30/10/14

Intento de prólogo en Fa menor - Laura Fuentes se refiere a "Apología de los parques"


 
Se tiende a defender aquellas causas que mucha gente considera perdidas, como la vida en Marte, el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos, y claro, el hipotético caso que nos ocupa, el transcurrir de la vida en los parques de un satélite aldeano con ganas de ciudad. Este sitio, semejante al casco central de San José de Costa Rica, es donde Germán Hernández localiza la acción de su novela, es un contexto urbano ceniciento, cuya peculiar belleza quizás se encuentra en las grietas espacio-temporales que permiten la evasión del recinto, o bien, la asimilación al engranaje que sostenido entre neón y monumentos olvidados, recoge el gastado andar de una especie urbana neo-tropical.

Es sobre personajes desposeídos de glamour, cuyas vidas parten de la búsqueda, la huida y la persecución, a veces superpuestas, otras veces contradictorias, porque el monopolio del autoengaño huele a homo sapiens, que el autor construye un relato convincente sobre las carencias cotidianas, la sobrevivencia del cuerpo y del espíritu, o tal vez, solamente sobre los afectos idos y anhelados.

Ya dentro de la trama, el narrador entra y sale de las subjetividades de transeúntes y personajes que pueblan la aldea urbana, como si fuera un realizador cinematográfico mostrándonos los planos de sus personajes, va cámara en mano, proyectando una suerte de travelling mental, donde privilegia el monólogo interno. Así, este narrador nos presenta desde travellings de seguimiento, que finalizan bruscamente con un elemento inesperado que cambia la acción, cuyo desenlace creemos ingenuamente adivinar, hasta travellings de presentación progresiva, donde el narrador va mostrando paulatinamente los detalles de aquello que contempla el personaje, desde un plano subjetivo.

La comparación cinematográfica no es fortuita, pues en esta novela de Germán Hernández se nota un detallado trabajo de observación e interpretación de la fauna urbana, mostrada como una intrincada red de tentáculos humanos que se succionan los unos a los otros hasta perecer o formar otro tentáculo aún más monstruoso. El resultado parece ser el humus donde crece el cementerio de palomas en que se convierte la ciudad capital.

Abundan los guiños fantásticos en “Apología de los Parques”; las palomas se transforman en una plaga de proyectiles asesinos, un montículo de hojas implorante es una mujer violada que sigue al protagonista hasta dispersarse en el viento o en el olvido, otra mujer se extrae el corazón y lo conserva en la nevera, Dios es una luz azul surgida de un proyector imaginario que acosa con su presencia a uno de los protagonistas, y asistimos a un espectáculo –curiosamente aún no ideado por los tecnócratas- que podría llamarse explotación sexual comercial de maniquíes piromaníacos.

Por otra parte, Raimundo, el protagonista principal, devuelve la vista a un ciego y hace que se regenere un muñón en la pierna de un lisiado, sus anti-milagros son fruto del azar y de la ignorancia de su “don” en un zoológico humano, que de forma general vive mejor con su carencia y es incapaz de desenvolverse desde la completitud, una metáfora cargada como una Beretta 9mm dispuesta a mutilar más de una conciencia. El más ilustre representante del ethos de la aldea urbana es el mismo Raimundo, cuya naturaleza está representada por la carencia, y desde ahí, por la aspiración a encontrar una amada imaginaria cuyos tacones sólo resuenan en su interior.

Laura Fuentes Belgrave
Es una fauna principalmente masculina la que el autor describe, las mujeres constituyen en el mejor de los casos, personajes secundarios cuya naturaleza tiende a ser objetivizada de la misma forma en que la mayoría de las tribus de nuestras sociedades modernas lo hacen, con una pizca de Barbie goes to work y con otra pizca de la presa atávica a cazar por la horda masculina.

El lema de esta tribu urbanita podría ser “sálvese de la vulgaridad” como lo expresa con sarcasmo lúcido el mismo narrador, quien finalmente nos lanza un sálvese de la fetidez de su propia vida, no la huela, no la palpe, sobre todo, no la ingiera. Continúe viviendo una vida plástica como la margarina, parece mantequilla, pero es sólo plástico alimentando el cúmulo de chicles que constituyen sus entrañas.

Pero no se ofenda, ponga un poquito de edulcorante en su bebida, y disfrute esta breve novela que relata el agridulce triunfo de impotentes y fracasados en un mundo que enmascara las más básicas pulsiones humanas.

Laura Fuentes Belgrave[1]
San José, Abril de 2014


[1] Laura Fuentes Belgrave. Escritora costarricense, es autora de los libros de relatos “Cementerio de cucarachas” y “Antierótica feroz”.


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