entre sus manos.

—Aquí falta dinero. Al menos doscientas piezas de oro.

Zeknarle sabía perfectamente que hacían falta las doscientas piezas de oro porque él mismo las había sustituido con pesos de plomo. Sin embargo, la habilidad de la herrera era tal que aún sin abrir la bolsa ella podía detectar que la trataba de engañar. Al voltearse, este pudo notar la hoja de un enorme espadón que lo esperaba de frente y a una impaciente herrera que mostraba su furia.

El compañero del elfo oscuro extrajo su propio espadón, ella sólo se percató de que se había movido cuando sintió la hoja tropezarse suavemente con su cuello, tragó grueso.

—Yo le daré las doscientas monedas de oro, señora. No es necesario que lo amenace.

La voz que salió del muchacho resultó gentil y educada, a diferencia de su aspecto expresaba, con su otro brazo buscó en su propia bolsa de dinero, sacó veinte piezas de platino, lo que devolvió la sonrisa al rostro de la herrera.

Ella guardó su arma y tomó el dinero.

—Ese es un hermoso espadón, muchacho. Demuestra el amor que tienes por el combate pesado y la victoria rápida. ¿Cuál es su nombre?
—Eorel.

Los visitantes se despidieron respetuosamente y partieron. En cuanto se quedó a solas, la herrera colocó el pestillo en su lugar para trancarla, volvió a la gaveta de metal, extrajo su contenido y lo colocó una bolsa que portaba en su cintura. Al finalizar notó una sombra desde la puerta del cuarto interior, que la hizo sonreír.

Una hermosa figura de mujer se mostró frente a ella. Increíblemente alta para ser una elfa oscura.

—¿Quiénes eran los visitantes, mamá?

Los ojos curiosos de su hija regresaron la sonrisa a la mujer, que respondió—: Bueno, uno es el capitán de una de las torres, algo más vistoso que peligroso. Pero el otro… si el nombre que me dio es verdadero, es un peligroso adversario. Ese muchacho sería el Maestro de Armas de la Familia del’Armgo…

—¿Y? 

Si los rumores son ciertos, él es el Guerrero Maldito, pensó para sí misma la herrera.

—Nada hija.
—Buenas noches, mamá.
—Buenas noches, hija.

La despedida conllevó un gentil beso entre las mujeres. Luego al tocar el rostro de su hija, ella desapareció de la habitación como si jamás hubiese existido. A continuación llevó a cabo varios gestos y dibujó varios signos en el aire, las armas desaparecieran y el negocio se transformó en un tugurio vacío tal como el que aparentaba en el exterior. Satisfecha, Yasfryn llevó a cabo los mismos gestos de mano y signos, se tocó a sí misma, desapareció de la habitación y concluyó su día de trabajo.

 Carlos Molina. Nace en San José, Costa Rica en 1974. Inicia su camino en el cómic con contribuciones regulares durante el boom de las revistas de comics de los años 90. Contribuye con diálogos y guiones en las revistas Camaleón, K-Oz, Neozaga y Plan 9. En el 2012 lleva a cabo la publicación de La Guerra del Borde Interno en formato digital a través de Amazon. Ha contribuido con el guión de Egregori de Francine Delgado, además de publicar regularmente en La Revista de Todos, un blog español de Eva María Maisanava Trobo; así como en Neoverso.com, un blog de variedades e información del ambiente de cómic, cultura japonesa contemporánea y videojuegos. Esta es la reedición del primer episodio de la Familia Helviana, su primera historia en este blog. 

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