10/6/11

David Díaz Arias - Carrera Presidencial



Carrera presidencial


 - Sí señora, recuerdo bien ese día en que Joaquín se transformó y visualizó lo que pasará mañana. Y no es cuento eso que le ha dicho al respecto; efectivamente él, al perder por un momento la cabeza, vio el futuro. ¡Qué si lo recuerdo doña María! Mire, yo puedo contarle lo que sucedió con Joaquín y su transformación y lo voy a hacer para que se dé cuenta que él no exagera cuando, al preguntarle, le dice que esa vez al quedarse sin cabeza encontró el camino. Y ya que usted ha insistido en que le narre, y ya que su esposo no llega todavía y que el café está muy caliente y siempre he sido lengua de gato, déjeme acomodarme un momento y le cuento.

- ¡Ay las corbatas! Sabe señora que nunca me he acostumbrado a estos nudos en la garganta.

- Teníamos como veinte años entonces. Joaquín se creía un revolucionario y había gastado ya dos años de su carrera en “la U” pegando propaganda y vendiendo un pasquín de un ultra desconocido partido obrero universitario. ¡Había que ver a Joaquín dando discursos en las peñas que organizaban sus camaradas en la 24 de abril! Yo intuí allí la capacidad política de su esposo. Y ni qué decir de su colección de música de aquel tiempo; sus discos reunían, junto a los grandes del rock, a ese montón de trovadores comunistas del sur y el Caribe. Aunque no todo eso fue pérdida, usted lo sabe bien. En esta campaña que culmina mañana, Joaquín ha sabido explotar ese lenguaje de antaño para mostrar su cara de progre entre los grupos críticos y hasta ha usado su antigua militancia como una prueba de que su pensamiento no puede encasillarse a la derecha y que más bien representa el mismo ideal de los fundadores de esta república y será la solución que salvará al país del abismo en que lo dejaron los políticos más corruptos de nuestro país.

- Ese día empezamos a tomar cerveza desde las once de la mañana. Era sábado y todavía no terminábamos de hacer una pared de la casa de Manuel Rojas, pero el calor que hacía ameritó dedicarse a la bebida y dejar la faena para cuando volvieran las fuerzas; quizás el lunes o el martes. Usted probablemente habrá conocido esa casa de don Manuel cuando visitó a su suegra alguna vez. Ahí está todavía, en la esquina de la entrada al viejo barrio y es lo suficientemente grande y pintoresca como para no notarla; la encontré hace unos meses cuando visitamos el lugar durante la campaña. Ya debe tener unos setenta años de construida, aunque toda la vida le han hecho remiendos, como esa pared de entonces. En ese tiempo, durante el verano nosotros solíamos trabajar con Brocha en construcción, para hacer un dinero extra para ir a la U cuando acababan las vacaciones y para invitar a las muchachas los fines de semana. Y el trabajo en la construcción con Brocha era bien duro, pero ¡pucha, pagaba bien! Y nos ha pagado todavía mejor en esta campaña porque resultó verdaderamente un acierto presentar ese pasado de Joaquín y hablar de él como un obrero que sabe del trabajo duro y que proviene del pueblo. ¿Recuerda cómo nos ganó adeptos esa imagen después del debate nacional en televisión en que Joaquín enseñó las manos y dijo que eran las de un trabajador? ¿Recuerda cómo dejó boquiabierto al contrincante con ese gesto? Lo dicho entonces fue dinamita electoral: “con Joaquín tendremos un presidente trabajador como nosotros”. Desde ese momento, se pronostica que el abstencionismo bajará muchísimo en las elecciones de mañana.

