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28/2/18

Punto y Coma - Rodrigo Soto y Germán Hernández

Recién me di cuenta que ya se había posteado en Youtube el programa Punto y coma dedicado a Rodrigo Soto y su novela "Aquí las noches se hacen largas" y a mi cuentario "La colina de los niños". Lo comparto por aquí, me ha traído gratos recuerdos.


2/2/18

Rodrigo Soto – Aquí las noches se hacen largas



Recuerdo cuando estuve internado en el hospital San Juan de Dios, tenía 18 años. Vi a la Pelona pasar de cerca burlándose de mi fragilidad cuando una peritonitis casi me lleva con ella. De verdad que las noches son largas en los salones de un hospital, el tiempo se hace tristemente infinito, lo interrumpe apenas algún gemido vecino, doloroso y agonizante. Si al menos hubiera tenido algo que platicar con alguien en esas horas miserables. Esta breve novela de Rodrigo Soto hubiera sido buena compañera para esas horas.

En este coloquio entre cuatro sujetos tan distintos y comprometidos por el azar, sin saberlo encuentran su instante de redención, se cuentan y nos cuentan. Qué gran habilidad tiene Soto para manejar el dialogo, es su mayor fortaleza como narrador (la tensión y delicadeza del apartado 4 de la segunda noche es sencillamente estremecedora).

Confieso que tuve que contactar al autor para preguntarle si esta breve novela no era más bien una obra para teatro, me dijo que había nacido como novela, que se adaptó a teatro y que ahora volvió otra vez como novela en en la renovada colección Nueva y vieja narrativa de la EUNED. Aunque para mí su esencia, intuyo, está para ser representada en las tablas.
Rodrigo Soto

Curioso que el editor no advirtiera en esta edición la necesidad de haber actualizado o bien omitido el irrelevante detalle sobre el trabajo de la madre de Diego, (uno de los protagonistas) pues decir que trabaja en una compañía de radiolocalizadores, hace el anacronismo inevitable, mereció al menos una nota al pie de página en consideración a la generación que nos precede.

La lectura atenta de esta novela, creo yo, seguro que le hará la noche entretenida, emotiva y corta.


Germán Hernández


23/10/17

En la oscurana – Rodrigo Soto



Impresa y editada por Ediciones Lanzallamas en el 2012. En la oscurana de Rodrigo Soto supone la sexta novela del autor hasta ese momento y una interesante y parcial incursión en el género negro, o como prefiero llamarlo: en la ficción criminal. Digo parcial, pues se trata de una novela de autor que recurre a las formas y recursos del género; esto no es nuevo, y en el caso de la narrativa costarricense autores como Guillermo Fernández, Warren Ulloa, Jorge Méndez Limbrick, Daniel Quirós entre otros, han recurrido a la ficción criminal como andamiaje para obras que, reitero: son en última instancia obras de autor y no de género. Todavía no se ha escrito novela negra en Costa Rica.

Se impone en esta novela el peso y la voz de un veterano narrador, su estilo naturalista para los detalles y entornos de sus personajes casi hiperrealista queda patente en el caso de la protagonista Sylvia Morán, de ella lo sabremos todo hasta sus últimos detalles, desde lo que hace al levantarse en la mañana hasta acostarse en la noche, incluso lo que sueña (el ya relamido recurso onírico), su ropa interior, sus recuerdos, su presente y su pasado, sus gustos, su visión de mundo y estilo de vida pequeño burgués, no, no estamos leyendo una novela policiaca, estamos leyendo la novela sobre Sylvia Morán.

