Cantar
con voz rasgada
Serían las tres de la mañana cuando la escuché
roncar a través de la ventana. Eran los días calurosos del mes de marzo y esto
me obligaba a dormir con la ventana abierta. Por lo tanto, me obligaba también
a escucharla a ella roncar desde cierta distancia.
A veces sus ronquidos eran como un reventar de
olas repentinas en una playa, apacibles y lejanos. A veces, eran como el
estruendo de un freno de motor. La mayoría de las veces eran como una erupción
volcánica, capaz de hacer vibrar las paredes de la casa y de hacer cantar a los
ventanales de vidrio con vocerrones rasgados, como quien entona con voz forzada
una canción de Louis Armstrong.
Esa noche yo dormía solo. Mi esposa había
viajado desde hacía una semana a casa de mis suegros y tardaría unos días en volver.
Para agravar mi incómoda situación, esa noche había salido con algunos amigos y
llegué a dormir a eso de la una. Tal vez por eso mis lectores puedan
comprenderme y empatizar conmigo.
Ella también dormía sola. Había dormido sola
desde que a finales de diciembre le matara yo mismo a su compañero de toda una
vida, a quien le acaricié la yugular con un cuchillo afilado. La herida certera
le desangró en solo unos minutos, condenándola a ella a días de soledad y
noches de ansiedad.
Así que éramos solo ella y yo, separados tan
solo por una pared.
Pasó media hora, dieron las cuatro, las cinco...
las seis. El ronquido siguió torturando mis oídos y ya no pude dormir
más.
Cuando me levanté, por la mañana, me preparé un
breve desayuno. Mientras lo hacía tomé la decisión de eliminarla. No podría
soportar un día más de despertares sobresaltados, de eructos amplificados por
su enorme corpachón de cerda plenamente desarrollada.
Así que empuñé el cuchillo más afilado de la
cocina, me puse unos guantes de látex que usaba mi esposa para lavar el baño, y
salí, dispuesto a ponerle fin al conflicto entre mi sueño y la cerda esa.
No la encontré donde usualmente dormía. Al
parecer, estaba dando ya su acostumbrado paseo matinal por la cercana vega del
río, en busca de pequeñas frutas con las cuales refrescaba diariamente su
estómago, antes que yo la llamara a desayunar. Lo hacía diariamente desde que
se vino a vivir a nuestra casa de campo.
Me dije que debía ser cuidadoso y no ofrecerle
ni el menor indicio de mis intenciones. La menor sospecha de su parte podría
dar al traste con mis planes, así que volví a la cocina antes de que me viera
con el cuchillo en la mano. Es que la muy cerda sabía de mi antipatía, de mis
sentimientos de odio y repulsión hacia ella. Sabía que a la primera oportunidad
me desharía de ella de cualquier modo. Ya fuera desterrándola de mi casa para
siempre o, en el peor de los casos, acabando con su miserable vida y comiéndome
sus grasosas carnes.
Volví a la cocina, me quité los guantes, le
preparé una taza de su cereal favorito, le puse un poco de leche y salí a
buscarla.
La encontré de pie a la orilla del enorme
paredón de tierra que bordeaba el riachuelo. Si el fondo del abismo hubiese
sido de piedra, ahí mismo la habría empujado y habría puesto fin a mi dilema.
Pero, a pesar de que el lecho del río estaba seco, estaba hecho de la más fina
y blanda arena. Por otro lado, la inclinación de la ladera no era tan
pronunciada, así que lo más probable es que el empujón se convirtiera en un
paseo en tobogán para las grasosas carnes de mi futura víctima.
Me acerqué y le hablé con suavidad, acaricié su
espalda y la invité a seguirme con palabras cariñosas.
Ella mi miró indecisa, dudando de mi repentino
comportamiento amable -siempre la traté mal, lo acepto- aunque, finalmente,
terminó por seguirme, sobre todo atraída por la promesa de devorar un abundante
desayuno. Durante el camino sentí de cerca el olor matutino de su cuerpo obeso,
hediondez que recordaba el bacanal de podredumbres de cualquier matadero. Me convencí,
entonces, de que debía matarla si quería traer un poco de paz a mi vida,
librándome para siempre de su molesta presencia.
Una vez en la casa, le serví el desayuno. Ella
comía con avidez, entre chasquidos vulgares y los movimientos frenéticos de sus
grandes cachetes y los tics involuntarios de su nariz inquieta. Se chupaba los
dedos de la forma más corriente que puede existir. A veces me obsequiaba con
una silenciosa flatulencia involuntaria, que se metía sorpresivamente por mis
narices, obligándome a replegarme por unos minutos con cierto disimulo. Una vez
disipada la fetidez del pedo me acercaba de nuevo. De vez en cuando paraba de
comer y me miraba. Tenía una mirada vivaracha y aguda. Sus ojos parecían ver
con inteligencia y penetrar más allá de lo que un asesino como yo, con una
conciencia cargada hasta el tope, podía soportar.
