25/8/16

Vanessa Núñez Handal - "Látex" y "Androide nacional"



El camino de dolor. Daniel Hernández-Salazar. 1996.

Desde Guatemala, la narradora de referencia obligatoria, Vanessa Núñez Handal comparte dos textos de su producción, y nos invita a confrontar, frente a frente, la invisible estela del desgarramiento.


Látex

Insertó el bisturí a la altura del ombligo. Con un tajo limpio y firme cortó el abdomen. Aunque no hubo tiempo para anestesiarlo, el muchacho no se movió. El cirujano hizo dos o tres cortes. Las vísceras saltaron con un sonido viscoso que a ella le pareció repulsivo. Los órganos vibraron unos instantes por el fluir de la sangre que, unos minutos después, se detuvo.

El cirujano le indicó, al tiempo que se quitaba los guantes pegajosos, que cerrara con una costura suelta. En medicina legal volverán a abrirlo, dijo, y se marchó llevando tras de sí a las enfermeras y a los dos agentes policiales que, desde la puerta, no habían perdido de vista ningún movimiento y que, después de cruzar un par de palabras con el médico, se retiraron intercambiando bromas.

Pronto los pasos dejaron de escucharse en el pasillo. Entonces el silencio la inundó y el cuerpo desparramado sobre la mesa le resultó grotesco. Su expresión era angustiante. Probó cerrar sus párpados, pero fue inútil. Observó el reloj. Eran casi las tres de la madrugada. Intentó pensar en nada y terminar lo antes posible. Tomó la aguja con el hilo hilvanado. Presionó con fuerza las vísceras tibias, pero éstas se le deslizaron bajo los guantes. Aquel sonido se produjo de nuevo. Un escalofrío recorrió su espalda.

Empujó los órganos con una gasa. Ésta se empapó de sangre al instante. Se inclinó sobre el cuerpo para ayudarse con su peso en la tarea. Haló la piel con fuerza, al tiempo que presionaba los músculos que se negaban a volver a su posición original. Y, cuando estaba a punto de introducir la aguja en la piel tensada, el parpadeo de la lámpara la hizo reparar en los ojos marchitos del cadáver que, por un momento le pareció que la observaban. Luego de un retumbo sordo la luz se apagó por completo.

Sintió un frío intenso. Pensó en dirigirse a la puerta, pero algo la contuvo. Hizo un nuevo intento, pero decidió quedarse quieta, pues le pareció que había escuchado algo. Colocó como por instinto, sus manos sobre el cuerpo abierto. Comprobó que la tibieza comenzaba a abandonarlo y daba paso a una frialdad húmeda.

Minutos interminables transcurrieron y, como nadie se acercara a la sala, a tientas se desplazó por la habitación. Su antebrazo rozó el cabello húmedo y marchito del cadáver. Sus pies tropezaron con una de las mesillas de rodos. El ruido la sobresaltó. Avanzó unos pasos hasta que su mano sintió el frío del metal de la puerta voladiza. Buscó la ranura. La empujó despacio. Y, cuando estaba a punto de salir, se detuvo. Giró la cabeza. Aguzó el oído. Estaba segura. Había escuchado a sus espaldas, con claridad, el sonido viscoso de guantes estrujándose.


Androide nacional

No podía dejar de sentir la vibración en el cuerpo. No lo había tocado ni uno solo de los pedacitos de metal que habían cuarteado matas de guineo y palos de tamarindo. Ni una herida, por pequeña que fuera, le había sido causada. Entonces, ¿por qué no podía olvidar el zumbido que en sueños la hacía llamarla? Y no la volvió a ver. Al menos no como él habría querido recordarla: echando tortillas y regañándolo por perseguir a los pollos para sacarles los ojos con un clavito oxidado.