Se imponen también en esta novela la crítica social y la poco novedosa sanción de la “excepcionalidad costarricense” al derribar los íconos de una Costa Rica idealizada:

“De unos años para acá Sylvia vive con una sensación permanente de vértigo y fragilidad. Tras el asesinato a manos de sicarios de varios colegas y el destape de fabulosos escándalos de corrupción que involucraron a los caciques de los viejos partidos políticos, era imposible sostener el cuento de la Suiza centroamericana, el país de la eterna primavera y la paz perpetua. Era como si poco a poco salieran de un espejismo, rompieran la ilusión compartida, placentera y adormecedora en la que habían vivido.” (págs. 42-43)

Esa intención desmitificadora viene siendo una constante en nuestra narrativa, pero lo es igual en todas las narrativas de cualquier país. Por eso también la protagonista confronta el modelo desarrollo económico basado en los servicios turísticos:

“Lo que no muestran los anuarios, protesta Sylvia perspicaz, en silencioso diálogo con Tomás López y con Daniel Forester, es que las provincias con mayor inversión y desarrollo turístico continúan siendo las más relegadas y pobres del país. El espejismo se concentra en la franja costera que en algo más de dos décadas pasó casi por completo a manos de extranjeros. Ellos son ya los dueños de todo. Los ricos y poderosos del país compraron a los propietarios locales a precios de ocasión y luego revendieron a los extranjeros por sumas millonarias. Era público que algunos políticos involucrados en los escándalos de corrupción participaron del festín, pero eso no era delito. Sylvia había conocido a campesinos y pequeños propietarios que, en su desesperación, intentaban lanzarse a la corriente: vendían parte de sus fincas para emprender pequeños desarrollos turísticos, pero lo hacían sin criterio ni asesoría y fracasaban casi siempre. A nadie en el Ministerio de Turismo se la había ocurrido ayudar a esa gente, todos sus empeños se concentraban en atraer inversiones extranjeras. Se renunció por anticipado al desarrollo de base local. Era la miopía absoluta, peor aún, una traición. Era evidente que la clase política no imagina otro horizonte para los campesinos y la gente del campo que convertirlos en jardineros, botones y mucamas.” (págs. 213-214).

Pese a todo, para la protagonista sigue existiendo la ventaja de entrar y salir cuando quiera de la Costa Rica mítica en donde vive, o de la otra Costa Rica que descubre con horror.

Hay dos momentos interesantes que ayudan a contrastar, como si esos políticos corruptos e inversionistas supieran aprovechar el embrutecimiento de la población, uno es al comienzo de la novela con las festividades de independencia (aquí el autor se da la licencia de poner el desfile de faroles el 15 de setiembre y no el 14 como es usual) y el otro hacia el cierre, con la clasificación de la selección nacional de futbol a un mundial.

Pero esta novela tampoco es sobre el desarrollo turístico o la corrupción de los políticos, es sobre Sylvia Morán y su vida íntima y cotidiana quien de paso investiga el extraño caso de un grupo cesionista en Guanacaste que deviene en grupo terrorista auspiciado no por el anhelo de independencia del pueblo guanacasteco sino por… (claro que no lo voy a decir) dicha investigación debe ser interrumpida para indagar sobre el sector turístico, y el impacto que el desafortunado crimen de una turista holandesa a manos de unos muchachos tiene en esta actividad. Todo esto llevará a la protagonista a tejer una maraña de suposiciones que implicarán al papá de su jefe, a su jefe, al nieto del papá del jefe, terroristas pedófilos y más, y digo suposiciones pues no tenemos más remedio que confiar en lo que Sylvia Morán cree saber, dado que nunca en la novela nos consta nada de ello. La trama criminal se debilita, Sylvia parece tropezar siempre con las pistas y los sospechosos como si Costa Rica fuera tan pequeña como una habitación, lo cual es muy conveniente para el desarrollo de la trama aunque sea poco veraz, especialmente la entrevista entre Sylvia y una psicóloga que atendió a Miguel (uno de los sospechosos del homicidio de la holandesa), esta antes de comenzar le advierte a Sylvia que “hay cosas que no podré decirle por razones de ética profesional” (pág. 93) y luego le chorrea que el sospechoso fue prostituido durante su infancia por su propia madre; si le contó eso, quién sabe qué será lo que la ética le habrá impedido contar.

Rodrigo Soto

Con todo, hay dos momentos en la novela que me parecen destacables por su intensidad y escarnio de los personajes, uno de ellos es la primera entrevista entre Sylvia y Miguel (sospechoso del homicidio de la holandesa) el otro es cuando tachan el carro de Sylvia en Cañas. Pero en general es una novela que por no ajustarse al corsé formal que exige el género de la ficción criminal y por esmerarse en el examen exhaustivo de la personalidad y cotidianidad de la protagonista lo primero queda fuera de foco. Eso, una novela desenfocada.