No pude sostenerle la mirada, ni esa vez ni
nunca. Me dí la vuelta y pasé de nuevo a la cocina, saqué una cerveza del
refrigerador y bebí para calmar mi ansiedad. Creo que eso provocó algún grado
de sospecha en ella, que nunca me vio beber tan temprano. Paró de comer y
empezó a seguir mis movimientos nerviosos con mayor atención. Le pregunté si le
pasaba algo y no respondió. Luego de unos instantes de duda siguió en la tarea
de devorar el contenido de su plato.
Aproveché aquel momento para buscar de nueva
cuenta el cuchillo. Lo cogí con el cuidado de que ella no me viera. Lo prensé
entre mi pantalón y mi piel, bajo mi espalda, y lo tapé con mi camiseta. Esta
vez no podía ponerme los guantes sin encender sus alarmas, así que prescindí de
ellos. Me asomé hacia donde ella aún comía, ahora más despacio, y la noté
distraída, quizá recordando algún momento vivido con su difunto amigo. Esto era
común en ella desde que tres meses atrás vio cómo se lo degollaba sin
misercicordia alguna. A veces se perdía su mirada hacia rumbos confusos, como
si le viera caminando en algún rincón del patio o le viera merendando bajo el
gran árbol de mango que se alzaba a solo unos metros de la casa de maderas
rústicas, como en los viejos tiempos.
Sin voltear a verme la escuché gruñir e,
instintivamente, recordé los ronquidos infernales de la madrugada. Esto le dio
un nuevo aire a mi intención criminal. Decidido a acabar con lo que ya
consideraba una labor obligada, me acerqué a ella aparentando la mayor
calma, aunque un ligero temblor en mis quijadas y la creciente debilidad de mis
piernas delataban mi ansiedad. Le acaricié la espalda con mi mano
derecha, le pregunté si había quedado satisfecha con el desayuno o si deseaba
un poco más, conociendo su naturaleza golosa. Mientras tanto, mi mano izquierda
se había apoderado del cuchillo sin que ella lo advirtiera. O quizás lo supo y
se entregó a su destino, sabiéndolo inevitable, porque en el instante en
que hundí mi cuchillo en su cuello solo emitió un leve sonido gutural y se
desplomó suavemente. Me miró con ojos de lástima, de la misma forma en que mira
un toro recién traspasado por la espada del torero. Una mirada de angustia
profunda. Imagino que en ese instante el toro se hace una infinidad de
cuestionamientos sobre las razones de su muerte y sobre el derecho del torero a
quitarle la vida. Imagino que la cerda que yo acababa de matar se hacía esos
mismos cuestionamientos y, extrañamente, empiezo a sentir un leve cosquilleo en
mi conciencia. Por un instante siento pena por ella, y esa pena crece al notar
que no deja de mirarme. En su último instante de vida me es imposible
sostenerle la mirada. Me volteo y espero unos segundos. Siento un olor fétido al
cabo de un momento. La muy cochina se ha cagado, pero todo ha terminado ya.
Cuatro días después, al llegar mi esposa y
enterarse de lo sucedido, me dá las gracias por haber acabado el asunto en su
ausencia. Ella prefería no ser testigo de esos crímenes, porque su naturaleza
débil la obligaba a sentir lástima por mis víctimas.
Sin embargo, eso no evitaba que luego se diera
gusto comiendo chuletas y costillas adobadas, chicharrones y jamón al horno. Y
a mí, el hecho de ser un asesino consagrado y de haber acabado con el motivo de
mis insomnios no me ayudó a dormir mejor. Padecía de un insomnio más agudo, sobre
todo cuando cenaba con mi esposa y la veía comer con avidez la carne gorda y
jugosa de la chancha, para oírla horas después roncar en nuestras cama como si
fuera un volcán en erupción, haciendo cantar con voz rasgada a los cristales de
las ventanas, como quien entona con voz forzada una canción de Louis Armstrong.
Un día, durante la cena, mi esposa comía con una
ansiedad que me recordó las veces que ví comer a la cerda. Cuando la miré con
atención, sus cachetes abombados, sus piernas gordas y mantecosas, su papada
enorme y, principalmente, el ruido molesto que hacía con sus dientes al comer,
me recordaron al molesto animal en su última comida.
No pensé mucho.
-Voy por más vino-, le dije con voz cariñosa.
Fui a la cocina. Al regresar con la botella la
abracé y la besé. Sentí su olor a perfume caro transformarse en el olor grasoso
de la cerda. Ví cómo sus mejillas rosadas y su nariz de anchas fosas temblaban
levemente, destempladas por la avidez nerviosa con que comía. Ella me miró como
si se entregara sumisamente a su destino. Yo ya tenía el cuchillo en la mano
izquierda y lo resbalaba delicadamente por su cuello, acariciando su arteria
como cuando acariciaba su cuello con la suavidad de una bufanda de seda.
Su sangre se derramó con todas las prisas
contenidas y su mirada se perdió en la noche sin encontrar mis ojos.
Desde entonces, a pesar de vivir condenado a no
salir de entre los barrotes de mi celda, duermo con la tranquilidad que ni la
conciencia limpia puede ofrecer.
Luis Mariano Rodríguez Meléndez. Nació
en San José hace 40 años. De origen guanacasteco, actualmente vive en playa Junquillal. No tiene
profesión oficial, aunque es autodidacta en varios campos, especialmente en
diseño web.
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