La cámara lo filmaba de cerca. Lo que más resaltaba era su rostro sudoroso con la mirada enrojecida y fija en algún punto en el aire. El reportero, sin apartar el micrófono de su boca gruesa, hacía preguntas que no llegaban a escucharse en la televisión. En diversas ocasiones le habían preguntado lo mismo, al menos en sus pesadillas más vívidas y en sus borracheras que luego no recordaba ni lamentaba. Comenzó a responder por inercia. Fijo en un punto, hablaba como si se tratara de un discurso aprendido y repetido cientos de veces: Soy un androide diplomático especializado en técnicas de seguridad militar.

Desde niño fue así. Travieso y con unas grandes ganas de hacer algo. Lo que fuera pero algo. No quedarse en el caserío que le había servido de pueblo, de ciudad, de mundo, donde no pasaba nada, donde la única evidencia del transcurrir del tiempo era las sombras de los mangos que avanzaban sobre el piso de tierra del patio de la casa de varas. Ahí, donde una vez el sol había dejado de calentar el aire o la brisa tardía había comenzado a soplar, correteaba con sus hermanos. Desde entonces jugaban a las balaceras y a las minas. No le gustaba ser el herido pero, por ser el menor, casi siempre le tocaba quedarse en una silla con las piernas dobladas simulando un muñón o con la mano vendada y teñida con el último culito de café que quedaba en la olla antes de que la mamá la lavara. Fue por aburrimiento que se inventó amarrar el hilo de nylon con que su papá hacía los corralitos para las gallinas. Amarraba un extremo a una mata de guineo y el otro a un montón de huacales que apoyaba en las ramas de un almendro. Cuando su mamá o sus hermanos pasaban llevando la masa del molino, corriendo a hacer un mandado o con los cántaros del agua del pozo que les vendía la niña Marta, los cumbos se les venían encima. Se ponían furiosos. Lo llamaban a gritos. Lo puteaban. Y él se reía en silencio, detrás del lavadero, doblado del gusto de sentirse más listo que los otros, a los que les llevaba tiempo encontrar la manera de soltarse del nylon que los aprisionaba junto a los huacales de plástico.

Soy un androide militar con una misión determinada por un ente superior al que no es posible contrariar. Contrariarlo implicaría mi destrucción automática. No, tampoco me es permitido revelar su identidad. El camarógrafo aprovechaba para sacar mejores tomas. Nervioso, se movía a su alrededor. Hacía acercamientos en un deseo por captar los gestos de aquel hombre inexpresivo. De cuerpo entero, las piernas abiertas, los pantalones flojos y sucios, un close up, los movimientos de los dedos, las manos esposadas al frente, la camiseta rasgada por el forcejeo con los policías que los capturaron. El reportero miraba hacia la cámara con el rostro divertido.

Intenté que fuera limpio. Pero no sabía que no se podía por un huesito que hay ahí, dijo de pronto.

Fue su padre el que desapareció primero. Luego sus dos hermanos, aunque no contaban con más de doce años.  Decían que se los había llevado la guardia. Hacía varias semanas que su papá no llegaba a por las noches a la casa. Dormía en el monte, junto con otros a los que también los andaban siguiendo. Sólo llegaba por las mañanas a la casa, para tomarse el café que su mamá le tenía listo y las tortillas heladas que se pasaba con frijoles o con sal. Hacía varias semanas había llegado la guardia preguntando por ellos. Por los tres. De nada valió que su mamá les explicara que sus hijos eran menores y que no podían tener culpa. Los siguieron buscando por las tardes. Siempre en la casa después del jornal, nunca en las milpas ni en las fincas ni en los beneficios, para no comprometer a los patronos. Se quedaban horas esperándolos, parados frente a la casa, como de piedra. Él los veía detrás del cerco y ellos se hacían los que no lo miraban. Cuando se cansaban del plantón, tiraban una puteada al aire y amenazaban con volver. Fue por aquellos días en que su hermano más pequeño se murió enlombrizado. La madre no tenía para comprarle papelitos de medicina, mucho menos para pagar un médico. Y como su papá estaba ausente, lo dejó estar desnudo y panzón, hasta que un día la fiebre se lo llevó, casi sin dolor, casi sin que nadie lo sintiera.