Germán Hernández.


31/10/15

Rodrigo Soto se refiere a "La colina de los niños"



Bajo el acecho de lo inesperado

“Hay otros mundos pero están en éste”, sentenciaba el poeta Paul Eluard. De eso, precisamente, tratan los cuentos de este, el segundo libro de cuentos del narrador costarricense Germán Hernández (San José, 1974). Por la ocurrencia de lo inesperado, la vida ordinaria nos devuelve su carácter misterioso y profundo. Una de las muchas formas legítimas de entender la poesía, es precisamente esa: la revelación de lo insondable que acecha en lo cotidiano y más humilde.

En estos cuentos, personajes perfectamente reconocibles de nuestro entorno social se confrontan con lo inesperado  y, de ese modo, se transportan –y a los lectores con ellos–, a una dimensión de la existencia que, por su intensidad, solo podemos llamar “poética”.  Pero, atención: lo inesperado, en estos cuentos, no tiene relación con lo fantástico, es decir, con otra dimensión que trastoque o subvierta lo que habitualmente consideramos “real”. Lo inesperado ocurre por lo fortuito, aunque también puede incorporar lo onírico. ¿Acaso alguien negará que soñamos, o que los sueños hacen parte de nuestra existencia?

Rodrigo Soto
Es cierto que, como en la mayoría de los libros de relatos, los que aquí reúne el autor tienen características diversas y difícilmente pueden valorarse de la misma forma. Los mejores –los que ponen el listón más alto—son precisamente los que reúnen las características que venimos de reseñar. Otros resultan más bien estudios de personajes, retratos en donde predomina el análisis sociológico (o social), mientras que en algunos más asoma la ironía o la deformación caricaturesca, pero en cualquier caso, prevalece un deslumbrado asombro por la condición humana y sus rarezas. Por último, en otros relatos se impone el afán lúdico, a veces por la apropiación irreverente de referencias, personajes o hechos de la tradición literaria.

Pero en todos los cuentos del volumen se advierte un esmerado cuidado de lo formal, tanto en el dibujo de los personajes, como en el manejo de las estructuras narrativas y, sobre todo, en el trabajo de las palabras, el ritmo y el fraseo. Otro rasgo común a todos los relatos es la deliberada omisión de los nombres  propios de los personajes. Este “anonimato”, sin embargo, dista de restarle singuaridad y precisión al dibujo de los personajes, al que ya hicimos referencia.

Germán Hernández confirma con este volumen que hace parte del nutrido contingente de voces  que, desde hace algunos años, renueva y enriquece la literatura centroamericana de inicios del siglo XXI.

Rodrigo Soto.





  

18/7/11

Rodrigo Soto - Rosanía y los gónsolos



Rosanía y los gónsolos
  
¿Cuándo inició el acoso de los gónsolos? Rosanía se lo pregunta siempre, se lo ha preguntado infinidad de veces, pero a ciencia cierta no puede responder. Pudo ser ayer, puede que fuera  hace veinte años, puede que no ocurra jamás, aunque esto último es improbable que suceda. Pues aunque los gónsolos, en sentido estricto, nunca la hayan atacado, su acoso es real y antiguo como la muerte, y como la muerte misma, podría decirse que la anteceden. La anteceden, sí, los malditos gónsolos, pues cuando piensa en ella, cuando se dice a secas: “Soy Rosanía, la de la llanura”, o “Soy la flaca Rosanía”, o “Soy Rosanía, la de las muchas pecas en la cara y en la espalda”, o “Soy Rosanía y no sé quién soy, o qué, pero aquí estoy para servirle a usted y a su familia”... En fin, cuando dice estas cosas, o las piensa, o las siente, Rosanía evoca siempre a los gónsolos, como si esos bichos viscosos, repugnantes y escurridizos estuvieran ligados a ella, como si  habitaran sus tripas o cavernas, o como si fueran su lado más oscuro y le pertenecieran.

