2/11/12

Santiago Gascón - Una familia normal



Una familia normal (fragmentos)

  
Los chistes de mi marido son horribles. Darío cuenta unas historias que no sabría si catalogarlas de surrealistas o de auténticas sandeces.

Cuando los chicos eran pequeños les contaba chistes escatológicos con abundantes cacas y pedos. Debo reconocer que me encantaba verlos reír tan a gusto con semejantes simplezas.

Conforme Fran y Guillermo fueron creciendo, Darío les narraba historias truculentas, sabiendo que apostaba a caballo ganador, y los niños le reían sus gracias con generosidad. Solían ser el postre de la cena y, sinceramente, los relajaba mucho antes de irse a dormir.

Hubo un chiste, no más horrible que el resto, que tuvo serias consecuencias en nuestro futuro: un tío le decía a otro: ¿Te apuestas cincuenta euros a que soy capaz de morderme un ojo? Cuando el amigo acepta, saca su ojo de cristal y lo muerde. Pero la historia se estira. ¿Te apuestas cincuenta más a que me muerdo el otro? No, claro que no es de cristal ¿Cómo iba a verte si no? Entonces, saca su dentadura postiza y se muerde el ojo izquierdo.

De verdad que a mí esa historia me produce repugnancia, pero los niños se reían hasta alcanzar el flato y Darío se sentía satisfecho. Es muy posible que lo repitiera doscientas veces.

Los críos preguntaron durante días sobre dentaduras postizas y ojos de cristal. Yo debería haber intuido la repercusión que puede tener en un niño el hecho de descubrir que una persona sea un auténtico mecano, con ojos, dentaduras, piernas o manos artificiales.

Temo que me esté volviendo tan cínica como Darío. Desde luego, nos habríamos ahorrado un mal rato si no hubiera contado un chiste tan malo.

***


***

Gracias a mi hermano Guille, nada más acabar infantil, tuve que abandonar el colegio público, pero eso es otra historia, e incorporarme a uno privado en primaria.

Guillermo había cursado allí un año y su recomendación fue que entrara con paso firme, sin timidez.

Lo importante, dijo, es que seas popular desde el primer día. Haz algo que todos recuerden y serás el dueño de la clase.

Mis compañeros habían dado inglés en infantil, yo sólo sabía contar hasta five, algunos colores y poco más.

La profesora de inglés se me acercó el primer día y me preguntó:

— What´s your name?

No supe lo que me decía, sólo me acordé de los consejos de Guillermo, así que le respondí:

— Mierda, culos y pedos podridos.

La profesora me obligó a salir al pasillo para que meditara. Qué sabía yo lo que era meditar. Me dijo que cuando tuviera una respuesta sobre mi conducta, que entrara. Esperé un rato y volví a la clase.

—  ¿Y bien?
—  Estoy pasando una etapa difícil — dije. Esa frase era de mi hermano. Él me explicó que los seis años es una fase dura en la vida de cualquiera.
—  ¿Qué te ocurre?
—  Mi padre... mi padre,  ha muerto.

La profesora de inglés se quedó sin palabras, parecía bastante novata. Se fue corriendo a buscar a Mariajo, mi tutora.

—  ¿Su padre? — dijo, pero si lo saludé no hará ni tres días.

Las dos estaban nerviosas, muy nerviosas. Me sacaron al pasillo y me acariciaron la cabeza varias veces.

—  Ha tenido que ser algo repentino — dijo al fin Mariajo.
—  Y tanto — aseguré. Un accidente. Un accidente terrible. Esta frase también era de Guillermo.

Mariajo y Cristina, la profesora de inglés, me miraban a los ojos. Era difícil soportar semejante prueba.

—  ¿Y...  ha muerto?

Recordé que papá aseguraba que la nariz crece cuando se miente. Yo examinaba con los ojos cruzados mi nariz. No podía resistir por más tiempo la mirada de aquellas dos mujeres.

