13/5/11

Laura Casasa - Minimalismo



 

Minimalismo

   
A Lucía la hace feliz su casa blanca, los estantes vacíos, la línea moderna de sus muebles de microfibra. Tres jarrones iguales, con sus ramitas secas puntiagudas, exactamente como lo vio en Altesia. La alfombra blanca… imposible poner los pies en ella y mil mecanismos de no comás encima de la alfombra para evitar al máximo la inminente visita a Mr. Steam.

Nicho observa el panorama blanco de su casa intocable. No comer si no hay una bandeja enorme que recoja las boronas, no poner un pie en la alfombra, no sentarse en la microfibra que se arruga, no salir cuando llueve, no. Entonces, ¿qué le queda a Nicho más que crear su propio metro cuadrado particular entre la taza del baño y la puerta diminuta de la bodega debajo de la escalera, que es además el lugar donde Lucía nunca podrá ejercer su monarquía minimalista?

Se sentaba en esos escasos noventa centímetros… tenía la ventaja de ser un huesudo insípido, de manera que encajaba su cintura en la curva de la taza y colocaba su espalda exactamente en la pared, armonizando perfectamente con ese espacio noble de su casa, donde podía poner los pies en el suelo y sacar furtivamente alguna revista de Fórmula 1 que ya no compraba porque para qué leés esas tonteras si de todos modos nunca te has sentado en un carro de esos y probablemente nunca lo harás. Doblada en cuatro, en ese espacio invisible detrás de la taza del baño, la revista nunca sería descubierta.

La monocromía habitaba la casa como un tercero. La cocina metálica con lapsus azules, los baños negros, los cuartos blancos. Lucía repasaba con minuciosidad toda revista de decoración que existiera en los puestos. El manual de instrucciones era necesario. Si de casualidad visitabas su casa, ibas a encontrarte frente a una fotografía de revista. Y Lucía era así para Nicho, monocromática y simétrica, como sus jarrones beige con sus puntitas salientes y uniformes y Nicho la encontraba, de un tiempo para acá, tan insulsa como esos tres jarrones altos, en pie, que no hacían más que existir sin rebelión.
Nicho comenzó a decorar sus noventa centímetros. Primero comenzó a recortar imágenes de autos de las revistas y los comenzó a pegar con goma sobre la pared. El primero era invisible, oculto en una mínima esquina. Nicho pensó que, al salir, podría esconder su discreto acto rebelde con una planta. Finalmente lo hizo así. Después pegó otra un poco más arriba. Y otra. Su cuerpo vibró el día que se dio cuenta de que la planta no podía ocultar más sus imágenes y pensó que estaba en peligro. Decidió dejar esta insinuación, esperando que Lucía la viera y arrancara todo con Scotch Brite y 409. Pero Lucía no reparó en las imágenes y su vida transcurrió con la misma pasividad de siempre.

La buhardilla que servía para guardar algunas herramientas de jardín comenzó a convertirse en la trinchera de Nicho. Obsesionado con los objetos que encontraba, que llenaban las pulperías, los supermercados, las ventas de artesanía, comenzó a acumular cositas y a crear colecciones subversivas de ángeles, muñequitas con canasta, tapitas de botella, portarretratos, insectos disecados, postales de deportes, candelas… Descubrió las tiendas de chinos que consumió obsesivamente tres veces por semana y de las que obtenía sus objetos más preciados: plumeros de fibra de vidrio que cambiaban de color, fuentes de agua para escritorio, sombrillas fosforescentes para cocteles.

Todos los objetos estaban guardados en la buhardilla. Decidió sacarlos de ahí, poner uno disimuladamente en la sala de su casa. Pequeños actos terroristas para sacar a su mujer de quicio. Lucía llegó y vio un conejo verde que movía el hocico rumiando su burla en frente de ella. Lo tomó de las orejas y lo arrojó al basurero. Nicho… ¿sabés de dónde salió esto? Nicho no estaba ahí. Días después, bajando las escaleras, encuentra una pequeña fuente de agua funcionando clandestinamente entre las plantas del jardín. ¿Nicho vos conectaste esto? Nicho no estaba. Tres pares de ojos observan a Lucía en la ducha. Tres muñequillas de yeso, tres nigüentas que la miran mientras se escarban los pies y Lucía casi se desmaya del horror ante esos objetos kitsch a más no poder. Lucía comienza a perder el control, tenemos que hablar muy seriamente, como de qué será, de ese montón de cursilerías que estás trayendo a la casa, yo no he traído ninguna, no sé de qué estás hablando, el otro día vi un conejo verde, me deshice de él, pero han seguido llegando otros, vino una fuente de agua, vinieron unas muñecas de yeso, quiero saber qué está pasando en esta casa, no tengo idea, tal vez les gusta vivir aquí, pero quién los deja entrar, no sé, no tengo idea, ni siquiera los he visto, ¿no te los estarás imaginando?, ay Nicho, será, pero es que eran muy reales… y Nicho está feliz con los efectos de su plan.

Así que los ataques subversivos siguen. Lucía se descontrola, Nicho se siente cada día más poderoso. Lucía comienza a tomar calmantes. Nicho comienza a sentir un morbo cada vez mayor al ver a Lucía sin armas, cada día perdiendo su poder, así que decide ejecutar su golpe final. Pone toda una colección en fila, desde la puerta de la casa, y Lucía la sigue a punto de la conmoción hasta el baño, hasta la puerta del baño, hasta el mural de los fórmula 1, hasta el interior de la buhardilla donde todas las colecciones, una a una, la miran con deseo de poseer su casa y ella enloquece, se desmaya y Nicho la encierra para que viva para siempre en sus noventa centímetros. Mientras tanto, el plumero de fibra de vidrio inaugura la mesita del centro de la sala. 




Laura Casasa. Escritora, filóloga, lingüista. Profesora de Comunicación en el Instituto Tecnológico de Costa Rica. Ha desarrollado su carrera en el ámbito académico, en los temas de lenguaje y literatura. Cuenta con la publicación de varias obras especializadas en estos ámbitos. En la difusión del conocimiento lingüístico, colabora como articulista para el Suplemento Áncora del Periódico La Nación. En cuanto a la escritura literaria, desarrolla los géneros poético, narrativo y ensayístico. Obtuvo el primer lugar en el certamen de ensayo sobre temas mexicanos Premio Olmeca, en 1996. Luego de una etapa de silencio, regresa al entorno literario costarricense con las obras Posibles futuros, cuentos de costarricenses de ciencia ficción (EUNED 2009, en colaboración con otros autores), Los niños muertos (Ditsö, de Uruk Editores, 2010) y Parque de diversiones (Premio UNA Palabra 2009,  EUNA 2010). Además, publicó el ensayo crítico sobre literatura costarricense El disecador de abuelitas (EUNED, 2010). Actualmente prepara la publicación de su primer poemario y su primera novela.


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