¿Quiénes son los gónsolos? Rosanía lo ignora tanto como ignora quién es ella (salvo –claro–, que se limitara a decir: “Soy Rosanía, la que detesta (¿y teme?) a los gónsolos.” “¿Y quiénes son los gónsolos?”, preguntaría uno entonces, razonablemente. Y ella no podría más que responder: “Aquellos a quienes detesto (¿y temo?)”. Pero hacer esto sería una trampa, y aunque Rosanía no sepa de filosofía, se daría perfecta cuenta de ello, y por eso se limita a admitir que ignora quiénes son.

Asunto muy diferente es dilucidar si Rosanía teme a los gónsolos. ¿Les teme? Sí. ¿Les teme? No. Los detesta y los odia y les teme, es verdad. Pero, al mismo tiempo, admite que temería incluso más su inexistencia. ¿Quién llenaría el vacío de los gónsolos, de no existir ellos? Sin duda seres aún peores –más horribles, más amenazantes y vulgares–: entidades malignas que ni siquiera osa imaginar.

Con los gónsolos es distinto... A fuerza de convivir con ellos ha terminado por conocerlos: babas viscosas, lenguas funestas que llamean desde lo hondo. Los conoce. Los detesta. Les teme, sí, claro que les teme. Pero más temería su inexistencia, pues ese vacío, ese espacio de precipicio, sería habitado por otras entidades, sin duda más amenazantes y malignas.

Menudo dilema el de Rosanía: dilucidar quién es ella y quiénes son los gónsolos. Peor aún: entrever –con horror–  que ella y los gónsolos son una y la misma cosa, o al menos que ninguno podría existir sin el otro. “¿Quién soy yo? ¿El reverso de un gónsolo?”, medita Rosanía a veces, en sus horas extremas, cuando la desolación la abate. Y desde su interior, un gónsolo sombrío responde: “No: yo soy un eco de Rosanía, su reverso insomne...”

Los dos tienen razón. Ninguno la tiene. Pues Rosanía es algo más que el reverso de un gónsolo, y estos, a su vez, son algo más que meros ecos de ella. Pero la diferencia es sutil, y en las horas de insomnio o desánimo, a cualquiera se le escapan los detalles. Peor aún,   abominamos de ellos: uno quisiera aferrarse a lo obvio, a lo simple, lo brutal –mejor si cruel y despiadado–, como si con ello quisiera castigar ¿a quién?, redimirse ¿de qué?

En las horas malas la sutileza se vuelve enemiga, le escupimos a la cara con sarcasmo: “¡maldita puta vieja, no vengás a confundirme ahora, dejame hartar mi mierda en paz, hundirme en esta desolación que solo es mía!”

Peor para nosotros, pues la naturaleza –o como prefieren llamarla otros: la realidad– es sutil, nos guste o no...

¿Puede pensarse en algo más delicado que el plumaje de un colibrí o las tonalidades de un atardecer? Ahí vemos que no existen cortes brutales, sino más bien traslapes, superposiciones, sutiles deslizamientos donde de manera casi imperceptible algo se convierte en lo otro...

Lo mismo ocurre con Rosanía y los gónsolos: sus territorios se confunden y se superponen, aunque los separe un abismo. Pues ese precipicio lo crearon ellos y les pertenece en su totalidad.

Y así pasa su vida: escabulléndose de los gónsolos, buscándose en ellos, como si Rosanía supiera –y lo sabe–  que sus destinos están unidos, aunque no sepa bien desde cuándo ni cómo ni por qué motivo.



RODRIGO SOTO (San José, 1962). Escritor, guionista y productor audiovisual. Estudió filosofía en la Universidad de Costa Rica, y escritura de guiones cinematográficos en Cuba y Madrid. En 1983 publicó su primer libro de cuentos, "Mitomanías", con el que obtuvo el Premio Nacional de Cuento "Aquileo J. Echeverría". En este mismo género publicó después "Dicen que los monos éramos felices" (1996) -finalista en el Premio Literario "Casa de las Americas" 1992-, y "Floraciones y Desfloraciones" (2006), también ganador del Premio "Aquileo Echeverría" de ese año. La Editorial Costa Rica publicó en 2007 una selección de su obra cuentística, bajo el título de "Volar como Ángel".