—  Bueno, muerto del todo, no. Le han estallado los ojos y se los han puesto de cristal. Ahora puede mordérselos.

Mi explicación bastó para que se desplomara mi credibilidad. Intentaron enfadarse mucho. Aunque a Mariajo le traicionaba la risa. Cristina me preguntó que por qué había montado toda esa escena.

— Ha sido mi hermano — aseguré. Al fin y al cabo, él me había dado la idea de que hiciera lo que fuera necesario para ser el más popular.

O sea, que había metido un gol. Mi hermano fue llamado a dirección para dar explicaciones sobre lo ocurrido.

***

Guillermo zanjó el asunto desde el primer día. No iba a pasar por el trago de una “primera comunión” ni siquiera a cambio de una Play Station. Le daba igual que todos sus amigos, incluidos los del colegio público, la hicieran.

Conversé con él. La verdad es que me daba miedo que fuera estigmatizado por salirse de la norma. Bastante bronca teníamos todos los años por negarse a participar en el festival navideño. Alegaba con toda la razón que él no iba a ensayar con las madres de la APA un playback de Bisbal con coreografía hortera. La profesora siempre le ponía un negativo en socialización.

Al final le convencí para que asistiera a algunas clases de catequesis. Si aquello no le gustaba, podía abandonar.

Bien sabía yo que abandonaría, pero al menos que ninguno de los abuelos me acusara de no haberle ofrecido todas las opciones.

***

Ahora adoro a Fran. Sé  que me defendería a muerte y confía en mí con los ojos cerrados.

Justo cuando aprendió a andar le expliqué que si metía el destornillador en un enchufe se volvería electropoderoso. Saltaron chispas y también la instalación eléctrica de toda la casa. Pero siguió confiando en mí.

La boda de mi tía Marta se celebró en el campo, en el jardín de la abuela. Yo reuní a los chicos. Los había italianos, indios, norteamericanos y también de aquí. Les dije que era hechicero. Nadie lo puso en duda. Preparé la pócima del poder supremo: en una lata oxidada eché agua, tierra, hierbas del jardín y todas las hormigas e insectos que encontramos. Después lo pasé para que bebieran. Joé, todos salieron corriendo, convencidos de que estaba loco. Todos menos Fran, que ingirió la mitad de aquel brebaje.

Agarró una diarrea al poco rato. Mamá dijo que era un virus. Sólo él y yo sabíamos que se trataban de las primeras manifestaciones del poder supremo.

***

El catequista que me asignaron era un viejo solterón con voz melosa. Desde el principio adiviné sus intenciones: ganarnos con amabilidades el primer año para luego, en el segundo, inculcarnos todo eso del infierno y del pecado. Ya me lo habían contado los mayores.

Acudíamos los martes y los jueves a la parroquia cercana a casa. El único aliciente era reencontrarme con mis compañeros del anterior colegio. Pero me tocó en un grupo donde no conocía a nadie y todos obedecían como zombis a lo que el catequista les ordenara.

Nos pasaba unos dibujos fotocopiados, unos dibujos para niños de infantil con el Pato Donald o con Pluto, y nosotros debíamos colorearlos. Lo sorprendente es que mis compañeros pintaban sin rechistar.

Al segundo día propuse una actividad y aquel hombre pareció alegrarse.

— ¿Por qué no dibujamos lo que queramos?
—  Bien pensado, Guillermo, dibujemos cada uno una obra del Señor dando gracias a su creador.

Yo dibujé una flor, lo juro. Cuando la vio dijo que no volviera más por allí y que hablaría seriamente con mis padres.

***


***

Guillermo me pasó el teléfono.

—  El catetero quiere hablar contigo — dijo.

