5/11/14

El Enigma de París - Pablo de Santis

Pablo De Santis nace en Buenos Aires, Argentina en 1963. Este escritor, periodista y guionista de historietas y más de diez novelas juveniles, es también el autor de El enigma de París, novela ganadora de la primera edición del premio Planeta-Casa de América en el 2007.
Sigmundo Salvatrio, el protagonista, nos narra los eventos ocurridos treinta y siete años antes, cuando todavía no era más que un aprendiz de detective y que comienzan un 15 de marzo de 1888, cuando, “a las diez de la mañana,” junto con otros 20 aspirantes llega hasta “la puerta del edificio de la calle De la Merced”, donde vive Renato Craig, “el famoso detective, el único de la ciudad”, quien con ellos funda su academia donde los jóvenes recibirán los conocimientos y las técnicas para ser “ayudantes de cualquier detective” y es que el gran detective Renato Craig miembro del Club de los Doce, curiosamente, nunca ha tenido un adlátere, ese acompañante, menos listo pero siempre fiel,  cronista de las proezas de su jefe[1]. ” Así comienza el sueño del joven  Sigmundo Salvatrio que desde niño leía y admiraba las aventuras de Los Doce Detectives (y sus ayudantes) a través de La Clave del Crimen, “un folletín quincenal que se vendía a 25 centavos”.
La academia de Renato Craig parecía tener como fin encontrar a su ayudante, pues tener uno era una de las reglas del club de Los Doce Detectives. Durante el adiestramiento, Craig tiene noticia de que Kalidán, un presunto mago hindú, mata para beber la sangre de sus víctimas, pero no ha sido detenido porque no se han hallado pruebas de sus crímenes. Craig ordena a sus discípulos que investiguen cada uno por su cuenta. Gabriel Alarcón, el aspirante más astuto, se infiltra como asistente de Kalidán. El joven, hijo de una rica familia, desparece sin dejar rastro, se viene a pique la reputación de Renato Craig, y sus alumnos lo abandonan. Sólo Sigmundo Salvatrio permanece al lado de su maestro quien días más tarde, convoca una conferencia de prensa y revela dónde está enterrado el cuerpo del joven Alarcón y prueba que Kalidán es el asesino y muestra una caja donde éste coleccionaba objetos de sus víctimas, luego de esto Craig se retira viejo y enfermo.
Poco después, Craig le encomienda a su ayudante que lo represente  ante el club de Los Doce Detectives, quienes sesionarán en la Exposición Universal de Paris y exhibirán algunas herramientas de trabajo y sus métodos al público. Craig le entrega su bastón multiusos para que sea parte de la exhibición y le indica que únicamente a  Viktor Arzaky, el detective polaco, le puede contar sobre “el método” con que resolvió su último caso.
Sigmundo parte de viaje, por fin conocerá en persona los miembros del Club, a   Magrelli, llamado el Ojo de Roma, el inglés Caleb Lawson, el alemán Tobías Hatter, el polaco Víctor Arzaky, el portugués Zagala, el holandés Castelevetia, el detective de Tokio Sakawa, el norteamericano Novarius, el español Fermín Rojos, el veterano Louis Darbon y Madorakis el detective de Atenas y también a sus singulares adláteres los cuales no tienen voz en las reuniones de los detectives ni pueden beber alcohol (los detectives sí pueden). Entre los ayudantes corre el rumor de que está prohibido que ellos asciendan a detectives. Sin embargo, existen cuatro cláusulas que lo permiten, entre ellas la cuarta,  destruida misteriosamente por el “recto” detective japonés, que estipula que un ayudante puede convertirse en detective, y miembro de Los Doce, si su jefe detective resulta ser un asesino. 
En su primera sesión, reunidos en la sala del hotel Necárt, cada uno de los detectives cuenta una historia de algún enigma que haya resuelto. Ciertamente este es uno de los pasajes más deliciosos de la novela, pues nos encontramos con el hermoso recurso del Decameron de contar historias dentro de otras historias. Ciertamente en sus relatos, los detectives privilegian al crimen de cuarto cerrado como “el non plus ultra de la investigación criminal”. Y en algún momento en sus clases de academia ya Renato Craig había afirmado: “Un asesinato siempre es un caso de ‘cuarto cerrado’. Ese cuarto cerrado es la mente del criminal.”
Pablo de Santis
Pero una noticia altera la velada y todas las actividades del grupo en adelante: Luis Darbon, que disputaba con Arzaky el título de “El detective de París” ha sido asesinado. El polaco Arzaky se propone tomar el caso y asigna como asistente a Salvatorio. Da lugar entonces una intensa investigación, llena de sorpresas, exéntricos personajes, mujeres enigmáticas, de pasiones y recelos entre detectives infalibles y vanidosos, toda una galería de extravagancias y misterios en París, hasta que llegamos en caída libre al más obvio de los finales, o al menos eso parece hasta que el joven Salvatrio, logra revelar el doble fondo de esta caja de pandora que guarda el último enigma.
En El enigma de París, convergen la vena por la literatura juvenil y folletinesca del autor, y su prosa bellamente ejecutada en un relato metaliterario y fascinante, cuya referencia no es la realidad, sino el mundo de la novela policiaca de la primera escuela, la del relato enigma, la de los maestros Poe, Conan Doyle y Wilkie Collins, para decirlo de otra forma, una novela de novelas, montada sobre el pastiche, la parodia, el arquetipo y los clises del género policiaco. El resultado es una obra de arte, una ejecución magistral y (¿por qué no?) un cierre y homenaje digno para nuestros primeros héroes de la novela negra[2].

Germán Hernández




[1] Poe crea el prototipo, pero Conan Doyle lo consagra en la figura de Watson.


[2] Particularmente y en especial a C. Auguste Dupin, y desde luego a todos los genios del raciocinio y la deducción previos y posteriores: Marlowe, Spade, Porot, Holmes, Dupin, Philo Vance, Peter Winsey, Nero Wolfe, el Dr. Thorndyke, etc.

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