Su obra narrativa incluye también las novelas "La Estrategia de la Araña" (1985),  "Mundicia" (1992) y "El Nudo" (2004) y las novelas cortas "La Torre Abolida" (1994) y "Figuras en el Espejo" (2001) y “Las sombras de Lisandro” (2011). En España, la Editorial Periférica publicó sus novelas cortas "Gina" (2005), y "El Nudo" (2011). 

En poesía publicó tres libros: "La Muerte lleva anteojos", en 1992,  "Damocles y otros poemas", en 2003 y “El laberinto encendido” (2010).

Publicó también un libro de ensayos bajo el título de “Pingüinos, camellos y ornitorrincos” (2010) y un libro de gráfica y literatura, a cuatro manos con el pintor y grafista costarricense Félix Arburola.

Ha sido incluido en numerosas antologías de cuento, tanto en Costa Rica como en el extranjero, entre las que destacan la célebre "McOndo" (Mondadori) y "Líneas Aéreas" (Lengua de Trapo).

Descargue la Versión Impresa: Rodrigo Soto - Rosanía y los gónsolos
 

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28/6/11

Gina - Rodrigo Soto


Publicada por primera vez en España por la Editorial Periférica, Cáceres, España, 2006 y ese mismo año en Costa Rica por Ediciones Perro Azul, se vuelve a imprimir este año 2011 por Uruk Editores, la breve novela de Rodrigo Soto: Gina.

Rodrigo Soto es uno de los narradores más conocidos de la llamada generación perdida, quien ha recorrido con soltura por los géneros de la poesía, el ensayo, el cuento y la novela. Gina nos parece una síntesis y un puente entre estos últimos dos géneros. Pero no vamos entrar en la discusión bizantina de si es o no novela, o un cuento largo, bla, bla, bla… aceptemos preliminarmente que son dos afluentes que se juntan.

La prosa de Rodrigo Soto es sencilla y eficaz, con pocos recursos sabe elaborar el sustrato para el desarrollo de sus obras, no distrae al lector o lectora con retóricas descripciones, y en donde diálogo interior en sus personajes es sutil, apenas suficiente para interpelar al lector en su propia experiencia.

Gina posee esas características, no es un cuento ni un relato, pues su composición se extiende ameboide y abarca más de lo que el énfasis del cuento quiere. Como novela no se pretende totalizadora, y recorre desde la subjetividad de su protagonista los senderos que todos hemos recorrido: el dilema y el cuestionamiento de todo sujeto por tratar de encontrar sentido al devenir de la existencia, la búsqueda de transformar su circunstancia dotándole de sentido, por eso Gina no es una extraña para el lector, igual que éste, en un momento de su vida traza una línea en el suelo que marca su antes y después de una unión, el reponer los sueños abandonados cargando con los determinantes y mandatos de la vida, evocar los momentos cruciales, la iniciación sexual, la irremediable pérdida de las utopías.

Pequeños cuadros, algunos anecdóticos, otros simplemente evocando los momentos parte aguas en la vida; así va hilvanando Soto una novela que se deja leer sin fatiga, basta un buen sillón y una tarde tranquila para leer Gina.

Pero después de la lectura, si queda resonando en el lector ó lectora juiciosos los hilos sueltos y los clisés de la vida, entonces compartirá con Gina un poco de su terquedad y su amargura, un poco de su vitalidad y voluntad por restituir de sentido las cosas; también, se podrá observar que como mujer, Gina, más que luchar contra los mandatos sociales, aprende a sobrevivir con ellos, y en ese sentido, también extrae pequeñas victorias que casi no hay tiempo para celebrar.

En fin, Gina es una novela que habla de gente común, que vive las mismas cosas comunes que vivimos, pero esos mismos hechos tienen un significado único para cada uno, y por ello es fácil hallar en ella su dignidad y la propia.

Quisiera destacar el tercer capítulo de la novela, un texto que logra en pocas líneas describir el recomenzar de una nueva vida para Gina, un año en la vida de Gina, las casas vacías que van quedando atrás, Gina y su mundo a cuestas, en su pequeña cápsula verde: El Marciano.

Germán Hernández