17/2/17

Diego Van Der Laat – Veintidós



Para reseñar el trabajo de Diego Van Der Laat, pareciera que no queda más que escribir como él lo hace, desde sí mismo, como conversado con un amigo de la infancia que se reconocerá de inmediato en sus narraciones. Pero eso me pone a prueba a mí mismo, porque Diego Van Der Laat y yo no somos amigos en el sentido convencional de la palabra y sospecho que nunca hemos coincidido en el mismo lugar y a la misma hora, y si así ha sido, seguramente ninguno se dio cuenta.

Pese a ello, no sé por qué, siento que somos amigos, incluso y esto no tiene ninguna importancia para nadie, él y yo tenemos unas cervezas pendientes, eso lo sabemos él y yo, y seguro que ese lugar y tiempo llegará como suelen llegar todas las cosas.

Así que voy a referirme al libro de un amigo que no conozco, “Veintidós”, que de muchas maneras me recuerda  esas misceláneas de Cortázar como “Último round”, “La vuelta al día en ochenta mundos” o “Los autonautas en la cosmopista” pero no por la azarosa organización y composición de los textos (lástima, Van Der Laat ordenó muy bien los suyos, cómo me hubiera gustado algo más de aleatoriedad) Pero digo que me recuerda al cronopio mayor por esa voluntad lúdica y la insana picardía de saberse la más de las veces buen protagonista de sus propios relatos.

Entonces lo que tenemos en “Veintidós” es un rejuntado (por favor, esto no tiene ninguna connotación negativa) de textos, el mismo autor nos lo advierte al inicio, pues recicla en este un pequeño volumen anterior “11 textos temporales”, otros de sus colaboraciones en la Revista Dominical de la Nación, o de su sitio web www.sanjosereves.com, etc. La cuestión es que en sus propias palabras “publicar este libro deja mi bandeja limpia, vacía” es decir, que no se guardó nada, que este desprendimiento podría indicar un cierre y una apertura hacia proyectos totalmente nuevos, quizá.  

Y cuando me refiero a misceláneas, es precisamente a textos como “La plasticina café” donde la memoria antes homogénea ya no lo es, sino un amasijo, una sustancia imposible de separar en partes. En este texto por cierto, Van Deer Laat nos hace un guiño para recordarnos que plasticina es una marca, y que salvo en tiquicia el mundo la conoce por su verdadero nombre: plastilina, de la misma manera que llamamos “cinta scotch” a la cinta adhesiva, “zipper” a la cremallera o “pilot” a los marcadores. Además, en este primer texto del libro, nos queda claro que como en todos los siguientes, el libro se escribe desde un punto de vista, el de Diego Van Der Laat, sus coordenadas están ahí, para quien coincida con ellas.

“Ahora es tarde en la noche de un día muy largo, en el cuarto de al lado estoy yo, tengo treinta y cinco años; y estoy tratando de separar la plasticina pero ya no puedo hacerlo”

Este hubiera sido un cierre maravilloso para ese texto.

Por esa voluntad aglutinadora del autor, y vaciamiento, nos parece que los resultados son irregulares, a veces nos emociona y nos hace saltar de la silla, y otras nos desilusiona, sentimos que se reitera en su fórmula de composición, por ejemplo: “De por qué creo en el ratón de los dientes” y “La rama que flota”. En ambos, el autor repite la fórmula: Apertura, una situación cotidiana como ir al dentista o un día de paseo en la playa; Situación disparatada, súbitamente un acontecimiento rompe la tranquilidad, el paciente se traga una muela, unas bañistas comienzan a ahogarse; Cierre, donde la situación se resuelve en una especie de glosa del autor que se redondea con el título de la narración, el ratón de los dientes sí existe pues le dejó dinero en el excusado después de cagar la muela, o cuando tenga que jugarse la vida, sabe que lo hará.

El desarrollo de las situaciones disparatadas solo parece ser escenografía, el narrador en primera persona siempre agudo, siempre ingenioso, nos cuenta un “algo en medio” solo para llegar a un final que parece previsto de antemano. No pasa lo mismo con otro texto que sigue la misma estructura, me refiero a “Asfixia” donde sí sentimos que se logra plenamente la circularidad pretendida por el autor. No así en “El niño Gusano” donde otra vez el final se siente forzado a encajar, mediante la añoranza, desde el juego infantil en el patio hasta una final de la Champions (el aparato nemotécnico del autor no necesariamente funciona igual para todos).

Diego Van Der Laat - Fotografía de Esteban Chinchilla.
Hay otros textos, donde ese desarrollo de la situación disparatada es más nuclear y sustantivo, en este sentido cabría destacar los textos trillizos (porque están escritos de la misma forma); me refiero a las crónicas de viaje, el primero “El retrato de John Anthony Gillis”, “Nahual” y “En un jeep al hotel”, en ellos la picardía del autor y hasta una pequeña muestra de cinismo se sienten más frescos. Pero hay que destacar “En un jeep al hotel” porque en este su infaltable M deja de ser una referencia nada más y la sentimos como un personaje verdadero. Y bueno, ahí es cuando Van Der Laat realmente nos gusta, cuando sus personajes cobran vida, cuando M y A las sentimos verdaderas como en el cruel pero bellamente ejecutado “El gran quetzal de la tele” o en “El fin de la infancia” y, “La memoria de los Peces”, que cierra la colección acertadamente y abre una brecha de interrogantes, de preguntas por mejorar, y que como niños nunca hemos respondido ¿Por qué murió Happy? ¿Por qué acaban las películas y los libros que nos gustan? ¿Por qué morís vos?

Hay otros brevísimos, no cuentos exactamente, más bien viñetas, pequeñas escenografías con un tono más cercano al divertimento, prosa ligera como “Simón de Cirene”, “Pequeño Larousse”, “Alfileres”, “Dos de otra época”, “Sitifis Colonia”; aunque también hay gazapos, como “Las dos esferas” y “Peligrosísimo Pájaro”.

Van Der Laat es espontáneo, parece que todo lo que escribe le sale de un tirón, no se excede, pero no desaprovecha tampoco para dejar entre líneas sus destellos de ingenio. Sabe encuadrar, crear atmósfera, pese a sus tramas mínimas, “Muñecona” es un buen ejemplo de caracterización y construcción de un tipo, de una singularidad, pero sin exceder los límites de la viñeta. Lo mismo pasa con “Glory Days”, donde es inevitable para mí como lector solidarizarme con el toro, extraña vendetta, donde el narrador que pudo ser en primera persona prefirió la tercera persona singular, ¿tal vez porque el autor no pudo penetrar en otra subjetividad sin dejar de ser él mismo? Podría considerarse esto último como una fortaleza en algunos casos y una debilidad también y hasta en una tendencia de la mayor parte de nuestros narradores, la unitonalidad, su casi obsesivo control, sin importar si es en primera o tercera persona singular, inclusive cuando usa la primera persona en plural, mientras no tenga que desdoblarse en la subjetividad del otro siempre reconocemos al mismo hablante, el mismo punto de vista, la misma voz. Insisto, es virtud, a partir de ahí se construyen los rasgos que identifican, que vuelven inequívoco un texto y nos hace exclamar: “Esto lo escribió Van Der Laat”, pero también limitación, que puede acabar en tedio.


Germán Hernández


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