Tras presentarse, don Joaquín me preguntó sobre el tipo de educación religiosa que yo ofrecía a mis hijos. Le dije que ninguna. Se sorprendió con mi respuesta y atacó:

— ¿Entonces, por qué quiere que Guillermo haga la comunión?
—  Yo no quiero que haga la comunión, Guillermo no es un objeto de mi propiedad, si va a un colegio religioso, si tiene cuatro abuelos católicos y va a vivir en un país que financia a la iglesia como a la mayor asociación, quizá le convenga saber de qué va todo esto.
—  Pero usted debería colaborar, instruirle, no sé.
—  Vera, yo no soy del Madrid.
—  ¿Qué quiere decir?
—  Que no puedo inculcar en mis hijos el madridismo, sencillamente porque no lo siento. Le he dado a usted la oportunidad de que le hable de sus convicciones, que lo haga o no, es cosa suya. Tengo entendido que en la última clase propuso hacer dibujos.
—  Así fue, apoyé su idea de dibujar a una criatura del Señor dándole las gracias por haber sido creada.
—  Me dijo que dibujó una flor.
—  Una planta carnívora para ser precisos. Una flor que acababa de ingerir a Jesús y, con un eructo sonoro, agradecía los alimentos que acababa de tomar.
—  Bueno, al fin y al cabo, de eso va la comunión ¿no?, ingerir a Jesús. No me negará que es todo un reto.
—  Mire, no estoy para retos. Toda la clase le ríe las gracias. No puedo permitir que una manzana podrida envenene a toda la cesta.
—  ¿Mi hijo es una manzana podrida? Creí que la labor de un pastor era la de rescatar a la oveja descarriada.
—  No soy ningún pastor. Si usted lo desea, instrúyale en religión, en el madridismo o en lo que más rabia le dé, pero le ruego amablemente que no vuelva nunca más por aquí.

Me reí cuando colgué el teléfono, aunque nunca se lo dije a Guillermo.



Santiago Gascón (Mallén, 1961). Psicólogo, Doctor por la Universidad de Zaragoza. Profesor en el Campus de Teruel. Colabora con diversas universidades europeas y americanas.

Ha publicado las novelas: “Agnus Dei”(Institución Fernando el Católico, 1999) y “Una familia normal” (editorial Xordica, 2012); así como  el libro de relatos “Manila” (Xordica, 2003), además de haber participado en diversas obras colectivas de relatos.

Algunos de sus premios literarios:

-          Premio de narrativa Santa Isabel de Portugal (IFC, 1999)
-          Premio de Novela J&B (1997)
-          Premio “Casa de la Mujer”. Ayuntamiento de Zaragoza. (2000)
-          Premio Teruel de Relato (IET, 2000).
-          Premio Internacional de Relato “Max Aub” (2001).
-          Premio Internacional de Relato FUNCAS (Hucha de Oro, 2001).

En el año 2000 obtuvo el Premio de guiones de las Bodas de Isabel de Segura. Desde entonces, y hasta la fecha, elabora la dramaturgia de este evento que se representa anualmente durante cuatro días en febrero.

Desarrolla los guiones de “La partida” (Teruel), “La Expulsión de los Moriscos” (Gea de Albarracín) y “La Noche de Astarté” (Andorra).

Ha colaborado como guionista con directores teatrales como: Cristina Yáñez (Tranvía Teatro), Marian Pueo y Joaquín Murillo (Teatro Che y Moche), Jesús Pescador y Alfonso Pablo.

En 2002 fue seleccionado para participar en el taller de cine “Bigas Luna-Zaragoza”, donde realizó varios cortometrajes.

Es Columnista en Heraldo de Aragón y miembro del Consejo de Dirección de Rolde, Revista de Cultura Aragonesa.

Los textos publicados corresponden a fragmentos de la segunda edición de la novela Una familia normal de Santiago Gascón, publicada por la editorial Xordica 2012. De ella ha comentado Magda Robles: "Una familia normal es una novela para releer, para embeberse de los azares de la vida cotidiana, para reírse hasta de uno mismo, para reflexionar sobre el presente y sobre el futuro. Es una novela diseñada como un traje hecho a mano para padres, educadores y, sobre todo, para adolescentes. "

Descargue la Versión Imprimible de este texto: Santiago Gascón - Una familia normal


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