- A eso de la una, cuando oficialmente terminábamos la jornada del sábado, ya estábamos picados. Salimos de la construcción y nos encaminamos hacia la casa de Joaquín en la Calle Los Gamboa y quiso la suerte que nos topáramos a Marcial Rodríguez en las mismas que nosotros. Marcial estaba con Ramoncillo Jiménez en la entrada del portón de su casa con su famosa grabadora; no sé si usted alguna vez oyó de ella. Era un instrumento como del tamaño de una cocina y con unos parlantes que hacían retumbar las ventanas de todo el vecindario. Marcial la había comprado en la frontera y siempre fue su orgullo, además de las orquídeas que tenía en el patio de su casa. Ponerla a sonar a todo volumen era su pasatiempo de fin de semana. Ese huevón de Marcial nos contagió con las ganas de seguir la fiesta allí mientras oíamos un casete de los Creedence que le había copiado Popeye esa misma mañana. ¡Qué bueno que era ese casete! Lástima que Marcial lo perdiera en un viaje en bicicleta que se pegó con Martín Vargas a Acosta y que terminó en una gran borrachera, en un ojo morado y en una visita de la mamá de Martín a la de Marcial para recalcarle que su santo hijo iba a ser cura y que por eso le prohibía toda junta con Marcial. Un día de estos me acordé de esa música y bajé el álbum de Internet y estuve todo el día interpretando encuestas con Fogerty. Pero, no sé, esas cintas de casete tenían algo especial. O seguramente era el ambiente que creaban. Ahora uno escucha música solo en el carro, en el apartamento o en la oficina, pero siempre solo. Antes éramos cinco o más alrededor de una grabadora y con la música que decidía el dueño del aparato. Por eso, para esta campaña yo me puse enfático en la necesidad de volver a las plazas públicas estridentes, con bailes y música y, alentados por las cantinas de los barrios, con borracheras. Ese fue otro gran acierto.

- Joaquín y yo no nos hicimos rogar; nos quedamos en el portón de la casa de Marcial, pero Brocha sí siguió derecho por la cuesta diciendo que iba a guardar la herramienta y que volvería en una hora, después de que se bañara. Mejor no hubiera vuelto Brocha. ¿O mejor sí? A decir verdad, Brocha fue quien creó la situación que permitió la transformación de Joaquín aquel día. Habría que agradecerle eso. Cuando volvió ya habíamos arrasado tres six packs y le habíamos dado una vuelta al casete de los Creedence. Se nos había unido al grupo Lobo, no sé si su esposo alguna vez se lo mencionó, creo todavía vive por ahí por el viejo barrio.

-  ¡Está bueno este cafecito! ¿De cuál marca es? Yo con el café siempre he sido delicado. Me acuerdo que mi mamá solía decir que uno tenía que tener gusto por el café y por usar los zapatos limpios. En la finca que tenía mi tata allá arriba por Tarbaca siempre cultivó café y aunque el viejillo trataba de venderlo todo, mi mamá, sin que él se enterara, procuraba guardar el mejor grano para consumirlo en la casa. Ya hace tiempo que al faltar los viejos vendimos ese terreno; el café se volvió cemento en toda esa región. Sabe que ahora por ahí arriba hay gringos que venden casas hasta en medio millón de dólares.

- Dije que mejor no hubiera vuelto ese cabrón de Brocha. Bueno, mejor que sí volvió. Qué personaje era ese Brocha. La mayoría del tiempo era buena gente, pero ya entrado con las birras le daba por el polvo blanco. Ese huevón nos quiso meter en ese vicio, pero nunca pudo conmigo. Yo era bien portado y aparte de las águilas ni siquiera fumaba cigarros y eso que cuando era carajillo mi tata siempre me mandaba a prenderle los suyos a la cocina de leña de la casa de mi abuela. Pero Joaquín era diferente; en su rebeldía, Joaquín quería probar de todo. A eso contribuía la labia de Brocha que en aquel tiempo podía convencer a cualquiera incluso de comprarle una perra que decía que daba leche de vaca. Y para ese momento Joaquín ya tenía semanas de meter la nariz en esa basura por culpa de Brocha. Vale que para la campaña todo eso se manejó muy bien y hasta nos dio puntos. Por eso, aparte del escándalo que desató la oposición por la mentira esa que lo vinculó con el narco, Joaquín supo contestar perfectamente a las preguntas embarazosas sobre su consumo de drogas cuando era veinteañero. Claro, él se la jugó bien presentándose como un luchador que había vencido hasta los vicios más fuertes, como un hijo del pueblo que probó erróneamente antes de encontrar su misión y, justo por eso, como un hombre honesto que podía guiar el país con dignidad.