Por el hueso que uno tiene aquí, dijo de nuevo, intentando tocarse la nuca con el dorso de las manos gruesas. Por eso no pudo ser limpio, pese a mi entrenamiento androide militar técnico, afirmó. Así que quizá es por eso que hoy me tienen detenido. Porque no seguí el protocolo. Me confundí. Y como ellos son bien estrictos, estas cosas no las perdonan, afirmó. Soy un sistema que no es humano, pero quizá ocurrió un error en mi programación, dijo sin expresión.

Después, cuando su papá y sus hermanos ya no estaban, fue la guerrilla la que llegó a tocarles la puerta una madrugada. Los reconocieron por la ropa sucia, las melenas largas, las barbas y las mujeres uniformadas que los acompañaban, tras cuya ropa podían vislumbrarse sus pechos sin sostenes. Tampoco llevaban botas militares. Llegaron pidiendo contribución. Se llevaron las gallinas y el cuchito que su mamá engordaba para ayudarse el fin de año. Sintió rabia. Y, como pasara el tiempo y ni su padre ni sus hermanos volvieran, no quedó otra que aceptar que era verdad, que por fin  la guardia los había capturado. Seguramente los habrían torturado y aventado en alguna zanja donde, probablemente sirvieron de alimento a los zopes y los chuchos raquíticos del lugar. Lo mejor era no pensar en eso, oyó que decía su madre un día.

Lo habían capturado mientras caminaba sin rumbo. Llevaba la mochila aún chorreando. Lo detuvo la autoridad. Altos y corpulentos, los nuevos policías uniformados no tuvieron problemas en lucharse con él y paralizarlo contra el piso de tierra y piedras. Para eso los habían entrenado luego de los acuerdos de paz y la llegada de la democracia. Casi  ni lo lastimaron y, pese a que era tan grande como ellos, lograron esposarlo sin mayores esfuerzos. Él tampoco se resistió gran cosa.

Meses más tarde llegó el ejército. Les quitó la mitad del terreno que tenían. Les desarmó los gallineros y les mató al único chucho que les quedaba, por ladrarles y tenerles miedo. Se instalaron sin siquiera preguntar. Que utilizarían el espacio disque para tareas militares, pero realmente sólo llegaban a cagar y a tirar la basura. Después llevaron muertos. Los enterraban o los dejaban al aire. Había que tener cuidado de que los pollos no los picaran. A los animales les gustaba comerles los ojos, porque eran blandos. A veces se los ganaban las hormigas, pero su mamá lo mandaba a espantarlos. No quería comer animales que se hubieran alimentado de gente, decía, no tanto porque fuera sucio, sino porque era pecado. Después los soldados sembraron milpa y cuando el maíz fue creciendo, a él le comenzó a dar tristeza.

Con el tiempo les prohibieron cruzar la alambrada. Iban a construir un galerón, dijeron, sobre el pedazo que les habían quitado a ellos y a otros vecinos. El cerco se allegaba cada vez más a las casas. En el galerón decían que guardaban suministros, pero eso a él nunca le constó, porque nunca pudo ver ni la entrada. La única vez que intentó cruzarse para perseguir un pollo que se había escapado de que le doblaran el buche, los soldados lo amenazaron con dispararle si no se salía para ayer del terreno. El pollo se perdió y su mamá lo regañó por haber dado alimento al enemigo. Así los llamó y a él se le quedó en la cabeza.

Yo, no soy un humano, dijo al tiempo que se rascaba los genitales que le picaban por el calor que hacía y porque llevaba el cuerpo pegajoso. Soy un sistema que no envejece, ni se enferma, ni muere. Me creó una entidad invisible e individual. He sido clasificado como un sistema androide anónimo. Yo soy un androide especializado y programado para la vigilancia militar.
 
Un día también llegaron por él. Y como ya su mamá no los podía mantener a todos, ni tampoco se iba a poner a alegar con los guardias, no dijo nada cuando se lo llevaron en el camión militar junto a otro montón de cipotes de por ahí cerca. Era una boca menos que alimentar y, al menos así, le dijo antes de darle el atado de sus pocas pertenencias, iba a aprender oficio y le iba a poder enviar unos cuantos centavos a fin de mes.

Al principio, y porque estaba muy cipote, le tocó andar llevando recados y papeles. Otras veces, tirar los orines de la tropa. Cuando comenzó el entrenamiento, pese a que le sangraban los pies, pues no estaba acostumbrado a calzar zapatos y mucho menos a subir con las botas de punta de acero los cerros que les hacían trepar a diario, él era el único que aguantaba sin rezongar. Fue así como le fueron ganando confianza. Pronto le fueron encargando ir a comprar víveres a la tienda cercana o al pueblo. Y un día, porque había sido el único que había aguantado los entrenamientos sin vomitar, hasta le habían dejado presenciar “los procedimientos”. No le dieron lástima los desnutridos que llevaban de los caseríos y cantones cercanos y que, casi siempre, se les morían temprano por la mañana, a consecuencia de los interrogatorios que a veces les dejaban un ojo colgando sobre la nariz.

Fui diseñado para vigilar la pureza de la inteligencia militar superior. En el mundo al que aspiramos no existen los torpes ni los idiotas. Un tonto no puede existir en un mundo inteligente, así como un indisciplinado no existe en un mundo disciplinado y militarizado. Mi deber es velar por la civilización avanzada y eliminar a todo aquel que no tenga la inteligencia suficiente para pertenecer a ella. O sea, yo elimino inteligencias inferiores. Ese es mi deber.

Pronto fue ascendido. Entonces pudo participar en los combates. Por su arrojo y valentía, porque no le temblaba nada a la hora de combatir con el enemigo, los instructores gringos le tomaron aprecio. No le llevó mucho tiempo antes de que lo transfirieran a uno de los batallones de reacción inmediata, que habían sido formados debido al recrudecimiento de la guerra en los últimos años. El gobierno estaba decidido a evitar que los comunistas tomaran el país, les decía el instructor, y para ello contaban con el apoyo de su gobierno, el de los Estados Unidos. La guerra emprendida por los que adoraban al diablo y se alejaban de la luz, no tenía posibilidades. Pero a él lo que más le gustaba era la comida. Ya no se veía obligado a comer las tortillas con arroz y frijoles que les daban a diario en el cuartel, donde sólo comían carne la noche antes de que los mandaran a combate para que agarraran energías. Pero la energía, él bien sabía, venía de otro lado. Igual pasaba aquí. Les echaban algo en la sopa o en el arroz, que luego los hacía tener visiones y sentirse indestructibles. También les pasaban películas de acción y de guerra. Así fue como participó en varios operativos que luego le quitarían el sueño. Aunque jamás le contó a nadie, porque les habían dicho que el miedo era debilidad.

Mi educación y preparación ha sido proporcionada por instancias superiores a la inteligencia convencional, cuyo nombre no puedo mencionar porque lo desconozco. Por eso es militar y por eso es secreta, afirmó, al tiempo que el reportero lo estimulaba a seguir hablando. O sea que yo no puedo revelar ninguno de los contenidos con que fui programado, afirmó.

Pronto comenzó a despertarse todas las noches, empapado en sudor y llamando a su madre, a la que veía echando tortillas en la casa. Quizá, pensó él, todo aquello le comenzó al enterarse de que el caserío donde había crecido había sido asolado. Le habían quitado el agua al pez, decían los tenientes. Y él no quiso preguntar por su familia, porque le habían dicho que ahora pertenecía al glorioso ejército nacional, que viviría mientras viviera la República y esto era todo lo que él debía tener por familia y hogar. Que si había que renegar hasta de la nana, porque ésta estaba a favor de las ideas enemigas, pues así sería. Luego se enteró de que su mamá y su hermana menor se habían salvado de milagro. Habían sido evacuadas por un comité de solidaridad que de casualidad se encontraba por aquellos días en la zona. Se fueron para otro pueblo, donde no tenía cómo contactarlas, pero ellas tampoco quisieron volver a saber de él.