- Mejor no hubiera vuelto Brocha ese día. Joaquín ya estaba picado y Brocha lo encontró por eso débil. Así, en una media hora, lo convenció de que la experiencia con el polvo blanco era para carajillos bien y que lo que de verdad era de hombres consistía en subir a la finca de Guelo y buscar unos hongos grises con grandes cabezas rojas que se encontraban fácilmente entre las piedras. A Brocha le chispeaban los ojos al hablar de aquellos hongos. Nos contó que él y Policarpo Porras se habían elevado un día hasta Saturno con unos de esos.

- La verdad Brocha ni siquiera tuvo que insistirle mucho a Joaquín. Es más señora, su esposo ya iba empujado como por el aire, cuesta arriba rumbo a la finca de Guelo. Esa decisión me impulsó a mí a ir a ver qué era la cosa y a dejar a Marcial y a Lobo terminarse el cuarto sexteto de la verdadera ave nacional. Por cierto, viera que tengo la idea de presentar ese proyecto a la Asamblea: cambiar el yigüirro por el águila.

- Nos brincamos la cerca y buscamos un rato los hongos entre las piedras del potrero. Ahí estaban esperándonos. Brocha dijo que uno los mordía un poquito y tenía que tragárselos porque el sabor era un poco feo, pero que actuarían rápido. Yo tengo que ser sincero, no tuve la menor idea de intentar ponerme uno de esos en la boca. Pero ese huevón de Joaquín, precisado como era, se metió como tres. Cinco minutos después, se le cayó la cabeza.

- Sí, se le cayó la cabeza y lo gritaba a los cuatro vientos: “¡Auxilio maes, se me cayó la cabeza, se me cayó, ayúdenme a encontrarla, tiene que estar por aquí por donde suena mi voz!”. Medio borracho como estaba yo, no puedo precisar bien lo que pasó, pero sí vi el cuerpo tumbándose de allá para acá y puedo jurar que no divisé la cabeza y que la voz procedía de un montazal. Según su esposo, después de comerse los hongos sintió que le subió de rayo un impulso eléctrico desde los pies hasta los hombros. Como reacción al rayo, Joaquín asegura que caminó un par de metros y entonces sintió que algo se le desconectó entre el cuello y las orejas y fue cuando sintió que se le cayó la cabeza. Yo di con la cabeza en el zacate y se la traté de colocar en su sitio, pero algo no encajaba y la cabeza se volvía a caer al suelo. Yo le aseguro que yo no probé los benditos hongos y es honesto todo esto que le digo. Y si no me puede creer a mí, créaselo a su esposo porque si hay algo que tiene Joaquín es su sinceridad. Acuérdese que ese fue su lema de campaña: “Joaquín, sincero, como usted”.   

- Sí, recuerdo bien ese día. Yo le grité a Brocha que me ayudara a pegarle la cabeza a Joaquín, pero ese cabrón solo se revolcaba en el monte dando brincos y arañando la tierra. Unos días después nos contó Brocha que al comer los hongos entró en un trance en el que se le reveló que era el último descendiente de una familia de cazadores indígenas que debían escalar una montaña gigante y luchar con dos monstruos a los que debía vencer para poder tener derecho a una descendencia.  

- Lo cierto era que la cabeza de Joaquín no se sostenía y por la desesperación por ponérsela se me fue de entre las manos y rodó hasta una boñiga. Y allí, en la mierda de vaca fue cuando Joaquín dice que tuvo una visión que le reveló su futuro promisorio de empresario y político. Creo que esta parte usted sí la conoce bien. Joaquín nos contó que con la cabeza entre el mierdero se dio cuenta lo que debía hacer para volverse rico y presidente. Sí, él dice que en la boñiga tuvo la visión de que sería presidente de este país. La cabeza seguramente permaneció en el suelo unos segundos y cuando por fin la levanté y la incrusté en el cuerpo de Joaquín, esta vez sí sonó como algo que se encajó.

- Yo he recordado ese día varias veces en esta campaña. No entiendo bien qué fue lo que pasó. Pero esa vez algo cambió en Joaquín. Poco a poco dejó las ideas revolucionarias, los planes de transformación social, las utopías y se concentró en convertirse en el exitoso empresario que divisó en la boñiga. Desde entonces su vida fue para hacer plata y para volverse presidente. En un dejo del lenguaje del pasado, Joaquín solía decir que en la boñiga se despertó su cabeza capitalista.

- No sabe lo que me alegró luego saber del éxito arrollador de su esposo. Yo me alejé de él porque me concentré en sacar la carrera de Ciencias Políticas y en escalar dentro del partido. Pero yo siempre le seguía la pista, especialmente cuando su esposo comenzó a aparecer en las revistas de los domingos posando para las fotos de las fiestas faranduleras. Recuerdo bien cuando alguien me contó que se había metido a vender plantas medicinales y la manera en que se conectó con esa empresa internacional de venta de comidas para la vida. Y luego la estupenda jugada que hizo acercándose al fútbol. Él me ha hablado del buen trato que desde el principio le dieron esos empresarios deportivos. ¡Claro, hay que tomar en cuenta que Joaquín les metió el hombro en la compra de jugadores y nombres de equipos! ¡Y no sabe lo feliz que estuve cuando finalmente se metió en política! Ahí fue donde nos volvimos a ver en la vida. Cuando llegó Joaquín con ese apoyo monetario para la campaña pasada, yo, desde el directorio, pude dar mi criterio de que él siempre había sido alguien en quien confiar, que su familia siempre fue del partido y que sería un acierto incorporarlo activamente en nuestras filas y aceptar de buena fe su donación al partido. Y cuando se ideó la fórmula perfecta para estas elecciones, yo sabía que Joaquín iba a estar metido en ella como su cabeza. ¡Imagínese, mañana su esposo se convertirá en el presidente electo de este país!

- ¿Qué si perdió otra cosa su marido en la transformación además de sus revolucionarios sueños solidarios? Entiendo que le interese el tema ya que usted no lo conoció con la cabeza de antes de caer en la boñiga. Pero créame que no soy yo quien debería contestarle esa pregunta. Es cierto que después de aquella experiencia, nunca se pudo asegurar que por efecto de ella, Joaquín también tuvo algún problema de salud, especialmente del corazón, pero la operación a la que se sometió, hasta dónde sé, lo dejó como nuevo.

- Mire, ya llega el carro de su marido con la comitiva. La dejo señora, ha sido un gusto platicar con usted. Aliste ese vestido para celebrar el triunfo en veinticuatro horas. Según las encuestas, esto está ganado. Deberíamos refundar esta república para concederle algún crédito a aquellos hongos. Aunque no sé si el milagro lo hizo realmente la boñiga. Sabe, una vez leí en alguna parte que algunos dictadores latinoamericanos solían comer raciones específicas de mierda de vaca y caballo una vez al mes y con eso aseguraban su poder de mando. Lo que sí es un hecho señora, es que a la par del cambio del yigüirro vamos plantear la creación de un monumento en aquel potrero en donde a Joaquín se le cayó la cabeza y surgió su carrera presidencial. No será difícil costearlo. Ya verá que cuando su esposo profundice la reforma del Estado que heredamos, nos sobrará el apoyo financiero para edificarlo. ¡Qué genial idea! Pero no vayamos a encargarle la creación de la obra a alguno de esos artistas críticos que conocemos. No vaya a ser que algún chistoso plantee montar en aquel matorral una gran cabeza consumida en una inmundicia verde y divisando en el horizonte el mapa de Costa Rica. 


David Díaz Arias. Historiador costarricense. Tiene un Ph.D. en Historia por Indiana University (Estados Unidos) y trabaja como profesor en la Escuela de Historia y como investigador en el Centro de Investigaciones Históricas de América Central de la Universidad de Costa Rica.

Ha publicado numerosos libros y trabajos sobre historia política, identidad nacional, memoria, Estado y fiestas cívicas en Costa Rica en los siglos XIX y XX. Tiene varios cuentos sin publicar y ha publicado el cuento de ciencia ficción “La tropa” en el libro Posibles Futuros. Cuentos de Ciencia Ficción (San José, Costa Rica: UNED, 2010) y el cuento “Confesiones” en la revista cultural Chiricú (Indiana University), 2009. Sus correos electrónicos son: david.diaz@ucr.ac.cr y ddiazari@umail.iu.edu
 
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