La televisión comenzó a sonar con estridencia. Luego, tras los chiflidos de varios internos, el volumen fue regulado. Era las doce del mediodía. El sol golpeaba las cabezas de los que, sudorosos y sin camisa, jugaban fútbol en el patio de cemento. La mayoría, sin embargo, prefería quedarse resguardada en la sombra del salón que servía de comedor. Él, sin embargo, miraba fijamente por la ventana.

Pronto las pesadillas se extendieron de las madrugadas a las horas diurnas y una vez, en pleno combate, estuvo a punto de volarle la cabeza a un capitán porque creyó ver que, bajo el uniforme camuflado, se ocultaba un extraterrestre guerrillero. Estuvieron a punto de darle de baja, pero se salvó porque en eso vino el cese de fuego. Lo que tanto habían oído, pero había pensado era una estrategia de guerra más, “las negociaciones”, como les llamaban, resultó que siempre sí eran ciertas. El alto mando militar se puso de acuerdo con el enemigo y se acabó la guerra. Les dieron las gracias a todos en una ceremonia a la que llegó hasta el Jefe del Estado Mayor, en representación del Ministro de la Defensa que no pudo asistir por encontrarse ocupado. Los hicieron desfilar por última vez, pronunciaron discursos en los que les reconocieron su valentía y los altos servicios prestados para defender la patria en uno de los momentos más críticos de su historia. El pueblo les habría de estar eternamente agradecido, dijeron. Les entregaron sus medallas y un cheque en concepto de indemnización, que equivalía a tres meses de sueldo y los dejaron parados en la puerta del cuartel con la incertidumbre de no saber qué hacer con el resto que les quedaba de vida.

Usted ha visto los androides en el cine, oyó que decía la televisión. En este reportaje le presentaremos a un androide real. Acusado de rebanarle el cuello a un hombre, fue detenido mientras llevaba al hombro una mochila dentro de la cual portaba la cabeza de su víctima. En declaraciones hechas a este medio, el imputado dijo ser un androide diplomático especializado en técnicas de seguridad militar, afirmó el presentador con la voz impostada, al tiempo que todos en el cuarto se echaron a reír. Él, sin embargo, no pudo escucharlos. Con la mirada perdida, oía cómo su madre lo llamaba a gritos y sonrió. A sus espaldas mil huacales hacían ruido al caer.


Vanessa Núñez Hándal
Vanessa Núñez Handal. Abogada, escritora, docente y editora salvadoreña, con estudios de maestría en ciencias políticas y literatura iberoamericana. Nacida en 1973 en El Salvador, reside actualmente en Guatemala. Ha publicado Los locos mueren de viejos (FyG Editores, 2008 y La Pereza, 2015), Dios tenía miedo (FyG Editores, 2011 y Editorial Piedrasanta, 2016), La caja de cuentos (libro objeto) (Alas de Barrilete, 2015), Espejos (Uruk Editores, 2015), Animales Interiores (en coautoría con Frida Larios, 2015), así como varios cuentos en diversas antologías y revistas de países tales como España, Francia, Alemania, Suiza, Estados Unidos, Colombia, Nicaragua, Costa Rica, El Salvador, Guatemala y México. Su obra ha sido traducida al francés, alemán e inglés.

Es columnista de la revista de análisis político Contrapoder (Guatemala).

Ha sido ponente invitada en la Universidad de Guadalajara, Universidad de Liverpool, Universidad del Valle de Managua, Universidad Rafael Landívar, Universidad de Tulane, Universidad de Loyola, Instituto Iberoamericano de Frankfurt, Instituto Cervantes de Berlín e Instituto Latinoamericano de Viena.

Actualmente coordina la iniciativa de Arte y Cultura para la Paz, tendiente a impulsar proyectos de prevención de violencia.


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